Los pájaros (Final)

Daphne Du Maurier

 

 

 

Nat aceleró el paso en dirección a su casa. Vio dar la vuelta al coche del granjero y emprender el camino de regreso. Cuando llegó junto a él, frenó bruscamente.

—La niña ya está dentro —dijo el granjero—. Su mujer la estaba esperando. Bueno, ¿qué le parece? En la ciudad dicen que lo han hecho los rusos. Que los rusos han envenenado a los pájaros.
—¿Cómo podrían hacerlo? —preguntó Nat.
—A mí no me pregunte. Ya sabe cómo surgen los bulos. ¿Qué? ¿Se viene a mi concurso de tiro?
—No; pienso quedarme en casa. Mi mujer se inquietaría.
—La mía dice que estaría bien si pudiésemos comer gaviota —dijo Trigg—; tendríamos gaviota asada, gaviota cocida y, por si fuera poco, gaviota en escabeche. Espere usted a que les suelte unos tiros. Eso las asustará.
—¿Ha puesto usted tablas en las ventanas?
—No. ¡Qué tontería! A los de la radio les gusta asustar a la gente. Hoy he tenido cosas más importantes que hacer que andar clavando las ventanas.
—Yo, en su lugar, lo haría.
—¡Bah! Exagera usted. ¿Quiere venirse a dormir en nuestra casa?
—No; gracias, de todos modos.
—Bueno. Piénselo mañana. Le daremos gaviota para desayunar.

El granjero sonrió y, luego, enfiló el coche hacia la puerta de la granja.

Nat se apresuró. Atravesó el bosquecillo, rebasó el viejo granero y cruzó el portillo que daba acceso al prado.

Al pasar por el portillo, oyó un zumbido de alas. Una gaviota negra descendía en picado sobre él, erró, torció el vuelo y se remontó para volver a lanzarse de nuevo. En un instante se le unieron otras, seis, siete, una docena de gaviotas, blancas y negras mezcladas. Nat tiró la azada. No le servía. Cubriéndose la cabeza con los brazos, corrió hacia la casa. Las gaviotas continuaron lanzándose sobre él, en un absoluto silencio, sólo interrumpido por el batir de las alas, las terribles y zumbadoras alas. Sentía sangre en las manos, en las muñecas, en el cuello. Los agudos picos rasgaban la carne. Si por lo menos pudiese mantenerlas apartadas de sus ojos… Era lo único que importaba. Tenía que mantenerlas alejadas de sus ojos. Aún no habían aprendido cómo aferrarse a un hombre, cómo desgarrar la ropa, cómo arrojarse en masa contra la cabeza, contra el cuerpo. Pero, a cada nuevo descenso, a cada nuevo ataque, se volvían más audaces. Y no se preocupaban en absoluto de sí mismas. Cuando se lanzaban en picado y fallaban, se estrellaban violentamente y quedaban sobre el suelo, magulladas, reventadas. Nat, al correr, tropezaba con sus cuerpos destrozados, que empujaba con los pies hacia delante.

Llegó a la puerta y la golpeó con sus ensangrentadas manos. Debido a las tablas clavadas ante las ventanas, no brillaba ninguna luz. Todo estaba oscuro.

—Déjame entrar —gritó—; soy Nat. Déjame entrar.

Gritaba fuerte para hacerse oír por encima del zumbido de las alas de las gaviotas.

Entonces vio al planga, suspendido sobre él en el cielo, presto a lanzarse en picado. Las gaviotas giraban, se retiraban, se remontaban juntas contra el viento. Sólo el planga permanecía. Un solo planga en el cielo sobre él. Las alas se plegaron súbitamente a lo largo de su cuerpo, y se dejó caer como una piedra. Nat chilló, y la puerta se abrió. Traspuso precipitadamente el umbral y su mujer arrojó contra la puerta todo el peso de su cuerpo.

Oyeron el golpe del planga caer.

Su mujer le curó las heridas. No eran profundas. Las muñecas y el dorso de las manos era lo que más había sufrido. Si no hubiese llevado gorra, le habrían alcanzado en la cabeza. En cuanto al planga… El planga podía haberle roto el cuello.

Los niños estaban llorando, naturalmente. Habían visto sangre en las manos de su padre.

—Todo va bien ahora —les dijo—. No me duele. No son más que unos rasguños. Juega con Johnny, Jill. Mamá lavará estas heridas.

Entornó la puerta, de modo que no le pudiesen ver. Su mujer estaba pálida. Empezó a echarle agua de la artesa.

—Las he visto allá arriba —cuchicheó ella—. Empezaron a reunirse justo cuando entró Jill con el señor Trigg. Cerré apresuradamente la puerta, y se atrancó. Por eso no he podido abrirla en seguida al llegar tú.
—Gracias a Dios que me han esperado a mí —dijo él—. Jill habría caído en seguida. Un solo pájaro lo habría conseguido.

Furtivamente, de modo que no se alarmasen los niños, siguieron hablando en susurros, mientras ella le vendaba las manos y el cuello.

—Están volando tierra adentro —decía él—. Miles de ellos: grajos, cuervos, todos los pájaros más grandes. Los he visto desde la parada del autobús. Se dirigen a las ciudades.
—Pero ¿qué pueden hacer, Nat?
—Atacarán. Atacarán a todo el que encuentren en las calles. Luego probarán con las ventanas, las chimeneas.
—¿Por qué no hacen algo las autoridades? ¿Por qué no sacan al Ejército, ponen ametralladoras, algo?
—No ha habido tiempo. Nadie está preparado. En las noticias de las seis oiremos lo que tengan que decir.

Nat volvió a la cocina, seguido de su mujer. Johnny estaba jugando tranquilamente en el suelo. Sólo Jill parecía inquieta.

—Oigo a los pájaros —dijo—. Escucha, papá.

Nat escuchó. De las ventanas, de la puerta, llegaban sonidos ahogados. Alas que rozaban la superficie, deslizándose, rascando, buscando un medio de entrar. El ruido de muchos cuerpos apretujados que se restregaban contra los muros. De vez en cuando, un golpe sordo, un fragor, el lanzamiento en picado de algún pájaro que se estrellaba contra el suelo.

«Algunos se matarán de esta forma —pensó—, pero no es bastante. Nunca es bastante».

—Bueno —dijo en voz alta—, he puesto tablas en las ventanas. Los pájaros no pueden entrar.

Fue examinando todas las ventanas. Su trabajo había sido concienzudo. Todas las rendijas estaban tapadas. Haría algo más, no obstante. Encontró cuñas, trozos de lata, listones de madera, tiras de metal, y los sujetó a los lados para reforzar las tablas. Los martillazos contribuían a amortiguar el ruido de los pájaros, los frotes, los golpecitos y, más siniestro —no quería que sus hijos lo oyesen—, el crujido de los vidrios al romperse.

—Pon la radio —dijo—; a ver qué dice.

Esto disimularía también los ruidos. Subió a los dormitorios y reforzó las ventanas. Podía oír a los pájaros en el tejado, el rascar de uñas, un sonido insistente, continuo.

Decidió que debían dormir en la cocina; mantendrían encendido el fuego, bajarían los colchones y los tenderían en el suelo. No se sentía muy tranquilo con las chimeneas de los dormitorios. Las tablas que había colocado en la base de las chimeneas podían desprenderse. En la cocina, gracias al fuego, estarían a salvo. Tendría que hacer una diversión de todo ello. Fingir ante los niños que estaban jugando a campamentos. Si ocurría lo peor y los pájaros forzaban una entrada por las chimeneas de los dormitorios, pasarían horas, quizá días, antes de que pudiesen destruir las puertas. Los pájaros quedarían aprisionados en los dormitorios. Allí no podrían hacer ningún daño. Hacinados entre sus paredes, morirían sofocados.

Empezó a bajar los colchones. Al verlo, a su mujer se le dilataron los ojos de miedo. Pensó que los pájaros habían irrumpido ya en el piso de arriba.

—Bueno —dijo él en tono jovial—, esta noche vamos a dormir todos juntos en la cocina. Resulta más agradable dormir aquí abajo, junto al fuego. Así no nos molestarán estos estúpidos pajarracos que andan por ahí dando golpecitos en las ventanas.

Hizo que los niños le ayudasen a apartar los muebles y tuvo la precaución de, con la ayuda de su mujer, colocar el armario pegado a la ventana. Encajaba bien. Era una protección adicional. Ahora ya se podían poner los colchones, uno junto a otro, contra la pared en que había estado el armario.

«Estamos bastante seguros ahora —pensó—, estamos cómodos y aislados, como en un refugio antiaéreo. Podemos resistir. Lo único que me preocupa son los víveres. Víveres y carbón para el fuego. Tenemos para uno o dos días, no más. Entonces…».

De nada servía formar proyectos con tanta antelación. Ya darían instrucciones por la radio. Dirían a la gente lo que tenía que hacer. Y, entonces, en medio de sus problemas, se dio cuenta de que la radio no transmitía más que música de baile. No el programa infantil, como debía haber sido. Miró el día. Sí, estaba puesta la emisora local. Bailables. Sabía el motivo. Los programas habituales habían sido abandonados. Esto sólo sucedía en ocasiones excepcionales. Elecciones y cosas así. Intentó recordar si había sucedido lo mismo durante la guerra, cuando se producían duras incursiones aéreas sobre Londres. Pero, naturalmente, la BBC no estaba en Londres durante la guerra. Transmitía sus programas desde otros estudios, instalados provisionalmente.

«Estamos mejor aquí —pensó—, estamos mejor aquí en la cocina, con las puertas y las ventanas entabladas, que como están los de las ciudades. Gracias a Dios que no estamos en las ciudades».

A las seis cesó la música. Sonó la señal horaria. No importaba que se asustasen los niños, tenía que oír las noticias. Hubo una pausa. Luego, el locutor habló. Su voz era grave, solemne. Completamente distinta de la del mediodía.

«Aquí Londres —dijo—. A las cuatro de esta tarde se ha proclamado en todo el país el estado de excepción. Se están adoptando medidas para salvaguardar las vidas y las propiedades de la población, pero debe comprenderse que no es fácil que éstas produzcan un efecto inmediato, dada la naturaleza repentina y sin precedentes de la actual crisis. Todos los habitantes deben tomar precauciones para con su propia casa, y donde vivan juntas varias personas, como en pisos y apartamentos, deben ponerse de acuerdo para hacer todo lo que puedan en orden e impedir la entrada en ellos. Es absolutamente necesario que todo el mundo se quede en su casa esta noche y que nadie permanezca en las calles, carreteras, o en cualquier otro lugar desguarnecido. Enormes cantidades de pájaros están atacando a todo el que ven y han empezado ya a asaltar los edificios; pero éstos, con el debido cuidado, deben ser impenetrables. Se ruega a la población que permanezca en calma y no se deje dominar por el pánico. Dado el carácter excepcional de la situación, no serán radiados más programas, desde ninguna estación emisora, hasta las siete horas de mañana».

Tocaron el Himno Nacional. No pasó nada más. Nat apagó la radio. Miró a su mujer y ella le devolvió la mirada.

—¿Qué ocurre? —preguntó Jill—. ¿Qué ha dicho la radio?
—No va a haber más programas esta noche —dijo Nat—. Ha habido una avería en la BBC.
—¿Es por los pájaros? —preguntó Jill—. ¿Lo han hecho los pájaros?
—No —respondió Nat—, es sólo que todo el mundo está muy ocupado, y además tienen que desembarazarse de los pájaros, que andan revolviéndolo todo allá arriba, en las ciudades. Bueno, por una noche podemos arreglarnos sin la radio.
—Ojalá tuviéramos un gramófono —dijo Jill—; eso sería mejor que nada.

Tenía el rostro vuelto hacia el armario, apoyado contra las ventanas. Aunque intentaban ignorarlo, percibían claramente los roces, los chasquidos, el persistente batir de alas.

—Cenaremos pronto —sugirió Nat—. Pídele a mamá algo bueno. Algo que nos guste a todos, ¿eh?

Hizo una seña a su mujer y le guiñó el ojo. Quería que la mirada de temor, de aprensión, desapareciese del rostro de Jill.

Mientras se hacía la cena, estuvo silbando, cantando, haciendo todo el ruido que podía, y le pareció que los sonidos exteriores no eran tan fuertes como al principio. Subió en seguida a los dormitorios y escuchó. Ya no se oía el rascar de antes sobre el tejado.

«Han adquirido la facultad de razonar —pensó—; saben que es difícil entrar aquí. Probarán en otra parte. No perderán su tiempo con nosotros».

La cena transcurrió sin incidentes, y entonces, cuando estaban quitando la mesa, oyeron un nuevo sonido, runruneante, familiar, un sonido que todos ellos conocían y comprendían.

Su mujer le miró, iluminado el rostro.

—Son aviones —dijo—, están enviando aviones tras los pájaros. Eso es lo que yo he dicho desde el principio que debían hacer. Eso los ahuyentará. ¿Son cañonazos? ¿No oís cañones?

Quizá fuese fuego de cañón, allá en el mar. Nat no podría decirlo. Los grandes cañones navales puede que tuviesen eficacia contra las gaviotas en el mar, pero las gaviotas estaban ahora tierra adentro. Los cañones no podían bombardear la costa, a causa de la población.

—Es agradable oír los aviones, ¿verdad? —dijo su mujer.

Y Jill, captando su entusiasmo, se puso a brincar de un lado para otro con Johnny.

—Los aviones alcanzarán a los pájaros. Los aviones los echarán.

Justamente entonces oyeron un estampido a unas dos millas de distancia, seguido de otro y, luego, de otro más. El ronquido de los motores se fue alejando y desapareció sobre el mar.

—¿Qué ha sido eso? —preguntó la mujer—. ¿Estaban tirando bombas sobre los pájaros?
—No sé —contestó Nat—, no creo.

No quería decirle que el ruido que habían oído era el estampido de un avión al estrellarse. Era, sin duda, un riesgo por parte de las autoridades enviar fuerzas de reconocimiento, pero podían haberse dado cuenta de que la operación era suicida. ¿Qué podían hacer los aviones contra pájaros que se lanzaban para morir contra las hélices y los fuselajes, sino arrojarse ellos mismos al suelo? Suponía que esto se estaba intentando ahora por todo el país. Y a un precio muy caro. Alguien de los de arriba había perdido la cabeza.

—¿Adónde se han ido los aviones, papá? —preguntó Jill.
—Han vuelto a su base —respondió—. Bueno, ya es hora de acostarse.

Mantuvo ocupada a su mujer, desnudando a los niños delante del fuego, arreglando los colchones y haciendo otras muchas cosas, mientras él recorría de nuevo la casa para asegurarse de que todo seguía bien. Ya no se oía el zumbido de la aviación, y los cañones habían dejado de disparar.

«Una pérdida de vidas y de esfuerzos —se dijo Nat—. No podemos matar suficientes pájaros de esa manera. Cuesta demasiado. Queda el gas. Quizás intenten echar gases, gases venenosos. Naturalmente, nos avisarían primero, si lo hiciesen. Una cosa es cierta; los mejores cerebros del país pasarán la noche concentrados en este asunto».

En cierto modo, la idea le tranquilizó. Se representaba un plantel de científicos, naturalistas y técnicos reunidos en consejo para deliberar; ya estarán trabajando sobre el problema. Ésta no era tarea para el Gobierno, ni para los jefes de Estado Mayor; éstos se limitarían a llevar a la práctica las órdenes de los científicos.

«Tendrán que ser implacables —pensó—. Lo peor es que, si deciden utilizar el gas, tendrán que arriesgar más vidas. Todo el ganado y toda la tierra quedarían contaminados también. Mientras nadie se deje llevar por el pánico… Eso es lo malo. Que la gente caiga en pánico y pierda la cabeza. La BBC ha hecho bien en advertirnos eso».

Arriba, en los dormitorios, todo estaba tranquilo. No se oía arañar y rascar en las ventanas. Una tregua en la batalla. Reagrupación de fuerzas. ¿No era así como lo llamaban en los partes de guerra? El viento, sin embargo, no había cesado. Podía oírlo todavía, rugiendo en las chimeneas. Y al mar rompiendo allá abajo, en la playa. Entonces se acordó de la marea. La marea estaría bajando. Quizá la tregua era debida a la marea. Había alguna ley que obedecían los pájaros y que estaba relacionada con el viento del Este y con la marea.

Miró al reloj. Casi las ocho. La pleamar debía de haber sido hacía una hora. Eso explicaba la tregua. Los pájaros atacaban con la marea alta. Puede que no actuaran así tierra adentro, pero ésta parecía ser la táctica que seguían en la costa. Calculó mentalmente el tiempo. Tenían seis horas por delante. Cuando la marea subiese de nuevo, a eso de la una y veinte de la madrugada, los pájaros volverían…

Había dos cosas que podía hacer. La primera, descansar con su mujer y sus hijos, dormir todo lo que pudiesen hasta la madrugada. La segunda, salir, ver cómo le iba a los de la granja y si todavía funcionaba el teléfono, para poder obtener noticias de la central.

Llamó en voz baja a su mujer, que acababa de acostar a los niños. Ella subió hasta la mitad de la escalera, y él le expuso lo que se proponía hacer.

—No te vayas —dijo ella al instante—, no te vayas dejándome sola con los niños. No podría resistirlo.

Su voz se elevó histéricamente. Él la apaciguó, la calmó.

—Está bien —dijo—, está bien. Esperaré a mañana. A las siete oiremos el boletín de noticias de la radio. Pero, por la mañana, cuando vuelva a bajar la marea, me acercaré a la granja a ver si nos dan pan y patatas, y también algo de leche.

Su mente se hallaba ocupada, formando planes en previsión de posibles contingencias. Naturalmente, esta noche no habrían ordeñado a las vacas. Se habrían quedado fuera, en el corral, mientras los moradores de la casa se atrincheraban tras las ventanas entabladas, igual que ellos. Es decir, si habían tenido tiempo de tomar precauciones. Pensó en Trigg, sonriéndole desde el coche. No habría habido concurso de tiro esta noche.

Los niños se habían dormido. Su mujer, aún vestida, estaba sentada en su colchón. Miró nerviosamente a su marido.

—¿Qué vas a hacer? —cuchicheó.

Nat movió la cabeza, indicándole que guardara silencio. Lentamente, con cuidado, abrió la puerta trasera y miró al exterior.

La oscuridad era absoluta. El viento soplaba más fuerte que nunca, helado, llegando en rápidas ráfagas desde el mar. Puso el pie sobre el escalón del otro lado de la puerta. Estaba lleno de pájaros. Había pájaros muertos por todas partes. Bajo las ventanas, contra las paredes. Eran los suicidas, los somorgujos, y tenían los cuellos rotos. Adondequiera que miraba veía pájaros muertos. Ni rastro de los vivos. Con el cambio de la marea los vivos habían volado hacia el mar. Las gaviotas estarían ahora posadas sobre las aguas, como lo habían estado por la mañana.

A lo lejos, sobre la colina donde dos días antes había estado el tractor, estaba ardiendo algo. Uno de los aviones que se habían estrellado; el fuego, impulsado por el viento, había prendido a un almiar.

Contempló los cuerpos de los pájaros y se le ocurrió que, si los apilaba uno encima de otro sobre los alféizares de las ventanas, constituirían una protección adicional para el siguiente ataque. No mucho, tal vez, pero algo sí. Los cadáveres tendrían que ser desgarrados, picoteados y apartados a un lado, antes de que los pájaros vivos pudiesen afianzarse en los alféizares y atacar los cristales. Se puso a trabajar en la oscuridad. Era ridículo; le repugnaba tocarlos. Los cadáveres estaban todavía calientes y ensangrentados. Las plumas estaban manchadas de sangre. Sintió que se le revolvía el estómago, pero continuó con su trabajo. Se dio cuenta, con horror, de que todos los cristales de las ventanas estaban rotos. Sólo las tablas habían impedido que entraran los pájaros. Rellenó los cristales rotos con sangrantes cuerpos de los pájaros.

Cuando hubo terminado, volvió a entrar en la casa. Atrancó la puerta de la cocina, para mayor seguridad. Se quitó las vendas, empapadas de la sangre de los pájaros, no de la de sus heridas, y se puso un parche nuevo.

Su mujer le había hecho cacao, y lo bebió ávidamente. Estaba muy cansado.

—Bueno —dijo sonriendo—, no te preocupes. Todo irá bien.

Se tendió en su colchón y cerró los ojos. Se durmió en seguida. Tuvo un dormir agitado, porque a través de sus sueños se deslizaba la sombra de algo que había olvidado. Algo que tenía que haber hecho y se le había pasado. Alguna precaución que se le había ocurrido tomar, pero que no había llevado a la práctica y a la que no podía identificar en su sueño. Estaba relacionada de alguna manera con el avión en llamas y con el almiar de la colina. No obstante, siguió durmiendo; no se despertaba. Fue su mujer quien, sacudiéndole del hombro, le despertó por fin.

—Ya han empezado —sollozó—, han empezado hace una hora. No puedo escuchar sola por más tiempo. Y, además, hay algo que huele mal, algo que se está quemando.

Entonces recordó. Se había olvidado de encender el fuego. Sólo quedaban rescoldos a punto de apagarse. Se levantó rápidamente y encendió la lámpara. El golpeteo había comenzado ya a sonar en la puerta y en las ventanas, pero no era eso lo que atraía su atención. Era el olor a plumas chamuscadas. El olor llenaba la cocina. Se dio cuenta en seguida de lo que era. Los pájaros estaban bajando por la chimenea, abriéndose camino hacia la cocina.

Cogió papel y astillas, y las puso sobre las ascuas; luego alcanzó el bote de parafina.

—Ponte lejos —ordenó a su mujer; tenemos que correr este riesgo.

Arrojó la parafina en el fuego. Una rugiente llamarada subió por el cañón de la chimenea, y, sobre el fuego, cayeron los cuerpos abrasados, ennegrecidos, de los pájaros.

Los niños se despertaron y empezaron a llorar.

—¿Qué pasa? —preguntó Jill—. ¿Qué ha ocurrido?

Nat no tenía tiempo para contestar. Estaba apartando de la chimenea los cadáveres y arrojándolos al suelo. Las llamas seguían rugiendo y había que hacer frente al peligro de que se propagara el fuego que había encendido. Las llamas ahuyentarían de la boca de la chimenea a los pájaros vivos. La dificultad estaba en la parte baja. Ésta se hallaba obstruida por los cuerpos, humeantes e inertes, de los pájaros sorprendidos por el fuego. Apenas si prestaba atención a los ataques que se concentraban sobre la puerta y las ventanas. Que batiesen las alas, que se rompiesen los picos, que perdiesen la vida en su intento de forzar una entrada a su hogar. No lo conseguirían. Daba gracias a Dios por tener una casa antigua con ventanas pequeñas y sólidas paredes. No como las casas nuevas del pueblo. Que el cielo amparase a los que vivían en ellas.

—Dejad de llorar —gritó a los niños—. No hay nada que temer; dejad de llorar.

Siguió apartando los humeantes cuerpos a medida que caían al fuego.

«Esto les convencerá —se dijo—. Mientras el fuego no prenda a la chimenea, estamos seguros. Merecería que me fusilasen por esto. Lo último que tenía que haber hecho antes de acostarme era encender el fuego. Sabía que había algo».

Mezclado con los roces y los golpes sobre las tablas de las ventanas, se oyó de pronto el familiar sonido del reloj de la cocina al dar la hora. Las tres de la madrugada. Aún tenían que pasar algo más de cuatro horas. No estaba seguro de la hora exacta en que había marea alta. Calculaba que no empezaría a bajar mucho antes de las siete y media, o las ocho menos veinte.

—Enciende el hornillo —dijo a su mujer—. Haznos un poco de té, y un poco de cacao para los niños. No tiene objeto estar sentado sin hacer nada.

Ésa era la línea a seguir. Mantenerles ocupados a ella y a los niños. Andar de un lado para otro, comer, beber; lo mejor era estar siempre en movimiento.

Aguardó junto al fuego. Las llamas iban extinguiéndose. Pero por la chimenea ya no caían más cuerpos. Introdujo hacia arriba el atizador todo lo que pudo y no encontró nada. Estaba despejada. La chimenea estaba despejada. Se enjugó el sudor de la frente.

—Anda, Jill —dijo—, tráeme unas cuantas astillas más. Pronto tendremos un buen fuego.

Pero ella no quería acercarse. Estaba mirando los chamuscados cadáveres de los pájaros, amontonados junto a él.

—No te preocupes de ellos —le dijo su padre—, los pondremos en el pasillo cuando tenga listo el fuego.

El peligro de la chimenea había desaparecido. No volvería a repetirse, si se mantenía el fuego ardiendo día y noche.

«Mañana tendré que traer más combustible de la granja —pensó—. Éste no puede durar siempre. Ya me las arreglaré. Puedo hacerlo con la bajamar. Cuando baje la marea, se podrá trabajar e ir en busca de lo que haga falta. Lo único que tenemos que hacer es adaptarnos a las circunstancias; eso es todo».

Bebieron té y cacao y comieron varias rebanadas de pan y extracto de carne. Nat se dio cuenta de que no quedaba más que media hogaza. No importaba; ya conseguirían más.

—¡Atrás! —exclamó el pequeño Johnny, apuntando a las ventanas con su cuchara—. ¡Atrás, pajarracos!
—Eso está bien —dijo Nat, sonriendo—, no les queremos a esos bribones, ¿verdad? Ya hemos tenido bastante.

Empezaron a aplaudir cuando se oía el golpe de los pájaros suicidas.

—Otro más, papá —exclamó Jill—; ése ya no tiene nada que hacer.
—Sí —dijo Nat—, ya está listo ese granuja.

Ésta era la forma de tomarlo. Éste era el espíritu. Si lograban mantenerlo hasta las siete, cuando transmitiesen el primer boletín de noticias, mucho habrían conseguido.

—Danos un pitillo —dijo a su mujer—. Un poco de humo disipará el olor a plumas quemadas.
—No quedan más que dos en el paquete —dijo ella—. Tenía que haberte comprado más.
—Bueno. Cogeré uno, y guardaré el otro para cuando haya escasez.

Era inútil tratar de dormir a los niños. No era posible dormir mientras continuaran los golpes y los roces en las ventanas. Se sentó en el colchón, rodeando con un brazo a Jill y con el otro a su mujer, que tenía a Johnny en su regazo, cubiertos los cuatro con las mantas.

—No puedo por menos de admirar a estos bribones —dijo—; tienen constancia.

Uno pensaría que ya tenían que haberse cansado del juego, pero no hay tal.

La admiración era difícil de mantenerse. El golpeteo continuaba incesante y un nuevo sonido, de algo que raspaba, hirió el oído de Nat, como si un pico más afilado que ninguno de los anteriores hubiese venido a ocupar el lugar de sus compañeros. Trató de recordar los nombres de los pájaros, trató de pensar qué especies en particular servirían para esta tarea. No era el rítmico golpear del pájaro carpintero. Habría sido rápido y suave. Éste era más serio, porque, si continuaba mucho tiempo, la madera acabaría astillándose igual que los cristales. Entonces, se acordó de los halcones. ¿Sería posible que los halcones hubiesen sustituido a las gaviotas? ¿Había ahora busardos en los alféizares de las ventanas, empleando las garras, además de los picos? Halcones, busardos, cernícalos, gavilanes…, había olvidado a las aves de presa. Se había olvidado de la fuerza de las aves de presa. Faltaban tres horas, y, mientras esperaban el momento en que oyeran astillarse la madera, las garras seguían rascando.

Nat miró a su alrededor, considerando qué muebles podía romper para fortificar la puerta. Las ventanas estaban seguras por el armario. Pero no tenía mucha confianza en la puerta. Subió la escalera, pero al llegar al descansillo se detuvo y escuchó. Se oía una sucesión de apagados golpecitos, producidos por el rozar de algo sobre el suelo del dormitorio de los niños. Los pájaros se habían abierto camino… Aplicó el oído contra la puerta. No había duda. Percibía el susurro de las alas y los leves roces contra el suelo. El otro dormitorio estaba libre todavía. Entró en él y empezó a sacar los muebles; apilados en lo alto de la escalera protegerían la puerta del dormitorio de los niños. Era una precaución. Quizá resultara innecesaria. No podía amontonar los muebles contra la puerta, porque ésta se abría hacia dentro. Lo único que cabía hacer era colocarlos en lo alto de la escalera.

—Baja, Nat, ¿qué estás haciendo? —gritó su mujer.
—Voy en seguida —respondió—. Estoy terminando de poner en orden las cosas aquí arriba.

No quería que subiese; no quería que ella oyera el ruido de las patas en el cuarto de los niños, el rozar de aquellas alas contra la puerta.

A las cinco y media, propuso que desayunaran, tocino y pan frito, aunque sólo fuera por atajar el incipiente pánico que comenzaba a reflejarse en los ojos de su mujer y calmar a los asustados niños. Ella no sabía que los pájaros habían penetrado ya en el piso de arriba. Afortunadamente, el dormitorio no caía encima de la cocina. De haber sido así, ella no podría por menos de haber oído el ruido que hacían allá arriba, pegando contra las tablas. Y el estúpido e insensato golpetear de los pájaros suicidas que volaban dentro de la habitación, aplastándose la cabeza contra las paredes. Conocía bien a las gaviotas blancas. No tenían cerebro. Las negras eran diferentes, sabían muy bien lo que se hacían. Y también los busardos, los halcones…

Se encontró a sí mismo observando el reloj, mirando a las manecillas, que con tanta lentitud giraban alrededor, de la esfera. Se daba cuenta de que, si su teoría no era correcta, si el ataque no cesaba con el cambio de la marea, terminarían siendo derrotados. No podrían continuar durante todo el largo día sin aire, sin descanso, sin más combustible, sin… Su pensamiento volaba. Sabía que necesitaban muchas cosas para resistir un asedio. No estaban bien preparados. No estaban prevenidos. Quizá, después de todo, estuviesen más seguros en las ciudades. Su primo vivía a poca distancia de allí en tren. Si lograba telefonearle desde la granja, podrían alquilar un coche. Eso sería más rápido: alquilar un coche entre dos pleamares.

La voz de su mujer, llamándole una y otra vez por su nombre, le ahuyentó el súbito y desesperado deseo de dormir.

—¿Qué hay? ¿Qué pasa? —exclamó desabridamente.
—La radio —dijo su mujer. Había estado mirando el reloj—. Son casi las siete.
—No gires el mando —exclamó, impaciente por primera vez—; está puesta en la BBC. Hablarán desde ahí.

Esperaron. El reloj de la cocina dio las siete. No llegó ningún sonido. Ninguna campanada, nada de música. Esperaron hasta las siete y cuarto y cambiaron de emisora. El resultado fue el mismo. No había ningún boletín de noticias.

—Hemos entendido mal —dijo él—. No emitirán hasta las ocho.

Dejaron conectado el aparato, y Nat pensó en la batería, preguntándose cuánta carga le quedaría. Generalmente, la recargaban cuando su mujer iba de compras a la ciudad. Si fallaba la batería, no podrían escuchar las instrucciones.

—Está aclarando —susurró su mujer—. No lo veo, pero lo noto. Y los pájaros no golpean ya con tanta fuerza.

Tenía razón. Los golpes y los roces se iban debilitando por momentos. Y también los empellones, el forcejeo para abrirse paso que se oía junto a la puerta, sobre los alféizares. Había empezado a bajar la marea. A las ocho, no se oía ya ningún ruido. Sólo el viento. Los niños, amodorrados por el silencio, se durmieron. A las ocho y media, Nat desconectó la radio.

—¿Qué haces? Nos perderemos las noticias —dijo su mujer.
—No va a haber noticias —respondió Nat—. Tendremos que depender de nosotros mismos.

Se dirigió a la puerta y apartó lentamente los obstáculos que había colocado. Levantó los cerrojos y, pisando los cadáveres que yacían en el escalón de la entrada, aspiró el aire frío. Tenía seis horas por delante, y sabía que debía reservar sus fuerzas para las cosas necesarias, en manera alguna debía derrocharlas. Víveres, luz, combustible: ésas eran cosas necesarias. Si lograba obtenerlas en cantidad suficiente, podrían resistir otra noche más.

Dio un paso hacia delante, y entonces vio a los pájaros vivos. Las gaviotas se habían ido, como antes, al mar; allí buscaban su alimento y el empuje de la marea antes de volver al ataque. Los pájaros terrestres, no. Esperaban y vigilaban. Nat los veía sobre los setos, en el suelo, apiñados en los árboles, línea tras línea de pájaros, quietos, inmóviles.

Anduvo hasta el extremo de su pequeño huerto. Los pájaros no se movieron. Seguían vigilándole.

«Tengo que conseguir víveres —se dijo Nat—. Tengo que ir a la granja a buscar víveres».

Regresó a la casa. Examinó las puertas y las ventanas. Subió la escalera y entró en el cuarto de los niños. Estaba vacío, fuera de los pájaros muertos que yacían en el suelo. Los vivos estaban allá fuera, en el huerto, en los campos. Bajó a la cocina.

—Me voy a la granja —dijo.

Su mujer le cogió del brazo. Había visto a los pájaros a través de la puerta abierta.

—Llévanos —suplicó—; no podemos quedarnos aquí solos. Prefiero morir antes que quedarme sola.

Nat consideró la cuestión. Movió la cabeza.

—Vamos, pues —dijo—, trae cestas y el cochecito de Johnny. Podemos cargar de cosas el cochecito.

Se vistieron adecuadamente para hacer frente al cortante viento y se pusieron guantes y bufandas. Nat cogió a Jill de la mano, y su mujer puso a Johnny en el cochecito.

—Los pájaros —gimió Jill— están todos ahí fuera, en los campos.
—No nos harán daño —dijo él—; de día, no.

Echaron a andar hacia el portillo, cruzando el campo, y los pájaros no se movieron. Esperaban, vueltas hacia el viento sus cabezas.

Al llegar al recodo que daba a la granja, Nat se detuvo y dijo a su mujer que le esperara con los niños al abrigo de la cerca.

—Pues yo quiero ver a la señora Trigg —protestó ella—. Hay montones de cosas que le podemos pedir prestadas, si fueron ayer al mercado; además de pan…
—Espera aquí —interrumpió Nat—. Vuelvo en seguida.

Las vacas estaban mugiendo, moviéndose inquietas por el corral, y Nat pudo ver el boquete de la valla por donde habían abierto camino las ovejas que ahora vagaban libres por el huerto, situado delante de la casa. No salía humo de las chimeneas. No sentía ningún deseo de que su mujer, o sus hijos, entraran en la granja.

—No vengas —exclamó ásperamente, Nat—. Haz lo que te digo.

Su mujer retrocedió con el cochecito junto a la cerca, protegiéndose, y protegiendo a los niños del viento.

Nat penetró solo en la granja. Se abrió paso por entre la grey de mugientes vacas, que, molestas por sus repletas ubres, vagaban dando vueltas de un lado a otro. Observó que el coche estaba junto a la puerta, fuera del garaje. Las ventanas de la casa estaban destrozadas. Había muchas gaviotas muertas, tendidas en el patio y esparcidas alrededor de la casa. Los pájaros vivos se hallaban posados sobre los árboles del pequeño bosquecillo que se extendía detrás de la granja y en el tejado de la casa. Permanecían completamente inmóviles. Le vigilaban.

El cuerpo de Jim…, lo que quedaba de él, yacía tendido en el patio. Las vacas le habían pisoteado, después de haber terminado los pájaros. Junto a él se hallaba su escopeta. La puerta de la casa estaba cerrada y atrancada, pero, como las ventanas estaban rotas, era fácil levantarlas y entrar por ellas. El cuerpo de Trigg estaba junto al teléfono. Debía de haber estado intentando comunicar con la central cuando los pájaros se lanzaron contra él. El receptor pendía suelto, y la caja había sido arrancada de la pared. Ni rastro de la señora Trigg. Estaría en el piso de arriba. ¿Para qué subir? Nat sabía lo que iba a encontrar.

«Gracias a Dios, no había niños», se dijo.

Hizo un esfuerzo para subir la escalera, pero, a mitad de camino, dio media vuelta y descendió de nuevo. Podía ver sus piernas, sobresaliendo por la abierta puerta del dormitorio. Detrás de ella, yacían los cadáveres de las gaviotas negras y un paraguas roto.

«Es inútil hacer nada —pensó Nat—. No dispongo más que de cinco horas, incluso menos. Los Trigg comprenderían. Tengo que cargar con todo lo que encuentre».

Regresó al lado de su mujer y los niños.

—Voy a llenar el coche de cosas —dijo—. Meteré carbón, y parafina para el infiernillo. Lo llevaremos a casa y volveremos para una nueva carga.
—¿Qué hay de los Trigg? —preguntó su mujer.
—Deben de haberse ido a casa de algunos amigos —respondió.
—¿Te ayudo?
—No; hay un barullo enorme ahí dentro. Las vacas y las ovejas andan sueltas por todas partes. Espera, sacaré el coche. Podéis sentaros en él.

Torpemente, hizo dar la vuelta al coche y lo situó en el camino. Su mujer y los niños no podían ver desde allí el cuerpo de Jim.

—Quédate aquí —dijo—, no te preocupes del coche del niño. Luego vendremos a por él. Ahora voy a cargar el auto.

Los ojos de ella no se apartaban de los de Nat. Éste supuso que su mujer comprendía; de otro modo, no se habría ofrecido a ayudarle a encontrar el pan y los demás comestibles.

Hicieron en total tres viajes, entre su casa y la granja, antes de convencerse de que tenían todo lo que necesitaban. Era sorprendente, cuando se empezaba a pensar en ello, cuántas cosas eran necesarias. Casi lo más importante de todo era la tablazón para las ventanas. Nat tuvo que andar de un lado para otro buscando madera. Quería reponer las tablas de todas las ventanas de la casa. Velas, parafina, clavos, hojalata; la lista era interminable. Además, ordeñó a tres de las vacas. Las demás tendrían que seguir mugiendo, las pobres.

En el último viaje, condujo el coche hasta la parada del autobús, salió y se dirigió a la cabina telefónica. Esperó unos minutos haciendo sonar el aparato. Sin resultado. La línea estaba muerta. Se subió a una loma y miró en derredor, pero no se veía signo alguno de vida. A todo lo largo de los campos, nada; nada, salvo los pájaros, expectantes, en acecho. Algunos dormían; podía ver los picos arropados entre las plumas.

«Lo lógico sería que se estuviesen alimentando —pensó—, no ahí quietos, de esa manera».

Entonces recordó. Estaban atiborrados de alimento. Habían comido hasta hartarse durante la noche. Por eso no se movían esta mañana…

No salía nada de humo de las chimeneas de las demás casas. Pensó en las niñas que habían corrido por los campos la noche anterior.

«Debí darme cuenta —pensó—. Tenía que haberlas llevado conmigo».

Levantó la vista hacia el cielo. Estaba descolorido y gris. Los desnudos árboles del paisaje parecían doblarse y ennegrecerse ante el viento del Este. El frío no afectaba a los pájaros, que seguían esperando allá en los campos.

—Ahora es cuando debían ir por ellos —dijo Nat—; su objetivo está claro. Deben de estar haciendo esto por todo el país. ¿Por qué no despega ahora nuestra aviación y los rocía con gases venenosos? ¿Qué hacen nuestros muchachos? Tienen que saber, tienen que verlo por sí mismos.

Volvió al coche y se sentó ante el volante.

—Cruza de prisa la segunda puerta —cuchicheó su mujer—. El cartero está tendido allí. No quiero que Jill le vea.

Aceleró. El pequeño «Morris» saltaba y rechinaba a lo largo del camino. Los niños gritaban contentos.

A la una menos cuarto llegaron a la casa. Faltaba solamente una hora.

—Prefiero hacer una comida fría —dijo Nat—. Calienta algo para ti y para los niños; un poco de sopa, por ejemplo. Yo no tengo tiempo de comer ahora. Tengo que descargar todas estas cosas.

Lo metió todo dentro de la casa. Tiempo habría de ordenarlo. Todos debían tener algo que hacer durante las largas horas que se avecinaban. Ante todo, debía echar un vistazo a las puertas y ventanas.

Dio la vuelta a la casa, comprobando metódicamente cada puerta, cada ventana. Subió también al tejado y cerró con tablas todas las chimeneas, excepto la de la cocina. El frío era tan intenso que apenas podía soportarlo, pero era un trabajo que tenía que hacerse. De vez en cuando levantaba la vista hacia el cielo, esperanzado, en busca de aviones. No venía ninguno. Mientras trabajaba, maldijo la ineficacia de las autoridades.

—Siempre igual —murmuró—, siempre nos abandonan. Estúpido, estúpido desde el principio. Ningún plan, ninguna organización. Y los de aquí no tenemos importancia. Eso es lo que pasa. La gente de tierra adentro tiene prioridad. Seguro que allí ya están empleando gases y han lanzado a toda la aviación. Nosotros tenemos que esperar y aguantar lo que venga.

Hizo una pausa, terminado su trabajo en la chimenea del dormitorio y miró al mar. Algo se estaba moviendo allá lejos. Algo gris y blanco entre las rompientes.

—Es la Armada —dijo—; ellos no nos abandonan. Vienen por el canal y están entrando en la bahía.

Aguardó forzando la vista, llorosos los ojos a causa del viento, mirando en dirección al mar. Se había equivocado. No eran barcos. No estaba allí la Armada. Las gaviotas se estaban levantando del mar. En los campos, las nutridas bandadas de pájaros ascendían en formación desde el suelo y, ala con ala, se remontaban hacia el cielo.

Había llegado la pleamar.

Nat bajó por la escalera de mano que había utilizado y entró en la cocina. Su familia estaba comiendo. Eran poco más de las dos. Atrancó la puerta, levantando la barricada ante ella y encendió la lámpara.

—Es de noche —dijo el pequeño Johnny.

Su mujer había vuelto a conectar la radio, pero ningún sonido salía de ella.

—He dado toda la vuelta al dial —dijo—, emisoras extranjeras y todo. No he podido coger nada.
—Quizá tengan ellos el mismo trastorno —dijo—, quizás esté ocurriendo lo mismo por toda Europa.

Ella sirvió en un plato sopa de los Trigg, cortó una rebanada grande de pan de los Trigg y la untó con mantequilla.

Comieron en silencio. Un poco de mantequilla se deslizó por la mejilla de Johnny y cayó sobre la mesa.

—Modales, Johnny —dijo Jill—, tienes que aprender a secarte los labios.

Comenzó el repiqueteo en las ventanas, en la puerta. Los roces, los crujidos, el forcejeo para tomar posiciones en los alféizares. El primer golpe de un pájaro suicida contra la pared.

—¿No harán algo los americanos? —exclamó su mujer—. Siempre han sido nuestros aliados, ¿no? Seguramente harán algo.

Nat no respondió. Las tablas colocadas en las ventanas eran recias, y también las de las chimeneas. La casa estaba llena de provisiones, de combustible, de todo lo que necesitarían en varios días. Cuando terminara de comer, sacaría las cosas, las ordenaría, las iría colocando en sus sitios. Su mujer y los niños podrían ayudarle. Era necesario tenerlos ocupados en algo. Acabarían rendidos a las nueve menos cuarto, cuando la marea estuviese baja otra vez; entonces, les haría acostarse en sus colchones y procuraría que durmiesen profundamente hasta las tres de la madrugada.

Tenía una nueva idea para las ventanas, que consistía en poner alambre de espino delante de las tablas. Se había traído un rollo grande de la granja. Lo malo era que tendría que trabajar a oscuras, durante la tregua entre las nueve y las tres. Era una lástima que no se le hubiese ocurrido antes. Lo principal era que hubiese tranquilidad mientras dormían su mujer y los niños.

Los pájaros pequeños estaban ya enzarzados con la ventana.

Reconoció el ligero repiqueteo de sus picos y el suave roce de sus alas. Los halcones no hacían caso de las ventanas. Ellos concentraban su ataque en la puerta. Nat escuchó el violento chasquido de la madera al astillarse y se preguntó cuántos millones de años de recuerdos estaban almacenados en aquellos pequeños cerebros, tras los hirientes picos y los taladrantes ojos, que ahora hacían nacer en ellos este instinto de destruir a la Humanidad con toda la certera y demoledora precisión de unas máquinas implacables.

—Me fumaré ese último pitillo —dijo a su mujer—. Estúpido de mí, es lo único que he olvidado traer de la granja.

Lo cogió y conectó la radio. Tiró al fuego el paquete vacío y se quedó mirando cómo ardía.

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