El viejecito de los Batignolles (Final)

Émile Gaboriau

 

 

 

IX

Para llegar a la tienda de Monistrol nos bastaba cruzar la calle.

Lo hicimos de cuatro zancadas.

Al ruido de la puerta que se abría, una pequeña criada de quince a dieciséis años, sucia y mal peinada, salió de la trastienda.

—¿Qué puedo hacer por los señores? —preguntó.
—¿La señora Monistrol?
—Está ahí, señores, y voy a avisarla, porque, verán…

El señor Méchinet no le dejó tiempo de acabar.

Con un gesto bastante brutal, lo confieso, la apartó a un lado y penetró en la trastienda diciendo:

—Está bien, si está ahí, voy a hablar con ella.

Yo caminaba tras los talones de mi digno vecino, convencido de que saldríamos sin conocer la clave del enigma.

Aquella trastienda era una triste sala que servía de salón, de comedor y de dormitorio al mismo tiempo.

Reinaba en ella el desorden, y todavía más esa incoherencia que se observa en las casas de los pobres que se esfuerzan por parecer ricos.

Al fondo había una cama con cortinas de damasco azul, cuyos almohadones estaban cubiertos de encaje, y ante la chimenea una mesa llena de los restos de un almuerzo más que modesto.

En un gran sillón estaba sentada una joven mujer rubia, o, mejor, yacía una joven mujer muy rubia, que sostenía en la mano una hoja de papel timbrado…

Era la señora Monistrol…

Y, desde luego, cuando nos hablaban de su belleza, todos los vecinos se habían quedado muy por debajo de la realidad… Quedé deslumbrado.

Solo me desagradó una circunstancia: estaba de luto, con un vestido de crespón ligeramente descotado que le sentaba maravillosamente…

Era demasiada presencia de ánimo para un dolor tan grande. Me pareció ver allí el artificio de una comediante que se pone de antemano el vestido del papel que debe representar.

Cuando entramos, se levantó con un movimiento de corza asustada, y con una voz que parecía quebrada por las lágrimas, preguntó:

—¿Qué desean, señores?

Todo lo que yo había observado, el señor Méchinet lo había advertido como yo.

—Señora —respondió en tono duro—, me envía la justicia, soy un agente del servicio de la Policía.

Ante esta declaración, al principio ella se dejó caer de nuevo en su sillón con un gemido que hubiera enternecido a un tigre.

Luego, de repente, presa de una especie de entusiasmo, con los ojos brillantes y los labios trémulos, exclamó:

—¿Viene a detenerme? Entonces, bendito sea. Mire, estoy dispuesta, lléveme. Así iré a reunirme con ese hombre honrado al que detuvieron anoche. Sea cual fuere su destino, quiero compartirlo… Es inocente, como lo soy yo misma. ¡No importa! Si él ha de ser un error de la justicia humana, ¡para mí será una última alegría morir con él!

Fue interrumpida por un gruñido sordo, que salía de uno de los rincones de la trastienda.

Miré y vi un perro negro, con el pelo erizado y los ojos inyectados de sangre, que nos enseñaba los dientes dispuesto a saltar sobre nosotros…

—¡Calla, Plutón! —dijo la señora Monistrol—; venga, vete a dormir, estos señores no quieren hacerme ningún daño.

Lentamente, y sin cesar de clavarnos una mirada furiosa, el perro se refugió bajo la cama.

—Tiene razón al decir que no le haremos ningún daño, señora —continuó el señor Méchinet—; no hemos venido para detenerla…

Si ella oyó, no lo pareció.

—Esta mañana —continuó— he recibido este papel que me ordena dirigirme a las tres al Palacio de Justicia, al despacho del juez de instrucción… ¿Qué quieren de mí, Dios mío? ¿Qué quieren de mí?…
—Conseguir aclaraciones que demostrarán, eso espero, la inocencia de su marido… Por eso, señora, no me considere como un enemigo… Lo que quiero es hacer que resplandezca la verdad…

Enarboló su tabaquera, metió en ella de forma precipitada los dedos, y, con un tono solemne que yo no le conocía, continuó:

—Debo decirle, señora, la gran importancia de sus respuestas a las preguntas que tengo el honor de hacerle… ¿Acepta responderme con sinceridad?

Ella detuvo sus grandes ojos azules bañados en lágrimas sobre mi digno vecino, y en un tono de dolorosa resignación, dijo:

—Pregúnteme, señor.

Repito por tercera vez que mi experiencia era absolutamente ninguna. Y sin embargo, sufría por la forma en que el señor Méchinet había iniciado aquel interrogatorio.

En mi opinión, ponía de manifiesto sus perplejidades, y en lugar de perseguir un objetivo decidido de antemano, daba palos de ciego.

¡Ah, si él me hubiera dejado hacer! ¡Ah, si yo me hubiera atrevido!

Él, impenetrable, se había sentado frente a la señora Monistrol.

—Debe saber, señora —empezó—, que anteayer, sobre las once, fue asesinado el señor Pigoreau, llamado Anténor, el tío de su marido…
—¡Ay!
—¿Dónde estaba a esa hora el señor Monistrol?
—¡Dios mío!, es una fatalidad.

El señor Méchinet no pestañeó.

—Le pregunto, señora —insistió—, dónde pasó su marido la velada anteayer.

La joven mujer necesitó tiempo para responder porque los sollozos parecían ahogarla. Por fin, dominándose, gimió:

—Anteayer, mi marido pasó la velada fuera de casa.
—¿Sabe usted dónde estaba?
—¡Oh!, sobre eso… Uno de nuestros obreros, que vive en Montrouge, tenía que entregarnos un adorno de perlas falsas y no lo entregaba… Nos arriesgábamos a quedarnos con el encargo, lo cual hubiera sido un desastre, porque no somos ricos… Por eso, durante la cena, mi marido me dijo: «¡Voy a ir a ver a ese muchacho!»… Y, en efecto, hacia las nueve salió, e incluso salí yo para acompañarlo al ómnibus, donde montó delante de mí, en la calle Richelieu…

Yo respiraba más libremente… Después de todo, aquello podía ser una coartada.

El señor Méchinet tuvo la misma idea y continuó en tono más suave:

—Si es así, su obrero podrá afirmar que vio al señor Monistrol en su casa a las once…
—¡Ay!, no…
—¿Cómo?… ¿Por qué?…
—Porque había salido… Mi marido no lo vio.
—Es una fatalidad, en efecto… Pero puede ser que la portera se haya fijado en el señor Monistrol…
—Nuestro obrero vive en una casa donde no hay portera.

Podía ser cierto… Era de todos modos un cargo terrible contra el desgraciado detenido.

—¿Y a qué hora volvió su marido? —continuó el señor Méchinet.
—Poco después de medianoche.
—¿No le pareció que había estado fuera mucho tiempo?
—¡Oh!, sí…, y hasta le hice algunos reproches por ello… Para excusarse me dijo que había ido por el camino más largo, que había callejeado y que se había parado en un café para beber un vaso de cerveza…
—¿Qué aspecto tenía al volver?
—Me pareció contrariado, pero era muy natural…
—¿Qué ropas tenía?
—Las que llevaba cuando lo han detenido.
—¿No observó usted en él nada extraordinario?
—Nada.

.

X

De pie, un poco detrás del señor Méchinet, yo podía observar a placer la cara de la señora Monistrol y sorprender en ella las manifestaciones más fugaces de sus impresiones.

Parecía abrumada por un dolor inmenso, gruesas lágrimas rodaban por sus mejillas pálidas, y, sin embargo, a veces creía descubrir en el fondo de sus grandes ojos azules una especie de brillo de alegría.

«¿Será culpable?» —pensaba yo.

Y esa idea que ya me había venido, al presentarse de forma más obstinada en mi mente, me hizo avanzar de prisa y preguntar en tono brusco:

—Pero, señora, ¿dónde estaba usted, durante esa noche fatal, a la hora en que su marido corría inútilmente a Montrouge en busca de su obrero?…

Me clavó una larga mirada llena de estupor y en tono dulce respondió:

—Estaba aquí, señor, los testigos se lo confirmarán.
—¿Testigos?
—Sí, señor… Esa noche hacía tanto calor que tuve ganas de tomar un helado, pero tomarlo sola me aburría. Por eso mandé a mi criada a invitar a dos vecinas, la señora Dorstrich, la mujer del zapatero cuya tienda linda con la nuestra, y la señora Rivaille, la guantera de enfrente… Estas dos damas aceptaron mi invitación, y se quedaron aquí hasta las once y media… Pregúnteles, ellas se lo dirán… En medio de las crueles pruebas que sufro, esa circunstancia fortuita es un regalo de Dios.

¿Era una circunstancia fortuita?

Eso fue lo que, con una mirada más rápida que el relámpago, nos preguntamos el señor Méchinet y yo.

Cuando el azar es tan inteligente como eso, cuando sirve a una causa de forma tan oportuna, es muy difícil no sospechar que haya sido algo preparado y provocado.

Pero el momento estaba mal escogido para descubrir el fondo de nuestro pensamiento.

—Usted nunca ha sido sospechosa, señora —declaró con descaro el señor Méchinet—. Lo peor que se puede suponer es que su marido le haya dicho algo del crimen antes de cometerlo…
—Señor…, si usted me conociese…
—Espere… Nos han dicho que su comercio no va muy bien, que pasaban apuros…
—Por el momento, sí…
—Su marido debía sentirse desgraciado e inquieto por esa situación precaria… Debía sufrir sobre todo por usted, a la que adora, por usted, que es joven y bella… Por usted, más que por él, debía desear ardientemente los goces del lujo y las satisfacciones de amor propio que procura la fortuna…
—Señor, se lo repito, mi marido es inocente…

Con aire pensativo, el señor Méchinet pareció llenarse la nariz de tabaco; luego, de repente:

—Entonces, diablo, ¿cómo explica usted sus confesiones?… Un inocente que se declara culpable nada más mentar el crimen del que es sospechoso es raro, señora, es algo prodigioso.

Un fugaz rubor subió a las mejillas de la mujer.

Por primera vez, su mirada, hasta entonces recta y clara, se turbó y vaciló.

—Supongo —respondió con voz poco nítida, y con lágrimas redobladas —, creo que mi marido, presa de espanto y de estupor, al verse acusado de un crimen tan grande, ha perdido el sentido.

El señor Méchinet movió la cabeza.

—En última instancia —dijo—, podría admitirse un delirio pasajero, pero esta mañana, después de toda una larga noche de reflexiones, el señor Monistrol insiste en sus primeras confesiones.

¿Era cierto? ¿Asumía aquello bajo su responsabilidad mi digno vecino, o bien, antes de venir a buscarme, había hablado con la cárcel?

Sea como fuere, la mujer pareció estar a punto de desmayarse y, ocultando la cabeza entre las manos, murmuró:

—¡Dios mío! Mi pobre marido se ha vuelto loco.

No era esa, ni mucho menos, mi opinión.

Convencido ahora de que asistía a una comedia y de que la gran desesperación de aquella mujer no era más que mentira, me preguntaba si, por ciertas razones que se me escapaban, no había impulsado la terrible resolución tomada por su marido, y si, inocente él, no conocía ella al verdadero culpable.

Pero el señor Méchinet no parecía hombre que buscara mucho tiempo.

Después de haber dirigido a la mujer algunos consuelos demasiado vulgares para inducirla a cualquier cosa, había llegado a darle a entender que disiparía muchas prevenciones prestándose de buena voluntad a un minucioso registro de su domicilio.

Ella se lanzó sobre el ofrecimiento con una vehemencia nada fingida.

—Busquen, señores —nos dijo—, examinen, registren por todas partes… Me harán un favor… Y no será largo… No tenemos más que la tienda, la trastienda donde estamos, el cuarto de nuestra criada en el sexto y una pequeña bodega… Aquí están todas las llaves.

Para mi vivo asombro, el señor Méchinet aceptó, y pareció entregarse tanto a las pesquisas más exactas como a las más pacientes.

¿Adónde quería ir a parar?… No podía dejar de tener algún objetivo secreto, porque evidentemente aquellas pesquisas no podían llevar a nada.

En cuanto aparentemente hubo terminado, dijo:

—Queda la bodega por explorar.
—Yo lo guío, señor —dijo la señora Monistrol.

Y acto seguido, armándose de una vela encendida, nos hizo cruzar un patio al que la trastienda tenía una segunda salida, y nos guio a través de una escalera muy resbaladiza hasta una puerta que nos abrió diciendo:

—Aquí es… Entren, señores.

Yo empezaba a comprender.

Con una mirada rápida y experta, mi digno vecino examinó la bodega. Estaba miserablemente ordenada y más miserablemente montada. En un rincón había de pie un barrilito de cerveza, y justo enfrente, sujeta sobre unos leños, se encontraba una barrica de vino, provista de una espita de madera para sacar el líquido. A la derecha había, sobre unas varillas de hierro, medio centenar de botellas llenas.

El señor Méchinet no perdía de vista aquellas botellas, y encontró la ocasión para moverlas una a una.

Y lo que yo vi, él lo observó: ninguna estaba sellada con cera verde.

Por lo tanto, el corcho que yo había recogido y que había servido para proteger el arma del asesino no había salido de la bodega de los Monistrol.

—En resumen —dijo el señor Méchinet fingiendo cierto desengaño—, no encuentro nada. Podemos subir.

Fue lo que hicimos, pero no en el mismo orden que al bajar, porque a la vuelta yo iba el primero…

Yo fui, por lo tanto, el que abrió la puerta de la trastienda, y al punto el perro de los esposos Monistrol se abalanzó sobre mí ladrando con tanta furia que tuve que echarme hacia atrás.

—¡Diablo!, qué perro tan malo —dijo el señor Méchinet a la mujer.

Con un gesto de la mano, ella ya lo había apartado.

—No, seguro, no es malo —replicó—, solo es un buen guardián… Somos joyeros, más expuestos a los ladrones que otros; lo hemos enseñado…

De forma maquinal, como siempre se hace cuando a uno lo amenaza un perro, lo llamé por su nombre, que sabía:

—¡Plutón! ¡Plutón!

Pero él, en lugar de acercarse, retrocedía gruñendo, enseñándome sus dientes agudos.

—¡Oh!, es inútil que lo llame —dijo la señora Monistrol—; no le obedecerá.
—¡Vaya! Y eso ¿por qué?
—¡Ah!, porque es fiel, como todos los de su raza, solo reconoce a su amo y a mí…

Aquella frase no era nada en apariencia.

Para mí fue como un rayo de luz… Y sin pensar, más rápido de lo que hoy lo haría, pregunté:

—¿Dónde estaba, señora, este perro tan fiel la noche del crimen?

El efecto que le produjo esta pregunta a quemarropa fue tal que estuvo a punto de soltar la palmatoria, que seguía sosteniendo.

—No lo sé —balbució—, no me acuerdo.
—Quizá había seguido a su marido.
—Sí, ahora creo que lo recuerdo.
—Por lo tanto, está enseñado a seguir a los coches, pues nos ha dicho que acompañó a su marido hasta el ómnibus.

Ella callaba, y yo iba a continuar cuando el señor Méchinet me interrumpió. Lejos de aprovechar la turbación de la mujer, pareció dedicarse a tranquilizarla, y después de haberle recomendado obedecer a la citación del juez de instrucción, me arrastró a la calle.

Luego, cuando estuvimos fuera, me dijo:

—¿Ha perdido usted la cabeza?

El reproche me ofendió.

—¿Es acaso perder la cabeza —le pregunté— encontrar la solución del problema?… Sí, tengo la solución… El perro de Monistrol nos guiará hasta la verdad.

Mi vivacidad hizo sonreír a mi digno vecino, que me dijo en tono paternal:

—Tiene usted razón y lo he comprendido bien… Pero si la señora Monistrol ha adivinado sus sospechas, antes de esta noche el perro estará muerto o habrá desaparecido.

.

XI

Es cierto, yo había cometido una imprudencia enorme…

No por eso había dejado de encontrar el defecto de la coraza, esa juntura por donde se desarticula el más sólido sistema de defensa.

Yo, novato voluntario, había visto claro donde el perro viejo de la Policía se extraviaba a tientas.

Otro quizá hubiera sentido celos y me hubiese odiado. Él, no.

Solo pensaba en sacar partido de mi afortunado descubrimiento y, como decía, no debía de ser una empresa muy ardua, ahora que la prevención se apoyaba en un punto de partida positivo.

Entramos, pues, en un restaurante vecino para discutirlo mientras almorzábamos.

Y he aquí donde radicaba el problema que, una hora antes, parecía insoluble.

Teníamos claro hasta la evidencia que Monistrol era inocente. ¿Por qué se había confesado culpable? Pensábamos en adivinarlo, pero la cuestión no era esa por el momento.

También estábamos seguros de que la señora Monistrol no se había movido de su casa la noche del crimen… Pero todo demostraba que era moralmente cómplice del crimen, que había tenido conocimiento de él (si es que no lo había aconsejado y preparado), y que, por contra, conocía muy bien al asesino…

¿Quién era, pues, aquel asesino?

Un hombre a quien el perro de Monistrol obedecía como a sus amos, puesto que se había hecho seguir al ir a los Batignolles…

Por lo tanto, era un habitual de la casa Monistrol.

Debía odiar, sin embargo, al marido, dado que lo había preparado con una infernal astucia para que la sospecha del crimen recayese sobre aquel infortunado.

Por otro lado, tenía que ser muy estimado por la mujer, puesto que, conociéndolo, ella no lo entregaba, inmolando sin vacilar a su marido…

Por lo tanto…

¡Dios mío!, la conclusión estaba totalmente formulada. El asesino no podía ser más que un miserable hipócrita que había abusado del afecto y la confianza del marido para apoderarse de la mujer.

En resumen, a pesar de su reputación, la señora Monistrol tenía desde luego un amante, y ese amante era necesariamente el culpable…

Totalmente convencido de esa certeza, torturaba mi mente para imaginar alguna artimaña infalible que nos llevase hasta aquel miserable.

—Y es así como debemos, creo yo, actuar —le dije al señor Méchinet—… La señora Monistrol y el asesino han debido de decidir que, después del crimen, estarían cierto tiempo sin verse; es de la prudencia más elemental… Pero crea que la impaciencia no tardará en ganar a la mujer, y que querrá ver de nuevo a su cómplice… Colóquele pues un observador que la siga a todas partes, y antes de dos veces cuarenta y ocho horas el caso está en el bote…

Encarnizado junto a su tabaquera vacía, el señor Méchinet permaneció un instante sin responder, mascullando entre dientes no sé qué palabras ininteligibles.

Luego, de repente, inclinándose hacia mí, me dijo:

—No acierta usted. Tiene el genio de la profesión, seguro, no se lo niego, pero le falta la práctica… Por suerte, en eso estoy yo… ¡Cómo!, ¿una frase sobre el crimen le pone sobre la pista y usted no continúa?…
—¿Cómo hacer?
—Hay que utilizar a ese perro fiel.
—No sé muy bien…
—Entonces sepa aguardar… La señora Monistrol saldrá hacia las dos, quizá a las tres, al Palacio de Justicia. La criadita estará sola en la tienda…; entonces verá, solo le digo eso.

Y en efecto, por más que insistí, no quiso decir nada más, vengándose de su derrota con esa malicia tan inocente. Quieras que no, tuve que seguirlo al café más cercano, donde me obligó a jugar al dominó.

Preocupado como estaba, yo jugaba mal, y él abusaba sin vergüenza para derrotarme cuando el reloj de péndulo dio las dos.

—¡En pie, hombres de guardia! —me dijo abandonando sus piezas.

Pagó, salimos, y un momento después estábamos de nuevo vigilando bajo la puerta cochera, desde donde habíamos estudiado las inmediaciones de la tienda de Monistrol.

Hacía diez minutos que estábamos allí cuando la señora Monistrol apareció en el umbral de su tienda, vestida de negro, con un gran velo de crespón, como una viuda.

—¡Bonito vestido para ver a un juez! —masculló el señor Méchinet.

Ella hizo algunas recomendaciones a su criada y no tardó en alejarse.

Mi compañero esperó con paciencia cinco largos minutos, y cuando supuso que la mujer ya estaba lejos, me dijo:

—Ahora es el momento.

Y por segunda vez penetramos en la tienda de joyería.

La criada estaba sola, sentada en el mostrador, royendo para distraerse algún azucarillo robado a su patrona.

En cuanto aparecimos, nos reconoció, y muy roja y algo asustada, se puso de pie.

Pero sin darle tiempo a abrir la boca, el señor Méchinet preguntó:

—¿Dónde está la señora Monistrol?
—Ha salido, señor.
—Me engaña usted… Está ahí, en la trastienda.
—Les juro que no, señores… Miren, si quieren.

Con la expresión más contrariada, el señor Méchinet se golpeaba la frente repitiendo:

—¡Qué desagradable, Dios mío!… ¡Qué afligida va a estar esa pobre señora Monistrol…!

Y la criada lo miraba con la boca abierta y los ojos en blanco de asombro.

—Pero quizá usted, preciosa joven —continuó—, pueda sustituir a su patrona… Si vuelvo es porque he perdido la dirección del señor que ella me había rogado que visitase…
—¿Qué, señor…?
—Ya sabe usted, el señor… Vamos, resulta que ahora he olvidado su nombre… El señor… ¡Pardiez! Usted ya lo conoce…, ese señor al que su maldito perro obedece tan bien…
—¡Ah!, el señor Victor.
—Ese precisamente. ¿Qué hace ese señor?
—Es ayudante de joyero… Es gran amigo del señor…, trabajaban juntos cuando el señor era ayudante de joyero antes de ser patrón, y por eso hace todo lo que quiere de Plutón…
—Entonces, podrá decirme dónde vive el señor Victor…
—Claro. Vive en el número 23 de la calle Roi-Doré.

La pobre muchacha parecía muy contenta de estar tan bien informada, y yo sufría oyéndola denunciar así, sin la menor vacilación, a su patrona…

Más insensible, el señor Méchinet no tenía esas delicadezas.

E incluso, una vez conseguida la información, remató la escena con una triste burla… En el momento en que yo abría la puerta para irnos, dijo a la muchacha:

—Gracias. Acaba usted de hacer un gran favor a la señora Monistrol, que se alegrará mucho…

.

XII

En cuanto estuvimos en la acera, solo tuve una idea: preparar las piernas y echar a correr a la calle Roi-Doré, detener a aquel Victor, el verdadero culpable, evidentemente.

Una frase del señor Méchinet cayó como una ducha sobre mi entusiasmo.

—¡Y la justicia! —me dijo—. Sin una orden del juez de instrucción, no puedo hacer nada… Hay que correr al Palacio de Justicia…
—Pero si allí nos encontramos con la señora Monistrol; si nos ve, hará que avisen a su cómplice…
—¡De acuerdo! —respondió el señor Méchinet con una amargura mal disimulada—, de acuerdo… el culpable escapará y se salvarán las formas… Sin embargo, podré evitar ese peligro. Vamos, más deprisa.

Y de hecho, la esperanza del éxito daba a sus piernas una velocidad de ciervo. Llegado al Palacio, subió de cuatro en cuatro la empinada escalera que lleva a la galería de los jueces de instrucción y, dirigiéndose al jefe de los ujieres, le preguntó si el magistrado encargado del caso del viejecito de los Batignolles estaba en su despacho.

—Está —respondió el ujier— con un testigo, una dama joven de negro.
—¡Es ella! —me dijo mi compañero.

Luego prosiguió dirigiéndose al ujier:

—Usted me conoce… Deprisa, deme algo para escribir una nota que usted mismo llevará al juez.

El ujier partió con la nota, arrastrando sus calzas por el suelo polvoriento, y no tardó en volver para anunciarnos que el juez nos esperaba en el número 9.

Para recibir al señor Méchinet, el magistrado había dejado a la señora Monistrol en su despacho, bajo la guarda de su escribano, y había utilizado el despacho de uno de sus colegas.

—¿Qué ocurre? —preguntó en un tono que me permitió medir el abismo que separa a un juez de un pobre agente de Policía.

Resumiendo y con toda claridad, el señor Méchinet expuso nuestras gestiones, sus resultados y nuestras esperanzas.

Hay que decirlo, el magistrado apenas pareció compartir nuestras convicciones.

—¡Pero si Monistrol confiesa!… —repetía con una obstinación que me desesperaba.

Sin embargo, tras muchas explicaciones dijo:

—Le firmaré la orden.

Dueño de aquella pieza indispensable, el señor Méchinet voló tan deprisa que estuve a punto de caer al precipitarme tras él por las escaleras… Un caballo de coche de alquiler no nos hubiera alcanzado… No sé si tardamos un cuarto de hora en llegar a la calle Roi-Doré.

Pero una vez allí, el señor Méchinet me dijo:

—¡Cuidado!

Y con la expresión más tranquila se adentró por la estrecha alameda de la casa que lleva el número 23.

—¿El señor Victor? —preguntó al portero.
—En el cuarto, la puerta de la derecha, en el pasillo.
—¿Está en casa?
—Sí.

El señor Méchinet dio un paso hacia la escalera, luego pareció cambiar de idea:

—Tengo que regalar una buena botella a ese excelente Victor —dijo al portero—… ¿A qué tienda de vinos de por aquí va él?
—A la de enfrente.

Nos plantamos en ella de un salto, y en tono de cliente el señor Méchinet pidió: —Por favor, una botella, y del bueno…, de sello verde.

¡Ah, palabra!, en aquella época no se me habría ocurrido esa idea. Y sin embargo, es muy sencilla.

Cuando nos trajeron la botella, mi compañero exhibió el corcho encontrado en casa del señor Pigoreau, llamado Anténor, y nos fue fácil constatar la identidad de la cera.

A nuestra certeza moral se unía ahora una certeza material, y el señor Méchinet llamó a la puerta de Victor con dedo seguro.

—¡Pase! —nos gritó una voz bien timbrada.

La llave estaba en la puerta, entramos, y en un cuarto muy limpio vi a un hombre de unos treinta años, delgado, pálido y rubio, que trabajaba ante un banco de carpintero.

Nuestra presencia no pareció turbarlo.

—¿Qué desean? —preguntó en tono educado.

El señor Méchinet avanzó hasta él y, cogiéndolo por el brazo, dijo:

—¡En nombre de la ley, quedas detenido!

El hombre se puso lívido, pero no bajó los ojos.

—¿Se burla de mí?… —dijo con aire insolente—. ¿Qué es lo que he hecho?

El señor Méchinet se encogió de hombros.

—No te hagas el tonto —respondió—, se te ha caído el pelo… Te vieron salir de la casa del tío Anténor, y en el bolsillo tengo el corcho que utilizaste para evitar que a tu puñal se le rompiese la punta.

Fue como un puñetazo en la nuca del miserable… Se derrumbó en la silla balbuciendo:

—Soy inocente…
—Eso ya se lo dirás al juez —dijo tranquilamente el señor Méchinet—, pero mucho me temo que no va a crearte… Tu cómplice, la mujer de Monistrol, lo ha confesado todo…

Como movido por un resorte, Victor se puso de pie.

—¡Eso es imposible!… —exclamó—. Ella no sabía nada…
—¿Entonces has dado el golpe tú solo? Muy bien. Ya has confesado.

Luego, dirigiéndose a mí, como hombre seguro de lo que hace:

—Busque en los cajones, querido señor Godeuil —prosiguió el señor Méchinet—, probablemente encuentre el puñal de este lindo muchacho, y con toda seguridad las cartas de amor y el retrato de su Dulcinea.

Un rayo de furia brilló en el ojo del asesino y sus dientes rechinaron, pero la fuerte complexión y el puño de hierro del señor Méchinet apagaron en él toda veleidad de resistencia.

En un cajón de la cómoda encontré todo lo que mi compañero me había anunciado.

Y veinte minutos más tarde, Victor, «limpiamente empaquetado» —esa es la expresión— en un coche de alquiler entre el señor Méchinet y yo, rodaba hacia la Prefectura de Policía.

«¿Cómo? —me dije estupefacto por la sencillez de la escena—, la detención de un asesino, de un hombre prometido al cadalso, ¿no es más que esto?».

Más tarde debía aprender a mi costa que hay criminales más terribles.

Aquel, en cuanto se vio en la celda de la cárcel, sintiéndose perdido, se entregó y nos contó su crimen con todo detalle.

Declaró que conocía al tío Pigoreau desde hacía mucho tiempo. Su objetivo, al asesinarlo, era sobre todo hacer recaer sobre Monistrol el castigo del crimen. Por eso se había vestido como Monistrol y se había hecho seguir por Plutón. Y una vez asesinado el viejo, había tenido el horrible valor de mojar en la sangre el dedo del cadáver para trazar estas cinco letras: MONIS, que habían estado a punto de perder a un inocente.

—Y estaba muy bien ideado —nos decía con una fanfarronería cínica—. De haber tenido éxito, mataba dos pájaros de un tiro: me libraba de mi amigo Monistrol, al que odio y de quien tengo celos, y enriquecía a la mujer que amo…

En efecto, era simple y horrible.

—Por desgracia, muchacho —le objetó el señor Méchinet—, perdiste la cabeza en el último momento… ¡Qué quieres! ¡Nunca sale todo bien!… Porque mojaste en la sangre la mano izquierda del cadáver…

Victor se puso en pie de un salto.

—¿Cómo? —exclamó—, ¿es eso lo que me ha perdido?…
—¡Exacto!

Con el gesto del genio desconocido, el miserable alzó los brazos al cielo.

—¡Sea usted un artista! —exclamó.

Y mirándonos de arriba abajo con aire compasivo, añadió:

—¡El tío Pigoreau era zurdo!

De este modo, el descubrimiento tan rápido del culpable se debió a un error de la investigación.

No debía ser una lección sin fruto para mí. La recordé, por suerte, en circunstancias dramáticas aunque distintas, que diré en otro momento.

Al día siguiente, Monistrol fue puesto en libertad.

Y cuando el juez de instrucción le reprochaba sus falaces confesiones que habían expuesto a la justicia a un error terrible, solo pudo sacarle esto:

—Amo a mi mujer, quería sacrificarme por ella, la creía culpable. ¿Era ella culpable? Yo juraría que sí.

Fue detenida, pero la puso en libertad el juez que condenó a Victor a trabajos forzados a perpetuidad.

El señor y la señora Monistrol tienen hoy un despacho de vinos de mala nota en el paseo de Vincennes… La herencia de su tío está lejos; viven en una miseria espantosa.

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