El tiro de gracia (III)

Marguerite Yourcenar

 

 

 

Sophie me siguió hasta el pasillo. Allí seguía ardiendo una inofensiva lamparilla al pie de una de las imágenes piadosas de tía Prascovie. Sophie respiraba alteradamente; su rostro ostentaba una radiante palidez, lo que me demostró que me había entendido. He vivido con Sophie momentos aún más trágicos, pero ninguno tan solemne ni tan cercano a un intercambio de promesas. Su hora en mi vida fue ésa. Alzó sus manos manchadas por la herrumbre de la barandilla en la que nos habíamos apoyado juntos un minuto antes y se arrojó en mis brazos como si acabaran de herirla en aquel mismo instante.

Lo más extraño es que ese gesto, que ella había tardado más de diez semanas en hacer, yo lo acepté. Ahora que está muerta y que he dejado de creer en los milagros, estoy satisfecho de haber besado su boca y sus rudos cabellos al menos una vez. Y de aquella mujer —semejante a un gran país conquistado en donde no entré nunca— conservo, en cualquier caso, el grado exacto de tibieza que aquel día tenía su saliva, y el olor de su piel viva. Y si alguna vez he podido amar a Sophie con toda la sencillez de los sentidos y del corazón, fue en aquel momento en que ambos poseíamos una inocencia de resucitados. Ella palpitaba, apretándose contra mí, y ninguno de mis encuentros casuales con mujeres o prostitutas me habían preparado para esa horrible dulzura. Aquel cuerpo a un mismo tiempo deshecho y rígido por la alegría pesaba en mis brazos con peso tan misterioso como lo hubiera hecho la tierra, si unas horas atrás hubiera penetrado en la muerte. No sé en qué momento se tornó en horror el deleite, desencadenando en mí el recuerdo de una estrella de mar que mi madre, antaño, me había puesto en la mano, lo que me provocó una crisis de convulsiones para gran susto de los bañistas. Me aparté de Sophie con un salvajismo que debió parecerle muy cruel a aquel cuerpo al que dejaba indefenso la felicidad. Abrió los ojos (los había cerrado) y vio en mi rostro algo más insoportable, sin duda, que el odio o el espanto, pues retrocedió, se tapó la cara con el codo levantado, al igual que una niña a quien abofetean, y fue la última vez que la vi llorar ante mis ojos. Tuve después otras dos entrevistas con Sophie sin testigos, antes de que todo se cumpliese. Pero a partir de aquella noche, todo sucedió como si uno de los dos estuviera ya muerto: yo en lo que a ella concernía y ella, en esa parte de sí misma que me había ofrecido su confianza a fuerza de amarme.

Lo que más se parece a las fases monótonas del amor son las repeticiones infatigables o sublimes de los cuartetos de Beethoven. Durante aquellas sombrías semanas de adviento (y la tía Prascovie, multiplicando sus días de ayuno, no nos permitía olvidar el calendario de la Iglesia), la vida continuaba en casa con su habitual porcentaje de calamidades, irritaciones y catástrofes. Vi morir o me enteré de la muerte de algunos escasos amigos; Conrad fue levemente herido; del pueblo, conquistado y perdido por tres veces consecutivas, no quedaban sino restos de algunos muros derritiéndose bajo la nieve. En cuanto a Sophie, estaba serena, resuelta, servicial y obstinada. Fue por entonces cuando Volkmar se refugió en la mansión para pasar el invierno, junto con los supervivientes de un regimiento que nos enviaba Von Wirth. Desde que había muerto Franz von Aland, nuestro pequeño cuerpo expedicionario alemán se había ido diezmando de día en día, siendo reemplazado por una mezcla de elementos bálticos y de rusos blancos. Yo conocía a aquel Volkmar, por haberlo aborrecido cuando tenía quince años, en la clase del profesor de matemáticas donde nos enviaban tres veces por semana durante los meses de invierno que pasábamos en Riga. Se parecía a mí como una caricatura se parece a su modelo: era correcto, hosco, ambicioso e interesado. Pertenecía a esa clase de hombres a un tiempo estúpidos y nacidos para triunfar, que sólo tienen en cuenta nuevos hechos en la medida en que pueden sacar algo de ellos, y basan sus cálculos en las constantes de la vida. De no ser por la guerra, Sophie no hubiera sido para él; se arrojó sobre aquella ocasión. Yo ya sabía que una mujer aislada en pleno cuartel adquiere sobre los hombres un prestigio que participa de la opereta y de la tragedia. A nosotros nos habían creído amantes, lo que era literalmente falso; no pasaron ni quince días sin que a ellos les pusieran la etiqueta de prometidos. Yo había soportado sin sufrir los encuentros de una Sophie medio sonámbula con muchachos que no hacían —y ni siquiera eso— sino procurarle momentos de olvido. Sus relaciones con Volkmar me inquietaron, porque ella me las ocultaba. No es que disimulara nada, simplemente me arrebataba mi derecho a inmiscuirme en su vida. Y bien es verdad que yo era menos culpable hacia ella que al principio de nuestra amistad, pero siempre se ve uno castigado a destiempo. Sophie era, sin embargo, lo bastante generosa para seguir teniendo conmigo afectuosas atenciones, y tanto más quizá cuanto que empezaba a juzgarme. Yo me equivocaba, pues, sobre el final de este amor al igual que me había equivocado respecto a su comienzo. Hay momentos en que aún creo que ella me amó hasta su último suspiro, pero desconfío de una opinión en la que mi orgullo se halla comprometido hasta tal punto. Había en Sophie un fondo de salud mental tan fuerte como para permitirle toda suerte de convalecencias amorosas: hay veces en que me la imagino casada con Volkmar, como un ama de casa rodeada de niños, aprisionando en una faja de goma rosa su ancha cintura de mujer cuarentona. Lo que invalida esta imagen es que Sophie murió exactamente en la misma atmósfera y luz pertenecientes a nuestro amor. En ese sentido y como se decía por entonces, tengo la impresión de haber ganado la guerra. Para expresarme de una manera menos odiosa, digamos simplemente que yo había sido más exacto en mis deducciones que Volkmar en sus cálculos y que existía, ciertamente, una afinidad de especie entre Sophie y yo. Pero durante aquella semana de Navidad, Volkmar gozó todos los triunfos.

Aún llamaba yo alguna vez por las noches a la puerta de Sophie para humillarme asegurándome que no estaba sola; antaño, es decir, un mes antes, en las mismas circunstancias, la risa falsa y provocativa de Sophie me hubiese tranquilizado casi tanto como lo hubieran hecho sus lágrimas. Pero abrían la puerta; la glacial corrección de aquella escena contrastaba con el antiguo desorden de ropa esparcida por el suelo y de botellas de licor; y Volkmar me ofrecía, con un gesto seco, su pitillera. No hay nada que soporte menos que el verme tratado con indulgencia; daba media vuelta figurándome sus murmuraciones y los insulsos besos que se darían después de salir yo. Hablaban de mí, además, y yo tenía razón al no ponerlo en duda. Entre Volkmar y yo existía un odio tan cordial que hay momentos en que me pregunto si no habría puesto sus ojos en Sophie únicamente porque todo Kratovicé nos unía. Pero preciso es que aquella mujer me interesara más apasionadamente de lo que suponía, cuando tanto me cuesta admitir que aquel imbécil la amase.

Jamás vi velada de Navidad más alegre que en Kratovicé durante aquel invierno de guerra. Irritado por los ridículos preparativos de Conrad y de Sophie, yo me había eclipsado con el pretexto de un informe que debía hacer. Hacia la medianoche, la curiosidad, el hambre y el murmullo de risas, así como el sonido algo cascado de uno de mis discos preferidos, me llevaron al salón donde las parejas daban vueltas a la luz de una lumbre de leña y de dos docenas de lámparas descabaladas. Una vez más, sentía la impresión de no participar en la alegría de los demás y por mi culpa, pero la amargura no era menor por ello. Habían preparado una cena a base de jamón crudo, de manzanas y de whisky, sobre una de las consolas ornada con recargados dorados; la misma Sophie había amasado el pan. La enorme anchura de espaldas del médico Paul Rugen me ocultaba la mitad de la estancia; con un plato en las rodillas aquel gigante despachaba con rapidez su parte de vituallas, con la premura de siempre por volver al hospital instalado en las antiguas cocheras del príncipe Pierre. Yo hubiera perdonado a Sophie de haber sido a éste y no a Volkmar a quien ella hubiera acudido. Chopin, que tenía una solitaria predilección por los juegos de sociedad, se afanaba por construir un edificio con cerillas en el gollete roto de una botella. Conrad, con su habitual torpeza, se había cortado en un dedo al tratar de partir el jamón en lonchas finas; con un pañuelo envolviéndole el índice a modo de venda, trataba de aprovechar la silueta del mismo para proyectar sombras diversas en la pared con ambas manos. Estaba pálido y todavía cojeaba un poco debido a una herida reciente. De cuando en cuando paraba de gesticular para ocuparse del gramófono.

La Paloma había dado paso a no sé qué canciones gangosas; Sophie cambiaba de pareja a cada baile. Bailar era una de las cosas que mejor hacía: giraba como una llama de fuego, ondulaba como una flor, se deslizaba como un cisne. Se había puesto un vestido azul, a la moda de 1914, el único traje de baile que poseyó en su vida, y aun así, creo que no se lo puso más de dos veces. Aquel vestido, a un mismo tiempo pasado de moda y nuevo, bastaba para transformar en heroína de novela a nuestra camarada del día anterior. Una multitud de muchachas vestidas de tul azul se reflejaban en todos los espejos y eran las únicas invitadas de la fiesta; el resto de los hombres se veía reducido a formar parejas entre sí. Aquella misma mañana, pese a su pierna enferma, Conrad se había obstinado en trepar a lo alto de un roble para apoderarse de una mata de muérdago; esta imprudencia, propia de un chiquillo, había provocado la primera de las dos únicas querellas que con mi amigo tuve. La ocurrencia de esa mata de muérdago provenía de Volkmar; colgada de la sombría araña de cristal, que ninguno de nosotros había visto encendida desde las Navidades de nuestra infancia, servía a los jóvenes de pretexto para besar a su pareja. Cada uno de aquellos jóvenes pegó por turno sus labios a los de una Sophie altiva, divertida, condescendiente, bonachona y tierna. Cuando yo entré en el salón le había llegado el turno a Volkmar; se dieron un beso que yo sabía, por experiencia, distinto de un beso de amor, pero que significaba indudablemente alegría, confianza, entendimiento. La exclamación de Conrad: «¡Anda, Eric! ¡Sólo faltabas tú!», obligó a Sophie a volver la cabeza. Yo permanecí en el hueco de la puerta, lejos de todas las luces, cerca del salón de música. Sophie era miope pero me reconoció, sin embargo, pues cerró los ojos. Apoyó las manos sobre aquellas aborrecidas hombreras que los Rojos clavaban, en ocasiones, en la carne de los oficiales blancos prisioneros, y el segundo abrazo que le dio a Volkmar fue un beso de desafío. Su pareja inclinaba sobre ella un rostro enternecido y apasionado a un mismo tiempo; si esa expresión es la del amor, locas están las mujeres cuando no huyen de nosotros y mi desconfianza hacia ellas no carece de razón. Con su atavío azul, que le dejaba los hombros al descubierto, y echando hacia atrás sus cortos cabellos —un poco quemados al rizárselos con las tenacillas—, Sophie le ofrecía a aquel bruto los labios más provocativos y falsos que jamás vi en una estrella de cine, a quien se le van los ojos detrás de la cámara. Aquello era demasiado. La cogí por el brazo y le di una bofetada. La sacudida o la sorpresa fueron tan grandes que retrocedió, dio una vuelta sobre sí misma, tropezó con el pie en una silla y cayó al suelo. Empezó a sangrar por la nariz, lo que vino a añadirse a la ridiculez de aquella escena.

El estupor de Volkmar fue tal que tardó un momento en abalanzarse sobre mí. Rugen se interpuso y creo que me sentó a la fuerza en un sillón Voltaire. Por poco acaba la fiesta con un numerito de boxeo; en pleno tumulto, Volkmar se desgañitaba reclamando disculpas. Creyeron que estábamos borrachos, lo que arregló la situación. Salíamos al día siguiente para una peligrosa misión y no se bate uno en duelo con un camarada, en una noche de Navidad y por una mujer a la que no ama. Me obligaron a estrechar la mano de Volkmar y el hecho es que yo echaba pestes únicamente contra mí. En cuanto a Sophie, había desaparecido con un gran crujido de tul arrugado. Al arrancarla a su pareja, yo había roto el cierre del fino collar de perlas que llevaba al cuello y que le había regalado su tía Galitzine el día de su confirmación. El inútil juguete estaba en el suelo, y yo me lo metí maquinalmente en el bolsillo. Nunca tuve después la ocasión de devolvérselo a Sophie y he pensado a menudo en venderlo, durante mis períodos de penuria, pero las perlas se habían puesto amarillentas y ningún joyero las hubiera aceptado. Aún lo conservo o, más bien, lo conservaba, en el fondo de un maletín que me robaron este año en España. Hay algunos objetos que uno guarda sin saber por qué.

Aquella noche, mis idas y venidas de la ventana al armario tuvieron la misma regularidad que los paseos de la tía Prascovie. Yo paseaba descalzo y mis pasos sobre el piso no podían despertar a Conrad, que dormía detrás de la cortina. Más de diez veces, buscando en la oscuridad mis zapatos y mi chaqueta, estuve a punto de ir a la habitación de Sophie, a la que estaba seguro de encontrar sola esta vez. Movido por la ridícula necesidad de ver claro de un cerebro apenas adulto, aún seguía preguntándome si quería a esa mujer. Y bien es cierto que hasta el momento me faltaba esa prueba con la cual los menos groseros de entre nosotros averiguan la autenticidad del amor, y Dios sabe que le guardaba rencor a Sophie por mis propias vacilaciones. Pero lo peor de aquella muchacha que se abandonaba a todos era que uno no podía pensar en comprometerse con ella si no era para toda la vida. En una época en que todo era indeciso, yo me decía que aquella mujer, al menos, era fuerte como la tierra, sobre la cual puede uno edificar o acostarse. Hubiera sido hermoso empezar un nuevo mundo con ella, en una soledad de náufragos. Yo sabía que, hasta ahora, había vivido encerrado en unos límites; mi posición se haría inaguantable. Conrad envejecería, yo también y la guerra no siempre serviría de excusa para todo. Al pie del armario de luna, unas repulsas no todas innobles triunfaban sobre unas conformidades no todas desinteresadas. Me preguntaba, con una supuesta sangre fría, lo que contaba hacer con aquella mujer y la verdad era que no estaba dispuesto a considerar a Conrad como a mi cuñado. No abandona uno a un amigo divinamente joven, de veinte años, para seducir —pese a uno mismo— a su hermana. Y luego, como si mi vaivén por la habitación me hubiera llevado a la otra extremidad del péndulo, volvía a ser temporalmente ese personaje a quien importaba un bledo mis complicaciones personales y que se parecía, sin duda, rasgo por rasgo, a todos los de mi raza que, antes que yo, habían buscado novia. Aquel muchacho, menos complicado de lo que habitualmente soy, palpitaba como cualquiera al recuerdo de unos blancos senos. Un poco antes de levantarse el sol —si es que se levantaba, en aquellos días grises— oí el dulce rumor fantasmal que producen las vestiduras femeninas temblando al viento de un corredor; se oía rascar la puerta como lo hace un animal familiar cuando quiere que su amo le abra la puerta, y la respiración entrecortada de una mujer tras haber corrido hasta el final de su destino. Sophie hablaba en voz baja, pegada la boca a la puerta de roble, y las cuatro o cinco lenguas que conocía —entre ellas el francés y el ruso— le servían para murmurar de diferentes formas esas torpes palabras que, en todos los países, son siempre las más trilladas y más puras.

—Eric, mi único amigo, le suplico que me perdone.
—Sophie, querida Sophie, me voy… La veré en la cocina mañana, a la hora en que salgamos. Tengo que hablarle… Discúlpeme.
—Eric, yo soy quien le pide perdón.

El que pretende recordar palabra por palabra una conversación siempre me pareció un mentiroso o un mitómano. A mí nunca me quedan sino briznas, un texto lleno de agujeros, como un documento comido por los gusanos. Mis propias palabras, incluso en el instante en que las pronuncio, no las oigo. En cuanto a las de mi interlocutor, se me escapan y sólo recuerdo el movimiento de una boca al alcance de mis labios. Todo lo demás no es sino reconstitución arbitraria y falseada, y esto vale igualmente para las demás palabras que trato de recordar aquí. Si me acuerdo poco más o menos sin error de las pobres insulseces que nos dijimos aquella noche, se debe probablemente a que éstas fueron las últimas palabras dulces que Sophie me dijo en su vida. Tuve que renunciar a dar la vuelta a la llave en la cerradura sin hacer ruido. Uno cree vacilar o haber tomado una decisión, pero siempre se debe a razones pequeñas el que la balanza se incline a uno u otro lado. Mi cobardía o mi valor no llegaban hasta el punto de poner a Conrad frente a una explicación. Conrad, con su ingenuidad, había creído ver en mi gesto del día anterior una protesta contra las familiaridades que el primer recién llegado se tomaba con su hermana; ignoro todavía si yo me habría resignado a confesarle alguna vez que, durante cuatro meses, había estado mintiéndole por omisión. Mi amigo daba vueltas en la cama soñando, con los involuntarios gemidos que le arrancaba el roce de su pierna herida contra la sábana; volví a tenderme en mi cama, con las manos bajo la nuca y traté de no pensar más que en la expedición del día siguiente. Si hubiera poseído a Sophie aquella noche, creo que hubiera gozado con avidez de aquella mujer a quien acababa de marcar como algo mío ante los ojos de todos. Sophie, por fin dichosa, hubiera sido seguramente invulnerable a los ataques que pronto iban a separarnos para siempre: hubiera sido, pues, de mí, de quien fatalmente hubiera venido la ruptura. Tras unas cuantas semanas de desencanto o de deleite, mi vicio —desesperante e indispensable al mismo tiempo— me hubiera reconquistado; y ese vicio, pese a lo que pueda creerse, consiste menos en el amor por los chicos jóvenes que en amor a la soledad. Las mujeres no pueden vivir en soledad; todas la destrozan, aunque sólo sea para crear en ella un jardín. El ser que me constituye en aquello más inexorablemente personal que hay dentro de mí, hubiera terminado por vencer, con lo cual, de buen o mal grado, hubiera abandonado a Sophie, al igual que un jefe de Estado Mayor abandona una provincia demasiado alejada de la metrópolis. La hora de Volkmar hubiera vuelto infaliblemente a sonar para ella o, en su defecto, la hora de lanzarse a la calle. Hay cosas más limpias que una serie tal de desgarramientos y mentiras, que recuerdan el idilio del viajante y la criada, y hoy me parece que la desgracia no arregló tan mal las cosas. No es menos cierto que perdí probablemente una de las mejores oportunidades de mi vida. Pero existen oportunidades que, pese a todo, nuestro espíritu rechaza.

Hacia las siete de la mañana bajé a la cocina, en donde Volkmar me esperaba ya preparado para marchar. Sophie había calentado café y preparado unas provisiones con los restos de la cena de la noche anterior; era perfecta en esos cuidados propios de la mujer de un soldado. Nos dijo adiós en el patio, poco más o menos en el mismo lugar donde yo había enterrado a Texas una noche de noviembre. No estuvimos a solas ni un instante. Dispuesto a comprometerme en cuanto regresara, no me disgustaba, sin embargo, poner entre mi declaración y yo un plazo de tiempo que tal vez tuviese la duración de la muerte. Los tres parecíamos haber olvidado los incidentes de la víspera; aquella cicatrización, al menos aparente, era un rasgo de nuestra vida sin cesar cauterizada por la guerra. Volkmar y yo besamos la mano que nos tendían, y que siguió haciéndonos señas desde lejos, señas que cada uno de nosotros creía destinada a él solo. Nuestros hombres nos esperaban junto a los barracones, en cuclillas alrededor de una lumbre. Nevaba, lo que empeoraría el cansancio del camino, pero quizá nos salvaguardase de sorpresas. Los puentes habían saltado, pero el río estaba helado y seguro. Nuestro objetivo era llegar hasta Munau, en donde Brussarof se hallaba bloqueado en una situación más expuesta que la nuestra, y proteger —en caso de necesidad— su repliegue sobre nuestras líneas.

Las comunicaciones telefónicas estaban cortadas desde hacía unos días entre Munau y nosotros, sin que supiéramos si era menester atribuirlo a la tempestad o al enemigo. En realidad, el pueblo había caído en manos de los Rojos la víspera de Navidad. El resto de las tropas de Brussarof, duramente afectado, se había refugiado en Gurna. El mismo Brussarof se hallaba gravemente herido y murió una semana más tarde. En ausencia de otros jefes, me incumbió la responsabilidad de organizar la retirada. Intenté un contraataque sobre Munau, con la esperanza de recobrar a los prisioneros y el material de guerra, lo que logró únicamente debilitarnos más aún. Brussarof, en sus momentos de lucidez, se obstinaba en no abandonar Gurna, cuya importancia estratégica exageraba. Además, yo siempre consideré bastante incapaz a ese supuesto héroe de la ofensiva de 1914 contra nuestra Prusia Oriental. Era indispensable que uno de nosotros se acercase a Kratovicé para traer a Rugen, y seguidamente se encargara de llevarle a Von Wirtz un informe exacto sobre nuestra situación, o más bien dos informes, el de Brussarof y el mío. Si elegí a Volkmar para esta misión fue porque era el único que poseía el tacto suficiente para tratar con el comandante en jefe, y para convencer a Rugen de que se reuniese con nosotros, pues no he dicho que una de las particularidades de Paul consistía en albergar una aversión sorprendente hacia los oficiales de la Rusia Imperial, incluso hacia aquellos que militaban en nuestras filas, que eran casi tan irreductiblemente hostiles a los emigrados como a los bolcheviques. Además y por una curiosa deformación profesional, la abnegación de Paul por los heridos no iba más allá de las paredes de su ambulancia. Brussarof, que estaba muriéndose en Gurna, le interesaba menos que cualquiera de los heridos que había operado recientemente.

Entendámonos, no quiero ser acusado de mayor perfidia de la que soy capaz. Yo no trataba de quitarme de encima a un rival (este término hace sonreír) encargándole una misión peligrosa. Partir no era más peligroso que quedarse y no creo que Volkmar me guardara rencor por exponerlo a un riesgo suplementario. Tal vez se lo esperase y, llegado el caso, él hubiera hecho lo mismo conmigo. La otra solución hubiera sido volver yo mismo a Kratovicé dejando el mando en manos de Volkmar, pues Brussarof estaba delirando y ya no contaba para nada. En aquel momento, Volkmar se enfadó de que se le atribuyese el papel menos importante; tal y como después sucedieron las cosas, supongo que me agradecería el haber tomado sobre mí la mayor responsabilidad. Tampoco es cierto que yo lo mandase a Kratovicé para ofrecerle una última oportunidad de suplantarme definitivamente cerca de Sophie: ésas son finuras de las que uno no se da cuenta hasta después. Yo no desconfiaba de Volkmar, lo que tal vez hubiera sido normal entre ambos: contra todo lo esperado, había dado muestras de ser bastante buena persona durante aquellos días que pasamos uno al lado de otro. En esto, como en muchas otras cosas, me fallaba el olfato. Las virtudes de camaradería de Volkmar no eran, para hablar con propiedad, un revestimiento hipócrita, sino una especie de gracia de estado militar que él se ponía y se quitaba junto con el uniforme. Hay que decir también que sentía hacia mí un antiguo odio animal y no sólo interesado. Yo era, a sus ojos, un objeto de escándalo probablemente tan repugnante como una araña. Es posible que creyera un deber advertirle a Sophie en contra mía y aún debo agradecerle el no haber jugado esa carta antes. Yo me suponía que era peligroso para mí ponerlo frente a Sophie, a suponer que ésta me importase mucho, pero no era el momento adecuado para consideraciones de esa clase y, de todos modos, mi orgullo me hubiese impedido detenerme en ellas. En cuanto a perjudicarme cerca de Von Wirtz, estoy persuadido de que no lo hizo. Aquel tal Volkmar era un hombre honrado, hasta cierto punto, como todo el mundo.

Rugen llegó unos días más tarde, flanqueado por camiones blindados y una ambulancia. Nuestra estancia en Gurna no podía prolongarse, así que determiné llevarnos a Brussarof a la fuerza. Murió por el camino, como era de prever, y resultaría tan molesto de muerto como lo fue de vivo. Nos atacaron más arriba del río y sólo conseguí salvar a un puñado de hombres con los que seguí hasta Kratovicé. Los errores que cometí durante aquella retirada en miniatura me sirvieron unos meses más tarde para las operaciones efectuadas en la frontera de Polonia, y cada uno de aquellos muertos de Gurna me ayudó después a salvar una docena de vidas. Poco importa: los vencidos nunca tienen razón y yo merecía todos los vituperios que cayeron sobre mí, salvo el de no haber obedecido las órdenes de un enfermo cuyo cerebro empezaba ya a disgregarse. La muerte de Paul, sobre todo, me trastornó: yo no tenía otro amigo. Me doy cuenta de que esta afirmación parece contradecir todo lo que llevo dicho hasta aquí. Si uno se detiene a pensarlo, es bastante difícil, sin embargo, poner de acuerdo esas contradicciones. Pasé la primera noche que siguió a mi regreso en los barracones, tendido en uno de esos jergones cuajados de piojos que añadían a nuestros peligros el del tifus exantemático, y creo que dormí con la pesadez de un muerto. No había cambiado de resolución en lo que a Sophie concernía y, por lo demás, carecía de tiempo para pensar en ella, mas tal vez no quisiera poner el pie en la trampa inmediatamente, aun habiendo aceptado ser atrapado en ella. Todo, aquella noche, me parecía innoble, inútil, embrutecedor y gris.

Al día siguiente, en una mañana de nieve derretida y de viento del oeste, franqueé la corta distancia existente entre los barracones y la mansión. Para subir al despacho de Conrad, lo hice por la escalera de honor, atestada de paja y de cajones hundidos, en lugar de subir por la de servicio, que yo casi siempre utilizaba. No me había lavado ni afeitado y me encontraba en estado de absoluta inferioridad en caso de hallarme ante una escena de reproches o de amor. La escalera estaba muy oscura, tan sólo iluminada por la luz de una rendija de un postigo cerrado. Entre el primero y el segundo piso me encontré súbitamente cara a cara con Sophie, que bajaba la escalera. Llevaba puesta la pelliza y las botas para la nieve, así como una ligera toquilla de lana tapándole la cabeza, a la manera de esos pañuelos de seda que se ponen las mujeres este año en las playas. En la mano sostenía un paquete envuelto en un trapo de cocina atado por las cuatro esquinas, pero yo ya la había visto en muchas otras ocasiones con paquetes semejantes en sus visitas a la ambulancia o a la mujer del jardinero. Nada de todo aquello era nuevo para mí y lo único que hubiese podido ponerme sobre aviso hubiera sido su mirada. Pero procuró eludir la mía.

—Sophie, ¿cómo sale usted con un tiempo tan malo? —bromeé yo tratando de cogerle la muñeca.
—Sí —dijo ella—. Me marcho.

Su voz me hizo comprender que se trataba de algo serio y que, en efecto, estaba decidida a salir.

—¿Adónde va usted?
—Eso no le incumbe —dijo ella apartando la muñeca con seco ademán, y en su garganta se notó una ligera hinchazón, semejante al bulto que en el cuello tienen las palomas, indicando así que se tragaba un sollozo.
—¿Y se puede saber por qué se marcha, querida?
—¡Ya estoy harta! —repitió ella con un movimiento convulsivo en los labios, que al instante me recordó el tic de la tía Prascovie—. ¡Ya estoy harta!

Y cambiando su ridículo paquete de la mano izquierda a la mano derecha, paquete que le daba el aspecto de una criada a quien hubieran echado a la calle, se abalanzó para escapar y sólo consiguió bajar un peldaño, lo que nos acercó a pesar suyo. Entonces, respaldándose contra el muro de manera tal que le permitiese dejar entre ambos el mayor espacio posible, alzó hacia mí, por primera vez, unos ojos horrorizados.

—¡Ah! —dijo—. Todos ustedes me dan asco.

Estoy seguro de que las palabras que después soltó al azar no eran de ella, y no es difícil adivinar de quién las tomaba. Parecía una fuente escupiendo lodo. Su rostro tomaba la expresión de una grosera campesina: en ocasiones he visto esas explosiones de obscenidad en las mujeres del pueblo. Poco importaba que sus acusaciones fueran o no justificadas y además, todo lo que se suele decir sobre esas materias son siempre falsedades, pues las verdades sensuales escapan al lenguaje y están hechas únicamente para ser susurradas de unos labios a otros. La situación se esclarecía: yo tenía ante mí a un adversario y el haber supuesto que había odio dentro de la abnegación de Sophie me tranquilizaba al menos sobre mi clarividencia. Es posible que una confidencia total por mi parte le hubiera impedido pasarse de esta manera al enemigo, mas esas consideraciones resultan inútiles, como las que establecen la posible victoria de Napoleón en Waterloo.

—¿Y supongo que todas esas infamias las sabe usted por Volkmar?
—¡Oh, ese…! —contestó con tal aire de desprecio que no me dejó duda alguna sobre los sentimientos que albergaba por él. En aquel momento debía de confundirnos a ambos en un mismo desprecio, y junto con nosotros a todo el resto de los hombres.

—¿Sabe usted lo que me extraña? Que esas encantadoras ideas no se le hayan ocurrido hace ya mucho tiempo —dije con el tono más despreocupado posible y tratando, no obstante, de arrastrarla a uno de esos debates en que ella se hubiera perdido dos meses atrás.

—Sí —respondió distraídamente—. Sí, pero no tiene importancia.

No estaba mintiendo: nada tiene importancia para las mujeres si no es ellas mismas, y cualquier otra opción les parece una locura crónica o una aberración pasajera. Le iba a preguntar ásperamente qué era lo que le importaba entonces, cuando vi descomponerse su rostro y sus ojos, estremeciéndose en un nuevo ataque de desesperación, como si estuviera bajo la punzada intensa de un neuralgia.

—De todos modos, nunca creí que mezclara usted a Conrad en esto.

Volvió débilmente la cabeza y sus pálidas mejillas se llenaron de fuego, como si la vergüenza de semejante acusación fuera demasiado grande para no salpicarla también a ella. Comprendí entonces que la indiferencia hacia los suyos, que tanto me había escandalizado en Sophie, era un síntoma engañoso, una astucia del instinto para mantenerlos lejos de la miseria y del fango en que ella creía haber caído; y que su ternura hacia su hermano había seguido manando a través de mí, invisible como un manantial en el agua salada del mar. Aún más, había investido a Conrad con todos los privilegios y virtudes a los que renunciaba, como si aquel frágil muchacho fuera su inocencia. El ver que ella tomaba su defensa en contra mía me alcanzó en el punto más sensible de mi mala conciencia. Todas las respuestas hubieran sido buenas, salvo aquella con la que tropecé por irritación, por timidez, por un deseo apresurado de herir para vengarme. En lo más profundo de nosotros vive un patán insolente y obtuso, y él fue quien replicó:

—Las mujeres del arroyo no tienen por qué encargarse de vigilar las costumbres, querida amiga.

Me miró con sorpresa, como si, de todos modos, no se esperase aquello y me percaté demasiado tarde de que hubiese aceptado con gozo una negativa por mi parte y que, en cambio, una confesión hubiera provocado en ella un torrente de lágrimas. Inclinada hacia delante y frunciendo el ceño buscó una respuesta a esta frasecita que nos separaba más que una mentira o que un vicio y, al no encontrar más que un poco de saliva en su boca, me escupió a la cara. Apoyado en la barandilla la miré estúpidamente bajar las escaleras, con paso a un mismo tiempo pesado y rápido. Una vez abajo se enganchó sin querer la pelliza en el clavo herrumbroso de un cajón de embalaje y tiró, desgarrando todo un trozo del chaquetón de nutria. Un instante después oí cerrarse la puerta del vestíbulo.

Me limpié la cara con la manga antes de entrar a ver a Conrad. El ruido de ametralladora y de máquina de coser del telégrafo crepitaba al otro lado de las contraventanas abiertas. Conrad estaba trabajando de espaldas a la ventana, acodado a una enorme mesa de roble esculpido, en medio de aquel despacho donde un abuelo maníaco había amontonado una grotesca colección de recuerdos de caza. Una serie ridícula y siniestra de animalitos disecados llenaba las estanterías y siempre me acordaré de una ardilla ataviada de manera risible con una chaqueta y un gorrito tirolés, cubriendo su pelaje comido por los gusanos. Pasé unos cuantos de los momentos más críticos de mi vida en aquella estancia que olía a alcanfor y a naftalina. Conrad apenas levantó, al verme, su cara pálida y surcada por el agotamiento y la inquietud. Me fijé en que el mechón de pelo rubio, que se obstinaba en caer sobre su frente, empezaba a ser menos tupido y brillante que antaño: empezaría a quedarse calvo a los treinta años. Conrad, como buen ruso, era uno de los fanáticos admiradores de Brussarof; me creía equivocado, tanto más cuanto que se había angustiado mucho por mí. Me interrumpió en cuanto empecé a hablar.

—Volkmar no creía que Brussarof estuviese herido mortalmente.
—Volkmar no es médico —le contesté yo, y el choque que me produjo este nombre hizo que se desbordara en mí todo el rencor contra aquel personaje, del que no me sentía capaz diez minutos antes—. Paul pensó enseguida que a Brussarof no le quedaban más de cuarenta y ocho horas de vida…
—Y como Paul no está aquí, sólo nos queda creer en tu palabra.
—Di enseguida que hubieras preferido que no volviese.
—¡Ah, cuánto asco me dais todos! —dijo cogiéndose la cara entre sus estrechas manos, y me sorprendió lo idéntico que fue aquel grito al de la fugitiva. El hermano y la hermana eran igualmente puros, intolerantes e irreductibles.

Mi amigo no me perdonó jamás la pérdida de aquel anciano imprudente y mal informado, pero sostuvo en público hasta el final ese modo de obrar que para sí juzgaba imperdonable. De pie ante la ventana, yo escuchaba a Conrad sin interrumpirle; aún más, apenas si le oía. Una figura pequeña, que se destacaba sobre un fondo de nieve, de barro y de cielo gris, ocupaba mi atención y mi único temor era que Conrad se levantase cojeando y acudiera a su vez a echar una ojeada por la ventana. Ésta daba al patio y, más allá de la antigua panadería, se vislumbraba un recodo de la carretera que conducía al pueblo de Mârba, a la otra orilla del lago. Sophie caminaba penosamente, arrancando con esfuerzo del suelo sus pesadas botas, que iban dejando tras ella unas huellas enormes; agachaba la nuca, cegada sin duda por el viento, y su hatillo le hacía parecerse, desde lejos, a una vendedora ambulante. Contuve la respiración hasta el momento en que su cabeza, envuelta en la toquilla, desapareció por detrás del pequeño muro en ruinas que bordeaba la carretera. La censura que la voz de Conrad seguía vertiendo sobre mí, yo la aceptaba a cambio de los justificados reproches que hubiera tenido derecho a hacerme de haber sabido que yo consentía en que Sophie se marchara sola y sin esperanza de regresar, en una dirección desconocida. Estoy seguro de que, en aquel momento, ella tenía justo el valor necesario para seguir andando sin volver atrás la cabeza. Conrad y yo hubiéramos podido alcanzarla fácilmente y traerla a casa a la fuerza, y eso era precisamente lo que no quería. Por rencor, en primer lugar, y además porque, después de lo sucedido entre ella y yo, ya no soportaba volver a verla, ni que entre nosotros se instalara de nuevo aquella situación monótona y tensa. Por curiosidad también, y aunque sólo fuera por dejar a los acontecimientos la oportunidad de desarrollarse por sí mismos. Una cosa al menos estaba clara: ella no iba a arrojarse en brazos de Volkmar. Contrariamente también a la idea que un momento antes me había pasado por la cabeza, aquel camino de sirga abandonado no la llevaba a las avanzadillas rusas. Yo conocía demasiado bien a Sophie para saber que nunca volveríamos a verla viva en Kratovicé, pero conservaba, pese a todo, la certidumbre de que un día u otro nos encontraríamos frente a frente. Aun habiendo sabido en qué circunstancias, creo que no habría hecho nada por interponerme en su camino. Sophie no era ninguna niña y yo respeto lo suficiente a las personas, a mi manera, como para no impedirles que tomen sus responsabilidades.

Por muy extraño que esto pueda parecer, pasaron cerca de treinta horas antes de que fuera descubierta la desaparición de Sophie. Como era de esperar, fue Chopin quien dio la alarma. Había visto a Sophie el día anterior al mediodía, en el lugar en que el camino que va hacia Mârba se separa de la orilla y se adentra por un bosquecillo de pinos. Sophie le había pedido un cigarrillo y, como sólo le quedaba uno, él lo había compartido con ella. Se habían sentado uno al lado del otro en el banco viejo que aún quedaba allí, testimonio desvencijado de una época en que todo el estanque se hallaba comprendido dentro de los límites del parque, y Sophie le había preguntado por su mujer a Chopin, pues ésta acababa de dar a luz en una clínica de Varsovia. Al marcharse, ella le había pedido que no contara nada de aquel encuentro.

—Sobre todo, nada de habladurías, ¿me has comprendido? Es Eric quien me envía, sabes…

Chopin estaba acostumbrado a verla llevar peligrosos mensajes por orden mía, cosa que me reprochaba en silencio. Al día siguiente, no obstante, me preguntó si yo le había encargado alguna misión a la muchacha, en dirección a Mârba. Tuve que contentarme con encogerme de hombros; Conrad, inquieto, insistió; tuve entonces que mentir y manifestarle que no había visto a Sophie desde que había regresado. Hubiera sido más prudente admitir que me había cruzado con ella por la escalera, pero uno miente casi siempre para sí mismo y para esforzarse por alejar un recuerdo.

Al día siguiente, unos refugiados rusos recién llegados a Kratovicé aludieron a una joven campesina vestida con una pelliza de pieles, con quien habían tropezado a lo largo del camino, bajo el tejadillo de una choza en donde estuvieron descansando durante una ráfaga de nieve. Habían intercambiado con ella saludos y bromas entorpecidas por su ignorancia del dialecto, y ella les había ofrecido su pan. A las preguntas que uno de ellos le había hecho en alemán, ella había contestado meneando la cabeza, como si no conociese más que el dialecto local. Chopin insistió para que Conrad organizase una búsqueda por los alrededores, lo que no dio ningún resultado. Todas las granjas que por aquella parte había estaban abandonadas y las huellas solitarias que se encontraron en la nieve hubieran podido pertenecer igualmente a un merodeador o a un soldado. Al día siguiente, el mal tiempo disuadió incluso al mismo Chopin de continuar sus exploraciones y un nuevo ataque de los Rojos nos obligó a preocuparnos de otra cosa que no fuera la huida de Sophie.

Conrad no me había encargado la custodia de su hermana y yo, después de todo, no era quien la había empujado voluntariamente por los caminos. No obstante, durante todas aquellas largas noches, la imagen de la joven pateando el barro helado obsesionó mi insomnio tan obstinadamente como si se hubiera tratado de un fantasma. Y de hecho, Sophie muerta nunca me persiguió tanto como lo hacía por aquel entonces Sophie desaparecida. A fuerza de reflexionar sobre las circunstancias de su partida, di con una pista que guardé para mí. Me figuraba desde hacía mucho tiempo que la toma de Kratovicé a los Rojos no había interrumpido por completo las relaciones entre Sophie y el antiguo dependiente de la librería, Grigori Loew. Ahora bien, el camino hacia Mârba también llevaba a Lilienkron, en donde la madre de Loew ejercía la doble y lucrativa profesión de comadrona y de modista. Su marido, Jacob Loew, había practicado el oficio casi tan oficial y más lucrativo aún de la usura, mucho tiempo sin saberlo su hijo —quiero creerlo así— y después para gran repugnancia de éste. Durante las represalias de las tropas antibolcheviques, el tío Loew fue asesinado en el umbral de la prendería y ahora desempeñaba, en la pequeña comunidad judía de Lilienkron, el interesante puesto de mártir. En cuanto a la mujer, aunque sospechosa desde todos los puntos de vista, puesto que su hijo era un alto mando del ejército bolchevique, había conseguido hasta ese día seguir en la comarca, y tanta habilidad o bajeza no me predisponían a su favor. Después de todo, la lámpara colgante de porcelana y el salón tapizado de reps escarlata de la familia Loew habían sido para Sophie la única experiencia personal fuera de Kratovicé, y desde el momento en que ella nos dejaba, no podía hacer más que volverse hacia ellos. Yo no ignoraba que había consultado a la tía Loew, por aquella época en que se creía amenazada por enfermedad o embarazo, consecuencia de la violación que fue su primer infortunio. Para una mujer como ella, el haber puesto ya una vez su confianza en aquella matrona israelita era una razón para confiarse de nuevo y siempre. Además —y yo debía de ser bastante perspicaz para percatarme de ello a la primera ojeada, pese a mis prejuicios más queridos—, el rostro de aquella anciana deformado por la grasa reflejaba una densa bondad. En la vida de cuartel que le habíamos hecho llevar a Sophie, quedaba siempre entre ellas dos la francmasonería de las mujeres.

Con el pretexto de contribuciones de guerra, salí para Lilienkron llevando conmigo a unos cuantos hombres en un viejo camión blindado. El chirriante vehículo se detuvo delante de la casa medio rural, medio urbana, en donde la tía Loew tendía su colada al sol de febrero y aprovechaba, para extenderla bien, el jardín abandonado de sus vecinos ausentes. Por encima de su vestido negro y del delantal de tela blanca, reconocí la pelliza corta y rota de Sophie, ridículamente estrecha para la cintura de la vieja. El registro no hizo sino revelar la cantidad esperada de barreños esmaltados, de antisépticos y de revistas de moda traídas de Berlín, que databan de cinco o seis años atrás. Mientras mis soldados revolvían los armarios atestados de ropa vieja, que algunas campesinas a corto de dinero habían dejado en pago a la comadrona, la tía Loew me hizo sentar en el canapé rojo del comedor. Al mismo tiempo que se negaba a explicarme cómo se hallaba en su poder la pelliza de Sophie, insistía para que tomase al menos un vaso de té, con una mezcla de asquerosa obsequiosidad y de hospitalidad bíblica. Semejante refinamiento de cortesía acabó por parecerme sospechoso y entré en la cocina justo a tiempo para impedir que las llamas que lamían el samovar terminaran de consumir una decena de mensajes del querido Grigori. La tía Loew, por superstición maternal, había guardado aquellos papeles comprometedores, de los cuales el último databa de quince días atrás por lo menos y, por consiguiente, nada podían revelarme de lo que yo iba buscando. Convicta de entendimiento con los Rojos, la vieja judía iría derechita al paredón, aunque aquellos papeles ennegrecidos sólo contuvieran fútiles testimonios de afecto filial, y aun así, podía tratarse de un código. Las pruebas eran más que suficientes para justificar una detención a los propios ojos de la interesada. Cuando volvimos a sentarnos en el diván tapizado de reps rojo, la anciana se resignó a transigir entre el silencio y la confesión. Confesó que Sophie, extenuada, había estado en su casa descansando el jueves por la tarde; se había vuelto a marchar ya de noche. En cuanto al objetivo de su visita, en un principio no obtuve ni la más mínima aclaración.

—Quería verme, eso es todo —dijo con tono enigmático la vieja judía, guiñando los ojos con nerviosismo, unos ojos que aún seguían siendo hermosos a pesar de sus párpados hinchados.
—¿Estaba encinta?

Aquello no era sólo una brutalidad gratuita. Un hombre a corto de certidumbres llega lejos por el campo de las hipótesis. Si alguna de aquellas aventuras de Sophie hubiera tenido consecuencias, la joven hubiera huido de mí exactamente de la misma manera que lo había hecho, y la disputa de la escalera hubiese servido para camuflar las razones secretas de aquella huida.

—Vamos, señor oficial. Una persona como la joven condesa no es como una de estas campesinas.

Acabó por confesar que Sophie había ido a Lilienkron con la intención de pedir ropa de hombre prestada, de la que había pertenecido a Grigori.

—Se probó la ropa en ese mismo sitio en donde usted se encuentra ahora, señor oficial. Yo no podía negársela. Pero no le estaba bien, era demasiado alta.

Recordé, en efecto, que a la edad de diecisiete años, Sophie ya le llevaba la cabeza al desmedrado dependiente de la librería. Resultaba cómico imaginarla esforzándose por ponerse los pantalones y la chaqueta de Grigori.

La tía Loew le había ofrecido un vestido de campesina, pero Sophie se había obstinado en su idea y terminaron por encontrarle ropa de hombre poco más o menos decente. También le habían procurado un guía.

—¿Y quién es ese guía?
—Todavía no ha vuelto —se contentó con responder la vieja judía, cuyas mejillas caídas empezaron a temblar.
—Y es precisamente porque no ha vuelto por lo que usted no ha tenido carta de su hijo esta semana. ¿Dónde están?
—Si lo supiera, señor, creo que tampoco se lo diría —repuso ella con cierta nobleza—. Pero aun suponiendo que lo supiera hace unos días, ya se figurará usted que mis informaciones no tendrían ningún valor en estos momentos.

Aquello era de sentido común y la gruesa mujer que, a pesar suyo, daba muestras de terror físico, no carecía de un secreto coraje. Sus manos cruzadas sobre el vientre temblaban convulsivamente, pero las bayonetas hubieran sido tan impotentes con ella como con la madre de los Macabeos. Yo ya estaba decidido a dejar la vida salva a aquella mujer que, después de todo, no había hecho más que entrar en la partida que Sophie y yo jugábamos uno contra el otro. Aquello no arregló nada, pues unas semanas más tarde unos soldados acabaron con la anciana judía, pero en lo que a mí concernía, lo mismo hubiera podido aplastar a un gusano que matar a aquella desdichada. Hubiera sido menos indulgente de haber tenido a Grigori o a Volkmar frente a mí.

—¿Y la señorita de Reval le había confiado seguramente su proyecto desde hace mucho tiempo?
—No. Había hablado de ello el pasado otoño —dijo con esa tímida manera de mirar que trata de percatarse de si el interlocutor está o no informado—. Desde entonces, no había vuelto a decir nada.
—Bien —dije levantándome, y metí al mismo tiempo en mi bolsillo el paquete carbonizado de las cartas de Grigori.
—¿Sabe usted a cuántos peligros se ha expuesto al ayudar a la señorita de Reval a pasarse al enemigo?
—Mi hijo me dijo que me pusiera al servicio de la joven condesa —me contestó la comadrona, a quien parecía importarle poco la fraseología de los nuevos tiempos—. Si ha conseguido reunirse con él —añadió como a pesar suyo, y su voz no pudo contener un cacareo de orgullo—, pienso que mi Grigori y ella se habrán casado. Esto facilita también las cosas.

En el camión que me devolvía a Kratovicé, me puse a reír en alto de mi solicitud para con la joven señora Loew. Cierto era que, con toda probabilidad, el cuerpo de Sophie más bien estaría en aquel momento tendido en una cuneta o detrás de un matorral, con las rodillas dobladas, los cabellos manchados de barro, semejante al cadáver de una perdiz o de un faisán deteriorado por un cazador furtivo. De las dos posibilidades, es natural que yo prefiriese esta última.

(Continuará…)

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