Los pájaros (I)

Daphne Du Maurier

 

 

El 3 de diciembre, el viento cambió de la noche a la mañana, y llegó el invierno. Hasta entonces, el otoño había sido suave y apacible. Las hojas, de un rojo dorado, se habían mantenido en los árboles y los setos vivos estaban verdes todavía. La tierra era fértil en los lugares donde el arado la había removido.

Nat Hocken, debido a una incapacidad contraída durante la guerra, disfrutaba una pensión y no trabajaba todos los días en la granja. Trabajaba tres días a la semana y le encomendaban las tareas más sencillas: poner vallas, embardar, reparar las edificaciones de la granja…

Aunque casado, y con hijos, tenía tendencia a la soledad; prefería trabajar solo. Le agradaba que le encargasen construir un dique o reparar un portillo en el extremo más lejano de la península, donde el mar rodeaba por ambos lados a la tierra de labranza. Entonces, al mediodía, hacía una pausa para comer el pastel de carne que su mujer había cocido para él, y sentándose en el borde de la escollera, contemplaba a los pájaros. El otoño era época para esto, mejor que la primavera. En primavera, los pájaros volaban tierra adentro resueltos, decididos; sabían cuál era su destino; el ritmo y el ritual de su vida no admitían dilaciones. En otoño, los que no habían emigrado allende el mar, sino que se habían quedado a pasar el invierno, se veían animados por los mismos impulsos, pero, como la emigración les estaba negada, seguían su propia norma de conducta. Llegaban en grandes bandadas a la península, inquietos; ora describiendo círculos en el firmamento, ora posándose, para alimentarse, en la tierra recién removida, pero incluso cuando se alimentaban, era como si lo hiciesen sin hambre, sin deseo. El desasosiego les empujaba de nuevo a los cielos.

Blancos y negros, gaviotas y chovas, mezcladas en extraña camaradería, buscando alguna especie de liberación, nunca satisfechas, nunca inmóviles. Bandadas de estorninos, susurrantes como piezas de seda, volaban hacia los frescos pastos, impulsados por idéntica necesidad de movimiento, y los pájaros más pequeños, los pinzones y las alondras, se dispersaban sobre los árboles y los setos.

Nat los miraba, y observaba también a las aves marinas. Abajo, en la ensenada, esperaban la marea. Tenían más paciencia. Pescadoras de ostras, zancudas y zarapitos aguardaban al borde del agua; cuando el lento mar lamía la orilla y se retiraba luego dejando al descubierto la franja de algas y los guijarros, las aves marinas emprendían veloz carrera y corrían sobre las playas. Entonces, les invadía también a ellas aquel mismo impulso de volar. Chillando, gimiendo, gritando, pasaban rozando el plácido mar y se alejaban de la costa. Se apresuraban, aceleraban, se precipitaban, huían; pero ¿adónde, y con qué finalidad? La inquieta urgencia del melancólico otoño había arrojado un hechizo sobre ellas y debían congregarse, girar y chillar; tenían que saturarse de movimiento antes de que llegase el invierno.

«Quizá —pensaba Nat, masticando su pastel de carne en el borde de la escollera— los pájaros reciben en otoño un mensaje, algo así como un aviso. Va a llegar el invierno. Muchos de ellos perecen. Y los pájaros se comportan de forma semejante a las personas que, temiendo que les llegue la muerte antes de tiempo, se vuelcan en el trabajo, o se entregan a la insensatez».

Los pájaros habían estado más alborotados que nunca en este declinar del año; su agitación resaltaba más porque los días eran muy tranquilos. Cuando el tractor trazaba su camino sobre las colinas del Oeste, recortada ante el volante la silueta del granjero, hombre y vehículo se perdían momentáneamente en la gran nube de pájaros que giraban y chillaban. Había muchos más que de ordinario. Nat estaba seguro de ello. Siempre seguían al arado en otoño, pero no en bandadas tan grandes como ésas, no con ese clamor.

Nat lo hizo notar cuando hubo terminado el trabajo del día.

—Sí —dijo el granjero—, hay más pájaros que de costumbre; yo también me he dado cuenta. Y muy atrevidos algunos de ellos; no hacían ningún caso del tractor.

Esta tarde, una o dos gaviotas han pasado tan cerca de mi cabeza que creía que me habían arrebatado la gorra. Como que apenas podía ver lo que estaba haciendo cuando se hallaban sobre mí y me daba el sol en los ojos. Me da la impresión de que va a cambiar el tiempo. Será un invierno muy duro. Por eso están inquietos los pájaros.

Al cruzar los campos y bajar por el sendero que conducía a su casa, Nat, con el último destello del sol, vio a los pájaros reuniéndose todavía en las colinas del Oeste. No corría ni un soplo de viento, y el grisáceo mar estaba alto y en calma. Destacaba en los setos la coronaria, aún en flor, y el aire se mantenía plácido. El granjero tenía razón, sin embargo, y fue esa noche cuando cambió el tiempo. El dormitorio de Nat estaba orientado al Este. Se despertó poco después de las dos y oyó el ruido del viento en la chimenea. No el furioso bramido del temporal del Sudoeste que traía la lluvia, sino el viento del Este, seco y frío. Resonaba cavernosamente en la chimenea, y una teja suelta batía sobre el tejado. Nat prestó atención y pudo oír el rugido del mar en la ensenada. Incluso el aire del pequeño dormitorio se había vuelto frío: por debajo de la puerta se filtraba una corriente que soplaba directamente sobre la cama. Nat se arrebujó en la manta, se arrimó a la espalda de su mujer, que dormía a su lado, y quedó despierto, vigilante, dándose cuenta de que se hallaba receloso sin motivo.

Fue entonces cuando oyó unos ligeros golpecitos en la ventana. En las paredes de la casa no había enredaderas que pudieran desprenderse y rozar el cristal. Escuchó, y los golpecitos continuaron hasta que, irritado por el ruido, Nat saltó de la cama y se acercó a la ventana. La abrió y, al hacerlo, algo chocó contra su mano, pinchándole los nudillos y rozándole la piel. Vio agitarse unas alas y aquello desapareció sobre el tejado, detrás de la casa.

Era un pájaro. Qué clase de pájaro, él no sabría decirlo. El viento debía de haberle impulsado a guarecerse en el alféizar.

Cerró la ventana y volvió a la cama, pero, sintiendo humedad en los nudillos, se llevó la mano a la boca. El pájaro le había hecho sangre. Asustado y aturdido, supuso que el pájaro, buscando cobijo, le había herido en la oscuridad. Trató de conciliar de nuevo el sueño.

Pero al poco rato volvieron a repetirse los golpecitos, esta vez más fuertes, más insistentes. Su mujer se despertó con el ruido y, dándose la vuelta en la cama, le dijo:

—Echa un vistazo a esa ventana, Nat; está batiendo.
—Ya la he mirado —respondió él—; hay algún pájaro ahí fuera que está intentando entrar. ¿No oyes el viento? Sopla del Este y hace que los pájaros busquen dónde guarecerse.
—Ahuyéntalos —dijo ella—. No puedo dormir con ese ruido.

Se dirigió de nuevo a la ventana y, al abrirla esta vez, no era un solo pájaro el que estaba en el alféizar, sino media docena; se lanzaron en línea recta contra su rostro atacándole.

Soltó un grito y, golpeándolos con los brazos, consiguió dispersarlos; al igual que el primero, se remontaron sobre el tejado y desaparecieron. Dejó caer rápidamente la hoja de la ventana y la sujetó con las aldabillas.

—¿Has visto eso? —exclamó—. Venían por mí. Intentaban picotearme los ojos.

Se quedó en pie junto a la ventana, escudriñando la oscuridad, y no pudo ver nada. Su mujer, muerta de sueño, murmuró algo desde la cama.

—No estoy exagerando —replicó él, enojado por la insinuación de la mujer—. Te digo que los pájaros estaban en el alféizar, intentando entrar en el cuarto.

De pronto, de la habitación que dormían los niños, situada al otro lado del pasillo, surgió un grito de terror.

—Es Jill —dijo su mujer, sentándose en la cama completamente espabilada—. Ve a ver qué le pasa.

Nat encendió la vela, pero, al abrir la puerta del dormitorio para atravesar el pasillo, la corriente apagó la llama.

Sonó otro grito de terror, esta vez de los dos niños, y él se precipitó en su habitación, sintiendo inmediatamente el batir de alas a su alrededor, en la oscuridad. La ventana estaba abierta de par en par. A través de ella, entraban los pájaros, chocando primero contra el techo y las paredes y, luego, rectificando su vuelo, se lanzaban sobre los niños, tendidos en sus camas.

—Tranquilizaos. Estoy aquí —gritó Nat, y los niños corrieron chillando hacia él, mientras en la oscuridad, los pájaros se remontaban, descendían y le atacaban una y otra vez.
—¿Qué es, Nat? ¿Qué ocurre? —preguntó su mujer desde el otro dormitorio.

Nat empujó apresuradamente a los niños hacia el pasillo y cerró la puerta tras ellos, de modo que se quedó solo con los pájaros en la habitación.

Cogió una manta de la cama más próxima y, utilizándola como arma, la blandió a diestro y siniestro en el aire. Notaba cómo caían los cuerpos, oía el zumbido de las alas, pero los pájaros no se daban por vencidos, sino que, una y otra vez, volvían al asalto, punzándole las manos y la cabeza con sus pequeños picos, agudos como las afiladas púas de una horca. La manta se convirtió en un arma defensiva; se la arrolló en la cabeza y, entonces, en la oscuridad más absoluta, siguió golpeando a los pájaros con las manos desnudas. No se atrevía a llegarse a la puerta y abrirla, no fuera que, al hacerlo, le siguiesen los pájaros.

No podía decir cuánto tiempo estuvo luchando con ellos en medio de la oscuridad, pero al fin, fue disminuyendo a su alrededor el batir de alas y luego, cesó por completo. Percibía un débil resplandor a través del espesor de la manta. Esperó, escuchó; no se oía ningún sonido, salvo el llanto de uno de los niños en el otro dormitorio. La vibración, el zumbido de las alas, se había extinguido.

Se quitó la manta de la cabeza y miró a su alrededor. La luz, fría y gris, de la mañana iluminaba el cuarto. El alba, y la ventana abierta habían llamado a los pájaros vivos. Los muertos yacían en el suelo. Nat contempló, horrorizado, los pequeños cadáveres. Había petirrojos, pinzones, paros azules, gorriones, alondras, pinzones reales, pájaros que, por ley natural se adherían exclusivamente a su propia bandada y a su propia región y ahora, al unirse unos a otros en sus impulsos de lucha, se habían destruido a sí mismos contra las paredes de la habitación, o habían sido destruidos por él en la refriega. Algunos habían perdido las plumas en la lucha; otros tenían sangre, sangre de él, en sus picos.

Asqueado, Nat se acercó a la ventana y contempló los campos, más allá de su pequeño huerto.

Hacía un frío intenso, y la tierra aparecía endurecida por la helada. No la helada blanca, la escarcha que brilla al sol de la mañana, sino la negra helada que trae consigo el viento del Este. El mar, embravecido con el cambio de la marea, encrespado y espumoso, rompía broncamente en la ensenada. No había ni rastro de los pájaros. Ni un gorrión trinaba en el seto, al otro lado del huerto, ni una chova, ni un mirlo, picoteaban la hierba en busca de gusanos. No se oía ningún sonido; sólo el ruido del viento y del mar.

Nat cerró la ventana y la puerta del pequeño dormitorio y cruzó el pasillo en dirección al suyo. Su mujer estaba sentada en la cama, con uno de los niños dormido a su lado y el más pequeño, con la cara vendada, entre sus brazos. Las cortinas estaban completamente corridas ante la ventana y las velas encendidas. Su rostro destacaba pálidamente a la amarillenta luz. Hizo a Nat una seña con la cabeza para que guardara silencio.

—Ahora está durmiendo —cuchicheó—, pero acaba de coger el sueño. Algo le ha debido de herir; tenía sangre en las comisuras de los ojos. Jill dice que eran pájaros. Dice que se despertó y los pájaros estaban en la habitación.

Miró a Nat, buscando una confirmación en su rostro. Parecía aturdida, aterrada, y él no quería que se diese cuenta de que también él estaba excitado, trastornado casi, por los sucesos de las últimas horas.

—Hay pájaros allí dentro —dijo—, pájaros muertos, unos cincuenta por lo menos. Petirrojos, reyezuelos, todos los pájaros pequeños de los alrededores. Es como si, con el viento del Este, se hubiese apoderado de ellos una extraña locura. —Se sentó en la cama, junto a su mujer y le cogió la mano—. Es el tiempo —dijo—; eso debe ser, el mal tiempo. Probablemente, no son los pájaros de por aquí. Han sido empujados a estos lugares desde la parte alta de la región.
—Pero, Nat —susurró la mujer—, ha sido esta noche cuando ha cambiado el tiempo. No han venido empujados por la nieve. Y no pueden estar hambrientos todavía. Tienen alimento de sobra ahí fuera, en los campos.
—Es el tiempo —repitió Nat—. Te digo que es el tiempo. Su rostro estaba tenso y fatigado, como el de ella. Durante un rato, se miraron uno a otro en silencio.
—Voy abajo a hacer un poco de té —dijo él.

La vista de la cocina le tranquilizó. Las tazas y los platillos ordenadamente apilados sobre el parador, la mesa y las sillas, la madeja de labor de su mujer en su cestillo, los juguetes de los niños en el armario del rincón…

Se arrodilló, atizó los rescoldos y encendió el fuego. El arder de la leña, la humeante olla y la negruzca tetera le dieron una impresión de normalidad, de alivio, de seguridad. Bebió un poco de té y subió una taza a su mujer. Luego, se lavó en la fregadera, se calzó las botas y abrió la puerta trasera.

El cielo estaba pesado y plomizo, y las pardas colinas que el día anterior brillaban radiantes a la luz del sol aparecían lúgubres y sombrías. El viento del Este cortaba los árboles como una navaja, y las hojas, crujientes y secas se desprendían de las ramas y se esparcían con las ráfagas del viento. Nat restregó su bota contra la tierra. Estaba dura, helada. Nunca había visto un cambio tan repentino. En una sola noche había llegado el invierno.

Los niños se habían despertado. Jill estaba parloteando en el piso de arriba y el pequeño Johnny llorando otra vez. Nat oyó la voz de su mujer calmándole, tranquilizándole. Al cabo de un rato, bajaron. Nat les había preparado el desayuno, y la rutina del día comenzó.

—¿Echaste a los pájaros? —preguntó Jill, tranquilizada ya por el fuego de la cocina, por el día, por el desayuno.
—Sí, ya se han ido todos —respondió Nat—. Fue el viento del Este lo que les hizo entrar. Se habían extraviado, estaban asustados y querían refugiarse en algún lado.
—Intentaron picotearme —dijo Jill—. Se tiraban a los ojos de Johnny.
—Les impulsaba el miedo —contestó Nat a la niña—. En la oscuridad del dormitorio, no sabían dónde estaban.
—Espero que no vuelvan —dijo Jill—. Si les ponemos un poco de pan en la parte de fuera de la ventana, quizá lo coman y se marchen.

Terminó de desayunar y luego, fue en busca de su abrigo y su capucha, los libros de la escuela y la cartera. Nat no dijo nada, pero su mujer le miró por encima de la mesa. Un silencioso mensaje cruzó entre ellos.

—Iré contigo hasta el autobús —dijo él—. Hoy no voy a la granja.

Y, mientras la niña se lavaba en la fregadera, dijo a su mujer:

—Manten cerradas todas las puertas y ventanas. Por si acaso, nada más. Yo voy a ir a la granja a ver si han oído algo esta noche.

Y echó a andar con su hija por el sendero. Ésta parecía haber olvidado su experiencia de la noche pasada. Iba delante de él, saltando, persiguiendo a las hojas, con el rostro sonrosado por el frío bajo la capucha.

—¿Va a nevar, papá? —preguntó—. Hace bastante frío.

Levantó la vista hacia el descolorido cielo, mientras sentía en su espalda el viento cortante.

—No —respondió—, no va a nevar. Este es un invierno negro, no blanco.

Todo el tiempo fue escudriñando los setos en busca de pájaros, mirando por encima de ellos a los campos del otro lado, oteando el pequeño bosquecillo situado más arriba de la granja, donde solían reunirse los grajos y las chovas. No vio ninguno.

Las otras niñas esperaban en la parada del autobús, embozadas en sus ropas, cubiertas, como Jill, con capuchas, ateridos de frío sus rostros.

Jill corrió hacia ellas agitando la mano.

—Mi papá dice que no va a nevar —exclamó—. Va a ser un invierno negro.

No dijo nada de los pájaros y empezó a dar empujones, jugando, a una de las niñas. El autobús remontó, renqueando, la colina. Nat la vio subir a él y luego, dando media vuelta, se dirigió a la granja. No era su día de trabajo, pero quería cerciorarse de que todo iba bien. Jim, el vaquero, estaba trajinando en el corral.

—¿Está por ahí el patrón? —preguntó Nat.
—Fue al mercado —repuso Jim—. Es martes, ¿no?

Y, andando pesadamente, dobló la esquina de un cobertizo. No tenía tiempo para Nat. Decían que Nat era superior. Leía libros, y cosas de esas. Nat había olvidado que era martes. Eso demostraba hasta qué punto le habían trastornado los acontecimientos de la noche pasada. Fue a la puerta trasera de la casa y oyó cantar en la cocina a la señora Trigg; la radio ponía un telón de fondo a su canción.

—¿Está usted ahí, señora? —llamó Nat.

Salió ella a la puerta, rechoncha, radiante, una mujer de buen humor.

—Hola, señor Hocken —dijo la señora Trigg—. ¿Puede decirme de dónde viene este frío? ¿De Rusia? Nunca he visto un cambio así. Y la radio dice que va a continuar. El Círculo Polar Ártico tiene algo que ver.
—Nosotros no hemos puesto la radio esta mañana —dijo Nat—. Lo cierto es que hemos tenido una noche agitada.
—¿Se han puesto malos los niños?
—No…

No sabía cómo explicarlo. Ahora, a la luz del día, la batalla con los pájaros sonaría absurda.

Trató de contar a la señora Trigg lo que había sucedido, pero veía en sus ojos que ella se figuraba que su historia era producto de una pesadilla.

—¿Seguro que eran pájaros de verdad? —dijo, sonriendo—. ¿Con plumas y todo? ¿No serian de esa clase tan curiosa que los hombres ven los sábados por la noche después de la hora de cerrar?
—Señora Trigg —dijo él—, hay cincuenta pájaros muertos, petirrojos, reyezuelos y otros por el estilo, tendidos en el suelo del dormitorio de los niños. Me atacaron; intentaron lanzarse contra los ojos del pequeño Johnny.

La señora Trigg le miró, dudosa.

—Bueno —contestó—, supongo que les empujó el mal tiempo. Una vez en la habitación, no sabrían dónde se encontraban. Pájaros extranjeros, quizá de ese Círculo Ártico.
—No —replicó Nat—, eran los pájaros que usted ve todos los días por aquí.
—Una cosa muy curiosa —dijo la señora Trigg—, realmente inexplicable. Debería usted escribir una carta al Guardián contándoselo. Seguramente que le sabrían dar alguna respuesta. Bueno, tengo que seguir con lo mío.

Inclinó la cabeza, sonrió y volvió a la cocina.

Nat, insatisfecho, se dirigió a la puerta de la granja. Si no fuese por aquellos cadáveres tendidos en el suelo del dormitorio, que ahora tenía que recoger y enterrar en alguna parte, a él también le parecería exagerado el relato.

Jim se hallaba junto al portillo.

—¿Ha habido dificultades con los pájaros? —preguntó Nat.
—¿Pájaros? ¿Qué pájaros?
—Han invadido nuestra casa esta noche. Entraban a bandadas en el dormitorio de los niños. Eran completamente salvajes.
—¿Qué? —Las cosas tardaban algún tiempo en penetrar en la cabeza de Jim—. Nunca he oído hablar de pájaros que se porten salvajemente —dijo al fin—. Suelen domesticarse. Yo les he visto acercarse a las ventanas en busca de migajas.
—Los pájaros de anoche no estaban domesticados.
—¿No? El frío, quizás. Estarían hambrientos. Prueba a echarles algunas migajas.

Jim no sentía más interés que la señora Trigg. «Era —pensaba Nat—, como las incursiones aéreas durante la guerra. Nadie, en este extremo del país, sabía lo que habían visto y sufrido las gentes de Plymouth. Para que a uno le conmueva algo, es necesario haberlo padecido antes». Regresó a su casa, andando por el sendero, y cruzó la puerta. Encontró a su mujer en la cocina con el pequeño Johnny.

—¿Has visto a alguien? —preguntó ella.
—A Jim y a la señora Trigg —respondió—. Me parece que no me han creído ni una palabra. De todos modos, por allí no ha pasado nada.
—Podrías llevarte afuera los pájaros —dijo ella—. No me atrevo a entrar en el cuarto para hacer las camas. Estoy asustada.
—No tienes nada de que asustarte ahora —replicó Nat—. Están muertos, ¿no?

Subió con un saco y echó en él, uno a uno, los rígidos cuerpos. Sí, había cincuenta en total. Pájaros corrientes, de los que frecuentaban los setos, ninguno siquiera tan grande como un tordo. Debía de haber sido el miedo lo que les impulsó a obrar de aquella forma. Paros azules, reyezuelos, era increíble pensar en la fuerza de sus pequeños picos hiriéndole el rostro y las manos la noche anterior. Llevó el saco al huerto, y se le planteó entonces un nuevo problema. El suelo estaba demasiado duro para cavar. Estaba helado, compacto y sin embargo, no había nevado; lo único que había ocurrido en las últimas horas había sido la llegada del viento del Este. Era extraño, antinatural. Debían de tener razón los vaticinadores del tiempo. El cambio era algo relacionado con el Círculo Ártico.

Mientras estaba allí, vacilante, con el saco en la mano, el viento pareció penetrarle hasta los huesos. Podía ver las blancas crestas de las olas rompiendo allá abajo, en la ensenada. Decidió llevar los pájaros a la playa y enterrarlos allí.

Cuando llegó a la costa, por debajo del farallón, apenas podía tenerse en pie, tal era la fuerza del viento. Le costaba respirar y tenía azuladas las manos. Nunca había sentido tanto frío en ninguno de los malos inviernos que podía recordar. Había marea baja. Caminó sobre los guijarros hacia la arena y, entonces, de espaldas al viento practicó un hoyo en el suelo con el pie. Se proponía echar en él los pájaros, pero al abrir el saco, la fuerza del viento los arrastró, los alzó como si nuevamente volvieran a volar, y los cuerpos helados de los cincuenta pájaros se elevaron de él a lo largo de la playa, sacudidos como plumas, esparcidos, desparramados. Había algo repugnante en la escena. No le gustaba. El viento arrebató los pájaros y los llevó lejos de él.

«Cuando la marea suba se los llevará», dijo para sí.

Miró al mar y contempló las espumosas rompientes, matizadas de una cierta tonalidad verdosa. Se alzaban briosas, se encrespaban, rompían y, a causa de la marea baja, su bramido sonaba distante, remoto, sin el tonante estruendo de la pleamar.

Entonces las vio. Las gaviotas. Allá lejos, flotando sobre las olas.

Lo que, al principio, había tomado por las blancas crestas de las olas eran gaviotas. Centenares, millares, decenas de millares…

Subían y bajaban con el movimiento de las aguas, de cara al viento, esperando la marea, como una poderosa escuadra que hubiese echado el ancla. Hacia el Este y hacia el Oeste, las gaviotas estaban allí. Hilera tras hilera, se extendían en estrecha formación tan lejos como podía alcanzar la vista. Si el mar hubiese estado inmóvil, habrían cubierto la bahía como un velo blanco, cabeza con cabeza, cuerpo con cuerpo. Sólo el viento del Este, arremolinando el mar en las rompientes, las ocultaba desde la playa.

Nat dio media vuelta y, abandonando la costa, trepó por el empinado sendero en dirección a su casa. Alguien debería saber esto. Alguien debería enterarse. A causa del viento del Este y del tiempo, estaba sucediendo algo que no comprendía. Se preguntó si debía llegarse a la cabina telefónica, junto a la parada del autobús y llamar a la Policía. Pero ¿qué podrían hacer? ¿Qué podría hacer nadie? Decenas de miles de gaviotas posadas sobre el mar, allí, en la bahía, a causa del temporal, a causa del hambre. La Policía le creería loco, o borracho, o se tomaría con toda calma su declaración. «Gracias. Sí, ya se nos ha informado de la cuestión. El mal tiempo está empujando tierra adentro a los pájaros en gran número». Nat miró a su alrededor. No se veían señales de ningún otro pájaro. ¿Sería el frío lo que les había hecho llegar a todos desde la parte alta de la región? Al acercarse a la casa, su mujer salió a recibirle a la puerta. Le llamó, excitada.

—Nat —dijo—, lo han dicho por la radio. Acaban de leer un boletín especial de noticias. Lo he tomado por escrito.
—¿Qué es lo que han dicho por la radio? —preguntó él.
—Lo de los pájaros —respondió—. No es sólo aquí, es en todas partes. En Londres, en todo el país. Algo les ha ocurrido a los pájaros.

Entraron juntos en la cocina. Nat cogió el trozo de papel que había sobre la mesa y lo leyó.

«Nota oficial del Ministerio del Interior, hecha pública a las once de la mañana de hoy. Se reciben informes procedentes de todos los puntos del país acerca de la enorme cantidad de pájaros que se está reuniendo en bandadas sobre las ciudades, los pueblos y los más lejanos distritos, los cuales provocan obstrucciones y daños e, incluso, han llegado a atacar a las personas. Se cree que la corriente de aire ártico, que cubre actualmente las Islas Británicas, está obligando a los pájaros a emigrar al Sur en gran número, y que el hambre puede impulsarles a atacar a los seres humanos. Se aconseja a todos los ciudadanos que presten atención a sus ventanas, puertas y chimeneas, y tomen razonables precauciones para la seguridad de sus hijos. Una nueva nota será hecha pública más tarde».

Una viva excitación se apoderó de Nat; miró a su mujer con aire de triunfo.

—Ahí tienes —dijo—; esperemos que hayan oído esto en la granja. La señora Trigg se dará cuenta de que no era ninguna fantasía. Es verdad. Por todo el país. Toda la mañana he estado pensando que había algo que no marchaba bien. Y ahora mismo, en la playa he mirado al mar y hay gaviotas, millares de ellas, decenas de millares, no cabría ni un alfiler entre sus cabezas, y están allá fuera, posadas sobre el mar, esperando.
—¿Qué están esperando, Nat? —preguntó ella.

Él la miró de hito en hito y luego volvió la vista hacia el trozo de papel.

—No lo sé —dijo lentamente—. Aquí dice que los pájaros están hambrientos.

Él se acercó al armario, de donde sacó un martillo y otras herramientas.

—¿Qué vas a hacer, Nat?
—Ocuparme de las ventanas, y de las chimeneas también, como han dicho.
—¿Crees que esos gorriones, y petirrojos, y los demás, podrían penetrar con las ventanas cerradas? ¡Qué va! ¿Cómo iban a poder?

Nat no contestó. No estaba pensando en los gorriones, ni en los petirrojos. Pensaba en las gaviotas…

Fue al piso de arriba, y el resto de la mañana estuvo allí trabajando, asegurando con tablas las ventanas de los dormitorios, rellenando la parte baja de las chimeneas. Realizó una buena faena; era su día libre y no estaba trabajando en la granja. Se acordó de los viejos tiempos, al principio de la guerra. No estaba casado entonces, y en la casa de su madre, en Plymouth, había instalado las tablas protectoras de las ventanas para evitar que se filtrase luz al exterior. También había construido el refugio, aunque, ciertamente, no fue de ninguna utilidad cuando llegó el momento. Se preguntó si tomarían todas las precauciones en la granja. Lo dudaba. Harry Trigg y su mujer eran demasiado indolentes. Probablemente se reirían de todo esto. Se irían a bailar o a jugar una partida de whist.

—La comida está lista —gritó ella desde la cocina.
—Está bien. Ahora bajo.

Estaba satisfecho de su trabajo. Los entramados encajaban perfectamente sobre los pequeños vidrios y en la base de las chimeneas.

Una vez terminada la comida, y mientras su mujer fregaba los platos, Nat sintonizó el diario hablado de la una. Fue repetido el mismo aviso, el que ella había anotado por la mañana, pero el boletín de noticias dio más detalles.

«Las bandadas de pájaros han causado trastornos en todas las comarcas —decía el locutor—, y, en Londres, el cielo estaba tan oscuro a las diez de esta mañana, que parecía como si toda la ciudad estuviese cubierta por una inmensa nube negra».

«Los pájaros se posaban en lo alto de los tejados, en los alféizares de las ventanas y en las chimeneas. Las especies incluían mirlos, tordos, gorriones y, como era de esperar en la metrópoli, una gran cantidad de palomas y estorninos, y ese frecuentador del río de Londres, la gaviota de cabeza negra. El espectáculo ha sido tan inusitado que el tráfico se ha detenido en muchas vías públicas, el trabajo abandonado en tiendas y oficinas y las calles se han visto abarrotadas de gente que contemplaba a los pájaros».

Fueron relatados varios incidentes, volvieron a enunciarse las causas probables del frío y el hambre y se repitieron los consejos a los dueños de casa. La voz del locutor era tranquila y suave. Nat tenía la impresión de que este hombre trataba la cuestión como si fuera una broma preparada. Habría otros como él, centenares de personas que no sabían lo que era luchar en la oscuridad con una bandada de pájaros. Esta noche se celebrarían fiestas en Londres, igual que los días de elecciones. Gente que se reunía, gritaba, reía, se emborrachaba. «¡Venid a ver los pájaros!».

Nat desconectó la radio. Se levantó y empezó a trabajar en las ventanas de la cocina. Su mujer le observaba, con el pequeño Johnny pegado a sus faldas.

—Pero ¿también aquí vas a poner tablas? —exclamó—. No voy a tener más remedio que encender la luz antes de las tres. A mí me parece que aquí abajo no es necesario.
—Más vale prevenir que lamentar —respondió Nat—. No quiero correr riesgos.
—Lo que debían hacer —dijo ella— es sacar al Ejército para que disparara contra los pájaros. Eso les espantaría en seguida.
—Que lo intenten —replicó Nat—. ¿Cómo iban a conseguirlo?
—Cuando los portuarios se declaran en huelga, ya llevan al Ejército a los muelles —contestó ella—. Los soldados bajan y descargan los barcos.
—Sí —dijo Nat—, y Londres tiene ocho millones de habitantes, o más. Piensa en todos los edificios, los pisos, las casas. ¿Crees que tienen suficientes soldados como para llevarlos a disparar contra los pájaros desde los tejados?
—No sé. Pero debería hacerse algo. Tienen que hacer algo.

Nat pensó para sus adentros que «ellos» estaban, sin duda, considerando el problema en ese mismo momento, pero que cualquier cosa que decidiesen hacer en Londres y en las grandes ciudades no les sería de ninguna utilidad a las gentes que, como ellos, vivían a trescientas millas de distancia. Cada vecino debería cuidar de sí mismo.

—¿Cómo andamos de víveres? —preguntó.
—Bueno, Nat, ¿qué pasa ahora?
—No te preocupes. ¿Qué tienes en la despensa?
—Es mañana cuando tengo que ir a hacer la compra, ya sabes. Nunca guardo alimentos sin cocer, se estropean. El carnicero no viene hasta pasado mañana. Pero puedo traer algo cuando vaya mañana a la ciudad.

Nat no quería asustarla. Pensaba que era posible que no pudiese ir mañana a la ciudad. Miró en la despensa y en el armario donde ella guardaba las latas de conserva. Tenían para un par de días. Pan, había poco.

—¿Y qué hay del panadero?
—También viene mañana.

Observó que había harina. Si el panadero no venía, había suficiente para cocer una hogaza.

—Era mejor en los viejos tiempos —dijo—, cuando las mujeres hacían pan dos veces a la semana, y tenían sardinas saladas, y había alimentos suficientes para que una familia resistiese un bloqueo, si hacía falta.

—He tratado de dar pescado en conserva a los niños, pero no les gusta —contestó ella.

Nat siguió clavando tablas ante las ventanas de la cocina. Velas. También andaban escasos de velas. Otra cosa que había que comprar mañana. Bueno, no quedaba más remedio. Esta noche tendrían que irse pronto a la cama. Es decir, si…

Se levantó, salió por la puerta trasera y se detuvo en el huerto, mirando hacia el mar. No había brillado el sol en todo el día y ahora, apenas las tres de la tarde, había ya cierta oscuridad y el cielo estaba sombrío, melancólico, descolorido como la sal. Podía oír el retumbar del mar contra las rocas. Echó a andar, sendero abajo, y hacia la playa, hasta mitad de camino. Y entonces se detuvo. Se dio cuenta de que la marea había subido. La roca que asomaba a media mañana sobre las aguas estaba ahora cubierta, pero no era el mar lo que atraía su atención. Las gaviotas se habían levantado. Centenares de ellas, millares de ellas, describían círculos en el aire, alzando sus alas contra el viento. Eran las gaviotas las que habían oscurecido el cielo. Y volaban en silencio. No producían ningún sonido. Giraban en círculos, remontándose, descendiendo, probando su fuerza contra el viento.

Nat dio media vuelta. Subió corriendo el sendero y regresó a su casa.

—Voy a buscar a Jill —dijo—. La esperaré en la parada del autobús.
—¿Qué ocurre? —preguntó su mujer—. Estás muy pálido.
—Manten dentro a Johnny —dijo—. Cierra bien la puerta. Enciende la luz y corre las cortinas.
—Pero si acaban de dar las tres —objetó ella.
—No importa. Haz lo que te digo.

Miró dentro del cobertizo que había junto a la puerta trasera. No encontró nada que fuese de gran utilidad. El pico era demasiado pesado, y la horca no servía. Cogió la azada. Era la única herramienta adecuada, y lo bastante ligera para llevarla consigo.

Echó a andar, camino arriba, en dirección a la parada del autobús; de vez en cuando miraba hacia atrás por encima del hombro.

Las gaviotas volaban ahora a mayor altura; sus círculos eran más abiertos, más amplios; se desplegaban por el cielo en inmensa formación.

Se apresuró; aunque sabía que el autobús no llegaría a lo alto de la colina antes de las cuatro, tenía que apresurarse. No adelantó a nadie por el camino. Se alegraba. No había tiempo para pararse a charlar.

Una vez en la cima de la colina, esperó. Era demasiado pronto. Faltaba todavía media hora. El viento del Este, procedente de las tierras altas, cruzaba impetuoso los campos. Golpeó el suelo con los pies y se sopló las manos. Podía ver a lo lejos las arcillosas colinas recortándose nítidamente contra la intensa palidez del firmamento. Desde detrás de ellas surgió algo negro, semejante al principio de un tiznón, que fue ensanchándose después y haciéndose más amplio; luego, el tiznón se convirtió en una nube, y la nube en otras cinco nubes que se extendieron hacia el Norte, el Sur, el Este y el Oeste, y no eran nubes, eran pájaros. Se quedó mirándolos, viendo cómo cruzaban el cielo, y cuando una de las secciones en que se habían dividido pasó a un centenar de metros por encima de su cabeza, se dio cuenta, por la velocidad que llevaban, de que se dirigían tierra adentro, a la parte alta del país, de que no sentían ningún interés por la gente de la península. Eran grajos, cuervos, chovas, urracas, arrendajos, pájaros todos que, habitualmente, solían hacer presa en las especies más pequeñas; pero, esta tarde, estaban destinados a alguna otra misión.

«Se dirigen a las ciudades —pensó Nat—; saben lo que tienen que hacer. Los de aquí tenemos menos importancia. Las gaviotas se ocuparán de nosotros. Los otros van a las ciudades».

Se acercó a la cabina telefónica, entró en ella y levantó el auricular. En la central se encargarían de transmitir el mensaje.

—Hablo desde Highway —dijo—, junto a la parada del autobús. Deseo informar de que se están adentrando en la región grandes formaciones de pájaros. Las gaviotas están formando también en la bahía.
—Muy bien —contestó la voz, lacónica, cansada.
—¿Se encargará usted de transmitir este mensaje al departamento correspondiente?
—Sí… sí…

La voz sonaba ahora impaciente, hastiada. El zumbido de la línea se restableció.

«Ella es distinta —pensó Nat—; todo eso le tiene sin cuidado. Tal vez ha tenido que estar todo el día contestando llamadas. Piensa irse al cine esta noche. Aceptará la mano de algún amigo: “¡Mira cuántos pájaros!” Todo eso le tiene sin cuidado».

El autobús llegó renqueando a lo alto de la colina. Bajaron Jill y otras tres o cuatro niñas. El autobús continuó a la ciudad.

—¿Para qué es la azada, papá?

Las niñas le rodearon riéndose, señalándole.

—He estado usándola —dijo—. Y ahora vámonos a casa. Hace frío para quedarse por ahí. Miraré cómo cruzáis los campos, a ver a qué velocidad podéis correr.

Estaba hablando a las compañeras de Jill, las cuales pertenecían a distintas familias que vivían en las casitas de los alrededores. Un corto atajo les llevaría hasta sus casas.

—Queremos jugar un poco —dijo una de ellas.
—No. Os vais a casa, o se lo digo a vuestras mamás.

Cuchichearon entre sí, y luego echaron a correr a través de los campos. Jill miró, enfurruñada, a su padre.

—Siempre nos quedamos a jugar un rato —dijo.
—Esta noche, no —contestó él—. Vamos, no perdamos tiempo.

Podía ver ahora a las gaviotas describiendo círculos sobre los campos, adentrándose poco a poco sobre la tierra. Sin ruido. Silenciosas todavía.

—Mira allá arriba, papá, mira a las gaviotas.
—Sí. Date prisa.
—¿Hacia dónde vuelan? ¿Adónde van?
—Tierra adentro, supongo. A donde haga más calor.

La cogió de la mano y la arrastró tras sí a lo largo del sendero.

—No vayas tan deprisa. No puedo seguirte.

Las gaviotas estaban mirando a los grajos y a los cuervos. Se estaban desplegando en formación de un lado a otro del cielo. Grupos de miles de ellas volaban a los cuatro puntos cardinales.

—¿Qué es eso, papá? ¿Qué están haciendo las gaviotas?

Su vuelo no era todavía decidido, como el de los grajos y las chovas. Seguían describiendo círculos en el aire. Tampoco volaban tan alto. Como si esperasen alguna señal. Como si hubiesen de tomar alguna decisión. La orden no estaba clara.

—¿Quieres que te lleve, Jill? Ven, súbete a cuestas.

De esta forma creía poder ir más de prisa; pero se equivocaba. Jill pesaba mucho y se deslizaba. Estaba llorando, además. Su sensación de urgencia, de temor, se le había contagiado a la niña.

—Quiero que se vayan las gaviotas. No me gustan. Se están acercando al camino.

La volvió a poner en el suelo. Echó a correr, llevando a Jill como a remolque. Al doblar el recodo que hacía el camino junto a la granja vio al granjero que estaba metiendo el coche en el garaje. Nat le llamó.

—¿Puede hacernos un favor? —dijo.
—¿Qué es?

El señor Trigg se volvió en el asiento y les miró. Una sonrisa iluminó su rostro, rubicundo y jovial.

—Parece que tenemos diversión —dijo—. ¿Ha visto las gaviotas? Jim y yo vamos a salir y les soltaremos unos cuantos tiros. Todo el mundo habla de ellas. He oído decir que le han molestado esta noche. ¿Quiere una escopeta?

Nat denegó con la cabeza.

El pequeño coche estaba abarrotado de cosas. Sólo había sitio para Jill, si se ponía encima de las latas de petróleo en el asiento de atrás.

—No necesito una escopeta —dijo Nat—, pero le agradecería que llevase a Jill a casa. Se ha asustado de los pájaros.

Lo dijo apresuradamente. No quería hablar delante de Jill.

—De acuerdo —asintió el granjero—. La llevaré a casa. ¿Por qué no se queda usted y se une al concurso de tiro? Haremos volar las plumas.

Subió Jill, y el conductor, dando la vuelta al coche, aceleró por el camino en dirección a la casa. Nat echó a andar detrás: Trigg debía de estar loco. ¿De qué servía una escopeta contra un firmamento de pájaros?

Nat, libre ahora de la preocupación de Jill, tenía tiempo de mirar a su alrededor. Los pájaros seguían describiendo círculos sobre los campos. Eran gaviotas corrientes casi todas, pero, entre ellas, se hallaba también la gaviota negra. Por lo general, se mantenían apartadas, pero ahora marchaban juntas. Algún lazo las había unido. La gaviota negra atacaba a los pájaros más pequeños e incluso, según había oído decir, a los corderos recién nacidos. Él no lo había visto. Lo recordaba ahora, no obstante, al mirar hacia el cielo. Se estaban acercando a la granja. Sus círculos iban siendo más bajos, y las gaviotas negras volaban al frente, las gaviotas negras conducían las bandadas. La granja era, pues, su objetivo. Se dirigían a la granja.

(Continuará…)

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