El viejecito de los Batignolles (I)

Émile Gaboriau

 

 

I

Cuando acababa mis estudios de Medicina para ser oficial de salud —eran los buenos tiempos, tenía entonces veintitrés años—, vivía en la calle Monsieur-le-Prince, casi esquina con la calle Racine.

Allí tenía, por treinta francos al mes, servicio incluido, un cuarto amueblado que hoy bien valdría cien; tan grande que pasaba fácilmente las mangas de mi capote sin abrir la ventana.

Como salía temprano para atender las visitas de mi hospital y regresaba muy tarde porque el café Leroy tenía para mí unos atractivos irresistibles, apenas si conocía de vista a los inquilinos de mi casa, todos ellos gente pacífica, rentistas o pequeños comerciantes.

Hubo uno, sin embargo, con quien poco a poco terminé por trabar amistad.

Era un hombre de talla mediana, de fisonomía insignificante, siempre escrupulosamente afeitado y que, gordo como el brazo, se llamaba señor Méchinet.

El portero lo trataba con una consideración muy particular y, cuando pasaba delante de su garita, nunca dejaba de quitarse rápidamente el sombrero.

Como el apartamento del señor Méchinet daba a mi descansillo, justo frente a la puerta de mi cuarto, nos habíamos dado de manos a boca varias veces. En esas ocasiones, teníamos la costumbre de saludarnos.

Una tarde, él entró en mi casa para pedirme algunas cerillas; una noche, yo le pedí prestado tabaco; una mañana ocurrió que ambos salíamos al mismo tiempo y caminamos juntos un trecho de camino hablando…

Esas fueron nuestras primeras relaciones.

Sin ser ni curioso ni desconfiado —uno no lo es a la edad que yo tenía entonces—, gusta saber a qué atenerse sobre la gente con la que uno traba amistad.

Llegué de forma natural, no a observar la existencia de mi vecino, sino a ocuparme de sus hechos y gestos.

Estaba casado, y la señora Caroline Méchinet, rubia y pálida, pequeña, risueña y rolliza, parecía adorar a su marido.

Pero la conducta de aquel marido ya no era regular. A menudo se marchaba antes del amanecer, y con frecuencia el sol se había levantado cuando lo oía volver a su domicilio. A veces desaparecía semanas enteras…

Que la bonita y pequeña señora Méchinet tolerase aquello, eso era lo que yo no podía concebir.

Intrigado, pensé que nuestro portero, de ordinario charlatán como una urraca, me daría algunas aclaraciones.

¡Error! Apenas pronuncié el nombre de Méchinet, me mandó a paseo diciéndome, mientras abría mucho los ojos, que no entraba en sus costumbres «chivarse» de sus inquilinos.

Esa acogida aumentó tanto mi curiosidad que, desterrando toda vergüenza, me dediqué a espiar a mi vecino.

Entonces descubrí cosas que me parecieron enormes.

Una vez lo vi entrar vestido a la última moda, con el ojal endomingado con cinco o seis condecoraciones; dos días después lo vi en la escalera vestido con una blusa sórdida y cubierto con un andrajo de paño que le daba un aspecto siniestro.

Y eso no es todo. Una hermosa tarde, cuando él salía, vi a su mujer acompañarlo hasta la puerta de su piso y allí besarlo apasionadamente, diciendo:

—¡Te lo suplico, Méchinet, sé prudente, piensa en tu mujercita!

¡Sé prudente!… ¿Por qué?… ¿A cuenta de qué? ¿Qué significaba aquello?… ¡La mujer era, por tanto, cómplice!

Mi estupor no debía tardar en multiplicarse.

Una noche, dormía yo profundamente cuando de repente llamaron a la puerta con golpes apresurados.

Me levanto, abro…

El señor Méchinet entra, o más bien se precipita en mi casa, con la ropa en desorden y desgarrada, la corbata y la pechera de la camisa arrancadas, la cabeza sin nada, el rostro totalmente ensangrentado…

—¿Qué ocurre? —exclamé asustado.

Pero él, haciéndome una señal para que me callase, dijo:

—¡Más bajo! Podrían oírlo… Quizá no sea nada, aunque sufro muchísimo… Me he dicho que usted, estudiante de Medicina, sabría sin duda curarme esto…

Sin decir palabra, lo hice sentarse y me apresuré a examinarlo y a prestarle los cuidados necesarios.

Aunque hubiera tenido una gran efusión de sangre, la herida era leve… No era, a decir verdad, más que un arañazo superficial que nacía en la oreja izquierda y acababa en la comisura de los labios.

Una vez terminada la cura, el señor Méchinet me dijo:

—Vamos, ya estoy sano y salvo por esta vez. Mil gracias, querido señor Godeuil. Sobre todo, por favor, no hable a nadie de este pequeño accidente, y… buenas noches.

¡Buenas noches!… ¡Pues sí que estaba yo pensando en dormir!

Cuando recuerdo todas las hipótesis descabelladas e imaginaciones novelescas que pasaron por mi cerebro, no puedo dejar de reírme.

El señor Méchinet asumía en mi mente proporciones fantásticas.

Al día siguiente, vino tranquilamente a darme las gracias de nuevo y me invitó a comer.

Es fácil adivinar que yo era todo ojos y todo oídos al entrar en casa de mis vecinos. Pero por mucho que concentré toda mi atención, no capté nada natural que disipase el misterio que tanto me intrigaba.

A partir de esa cena, sin embargo, nuestras relaciones fueron más seguidas. Decididamente, el señor Méchinet se hacía mi amigo. Era raro que pasase una semana sin que me llevase a comer su sopa, según su expresión, y casi todos los días, en el momento del ajenjo, se reunía conmigo en el café Leroy y jugábamos una partida de dominó.

Fue así como cierta tarde del mes de julio, un viernes, hacia las cinco, él estaba en plan de ganarme con un seis doble cuando un criado con librea, de aspecto bastante enojoso, lo confieso, entró bruscamente y se acercó a murmurar en su oído algunas palabras que no entendí.

Paralizado y con el rostro alterado, el señor Méchinet se levantó.

—Me voy —dijo—; corre a decir que voy.

El hombre salió corriendo y, entonces, tendiéndome la mano:

—Perdóneme —añadió mi viejo vecino—, el deber ante todo… Mañana seguiremos nuestra partida.

Y como, ardiendo de curiosidad, yo manifestase gran decepción, diciendo que lamentaba mucho no acompañarlo, él masculló:

—De hecho, ¿por qué no? ¿Quiere venir? Tal vez sea interesante…

Por toda respuesta, recogí mi sombrero y salimos…

.

II

Desde luego, estaba lejos de sospechar que me aventuraba en una de esas iniciativas en apariencia insignificantes que tienen una influencia decisiva sobre toda la vida.

«¡Esta vez —pensaba yo para mí—, tengo la clave del enigma!…».

Y henchido de una tonta y pueril satisfacción, trotaba como un gato enclenque al lado del señor Méchinet.

Digo: trotaba, porque tenía que hacer un gran esfuerzo para que aquella criatura no me dejase atrás.

Caminaba y caminaba a lo largo de la calle Racine, zarandeando a los transeúntes, como si su fortuna hubiera dependido de sus piernas.

Por suerte, en la plaza del Odéon apareció un coche de alquiler.

El señor Méchinet lo detuvo y, abriendo la portezuela, me dijo:

—Suba, señor Godeuil.

Yo obedecí, y él se sentó a mi lado después de gritar al cochero, en tono imperativo:

—A la calle Lécluse, el 39, en los Batignolles… ¡y deprisa!

La longitud de la carrera arrancó al cochero un rosario de juramentos. No importa, zurró a sus mulos con un latigazo maestro y el coche se puso en marcha.

—¡Ah!, ¿entonces vamos a los Batignolles? —pregunté entonces con una sonrisa de cortesano.

Pero el señor Méchinet no me respondió; dudo incluso de que me oyera.

En él se operaba una metamorfosis completa. No parecía lo que se dice emocionado, pero sus labios apretados y la contracción de sus tupidas cejas enmarañadas revelaban una angustiosa preocupación. Sus miradas, perdidas en el vacío, parecían estudiar en él los términos de algún problema insoluble.

Había sacado su tabaquera y continuamente extraía de ella enormes tomas de rapé que estrujaba entre el índice y el pulgar, amasaba, llevaba a su nariz, y que, sin embargo, no aspiraba.

Porque en él, aquello era un tic que yo había observado y que me divertía mucho.

Aquel digno hombre, al que horrorizaba el tabaco, iba siempre armado de una tabaquera de financiero de vodevil.

Si le ocurría algo imprevisto, agradable o molesto, zas, la sacaba del bolsillo y parecía aspirar furioso sus tomas de rapé.

A menudo, la tabaquera estaba vacía, pero su gesto seguía siendo el mismo.

Más tarde supe que era un método propio para disimular sus impresiones y desviar la atención de sus interlocutores.

Mientras tanto, seguíamos avanzando…

El coche remontaba no sin esfuerzo la calle de Clichy. Cruzó el bulevar exterior, se adentró en la calle de Lécluse, y no tardó en detenerse a cierta distancia de la dirección indicada.

Ir más lejos era materialmente imposible, pues la calle estaba obstruida por una multitud compacta.

Delante de la casa marcada con el número 39, había doscientas o trescientas personas paradas, con el cuello tendido, la mirada brillante, jadeando de curiosidad, y a duras penas contenidas por media docena de municipales que multiplicaban en vano y con su voz más ruda sus: «¡Circulen, señores, circulen!».

Una vez que descendimos del coche, nos acercamos, deslizándonos penosamente entre los papanatas.

Ya llegábamos a la puerta del número 39 cuando un municipal nos rechazó con rudeza.

—¡Retírense!… ¡No se puede pasar!…

Mi compañero lo miró de arriba abajo e, irguiéndose, dijo:

—¿No me conoce entonces? Soy Méchinet, y este joven —me señaló—viene conmigo.
—¡Perdón! ¡Disculpe! —balbució el agente llevándose la mano al tricornio—, no sabía… Tenga la bondad de pasar.

Entramos.

En el vestíbulo, una poderosa comadre, evidentemente la portera, más roja que una amapola, peroraba y gesticulaba en medio de un grupo de inquilinos de la casa.

—¿Dónde es? —preguntó brutalmente el señor Méchinet.
—En el tercero, querido señor —respondió ella—; en el tercero, la puerta de la derecha. ¡Dios mío! ¡Qué desgracia! ¡En una casa como la nuestra! ¡Un hombre tan bueno!

No oí más. El señor Méchinet se había lanzado a las escaleras y yo lo seguí subiendo de cuatro en cuatro los peldaños mientras el corazón me palpitaba como para cortarme la respiración.

En el tercer piso, la puerta de la derecha estaba abierta.

Entramos, cruzamos una antecámara, un comedor, un salón, y por fin llegamos al dormitorio…

Aunque viviese mil años no olvidaría el espectáculo que saltó a mis ojos… Y en este mismo momento en que escribo, después de muchos años, vuelvo a verlo hasta en sus menores detalles.

Dos hombres estaban acodados en la chimenea que había frente a la puerta: un comisario de Policía, ceñido con su banda, y un juez de instrucción.

A la derecha, sentado a una mesa, un joven, el escribano, escribía.

En el centro del cuarto, sobre el suelo, había, en un charco de sangre coagulada y negra, el cadáver de un viejo de cabellos blancos… Estaba tendido de espaldas, con los brazos en cruz.

Aterrorizado, me quedé clavado en el umbral, tan a punto de desfallecer que, para no caer, me vi obligado a apoyarme contra el marco de la puerta.

Mi profesión me había familiarizado con la muerte; hacía mucho tiempo que había superado las repugnancias del aula, pero era la primera vez que me encontraba frente a un crimen.

Porque era evidente que se había cometido un crimen abominable.

Menos impresionable que yo, mi vecino había entrado con paso firme.

—¡Ah!, es usted, Méchinet —dijo el comisario de Policía—, lamento mucho haberlo molestado.
—¿Por qué?
—Porque no vamos a necesitar de su habilidad… Conocemos al culpable, he dado las órdenes y a esta hora debe de estar detenido.

¡Cosa extraña! Por el gesto del señor Méchinet hubiera podido creerse que aquella seguridad lo contrariaba… Sacó su tabaquera, se llevó a la nariz dos o tres de sus fantásticas pizcas, y dijo:

—¡Ah!, ya se conoce al culpable.

Fue el juez de instrucción el que respondió:

—Y conocido de forma cierta y positiva, sí, señor Méchinet… Una vez cometido el crimen, el asesino ha huido creyendo que su víctima había dejado de vivir… Estaba en un error. La Providencia velaba… Este desgraciado viejo todavía respiraba… Reuniendo toda su energía, ha mojado uno de sus dedos en la sangre que se escapaba a oleadas de su herida, y ahí, en el suelo, ha escrito con su sangre el nombre de su asesino, denunciándolo así a la justicia humana… Mire, mire.

Así advertido, distinguí lo que al principio no había visto.

En el suelo, en gruesas letras mal hechas y sin embargo legibles, habían escrito con sangre: MONIS…

—¿Y bien?… —preguntó el señor Méchinet.
—Ese es el principio del nombre de un sobrino del pobre muerto —respondió el comisario de Policía—, un sobrino al que apreciaba y que se llama Monistrol…
—¡Diablos!… —dijo mi vecino.
—No creo —continuó el juez de instrucción— que el miserable trate de negar… Las cinco letras son un testimonio abrumador contra él… Además, ¿a quién aprovecha este crimen tal vil?… Solo a él, único heredero de este viejo que, según dicen, deja una gran fortuna… Hay más: fue anoche cuando se cometió el asesinato… Pues bien, anoche, solo su sobrino visitó a este pobre viejo… La portera lo vio llegar hacia las nueve y salir poco antes de medianoche…
—Está claro —aprobó el señor Méchinet—, está claro, ese Monistrol no es más que un imbécil.

Y, encogiéndose de hombros, preguntó:

—¿Ha robado algo? ¿Ha roto algún mueble para dar el pego sobre el móvil del crimen?
—Nada hasta ahora nos ha parecido revuelto —respondió el comisario—… Usted lo ha dicho, el miserable no es muy… En cuanto se vea descubierto, confesará.

Y tras esto, el comisario de Policía y el señor Méchinet se retiraron al hueco de la ventana y hablaron en voz baja mientras el juez daba algunas indicaciones al escribano.

.

III

Ahora ya sabía a qué atenerme.

Había querido saber exactamente qué hacía mi enigmático vecino… Ya lo sabía.

Ahora se explicaban el desorden de su vida, sus ausencias, sus regresos tardíos a casa, sus repentinas desapariciones, los temores y la complicidad de su joven esposa, la herida que yo había curado.

¡Pero qué me importaba mi descubrimiento!

Me había recobrado poco a poco, había recuperado la facultad de reflexionar y de deliberar, y examinaba todo a mi alrededor con una curiosidad cruda.

Desde donde estaba, apoyado contra el marco de la puerta, mi mirada abarcaba todo el piso.

Nada, absolutamente nada, revelaba en él una escena de crimen.

Al contrario, todo ponía de relieve el confort y al mismo tiempo unas costumbres parsimoniosas y metódicas.

Cada cosa estaba en su sitio; en las cortinas no había ni una arruga, y la madera de los muebles relucía, manifestando un cuidado cotidiano.

Por otra parte, parecía evidente que las conjeturas del juez de instrucción y del comisario de Policía eran exactas, y que el pobre viejo había sido asesinado la noche anterior, en el momento en que se disponía a acostarse.

En efecto, la cama estaba abierta, y sobre la colcha estaban desplegados un camisón y un gorro de dormir. Encima de la mesa, a la cabecera del lecho, podía distinguir un vaso de agua azucarada, una caja de cerillas químicas y un periódico de la tarde, La Patrie.

En un rincón de la chimenea brillaba un candelabro, un grueso y sólido candelabro de cobre… Pero la vela que había iluminado el crimen estaba consumida, el asesino había escapado sin soplarla, y había ardido hasta el final, ennegreciendo el alabastro de la palmatoria a la que estaba fijada.

Estos detalles yo los había constatado de golpe, sin esfuerzo, sin que mi voluntad, por así decir, lo hubiera buscado.

Mis ojos cumplían el papel de un objetivo fotográfico, el teatro del crimen se había fijado en mi mente como en una placa preparada, con tal precisión que no le faltaba ninguna circunstancia, con tal solidez que todavía hoy podría dibujar el piso del «viejecito de los Batignolles» sin olvidar nada, ni siquiera un corcho cubierto a medias de cera verde que todavía me parece ver en el suelo, bajo la silla del escribano.

Era una facultad extraordinaria, que me ha sido concedida, mi facultad principal, que aún no había tenido ocasión de ejercitar, y que de pronto se me revelaba.

Entonces estaba demasiado vivamente emocionado para analizar mis impresiones.

Solo tenía un deseo, obstinado, ardiente, irresistible: acercarme al cadáver tendido a dos metros de mí.

Al principio luché, me defendí contra la obsesión de aquel deseo… Pero la fatalidad intervino… Me acerqué.

¿Se habían fijado en mi presencia?… No lo creo.

En cualquier caso, nadie me prestaba atención.

El señor Méchinet y el comisario de Policía seguían hablando junto a la ventana; el escribano releía a media voz al juez de instrucción su atestado.

Por eso, nadie se oponía a la realización de mi designio.

Y, además, debo confesarlo, una especie de fiebre se había apoderado de mí volviéndome como insensible a las circunstancias exteriores, y que me aislaba por completo.

Esto es tan cierto que me atreví a arrodillarme junto al cadáver para ver mejor y más de cerca.

Lejos de pensar que iban a gritarme «¿Qué hace usted ahí?», actuaba lenta y tranquilamente, como hombre que, tras recibir una misión, la ejecuta.

Aquel desgraciado viejo tenía, en mi opinión, entre setenta y setenta y cinco años. Era pequeño y muy delgado, pero desde luego sólido y de una constitución suficiente para pasar de los cien años. Aún tenía mucho pelo, de un blanco amarillento, rizado en la nuca.

No parecía que su barba gris, fuerte y tupida, se hubiera arreglado desde hacía cinco o seis días; debía de haber crecido después de estar muerto. Esta circunstancia, que yo había observado a menudo en nuestros sujetos del aula, no me asombró.

Lo que me sorprendió fue la fisonomía del infortunado. Estaba tranquila, diría más, risueña. Los labios se entreabrían como para un saludo amistoso.

Por lo tanto, la muerte había sido tan terriblemente rápida que conservaba esa expresión benévola…

Era la primera idea que me venía a la mente.

Sí, pero ¿cómo conciliar esas dos circunstancias inconciliables: una muerte repentina y aquellas cinco letras, Monis…, que veía trazadas con sangre en el suelo?

Para escribir eso, ¡qué esfuerzos no había necesitado un hombre moribundo!… Solo la esperanza de venganza había podido prestarle semejante energía… Y qué rabia no había debido de ser la suya al sentirse expirar antes de haber podido trazar por completo el nombre de su asesino…

Y sin embargo, el rostro del cadáver parecía sonreírme.

El pobre viejo había sido herido en la garganta y el arma le había atravesado el cuello de parte a parte.

El instrumento del crimen debía de ser un puñal, o más bien uno de esos temibles cuchillos catalanes, de la anchura de una mano, que cortan por los dos lados y que son tan puntiagudos como una aguja…

En mi vida me había visto agitado por sensaciones tan extrañas.

Mis sienes latían con una violencia inaudita, y mi corazón se hinchaba en mi pecho hasta romperlo.

¿Qué iba a descubrir?

Empujado por una fuerza misteriosa y terrible que aniquilaba mi voluntad, cogí entre mis manos, para examinarlas, las manos rígidas y heladas del cadáver…

La derecha estaba limpia…, era uno de los dedos de la izquierda, el índice, el que estaba todo manchado de sangre.

¡Cómo! ¡El viejo había escrito con la mano izquierda! ¡Vaya!

Presa de una especie de vértigo, con los ojos desencajados, los cabellos erizados en la cabeza, y más pálido seguramente que el muerto que yacía a mis pies, me levanté lanzando un grito terrible.

—¡Dios mío!

Ante el grito, todos los demás saltaron, y sorprendidos, asustados, me preguntaron a la vez:

—¿Qué pasa? ¿Qué ocurre?…

Traté de responder, pero la emoción me ahogaba, me parecía que tenía la boca llena de arena. Solo pude señalar las manos del muerto farfullando:

—¡Ahí!… ¡Ahí!

Rápido como el relámpago, el señor Méchinet se había arrodillado junto al cadáver. Lo que yo había visto, él lo vio, y mi impresión fue la suya, porque, levantándose enseguida, declaró:

—No ha sido este pobre viejo el que ha trazado esas letras…

Y cuando el juez y el comisario lo miraban boquiabiertos, les explicó esa circunstancia de la mano izquierda, la única manchada de sangre…

—¡Y pensar que no me había fijado! —repetía el comisario desolado.

El señor Méchinet valoraba la situación con furia.

—Suele ocurrir —dijo—, las cosas que saltan a la vista son las que no se ven… ¡Pero no importa! La situación ha cambiado muchísimo… Si no ha sido el viejo el que lo ha escrito, ha sido el que lo ha matado…
—Evidentemente —aprobó el comisario.
—Pero —continuó mi vecino— ¿podemos imaginar un asesino lo bastante estúpido para denunciarse escribiendo su nombre al lado del cuerpo de su víctima?

El juez se había vuelto pensativo.

—Está claro —dijo—, las apariencias nos han engañado… Monistrol no es el culpable… ¿Quién es? Es tarea suya, señor Méchinet, descubrirlo.

Se detuvo… Entraba un agente de Policía que, dirigiéndose al comisario, dijo:

—Sus órdenes se han cumplido, señor… Monistrol está detenido y encerrado en la cárcel… Lo ha confesado todo.

.

IV

La sorpresa fue tanto más dura cuanto que era inesperada.

Es imposible pintar el estupor en que todos nos hallábamos.

¡Cómo!, mientras estábamos allí, afanándonos por buscar pruebas de la inocencia de Monistrol, ¡él se reconocía culpable!

Fue el señor Méchinet el primero que se repuso.

Enseguida se llevó cinco o seis veces los dedos desde su tabaquera a su nariz, y avanzando hacia el agente le dijo:

—Te engañas o nos engañas, no hay término medio.
—Se lo juro, señor Méchinet…
—¡Cállate! O has entendido mal lo que ha dicho Monistrol, o te has emborrachado con la esperanza de sorprendernos anunciando que el caso está resuelto…

Humilde y respetuoso hasta entonces, el agente se rebeló.

—Perdone —lo interrumpió—, no soy ni un imbécil ni un mentiroso, y sé lo que digo…

La discusión estaba a punto de convertirse en disputa, por lo que el juez de instrucción creyó que debía intervenir.

—Modérese, señor Méchinet —dijo—, y antes de emitir un juicio, espere a informarse.

Luego, volviéndose hacia el agente, prosiguió:

—Y usted, amigo mío, díganos lo que sabe y las razones de su seguridad.

Así apoyado, el agente aplastó al señor Méchinet con una mirada irónica y, con un matiz de fatuidad muy apreciable, empezó:

—Lo que ha pasado es esto: el señor juez y el señor comisario aquí presentes nos han encargado, al inspector Goulard, a mi colega Poltin y a mí, detener al llamado Monistrol, bisutero, domiciliado en el número 75 de la calle Vivienne, por estar el citado Monistrol inculpado de asesinato en la persona de su tío.
—Eso es exacto —aprobó el comisario a media voz.
—Entonces —prosiguió el agente—, tomamos un coche de alquiler y nos hicimos llevar a la dirección indicada… Llegamos y encontramos al señor Monistrol en su trastienda, a punto de sentarse a la mesa para cenar con su esposa, una mujer de veinticinco a treinta años, de una belleza admirable. Al vernos a los tres en fila, el individuo se levanta. «¿Qué quieren?», nos pregunta. Al punto el brigadier Goulard saca de su bolsillo la orden de arresto y responde: «¡En nombre de la ley, queda detenido!»…

El señor Méchinet parecía estar sobre ascuas.

—¿No podrías darte prisa? —le dijo al agente.

Pero el otro, como si no hubiese oído, siguió en el mismo tono tranquilo:

—He detenido a muchos individuos en mi vida; pues, bien, nunca he visto a nadie descomponerse como este. «¡Están de broma —nos dice—, o cometen un error! —No, no nos equivocamos—. Pero, en fin, ¿por qué me detienen?».

»Goulard se encogía de hombros. “No se haga el inocente —dijo—, ¿y su tío?… Hemos encontrado el cadáver y hay pruebas abrumadoras contra usted”…

»¡Ah, el muy granuja, vaya contratiempo!… Se tambaleó y por fin se dejó caer en una silla sollozando y balbuciendo no sé qué respuesta que no había manera de comprender.

»Al verlo, Goulard le sacudió por el cuello de la chaqueta diciéndole: “Créame, lo mejor es confesar todo”. Nos miró con aire alelado y murmuró: “Pues entonces, sí, ¡lo confieso todo!”.

—Bien hecho, Goulard —aprobó el comisario.

El agente triunfaba.

—Se trataba de hacerlo cuanto antes —continuó—. Se nos había recomendado evitar cualquier escándalo, y los curiosos empezaban a agolparse… Goulard agarró, pues, al sospechoso por el brazo, gritándole: «¡Vamos, en marcha!, nos esperan en la prefectura». Mal que bien, Monistrol

se incorporó sobre sus piernas, que le temblaban, y en el tono de un hombre que se arma de valor, dijo: «¡Vamos!».

»Pensábamos que lo más duro estaba hecho; no contábamos con la mujer.

»Hasta ese momento se había quedado como desmayada en un sillón, sin decir nada, sin dar la impresión siquiera de comprender lo que ocurría.

»Pero cuando vio que decididamente nos llevábamos a su hombre, saltó como una leona y se cruzó delante de la puerta gritando: “¡No pasarán!”. Palabra de honor, estaba magnífica, pero Goulard ha visto a muchas otras: “Vamos, vamos, señora —dijo—, no nos enfademos; ¡ya le devolverán a su marido!”.

»Sin embargo, lejos de dejarnos pasar, se agarraba con más fuerza al marco de la puerta, jurando que su marido era inocente, declarando que si lo llevaban a la cárcel, ella lo seguiría, unas veces amenazándonos y cubriéndonos de invectivas, otras suplicándonos con su voz más dulce…

»Después, cuando comprendió que nada nos impediría cumplir con nuestro deber, soltó la puerta y, arrojándose al cuello de su marido, gemía: “Oh, querido, ¿es posible que te acusen de un crimen, a ti, a ti? ¡Di a estos hombres que eres inocente!”.

»De veras, estábamos conmovidos, pero él, más insensible que nosotros, cometió la barbarie de rechazar a su pobre mujer tan brutalmente que fue a caer como un saco en un rincón de la trastienda. Por suerte, fue el final.

»La mujer se había desmayado, y nosotros aprovechamos para empaquetar al marido en el coche de alquiler que habíamos llevado.

»Empaquetar es la palabra exacta, porque se había vuelto como una cosa inerte, ya no se tenía en pie, hubo que llevarlo… Y, para no olvidar nada, debo decir que su perro, una especie de gozque negro, quería saltar con nosotros dentro del coche, y nos costó muchísimo librarnos de él.

»En el camino, como es lógico, Goulard trató de distraer a nuestro prisionero y hacerle hablar… Pero era imposible sacarle una palabra del gaznate. Solo al llegar a la prefectura pareció recobrar el conocimiento. Cuando estuvo bien y en debida forma instalado en una celda de los “secretos”, se dejó caer sobre el catre a la desesperada repitiendo: “¿Qué te he hecho, Dios mío, qué te he hecho?”.

»En ese momento, Goulard se acercó a él, y por segunda vez le dijo: “¿O sea que se confiesa culpable?”. Con la cabeza Monistrol dijo: “¡Sí, sí!”. Y luego añadió con voz ronca: “¡Se lo ruego, déjenme solo!”.

»Fue lo que hicimos, después de poner un vigilante de observación en la mirilla de la celda, por si acaso el muchacho trataba de atentar contra su vida…

»Goulard y Poltin se han quedado allí, y yo ¡aquí estoy!».

—Es preciso —masculló el comisario—, no se puede ser más preciso.

Esa era también la opinión del juez, porque murmuró:

—Después de esto, ¿cómo dudar de la culpabilidad de Monistrol?

Yo estaba confundido, y sin embargo mis convicciones eran inquebrantables. Y cuando abría la boca para aventurar una objeción, el señor

Méchinet me previno.

—¡Todo esto está muy bien! —exclamó—. Pero si admitimos que Monistrol es el asesino, también estamos obligados a admitir que fue él quien escribió su nombre en el suelo… y, ¡maldición!, eso es el colmo.
—¡Basta! —interrumpió el comisario—, desde el momento en que el sospechoso confiesa, ¿para qué preocuparse de una circunstancia que la instrucción explicará?

Pero la observación de mi vecino había despertado todas las perplejidades del juez. Por eso, sin pronunciarse, declaró:

—Voy a ir a la prefectura, quiero interrogar a Monistrol esta misma tarde.

Y después de haber recomendado al comisario de Policía que cumpliese bien todas las formalidades y esperase a los médicos llamados para la autopsia del cadáver, se alejó seguido por su escribano y por el agente que había venido a anunciarnos el éxito del arresto.

—¡Con tal de que esos diablos de médicos no se hagan esperar demasiado! —gruñó el comisario, que estaba pensando en su cena.

Ni el señor Méchinet ni yo le respondimos. Permanecíamos de pie, uno frente al otro, obsesionados evidentemente por la misma idea.

—Después de todo —murmuró mi vecino—, quizá haya sido el viejo el que ha escrito…
—¿Con la mano izquierda entonces?… ¿Es posible?… Sin contar con que la muerte de ese pobre hombre ha debido de ser instantánea…
—¿Está seguro?…
—Con esa herida, yo lo juraría… Además, van a venir los médicos que le dirán si tengo razón o estoy equivocado…

El señor Méchinet molestaba a su nariz con verdadera furia.

—Quizá haya en esto algún misterio —dijo—. Habrá que verlo. Es una investigación que tendríamos que hacer… Pues bien, hagámosla… Y para empezar, interroguemos a la portera…

Y, corriendo a la escalera, se inclinó sobre la rampa, gritando:

—¡Portera!…, ¡eh, portera! ¡Suba un momento, por favor!

(Continuará…)

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