El tiro de gracia (Final)

Marguerite Yourcenar

 

 

No le oculté nada a Conrad de los informes obtenidos en Lilienkron. Yo necesitaba, sin duda, saborear aquella amargura en compañía de alguien. Estaba claro que Sophie había obedecido al impulso que empuja a una mujer abandonada o seducida —incluso sin tendencia a soluciones extremas— a entrar en un convento o en un burdel. Sólo Loew me estropeaba un poco estas consideraciones, pero yo tenía la suficiente experiencia por aquella época para saber que uno no elige a los comparsas de su vida. Yo había sido el único obstáculo para que no creciera en Sophie el germen revolucionario; desde el momento en que arrancaba ese amor, no podía sino comprometerse a fondo por un camino jalonado con las lecturas de su adolescencia, por la camaradería excitante del joven Grigori y por esa repugnancia que las almas sin ilusiones sienten por el medio que las vio crecer. Pero Conrad tenía esa tara nerviosa de no poder aceptar nunca los hechos tal y como son, sin prolongaciones dudosas de interpretaciones o hipótesis. A mí me afectaba el mismo vicio pero, al menos, mis suposiciones no se convertían —como en su caso— en un mito o en una novela vivida. Cuanto más reflexionaba Conrad sobre aquella secreta huida, sin una carta, sin un beso de adiós, más sospechaba la existencia de otros turbios motivos, que más valía dejar en la sombra, para la desaparición de Sophie. Aquel largo invierno en Kratovicé había convertido a los hermanos en extraños uno para el otro, tanto como sólo pueden llegar a serlo dos miembros de la misma familia. Después de mi regreso a Lilienkron, Sophie ya no fue para Conrad más que una espía cuya presencia entre nosotros explicaba nuestros sinsabores e incluso mi reciente derrota en Gurna.

Yo estaba tan seguro de la integridad de Sophie como de su valor, y aquellas acusaciones imbéciles abrieron una brecha en nuestra amistad. Siempre vi cierta bajeza en quienes creen con tanta facilidad en la indignidad de los demás. Mi estimación por Conrad disminuyó un poco a causa de esto, hasta el día en que comprendí que hacer de Sophie una Mata-Hari de película o de novela popular tal vez fuese para mi amigo una ingenua manera de honrar a su hermana, de prestarle a aquel rostro de grandes ojos locos esa belleza sobrecogedora que su ceguera de hermano no le había permitido hasta ahora reconocer en ellos. Peor aún: el indignado estupor de Chopin fue tal que aceptó sin discusión las explicaciones románticas y policiales de Conrad. Chopin había adorado a Sophie; su decepción era demasiado fuerte para que no le escupiese a aquel ídolo que se había pasado al enemigo. De nosotros tres, yo era ciertamente el de corazón menos puro y, no obstante, era el único que confiaba en Sophie, el único que trataba de pronunciar ese veredicto de inocencia que Sophie pudo, con toda justicia, aplicarse a sí misma antes de morir. Y es que los corazones puros se acomodan a una buena dosis de prejuicios, cuya ausencia quizá compense en los cínicos a la de los escrúpulos. También es verdad que yo ganaba más que perdía con aquel suceso, y no podía por menos —como tan a menudo me ha ocurrido en la vida— de hacer guiños de complicidad a aquella desgracia. Se pretende que el destino sobresale como nadie en el arte de apretar los nudos en torno al cuello del condenado a muerte; a mi entender, lo que sabe hacer muy bien, sobre todo, es romper los hilos. A la larga, y lo queramos o no, nos saca de apuros liberándonos de todo.

A partir de aquel día, Sophie quedó tan definitivamente enterrada para nosotros como si una bala hubiese agujereado su cuerpo y yo me hubiera traído su cadáver de Lilienkron. El vacío producido por su partida no fue proporcionado al lugar que había parecido ocupar entre nosotros. Había bastado con que desapareciese Sophie para que en aquella casa sin mujeres (la tía Prascovie era, todo lo más, un fantasma) reinase una calma propia de un convento de hombres o del sepulcro. Nuestro grupo, más reducido cada vez, recuperaba la gran tradición de la austeridad y del valor viriles. Kratovicé volvía a ser lo que había sido en tiempos que creíamos caducos: un puesto de la Orden Teutónica, una ciudadela avanzada de Caballeros Portadores de Espadas. Cuando pienso, pese a todo, en Kratovicé como en una cierta noción de la felicidad, recuerdo aquel período casi tanto como el de mi infancia. Europa nos traicionaba; el gobierno de Lloyd George favorecía a los sóviets, Von Wirk se iba a Alemania, abandonando definitivamente el embrollo rusobáltico; las negociaciones de Dorpat, desde hacía tiempo, habían arrebatado toda la legalidad y casi todo sentido a nuestro núcleo de resistencia obstinado e inútil; al otro lado del continente ruso, Wrangel, sustituyendo a Denikine, pronto firmaría la lamentable declaración de Sebastopol, casi de la misma forma que un hombre firma su sentencia de muerte, y las dos ofensivas victoriosas de mayo y agosto en el frente de Polonia, aún no habían suscitado unas esperanzas pronto aniquiladas por el armisticio de septiembre y el consecutivo aplastamiento de Crimea… Pero este resumen que estoy haciendo aquí, lo cuento después de haber pasado los acontecimientos, al igual que la Historia, y no impide que yo viviera durante aquellas semanas tan libre de inquietudes como si al día siguiente tuviera que morir o vivir para siempre. El peligro saca a la luz lo peor del alma humana, pero también lo mejor. Como en el alma humana, generalmente, hay más malo que bueno, la atmósfera de la guerra es, a fin de cuentas, la más asquerosa que existe. Pero esto no me hará ser injusto con los escasos momentos de grandeza que pudo comportar. Si la atmósfera de Kratovicé era mortal para los microbios de la bajeza, fue seguramente porque tuve el privilegio de vivir junto a unos seres esencialmente puros. Los temperamentos como el de Conrad son frágiles y donde mejor se sienten es en el interior de una armadura. Entregados al mundo, a las mujeres, a los negocios, a los éxitos fáciles, su solapada disolución siempre me recordó al repugnante marchitamiento de los lirios, de esas sombrías flores en forma de hierro de lanza, cuya pegajosa agonía contrasta con el desecamiento heroico de las rosas. He conocido poco más o menos todos los sentimientos bajos, y no puedo decir que sea refractario al miedo. En cuanto a temores, Conrad era absolutamente virgen. Existen seres así, y son, a menudo, los más frágiles de todos, que viven a sus anchas en la muerte como si ésta fuera su elemento natal. Se habla con frecuencia de esa especie de investidura de los tuberculosos destinados a morir jóvenes; pero a veces he visto, en muchachos destinados a una muerte violenta, esa ligereza que es a un mismo tiempo su virtud y su privilegio de dioses.

El treinta de abril, en un día de rubia bruma y de luz tierna, abandonamos melancólicamente Kratovicé ya indefendible, con su parque triste, que después transformaron en parque de juegos para obreros soviéticos, y su asolado bosque por donde merodeaban aún, hasta los primeros años de la guerra, los únicos uros supervivientes de la prehistoria. La tía Prascovie se había negado a salir de allí y la habíamos dejado en manos de una vieja sirvienta. Más tarde me enteré de que sobrevivió a todas nuestras desgracias. El camino se hallaba cortado detrás de nosotros, pero yo albergaba la esperanza de reunirme con las fuerzas antibolcheviques en el sudoeste de la comarca y, en efecto, conseguí alcanzarlas cinco semanas más tarde, con el ejército polaco aún en plena ofensiva. Contaba, para ayudarme a abrirme paso de aquel modo desesperado, con la rebelión de los campesinos del distrito, agotados por el hambre; no me equivoqué, pero aquellos desdichados no tenían la posibilidad de darnos de comer, así que el hambre y el tifus se llevaron su cuota correspondiente de hombres antes de llegar a Vitna. Dije antes que el Kratovicé de comienzos de la guerra era Conrad y no mi juventud; es posible también que aquella mezcla de indigencia y de grandeza, de marchas forzadas y de cabelleras de sauces mojadas, en los campos inundados por la crecida de los ríos, de fusilamientos y de repentinos silencios, de retortijones de estómago y de estrellas temblando en la noche pálida, como nunca las vi temblar después, fuese para mí Conrad y no la guerra, y la aventura al margen de una causa perdida. Cuando pienso en aquellos últimos días de la vida de mi amigo, evoco automáticamente el poco conocido cuadro de Rembrandt que el azar de una mañana de aburrimiento y de nieve me hizo descubrir unos años más tarde en la Galería Frick de Nueva York, en donde me hizo el efecto de un fantasma con un número de orden y figurando en el catálogo. Aquel joven erguido sobre un caballo pálido, aquel semblante a un mismo tiempo sensible y hosco, aquel paisaje desolado en donde el animal alarmado parece olerse la desgracia, y la Muerte y la Locura infinitamente más presentes que en el viejo grabado alemán, pues para sentirlas muy cerca ni siquiera hace falta su símbolo… Fui mediocre en Manchuria, y me alabo de no haber desempeñado en España sino un papel lo más insignificante posible. Mis cualidades de jefe sólo dieron su medida en aquella retirada, y frente a un puñado de hombres a los que me ataba mi único pacto humano. Comparado con aquellos eslavos que se abismaban vivos en la desgracia, yo representaba el espíritu geométrico, el mapa de Estado Mayor, el orden. En el pueblo de Novogrodno, fuimos atacados por un destacamento de jinetes cosacos. Conrad, Chopin, unos cincuenta hombres más y yo nos atrincheramos en el cementerio, separados del resto de nuestras tropas, acantonadas en la aldea, por una amplia ondulación de terreno semejante a la palma de una mano. Al llegar la noche, los últimos caballos enemigos desaparecieron por los campos de centeno, pero Conrad, herido en el vientre, estaba agonizando.

Me temí que le faltase el valor para pasar ese amargo cuarto de hora más largo que toda su vida, ese mismo valor que a menudo nace de pronto en los que han temblado hasta entonces. Pero cuando por fin me fue posible ocuparme de él, ya había franqueado esa línea de demarcación ideal más allá de la cual ya no se le tiene miedo a la muerte. Chopin le había metido en la herida uno de aquellos paquetes de vendas que con tanto cuidado reservábamos; para las heridas menos graves, empleábamos musgo seco. Caía la noche; Conrad reclamaba luz con una voz débil, obstinada, infantil, como si la oscuridad fuese lo peor de la muerte. Encendí uno de los faroles de hierro que, por aquellas tierras, cuelgan sobre las tumbas. Aquella lamparilla visible desde muy lejos en la noche clara podía atraer los disparos, pero me importaba un bledo, como podrán figurarse. Sufría hasta tal punto que, más de una vez, pensé en rematarlo; si no lo hice, fue por cobardía. En pocas horas lo vi cambiar de edad y casi cambiar de siglo: se fue pareciendo sucesivamente a un oficial herido de las campañas de Carlos XII, a un caballero de la Edad Media tendido en un sepulcro, en fin, a cualquier moribundo sin características de casta o de época, a un joven campesino, a un batelero de esas provincias del Norte de donde procedía su familia. Murió al amanecer, irreconocible, casi inconsciente, atiborrado de ron que Chopin y yo le dábamos, alternativamente: nos relevábamos para sostener a la altura de sus labios el vaso lleno hasta el borde y para apartar de su rostro a un enjambre empedernido de mosquitos.

Apuntaba el día y había que partir, mas yo me aferraba salvajemente a la idea de celebrar una especie de funerales; no podía enterrarlo así, como un perro, en un rincón del asolado cementerio. Dejé a Chopin con él y atravesé las hileras de tumbas, tropezando, en medio de aquella semipenumbra, con otros heridos. Llamé a la puerta del cuarto situado al extremo del jardín. El sacerdote había pasado la noche en el sótano, temiendo a cada instante que volvieran a empezar los fusilamientos; me lo encontré estupefacto de terror; creo que tuve que sacarlo de allí pegándole con la culata de mi fusil. Un poco más tranquilo, accedió a seguirme con un libro en la mano; pero una vez reintegrado a sus funciones, se produjo la indudable gracia de estado y la breve absolución fue dada con la misma solemnidad que en el coro de una catedral. Yo tenía la curiosa impresión de haber llevado a Conrad a buen puerto: muerto a manos del enemigo, bendecido por un sacerdote, entraba en una categoría de destino que hubieran aprobado sus antepasados; escapaba a los azares del día siguiente. El disgusto personal no tiene que ver nada con esa opinión, a la que de nuevo suscribo cada uno de los días de estos veinte años, y el porvenir no me hará cambiar la idea de que aquella muerte fue una suerte para él.

Después, y salvo en lo que concierne a los detalles puramente estratégicos, hay un fallo en mi memoria. Creo que hay en cada vida unos períodos durante los cuales el hombre existe realmente, y otros en que sólo es un aglomerado de responsabilidades, de fatigas y, para las mentes débiles, de vanidad. Por las noches, como no podía pegar un ojo, leía tendido encima de unos sacos, en un pajar, un volumen descabalado de las Memorias de Retz, que había cogido de la biblioteca de Kratovicé, y si la falta completa de ilusiones y de esperanzas es lo que caracteriza a los muertos, aquella cama no se diferenciaba esencialmente de la otra en donde Conrad empezaba a descomponerse. Pero sé muy bien que siempre existirá, entre vivos y muertos, una separación misteriosa cuya naturaleza ignoramos, y que los más sagaces de entre nosotros saben tanto sobre la muerte como una solterona sobre el amor. Si el hecho de morir es una especie de ascenso, no le disputo a Conrad esa misteriosa superioridad de rango. En cuanto a Sophie, se me había ido por completo de la cabeza. Del mismo modo que una mujer, a quien dejamos en plena calle, va perdiendo su individualidad a medida que se aleja y ya no es, desde lejos, sino un transeúnte igual que los demás, las emociones que ella me había procurado se hundían a distancia en la insignificante banalidad del amor; ya no me quedaba de ella más que uno de esos recuerdos descoloridos que le hacen a uno encogerse de hombros cuando los encuentra al fondo de su memoria, como una fotografía harto borrosa y tomada a contraluz durante un paseo olvidado. Más tarde, la imagen se ha visto reforzada por un baño de ácido. Yo me hallaba extenuado; un poco después, todo el mes que siguió a mi regreso a Alemania lo pasé durmiendo. Todo el final de esta historia transcurre para mí en una atmósfera que no está compuesta por ensoñaciones ni pesadillas, sino por un pesadísimo sueño. Me dormía de pie, como un caballo cansado. No trato ni mucho menos de alegar que fui irresponsable; el mal que podía haberle hecho a Sophie ya estaba hecho desde hace mucho tiempo y la más deliberada voluntad no hubiera podido añadir gran cosa. Es cierto que, en este último acto, yo no fui sino un comparsa sonámbulo. Me dirán que también había, en los melodramas románticos, papeles mudos y llamativos de verdugos. Mas tengo la impresión de que Sophie, a partir de un momento, había tomado en mano las riendas de su destino y sé que no me equivoco puesto que, en ocasiones, he tenido la bajeza de sufrir por ello. A falta de otras posesiones, bien podemos dejarle la iniciativa de su muerte.

El destino rizó el rizo en el pueblecito de Kovo, en la confluencia de dos ríos cuyo nombre resulta impronunciable, pocos días antes de que llegaran las tropas polacas. El río se había salido de su cauce al final de las grandes crecidas primaverales, transformando el distrito en un islote empapado y lleno de barro donde al menos nos hallábamos algo protegidos contra cualquier ataque que viniera del Norte. Casi todas las tropas enemigas establecidas por aquellos parajes habían sido llevadas al oeste para hacer frente a la ofensiva polaca. Comparados con aquella comarca, los alrededores de Kratovicé eran una región próspera. Ocupamos sin mayor dificultad el pueblo vacío en sus tres cuartas partes debido al hambre y a las ejecuciones recientes, así como los edificios de la pequeña estación inutilizada desde finales de la Guerra Mundial, en donde se pudrían vagones de madera sobre raíles llenos de herrumbre. Los restos de un regimiento bolchevique duramente diezmado en el frente de Polonia se hallaban acantonados en los antiguos talleres de unas hilaturas que un industrial suizo había instalado en Kovo, antes de la guerra. A corto de municiones y víveres, aún poseían, con todo, los suficientes para que sus reservas nos ayudaran después a resistir hasta la llegada de la división polaca que nos salvó. Las hilaturas de Warner estaban situadas en pleno terreno inundado: parece que estoy viendo aún aquella hilera de cobertizos muy bajos destacándose sobre el cielo grisáceo, lamidos ya por las aguas del río cuya crecida se iba convirtiendo en desastre con la llegada de las primeras tormentas. Varios de nuestros hombres se ahogaron en aquel barro, en el que uno se hundía hasta la mitad del cuerpo, como cazadores de patos salvajes en una ciénaga. La tenaz resistencia de los Rojos no cedió hasta que las aguas no empezaron a crecer de nuevo, llevándose una parte de los edificios, ya minados por cinco años de intemperies y de abandono. Nuestros hombres se encarnizaron con ellos, como si aquellos pocos cobertizos tomados por asalto les ayudaran a ajustar antiguas cuentas al enemigo.

Grigori Loew fue uno de los primeros cadáveres que encontré en el corredor de la fábrica Warner. Había conservado, en la muerte, su aire de tímido estudiante y de empleado obsequioso, lo que no le impedía ostentar su peculiar dignidad, de la que no carece casi ningún muerto. Yo estaba destinado a encontrar, tarde o temprano, a mis dos únicos enemigos personales en posesión de unas situaciones infinitamente más estables que la mía, y que aniquilaban casi por completo cualquier idea de venganza. He vuelto a ver a Volkmar durante mi viaje a América del Sur; representaba a su país en Caracas; tenía por delante una brillante carrera y, como si quisiera hacer más irrisoria toda veleidad de venganza, lo había olvidado todo. Grigori Loew estaba aún más lejos de mi alcance. Mandé que registraran su cadáver sin encontrar en sus bolsillos ni un solo papel que me informase sobre la suerte de Sophie. En cambio, llevaba consigo un ejemplar del Libro de Horas de Rilke, libro que también le gustaba mucho a Conrad. Aquel Grigori había sido probablemente, en aquel país y en aquella época, el único hombre con quien yo hubiese podido charlar agradablemente durante un cuarto de hora. Hay que reconocer que aquella manía judía de elevarse por encima de la prendería paterna había producido en Grigori Loew esos hermosos frutos psicológicos como son la abnegación a una causa, la afición a la poesía lírica, la amistad hacia una joven ardiente y, finalmente, ese privilegio algo trillado de una hermosa muerte.

Un puñado de soldados seguía resistiendo en el pajar del heno situado en lo alto de la granja. La larga galería sobre pilotes, vacilando ante el empuje de las aguas, se derrumbó por fin con unos cuantos hombres agarrados a una gruesa viga. Puestos a escoger entre ahogarse y ser ejecutados, los supervivientes tuvieron que rendirse sin hacerse ilusiones sobre el destino que les esperaba. De una y otra parte ya no se hacían prisioneros, pues ¿cómo arrastrar prisioneros consigo por aquellas asoladas tierras? Uno detrás de otro, seis o siete hombres extenuados bajaron con paso de borrachos por la pendiente escalera que llevaba del granero al cobertizo, atestado de bultos de lino enmohecido y que antaño sirvió de almacén. El primero, un gigante rubio herido en la cadera, se tambaleó, falló un peldaño y cayó al suelo donde fue rematado por alguien. De repente, en la parte de arriba de la escalera, vi asomar una cabellera enredada y resplandeciente, idéntica a la que había visto desaparecer bajo tierra tres semanas atrás. El anciano jardinero Michel, que había venido conmigo haciéndome de ordenanza, levantó la cabeza embrutecida por tantos acontecimientos y fatigas y exclamó estúpidamente:

—Señorita…

Sí que era Sophie, y me hizo desde lejos una seña indiferente y distraída con la cabeza, como una mujer que reconoce a alguien pero a quien no le interesa ser abordada. Vestida y calzada igual que los demás, se la hubiese tomado por un joven soldado. Atravesó con paso largo y ágil el grupito vacilante amontonado entre el polvo y la penumbra, se acercó al joven gigante rubio tendido al pie de la escalera y le echó la misma mirada dura y tierna con que una noche de noviembre miró al perro Texas. Se arrodilló para cerrarle los ojos. Cuando volvió a levantarse, su rostro había recobrado esa expresión vacía, monótona y tranquila como la de los campos de arado bajo un cielo de otoño. Obligamos a los prisioneros a que ayudasen en el transporte de las reservas de municiones y víveres hasta la estación de Kovo. Sophie caminaba la última, dejando colgar las manos; parecía un muchacho desenvuelto a quien acaban de eximir de un trabajo forzado y silbaba Tipperary.

Chopin y yo caminábamos uno junto al otro, a cierta distancia, y nuestros semblantes consternados debían de parecerse a los de unos padres en un entierro. Callábamos y ambos, en aquel momento, deseábamos salvar a la joven, desconfiando de que el otro se opusiera a su intención. A Chopin, al menos, aquella crisis de indulgencia se le pasó muy pronto y unas horas más tarde estaba tan decidido al extremo rigor como el mismo Conrad lo hubiera estado en su lugar. Para ganar tiempo, comencé por interrogar a los prisioneros. Los encerramos en un vagón de ganado olvidado en la vía y me los fueron trayendo uno tras otro a la oficina del jefe de estación. El primero al que interrogué —un campesino ruso— no entendió ni una palabra de las preguntas que yo le hice para guardar las formas, embrutecido como estaba por el cansancio, el coraje resignado y la indiferencia a todo. Tenía treinta años más que yo y nunca me he sentido más joven que ante aquel granjero que hubiera podido ser mi padre. Lo despedí, asqueado. Sophie hizo después su aparición entre dos soldados que lo mismo hubieran podido ser criados encargados de anunciar su presencia en un baile mundano. Por espacio de un instante, leí en su rostro ese miedo particular que no es otro sino el temor a que falle el valor. Se acercó a la mesa de madera desnuda a la que yo me acodaba y dijo muy deprisa:

—No espere informes de mí, Eric. No diré nada y no sé nada.
—No la he hecho venir aquí para pedirle informes —le contesté señalándole una silla.

Ella dudó un momento y acabó por sentarse.

—Entonces ¿por qué?
—Para aclarar algunas cosas. ¿Sabe que Grigori Loew ha muerto?

Agachó la cabeza solemnemente pero sin gran disgusto. Había puesto aquella misma cara en Kratovicé, cada vez que le anunciaban la muerte de alguno de nuestros camaradas que le era a un mismo tiempo indiferente y querido.

—Vi a su madre en Lilienkron el mes pasado. Pretendió que se había casado usted con Grigori.
—¿Yo? ¡Vaya ocurrencia! —dijo ella en francés y me bastó oír el sonido de aquella frase para volver al Kratovicé de antaño.
—No obstante, ¿se acostaban juntos?
—¡Vaya ocurrencia! —repitió—. Lo mismo sucedió con Volkmar: enseguida se figuró usted que éramos novios. Ya sabe que yo se lo contaba todo —continuó con su tranquila sencillez infantil.

Y luego, con tono sentencioso, añadió:

—Grigori era una persona estupenda.
—Empiezo a creerlo —dije—. Pero ¿y ese herido a quien se acercó usted antes? —Sí —dijo ella—. Al parecer aún seguimos siendo más amigos de lo que pensábamos puesto que ha adivinado usted.

Juntó pensativamente las manos y su mirada volvió a adoptar esa expresión fija y vaga, mirando más allá del interlocutor, que es propia de los miopes pero también de los seres absortos en una idea o en un recuerdo.

—Era muy bueno. No sé cómo me las hubiera arreglado yo sin él —dijo con el tono de una lección que se hubiese aprendido literalmente de memoria.
—¿Fue difícil vivir allí para usted?
—No, me encontraba bien.

Recordé que yo también me encontraba bien durante aquella primavera siniestra. La serenidad que de ella emanaba era de las que uno no puede arrebatar nunca completamente a un ser que ha conocido la felicidad en sus formas más elementales y seguras. ¿Habría encontrado esa felicidad junto a aquel hombre o su tranquilidad provenía de la cercanía de la muerte y el hábito al peligro? Fuera lo que fuese, ella ya no me amaba en aquel momento: ya no le preocupaba el efecto que pudiera producir sobre mí.

—¿Y ahora? —le dije indicándole un paquete de cigarrillos abierto, encima de la mesa.

Lo rechazó haciendo un gesto con la mano.

—¿Ahora? —me preguntó con tono sorprendido.
—¿Tiene usted familia en Polonia?
—¡Ah! —repuso ella—. Tiene usted intención de llevarme a Polonia. ¿Es también idea de Conrad?
—Conrad ha muerto —le contesté con la mayor sencillez que pude.
—Lo siento, Eric —dijo suavemente, como si aquella pérdida no le concerniese a ella.
—¿Tanto interés tiene en morir?

Las respuestas sinceras nunca son claras ni rápidas. Reflexionaba, frunciendo el ceño, lo que dibujaba en su frente las arrugas que podría tener dentro de veinte años. Yo asistía a ese misterioso cálculo que hizo Lázaro, sin duda, demasiado tarde y después de haber resucitado, en que el miedo sirve de contrapeso al cansancio, la desesperación al valor y el sentimiento de haber hecho ya bastante al deseo de seguir aún comiendo alguna vez, durmiendo algunas noches y viendo amanecer por las mañanas. Añádase a esto dos o tres docenas de recuerdos dichosos o desgraciados que, según los temperamentos, nos ayudan a contenernos o nos precipitan hacia la muerte.

Por fin dijo, y su respuesta era, seguramente, la más pertinente posible:

—¿Qué van a hacer con los demás?

No respondí nada y no responder bastaba para decirlo todo. Se levantó, como quien acaba de concluir un negocio que no le atañe personalmente.

—En lo que a usted concierne —dije levantándome—, ya sabe que haré lo imposible. No prometo nada más.
—No le pido a usted tanto —exclamó ella.

Y volviéndose a medias, escribió con el dedo en el cristal empañado algo que borró inmediatamente.

—¿No quiere usted deberme nada?
—Ni siquiera es por eso —contestó ella con el tono de quien se desinteresa de la conversación.

Yo había dado unos pasos en su dirección, fascinado pese a todo por aquella criatura revestida para mí de un doble prestigio: el de ser a un mismo tiempo una moribunda y un soldado. Si hubiese podido dejarme rodar por la pendiente, creo que hubiera balbuceado palabras de ternura sin ilación que ella se hubiera dado el gusto de rechazar con desprecio. Pero ¿dónde hallar unas palabras que no estuvieran falseadas hace mucho, hasta el punto de haberse vuelto inutilizables? Reconozco, por lo demás, que esto no es verdad sino en la medida en que había en nosotros algo irremediablemente obstinado que no prohibía confiar en las palabras. Un verdadero amor aún podía salvarnos, a ella del presente y a mí del porvenir. Pero ese verdadero amor, Sophie sólo lo había encontrado en un joven campesino ruso al que acababan de matar en un pajar.

Puse las manos torpemente en su pecho, como para asegurarme de que su corazón latía aún. Tuve que contentarme con repetir una vez más:

—Haré cuanto pueda.
—No trate ya de hacerlo, Eric —dijo ella apartándose de mí, sin que yo supiese si se refería a aquel gesto de amante o a mi promesa—. No resulta adecuado en usted.

Y acercándose a la mesa, tocó una campanilla olvidada en el despacho del jefe de estación. Apareció un soldado. Cuando ella se fue, me di cuenta de que me había robado el paquete de cigarrillos.

Nadie durmió seguramente aquella noche, y Chopin aún menos que los demás. Se supone que ambos compartíamos el pobre diván del jefe de estación; durante toda la noche lo vi ir y venir por el cuarto, proyectando en la pared su sombra de hombre gordo y vencido por los sinsabores. En dos o tres ocasiones, se paró ante mí, me puso la mano en la manga y movió la cabeza, para luego reanudar sus resignadas idas y venidas a largos y pesados pasos. Sabía, al igual que yo, que nos veríamos deshonrados de forma inútil, si les proponíamos a nuestros camaradas que soltaran únicamente a esa mujer, una mujer de la que nadie ignoraba que se había pasado al enemigo. Chopin suspiró. Me di la vuelta hacia la pared para no verlo; hubiera sido muy difícil para mí contenerme y no gritarle y, sin embargo, era a él sobre todo a quien yo compadecía. En cuanto a Sophie, no podía pensar en ella sin sentir en la boca del estómago una especie de náusea de odio que me hacía aplaudir su muerte. La reacción llegaba y yo me golpeaba la cabeza contra lo inevitable al igual que un prisionero se la golpea contra las paredes de su celda. El horror para mí no consistía tanto en la muerte de Sophie como en su obstinación en morir. Yo comprendía que un hombre mejor que yo hubiera hallado un recurso admirable, pero nunca me hice ilusiones sobre la genialidad de mi corazón. La desaparición de la hermana de Conrad liquidaría al menos mi juventud pasada, cortaría los últimos puentes entre aquel país y yo. Finalmente, recordaba las otras muertes a las que yo había asistido como si la ejecución de Sophie se viera justificada por ellas. Luego, pensando en el poco valor que tiene el producto humano, me decía que le estaba dando harta importancia a un cadáver de mujer, que apenas me habría enternecido de haberlo encontrado ya frío en el pasillo de la fábrica Warner.

Al día siguiente, Chopin se me adelantó en el terraplén situado entre la estación y la granja comunal. Los prisioneros, agrupados sobre una vía de aparcamiento, parecían un poco más muertos que la víspera. Aquellos de nuestros hombres que se habían turnado para vigilarlos estaban agotados por este trabajo suplementario y parecían sin fuerzas igualmente. Yo era quien había insistido para que esperásemos al amanecer; el esfuerzo al que me creía obligado para salvar a Sophie no había tenido otro resultado que el de hacerles pasar a todos una mala noche más. Sophie estaba sentada sobre un montón de maderas, y los tacones de sus recios zapatos habían hecho maquinalmente unas marcas en el suelo. Fumaba sin parar los cigarrillos robados; ésta era la única señal de angustia en ella y el aire fresco de la mañana ponía en sus mejillas lindos y sanos colores. Sus ojos distraídos no parecieron percatarse de mi presencia. Lo contrario me hubiera hecho gritar, sin duda. Se parecía demasiado a su hermano, de todos modos, para que yo no sintiera la impresión de verlo morir dos veces.

Siempre era Michel quien se encargaba, en aquellas ocasiones, de asumir el papel de verdugo, como si no hiciera sino continuar ejerciendo sus funciones de carnicero, que desempeñaba para nosotros en Kratovicé cuando, por casualidad, había que matar a alguna res. Chopin había dado órdenes de que se ejecutara a Sophie la última, ignoro todavía hoy si fue por exceso de rigor o por darle a alguno de nosotros la oportunidad de defenderla. Michel empezó por el ruso a quien yo había interrogado la víspera. Sophie echó una rápida y furtiva ojeada sobre lo que ocurría a su izquierda y luego volvió la cabeza como una mujer que se esfuerza por no ver un gesto obsceno que se está cometiendo a su lado. Cuatro o cinco veces se oyó aquel ruido de detonación y de caja que estalla, cuyo horror nadie había parecido advertir hasta entonces. De pronto, Sophie le hizo una seña a Michel, la seña discreta y perentoria de un ama de casa que da las últimas órdenes a un criado en presencia de sus invitados. Michel se adelantó, encorvando la espalda, con la misma sumisión estupefacta con que se disponía a matarla, y Sophie le murmuró al oído unas palabras que no pude adivinar por el movimiento de sus labios.

—Bien, señorita.

El antiguo jardinero se acercó a mí y me dijo al oído, con el tono malhumorado y deprecatorio de un viejo servidor intimidado, que no ignora que será despedido por transmitir aquel mensaje:

—Ella ordena… La señorita le pide… Quiere que sea usted quien…

Me tendió el revólver; yo cogí el mío y di un paso adelante automáticamente. Durante aquel trayecto tan corto, tuve tiempo de repetirme por lo menos diez veces que tal vez Sophie quisiera acudir a mí por última vez para que la salvase, y que esa orden no era sino un pretexto para hacerlo en voz baja. Pero no despegó los labios: con ademán distraído, empezó a desabrochar la parte de arriba de su chaqueta, como si yo fuera a aplicarle el revólver en el mismo corazón. Debo decir que mis escasos pensamientos iban todos a ese cuerpo vivo y cálido, que la intimidad de nuestra vida en común me había hecho tan familiar casi como el de un amigo, y me sentí oprimido por una suerte de dolor absurdo, pensando en los niños que aquella mujer hubiera podido traer al mundo y que hubieran heredado su valentía y sus ojos. Pero no nos pertenece a nosotros poblar los estudios ni las trincheras del porvenir. Un paso más y me hallé tan cerca de Sophie que hubiera podido besarla en la nuca o ponerle la mano en el hombro, que se movía con pequeñas sacudidas casi imperceptibles, pero ya no veía de ella más que el contorno de un perfil lejano. Respiraba demasiado aprisa y yo me aferraba a la idea de que, algún tiempo atrás, yo había deseado rematar a Conrad y que aquello era un poco lo mismo. Disparé volviendo la cabeza, a la manera de un niño asustado que tira un petardo en la noche de Navidad. El primer disparo no hizo sino llevarle parte de la cara, lo que me impedirá saber qué expresión pondría Sophie en la muerte. Al segundo disparo, todo se cumplió. Pensé al principio que, al pedirme que fuese yo quien realizara aquel acto, ella había creído darme una última prueba de amor y la más definitiva de todas. Comprendí después que lo único que deseaba era vengarse y dejarme una herencia de remordimientos. Su cálculo fue acertado: los tengo algunas veces. Siempre se ve uno cogido en la trampa con esas mujeres.

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