El viejecito de los Batignolles (II)

Émile Gaboriau

 

 

 

V

Mientras esperaba a que la portera subiese, el señor Méchinet procedía a un rápido y sagaz examen del escenario del crimen.

Pero era sobre todo la cerradura de la puerta de entrada del piso lo que atraía su atención. Estaba intacta y la llave abría y cerraba sin dificultad. Esta circunstancia descartaba absolutamente la idea de un malhechor desconocido introduciéndose de noche con la ayuda de ganzúas.

Por mi parte, de forma maquinal, o más bien inspirado por el sorprendente instinto que se había revelado en mí, acababa de recoger el tapón medio recubierto de cera verde que había visto en el suelo.

Había sido utilizado, y por el lado de la cera guardaba las huellas del sacacorchos; pero, en la otra punta se veía una especie de corte bastante profundo, producido evidentemente por un instrumento cortante y agudo.

Sospechando la importancia de mi descubrimiento, se lo comuniqué al señor Méchinet, que no pudo reprimir una exclamación de placer.

—¡Por fin! —exclamó—, ¡por fin tenemos un indicio!… Este tapón lo ha dejado caer aquí el asesino… Había clavado ahí la punta frágil del arma que ha utilizado. Conclusión: el instrumento del crimen es un puñal de mango fijo, y no una de esas navajas que se cierran… ¡Con ese tapón, estoy seguro de llegar al culpable, sea quien fuere!

El comisario de Policía acababa su tarea en el cuarto, y el señor Méchinet y yo nos habíamos quedado en el salón cuando fuimos interrumpidos por el ruido de una respiración jadeante.

Casi inmediatamente apareció la poderosa comadre a la que yo había visto en el vestíbulo perorando en medio de los inquilinos.

Era la portera, más colorada, si era posible, que a nuestra llegada.

—¿Qué necesita, señor? —le preguntó al señor Méchinet.
—Siéntese, señora —respondió él.
—Pero, señor, es que abajo tengo mucha gente…
—Ya la esperarán… Le digo que se siente.

Desconcertada por el tono del señor Méchinet, obedece. Entonces él, clavándole sus terribles ojillos grises, empezó:

—Necesito cierta información y voy a interrogarla. Por su propio interés, le aconsejo que responda sin rodeos. Y, para empezar, ¿cómo se llama ese pobre hombre que ha sido asesinado?
—Se llamaba Pigoreau, mi buen señor, pero era conocido sobre todo con el nombre de Anténor, que había tomado en el pasado, porque tenía más relación con su comercio.
—¿Vivía en la casa desde hace mucho?
—Desde hace ocho años.
—¿Dónde vivía antes?
—En la calle Richelieu, donde tenía su tienda…, porque había tenido un comercio, había sido peluquero, y en esa profesión había ganado su fortuna.
—¿Pasaba entonces por rico?
—A su sobrina le he oído decir que no se dejaría cortar el cuello por un millón.

En este punto, debía hacerse una evaluación, porque habían inventariado los papeles del pobre viejo.

—Ahora —continuó el señor Méchinet—, ¿qué clase de hombre era ese señor Pigoreau, llamado Anténor?
—¡Oh!, la crema de los hombres, querido señor —respondió la portera—… Era muy liante, maniaco, roñoso a más no poder, pero no estaba orgulloso… ¡Y a pesar de todo divertido!… Cuando estaba en vena, una podía pasarse toda la noche escuchándolo… ¡La cantidad de historias que sabía! Piense, un antiguo peluquero que había rizado, como decía él, a las mujeres más bellas de París…
—¿Cómo vivía?
—Como todo el mundo… Como la gente que tiene rentas, se entiende, y que sin embargo aprecian su dinero.
—¿Puede darme algunos detalles?
—¡Oh!, claro que sí, dado que era yo la que se ocupaba de la casa… Y no me daba mucho trabajo, porque él hacía casi todo, barriendo, quitando el polvo y abrillantando él mismo… ¡Era su manía! Todos los días, al dar las doce, le subía una taza de chocolate. Se la bebía, tragaba luego un gran vaso de agua, y ese era todo su almuerzo. Luego se vestía, cosa que le llevaba hasta dos horas, porque era coqueto y más preocupado de su persona que una novia. En cuanto se arreglaba, salía a pasear por París. A las seis, se iba a cenar a una pensión burguesa, a casa de las señoritas Gomet, en la calle de la Paix. Después de la cena corría a tomar su tacita de café con agua y a jugar su partidita al café Guerbois…, y a las once regresaba para acostarse. En fin, el pobre hombre solo tenía un defecto… Era muy aficionado al sexo. Incluso yo le decía a menudo: «A su edad, ¿no le da vergüenza?…». Pero nadie es perfecto, y es comprensible en un antiguo perfumista, que había tenido en su vida montones de aventuras galantes…

Una sonrisa obsequiosa vagaba por los labios de la poderosa portera, pero nada era capaz de hacer sonreír al señor Méchinet.

—¿Recibía a mucha gente el señor Pigoreau? —continuó.
—A muy poca… Yo apenas veía venir a su casa al sobrino, el señor Monistrol, a quien todos los domingos invitaba a cenar en la tienda del viejo Lagthuile.
—¿Y cómo estaban tío y sobrino?
—Como los dos dedos de la mano.
—¿Nunca tenían discusiones?
—¡Nunca!…, salvo que siempre estaban riñendo por la señora Clara.
—¿Quién es la señora Clara?
—La mujer del señor Monistrol, una criatura magnífica. El difunto tío Anténor no podía soportarla. Decía que su sobrino quería demasiado a esa mujer, que lo manejaba a su antojo y que se las hacía pasar canutas… Pretendía que no quería a su marido, que era demasiado pretenciosa para su posición y que terminaría haciendo tonterías… Incluso la señora Clara y su tío se pelearon, a finales del año pasado. Ella quería que el viejo le prestase cien mil francos al señor Monistrol para comprar una tienda de joyería en el Palais-Royal. Pero él se negó, declarando que, después de su muerte, hicieran con su fortuna lo que quisieran; pero que, hasta entonces, como se la había ganado, pretendía guardarla y disfrutar de ella…

Yo creía que el señor Méchinet iba a insistir en esta circunstancia, que me parecía muy grave…, pero no. Fue inútil que yo multiplicase las señas, él prosiguió:

—Queda por saber quién ha descubierto el crimen.
—¡Yo, mi buen señor, yo! —gimió la portera—. ¡Ah!, es espantoso. Imagínese que esta mañana, con la campanada de las doce, como de costumbre, le subo al tío Anténor su chocolate… Como hago la casa, tengo una llave del piso… Abro, entro, y ¿qué veo? ¡Ay, Dios mío!

Y se puso a lanzar gritos penetrantes.

—Ese dolor demuestra su buen corazón, señora —dijo en tono grave el señor Méchinet—, pero como tengo mucha prisa, trate de controlarlo… ¿Qué pensó usted al ver a su inquilino asesinado?…
—Dije a todo el que quiso oírlo: ha sido su sobrino, el muy bandido, el que ha dado el golpe para heredar.
—¿De dónde le venía esa certeza?… Porque, en fin, acusar a un hombre de un crimen tan grande es empujarlo al cadalso…
—¡Eh, señor!, ¿quién iba a ser? El señor Monistrol vino anoche a ver a su tío y cuando se fue era casi medianoche… Incluso, él, que siempre me habla, no me dijo nada ni al llegar ni al irse… Y desde entonces, hasta el momento en que he descubierto todo, nadie, estoy segura, ha subido a casa del señor Anténor…

Lo confieso, esa declaración me dejaba confundido.

Todavía ingenuo, no se me habría ocurrido la idea de proseguir aquel interrogatorio. Por suerte, la experiencia del señor Méchinet era grande, y dominaba a fondo ese arte tan difícil de sacar de los testigos toda la verdad.

—Así pues, señora —insistió—, ¿está segura de que Monistrol vino anoche?
—Totalmente segura.
—¿Lo vio bien usted, lo reconoció bien?…
—¡Ah!, permítame… No lo miré cara a cara. Pasó muy deprisa, tratando de ocultarse, como el bandido que es, y el pasillo está mal iluminado…

Ante esta respuesta de un alcance incalculable di un salto y, avanzando hacia la portera, exclamé:

—Si es así, ¿cómo se atreve a afirmar que ha reconocido al señor Monistrol?

Me miró de arriba abajo y, con una sonrisa irónica, respondió:

—Aunque no he visto la cara del amo, he visto el hocico del perro… Como siempre lo acaricio, ha entrado en mi garita, e iba a darle un hueso de pierna de cordero cuando su amo le ha silbado.

Yo miraba al señor Méchinet, ansioso por saber lo que pensaba sobre estas respuestas, pero su rostro guardaba fielmente el secreto de sus impresiones.

Se limitó a añadir:

—¿De qué raza es el perro del señor Monistrol?
—Es un perrillo faldero, como los que los conductores tenían en el pasado, todo negro, con una mancha blanca encima de la oreja; lo llaman Plutón.

El señor Méchinet se levantó.

—Puede retirarse —dijo a la portera—, ya sé a qué atenerme.

Y cuando la mujer hubo salido, dijo:

—Me parece imposible que el sobrino sea el culpable.

Mientras, durante aquel largo interrogatorio habían llegado los médicos, y cuando hubieron terminado la autopsia su conclusión fue:

—La muerte del señor Pigoreau ha sido, desde luego, instantánea. Por tanto, no ha sido él quien ha trazado esas cinco letras, Monis, que hemos visto en el suelo, junto al cadáver…

Así que no me había equivocado.

—Pero si no ha sido él —exclamó el señor Méchinet—, ¿quién ha sido? Monistrol… Eso sí que nunca me entrará en la cabeza.

Y el comisario, encantado de ir por fin a cenar, se burlaba de sus perplejidades; perplejidades ridículas, dado que Monistrol había confesado:

—Tal vez yo no sea más que un imbécil —dijo—, eso lo decidirá el futuro… Mientras tanto, venga, mi querido señor Godeuil, venga conmigo a la prefectura…

.

VI

Igual que para ir a los Batignolles, para dirigirnos a la Prefectura de Policía tomamos un coche de alquiler.

Era grande la preocupación del señor Méchinet: sus dedos no cesaban de viajar de su tabaquera vacía a su nariz, y yo le oía mascullar entre dientes:

—¡Tendré el corazón limpio! ¡Es preciso que tenga el corazón limpio!

Luego sacaba de su bolsillo el tapón que yo le había entregado, y le daba vueltas y más vueltas con gestos de mono pelando una nuez y murmuraba:

—Sin embargo, es una prueba…, debe poderse sacar algún partido de esta cera verde…

Yo, hundido en mi rincón, no decía nada.

Probablemente mi situación era de las más extrañas, pero no pensaba en ello. Toda la inteligencia que tenía estaba absorbida por aquel caso; rumiaba en mi mente sus elementos diversos y contradictorios, y me afanaba por penetrar el secreto del drama que presentía.

Cuando nuestro coche se detuvo, era noche cerrada.

El muelle de los Orfèvres estaba desierto y en silencio: ni un ruido, ni un transeúnte. Las escasas tiendas de los alrededores estaban cerradas. Toda la vida del barrio se había refugiado en el pequeño restaurante que casi hace esquina con la calle de Jérusalem, y en las cortinas rojas del escaparate se perfilaba la sombra de los clientes.

—¿Le dejarán llegar hasta el preso? —le pregunté al señor Méchinet.
—Desde luego —me respondió—. ¿No estoy encargado de seguir el caso?… ¿Y no es preciso que, según las necesidades imprevistas de la investigación, pueda interrogar al detenido a cualquier hora, de día y de noche?

Y con paso rápido se adentró bajo la bóveda, diciéndome:

—Vamos, vamos, no tenemos tiempo que perder.

No necesitaba animarme. Yo lo seguía agitado por indefinibles emociones y todo tembloroso de vaga curiosidad.

Era la primera vez que franqueaba el umbral de la Prefectura de Policía, y Dios sabe cuáles eran entonces mis prejuicios.

«Ahí está el secreto de París», me decía no sin cierto terror.

Estaba tan absorto en mis reflexiones que, olvidando mirar a mis pies, estuve a punto de caerme.

El choque me devolvió el sentimiento de la situación.

Pasamos entonces por un inmenso corredor de paredes húmedas y de suelo desigual. Pronto mi compañero entró en un cuartito donde dos hombres jugaban a las cartas mientras otros tres o cuatro fumaban en pipa, echados en un catre. Cambió con ellos algunas palabras que no llegaron hasta mí, que me había quedado fuera, luego salió y reanudamos la marcha.

Después de haber atravesado un patio y habernos metido en un segundo corredor, no tardamos en llegar ante una verja de hierro de pesados cerrojos y cerradura formidable.

Un vigilante nos abrió esa verja a una palabra del señor Méchinet; a la derecha dejamos una amplia sala donde me pareció ver municipales y guardias de París; por fin, subimos por una escalera bastante empinada.

En lo alto de aquella escalera, a la entrada de un estrecho corredor con cantidad de pequeñas puertas, estaba sentado un hombre gordo de cara jovial, que desde luego no tenía nada del clásico carcelero.

En cuanto vio a mi compañero exclamó:

—¡Eh, señor Méchinet! Palabra que lo esperaba… Apuesto a que viene por el asesino del viejecito de los Batignolles.
—Exacto. ¿Hay alguna novedad?
—No.
—Sin embargo, debe de haber venido el juez de instrucción.
—Acaba de irse.
—¿Y bien?…
—No se ha quedado ni tres minutos con el acusado, y al dejarlo parecía muy satisfecho. Al pie de la escalera se ha encontrado con el señor director, y le ha dicho: «El asunto está en el bote; el asesino ni siquiera ha intentado negar»…

El señor Méchinet dio un salto de tres pies, pero el guardia no lo observó, porque continuaba:

—Además, eso no me ha sorprendido… Nada más ver al individuo que me han traído, he dicho: «Aquí hay uno que no sabrá aguantar».
—¿Y qué hace ahora?
—Gime… Me han encomendado vigilarlo por miedo a que se suicide, y como es lógico, lo vigilo, pero es inútil… Es uno de esos hombretones que tienen más aprecio a su pellejo que al de los otros…
—Vamos a verlo —lo interrumpió el señor Méchinet—, y sobre todo, nada de ruido…

Acto seguido, los tres avanzamos de puntillas hasta una puerta de roble macizo, con un ventanillo enrejado a la altura de un hombre.

Por aquel ventanillo se veía todo lo que pasaba en la celda, iluminada por un miserable quemador de gas.

El guardia echó primero una ojeada, luego miró el señor Méchinet, luego me tocó a mí…

En una estrecha litera de hierro recubierta por una colcha de lana gris de rayas amarillas vi a un hombre acostado boca abajo, con la cabeza oculta entre sus brazos encogidos a medias.

Lloraba; el ruido sordo de sus sollozos llegaba hasta mí, y por momentos un estremecimiento convulso lo sacudía de la cabeza a los pies.

—Ábranos ahora —ordenó el señor Méchinet al guardia.

Él obedeció y entramos.

Al chirrido de la llave, el prisionero se había incorporado sentándose en su camastro, y, con las piernas y los brazos colgantes, la cabeza inclinada sobre el pecho, nos miraba con aire alelado.

Era un hombre de treinta y cinco a treinta y ocho años, de una estatura algo por encima de la media, pero robusto, con un cuello apoplético hundido entre anchas espaldas. Era feo; la viruela lo había desfigurado, y su larga nariz recta y su frente deprimida le daban un poco de la fisonomía estúpida del cordero. Sin embargo, sus ojos azules eran bellísimos y tenía unos dientes de notable blancura…

—Bueno, señor Monistrol —empezó el señor Méchinet—, ¡estamos afligidos!

Como el infortunado no respondía, prosiguió:

—Admito que la situación no es divertida… Sin embargo, si yo estuviera en su lugar, querría probar que soy un hombre. Sería razonable y trataría de demostrar mi inocencia.
—No soy inocente.

Esta vez no había equívoco posible ni sospecha sobre la inteligencia de un agente, recogíamos la terrible confesión de la boca misma del detenido.

—¡Cómo! —exclamó el señor Méchinet—, ha sido usted el que…

El hombre se había incorporada sobre unas piernas titubeantes, los ojos inyectados de sangre, la boca llena de espuma, presa de un verdadero ataque de rabia.

—Sí, he sido yo —interrumpió—, solo yo. ¿Cuántas veces tendré que repetirlo?… Hace un momento ha venido un juez, he confesado todo y firmado mi confesión… ¿Qué más quiere? Váyase, ya sé lo que me espera y no tengo miedo… ¡He matado, debo morir!… Córtenme el cuello, cuanto antes será lo mejor…

Algo aturdido al principio, el señor Méchinet se había recuperado enseguida.

—Un momento, ¡qué diablos! —dijo—; no se corta el cuello a la gente así como así… En primer lugar, es preciso que se demuestre que son culpables… Luego la justicia comprende ciertos desvaríos, ciertas fatalidades, si usted quiere, y precisamente por eso ha inventado las circunstancias atenuantes.

Un gemido inarticulado fue la única respuesta de Monistrol, y el señor Méchinet continuó:

—¿Odiaba usted de una forma terrible a su tío?
—¡Oh, no!
—Entonces, ¿por qué?…
—Para heredar. Mis negocios estaban mal, puede informarse… Necesitaba dinero, y mi tío, que era muy rico, me lo negaba.
—Comprendo, y esperaba escapar a la justicia…
—Lo esperaba.

Hasta entonces, me había sorprendido la forma en que el señor Méchinet dirigía aquel rápido interrogatorio, pero ahora me lo explicaba… Adivinaba lo que iba a ocurrir, veía la trampa que iba a tender al detenido.

—Otra cosa —continuó de forma brusca—: ¿dónde compró el revólver que le ha servido para cometer el crimen?

En el rostro de Monistrol no apareció la menor sorpresa.

—Lo tenía en mi posesión hacía mucho —respondió.
—¿Qué hizo con él después del crimen?
—Lo tiré en el bulevar exterior.
—Está bien —dijo en tono grave el señor Méchinet—, se buscará y seguro que lo encontraremos.

Y tras un momento de silencio, añadió:

—Lo que no me explico es que se haya hecho seguir usted por su perro…
—¡Cómo!, mi perro…
—Sí, Plutón… La portera lo ha reconocido…

Los puños de Monistrol se crisparon, abrió la boca para responder, pero una reflexión repentina cruzó por su mente y volvió a dejarse caer en la cama diciendo con un acento de inquebrantable resolución:

—Basta de torturarme, no me arrancará ni una palabra más…

Era evidente que no merecía la pena insistir.

Así pues, nos retiramos, y una vez fuera, en el muelle, cogiendo el brazo del señor Méchinet, le dije:

—¿Lo ha oído? Ese desgraciado ni siquiera sabe de qué forma ha muerto su tío… ¿Es posible seguir dudando de su inocencia?…

Pero aquel viejo policía era un terrible escéptico.

—¡Quién sabe! —respondió—, he visto a tantos comediantes en mi vida… Pero basta por hoy… Esta noche lo llevo a cenar conmigo… Mañana será otro día, y veremos….

.

VII

No eran todavía las diez cuando el señor Méchinet, a quien yo seguía escoltando, llamó a la puerta de su piso.

—Nunca llevo llave —me dijo—. En nuestro maldito oficio nunca se sabe lo que puede pasar… Hay muchos miserables que me odian, y si no siempre soy prudente por mí, debo serlo por mi mujer.

La explicación de mi digno vecino era superflua: yo lo había comprendido. Había observado incluso que llamaba de una forma particular que debía de ser una señal convenida entre su mujer y él.

Fue la gentil señora Méchinet la que vino a abrirnos.

Con un movimiento rápido y gracioso como el de una gata, saltó al cuello de su marido exclamando:

—¡Ya estás aquí!… No sé por qué, pero casi estaba inquieta…

Y de pronto se detuvo: acababa de verme. Su alegre fisonomía se ensombreció y retrocedió; y dirigiéndose tanto a mí como a su marido:

—¡Cómo! —continuó—, ¡vienen del café a esta hora! ¡Eso no es de sentido común!

El señor Méchinet tenía en los labios la indulgente sonrisa del hombre seguro de ser amado, que sabe que puede apaciguar con una sola palabra la pelea que le buscan.

—No nos riña, Caroline —respondió, asociándome a su causa con ese plural—, no venimos del café y no hemos perdido el tiempo… Han venido a buscarnos por un caso, un asesinato cometido en los Batignolles.

Con una mirada suspicaz, la joven nos examinó alternativamente, a su marido y a mí, y cuando se convenció de que no la engañaban, se limitó a decir:

—¡Ah!

Pero se necesitaría una página para detallar todo lo que contenía aquella breve exclamación.

Se dirigía al señor Méchinet y le advertía con toda claridad:

«¡Cómo! ¡Te has confiado a este joven, le has revelado tu situación, le has iniciado en nuestros secretos!».

Así es como yo interpretaba ese «¡ah!», y mi digno vecino lo interpretó como yo, porque respondió:

—Pues sí, ¿dónde está el mal? Si bien debo temer la venganza de los miserables que he entregado a la justicia, ¿qué he de temer de la gente honrada?… ¿Imaginas acaso que me escondo, que me avergüenza mi oficio?…
—Me has comprendido mal, querido —objetó la joven.

El señor Méchinet ni siquiera la oyó.

Acababa de empezar —este detalle lo conocí más tarde— un tema favorito que siempre lo alteraba.

—¡Pardiez! —prosiguió—, ¡qué ideas tan singulares tienes, señora mía! ¡Cómo! Soy uno de los centinelas perdidos de la civilización al precio de mi reposo y con riesgo de mi vida, aseguro la seguridad de la sociedad, ¿y tendría que avergonzarme?… Sería demasiado divertido. Tú me dirás que, contra nosotros los de la Policía, existe cantidad de prejuicios ineptos legados por el pasado… ¡Qué me importa! Sí, sé que hay señores susceptibles que nos miran desde muy arriba… Pero ¡por todos los diablos, me gustaría mucho ver su jeta si mañana mis colegas y yo nos ponemos en huelga, dejando la calle libre al ejército de granujas que nos amenazan!

Acostumbrada sin duda a salidas de este tipo, la señora Méchinet no dijo nada, e hizo bien, porque, como mi buen vecino no encontrase contradicción, se calmó como por encanto.

—Bueno, ya basta —le dijo a su mujer—. Por ahora se trata de una cosa muy importante, pero distinta… No hemos cenado, nos moriremos de hambre, ¿tienes algo que darnos de cenar?

Lo que esa noche ocurrió debía de haber ocurrido con demasiada frecuencia para que la señora Méchinet se dejase pillar desprevenida.

—Dentro de cinco minutos los señores estarán servidos —respondió con su sonrisa más amable.

En efecto, poco después nos sentábamos a la mesa ante una bella pieza de buey frío, servida por la señora Méchinet, que no cesaba de llenar nuestros vasos con un excelente vinillo de Mâcon.

Y, mientras mi digno vecino trabajaba a conciencia con el tenedor, yo consideraba aquel apacible hogar que era el suyo, a aquella mujercita previsora como era la suya, y me preguntaba si no era aquel uno de esos «feroces» agentes de Policía que han sido los héroes de tantos relatos absurdos.

El hambre no tardó en quedar aplacada, y el señor Méchinet empezó a contar a su mujer nuestra expedición.

Y no lo contaba a la ligera, descendía a los detalles más nimios. Ella se había sentado a su lado, y por la forma en que escuchaba, con expresión competente, pidiendo explicaciones cuando no había comprendido bien, se adivinaba a la Egeria burguesa acostumbrada a ser consultada y que tiene voz deliberativa. Cuando el señor Méchinet hubo acabado, ella le dijo:

—Has cometido un gran error, un error irreparable.
—¿Cuál?
—No es a la prefectura donde había que ir al dejar los Batignolles…
—Pero Monistrol…
—Sí, querías interrogarlo… ¿Qué provecho has sacado?
—Eso me ha servido, mi querida amiga…
—De nada. Es a la calle Vivienne adonde debías haber ido, a casa de la mujer… La habrías sorprendido bajo el efecto de la emoción que necesariamente ha sentido por el arresto del marido, y si ella es cómplice, como se debe suponer, con un poco de maña la habrías hecho confesar…

Ante estas palabras di un salto en mi silla.

—¡Cómo, señora! —exclamé—, ¿cree usted culpable a Monistrol?
—Sí.

Luego, con viveza:

—Estoy segura, ¿me oye?, absolutamente segura de que la idea del crimen viene de la mujer. De cada veinte crímenes cometidos por los hombres, quince han sido ideados, rumiados e inspirados por mujeres… Pregunte a Méchinet. La declaración de la portera debía de habérselo aclarado. ¿Quién es esa señora Monistrol? Una persona notablemente bella, le han dicho, coqueta, ambiciosa, roída por la codicia y que maneja al marido a su antojo. ¿Y cuál era su posición? Mezquina, estrecha, precaria. Sufría por ello, y la prueba es que pidió a su tío que le prestase cien mil francos. Él se los negó, abortando de esa forma sus esperanzas. ¿Cree que no le odió por ello mortalmente?… Vamos, ella ha debido repetirse a menudo: «¡Si ese viejo avaro muriese, mi marido y yo seríamos ricos!…». Y cuando lo ha visto con una salud de hierro y sólido como un roble, fatalmente se decía: «Vivirá cien años… cuando nos deje su herencia, ya no tendremos dientes para comerla. ¡Y quién sabe incluso si no nos entierra!». De ahí a concebir la idea de un crimen, ¿hay mucho trecho? Y una vez adoptada la decisión en su cabeza, habrá preparado a su marido con mucha antelación, lo habrá familiarizado con la idea de un asesinato, le habrá puesto, como suele decirse, el cuchillo en la mano… Y él, un día, amenazado de quiebra, enloquecido por los lamentos de su mujer, ha dado el golpe…
—Todo eso es lógico —aprobaba el señor Méchinet.

Muy lógico, sin duda, pero ¿qué pasaba con las circunstancias descubiertas por nosotros?

—Entonces, señora —dije yo—, ¿supone a Monistrol lo bastante idiota para denunciarse escribiendo su nombre…?

Ella se encogió ligeramente de hombros y respondió:

—¿Es una estupidez? Yo afirmo que no, porque ese es el argumento más fuerte de ustedes a favor de su inocencia.

El razonamiento era tan engañoso que me quedé desconcertado un momento. Luego, cuando me recobré, insistí:

—Pero se confiesa culpable.
—Excelente medio de obligar a la justicia a demostrar su inocencia.
—¡Oh!
—Usted mismo es la prueba, querido señor Godeuil.
—¡Eh!, señora, el desgraciado no sabe cómo ha sido asesinado su tío.
—Perdón, ha parecido no saberlo… que no es lo mismo.

La discusión se animaba, y habría durado mucho más tiempo todavía si el señor Méchinet no le hubiera puesto término.

—Vamos, vamos —dijo tranquilamente a su mujer—, estás demasiado novelesca esta noche…

Y, dirigiéndose a mí, prosiguió:

—En cuanto a usted, lo recogeré mañana e iremos juntos a casa de la señora Monistrol… Y, como me muero de sueño, buenas noches…

Él debió de dormir, pero yo no pegué ojo.

Una voz secreta se elevaba de lo más profundo de mí mismo gritándome que Monistrol era inocente.

Mi imaginación me representaba con una viveza dolorosa los tormentos de aquel desgraciado, solo en su celda de la cárcel…

Pero ¿por qué había confesado?

.

VIII

Lo que entonces me faltaba —después he tenido ocasión cien veces de darme cuenta— era experiencia, la práctica del oficio; era, sobre todo, la noción exacta de los medios de acción e investigación de la Policía.

Sentía vagamente que aquella investigación había estado mal dirigida, o, mejor, llevada a la ligera, pero me habría encontrado en un gran apuro para decir por qué, para decir sobre todo lo que habría habido que hacer.

No me interesaba con menos apasionamiento en Monistrol.

Me parecía incluso que su causa era la mía. Y era muy lógico: estaba en juego mi joven vanidad. ¿No había sido una observación mía la que había suscitado las primeras dudas sobre la culpabilidad del desgraciado?

«Me debo a mí mismo demostrar su inocencia», me decía.

Por desgracia, las discusiones de la velada me habían turbado tanto que ya no sabía sobre qué hecho concreto levantar mi argumentación.

Es lo que siempre ocurre cuando uno aplica demasiado tiempo la mente a la solución de un problema: mis ideas se enmarañaban como una madeja en manos de un niño. Ya no veía claro, aquello era el caos.

Hundido en mi sillón, me devanaba los sesos cuando, a las nueve de la mañana, el señor Méchinet, fiel a su promesa de la víspera, vino a recogerme.

—¡Vamos, vamos! —dijo sacudiéndome con brusquedad, porque no lo había oído entrar—; ¡en marcha!…
—Lo sigo —dije levantándome.

Bajamos deprisa, y entonces observé que mi digno vecino iba vestido con más cuidado que de costumbre.

Había conseguido darse esas apariencias bondadosas y adineradas que seducen por encima de todo al tendero parisino.

Su alegría era la del hombre seguro de sí, que marcha a una victoria segura.

Pronto estuvimos en la calle, y mientras caminábamos, me preguntó:

—Y bien, ¿qué piensa de mi mujer?… En la prefectura, yo paso por astuto, y sin embargo la consulto —Molière consultaba a su criada—, y muchas veces me ha salido bien. Tiene una debilidad: para ella no hay crímenes idiotas, y su imaginación presta a todos los malvados intrigas diabólicas… Pero como precisamente yo tengo el defecto opuesto, como soy un poco demasiado positivo, tal vez, es raro que de nuestras consultas no brote la verdad…
—¡Cómo! —exclamé—, ¿piensa que ha adivinado usted el misterio del caso Monistrol?…

Se paró en seco, sacó su tabaquera, aspiró tres o cuatro de sus pizcas imaginarias, y con un tono de vanidosa discreción respondió:

—Por lo menos tengo la manera de adivinarlo.

Mientras tanto llegábamos a lo alto de la calle Vivienne, no lejos de la tienda de Monistrol.

—¡Cuidado! —me dijo el señor Méchinet—; sígame, y, pase lo que pase, no se asombre de nada.

Hizo bien en avisarme. De no ser por eso, me habría sorprendido mucho verlo entrar bruscamente en una paragüería.

Estirado y serio como un inglés, se hizo mostrar todo lo que había en la tienda, no encontró nada de su gusto y terminó preguntando si no sería posible que le fabricasen un paraguas cuyo modelo él mismo proporcionaría.

Le respondieron que sería la cosa más sencilla del mundo, y salió anunciando que volvería al día siguiente.

Y, cierto, la media hora pasada en aquella tienda no había sido perdida.

Mientras examinaba los objetos que le ofrecían, había tenido el arte de sacar de los tenderos todo lo que sabían de los esposos Monistrol.

Arte fácil, en suma, porque el caso del «viejecillo de los Batignolles» y el arresto del bisutero habían conmocionado profundamente al barrio y eran el tema de todas las conversaciones.

—Así es como se consigue información exacta —me dijo cuando estuvimos fuera—. En cuanto la gente sabe con quién tiene que vérselas, se dan tono, hacen frases, y entonces, adiós a la verdadera verdad…

Esa comedia el señor Méchinet la repitió en siete u ocho tiendas de los alrededores.

E incluso en una de ellas, cuyos dueños eran ariscos y poco habladores, hizo una compra de veinte francos.

Pero después de dos horas de este singular ejercicio que tanto me divertía, conocíamos exactamente la opinión pública. Sabíamos con precisión lo que se pensaba del señor y de la señora Monistrol en el barrio al que habían ido a vivir después de su matrimonio, es decir, hacía cuatro años.

Sobre el marido, todas las opiniones eran unánimes.

Era, según se afirmaba, el más dulce y el mejor de los hombres, servicial, honrado, inteligente y trabajador. Si no había tenido éxito en su comercio es porque la suerte no siempre sirve a quienes más la merecen. Había cometido el error de comprar una tienda abocada a la quiebra, porque desde hacía quince años cuatro comerciantes habían fracasado allí.

Adoraba a su mujer, todo el mundo lo sabía y lo decía, pero ese gran amor no había sobrepasado los límites admitidos; no le había salpicado ningún hecho ridículo…

Nadie podía creer en su culpabilidad.

—Su arresto —decían— debe de ser un error de la Policía.

En cuanto a la señora Monistrol, las opiniones estaban divididas.

Unos la encontraban demasiado elegante para la situación de su fortuna, otros sostenían que un tocado a la moda era una de las obligaciones, de las necesidades del comercio de lujo que tenía.

En general, estaban convencidos de que quería mucho a su marido.

Porque, por ejemplo, todas las voces celebraban de forma unánime su sabiduría, sabiduría tanto más meritoria cuanto que era notablemente bella y que la asediaban muchos pretendientes. Pero nunca había dado de qué hablar, nunca la más ligera sospecha había rozado su reputación inmaculada…

Esto para mí era evidente, pero contrariaba singularmente al señor Méchinet.

—Es prodigioso —me decía—, ni un chisme, ni una maledicencia, ni una calumnia… ¡Ah!, no es eso lo que suponía Caroline… Según ella, debíamos encontrar a una de esas tenderas que están al frente del mostrador, que exhiben su belleza mucho más que sus mercancías, y que relegan a la trastienda al marido, un ciego imbécil o un sucio complaciente… ¡Y nada de eso!

No respondí, porque no me hallaba menos desconcertado que mi vecino.

Ahora estábamos lejos de la declaración de la portera de la calle Lécluse, tan cierto es que el punto de vista varía según el barrio. Lo que pasa en los Batignolles por una condenable coquetería, en la calle Vivienne no es más que una exigencia de situación.

Pero ya habíamos empleado demasiado tiempo en nuestra investigación para detenernos a cambiar nuestras impresiones y a discutir nuestras conjeturas.

—Ahora —dijo el señor Méchinet—, antes de introducirnos en la plaza, estudiemos las inmediaciones.

Y avezado en la práctica de esas investigaciones discretas, en medio del ajetreo de París, me hizo seña de que lo siguiese bajo una puerta cochera, precisamente enfrente de la tienda de Monistrol.

Era una tienda modesta, casi pobre, en comparación con las que la rodeaban. El escaparate pedía a gritos una buena mano de pintura. Encima, en letras antaño doradas, ahora llenas de humo y ennegrecidas, campeaba el nombre de MONISTROL. En los cristales, se leía: «ORO E IMITACIÓN».

¡Ah!, era imitación, sobre todo, lo que brillaba en el escaparate. A lo largo de las varillas colgaban muchas cadenas chapadas de oro, adornos de jade, diademas consteladas de piedras del Rin, además de collares imitando el coral, y broches, y anillos, y botones de puños de camisa con incrustaciones de piedras falsas de todos los colores…

Un escaparate pobre, en suma, lo reconocí a la primera ojeada, sus varillas no debían tentar a los ladrones.

—Entremos —le dije al señor Méchinet.

Estaba menos impaciente que yo, o sabía contener mejor su impaciencia, porque me detuvo por el brazo diciendo:

—Un instante… Querría por lo menos entrever a la señora Monistrol.

Pero fue inútil que, durante más de veinte minutos todavía, permaneciésemos plantados en nuestro puesto de observación; la tienda estaba vacía, la señora Monistrol no aparecía…

—Decididamente, ya hemos pasado demasiado tiempo de plantón —exclamó por fin mi digno vecino—: vamos, señor Godeuil, corramos el riesgo…

(Continuará…)

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