Y ASÍ SE CUENTA LA HISTORIA: “El Arca de Noé”

Ítalo Costa Gómez

 

 

Una de las cosas que más busco es el sentirme gitano. Nunca almuerzo dos días seguidos en el mismo lugar, nunca camino por las mismas calles ni estoy rodeado de las mismas personas. Trato de que mi vida sea parecida a un buffet. Un poquito de aquí, alguito de allá. Y fiel a esa ruta me gusta quedarme a dormir en la casa de mis amigos… no de cualquier amigo, naturalmente, de los más queridos y me voy al día siguiente muy tempranito.

Casi siempre el momento final antes de que cada uno se quede dormido es inédito pero dentro de lo normal: las carcajadas, las bromas y los brindis. Sin embargo, hay noches más particulares que otras. Momentos estrambóticos donde llueve sobre mojado. Literalmente hablando.

Cuenta la historia que una pareja de amigos se había mudado juntos a un nuevo departamento y tuvieron la amabilidad de invitarme a compartir con ellos un vino en su nuevo hogar. Magali es una de mis mejores amigas, me conoce a la perfección, mis buenas, mis debilidades, mi alegría, mi nostalgia, mi sentido del humor, mi torpeza. Se compró el paquete completo y su pareja es un caballero absolutamente encantador.

Cuando ya la reunión había llegado a su fin después de muchas risas, muchas anécdotas y mucho vino, me llevaron a lo que vendría a ser “mi cuarto” en ese precioso departamento miraflorino. Éste se encontraba en los altos y tenía un balcón enorme y hermoso con vista al parque. 

Me quedé escuchando música y fumando un cigarrito con esa vista bella. Naturalmente, por el líquido sacrosanto, estaba acalorado y dejé el balcón abierto de par en par y me acosté. 

Cuando me levanto y pongo un pie en el piso me mojé hasta el tobillo. Empecé un diálogo en voz alta conmigo mismo:

– Mierda, mierda… ya rompí todas las tuberías de la casa nueva de Maga. Me va a matar, puta madre… ¿y sí me escapo por la sombrita nomas?, ¿Cuál dijo que era el puto botón para abrir la puerta?
– Ay no, cómo vas a hacer eso Italo, no seas palomilla. 
– Y qué hago… qué hago…
– Encuentra la tubería antes de que se inunde toda la jato. Estás convirtiendo el depa en el Arca de Noe, torpe.

Empecé a mirar todo con miedo. Cuando en eso el alma me volvió al cuerpo. No había sido mi culpa. No del todo. Había llovido bastante. Sospecho que la casa tenía goteras como la de Doña Florinda. Mucha del agua se había filtrado por toda la habitación por tener el balcón abierto. Entonces era 50% culpa del clima, 25% culpa de los arquitectos y 25% culpa mía. Me sentía mejor.

Le mandé un WhatsApp a la anfitriona:

– Hola Maga, no sé si estás despierta… Mi cuarto está inundado. 

Lo siguiente que recuerdo es a mi amiga en pijama trapeando y yo doblado de risa en el piso. Esas cosas suelen pasar cuando yo visito un lugar, pero, eso sí, siempre queda una historia muy bonita y divertida que contar. 

*Algo que no le conté a los personajes de esta historia es que me fui sin medias porque estaban mojadas. Me fui a trabajar con el pie calato dentro del zapato. El Chavo del Ocho era cualquier cosa a mi lado. 

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