La esperanza (V)

André Malraux

 

 

 

3

El examen de los pilotos continuaba.

Un voluntario, que a pesar del calor llevaba un jersey, se acercó a Magnin en el resplandor tranquilo del verano.

—Capitán Schreiner.

Era un lobezno nervioso, de nariz puntiaguda y ojos duros, excomandante de segunda de la escuadrilla Richthofen. Magnin lo miraba con simpatía desde lo alto de sus bigotes.

—¿Desde cuándo no ha pilotado usted?
—Desde la guerra.
—¡Al diablo! ¿Cuánto tiempo le hará falta para ponerse en condiciones?
—Creo que algunas horas.

Magnin lo miró sin decir nada.

—Creo que algunas horas —repitió Schreiner.
—¿Trabaja usted en la aviación?
—No. En las minas de Ales.

Schreiner no miraba a Magnin, a quien respondía, sino al avión de ensayo cuyas hélices giraban. Temblaban los dedos de su mano derecha.

—La orden llegó demasiado tarde —dijo—. He venido hasta Tolosa en camiones.

Cerró los ojos y escuchó el motor. Sus dedos, sin dejar de temblar, se aferraron a los costados de su suéter. La pasión que sentía Magnin por los aviones era bastante fuerte para sentirse unido a ese hombre con ese suéter convulsivamente tironeado. Schreiner, sin reabrir los ojos, respiró el aire estremecido por el ruido. Sin duda se respira así al salir de la cárcel, pensó Magnin. Éste podrá dirigir (Magnin buscaba segundos): su voz tenía la nitidez que es frecuente en los responsables comunistas y en los militares.

El primer monitor, Sibirsky, volvía a través del campo que temblaba de luz; el segundo llamó a Schreiner, que fue hasta el avión de ensayo, sin prisa, pero con los dedos siempre crispados.

Desde el bar y desde la pista, todos los pilotos miraban. Muchos de ellos habían hecho la guerra, y Magnin no dejaba de estar inquieto; pero frente a ese hombre que había derribado veintidós aviones aliados, los mercenarios mismos, que seguían el avión segundo por segundo, no tenían más que un sentimiento: la rivalidad profesional.

Cerca del bar, Scali, Marcelino y Jaime Alvear se pasaban los prismáticos. Jaime Alvear, que había hecho sus estudios en Francia, había sido agregado como intérprete combatiente a la aviación internacional. Ese gran piel roja negro y curtido, siempre abofeteado por sus mechas, estaba flanqueado por un pequeño piel roja carmesí, Vegas, apodado San Antonio, que, en nombre de la U. G. T., cubría amistosamente a los pelícanos de cigarrillos y de discos de fonógrafo. Entre los dos, pasaba su larga nariz el zarzero negro de Jaime, Raplati, que ya se volvía mascota. El padre de Jaime era historiador de arte, como Scali.

Desde el extremo del campo donde Karlitch probaba a los ametralladores, llegaron algunas ráfagas. El avión despegó más o menos bien.

—Será difícil con los voluntarios —dijo Sibirsky a Magnin. Este último sabía, por lo demás, que no sería fácil hacer que los voluntarios controlaran a los mercenarios, si aquéllos les eran profesionalmente inferiores.
—Gracias por tenerme bastante confianza para elegirme como monitor, señor Magnin… ¿Me conoce usted?
—Creo…

Nada sé, pensaba Magnin al mismo tiempo que hablaba, mordisqueando su bigote de galo. Tenía simpatía por Sibirsky: a pesar de su pelo rubio y rizado y de su bigotito, la tristeza de su voz hacía creer en que tuviera inteligencia o, en todo caso, experiencia. Magnin sólo conocía, en realidad, su capacidad técnica, que era indiscutible.

—Quiero decirle, señor Magnin… aquí dicen que soy rojo… En fin, eso es quizá útil… Gracias… Yo quisiera que usted supiera que no soy tampoco un blanco. No saben gran cosa de la vida todos estos aviadores, tampoco aquellos que no son jóvenes…

Sibirsky, molesto, se miraba los pies. Alzó los ojos hasta el avión, lo siguió cerca de un minuto:

—En fin, vuela, eso es todo lo que se puede decir.

Hablaba sin ironía: con angustia. Schreiner era uno de los pilotos de más edad; y no había en ese campo un solo aviador que pensara sin angustia lo que cuarenta y seis años —diez de los cuales en una fábrica— pueden hacer de un gran piloto.

—Se necesitan por lo menos cinco aviones mañana para la Sierra —dijo Magnin, inquieto.
—Detestaba la vida que llevaba en casa de mi tío, en Siberia. Siempre oía hablar de combates, y partía para el liceo… Entonces, cuando los blancos llegaron, me fui con ellos… Después me vine a París. Fui chófer, después mecánico, después, de nuevo, aviador. Soy teniente en el ejército francés.
—Lo sé. ¿Quiere usted volver a Rusia, verdad?

Muchos rusos, en otra época blancos, que peleaban en España, lo hacían para probar su lealtad, esperando volver después a su país.

Una nueva ráfaga de ametralladora llegó del extremo del campo a través de la luz.

—Sí. Pero no como comunista. Como no perteneciendo a ningún partido. Estoy aquí por contrato; pero ni por el doble, no estaría con los otros. Soy lo que usted llama un liberal. A Karlitch le gustaba el orden; era blanco; ahora que tenemos en nuestro país el orden y la fuerza, es rojo. Lo que a mí me gusta es la democracia, los Estados Unidos, Francia, Inglaterra… Sólo que Rusia es mi país…

Miró de nuevo el avión; esta vez, para no encontrar la mirada de Magnin.

—Permítame que le pregunte una cosa… Yo no quisiera en ningún caso bombardear objetivos situados en una ciudad. Para la caza, no soy quizá bastante joven… Pero para reconocimiento o bombardeo del frente…
—El bombardeo de las ciudades ha sido excluido por el Gobierno español.
—Porque, en otro tiempo, tuve la misión de bombardear el Estado Mayor, y las bombas cayeron en una escuela…

Magnin no se atrevió a preguntar si el Estado Mayor —y la escuela— eran alemanes o bolcheviques. El avión de Schreiner tomaba terreno para aterrizar.

—¡Demasiado largo! —gruñó Magnin, con las dos manos en sus prismáticos.
—Quizá va a echarlo a perder…

Schreiner volvía a poner paz, en efecto; Magnin y Sibirsky dejaron de caminar, no apartando los ojos del avión: el campo era muy grande, y que el primer aterrizaje hubiera fallado de esa manera… Magnin estaba acostumbrado a las pruebas: había sido jefe de una de las compañías francesas de aviación.

El avión volvió, aterrizó corto, el piloto tiró de la palanca de mando; el aparato brincó como una piedra que rebota, y cayó con todo su peso, roto.

Felizmente, el avión de ensayo era inutilizable para la guerra.

Sibirsky corrió hacia el avión, volvió, seguido por Schreiner y el segundo instructor del avión.

—Discúlpeme —dijo Schreiner.

Tal era el tono de su voz que Magnin no lo miró a la cara.

—Se lo he dicho: me harían falta dos horas… Ni dos horas, ni dos días. He trabajado demasiado en las minas. Ya no tengo reflejos.

Sibirsky y el segundo monitor se apartaron.

—Hablaremos dentro de un momento —dijo Magnin.
—Sería inútil. Gracias. Ya no puedo ni ver un avión. Hágame incorporar a las milicias. Se lo ruego.

Con el ruido de las ráfagas de ametralladoras cada vez más cercanas, los milicianos lanzaban en el campo un segundo avión de ensayo: los aparatos de turismo de los señoritos…

Schreiner volvió a irse, los ojos en el vacío. Los pilotos se apeaban de él como de una agonía de niño, como de todas las catástrofes junto a las cuales las palabras humanas son miserables. La guerra unía a los mercenarios con los voluntarios, en lo novelesco; pero la aviación los unía como las mujeres están unidas en la maternidad. Leclerc y Séruzier habían dejado de contarse historias. Cada cual sabía que acababa de asistir a lo que sería un día su propio destino. Y ninguna mirada se atrevía a encontrar la del alemán —que eludía las de todos los otros.

Pero una mirada estaba fija en Magnin: la del piloto que debía suceder a Schreiner: Marcelino.

—Necesitamos cinco aviones mañana para la Sierra —repetía Magnin entre sus bigotes.

La ametralladora tiraba siete balas, diez balas, se detenía. Cuando Karlitch, el jefe de los ametralladores, vio venir a Magnin, se adelantó a saludarlo, lo llevó aparte y, sin haberle dicho una palabra, sacó de su bolsillo tres balas: los cartuchos llevaban la huella del percusor, pero las balas no habían salido:

—Fábrica de Toledo —dijo Karlitch, mostrando la marca con la uña.
—¿Sabotaje?
—No: mala fabricación. Y para desencasquillar esto en el aire durante el combate…

Karlitch había llegado de Inglaterra, decaído, humillado, la experiencia de la miseria había destruido lo que hasta entonces había creído que eran sus convicciones. Después de muchos años de fracaso, él, excampeón de ametralladora del ejército de Krangel, se había adherido a «Vuelta al país», el movimiento de simpatía por la U. R. S. S. que se desarrollaba entre los emigrados. Quizá era el único voluntario para quien el enemigo fuese odioso por el solo hecho de que era el enemigo.

—¿Ametralladoras de tierra? —preguntó Magnin—. Se necesitan ametralladoras para la Sierra lo antes posible.

Los milicianos eran incapaces de utilizar una ametralladora cualquiera, y sobre todo de repararla; Magnin había transformado sus mejores ametralladores en instructores, bajo la dirección de Karlitch. Al mismo tiempo que se enseñaba a los ametralladores de tierra el tiro de avión, se enseñaba a los milicianos escogidos el tiro con ametralladora de tierra y el desencasquillamiento. Magnin deseaba formar un cuerpo de motociclistas ametralladores.

—Los milicianos —dijo Karlitch— están muy bien. Se los ha elegido bien. Son disciplinados, son serios, prestan atención. Eso, eso anda bien. En cambio, camarada Magnin, Wurtz no es como debiera: siempre en el partido, nunca en el trabajo. Para ayudarme, no tengo más que a Gardet. Los nuestros conocen ahora la ametralladora de avión. En cuanto a su experiencia nada puedo decir, no puedo hacerlos ejercitar en el aire: no hay gasolina etílica, no hay ametralladora fotográfica, no hay blancos remolcables, apenas hay balas; y ni siquiera buenas. Blancos, puedo hacerlos, en rigor; pero gasolina, no. Ahora saben cómo manejar su torreta: en la torreta de atrás, no pondré sino a aquellos que vienen de la aviación, para que no vayan a tirar en la cola. Deberán entrenarse con el enemigo.

Y Karlitch estalló de risa, una risa aguda, un poco infantil, las cejas y el penacho al aire y la nariz risueña. Había vuelto a encontrar sus ametralladoras como si Schreiner hubiera vuelto a encontrar su avión. Scali, que había asistido al fin de la entrevista, comenzaba a descubrir que la guerra era también fisiológica.

.

Todos los pilotos revolucionarios que habían abandonado por pacifismo su entrenamiento militar debían volver a entrenarse o ser eliminados; pero no se trataba de parar a Franco el año próximo. Magnin sólo podía contar con los antiguos pilotos de línea y con aquellos que habían cumplido sus periodos.

Acababa de liquidar a algunos pilotos de la guerra de Marruecos, habituados a los viejos aviones y al enemigo sin defensa, a los que el regreso de los primeros heridos los impulsaba a una mayor dignidad espiritual: «Comprendéis, nosotros, meternos a pelear con esos tipos que después de todo no nos han hecho nada…». Sin renunciar del todo a sus contratos. ¡A Francia, todos estos!

Le llegó el turno a Dugay, el primero de los voluntarios que había pedido hablarle en particular. Tenía cincuenta años, el bigote más blanco que la cara.

—No me haga volver a Francia, camarada Magnin. Créame, no debo volver. He sido instructor durante la guerra. Soy demasiado viejo para piloto, bueno, eso es justo. Sin embargo, consérveme usted como ayudante de mecánico. Pero con un avión. Con un avión.

Sembrano llegaba a toda prisa, agitando el brazo derecho.

—Oye, Magnin, se necesita un aparato enseguida para Don Benito… Avanzan sobre Badajoz.
—Hum, entonces… ¿Sabes que el caza ha partido? ¿Sin caza?
—He recibido la orden. Tres aparatos, y no tengo más que dos Douglas…
—Bueno, bueno. ¿Es una columna motorizada?
—Sí.
—Bueno.

Telefoneó. Se fue Sembrano, frunciendo la boca.

—Entonces, camarada Magnin —dijo Dugay—, entonces, ¿qué hace usted conmigo?
—Eh…, bueno, usted se quedará. Veamos, ¿de qué me olvidaba?

No olvidaba nada, ese aire agobiado era en él una especie de tic, como esa misma frase; pero su manera de obrar era precisa.

Dugay salió, reemplazado por «algunos con licencia para conducir aviones de turismo, dispuestos a entrenarse». Después de los cuales vinieron muchos pequeño burgueses avaros, que habían venido para ganar un sueldo de mercenario y estaban resueltos a esquivar el bulto. Después de todo esto cogió su pasaporte y volvió a cruzar los Pirineos. Jaime entró, con Raplati entre las piernas. Magnin no lo esperaba.

—Camarada Magnin, quisiera decirle… No vengo como traductor, pero… En fin, se trata de lo siguiente. El examen de Marcelino, sin duda… Sólo que, camarada Magnin, quizá usted no sepa que Marcelino ha estado dos años preso bajo el fascismo…

Magnin escuchaba amistosamente a ese gran individuo con un mono ceñido de miliciano, la frente y el mentón prominentes, la nariz aguileña, y en quien la amistad, que no influía sobre sus rasgos curtidos y fuertes, parecía modificar solamente la mirada.

—Era piloto de línea de hidroavión. Y entonces después de la muerte de Lauro de Bosis, se fue a lanzar folletos sobre Milán. Lo hicieron caer los aviones de Balbo, evidentemente: él tenía un aparato de turismo. Fue condenado a seis años, después se evadió de los Lipari. No ha pilotado un avión pesado desde su proceso, ni un avión de caza desde que se fue del ejército italiano. Lo que le sucedió… lo ha hecho polvo. Y yo quería decirle, camarada Magnin, sin intervenir para nada en su decisión, que si se pudiera hacer algo por él, eso le… daría gran placer a los camaradas españoles que están aquí.
—A mí también me daría placer —dijo Magnin.

Se fue Jaime; entraba el capitán Mercery. Él también de unos cincuenta años. Un bigote gris, recto, el aspecto curtido de un viejo pirata (complacientemente acentuado) y botas sobre un traje de empleado.

—Ah, señor Magnin, es una cuestión de técnica, qué quiere usted. Así es: la técnica…
—¿Vuelve usted a Francia?

Mercery alzó los brazos al cielo.

—Señor Magnin, mi mujer estaba aquí el 16. En el congreso de filatelia. El 20 me escribió: «Un hombre no puede tolerar la indignidad de lo que pasa aquí». ¡Una mujer, señor Magnin, una mujer! ¡Una mujer! Pero yo había partido ya. ¡Estoy al servicio de España! En cualquier función, sea la que fuere: pero al servicio de España. Hay que terminar con el fascismo: como se lo dije en Noisy-le-Sec a nuestros «conservadores»: no son las momias las que conservan Egipto, ¡es Egipto el que conserva a las momias, señores!
—Bien, bien… Usted es capitán, ¿quiere usted que lo ponga a disposición del Ministerio de Guerra?
—Sí, es decir… Soy capitán, es verdad… Podría perfectamente ser oficial de reserva, pero me negué a hacer los periodos a causa de mis convicciones…

Le habían dicho a Magnin que Mercery había hecho la guerra como ayudante, que era capitán de bomberos. Magnin había creído que era una broma.

—Hum… evidentemente.
—¡Pero permítame! Sé lo que es una trinchera: he hecho la guerra.

Por debajo de la extravagancia, la generosidad era evidente… Después de todo, pensó Magnin, un ayudante serio es aquí tan útil como un capitán…

El turno de Marcelino. Llegaba en mono de miliciano sin cinturón, mirándose los pies con aspecto del Cántaro roto. Alzó tristemente los ojos.

—La prisión, sabe usted, no es buena para los reflejos…

Una ráfaga de ametralladoras lo detuvo: Karlitch en el otro extremo del campo.

—Conozco bien el bombardeo —continuó Marcelino—. Eso debe marchar todavía.

Quince días antes, cuando Magnin, entre la llamada a los voluntarios y el reclutamiento de los mercenarios, trataba de comprar para el Gobierno español todo lo que podía encontrar en el mercado europeo, al volver a su casa —los bigotes colgando, el sombrero echado hacia atrás, los anteojos empañados— había encontrado a ese muchacho entre dos puertas de su apartamento. Mientras sonaban todos los teléfonos y febriles visitantes desconocidos recoman todos los cuartos, había hecho sentar a Marcelino en la cama de su hijo pequeño, de espaldas a un armario abierto, y lo había olvidado. Cuando volvió a las dos de la tarde, lo encontró rodeado de todos los títeres que el piloto italiano había sacado del armario, y con los cuales se contaba cuentos.

—Si subiera como bombardero, quizá pudiera hacer doble comando… Estoy seguro de que pronto me pondría en condiciones…

Magnin miraba esa cabeza con cabellos ondulados de medalla veneciana.

—Mañana haremos un ensayo de bombardeo con bombas de cemento.

Los Douglas de Sembrano y un multiplazas de Magnin llegaban al extremo del campo.

Después de la caída, en Argelia, de los aviones militares italianos armados, varios gobiernos habían aceptado vender aviones militares —modelos antiguos, desarmados —; pero esos aviones que corrían hasta el extremo de la pista no durarían mucho contra los Saboyas modernos, si los pilotos eran italianos.

Magnin se volvió hacia Schreiner que acababa de reemplazar a Marcelino. El silencio de éste no era ni la obstinación tímida del joven italiano, ni la confusión de Dugay, era un silencio de animal.

—Camarada Magnin, he reflexionado. Yo le dije: no puedo ver aviones. Sí, ver aviones no me sienta. Pero soy un buen tirador. Eso no lo he perdido: lo sé, a causa de las fiestas en el pueblo… y del revólver.

Había odio en su cara inmóvil y en su voz. Había fijado en Magnin sus ojos pequeños, la cabeza hundida entre los hombros como un ave de rapiña que acecha.

Magnin miraba un automóvil anarquista que pasaba delante de los hangares: por primera vez veía la bandera negra.

—Si los aviones no quieren saber ya nada conmigo, hágame entrar en la defensa contra aviones.

Hubo todavía tres o cuatro ráfagas.

—Se lo ruego —agregó Schreiner.

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¿Hay un estilo en las revoluciones? Por la noche, los milicianos que se parecían a la vez a los de las revoluciones mexicanas y a los de la Comuna de París, pasaban detrás de los edificios Le Corbusier del campo de aviación. Todos los aviones están sujetos. Magnin, Sembrano y su amigo Vallado bebían cerveza tibia: desde la guerra, no hay ya hielo en el campamento.

—Las cosas no andan como es debido en el aeródromo militar —dijo Sembrano—. El ejército de la revolución tiene que hacerse de cabo a rabo… Si no, Franco impondrá orden a fuerza de cadáveres. ¿Cómo crees tú que han hecho en Rusia?

A la luz del bar, avanzaba de perfil su labio inferior haciéndolo parecerse cada vez más a Voltaire, a un Voltaire bueno, con mono blanco de aviador.

—Tenían fusiles. Cuatro años de disciplina y de frente, y los comunistas, ellos, eran una disciplina.
—¿Por qué eres revolucionario, Magnin? —preguntó Vallado.
—Hum…, he dirigido muchas fábricas; un hombre como nosotros, que le ha interesado siempre su trabajo, no se da cuenta de lo que es pasarse una vida entera perdiendo ocho horas diarias…

»Quiero que los hombres sepan por qué trabajan.

Sembrano piensa que los hombres de negocios de España son incapaces de hacer marchar sus empresas, que se hallan en manos de técnicos; y que el técnico prefiere trabajar para la colectividad de la fábrica que para su propietario. (Es también lo que piensan Jaime Alvear y casi todos los técnicos de izquierda).

Vallado quiere que haya un Renacimiento en España y nada espera de la derecha española. Vallado es un gran burgués; es el que ha lanzado los folletos sobre el cuartel de la Montaña, y su cara es una cara de señorito, a no ser por los bigotitos, afeitados desde el levantamiento.

Magnin admira las justificaciones que la inteligencia de los hombres aporta a sus pasiones.

—Y después de todo, ¿qué?…, yo estaba en la izquierda porque estaba en la izquierda y enseguida se estrecharon entre la izquierda y yo toda suerte de vínculos, de fidelidades; he comprendido lo que querían, los he ayudado a hacerlo, y he estado más y más cerca de ellos cada vez que han querido imponerles trabas…
—Mientras uno está solamente casado con una política, eso no tiene importancia —dijo Sembrano—; pero cuando uno tiene hijos con ella…
—A propósito, ¿tú qué eres? ¿Comunista?
—No, socialista de derecha. Y tú, ¿comunista?
—No —dijo Magnin, retorciéndose el bigote—, socialista también. Pero revolucionario de izquierda.
—Yo —respondió Sembrano con una sonrisa triste que armonizaba con la proximidad de la noche— era sobre todo pacifista…
—Las ideas cambian… —dijo Vallado.
—Las gentes que defiendo no han cambiado. Y sólo eso importa.

Los mosquitos rondan en torno a ellos. Conversan. La noche se instala en el campamento, solemne como todas las grandes extensiones; una noche cálida parecida a todas las noches de verano.

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4

Agosto

Una veintena de milicianos con mono bajaban de la Sierra para almorzar. No había oficiales: sin duda los responsables, poco seguros de la guardia de los desfiladeros a la hora de las comidas, la hacían ellos mismos. Afortunadamente puesto que del otro lado era más o menos igual, pensó Manuel.

Cinco de los milicianos llevaban sombreros de mujer a la moda de 1935, platos soperos verde claro, azul tierno —y tenían una barba de cinco días—. Habían metido en sus gorras los últimos agavanzos de la Sierra.

—En adelante —dijo Manuel parodiando el tono de mando de Ramos— sólo los camaradas delegados por las organizaciones obreras y campesinas estarán encargados de la presentación de las modas. Preferentemente aquellos de cierta edad, por lo menos con la cédula de garantía de los dos sindicatos. Eso no pasará inadvertido.
—Teníamos el sol de frente cuando los atacamos. No se les veía. Y había una tienda de sombreros; cerrada, pero nos las arreglamos. Después, nos llevamos los sombreros.

El pueblo donde tenían ese día su base y la del tren blindado se encontraba a seiscientos metros: una plaza con balcones de madera como el patio interior de una granja, una torre de techo puntiagudo de El Escorial, y algunas tiendas de vacaciones, naranja o carmín, una de las cuales estaba adornada con un gran espejo.

—¡No nos quedan mal! —dijo el miliciano.

Se sentaron en las mesas de la fonda, fusiles cruzados a la espalda y pamelas en la cabeza: detrás de ellos, en treinta kilómetros de laderas, las últimas manchas de los jacintos que cubrían, dos meses antes, las rocas de la sierra terminaban de chamuscarse por encima de la llanura de trigo. Se acercaba el ruido de un auto lanzado a toda velocidad. Y de pronto un Ford caqui se paró en el porche, y tres brazos paralelos hicieron el saludo fascista. Bajo las manos levantadas a plena luz, los tricornios napoleónicos y los ribetes amarillos del uniforme verdoso: guardias civiles. No habían visto a los milicianos que comían a la izquierda de la puerta y creían llegar a un pueblo fascista. Los campesinos armados de la segunda fonda se levantaron lentamente.

—¡Amigos!, —gritaron los guardias bloqueando de golpe sus frenos—. ¡Estamos con vosotros!

Los campesinos se llevaron el fusil al hombro. Ya tiraban los milicianos: muchos guardias civiles habían, en efecto, pasado las líneas enemigas pero sin hacer el saludo fascista. Salieron por lo menos treinta balas. Manuel distinguió el ruido, menos duro, de los neumáticos que reventaban; casi todos los campesinos habían apuntado al auto. Sin embargo, uno de los guardias civiles estaba herido. El viento llenaba la plaza de un olor a flores quemadas.

Manuel hizo desarmar a los guardias, los hizo registrar cuidadosamente, conducir a una sala de la alcaldía con una escolta de milicianos (los campesinos odiaban a los guardias civiles) y telefoneó al cuartel general del coronel Mangada.

—¿Hay amenaza, o urgencia? —preguntó el oficial de servicio.
—No.
—Entonces, nada de «justicia expeditiva». Nosotros mandamos un oficial para el Consejo de Guerra. Serán juzgados dentro de una hora.
—Desde luego. Otra cosa: su llegada nos muestra que se puede venir de una aldea fascista hasta aquí. He hecho poner una guardia en la entrada del pueblo y una en la carretera. Eso no basta…

El Consejo funcionaba en la alcaldía. Detrás de los acusados, en la gran sala blanqueada con cal, los campesinos, con blusas grises o negras, y los milicianos —todos de pie y silenciosos—; en primera fila, las mujeres de los campesinos muertos por los fascistas. La gravedad del islam guerrero.

Dos de los guardias civiles habían hablado. Ciertamente, habían saludado a la romana; pero creían que era un pueblo fascista y querían atravesarlo para unirse a las líneas republicanas. Mentira que daba tanta pena oír como decir, característica de toda mentira evidente; los guardias parecían resistirse, y jadeaban bajo su traje rígido, como agarrotados en el uniforme. Una campesina se aproximó al tribunal. Los fascistas habían ocupado su pueblo —un pueblo bastante cercano—, después vuelto a tomar por los republicanos. Ella había visto a los guardias cuando llegaron en el auto.

—Cuando me hicieron venir por mi hijo…, cuando me hicieron venir, yo creía que era para enterrarlo… Pero no, era para interrogarme, los canallas…

Retrocedió un paso, como para mirarlo mejor:

—Y estaba allí, éste estaba allí… Si a él le mataran a su hijo, ¿qué diría? ¿Eh? ¿Qué diría? ¿Qué dirías, miserable?

El hombre, herido, se defendía, jadeante, con los movimientos convulsos de un pez fuera del agua. Manuel pensaba quizá que era inocente: el hijo había sido fusilado antes de que la madre fuera interrogada y ella veía por todas partes a sus asesinos. El guardia hablaba de su fidelidad a la República. El sudor, poco a poco, empapaba las mejillas afeitadas de su vecino; las gotas resbalaron por los dos lados de sus bigotes lustrosos, y esta vida que perlaba bajo la inmovilidad parecía la vida autónoma del miedo.

—¿Han venido ustedes para unirse a nosotros y no tienen ningún informe que darnos?

Se volvió hacia el tercer guardia que no había dicho nada. Éste lo miró con insistencia, mostrando a las claras que sólo se dirigía a él.

—Escuche. Usted es un oficial, aunque esté con esa gente. Ya he oído bastante. Tengo la cédula 17 de las falanges de Segovia. Usted debe fusilarme, bueno, y pienso que será para hoy. Pero antes de morir quisiera tener la satisfacción de ver fusilar delante de mí a esos dos sinvergüenzas. Tienen las cédulas 6 y 11. Me dan asco. Ahora, de soldado a soldado, hágalos callar o hágame salir a mí.
—¡Es muy orgulloso —dijo la vieja— para ser uno que mata niños!…
—¡Yo estoy con ustedes! —gritó al presidente el guardia civil herido.

El presidente observaba al oficial que acababa de hablar: nariz muy chata, labios gruesos, bigotito, pelo crespo, una cabeza de Film mexicano. El presidente creyó por un instante que iba a abofetear al guardia herido, pero nada hizo. Sus manos no eran manos de guardia. ¿Habían los fascistas establecido células en la guardia civil, como el cuartel de la Montaña?

—¿Cuándo ha entrado usted en la guardia civil?

El hombre no respondía, indiferente en adelante al Consejo de Guerra.

—¡Yo estoy con ustedes! —aulló de nuevo el herido, con un acento por primera vez convincente—. ¡Les digo que estoy con ustedes!

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Manuel no llegó a la plaza hasta después de haber oído la descarga del pelotón. Los tres hombres habían sido fusilados en una calle vecina; los cuerpos habían caído sobre el vientre, cabeza al sol, pies a la sombra. Un gatito inclinaba sus bigotes sobre el charco de sangre del hombre de la nariz chata. Un muchacho campesino se acercó, apartó al gato, mojó el índice en la sangre y comenzó a escribir en la pared: MUERA EL FASCISMO.

Después se remangó la camisa y fue a lavarse las manos en la fuente.

Manuel miraba el cadáver, el tricornio allí, a pocos pasos, el joven campesino inclinado sobre el agua y la inscripción todavía roja. «Hay que hacer la nueva España contra los unos y contra los otros —pensó—. Y la nueva no será más fácil que la antigua».

El sol golpeaba con toda su fuerza contra las paredes amarillas.

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Ramos y Manuel caminaban a lo largo del terraplén. La tarde es semejante a las tardes sin cañones. En ese crepúsculo de retrato ecuestre, en medio del olor de los pinos y de las hierbas entre los pedruscos, la Sierra se inclina en colinas decorativas hasta la llanura de Madrid sobre la cual la noche desciende como sobre el mar. Insólito, el tren blindado agazapado en su túnel parecía olvidado por una guerra que se había marchado con el sol.

—Vengo de pasar media hora peleándome con los compañeros —dijo Ramos—; hay más de diez que quieren ir a cenar a sus casas, ¡y tres en Madrid!
—Es la época de la caza, se confunden. ¿Resultado de tus difíciles negociaciones?
—Cinco quedan, seis parten. Si fueran comunistas, todos se quedarían.

Algunos tiros aislados y un gruñido de un lejano cañón hacían más profunda la paz de las montañas. La noche sería hermosa.

—¿Por qué te hiciste comunista, Ramos?

Ramos exclamó:

—Porque he envejecido…
—Cuarenta y dos años son muchos años. Pero cuando era anarquista quería mucho más a la gente. El anarquismo, para mí, era el sindicato, pero era sobre todo la relación de hombre a hombre. La formación política de un obrero no se hace personal sino después: al principio, es una cuestión de influencias…
—Dime, Manuel, explícame, pues, si es que algo comprendes. Frente a nosotros está el ejército español. Pongamos que sean sobre todo los oficiales. En las Filipinas se portaron como inútiles. En Cuba, lo mismo. ¿A causa de los norteamericanos? Si quieres: producción superior e industria de primer orden. En Marruecos, también les hicieron de las suyas; Abd-el-Krim no era los norteamericanos. ¿Por qué nuestros señoritos de bigote son débiles ante el-Krim, y no ahora? Se ha dicho siempre: ejército de opereta. ¿Por qué se portan así en Melilla y no aquí?

Las relaciones de Manuel y de Ramos empezaban a cambiar. Habían sido hasta entonces las de un sindicalista experimentado con un hombre de treinta años serio, a pesar de sus bromas, entregado a conocer el mundo en el cual había puesto su esperanza, a no mezclar lo que había controlado con aquello en que soñaba —pero sin experiencia política—. Comenzaba a adquirir esa experiencia, y Ramos sabía que los conocimientos de Manuel eran mucho más amplios que los suyos. De igual modo que Manuel había agitado una regla en la Central, él agitaba esa tarde como un plumero una rama de pino, en la punta de la cual había dejado un manojo de agujas; podía sentir su mano derecha vacía:

—No había tal ejército de opereta, amigo Ramos; había solamente opereta en el ejército. Lo que se llama un ejército de opereta es un ejército de guerra civil. Nuestro ejército —en fin el ejército español— tiene un oficial por cada diez hombres. ¿Crees que su presupuesto está destinado a la guerra, inocente? Nada de eso: al pago de los oficiales —propietarios al servicio de los propietarios— y a la compra de armas automáticas, muy insuficientes para la guerra, a causa de los chanchullos, pero muy suficientes para la policía. Ejemplo: nuestras ametralladoras, modelo 1913, nuestros aviones, que tienen más de diez años: inoperantes contra una nación; decisivos contra una revuelta. Imposible hacer una guerra contra el extranjero con eso, ni una guerra colonial. Del ejército español sólo se ha oído hablar en caso de derrotas o de malversaciones. Y de represiones. Pero eso no es una opereta, es una mala Reichswehr.

Algunas detonaciones lejanas subieron de los valles. Traían a milicianos heridos sobre mantas que llevaban por las cuatro puntas.

—El pueblo salva a Madrid todos los días —dijo Manuel mirando las crestas detrás de las cuales estaban los fascistas de Segovia.
—Sí. Y después se va a acostar.
—Pero vuelve a empezar al día siguiente.
—Tú estás por formarte, Manuel… Tanto mejor. Has dirigido bien a tus hombres contra la batería…
—Quizá algo ha cambiado en mí, y para el resto de mi vida, pero eso no viene del ataque de la batería, de antes de ayer; eso ha nacido hoy, cuando he visto al muchacho escribir en la pared con la sangre del fascista muerto. Ya no me sentía responsable dando instrucciones en el olivar, o conduciendo el camión, o, como antes, en el cacharro para esquiar…
—Antes —repitió Ramos.

No hacía ni un mes.

—El pasado no es una cuestión de tiempo. Pero ante el muchacho salvaje que escribía en la pared, allí he sentido que nosotros éramos responsables. La virginidad del mando, amigo…

Lejos, en el campo gubernamental, arde sin humo un fuego de pastor o de campesino.

Los grandes velos de niebla de la noche ascendente convergen hacia ese fuego. La tierra desaparece, las llamas son la única mancha clara de las pendientes; la paz echada de los montes, agazapada bajo tierra como el tren blindado bajo su túnel, parece brotar a través de ese fuego alegre. Hay otro, mucho más lejos, en el extremo derecho.

—¿Quién se ocupa de los heridos?, —pregunta Manuel.
—El médico jefe del hospital. Un hombre muy paciente.
—¿De la izquierda republicana?
—Socialista de derecha creo. Los milicianos también ayudan con mucha eficacia.

Manuel cuenta la llegada de la chiquilla detrás de los camiones. Ramos, con las manos en sus mechones rizados, sonríe.

—¿Qué impresión tienes de las milicianas, Manuel?
—Combate activo: cero. En suma, apenas son buenas para apaciguar los nervios de los hombres. Combate pasivo: muy bien. Valor un poco inestable —lo mismo sucede con los hombres—, muy grande por momentos.
—Fíjate, hay algo que me gusta: en cada pueblecito que ha tomado Franco, todo se vuelve más esclavo: no sólo los nuestros, eso va de suyo, sino los chiquillos que vuelven a poner bajo el dominio del cura, las mujeres que mandan a la cocina. Todos los oprimidos, ya lo sean de un modo u otro, han venido a pelear con nosotros.

Extraña fuerza del fuego: subiendo o bajando con un ritmo de forja, parece arder sobre todos los muertos de la jornada, esparcir sobre la locura de los hombres la noche que asciende.

Ramos siente que desaparece su sonrisa. Observa el otro fuego. Toma sus anteojos de larga vista.

No son fuegos de pastores, son señales.

¿No estará él, como los milicianos, viendo señales por todas partes? Está acostumbrado a las señas por el fuego; por lo demás (cuenta), esos brutos están transmitiendo en morse —pero no en un lenguaje claro.

El otro fuego es también un fuego de señales. Los fascistas han preparado bien su trabajo. ¿Cuántos fuegos semejantes arden a esta hora en la retaguardia de las líneas republicanas? En todas las laderas, a donde llega la vista de Ramos y chillan las cigarras, los milicianos están acostados y duermen. Han cesado sus exclamaciones. Los muertos de la jornada, que pesan ya con todo su peso en el asfalto de la carretera o en las zarzas de las laderas, empiezan, pegados a la tierra, su primera noche de muertos. En la serenidad transparente de la Sierra, sólo el lenguaje silencioso de la traición llena la oscuridad creciente.

(Continuará…)

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