El tiro de gracia (II)

Marguerite Yourcenar

Espero que nuestra vida juntos le dejara a Sophie algunos recuerdos tan hermosos como los míos: poco importa, por lo demás, puesto que no vivió lo suficiente como para atesorar su pasado. La nieve hizo su aparición por San Miguel; sobrevino el deshielo, seguido por más nevadas. Por las noches, con todas las luces apagadas, la mansión parecía un navío abandonado y preso en un banco de nieve. Conrad trabajaba solo en la torre; yo concentraba mi atención en los partes esparcidos sobre mi mesa. Sophie entraba en mi cuarto a tientas, con precauciones de ciega. Se sentaba en la cama y balanceaba las piernas, bien abrigados los tobillos con unos calcetines gordos de lana. Aunque seguramente se reprochaba como si fuera un crimen el faltar a las condiciones de nuestro acuerdo, Sophie era una mujer y no podía dejar de serlo, del mismo modo que las rosas no pueden dejar de ser rosas. Todo en ella gritaba un deseo en el que el alma se hallaba mil veces más interesada aún que la carne. Corrían las horas; la conversación languidecía o derivaba hacia las injurias; Sophie inventaba pretextos para no dejar mi habitación; sola conmigo, buscaba sin querer esas ocasiones que, en las mujeres, son lo equivalente a una violación. Por muy irritado que yo estuviera, me gustaba aquella especie de agotadora esgrima, pues mi rostro llevaba una máscara de protección y el suyo no. La estancia fría y sofocante, maculada por el olor de una estufa avara, se transformaba en gimnasio, en el que un hombre joven y una muchacha, perpetuamente en guardia, se sobreexcitaban luchando hasta llegar el alba. Las primeras luces del día nos traían a Conrad, cansado y contento como un niño que sale del colegio. Algunos camaradas dispuestos a marchar conmigo a los puestos avanzados asomaban la cabeza por la puerta entreabierta, pidiéndonos que los dejáramos entrar a beber con nosotros el primer aguardiente del día. Conrad se sentaba junto a Sophie para enseñarle a silbar, en medio de risas locas, unos cuantos compases de una canción inglesa y atribuía al alcohol el simple hecho de que sus manos temblaran.

A menudo me he dicho que tal vez Sophie acogió mi primer rechazo con secreto alivio y que había en su oferta una buena parte de sacrificio. Su único mal recuerdo era aún lo bastante reciente como para que ella aportase al amor físico más audacia, pero también más temores que otras mujeres. Además, mi Sophie era tímida, lo que explicaba sus ataques de valentía. Era demasiado joven para sospechar que la existencia no está hecha de súbitos impulsos y de obstinada constancia, sino de compromisos y olvidos. Desde ese punto de vista, siempre hubiera permanecido demasiado joven, aunque hubiese muerto a los sesenta años. Mas Sophie pronto rebasó ese período en que el don de sí persiste como acto apasionado para llegar al estado en que resulta tan natural entregarse como respirar para vivir. Yo fui, en lo sucesivo, la respuesta que ella se daba a sí misma, y sus desgracias anteriores le parecieron lo suficientemente explicadas por mi ausencia. Había sufrido porque el amor aún no se había levantado sobre el paisaje de su vida y a esa falta de luz venía a sumarse la rudeza de los dificultosos caminos por donde la había conducido el azar de los tiempos. Ahora que amaba se iba quitando una tras otra sus últimas vacilaciones, con la sencillez de un viajero transido que se va desnudando al sol para secar sus empapadas ropas, y se mantenía desnuda ante mí, como ninguna otra mujer lo estuvo jamás. Y quizá, al haber agotado horriblemente de golpe todos sus terrores y resistencias al hombre, ya sólo podía ofrecer a su primer amor aquella arrebatadora dulzura de un fruto que se ofrece a un mismo tiempo a la boca y al cuchillo. Una pasión así todo lo consiente y se contenta con poco: me bastaba con entrar en una habitación donde ella se encontrara para que el rostro de Sophie pusiera inmediatamente esa expresión reposada que uno tiene cuando está en la cama. Cuando la tocaba tenía la impresión de que toda la sangre que había en sus venas se transformaba en miel. La mejor miel, a la larga, acaba por fermentar: no sospechaba yo que iba a pagar al ciento por uno cada una de mis culpas, y que la resignación con que Sophie las había aceptado me sería añadida a la cuenta. El amor había puesto a Sophie en mis manos como si fuera un guante de un tejido a un mismo tiempo flexible y fuerte; cuando la dejaba podía volver a encontrármela horas más tarde en el mismo sitio, como un objeto abandonado. Tuve con ella, alternativamente, insolencias y dulzuras que todas tendieron hacia un mismo objetivo, que era el de hacerla amar y sufrir más, y la vanidad me comprometió con ella tanto como lo hubiera hecho el deseo. Más tarde, cuando empezó a importarme, suprimí la dulzura. Yo estaba seguro de que Sophie no revelaría a nadie sus padecimientos, pero, en cambio, me extraña que no tomase a Conrad por confidente de nuestras escasas alegrías. Debía de existir ya entre nosotros una tácita complicidad, puesto que ambos nos poníamos de acuerdo para tratar a Conrad como a un niño.

Siempre se habla como si las tragedias sucedieran en el vacío; no obstante, se hallan condicionadas por el contexto. Nuestra parte de felicidad o de infortunio en Kratovicé tenía por marco aquellos pasillos de ventanas tapiadas, por donde tropezábamos sin cesar; aquel salón en donde los bolcheviques habían robado únicamente una panoplia de armas chinas, y en cuyo interior un retrato de mujer, agujereado por una bayoneta, nos contemplaba colgado del entrepaño, como si le divirtiese nuestra aventura. El tiempo desempeñaba allí su papel, por la ofensiva esperada con impaciencia y por el perpetuo riesgo de morir. Los atractivos que las otras mujeres obtienen de su tocador, de los conciliábulos con el peluquero y con la modista, de todos los espejismos de una vida, pese a todo diferente de la del hombre y a menudo maravillosamente protegida, Sophie los debía a las molestas promiscuidades de una casa transformada en cuartel, a su ropa interior de lana rosa que se veía obligada a zurcir delante de nosotros a la luz de la lámpara, a nuestras camisas, que ella lavaba con un jabón de fabricación casera que le agrietaba las manos. Aquellos continuos roces de una existencia siempre en guardia nos dejaban a un mismo tiempo en carne viva y endurecidos. Recuerdo la noche en que Sophie se encargó de degollar y desplumar para nosotros unos cuantos pollos éticos: nunca he visto en un semblante tan resuelto tal ausencia de crueldad. Soplé una tras otra las pocas plumas que se le habían enredado en el pelo; un insulso olor a sangre ascendía de sus manos. Volvía de estas tareas abrumada por el peso de sus botas para la nieve, tiraba en cualquier sitio su pelliza húmeda, se negaba a comer o bien atacaba con glotonería unas horribles crêpes que se obstinaba en prepararnos con harina estropeada. Con semejante régimen no paraba de adelgazar.

Prodigaba su celo con todos nosotros, pero una sonrisa bastaba para comunicarme que sólo a mí servía. Debía de ser buena, pues desperdiciaba todas las ocasiones de hacerme sufrir. Al verse frente a un fracaso que las mujeres no perdonan, hizo lo que suelen hacer los corazones altruistas cuando se ven reducidos a la desesperación: buscó, para abofetearse con ellas, las peores explicaciones sobre sí misma; enjuició su caso como lo hubiera hecho la tía Prascovie, si la tía Prascovie hubiese sido capaz de hacerlo. Se creyó indigna: semejante inocencia hubiera merecido que se pusieran de rodillas ante ella. Ni un momento, además, pensó en revocar aquel don de sí misma, para ella tan definido como si yo lo hubiera aceptado. Era un rasgo propio de su altivo temperamento: no recogía la limosna que rechazaba un pobre. Estoy seguro de que me despreciaba y así lo espero por ella, pero todo el desprecio del mundo no impedía que, en un arrebato de amor, me habría besado las manos. Yo acechaba con avidez algún movimiento de cólera, un reproche merecido, cualquier acto que hubiera sido para ella lo equivalente a un sacrilegio, pero se mantuvo siempre al nivel de lo que yo pedía a su absurdo amor. Un desvío por su parte me hubiese tranquilizado y decepcionado a un mismo tiempo. Me acompañaba en mis reconocimientos alrededor del parque, lo que debían de ser para ella algo así como los paseos de los condenados a muerte. A mí me gustaba la lluvia fría en nuestras nucas, sus cabellos pegados al igual que los míos, la tos que ella ahogaba tapándose la boca con la mano, sus dedos que manoseaban una caña cortada junto al estanque liso y desierto, donde flotaba aquel día el cadáver de un enemigo. Bruscamente se adosaba a un árbol y, durante un cuarto de hora, yo la dejaba hablar de amor. Una noche, empapados hasta los huesos, tuvimos que refugiarnos en las ruinas del pabellón de caza; nos quitamos la ropa, codo con codo, en la angosta estancia que aún conservaba el techo; yo ponía una especie de bravuconería en tratar a aquella adversaria como a un enemigo. Envuelta en la manta de un caballo secó, delante del fuego que acababa de encender, mi uniforme y su vestido de lana. A la vuelta tuvimos que ponernos a cubierto varias veces para sortear las balas; yo la cogía por la cintura, como un amante, para tumbarla a la fuerza junto a mí en una cuneta, debido a un impulso que demostraba, no obstante, que yo no quería que muriese. En medio de tantos tormentos, me irritaba ver asomar a sus ojos una esperanza admirable: había en ella esa certidumbre de que algo se les debe, que las mujeres suelen conservar hasta el martirio. Una carencia tan patética de desesperación da la razón a la teoría católica que sitúa a las almas medianamente inocentes en el Purgatorio, sin precipitarlas en el Infierno. De nosotros dos, era ella a quien hubiera compadecido; sin embargo, creo que llevaba la mejor parte.

Esa espantosa soledad de un ser que ama, ella la acentuaba pensando de manera distinta a todos nosotros. Sophie apenas ocultaba su simpatía por los Rojos: para un corazón como el suyo la elegancia suprema consistía, evidentemente, en darle la razón al enemigo. Acostumbrada a pensar en contra de sí misma, tal vez pusiera la misma generosidad en justificar al adversario como en absolverme. Aquellas tendencias de Sophie databan de la época de la adolescencia. Conrad las hubiera compartido, de no ser porque siempre aceptaba de entrada mis ideas sobre la vida. Aquel mes de octubre fue uno de los más desastrosos de la guerra civil. Casi por completo abandonados por Von Wirtz, quien se acantonaba estrictamente en el interior de las provincias bálticas, manteníamos, en el despacho del administrador de Kratovicé, unos conciliábulos de náufragos. Sophie asistía a estas sesiones apoyada la espalda en el marco de la puerta; luchaba, sin duda, por mantener una especie de equilibrio entre unas convicciones que, después de todo, constituían su único bien personal, y la camaradería que la hacía sentirse obligada para con nosotros. Más de una vez debió desear que una bomba pusiera fin a nuestras palabrerías de Estado Mayor, y su deseo estuvo con frecuencia a punto de realizarse. Mostraba tan poco su ternura, por lo demás, que vio fusilar a varios prisioneros rojos debajo de sus ventanas sin una palabra de protesta. Yo presentía que cada una de las resoluciones tomadas en su presencia provocaban en ella una explosión interior de odio; en los detalles de orden práctico, por el contrario, daba su opinión con un sentido común de aldeana. Cuando estábamos solos discutíamos sobre las consecuencias de aquella guerra y sobre el porvenir del marxismo con una violencia en la que había, de una y otra parte, una necesidad de coartada. No me ocultaba sus preferencias, era lo único que la pasión no había modificado en ella. Curioso de ver hasta dónde podía llegar la bajeza de Sophie —sublime, por ser consecuencia de su amor— traté, en más de una ocasión, de que la adolescente se contradijera en sus principios o, más bien, en las ideas que le había inculcado Loew. No era tan fácil como hubiera podido creerse; estallaba en indignadas protestas. Había en ella una extraña necesidad de aborrecer todo lo que yo era salvo a mí mismo. Pero no por ello dejaba de tener una total confianza en mí, lo que la empujaba asimismo a hacerme comprometedoras confesiones que no le habría hecho a nadie. Un día conseguí que llevara a espaldas una carga de municiones hasta las primeras líneas de fuego: aceptó con avidez aquella oportunidad de morir. En cambio, jamás consintió en disparar a nuestro lado. Era una pena: ya a los dieciséis años había dado muestras de una maravillosa habilidad para el tiro en las cacerías.

Se inventó rivales. En sus averiguaciones, que me exasperaban, tal vez interviniesen menos los celos que la curiosidad. Como un enfermo que se siente perdido, ya no pedía medicamentos pero seguía buscando explicaciones. Exigió nombres que yo tuve la imprudencia de no inventar. Un día me aseguró que hubiera renunciado a mí sin pensar en beneficio de una mujer a quien yo amara: era conocerse mal a sí misma, pues si hubiera existido esa mujer, Sophie hubiera dicho que era indigna de mí y hubiera tratado de que yo la abandonase. La hipótesis romántica de que yo hubiera dejado a una querida en Alemania no habría bastado para luchar contra aquella intimidad de los días, aquella vecindad de las noches. Por otra parte, en nuestra vida tan aislada, sus sospechas sólo podían ir dirigidas a dos o tres criaturas cuyas amabilidades no hubieran explicado nada, ni podían satisfacer a nadie. Me hizo unas escenas absurdas a propósito de una campesina pelirroja que se encargaba de amasarnos el pan. Fue en una de esas noches cuando cometí la brutalidad de decirle a Sophie que, de haber necesitado yo a una mujer, sería ella la última a la que hubiera ido a buscar, y era cierto, pero por unas razones que nada tenían que ver con la falta de belleza. Pertenecía a su sexo y, naturalmente, sólo se le ocurrió esta razón; la vi tambalearse como la muchacha de una posada a quien derriba el puñetazo de un borracho. Salió corriendo, subió las escaleras agarrándose a la barandilla; yo la oía sollozar y tropezar con los peldaños.

Debió pasar toda la noche mirándose en el espejo enmarcado de blanco que había en su cuarto de soltera, preguntándose si de verdad su rostro y su cuerpo sólo podían gustar a unos sargentos ebrios, y si sus ojos, su boca y sus cabellos causaban perjuicio al amor que llevaba dentro. El espejo le devolvió unos ojos de niña y de ángel, un rostro algo ancho, no formado aún del todo, que era como la misma tierra en primavera, con una comarca y unos campos suaves atravesados por un río de lágrimas; mejillas del color del sol y de la nieve; una boca cuyo tono sonrosado casi hacía temblar, y unos cabellos tan rubios como el buen pan que ya no teníamos. Sintió horror de todas aquellas cosas que la traicionaban, que de nada le servían para conquistar al hombre amado y, comparándose con desesperación a las fotografías de Pearl White y de la Emperatriz de Rusia colgadas de las paredes de su habitación, lloró hasta el amanecer sin lograr arruinar sus párpados de veinte años. Al día siguiente, advertía que, por primera vez, había omitido ponerse, para dormir, dos bigudíes que, en las noches de alarma, la hacían parecerse a una Medusa tocada de serpientes. Aceptando de una vez por todas su fealdad, consentía heroicamente en aparecer ante mí con su pelo liso. Elogié este peinado liso; como yo había previsto, aquello consiguió reanimarla; pero un resto de inquietud por su supuesta falta de atractivo sirvió para darle una mayor seguridad, como si al no tener ya miedo a ejercer un chantaje sobre mí con su belleza, se sintiera con mayor derecho a ser considerada como amiga.

Yo había ido a Riga para discutir las condiciones de la próxima ofensiva, llevándome conmigo a dos camaradas en el epiléptico Ford de los filmes cómicos americanos. Las operaciones tendrían por base Kratovicé y Conrad se quedó allí para ocuparse de los preparativos, con esa mezcla de actividad y languidez que sólo he visto en él y que tranquilizaba a nuestros hombres. En la hipótesis en que todos los «Si» condicionales del porvenir se hubieran realizado, él hubiera sido un admirable ayudante del Bonaparte que yo nunca pretendí ser, uno de esos discípulos ideales sin los cuales no puede explicarse el maestro. Durante dos horas seguidas resbalando a lo largo de las carreteras heladas, nos expusimos a todas las variedades de muerte súbita a las que se arriesga un automovilista que pasa sus vacaciones de Navidad en Suiza. Yo estaba exasperado por el cariz que iban tomando tanto la guerra como mis asuntos íntimos. La participación en la defensa antibolchevique de Curlandia no sólo significaba peligro de muerte; hay que decir también que la contabilidad, las enfermedades, el telégrafo y la presencia pesada o solapada de nuestros camaradas envenenaban poco a poco mis relaciones con mi amigo. La ternura humana necesita soledad a su alrededor y un mínimo de sosiego dentro de la inseguridad. Se hace mal el amor o se vive mal la amistad en un dormitorio de tropa, entre dos faenas de quitar estiércol. Al revés de lo que yo había esperado, la vida en Kratovicé se había convertido para mí en ese estiércol. Tan sólo Sophie resistía en aquella atmósfera de un tedio siniestro y verdaderamente mortal, y es bastante natural, pues la infelicidad resiste mejor los contratiempos que su contraria. Pero era precisamente para huir de Sophie por lo que yo me había apuntado para ir a Riga. La ciudad estaba más lúgubre que nunca con aquel clima de noviembre. Sólo recuerdo la irritación que provocaron en nosotros las moratorias de Von Wirtz, y el espantoso champán que bebimos en una boîte rusa, en compañía de una auténtica judía de Moscú y de dos húngaras que se hacían pasar por francesas pero cuyo acento parisino me hubiera hecho gritar. Desde hacía meses, no tenía ningún contacto con la moda y me costaba mucho acostumbrarme a los ridículos sombreros encasquetados que llevaban las mujeres.

Hacia las cuatro de la madrugada, me encontré en un cuarto del único hotel aceptable que existía en Riga, en compañía de una de las dos húngaras, con la mente justo lo bastante lúcida para decirme que, en cualquier caso, yo hubiera preferido a la judía. Pongamos que hubiera, en tanta conformidad con los usos establecidos, un noventa y ocho por ciento de deseo de no singularizarme ante nuestros camaradas y el resto, de desafío a mí mismo: no siempre se coacciona uno en el sentido de la virtud. Las intenciones de un hombre forman una madeja tan embrollada que me es imposible, a la distancia en que me hallo de todo esto, dilucidar si yo esperaba de este modo acercarme a Sophie por caminos desviados o bien insultarla, asimilando un deseo que yo sabía purísimo a media hora de placer en una cama deshecha, en brazos de una mujer cualquiera. Un poco de mi repugnancia debía forzosamente salpicarla a ella, y puede que yo empezara a necesitar que fortaleciesen mi desprecio. No puedo disimular que un temor bastante mezquino a verme comprometido a fondo contribuía a mi prudencia respecto a la joven; siempre me dio horror comprometerme y ¿cuál es la mujer enamorada con la que uno no se compromete? Aquella cantante de los cafés de Budapest, al menos, no pretendía estorbar mi porvenir. Hay que decir, sin embargo, que se agarró a mí durante aquellos cuatro días en Riga con la tenacidad de un pulpo, al que recordaban sus dedos enguantados de blanco. En esos corazones abiertos a todo el que pasa, suele existir siempre un lugar vacío debajo de una lámpara color de rosa en donde tratan desesperadamente de instalar a cualquiera. Abandoné Riga con una suerte de alivio malhumorado, diciéndome que yo nada tenía en común con aquella gente, con aquella guerra ni con aquel país, ni tampoco con los escasos placeres que el hombre ha inventado para distraerse de la vida. Pensando por primera vez en el porvenir, hice el proyecto de emigrar con Conrad al Canadá, y de vivir en una granja, a orillas de los grandes lagos, sin tener en cuenta que con ello sacrificaba gran parte de los gustos de mi amigo.

Conrad y su hermana me esperaban en la escalinata, debajo de la marquesina en la que los cañonazos del día anterior no habían dejado ni un cristal intacto, de suerte que aquellos armazones de hierro vacíos se asemejaban a una enorme hoja seca y recortada de la que únicamente quedaran las nerviaciones. La lluvia se colaba por los agujeros y Sophie se había puesto un pañuelo en la cabeza a la manera de las campesinas. Ambos se habían cansado mucho sustituyéndome durante mi ausencia: Conrad estaba tan pálido como el nácar y mis inquietudes por su salud —que yo sabía frágil— me hicieron olvidar aquella noche todo lo demás. Sophie había ordenado que nos subieran una de las últimas botellas de vino francés escondidas al fondo de la bodega. Mis camaradas, desabrochándose los capotes, se sentaron a la mesa bromeando sobre lo que, para ellos, habían sido los buenos ratos de Riga; Conrad fruncía el ceño con expresión de sorpresa divertida y cortés; también él había hecho conmigo la experiencia de esas sombrías veladas en reacción contra sí mismo, y una húngara de más o de menos no lo escandalizaba. Sophie se mordió los labios al percatarse de que había derramado un poco de borgoña al llenar mi vaso. Salió en busca de una esponja y puso tanto cuidado en hacer desaparecer aquella mancha como si hubiera sido la huella de un crimen. Yo me había traído unos libros de Riga: aquella noche, bajo la pantalla improvisada con una servilleta, vi dormirse a Conrad con un sueño de niño en la cama contigua, a pesar del ruido de pasos que hacía la tía Prascovie, paseando día y noche por el piso de arriba y mascullando oraciones, a las que atribuía nuestra relativa salvaguardia. Entre el hermano y la hermana era Conrad quien, paradójicamente, respondía mejor a la idea que uno tiene de una jovencita cuyos antepasados fueron príncipes. La máscara morena de Sophie, sus manos agrietadas escurriendo la esponja, me habían recordado de pronto al joven mozo de cuadra Karl, encargado de cepillar a los ponis de nuestra infancia. Después del rostro untado, empolvado y sobado de la húngara, Sophie resultaba mal cuidada y, al mismo tiempo, incomparable.

La aventura de Riga le hizo mucho daño a Sophie, aunque sin sorprenderla; por primera vez, yo me conducía como ella esperaba. Nuestra intimidad no disminuyó por eso, sino que aumentó, por el contrario; además, esa clase de relaciones indefinidas son indestructibles. Ambos teníamos uno para con el otro una desordenada franqueza. Hay que recordar que la moda de entonces colocaba la total sinceridad por encima de todo. En lugar de hablar de amor, hablábamos sobre el amor, engañando con palabras la inquietud que otro habría resuelto con actos, y de la que no podíamos huir debido a las circunstancias. Sophie mencionaba, sin la menor reticencia, su única experiencia amorosa, aunque sin confesar que había sido involuntaria. Por mi parte, yo no disimulaba nada, sino lo esencial. Aquella niña, con el ceño fruncido, seguía con atención casi grotesca mis historias de putas. Creo que empezó a tener amantes sólo para alcanzar con relación a mí ese grado de seducción que ella les suponía a las mujeres perdidas. Es tan corta la distancia entre la inocencia total y el completo envilecimiento que descendió de golpe hasta ese nivel de bajeza sensual en la que trataba de caer para gustar, y vi operarse ante mis ojos una transformación más asombrosa y casi tan convencional como las que pueden verse en un escenario teatral. Primero fueron sólo unos detalles patéticos de tan ingenuos: halló el modo de procurarse maquillaje y descubrió las medias de seda. Aquellos ojos pintarrajeados de rímel, aquellos encendidos pómulos salientes no me repugnaban en su rostro más de lo que hubieran podido hacerlo las cicatrices de mis propios golpes. Me parecía que aquella boca, antaño divinamente pálida, no mentía mucho al esforzarse por dar la impresión de que sangraba. Algunos muchachos —Franz von Aland, entre ellos— trataban de capturar a aquella gran mariposa, devorada ante sus ojos por una llama inexplicable. Yo mismo, más seducido desde que otros lo estaban y atribuyendo falsamente mis vacilaciones a escrúpulos, llegué a sentir que Sophie fuera precisamente la hermana del único ser a quien yo me sentía ligado por una especie de pacto. No lo hubiera pensado dos veces, sin embargo, de no ser porque ella tenía para mí las únicas miradas que importaban.

El instinto de las mujeres es tan sucinto que es fácil desempeñar el papel de astrólogo respecto a ellas: aquella muchacha con modales y aficiones masculinas siguió el ancho camino polvoriento de las heroínas de tragedia; quiso aturdirse para olvidar. Las conversaciones, las sonrisas y bailes salvajes al son de un chirriante gramófono, los imprudentes paseos por la zona de fuego, se repitieron con unos acompañantes que supieron aprovecharse de ella más que yo. Franz von Aland fue el primero en beneficiarse de esa fase, tan inevitable en las mujeres enamoradas e insatisfechas como el período de agitación en los paralíticos totales. Se había prendado de Sophie con un amor casi tan servil como el que la joven sentía por mí. Aceptó con mil amores ser mi sustituto: apenas si sus ambiciones osaban llegar hasta ahí. Cuando estaba a solas conmigo, Franz parecía estar siempre dispuesto a pedirme las insulsas disculpas de un excursionista que acaba de aventurarse por el camino de una propiedad particular. Sophie debía vengarse de él, de mí y de sí misma contándole inagotablemente nuestro amor. La sumisión asustada de Franz no era lo más a propósito para reconciliarme con la idea de obtener la felicidad con las mujeres. Aún recuerdo, con una especie de compasión, su aire de perro al que le dan un terrón de azúcar, ante las más mínimas amabilidades de una Sophie desdeñosa, exasperada y fácil. Aquel desafortunado buen muchacho que, durante su corta vida, no hizo sino acumular sinsabores —desde el colegio, del que había sido expulsado por un robo que no había cometido, hasta el asesinato de sus padres a manos de los bolcheviques, en 1917, pasando por una grave operación de apendicitis—, cayó preso unas semanas más tarde y encontramos su cadáver torturado, con una llaga negruzca alrededor del cuello, producida por la larga mecha flexible de una torcida de cera consumida. Sophie supo la noticia por mí, con todos los atenuantes posibles y no me disgustó ver que aquella imagen atroz no hacía sino añadirse a tantas otras muchas que ella había presenciado.

Hubo otros episodios carnales nacidos de la misma necesidad de acallar un momento aquel insoportable monólogo de amor que ella proseguía en el fondo de sí misma, episodios que interrumpía avergonzada, tras unos cuantos torpes abrazos, por la misma incapacidad de olvidar. El más odioso de aquellos vagos amores pasajeros fue para mí cierto oficial ruso escapado de las cárceles bolcheviques, que permaneció con nosotros ocho días antes de salir para Suecia, encargado de una misteriosa e ilusoria misión cerca de uno de los Grandes Duques. Yo había recogido, desde la primera noche, de labios de aquel borracho, increíbles historias de mujeres amorosa y minuciosamente detalladas, que no hicieron sino ayudarme a imaginar lo que acaecía entre Sophie y él, en el diván de cuero de la casa del jardinero. No hubiera podido seguir tolerando la cercanía de la muchacha si hubiera leído en su rostro, aunque sólo fuera una vez, algo que se pareciese a la dicha. Pero ella me lo confesaba todo; sus manos aún me tocaban con menudos gestos desalentados que más parecían tanteos de ciego que caricias, y cada mañana veía yo ante mí a una mujer desesperada porque el hombre a quien amaba no era aquel con quien acababa de acostarse.

Una noche, aproximadamente un mes después de haber regresado yo de Riga, me hallaba trabajando en la torre con Conrad, quien se aplicaba cuanto podía en fumar una larga pipa alemana. Yo acababa de volver del pueblo, donde nuestros hombres trataban de consolidar como podían nuestras trincheras de barro; era una de esas noches de niebla espesa —las más tranquilizadoras de todas— en que las hostilidades se interrumpían de una y otra parte, como consecuencia de la desaparición del enemigo. Mi cazadora empapada humeaba sobre la estufa a la que Conrad alimentaba con unas horribles astillitas húmedas, sacrificadas una tras otra con el suspiro de pena que da un poeta al ver arder sus árboles, cuando el sargento Chopin entró para transmitirme un mensaje. Desde el hueco de la puerta, su rostro colorado e inquieto me hizo una seña por encima de la cabeza agachada de Conrad. Lo seguí hasta el rellano; aquel tal Chopin —en lo civil empleado de banco en Varsovia— era el hijo de un intendente polaco del conde de Reval; tenía una mujer, dos hijos y un gran sentido común, y sentía tierna adoración por Conrad y por su hermana, que lo trataban como a un hermano de leche. Desde el comienzo de la Revolución, había acudido a Kratovicé donde desempeñaba, desde entonces, el oficio de hombre de confianza. Me susurró que al atravesar los sótanos, se había encontrado a Sophie completamente borracha, sentada a la mesa de la cocina —siempre desierta a esas horas— y que, a pesar de sus instancias seguramente torpes, no había logrado convencer a la joven para que subiese a su habitación.

—Mire usted, señor (me llamaba señor) —me dijo—, piense en el bochorno que mañana sentirá si alguien la ve en semejante estado…

El excelente muchacho aún creía en el pudor de Sophie, y lo más curioso es que no se equivocaba. Bajé la escalera de caracol, tratando de que no crujiesen por los peldaños mis botas mal engrasadas. En aquella noche de tregua, todos dormían en Kratovicé; un ruido confuso de ronquidos ascendía de la espaciosa sala del primer piso, en donde treinta muchachos agotados dormían a pierna suelta. Sophie estaba sentada en la cocina, ante la mesa grande de madera desnuda; se mecía blandamente sobre las patas desiguales de una silla cuyo respaldo formaba con el suelo un ángulo inquietante, exponiendo a mis ojos unas piernas enfundadas en medias de seda color caramelo, más propias de un joven dios que de una joven diosa. Una botella con un resto de alcohol oscilaba en su mano izquierda. Estaba increíblemente bebida y, a la luz de la estufa, mostraba un rostro maculado de manchas rojas. Le puse la mano en el hombro; por primera vez, no reaccionó a mi contacto con su estremecimiento horrible y delicioso de pájaro herido; la euforia del coñac la inmunizaba contra el amor. Volvió hacia mí un semblante de mirada vaga y me dijo con voz insegura como sus ojos:

—Vaya a darle las buenas noches a Texas, Eric. Está acostado en el office.

Encendí un mechero para poder guiarme por aquel reducto donde continuamente tropezaba con montones de patatas que se desmoronaban. El ridículo perrillo estaba tendido bajo la lona de un cochecito viejo de niño; más tarde me enteraría de que Texas había muerto al estallarle una granada enterrada en el parque, que él había tratado de desenterrar con la punta del negro hocico, al igual que hacía con las trufas. Convertido en papilla, recordaba a uno de esos perros aplastados por un tranvía en la avenida de una gran ciudad. Levanté con precaución el escandaloso paquete, cogí una azada y salí al patio para cavar un hoyo. La superficie del suelo se había deshelado con las lluvias; enterré a Texas en aquel barro donde él se revolcaba, cuando estaba vivo, con tanto placer. Cuando regresé a la cocina, Sophie acababa de beberse la última gota de coñac; tiró la botella a las brasas y las paredes de vidrio explotaron con un sordo chasquido; se levantó con torpeza y dijo con voz blanda, apoyándose en mi hombro:

—Pobre Texas… Es una lástima. Él, por lo menos, me quería…

El aliento le olía a alcohol. Ya en la escalera, le fallaron las piernas y tuve que arrastrarla cogiéndola por debajo de los brazos, a lo largo de todos los peldaños, por donde iba dejando un rastro de vomitonas; me parecía acompañar hasta su cabina a la pasajera de un barco que padeciese mareo. Se desplomó en un sillón de su cuartito desordenado, mientras yo le abría la cama. Tenía las manos y las piernas heladas. Le puse encima un montón de mantas y un abrigo. Incorporándose sobre el codo, continuaba vomitando sin darse cuenta, con la boca abierta, como la estatua de una fuente. Finalmente, se tendió en el hueco formado por la cama, inerte, aplastada, trasudada como un cadáver; el pelo, que se le pegaba a las mejillas, formaba en su rostro rubias cuchilladas. Su pulso resbalaba entre mis dedos, a un mismo tiempo agitado y casi insensible. Debía de haber conservado en su interior esa lucidez propia de la embriaguez, del miedo y del vértigo, pues me contó que había sentido, durante toda aquella noche, las mismas sensaciones de un viaje en trineo o en un tobogán de las montañas rusas, los sobresaltos, el frío, los silbidos del viento y de las arterias, la impresión de estar inmóvil y sin embargo correr a toda velocidad en dirección a un abismo del que ya ni siquiera tiene uno miedo. Yo conozco esa impresión de velocidad mortal que da el alcohol a un alma que flaquea. Ella siempre pensó que aquella velada de Buen Samaritano a la cabecera de su lecho sucio me había dejado uno de los recuerdos más repugnantes de mi vida. No hubiera podido convencerla de que aquella palidez, aquellas manchas, aquel peligro y aquel abandono, más completo que el del amor, me resultaban tranquilizadores y hermosos; y que su cuerpo, tendido allí con todo su peso, me recordaba al de ciertos camaradas a quienes yo había cuidado en su mismo estado, y al de Conrad… He olvidado mencionar que, al desnudarla y a la altura de su seno izquierdo, reparé en una larga cicatriz producida por un cuchillo que no había hecho más que herir profundamente la carne. Más tarde me confesó que había sido un torpe intento de suicidio. ¿Habría sucedido en la época de su amor por mí o en la del sátiro lituano? Es algo que nunca pude saber. Y no suelo mentir, de no verme forzado a ello.

El sargento Chopin no se había equivocado: Sophie, después del incidente, mostró una confusión de colegiala que ha abusado del champán en un banquete de bodas. Durante unos cuantos días, tuve a mi lado a una amiga melancólicamente razonable y cuya mirada parecía darme las gracias o pedirme perdón. Se habían dado algunos casos de tifus en los barracones: ella se obstinó en cuidarlos y ni Conrad ni yo pudimos disuadirla; acabé por dejar que aquella loca —al parecer decidida a morir ante mis ojos— hiciera lo que quisiese. Menos de una semana más tarde, tuvo que guardar cama; creímos que se había contagiado. Sólo padecía agotamiento, desconsuelo y cansancio de un amor que cambiaba de forma sin cesar, como una enfermedad nerviosa que cada día presentara nuevos síntomas y, al mismo tiempo, de la carencia de felicidad y de muchos excesos. Fui yo entonces quien entró en su habitación cada mañana, en las primeras horas del alba. Todo Kratovicé nos creía amantes, cosa que la halagaba, supongo, y que, por lo demás, también a mí me convenía. Yo inquiría sobre su enfermedad con la solicitud de un médico de familia; sentado en su cama, mi comportamiento resultaba ridículamente fraternal. Si mi dulzura hubiera sido algo calculado para hacerle más daño a Sophie, no habría logrado mayor éxito. Con las rodillas dobladas bajo la manta y la barbilla apoyada en las manos, fijaba en mí unos enormes ojos asombrados y llenos de incansables lágrimas. Mis atenciones, mi ternura, el roce de mis manos acariciándole los cabellos, Sophie no podía gozarlos ya con buena conciencia, había pasado la época en que podía hacerlo. El recuerdo de sus asuntos de cama en los meses pasados le daba esas ganas de huir a cualquier parte fuera de sí misma, tan familiar a los desgraciados que ya no se soportan. Trataba de levantarse de la cama como un enfermo que va a morir. Yo la acostaba otra vez y le arreglaba el embozo de las sábanas arrugadas, en las que se revolcaría —yo lo sabía muy bien— en cuanto saliera. Si me encogía de hombros manifestando que ninguno de aquellos juegos físicos tenía importancia, le infligía a su amor propio una herida todavía más escocedora, con el pretexto de calmar sus remordimientos. Y también a ese algo más profundo, más esencial aún que el amor propio como es la oscura estimación que un cuerpo tiene de sí mismo. A la luz de aquella nueva indulgencia, mis durezas, mis rechazos, mis desdenes tomaron para ella el aspecto de una prueba cuya importancia no había sabido captar, de un examen que no había conseguido aprobar. Al igual que un nadador agotado de cansancio, se vio hundir a dos brazadas de la orilla, en el momento en que quizá yo hubiese empezado a amarla. Aunque la hubiera poseído entonces, habría llorado horrorizada por no haberme sabido esperar. Padeció todos los tormentos propios de las mujeres adúlteras castigadas con dulzura y su desesperación aún se acrecentaba en los escasos momentos lúcidos en que Sophie recordaba que, después de todo, no tenía por qué guardarme su cuerpo. Y, no obstante, la cólera, la repugnancia, la ternura, la ironía, un vago anhelo por mi parte y por la suya un odio naciente, todos aquellos sentimientos contrarios, nos unían uno al otro como a dos amantes o a dos bailarines. Ese lazo tan deseado existía verdaderamente entre ambos y el mayor suplicio de mi Sophie consistió seguramente en sentirlo a un mismo tiempo tan sofocante y tan impalpable.

Una noche (ya que, finalmente, casi todos los recuerdos que conservo de Sophie son nocturnos, salvo el último, que tiene el color macilento del alba), una noche, pues, de bombardeo aéreo, advertí que se recortaba un cuadrado de luz en el balcón de Sophie. Los ataques aéreos, hasta el momento, habían sido muy escasos en nuestra guerra de pájaros de ciénaga; por primera vez en Kratovicé, la muerte nos caía del cielo. Parecía inadmisible que Sophie quisiera atraer el peligro, no sólo sobre ella misma, sino sobre los suyos y sobre todos nosotros. Su cuarto estaba en el segundo piso del ala derecha; la puerta estaba cerrada, pero no con cerrojo. Sophie permanecía sentada ante su mesa dentro del círculo de luz proyectado por una lámpara grande de petróleo colgada del techo. El ventanal abierto enmarcaba el claro paisaje de la noche helada. Los esfuerzos que tuve que hacer para cerrar los postigos hinchados por las recientes lluvias otoñales me recordaron las ventanas atrancadas a toda prisa, en las noches de tormenta, en los hoteles de ciertas estaciones de montaña, cuando era niño. Sophie me contemplaba con una mueca triste. Finalmente, me dijo:

—Eric, ¿le molesta que yo muera?

Yo aborrecía aquellas inflexiones roncas, pero tiernas, que adoptaba desde que se comportaba como una mujer. El estrépito de una bomba me evitó contestar. Provenía del este, del lado del estanque, lo que me hizo esperar que la tormenta se alejaría. Al día siguiente, me enteré de que un obús había caído en la orilla y unos cuantos juncos tronchados estuvieron flotando en el agua por espacio de unos días, mezclados con los vientres blancos de los peces muertos y con los restos de una barca rota.

—Sí —prosiguió lentamente, con el tono de alguien que trata de comprender—, tengo miedo y, pensándolo bien, es extraño. Pues no debería importarme la muerte, ¿no le parece?

—Lo que usted quiera, Sophie —respondí yo con acritud—; pero esa desdichada anciana vive en una habitación que está a dos pasos de la suya. Y Conrad…

—¡Oh, Conrad! —dijo ella con un acento de infinito cansancio; y se levantó sujetándose a la mesa con ambas manos, como una inválida que vacila al abandonar su sillón.

Su voz implicaba tanta indiferencia respecto a la suerte que pudiera correr su hermano que me pregunté si no habría empezado a odiarle. Mas había llegado, simplemente, a ese estado de embrutecimiento en que nada importa ya, y había dejado de inquietarse por la salvación de los suyos, al mismo tiempo que de admirar a Lenin.

—A menudo —dijo ella acercándose a mí— pienso que está mal no tener miedo. Si yo fuera feliz —prosiguió, y ahora hablaba de nuevo con esa voz a un mismo tiempo ruda y dulce que me conmovía como las notas bajas de un violoncelo—, creo que la muerte no me importaría nada. Cinco minutos de felicidad serían para mí como una señal enviada por Dios. ¿Es usted feliz, Eric? —Sí, lo soy —contesté yo de mala gana, percatándome al instante de que estaba diciendo una mentira.

—¡Ah! Es que no lo parece… —repuso con un tono de burla al que asomaba la colegiala de antaño—. ¿Y porque es feliz no le molesta morir?

Su aspecto era el de una criadita que acabara de despertarse a media noche tras oír un timbrazo y que no se hubiera despabilado del todo, con su toquilla negra remendada por encima de una blusa de franela de colegiala. Nunca sabré por qué hice aquel gesto ridículo e indecente de abrir de nuevo los postigos. Las talas de árboles que tanto deploraba Conrad habían desnudado al paisaje y la vista llegaba hasta el río en donde, como todas las noches, se oían disparos intermitentes e inútiles contestándose unos a otros. El avión enemigo seguía dando vueltas en el cielo verdoso y el silencio se llenaba de aquel horrible zumbido de motor, como si todo el espacio fuera sólo una habitación por donde girase torpemente una avispa gigante. Arrastré a Sophie hasta el balcón, como un amante cuando hay claro de luna. Contemplábamos abajo el grueso pincel luminoso dibujado por la lámpara y oscilando sobre la nieve. No debía de hacer mucho viento, pues el reflejo apenas se movía. Con el brazo rodeando la cintura de Sophie, yo sentía la impresión de estar auscultando su corazón; aquel corazón, agotado, vacilaba para luego dispararse de nuevo, con un ritmo que era el ritmo mismo del valor, y yo pensaba únicamente —que yo recuerde— que si ambos moríamos aquella noche, yo estaría a su lado y prefería morir así. De pronto, estalló un estruendo enorme junto a nosotros; Sophie se tapó los oídos como si todo aquel estrépito fuese más horroroso que la muerte. El obús había caído esta vez a menos de un tiro de piedra, encima del tejado de chapa ondulada del establo: aquella noche, dos de nuestros caballos pagaron por nosotros. En el increíble silencio que siguió, se oyó asimismo el ruido de un muro de ladrillos derrumbándose a sacudidas y el horrible relincho de un caballo que moría. Detrás de nosotros, el cristal se había hecho añicos; al entrar en el cuarto, caminábamos sobre cristales rotos. Apagué la lámpara, al igual que uno la apaga tras haber hecho el amor.

(Sigue leyendo)

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