La esperanza (VI)

André Malraux

 

 

III

1

Manuel tomaba conciencia de que la guerra es hacer lo imposible para que pedazos de hierro entren en la carne viva.

Los gritos de un hombre o de una mujer (en la extremidad del dolor los timbres no se distinguen ya), jadeantes, atravesaban la sala del hospital San Carlos y se perdían en él.

La sala estaba muy arriba, iluminada desde lo alto por tragaluces casi enteramente llenos de plantas de anchas hojas, que atravesaba la luz del verano. Ese día verdoso, esas paredes inmensas sin agujeros, salvo si se levantaba la cabeza, y esos personajes en pijama cuyos cuerpos anudados resbalaban sobre sus muletas en la paz inquieta del hospital, esas sombras cubiertas de vendas como imágenes en Semana Santa, todo eso parecía el reino eterno de la herida, establecido allí fuera del tiempo y del mundo.

Ese acuario comunicaba con el cuarto de los grandes heridos, de donde llegaban los gritos: un cielo raso de altura normal, ocho camas y verdaderas ventanas. Manuel no vio al entrar más que los grandes cubos de tul de los mosquiteros, y una enfermera sentada al lado de la puerta. La habitación parecía solitaria en esa plena luz vuelta a encontrar, un cuarto claro de hospital, tan diferente del sótano de la Inquisición por donde se deslizaban los fantasmas vendados; pero los ruidos se encargaban de expresar su vida verdadera.

De una de las camas del centro salían sin cesar esos gemidos en que el dolor se hace más fuerte que toda expresión humana, en que la voz no es más que el universal ladrido del sufrimiento, lo mismo en los hombres que en los animales: ladridos que siguen el ritmo de la respiración y en los cuales el que escucha siente que van a detenerse con el aliento. Y cuando en efecto se detienen, el crujir de dientes, atroz y complaciente como los gritos de las parturientas, los reemplaza. Manuel sentía que los gritos iban a volver con la respiración recuperada.

—¿Qué tiene? —preguntó en voz baja a la enfermera.
—Aviación. Lo derribaron con sus bombas. Estallaron cuando el avión cayó. Cinco balas de ametralladora, veintisiete esquirlas.

El tul del mosquitero se movió empujado desde dentro como si el herido se hubiera sentado en la cama.

—Su madre —dijo la enfermera—. Él tiene veintidós años.
—Usted está acostumbrada —dijo Manuel con amargura.
—No tenemos bastantes enfermeras. Yo soy cirujana.

Volvieron los gritos, subieron más alto, como si el herido hubiera tratado de desvanecerse forzando el dolor; y se cortaron de pronto. Manuel no escuchaba siquiera el crujir de dientes. Pero no se atrevía a avanzar.

¿En qué sentía que el herido crispaba sus dedos sobre la sábana? Un nuevo ruido comenzó, tan bajo al principio que Manuel se preguntó qué podía ser —hasta que el ruido se hizo nítido; un ruido de labios—. ¿De qué sirven las palabras frente a un cuerpo despedazado? Ahora que el muchacho había llevado su dolor al silencio, la madre hacía lo único que podía hacer: lo besaba.

Manuel oía nítidamente los besos, cada vez más precipitados, como si al sentir que el dolor interrumpido iba muy pronto a volver, la mujer hubiera querido detenerlo a fuerza de ternura. Una mano tomó el mosquitero y lo retorció; Manuel sintió ese dolor aferrado al aire vacío como si se aferrara a su propio brazo. La mano se abrió, los dedos se soltaron.

—¿Desde hace… cuánto tiempo? —preguntó Manuel.
—Desde antes de ayer.

Miró por fin a la enfermera: pequeña, muy joven. No llevaba velo, y sus cabellos eran negros y brillantes.

Ella vaciló.

—Nosotras también… —dijo por fin—. A los gritos de los heridos nos acostumbramos. Pero no a los de éstos: a éstos no se los manda a otra parte, no se los puede operar.
—¿Barca está siempre allí? —preguntó Manuel entre dos recaídas de gritos. Esos gritos parecían establecidos en la sala por toda la eternidad.
—No, al lado.

Manuel quedó aliviado. Sensible al dolor pero incapaz de expresar su compasión, sentía su torpeza y la soportaba mal.

La habitación en que se hallaba Barca comunicaba a la vez con la que él dejaba y con el acuario. Manuel abrió la puerta, vaciló un segundo, como si cerrar esa puerta hubiera sido bajar la tapa de un féretro sobre el herido. Por último, la dejó entreabierta.

Barca estaba sentado en la cama. No, no deseaba nada más. Tenía naranjas, revistas ilustradas. Y amistad. Lo malo era que no querían ponerle morfina. Si temían que se volviera morfinómano a su edad, harían mejor en irse al diablo. Y como habían puesto el peso en el extremo de su pierna que tenía rota en dos lugares, no podía dormir. Si pudieran hacerlo dormir, estaría mejor.

—Podrías dormir, con…

Manuel aludía a los gritos del herido que oían, mitigados, por la puerta entreabierta.

—No debo estar en la misma sala. Eso no se explica. En otra sala, puedo. Pero deberían poner juntos a los enfermos silenciosos. Cierra la puerta: en esta sala nadie grita…
—¿Qué era? —preguntó Manuel, como si, al hablar de nuevo del enfermo, hubiera reabierto la puerta que acababa de cerrar.
—Mecánico. Estaba en las milicias; en la aviación. Bombardero.
—¿Por qué estaba de nuestro lado?
—¿Dónde quieres que estuviera un mecánico? ¿Con los fascistas?
—Podía no estar en ningún bando.
—¡Ah, eso!…

Barca alzó las cejas, levantó la cabeza: le volvió el dolor. Descansó la cabeza en la almohada, y su vieja cara tomó de nuevo la expresión del dolor persistente —los ojos más hundidos, los rasgos cambiantes—, esa expresión de una infancia a la vez vulnerable y grave, en la cual el sufrimiento extrae de cada rostro la nobleza que oculta. En la Sierra, Manuel había observado los ojos de Barca. Toda la expresión de ese rostro de facciones triviales, de tez más oscura que los cabellos y el corto bigote blanco, más oscura que los ojos claros, provenía de los párpados pesados, espesos, cargados de una experiencia amarga y no resignada, que pequeñas arrugas tan numerosas como resquebrajaduras de porcelana transformaban en buen humor campesino. Con los ojos cerrados, parecía sonreír.

—¿Cómo anda el tren blindado?
—Creo que bien —dijo Manuel—. Pero no lo sé: ya no estaré allí más. Me han nombrado comandante de compañía en el quinto regimiento.
—¿Estás contento?
—Tengo mucho que aprender…

A pesar de la puerta cerrada, oyeron de nuevo los gritos.

—El muchacho… Estaba con nosotros porque estaba con nosotros…
—¿Y tú, Barca?
—Hay tantas razones…

Hizo una mueca, trató de moverse, y se volvió hacia Manuel como si hubiera esperado que éste se lo explicara.

—Nada te obligaba —continuó Manuel.
—¡Estaba sindicado, caramba!
—Sí. Pero no eras militante, no estabas amenazado directamente.
—Dime, muchacho. ¿Es que a ti una invasión de filoxera te hubiera alegrado?

Antes Barca era viñador en Cataluña, como lo habían sido su padre y su abuelo. La filoxera había permitido a los propietarios despojar a los viñadores del trabajo de más de cincuenta años.

—Habías rehecho tu vida, podías vivir…

Por el tono, Barca comprendía que Manuel no trataba de discutir sino de comprender mejor.

—Quieres decir: ¿por qué no me mantuve neutral?
—Sí.

Barca sonrió, con una sonrisa a la cual el dolor parecía darle una extraña experiencia.

—Son siempre los mismos los que no son neutrales. ¿En qué he sido yo neutral?

En el acuario, a los que iban con muletas se los veía por el vano de la puerta deslizarse uno tras otro.

—A pesar de todo, no es una pregunta en broma, sino una pregunta en serio. ¡Hasta el peor fascismo es mejor que estar muerto!…

Cerró los ojos.

—Mi pierna me hace doler más que ser vejado por un fascista… Y bien, yo…

Ante el dolor, la debilidad detuvo su ademán.

—Y bien, no. A pesar de todo, no. A pesar de todo, volvería a empezar. ¿Entonces?

Los gritos del herido llegaron de nuevo hasta ellos. ¿Volvería a empezar? Sobre eso reflexionaba Barca.

—No creas que me tomas del todo desprevenido: cuando creí que… que estaba acabado, quizá, debajo de los pinos, reflexione… Como todo el mundo. No como yo, quizá, pero reflexioné. A veces, con paciencia, puedo aprender lo que no sé. ¡Pero comprender lo que soy! Eso… Son las palabras. ¿Me sigues?
—Claro.
—Porque eres inteligente. Para decírtelo todo: no quiero que me desprecien. Escucha bien, muchacho.

No alzaba la voz. Hablaba sólo más lentamente, con el tono que hubiera tomado si, sentado a una mesa, levantara el índice.

—Ésa es la cosa. Lo demás importa menos. En cuanto al dinero, tienes razón: hubiera podido arreglármelas con ellos. Pero ellos quieren que los respeten, y yo no quiero respetarlos. Porque no son respetables. Quiero respetar, pero no a ellos. Quiero respetar al señor García, que es un sabio. Pero no a ellos.

García era uno de los mejores etnólogos españoles. Vivía en el verano en San Rafael, y Manuel había comprobado cuánto lo amaban los militantes de esa parte de la Sierra.

—Y después hay otra cosa. Te voy a contar un recuerdo. Quizá lo encuentres poco serio, quizá sí. Cuando estaba todavía en el cultivo antes de que fuera a Perpiñán, el marqués vino a casa. Hablaba de su gente. Y hablaba de los nuestros. Y dijo esto, te lo repito palabra por palabra: «Vean ustedes lo que es esa gente. ¡Prefieren la humanidad a su familia!». Despreciativo, sí lo era. Yo hubiera podido discutir, en el momento, pero también esa vez reflexioné. Comprendí esto: cuando nosotros queremos hacer algo por la humanidad, es también por nuestra familia. Es lo mismo. En tanto que ellos, eligen. ¿Me sigues? Eligen.

Calló un momento.

—El señor García ha venido a verme. Nos conocemos desde hace mucho. Es un hombre que se ha interesado siempre por las cosas. Ahora que está en información militar, quiere saber lo que pasa en los pueblos. Pero me pregunta: ¿la igualdad? Oye, Manuel, te voy a decir algo bueno, que no sabes, ni tú, ni él, porque… en fin, habéis tenido demasiada suerte, digamos. Un hombre como él, García, no sabe demasiado bien lo que es ser vejado. Y esto es lo que quiero decirte: lo contrario de eso, la humillación, como él dice, no es la igualdad. Al menos han comprendido algo, los franceses, con toda la imbecilidad de su inscripción sobre las alcaldías, porque lo contrario de ser vejado es la fraternidad.

Por la puerta abierta de la gran sala, se veía caminar, con sus perfiles de lisiados, a los heridos cuyos brazos estaban enyesados y envueltos con vendas separadas del cuerpo por tablillas, como violinistas con el violín al cuello. Éstos eran los más perturbadores: el brazo enyesado les daba la apariencia de hacer un ademán, y todos esos violinistas fantasmas, llevando hacia delante sus brazos inmovilizados y redondeados, avanzaban como estatuas que hubieran surgido en el silencio del acuario reforzado por el zumbido clandestino de las moscas.

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2

14 de agosto

En medio de la exaltación general y de un calor que reventaba, seis aviones modernos se preparaban para partir. La tropa morisca que atacaba Extremadura marchaba de Mérida contra Medellín. Era una fuerte columna motorizada, sin duda la élite de las tropas fascistas. De la dirección de las operaciones se acababa de telefonear a Sembrano y a Magnin: Franco la dirigía personalmente.

Sin jefes, sin armas, los milicianos de Extremadura trataban de resistir. De Medellín, el talabartero y el dueño del bodegón, el fondista, los obreros agrícolas, algunos miles de hombres entre los más miserables de España, partían con sus escopetas contra los fusiles ametralladores de la infantería mora.

Tres Douglas y tres multiasientos de combate, con ametralladoras de 1913, tomaban en ancho la mitad del campo. No había aviones de caza: todos estaban en la Sierra. Sembrano, su amigo Vallado, los pilotos de línea españoles, Magnin, Sibirsky, Darras, Karlitch, Gardet, Jaime, Scali, alumnos nuevos —Dugay y los mecánicos en el extremo de los hangares, con el zarzero Raplati—, toda la aviación estaba en juego.

Jaime cantaba un cante flamenco.

Los dos triángulos de los aparatos partieron hacia el sudeste.

Hacía fresco en los aviones, pero se veía el calor a ras de tierra, como se ve el aire caliente temblar encima de las chimeneas. Acá y allá, los grandes sombreros de paja de algunos campesinos aparecían entre los trigos. De los montes de Toledo hasta los de Extremadura, más allá de la guerra, la tierra color de cosechas dormía con el sueño de la tarde, de un horizonte a otro recubierto de paz. En el polvo que subía hacia el gran sol, los rellanos y los oteros formaban siluetas chatas; más allá, Badajoz, Mérida —tomada el 8 por los fascistas—, Medellín, invisibles aún, puntos irrisorios en la inmensidad de la llanura que temblaba.

Las piedras se hicieron más numerosas. Por último, áspera como su tierra de rocas, techos sin árboles, viejas tejas grises de sol, esqueleto berberisco sobre tierras africanas: Badajoz, alcázar, su plaza de toros vacía. Los pilotos miraban sus mapas, los bombarderos sus miras, los ametralladores los pequeños molinetes de los puntos de mira que giraban a toda velocidad fuera de la carlinga. Abajo, una vieja ciudad española roída, con sus mujeres negras detrás de las ventanas, sus olivos y sus anises al fresco en baldes con agua de pozo, sus pianos en los que jugaban los niños tocando con un dedo, y sus gatos flacos al acecho de las notas que se perdían una tras otra en el calor… Y una impresión de sequedad tal, que parecía que tejas y piedras, casas y calles debiesen resquebrajarse y pulverizarse a la primera bomba, con un gran ruido de huesos y cascajos. Por encima de la plaza, Karlitch y Jaime agitaron sus pañuelos. Los bombarderos españoles lanzaban pañuelos con los colores de la República.

Ahora, una ciudad fascista: los observadores reconocían el teatro antiguo de Mérida, las ruinas: una ciudad semejante a Badajoz, semejante a toda Extremadura. En fin, Medellín.

¿Por qué carretera llegaba la columna? Las carreteras sin árboles estaban amarillas bajo el sol, un poco más claras que la tierra, y vacías hasta donde alcanzaba la vista.

La escuadrilla sobrevoló una plaza cuadrada —Medellín— y comenzó a subir una carretera hacia las líneas enemigas, pero también hacia el sol. Ese sol de las cinco los deslumbraba a todos; de la carretera sólo veían una cinta incandescente. Los dos Douglas que estaban detrás de Sembrano empezaron a retardarse, después tomaron la fila: la columna enemiga llegaba.

Darras, que acababa de pasar los mandos al primer piloto, miraba con todo su cuerpo, a medias inclinado en el corredor de la carlinga. Durante la guerra, sólo buscaba cualquier brigada alemana; esta vez buscaba aquello contra lo cual luchaba desde años ha en tantas formas, en su alcaldía, en las organizaciones obreras edificadas pacientemente, deshechas, rehechas: el fascismo. Después Rusia: Italia, China, Alemania… Aquí, en esta España, apenas la esperanza que Darras había puesto en el mundo encontraba su posibilidad, seguía apareciendo el fascismo —casi bajo su avión—; y lo único que él veía eran los aviones de los suyos cambiando su línea de vuelo.

Para tomar la fila, el avión en que se encontraba (el de Magnin era el primero de los internacionales) dio la vuelta. La carretera delante de ellos estaba marcada por puntos rojos a intervalos regulares, muy recta, a lo largo de un kilómetro. El avión estaba encima, el sol volvió, y Darras no vio más que una carretera blanca.

Después la carretera se torció oblicuamente, el sol se deslizó hacia un lado: los puntos rojos reaparecieron. Demasiado pequeños para ser automóviles, con un movimiento demasiado mecánico para ser hombres. Y la carretera se movía.

De pronto, Darras comprendió. Y como si se hubiera puesto a ver con el pensamiento, y no con sus ojos, distinguió las formas: la carretera estaba cubierta de camiones con bacas amarillas de polvo. Los puntos rojos eran los capós pintados al minio, no camuflados.

Hasta el inmenso horizonte silencioso de campo y de paz, carreteras en torno a tres ciudades, en estrellas, como las huellas de enormes patas de pájaro; y entre esas tres carreteras inmóviles, ésta. El fascismo, para Darras, era esa carretera que temblaba.

De los dos lados de la carretera, tiraron bombas. Eran bombas de diez kilos: un estallido rojo en punta de lanza, y humo en los campos. Nada mostraba que la columna fascista fuera más rápido; pero la carretera temblaba más.

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Los camiones y los aviones iban al encuentro los unos de los otros. En el sol, Darras no veía bajar las bombas, pero las veía estallar, en rosario ahora, siempre en los campos. Su pie vendado empezaba a dolerle. Sabía que uno de los Douglas no tenía lanzabombas y bombardeaba por el agujero agrandado de la letrina. De pronto, una parte de la ruta dejó de temblar: la columna se detenía. Una bomba había tocado un camión, derribado en el camino, pero Darras no lo había visto.

Como la cabeza de un gusano que continuara sola su camino, el tramo anterior de la columna, cortada en dos, escapaba hacia Medellín; las bombas continuaban cayendo. El avión de Darras estaba encima de ese tramo.

El segundo piloto no ve debajo de sí.

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Bombardero del tercer avión internacional, Scali miraba las bombas acercarse a la carretera. Muy adiestrado en el ejército italiano donde, hasta que emigrara, había efectuado un periodo de reserva todos los años, habiendo vuelto a encontrar su precisión en tres misiones cumplidas en la Sierra, pilotado hoy por Sibirsky, en la vertical de la carretera desde hacía quince segundos, veía las bombas estallar cada vez más cerca de los camiones. Demasiado tarde para apuntar al tramo de cabeza. Los demás camiones intentaban pasar a derecha y a izquierda del que había caído de través en la carretera. Vistos desde los aviones, los camiones parecían fijos en la carretera, como moscas en un papel pega pega; como si Scali, porque estaba en un avión, hubiera esperado verlos escaparse, o partir a través de los campos; pero la carretera estaba sin duda bordeada de terraplenes. La columna, tan nítida momentos antes, trataba de dividirse por ambos lados del camión caído como un río por ambos lados de un peñasco. Scali veía claramente los puntos blancos de los turbantes moros; pensó en las escopetas de los pobres hombres de Medellín y abrió de golpe las dos cajas de bombas ligeras cuando vio por la mira el enredo de los camiones. Después se inclinó por la ventanilla y esperó la llegada de sus bombas: nueve segundos de destino entre esos hombres y él.

Dos, tres… No era posible ver bastante lejos hacia atrás. Por un agujero lateral: en tierra, algunos tipos corrían, los brazos al aire, bajando por el terraplén, seguramente. Cinco, seis… Ametralladoras en batería tiraban a los aviones. Siete, ocho… ¡Cómo corrían! Nueve: dejaron de correr, bajo veinte manchas rojas que estallaron a la vez. El avión continuó su camino como si nada de eso le concerniera.

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Los aviones daban vueltas y vueltas para alcanzar de nuevo la carretera. El de Magnin volvía cuando habían estallado las bombas de Scali, de modo que Darras vio nítidamente disiparse el humo por encima de un amontonamiento de camiones patas arriba. Salvo en el instante del estallido rojo de las bombas, la muerte parecía no desempeñar ningún papel en ese asunto: no se veían sino manchas caquis huyendo de la ruta bajo los puntos blancos de los turbantes, como hormigas enloquecidas que se llevan sus huevos.

El que mejor veía era Sembrano: el primero de los Douglas volvía detrás del último de los internacionales cerrando el círculo. Sembrano sabía, mucho más que Scali, lo que era la lucha de los milicianos de Extremadura; sabía que nada podían hacer; que sólo la aviación podía ayudarlos. Volvía a pasar sobre la carretera para que los bombarderos que habían conservado bombas ligeras pudiesen aún destruir más camiones: la motorización era el primer elemento de la fuerza fascista. Pero era necesario, antes de la llegada de la aviación enemiga, alcanzar la cabeza de la columna que se había escapado a Medellín.

Algunos camiones saltaron todavía en los campos, ruedas en el aire. Desde que, echados de la carretera, no estaban ya frente al sol, la luz decreciente alargaba detrás de ellos sus sombras, de tal modo que sólo aparecían cuando estaban destruidos, como los peces muertos pescados con dinamita sólo suben a la superficie cuando han sido heridos.

Los pilotos habían tenido tiempo de precisar su posición por encima de la ruta. Las sombras de los camiones derribados se alargaban ahora a la cabeza y en la cola de la columna, como barreras.

«Franco tardará más de cinco minutos en arreglar esto», pensó Sembrano, avanzando el labio inferior. A su vez, voló hacia Medellín.

Sin dejar de ser pacifista en su corazón, bombardeaba con mayor eficacia que ningún piloto español. Sólo que, para calmar sus escrúpulos, cuando bombardeaba, bombardeaba desde muy bajo: el peligro que corría, que se ingeniaba en correr, resolvía sus problemas éticos. O bien los camiones están en la ciudad, pensaba, y hay que hacerlos volar a todos por el aire, o bien están fuera, y para que los milicianos no se hagan matar se necesita también hacerlos volar por el aire. Iba rumbo a Medellín a doscientos ochenta por hora.

Los camiones que habían formado la cabeza de la columna se amontonaban en la sombra de la plaza. No se habían atrevido a dispersarse porque era un pueblo enemigo. Sembrano voló lo más bajo posible, seguido de otros cinco aviones.

Ahora el sol llenaba las calles de sombrar. Sin embargo, a trescientos metros, se adivinaba el color de las casas, salmón, azul pálido, verde, y la forma de los camiones; algunos estaban escondidos en las calles vecinas a la plaza.

Un Douglas venía hacia Sembrano en vez de seguirlo. El piloto había sin duda perdido la fila.

Los aviones iniciaron un primer círculo tangente a la plaza de Medellín. Sembrano recordaba su primer bombardeo, que había hecho con Vargas, ahora jefe de operaciones, y con los obreros de Peñarroya, rodeado de fascistas, que habían desplegado en las ventanas y en los patios sus cortinas, sus cubrecamas —sus más hermosos géneros—, para los aviadores republicanos.

Las bombas que lanzaron brillaron en un rayo de sol, desaparecieron, continuaron su camino con una independencia de torpedos. Gruesas llamas naranjas comenzaron a estallar como minas en la plaza que se llenó de humo. En un gran remolino, sobre la más alta llama, un cohete de humo blanco salió en medio del humo marrón; la minúscula silueta negra de un camión dio una vuelta entera en el aire y volvió a caer en la nube marrón. Sembrano, esperando que todo ese humo se disipara, echó una mirada hacia delante, volvió a ver el Douglas que había perdido la fila y dos más. Ahora bien, sólo tres Douglas se habían comprometido, contando el suyo: no podía tener tres delante de él.

Hizo oscilar su aparato para ordenar la formación del combate.

Inquieto por lo que ocurría en tierra, apenas había mirado: no eran Douglas, eran Junkers.

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Era el momento en que la aviación le parecía a Scali un arma nauseabunda. Desde que los moros huían tenía ganas de alejarse. No por eso dejaba de esperar como un gato que la plaza llegara a su mira (le quedaban dos bombas de cincuenta kilos). Indiferente a las ametralladoras de tierra, se sentía a la vez justiciero y asesino, más asqueado, por lo demás, tomarse por justiciero que por asesino. Los seis Junkers, tres enfrente (los que había visto Sembrano) y tres debajo lo libraron de la introspección.

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Los Douglas iban a tratar de huir: con sus pobres ametralladoras al lado del piloto, no podía ser cuestión para ellos el combatir con aviones alemanes con tres puestos de ametralladoras, armados de ametralladoras modernas. Sembrano había considerado siempre la velocidad como el mejor medio de defensa de los aviones de bombardeo. En efecto, los Douglas, llenos de gas, huyeron oblicuamente, los multiplazas internacionales lanzándose contra los tres Junkers de abajo; tres contra seis, contra seis sin cazas, felizmente. Alcanzado el objetivo, no se trataba ya de combatir, sino de pasar. Y Magnin elegía atacar por debajo los aviones más bajos, que iban a destacarse contra el cielo, en tanto que sus aviones camuflados serían casi invisibles sobre los campos, a esa hora. Los tres Junkers no tendrían quizá tiempo de ponerse en línea de combate. Salió él también, entonces, a toda velocidad.

Los de abajo llegaban, formados como submarinos, su proa como un péndulo entre los guardabarros de su tren de aterrizaje. Uno de ellos viraba aún, y los internacionales veían con claridad su antena de radio y detrás su ametrallador de perfil, por encima de la carlinga. Gardet, en su torreta de delante, con un fusil de niño en la espalda, esperaba. Demasiado lejos para que lo oyeran, mostraba los Junkers con el dedo y agitaba el brazo izquierdo. Magnin, al lado de Darras, los veía agrandarse como si los hubieran hinchado.

Toda la tripulación tomaba conciencia de que un avión podía caer.

Gardet hizo girar su torreta; con un ruido extraordinariamente rápido, todas las ametralladoras martillando la carlinga, los aviones se cruzaron. Los internacionales habían recibido muy pocas balas, las de las ametralladoras de proa solamente. Los Junkers permanecían detrás, uno de ellos iba bajando, sin caer del todo. Aunque la distancia no dejaba de aumentar, de pronto una docena de balas atravesaron la carlinga del avión de Magnin. La distancia aumentó todavía; bajo el fuego de las ametralladoras de atrás de los internacionales, los cinco Junkers volvían hacia sus líneas, el tercero bajando a sacudidas por encima de los campos.

Después de su vuelta, telefoneado ya el informe, Magnin hizo llamar a Gardet.

—Está en el Junker que ha bajado aquí creyendo que Madrid había sido tomado—dijo Camuccini.
—Razón de más.

Con sorpresa de Magnin, un delegado de la Seguridad lo esperaba.

—Camarada Magnin —le dijo después de haber mirado por todos los rincones de la oficina—, el jefe de Seguridad me encarga que le indique que tres de sus voluntarios alemanes…

Sacó un papel del bolsillo:

—Kre… feld, Wurtz y Schrei… ner, eso es Schreiner, son informadores hitlerianos.

Error, tuvo ganas de contestar Magnin; pero en tales casos se cree siempre en el error. Karlitch le había señalado que Krefeld tomaba incesantemente fotos (¿las habría tomado un espía?) y Magnin había quedado sorprendido de oírlo citar un día el nombre de uno de los funcionarios de la 2.ª sección francesa.

—¿Krefeld, entonces? Bueno, eso es asunto de ustedes. Pero Schreiner me sorprende mucho. Wurtz y Schreiner son comunistas bastante antiguos, me parece. Y el partido responde por ellos.
—Los partidos son como las personas, camarada Magnin, creen en sus amigos; nosotros creemos en los datos que recibimos.
—¿Qué quiere el jefe de policía?
—Que esos tres no pongan más los pies en un aeródromo.
—¿Y después?
—Después él se responsabilizará.

Magnin, reflexionando, se tiró del bigote.

—El caso de Schreiner es en verdad atroz. Y yo, sí, por qué no decirlo, ¡yo lo creo inocente! ¿Es que no puede hacerse una investigación suplementaria?
—¡Oh!, no se trata de precipitar nada… El jefe telefoneará enseguida, pero sólo para confirmar lo dicho.

Llegó Gardet, tras haber guardado en la tienda de los accesorios su pequeño fusil; llevaba inclinado hacia delante su pelo cortado a cepillo; miraba con aire risueño. El policía se retiró.

Sus cabellos y sus pómulos acentuados le daban la apariencia de un gato para niños, pero, desde que sonreía, sus dientecitos separados unos de otros transmitían una energía aguda a ese rostro triangular.

—¿Qué has ido a hacer allí? ¿A ponerte en el lugar de los ametralladores?
—Porque soy un taimado. Fui, fíjate bien, pero tenía la impresión de que había algo que no comprendía. Comprendía muy bien, no soy tan tonto como creía. Ahora que han tirado sobre nosotros, estoy seguro de lo que digo: el aparato es casi ciego por delante. Por eso no nos han tocado en la primera tunda, y nos han tocado después cuando estábamos detrás.
—Yo tuve esa impresión también.

Magnin los había estudiado en las revistas técnicas: el tercer motor del Junker está en el lugar de la torreta delantera de los multiplazas de dos motores, y Magnin había dudado de que se pudiera defender la parte delantera de un avión con un ametrallador de cubo que tira entre las ruedas y un ametrallador detrás. Por eso se había lanzado desde arriba, uno contra dos.

—Dime, ¿crees que iban a todo gas cuando nos perseguían?
—Por supuesto.
—Entonces nos toman el pelo desde hace dos años, esos Fritz. Al menos treinta kilómetros de menos que nosotros con nuestros viejos cacharros. ¿Es ésa la célebre flotilla Goering? Pero sus ametralladoras, eso sí, son algo muy distinto de las nuestras. No dejaron una sola vez de funcionar. Yo escuchaba. Si los rusos o los tontos de nuestros compatriotas se decidieran a surtimos como es debido…

Magnin se fue a la Dirección de Operaciones, perplejo.

Quería primero pasar por el hospital.

El bombardero bretón, indiferente, discutía con su vecino, un anarquista español, tenía la cama cubierta de números de L’Humanité y de obras de Courteline; House estaba solo en un cuarto, en el piso de arriba, lo que no presagiaba nada bueno.

Magnin abrió la puerta; el inglés lo saludó con el puño levantado, sonriendo, pero sus ojos no sonreían.

—¿Cómo andas?
—No sé; nadie sabe inglés…

Él no respondía a la pregunta sino a su propia obsesión: no sabía si sería amputado o no.

Con su fino bigote rubio debajo de su nariz puntiaguda, parecía un colegial bien acostado en su cama. ¡De qué modo ese puño en alto daba la impresión de ser un azar, un accidente! ¿No hubiera sido la verdad esas manos formalmente posadas sobre la sábana, ese rostro descansando entre una almohada y una sábana, en el cual sin duda pensaba una mistress House en algún cottage? Pero había otra verdad, ignorada por esa mistress House, la verdad de dos piernas con cinco balas debajo de la sábana cuidadosamente estirada. Ese muchacho no tiene veinticinco años, pensaba Magnin. ¿Qué decirle? Es poca cosa, una idea, frente a dos piernas que hay que cortar.

—Sí, sí… —dijo Magnin tirándose el bigote—. ¿Es que olvido algo? Ah, las naranjas que tengo abajo.

Salió. La invalidez lo emocionaba más que la muerte; no sabía mentir y no sabía qué responder. Ante todo, quería saber, y subió hasta donde estaba el médico jefe.

—No —le dijo éste—. El aviador inglés ha tenido suerte: los huesos no están afectados. Ni pensar por un instante en amputación.

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Magnin volvió corriendo. Un ruido cristalino de cucharas llenaba la escalera y tintineaba en su corazón.

—Los huesos no han sido afectados —dijo al entrar. Había olvidado su historia de las naranjas.

House lo había saludado de nuevo con el puño: nadie comprendía su lengua en el hospital, y había tomado la costumbre de hacer ese ademán que era la única forma de fraternidad.

—La cuestión… la amputación, ni pensar en eso —tartamudeó, confuso de repetir en ingles lo que el médico acababa de decirle en español.

Confundido entre la esperanza y el temor de una mentira amistosa, House bajó los ojos, readquirió el dominio de su respiración y preguntó:

—¿Cuándo podré caminar?
—Voy a preguntárselo al médico jefe.

Me va a tomar por un idiota, pensó Magnin mientras volvía a subir los peldaños de la escalera blanca.

—Discúlpeme —le dijo al médico—; el muchacho pregunta cuándo podrá caminar, y me sería penoso mentirle.
—Dentro de dos meses.

Magnin volvió a bajar. Apenas hubo dicho «dos meses» una embriaguez de prisionero liberado subió de la cama, misteriosa porque nada la expresaba: House no podía mover las piernas; sus brazos estaban sobre la cama, su cabeza sobre la almohada, sólo sus dedos se crispaban en el extremo de sus brazos inmóviles, y su nuez de Adán, muy visible, subía y bajaba. Esos gestos de una alegría sin límites eran los gestos mismos del miedo…

En los alrededores de Madrid, menos milicianos blandían fusiles en menos autos menos cubiertos de inscripciones. Hacia la Puerta de Toledo, los jóvenes se ejercitaban en marchar al paso. Magnin pensaba en Francia. Hasta esta guerra, los Junkers habían constituido lo esencial de la flota de bombardeo alemana. Eran aviones comerciales transformados, y la confianza de Europa en la técnica alemana había visto en ellos una flota de guerra. Su armamento, excelente, no era eficaz, y no eran capaces de perseguir a los Douglas, aviones comerciales norteamericanos. Valían tanto más, sin duda, que todos los artefactos comprados por Magnin en todos los mercados de Europa. Pero no hubiesen vencido a los tipos de aviones modernos franceses, ni a la aviación soviética. Todo eso iba a cambiar: las grandes maniobras sangrientas del mundo habían comenzado. Durante dos años Europa había retrocedido ante la constante amenaza de una guerra que hubiese sido técnicamente incapaz de emprender…

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3

Cuando Magnin llegó al Ministerio, el director de operaciones, Vargas, escuchaba a García que leía un informe.

—¡Buenos días, Magnin!

Vargas se levantó, pero quedó junto al sofá: se había quitado a medias, a causa del calor, su mono, que mantenía colgando sobre los pantalones (por flema, o para estar listo más pronto) como un conejo que conserva la piel en las patas, pero que le impedía caminar. Volvió a sentarse, las largas piernas todavía alargadas por el mono, su estrecha y huesuda cara de Don Quijote sin barba, llena de amistad. Vargas era uno de los oficiales con quienes Magnin había preparado las líneas aéreas españolas antes del levantamiento y era con él y Sembrano con quien Magnin había hecho saltar el ferrocarril Sevilla-Córdoba. Presentó a García y Magnin e hizo traer bebidas y cigarrillos.

—Felicitaciones —dijo García—. A usted se debe la primera victoria de la guerra.
—¿Sí? Tanto mejor… Transmitiré sus felicitaciones: Sembrano era el jefe del grupo.

Los dos hombres se observaban cordialmente: por primera vez, Magnin tenía trato directo con uno de los jefes de Informaciones Militares; García, por su parte, oía hablar diariamente de Magnin.

Todo en García sorprendía a Magnin: que fuera español, y tuviera la corpulencia y el rostro de un gran terrateniente inglés o normando, con la nariz respingona y las orejas puntiagudas; que fuera intelectual, y tuviera un aspecto bromista y afable; que fuera un etnólogo que había vivido tanto tiempo en el Perú y las Filipinas, y no tuviera la tez ni siquiera tostada por el sol; además, había imaginado siempre que García usaba quevedos.

—Fue una pequeña expedición colonial, ustedes saben —continuó Magnin—: Seis aviones… Hemos derribado algunos camiones en la carretera…
—No fueron las bombas del camino las más eficaces —dijo García—, sino las de Medellín. Muchas bombas de gran calibre cayeron en la plaza. Piense usted que los moros han sido bombardeados seriamente por primera vez. La columna ha vuelto a irse a su punto de partida. Es nuestra primera victoria. Sólo Badajoz está tomado. El ejército de Franco, pues, va a unirse ahora con el ejército de Mola.

Magnin lo miraba, interrogador.

La actitud de García lo sorprendía también: esperaba de él una actitud secreta, más que ese aire cordialmente desanimado.

—Badajoz está al lado de la frontera portuguesa —dijo García.
—El 6 —dijo Vargas—, el Monte Sarmiento ha traído a Lisboa catorce aviones alemanes y ciento cincuenta especialistas. El 8, dieciocho bombarderos han partido de Italia. Antes de ayer, veinte han llegado a Sevilla.
—¿Saboyas?
—No lo sé. Otros veinte italianos han partido.
—¿Entre éstos los dieciocho?
—No. Antes de quince días tendremos un centenar de aviones modernos contra nosotros.

.

Si los Junkers eran malos, los Saboyas eran aparatos de bombardeo muy superiores a todos aquellos de los que disponían los republicanos.

Por la ventana abierta, el himno republicano difundido por veinte radios entraba con el olor quemado de las hojas.

—Continuo —dijo García volviendo a tomar su informe—: Es Badajoz esta mañana —le dijo a Magnin.

5 horas. Los moros acaban de entrar en el fuerte de San Cristóbal, ya casi destruido por el bombardeo.
7 horas. La artillería enemiga, instalada en el fuerte de San Cristóbal, bombardea la ciudad sin interrupción. Las milicias aguantan. La enfermería del hospital provincial ha sido destruida por el bombardeo aéreo.
9 horas. Al este, la muralla está hecha escombros. Al sur, los cuarteles en llamas. Sólo nos quedan dos ametralladoras. La artillería de San Cristóbal tira. Las milicias aguantan.
11 horas. Los tanques enemigos…

Dejó la hoja dactilografiada, tomó otra.

—El segundo informe es corto —dijo amargamente.

12 horas. Los tanques están en la catedral. La infantería los sigue. Es rechazada.

—Me pregunto por qué —dijo—. ¡Había en Badajoz cuatro ametralladoras!

16 horas. El enemigo entra.
16 horas y 10 min. Se lucha casa por casa.

—¿A las cuatro? —preguntó Magnin—. Pero, discúlpeme, a las cinco nos han dado Badajoz como nuestro.
—Las informaciones acaban de llegar.

Magnin pensaba en el sol de las cinco alargado sobre las calles de esa ciudad de cascotes. Había peleado en la artillería en los comienzos de la guerra del 14; aunque sabía que nada conocía de una batalla, allí aprendió que de ella no se veía nada. A esa ciudad por donde corría la sangre, no había dejado de verla tranquila y amiga. Desde demasiado alto como Dios. Los tanques están en la catedral… La catedral con una gran sombra a su lado, las calles estrechas, la plaza de toros…

—¿A qué hora ha terminado el combate?
—Una hora antes de que ustedes pasaran —dijo Vargas—, salvo la lucha en el interior de las casas…
—Aquí está el último informe —dijo García—. Alrededor de las ocho. Quizá antes: transmitido por nuestras líneas, en la medida en que haya líneas…

Los prisioneros políticos fascistas han sido liberados sanos y salvos. Los milicianos y sospechosos arrestados han sido pasados por las armas. Alrededor de doscientos han sido fusilados. Culpa: resistencia a mano armada. Dos milicianos fusilados en la catedral en las gradas del altar mayor. Los moros llevan el escapulario y el Sagrado Corazón. Se ha fusilado toda la tarde. Los fusilamientos continúan.

Magnin pensó en los pañuelos de Karlitch y de Jaime, amigablemente agitados por encima de los que fusilaban.

La vida nocturna de Madrid, el himno republicano de todas las radios, los cantos de toda especie, los salud en voz alta o baja según se estuviera cerca o lejos, mezclados como las notas de pianos, todo el rumor de esperanza y la exaltación de que estaba colmada la noche llenó de nuevo el silencio. Vargas movió la cabeza.

—Está bien cantar…, —y en un tono más bajo—: La guerra será larga.

»El pueblo es optimista… Los jefes políticos son optimistas… El comandante García y yo, que lo seríamos por temperamento…

Alzó las cejas, inquieto. Cuando Vargas alzaba las cejas, tomaba un aire ingenuo y súbitamente parecía joven. Y Magnin advirtió que nunca había pensado que Don Quijote hubiera sido joven.

—Reflexione en esta jornada, Magnin: con sus seis aviones, una pequeña expedición colonial, como usted dice, han parado la columna. Con sus ametralladoras, la columna había dispersado a los milicianos y tomado Badajoz. Considere usted que esos milicianos no eran cobardes. Esta guerra va a ser una guerra técnica, y nosotros la conducimos hablando sólo de sentimientos.
—¡Sin embargo, es el pueblo el que ha defendido la Sierra!

García observaba a Magnin atentamente. Como Vargas, pensaba que la guerra sería técnica, y no creía que los jefes obreros llegaran a ser especialistas por inspiración divina. Conjeturaba que la suerte del Frente Popular estaría en manos de sus técnicos, y todo, en Magnin, le interesaba: su falta de soltura, su aparente distracción, su aire de «no poder más», su aspecto de contramaestre mayor (era, en efecto, ingeniero de la Central), la energía evidente y ordenada que se agitaba bajo sus redondos anteojos estupefactos. Había en Magnin, a causa de sus bigotes, algo del ebanista tradicional del barrio de Saint-Antoine, y también en su belfo de foca, por el cual demostraba su edad, en su mirada, cuando se quitaba los anteojos, en sus gestos; en su sonrisa, la marca compleja del intelectual. Magnin había dirigido una de las más grandes líneas francesas, y García, que ponía especial cuidado en no adornar a los hombres con el prestigio de su función, trataba de discernir que provenía en él del hombre mismo.

—¡El pueblo es magnífico, Magnin, magnífico! —dijo Vargas—. Pero es impotente.
—Yo estaba en la Sierra —dijo García, apuntando a Magnin con el caño de su pipa—. Procedamos con orden. La Sierra ha sorprendido a los fascistas; las posiciones eran particularmente favorables a una acción de guerrilla; el pueblo tiene una fuerza de choque muy grande y muy corta.

»Mi querido señor Magnin, nosotros estamos sostenidos y envenenados a la vez por dos o tres mitos bastante peligrosos. Primero los franceses: el Pueblo —con una mayúscula— ha hecho la revolución francesa. Muy bien. De que cien picas puedan vencer a malos mosquetes no se infiere que diez escopetas puedan vencer a un buen avión. La revolución rusa ha complicado aún más las cosas. Políticamente, es la primera revolución del siglo XX pero advierta usted que, militarmente, es la última del siglo XIX. Ni aviación ni tanques en las fuerzas zaristas, barricadas en las filas revolucionarias. ¿Cómo han nacido las barricadas? Para luchar contra las fuerzas reales de caballería porque el pueblo no tuvo jamás caballería. España está hoy cubierta de barricadas —contra la aviación de Franco.

»Nuestro querido presidente del Consejo, inmediatamente después de su caída, ha partido a la Sierra con un fusil… Quizá, señor Magnin, no conoce usted bastante España. Gil, nuestro único verdadero constructor de aviones, acaba de ser muerto en el frente como soldado de infantería.

—Permítame. La revolución…
—Nosotros no somos la revolución. Pregúntele más bien a Vargas. Nosotros somos el pueblo, sí; la revolución, no, aunque no hablemos sino de ella. Llamo revolución a la consecuencia de una insurrección dirigida por cuadros (políticos, técnicos, todo lo que usted quiera) formados en la lucha, capaces de reemplazar rápidamente a aquellos que los destruyen.
—Y sobre todo, Magnin —dijo Vargas levantándose el mono—, no somos nosotros los que hemos tomado la iniciativa como usted no lo ignora. Nosotros tenemos que formar nuestros cuadros. Franco no tiene ninguna clase de cuadros, salvo militares, pero cuenta con los dos países que usted sabe. Los hombres de Wrangel han sido vencidos por el ejército rojo y no por los partidarios…

García fue escandiendo su frase con las chupadas de su pipa:

—No hay más, en adelante, transformación social, y con mayor razón revolución, sin guerra, y no hay guerra sin técnica. Ahora bien…

Vargas aprobaba, inclinando la cabeza al mismo tiempo que García inclinaba la pipa.

—Los hombres no se hacen matar por la técnica y la disciplina —dijo Magnin.
—En circunstancias como éstas, me intereso menos en las razones por las cuales los hombres se hacen matar que por los medios que tienen para matar a sus enemigos. Por otra parte, atención. Usted puede suponer que cuando digo disciplina no pienso en la férrea disciplina militar tal como se concibe en su país. Llamo así el conjunto de medios que dan a las colectividades de combatientes la mayor eficacia. (García tenía afición a las definiciones). Es una técnica como cualquier otra. ¡Inútil decirle que el saludo militar me es indiferente!
—Lo que oímos en este momento por la ventana es algo positivo. Usted sabe como yo que no se lo utiliza a las mil maravillas. Usted dice: nosotros no somos la revolución. Pues bien, ¡seámosla! ¿No cree usted, a pesar de todo, que serán ustedes ayudados por las democracias?
—¡Es demasiado afirmativo, Magnin! —dijo Vargas.

Vargas apuntó a los dos con el caño de su pipa como con el cañón de un revólver:

—He visto a las democracias intervenir contra casi todo, salvo contra los fascismos.

»El único país que puede ayudarnos, tarde o temprano, aparte de México, es Rusia. Y no nos ayudará porque está demasiado lejos.

»En cuanto a lo que oímos por la ventana, señor Magnin, es el Apocalipsis de la fraternidad. A usted lo conmueve. Lo comprendo muy bien: es una de las cosas más conmovedoras de la tierra y no se ve a menudo. Pero debe transformarse bajo pena de muerte.

—Es muy posible… Sólo que, permítame, no acepto por mi parte, no quiero aceptar ningún conflicto entre aquello que representa la disciplina revolucionaria y los que aún no comprenden su necesidad. El sueño de la libertad total, el poder al más noble, o algo por el estilo, todo eso forma parte a mis ojos de aquello por lo cual estoy aquí. Quiero para cada hijo de vecino, una vida que no se califique por lo que exige de los otros. ¿Comprende usted lo que quiero decir?
—Me temo que no le hayan hecho conocer plenamente la situación.

»Tenemos que vérnoslas con dos golpes de Estado superpuestos, mi querido señor Magnin. Uno es el puro y simple pronunciamiento de las familias, viejo conocido. Burgos, Valladolid, Pamplona, la Sierra. El primer día, los fascistas tenían todas las guarniciones de España. Ahora no tienen ya sino la tercera parte. Ese pronunciamiento, en suma, ha sido vencido. Y vencido por el Apocalipsis.

»Pero los Estados fascistas, que no son idiotas, han encarado perfectamente el fracaso del pronunciamiento. Y, a partir de allí, comienza el problema del Sur. Tenga usted cuidado: no es de igual naturaleza.

»Para saber de qué hablamos, dejemos la palabra fascismo. Primero: a Franco le importa un bledo el fascismo, es un aprendiz de dictador venezolano. Segundo: a Mussolini le importa un bledo instituir o no el fascismo en España; los problemas morales son una cuestión, la política extranjera otra. Mussolini quiere aquí un Gobierno sobre el cual pueda actuar. Para eso ha hecho de Marruecos una base de agresión. De allí parte un ejército moderno, con un armamento moderno. Como no pueden contar con los soldados españoles (lo han visto en Madrid y en Barcelona), se apoyan en tropas poco numerosas pero de valor técnico: moros, Legión Extranjera, etcétera.

—No hay más que doce mil moros en Marruecos, García —dijo Vargas.
—Le anuncio cuarenta mil. Nadie aquí ha estudiado ni siquiera un poco el vínculo presente de las autoridades del islam con Mussolini. ¡Espere un poco! Francia e Inglaterra quedarán sorprendidas. Y si los moros no bastan, nos enviarán italianos, querido amigo.
—A su juicio, ¿qué quiere Italia? —preguntó Magnin.
—No lo sé. A mi juicio, la posibilidad de controlar Gibraltar, es decir de poder transformar automáticamente una guerra anglo-italiana en guerra europea, obligando a Inglaterra a hacer esta guerra a través de un aliado europeo. El relativo desarme de Inglaterra hace preferir a Mussolini encontrarse con ella sola; su rearme cambia profundamente la política italiana. Pero todo esto son hipótesis, son charlas de café. Lo serio es lo siguiente: apoyado de la manera más concreta por Portugal, ayudado por los países fascistas, el ejército de Franco —columnas motorizadas, fusiles ametralladores, organización italo-alemana, aviación italo-alemana— va a tratar de dominar Madrid. Para dominar la retaguardia, va a recurrir al terror masivo, como ha comenzado en Badajoz. Qué vamos a oponer nosotros, prácticamente, a esta segunda guerra, que nada tiene que ver con la de la Sierra, ésa es la cuestión.

García dejó su sillón y se acercó a Magnin, sus dos orejas puntiagudas recostadas contra la lámpara eléctrica, encendida sobre el escritorio.

—Para mí, señor Magnin, la cuestión es sencillamente ésta: una acción popular, como la nuestra, o una revolución, o hasta una insurrección, no mantiene su victoria sino por una técnica opuesta a los medios que le han sido dados. Y a veces hasta a los sentimientos. Reflexione en ello, en función de su propia experiencia. Porque dudo que usted funde su escuadrilla con la sola fraternidad.

»El Apocalipsis quiere todo, todo enseguida; la revolución obtiene poco —lenta y duramente—. El peligro es que todo hombre lleva en sí el deseo de un Apocalipsis. Y que, en la lucha, ese deseo, pasado un tiempo bastante corto, es una derrota cierta por una razón muy simple: por su naturaleza misma, el Apocalipsis no tiene futuro.

»Ni siquiera cuando pretende tener uno.

Se guardó la pipa en el bolsillo y dijo con tristeza:

—Nuestra modesta función, señor Magnin, es organizar el Apocalipsis.

(Continuará…)

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