El tiro de gracia (I)

Marguerite Yourcenar

 

 

Eran las cinco de la madrugada, estaba lloviendo y Eric von Lhomond, a quien habían herido frente a Zaragoza y asistido a bordo de un buque hospital italiano, esperaba al tren que lo devolvería a Alemania en la cantina de la estación de Pisa. Era un hombre apuesto, pese a haber cumplido ya los cuarenta años y parecía petrificado en una especie de dura juventud. Eric von Lhomond había heredado de sus antepasados franceses, de su madre báltica y de su padre prusiano, su estrecho perfil, sus pálidos ojos azules, su elevada estatura y la arrogancia de sus escasas sonrisas, así como la manera de saludar dando un taconazo, cosa que ahora le impedía la fractura de su pie envuelto en vendas. Llegaba la hora incierta en que las personas sensibles se confían, los criminales confiesan y hasta los más silenciosos luchan contra el sueño ayudados por historias y recuerdos. Eric von Lhomond, que siempre había permanecido con obstinación al lado derecho de las barricadas, pertenecía a ese tipo de hombres demasiado jóvenes en 1914 para haber hecho otra cosa que no fuera rozar superficialmente el peligro, y a quienes los desórdenes de la Europa de posguerra, la inquietud personal, la incapacidad de satisfacerse y resignarse a un mismo tiempo, transformaron en soldados ocasionales al servicio de todas las causas a medio perder o a medio ganar. Había participado en los diversos movimientos que dieron lugar, en Europa central, al advenimiento de Hitler; se le había visto en el Chaco y en Manchuria y, antes de servir a las órdenes de Franco, había ostentado el mando de uno de los cuerpos de voluntarios que participaban en la lucha antibolchevique de Curlandia. Su pie herido, envuelto en vendajes como un niño en sus pañales, reposaba de lado sobre una silla y, mientras hablaba, jugueteaba distraídamente con la pulsera, pasada de moda, de un enorme reloj de oro, de tan mal gusto que no había más remedio que admirar su valor por atreverse a llevarlo puesto en la muñeca. De cuando en cuando, con un tic que hacía estremecerse cada vez a sus dos camaradas, golpeaba la mesa, no con el puño, sino con la palma de su mano derecha, recargada con una pesada sortija que ostentaba un blasón, y el tintineo de los vasos despertaba sin cesar al muchacho italiano, mofletudo y con el pelo rizado, que dormía detrás del mostrador. Tuvo que interrumpir su relato varias veces para reprender ásperamente, con voz agria, a un viejo cochero tuerto que, chorreando agua como si fuera un canalón, se le acercaba cada cuarto de hora para proponerle intempestivamente dar un paseo hacia la Torre inclinada; uno de los dos hombres aprovechaba esta distracción para pedir otro café solo; se oía el chasquido de una pitillera y el alemán, súbitamente abrumado y agotadas sus fuerzas, suspendiendo un instante la interminable confesión que, en el fondo, sólo se hacía a sí mismo, encorvaba la espalda para inclinarse sobre su mechero.

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Dice una balada alemana que los muertos van deprisa, pero los vivos también. Yo mismo, a quince años de distancia, no recuerdo muy bien lo que fueron aquellos embrollados episodios de la lucha antibolchevique en Livonia y en Curlandia, todo aquel rincón de guerra civil con sus súbitos accesos y sus complicaciones solapadas, semejantes a las de un fuego mal apagado o a una enfermedad de la piel. Además, cada región posee una guerra muy suya: es un producto local, como el centeno y las patatas. Los diez meses más intensos de mi vida transcurrieron al mando de unos cuantos hombres, en aquel distrito perdido cuyos nombres rusos, letones o germánicos nada significaban para los lectores de periódicos en Europa o en otros lugares. Bosques de abedules, lagos, campos de remolachas, ciudades pequeñas y sórdidas, pueblos piojosos donde nuestros hombres, de cuando en cuando, encontraban la oportunidad de sangrar algún cerdo, viejas moradas señoriales saqueadas por dentro y arañadas por fuera con marcas de balas que habían acabado con el propietario y su familia, usureros judíos divididos cruelmente entre el deseo de hacer fortuna y el miedo a las bayonetas; ejércitos que se dispersaban y transformaban en pandillas de aventureros, en las cuales había más oficiales que soldados, con su acostumbrado personal de iluminados maníacos, de jugadores y de gente decente, de buenos muchachos y de embrutecidos y alcohólicos. En lo referente a crueldad, los verdugos rojos, letones altamente especializados, habían puesto a punto un arte-de-hacer-sufrir que hacía honor a las grandes tradiciones mongólicas. El suplicio de la mano china lo reservaban especialmente a los oficiales, a causa de sus legendarios guantes blancos que, por lo demás, no eran sino un recuerdo en el estado de miseria y de humillación aceptada en que todos vivíamos. Digamos únicamente —para dar una idea de los refinamientos a los que puede llegar el furor humano—que el paciente era abofeteado con la piel de su propia mano desollada viva. Podría mencionar otros detalles aún más espantosos, pero los relatos de esta clase oscilan entre el sadismo y la necedad. Los más crueles ejemplos de ferocidad no sirven más que para endurecer en el oyente unas cuantas fibras suplementarias y como el corazón humano ya tiene, poco más o menos, la blandura de una piedra, no creo necesario trabajar en ese sentido. No es que nuestros hombres se quedaran cortos en invenciones, pero en lo que a mí concierne, me contentaba, por lo general, con la muerte sin frases. La crueldad es un lujo para ociosos, como las drogas y las camisas de seda. En lo que se refiere al amor, soy también partidario de la perfección simple.

Además, y cualesquiera que sean los peligros a los que ha elegido hacer frente, un aventurero (en lo que yo me he convertido) a menudo experimenta una especie de incapacidad para comprometerse a fondo con el odio. Tal vez esté generalizando este caso personal de impotencia: de todos los hombres que conozco, yo soy el menos indicado para buscarme excitantes ideológicos a los sentimientos de rencor o de amor que puedan inspirarme mis semejantes; y no he consentido arriesgarme sino por causas en las que no creía. Los bolcheviques me inspiraban una hostilidad de casta, natural en una época en que todavía no existía una confusión tan grande como ahora, ni se habían mezclado las cartas mediante trucos tan hábiles. Pero el infortunio de los rusos blancos no despertaba en mí sino una flaca solicitud y la suerte de Europa nunca me impidió dormir. Preso en el engranaje báltico, me contentaba con representar en él, siempre que podía, el papel de la rueda de metal y, con la menor frecuencia posible, el del dedo aplastado. ¿Qué otra cosa podía hacer un muchacho cuyo padre había caído en Verdun, dejándole por única herencia una cruz de hierro —título que todo lo más servía para casarse con una americana—, un montón de deudas y una madre medio loca que pasaba la vida leyendo los evangelios búdicos y los poemas de Rabindranath Tagore? Conrad, al menos, representaba en esa existencia sin cesar desviada, un punto fijo, un nudo, un corazón. Era báltico con sangre rusa; yo era prusiano con sangre báltica y francesa, así que ambos cabalgábamos sobre dos nacionalidades vecinas. Yo había reconocido en él esa facultad, a un mismo tiempo reprimida y cultivada en mí, de no asirse a nada, de probarlo y despreciarlo todo. Pero basta ya de explicaciones psicológicas de lo que no era sino entendimiento espontáneo de los espíritus, de los caracteres y de los cuerpos, comprendido ese pedazo de carne inexplicable al que habrá que llamar corazón, y que latía en ambos con un admirable sincronismo, aunque algo más débilmente en su pecho que en el mío. Su padre, que simpatizaba con los alemanes, había reventado de tifus en un campo de concentración de los alrededores de Dresde, en el cual se pudrían unos cuantos millares de prisioneros rusos entre la melancolía y la miseria. El mío, orgulloso de nuestro nombre y origen francés, fue muerto de un hachazo que le abrió la cabeza en una trinchera de Argonne, por un soldado negro al servicio de Francia. Tantos malentendidos debían asquearme, en lo sucesivo y para siempre, de cualquier otra convicción que no fuera personal. En 1915, la guerra e incluso el duelo se nos presentaban únicamente bajo el aspecto de largas vacaciones. Escapábamos a los deberes, a los exámenes, a todas las preocupaciones de la adolescencia. Kratovicé se hallaba situado en la frontera, en una especie de callejón sin salida en donde las simpatías y las relaciones familiares obliteraban a veces los pasaportes, por aquella época en que empezaban ya a relajarse las disciplinas de guerra. Debido a su viudedad prusiana, mi madre, pese a ser báltica y prima de los condes de Reval, no hubiera sido readmitida por las autoridades rusas, pero éstas cerraron durante mucho tiempo los ojos ante la presencia de un niño de dieciséis años. Mi juventud me servía de salvoconducto para vivir con Conrad en aquella propiedad perdida, confiado a los cuidados de su tía, una solterona poco más o menos idiota, que representaba la parte rusa de la familia, así como a los del criado Michel, cuyos instintos eran los de un excelente perro guardián. Recuerdo los baños al amanecer en el agua dulce de los lagos y en el agua salada de los estuarios; y las huellas idénticas de nuestros pies en la arena, prestamente destruidas por la profunda succión del mar; recuerdo asimismo las siestas en el heno, discutiendo problemas del tiempo mientras mascábamos tabaco o briznas de hierba con indiferencia, seguros de hacer mucho mejor las cosas que nuestros mayores y sin percatarnos de que estábamos destinados a catástrofes y locuras diferentes. A mi memoria acuden partidas de patinaje, tardes de invierno en que jugábamos a ese curioso juego del Ángel, que consiste en tirarse en la nieve agitando los brazos, de tal modo que en el suelo quedan huellas de alas; y las gratas noches de pesado sueño, en el cuarto de honor de las granjas letonas, tapados con el mejor edredón de plumas que tenían las campesinas, a un mismo tiempo enternecidas y asustadas, en aquellos tiempos de restricciones alimenticias, por nuestros apetitos de dieciséis años.

Ni siquiera faltaban mujeres en aquel Edén septentrional aislado en plena guerra: Conrad se habría enganchado de buen grado a sus enaguas de colores, de no haber yo tratado con desprecio aquellos caprichos, pues él era de esas personas escrupulosas y delicadas a quienes el desprecio hiere profundamente, y que dudan de sus más caras predilecciones en cuanto las ridiculizan una querida o un amigo. En lo moral, la diferencia existente entre Conrad y yo era absoluta y sutil, como la del mármol y el alabastro. La languidez de Conrad era cosa de la edad: tenía una de esas naturalezas que adquieren y conservan todos los pliegues con la suavidad acariciadora de un bonito terciopelo. Era fácil imaginarle, a los treinta años, convertido en un señor rural embrutecido, corriendo detrás de las muchachas o de los gañanes de la granja; o en un joven oficial de la Guardia, elegante, tímido y buen jinete; o en un dócil funcionario bajo el régimen ruso; o también —contribuyendo a ello la terminación de la guerra— como poeta tras las huellas de T. S. Eliot o de Jean Cocteau, en los bares de Berlín. Las diferencias entre nosotros sólo existían en cuanto a lo moral, pues nuestro físico era muy parecido: ambos éramos iguales, esbeltos, duros, flexibles, con el mismo tono tostado en la piel y el mismo color de ojos. Los cabellos de Conrad eran de un rubio más pálido, pero eso no tiene importancia. En el campo, la gente nos tomaba por hermanos, lo que arreglaba bien las cosas cuando nos hallábamos en presencia de quienes no eran comprensivos con las amistades ardientes; cuando ambos protestábamos, movidos por una pasión de verdad literal, consentían, todo lo más, en rebajar un poco ese parentesco tan verosímil y nos colocaban la etiqueta de primos hermanos. Si, en ocasiones, se me ocurre perder una noche —que hubiera podido consagrar al sueño, al placer o, simplemente, a la soledad— hablando en la terraza de un café con intelectuales desesperados, siempre les sorprendo afirmándoles que yo he conocido la dicha, la verdadera, la auténtica, la moneda de oro inalterable que uno puede trocar por un puñado de céntimos o por un fajo de marcos de los de después de la guerra, pero que no deja por ello de ser semejante a sí misma, y a la que no afecta ninguna devaluación. El recuerdo de un semejante estado de cosas cura de la filosofía alemana; ayuda a simplificar la vida y puede hacer también todo lo contrario. Y si aquella felicidad emanaba de Conrad o de mi juventud, lo mismo me da, puesto que mi juventud y Conrad murieron al mismo tiempo. La dureza de la época y el horrible tic que desfiguraba el rostro de la tía Prascovie no impedían, pues, que Kratovicé fuera una suerte de gran paraíso tranquilo, sin prohibiciones y sin serpientes. En cuanto a la chica, siempre iba mal peinada, descuidada, se atracaba de libros que le prestaba un joven estudiante de Riga y despreciaba a los hombres.

Llegó la época, sin embargo, en que tuve que pasar subrepticiamente la frontera para ir a Alemania con objeto de alistarme, bajo pena de faltar a lo más limpio que había en mí. Mi entrenamiento se hizo bajo el mando de unos sargentos debilitados por el hambre y los retortijones de vientre, que sólo pensaban en coleccionar cartillas de pan, rodeado de camaradas entre los cuales había algunos que eran agradables y que ya preludiaban el gran jaleo de la posguerra. Dos meses más y me hubieran destinado a tapar una brecha abierta en nuestras filas por la artillería aliada, con lo cual quizá estuviese yo ahora apaciblemente amalgamado con la tierra francesa, con los vinos de Francia y con las moras que recogen los niños franceses. Pero llegaba justo a tiempo para asistir a la total derrota de nuestros ejércitos y a la fracasada victoria de los de enfrente. Comenzaban los hermosos tiempos del armisticio, de la revolución y de la inflación. Yo estaba arruinado, como es natural, y compartía con sesenta millones de hombres una falta total de porvenir. Era la época apropiada para morder el anzuelo sentimental de una doctrina de derechas o de izquierdas, pero yo jamás pude tragarme aquella miseria de palabras. Ya he dicho que únicamente los determinantes humanos tienen poder sobre mí, con la más entera ausencia de pretextos: mis decisiones siempre fueron tal rostro o tal cuerpo. La caldera rusa, que se preparaba a estallar, extendía por Europa una humareda de ideas que pasaban por nuevas; Kratovicé daba refugio a un Estado Mayor del ejército rojo; las comunicaciones entre Alemania y los países bálticos se hacían precarias y Conrad, además, pertenecía a esa clase de tipos que no escriben. Me creía un adulto: era mi única ilusión de muchacho y, en cualquier caso, si se me comparaba con los adolescentes y con la vieja loca de Kratovicé, no hay duda de que yo representaba la experiencia y la edad madura. Despertaba en mí un sentido muy familiar de las responsabilidades hasta el punto de envolver en ese mismo deseo de protección a la muchacha joven y a la tía.

A pesar de sus preferencias pacifistas, mi madre dio su aprobación a mi alistamiento en el cuerpo de voluntarios del general barón Von Wirtz, que participaba en la lucha antibolchevique en Estonia y en Curlandia. La pobre mujer poseía en aquel país unas propiedades amenazadas por las repercusiones de la revolución bolchevique y sus rentas —cada vez menos seguras— constituían su única garantía contra un destino de planchadora o de doncella en un hotel. Y una vez dicho esto, no es menos cierto que el comunismo en el Este y la inflación en Alemania llegaban a punto para permitirle disimular ante sus amigas que estábamos arruinados mucho antes de que el Káiser, Rusia o Francia arrastraran Europa a la guerra. Más valía pasar por víctima de una catástrofe que por la viuda de un hombre que se había dejado embaucar en París por las mujeres, y en Montecarlo, por los croupiers.

Yo tenía amigos en Curlandia; conocía el país, hablaba la lengua e incluso algunos dialectos locales. A pesar de todos mis esfuerzos por llegar lo antes posible a Kratovicé, tardé, no obstante, tres meses en franquear los aproximadamente cien kilómetros que lo separaban de Riga. Tres meses de verano húmedo y algodonoso de nieblas, invadido por el zumbido de las ofertas que hacían los mercaderes judíos, procedentes de Nueva York, para comprar en buenas condiciones las joyas de los emigrantes rusos. Tres meses de disciplina aún estricta, de cotilleos de Estado Mayor, de operaciones militares sin consecuencias, de humo de tabaco y de inquietud sorda y lancinante como un dolor de muelas. A principios de la décima semana, pálido y encantado como Orestes desde el primer verso de una tragedia de Racine, vi reaparecer a un Conrad bien ataviado con un uniforme que debía de haberle costado a la tía uno de sus últimos diamantes, y con una pequeña cicatriz en los labios que le daba el aspecto de estar masticando distraídamente violetas. Había conservado una inocencia de niño, una dulzura de mujer y esa bravura de sonámbulo que antaño demostraba al montar encima de un toro o de una ola; pasaba las veladas componiendo malos versos a la manera de Rilke. A la primera ojeada, me di cuenta de que su vida se había detenido en mi ausencia; me fue más duro tener que admitir, a pesar de las apariencias, que lo mismo me sucedía a mí. Lejos de Conrad, había vivido como quien viaja. Todo en él me inspiraba una confianza absoluta, que jamás he podido depositar después en otra persona. A su lado, el espíritu y el cuerpo sólo podían estar en reposo, sosegados por tanta sencillez y franqueza. Era el compañero de guerra ideal, del mismo modo que había sido el ideal compañero de infancia. La amistad es, ante todo, certidumbre, y eso es lo que la distingue del amor. Es también respeto y aceptación total del otro ser. Mi amigo me devolvió hasta el último céntimo de las sumas de estimación y confianza que yo había suscrito a su nombre, y me lo probó con su muerte. Los dones diversos que poseía Conrad le hubieran permitido mejor que a mí salir bien parado en condiciones menos desoladoras que la revolución y la guerra; sus versos habrían gustado; su belleza también; le hubiera sido fácil triunfar en París cerca de las mujeres que protegen a los artistas, o perderse por Berlín en los ambientes que participan del arte. Yo me había embarcado únicamente por él en aquel embrollo báltico, cuando todas las probabilidades de triunfo se hallaban del lado siniestro; pronto quedó claro que él permanecía allí sólo por mí. Por él me enteré de que Kratovicé había sufrido una ocupación roja de corta duración y singularmente inofensiva, gracias quizá a la presencia del joven judío Grigori Loew, ahora disfrazado de teniente del ejército bolchevique y que antaño —cuando era dependiente de una librería en Riga— aconsejaba a Sophie en sus lecturas. De entonces acá, la mansión —que había sido recuperada por nuestras tropas— seguía situada en plena zona de combates, expuesta a las sorpresas y ataques de las ametralladoras. Durante la última alarma, las mujeres se habían refugiado en el sótano y Sonia —tenían el mal gusto de llamarla así— había insistido para salir, con un valor cercano a la locura, con el fin de dar un paseo a su perro.

La presencia de nuestras tropas en la mansión me inquietaba casi tanto como la ceremonia de los Rojos, y debía drenar fatalmente los últimos recursos de mi amigo. Yo empezaba a conocer las interioridades de la guerra civil en un ejército en disolución: los más listos se constituirían evidentemente unos cuarteles de invierno en aquellas localidades que ofreciesen el incentivo de una buena provisión de vinos y de mujeres poco más o menos intacta. No era la guerra ni la revolución, sino sus salvadores, quienes arruinaban al país. Esto me preocupaba poco, pero Kratovicé sí que me importaba. Alegué que mis conocimientos de topografía y de los recursos del distrito podían ser aprovechados. Después de tergiversaciones sin fin, acabaron por percatarse de lo que saltaba a la vista y conseguí, gracias a la complicidad de unos y a la inteligencia de otros, que me dieran la orden de reorganizar las brigadas de voluntarios en la sección sudoeste del país. Lastimoso cargo, del que tomamos posesión Conrad y yo, en un estado más lastimoso aún, cubiertos de barro hasta los huesos e irreconocibles, hasta tal punto que los perros de Kratovicé —adonde no llegamos hasta el final de una de las más cerradas noches oscuras— se pusieron a ladrarnos. Para demostrar, sin duda, mis conocimientos topográficos, habíamos estado pateando el barro por los pantanos hasta el amanecer, justo a dos pasos de los puestos rojos más avanzados. Nuestros hermanos de armas se levantaron de la mesa —cuando llegamos, aún estaban sentados a ella— y nos hicieron endosarnos generosamente dos batas que habían pertenecido a Conrad en tiempos mejores, y que hallamos enriquecidas con manchas y agujeros producidos por la ceniza de los cigarros. Tantas emociones habían empeorado el tic de la tía Prascovie: sus muecas hubieran conseguido hacer huir en desorden a todo un ejército enemigo. En cuanto a Sophie, había perdido ya la hinchazón de la adolescencia; estaba muy guapa; la moda del pelo corto le sentaba muy bien. En su rostro malhumorado se marcaba un pliegue amargo en la comisura de los labios; ya no leía, pero se pasaba las tardes hurgando furiosamente el fuego del salón, con unos suspiros de aburrimiento dignos de una heroína de Ibsen a quien todo asquea.

Pero anticipo las cosas, y más valdría que describiera con exactitud el momento de nuestro retorno; aquella puerta que abrió Michel ataviado en forma ridícula, con una librea encima de su pantalón de soldado y un farol, de los que se utilizan en las cuadras, colgando de la mano, en aquel vestíbulo donde ya no encendían las arañas de cristal. Las paredes de mármol blanco seguían teniendo ese aspecto glacial que recordaba a una decoración mural de estilo Luis XV, que hubieran tallado en la misma nieve, en una vivienda esquimal. ¿Cómo olvidar la expresión de dulzura enternecida y de asco profundo en el rostro de Conrad al volver a aquella casa, justo lo bastante intacta como para sentir como un ultraje cada pequeño deterioro, desde la gran estrella irregular producida por un disparo en el espejo de la escalera de honor hasta las huellas de los dedos en el picaporte de las puertas? Las dos mujeres vivían casi encerradas entre las cuatro paredes de un gabinete, en el primer piso; el claro sonido de la voz de Conrad las hizo aventurarse hasta el umbral; arriba de la escalera vi asomar una cabeza despeinada y rubia. Sophie se dejó resbalar por el pasamanos, seguida del perro, que ladraba tras sus talones. Se arrojó al cuello de su hermano y luego al mío, con saltos y risas de alegría.

—¿Eres tú? ¿Es usted?

—¡Presente! —dijo Conrad—. No lo creas, ¡es el príncipe de Trébizonde!

Y enlazó a su hermana, dando con ella una vuelta de vals en el recibidor. En cuanto su pareja la soltó, para precipitarse con las manos tendidas hacia un camarada, Sophie se detuvo delante de mí, con las mejillas enrojecidas como después de un baile.

—¡Eric! ¡Cuánto ha cambiado!

—¿No es verdad? Estoy des-co-no-ci-do.

—No —contestó ella meneando la cabeza.

—¡A la salud del hermano pródigo! —exclamó el joven Franz von Aland, de pie en el umbral del comedor, con una copa de aguardiente en la mano y corriendo detrás de la joven—. ¡Vamos, Sophie, sólo un sorbito!

—¿Me está tomando el pelo? —dijo la adolescente haciendo una mueca burlona y, abalanzándose bruscamente, pasó por debajo del brazo tendido del joven oficial y desapareció por el resquicio de la puerta entornada de una cristalera que llevaba al office. Gritó—: ¡Voy a decir que les preparen algo de comer!

Entretanto, la tía Prascovie, acodada a la baranda del primer piso y embadurnada dulcemente la cara con sus lágrimas, daba gracias a todos los santos ortodoxos por haber escuchado sus plegarias por nosotros, y hacía gorgoritos, como si fuese una vieja tórtola enferma. Su cuarto, que hedía a cera y a muerto, estaba atiborrado de iconos ennegrecidos por el humo de los cirios. Había uno de ellos, muy antiguo, cuyos párpados de plata habían contenido, en tiempos, dos esmeraldas. Durante la breve ocupación bolchevique, un soldado había hecho saltar las piedras preciosas y ahora la tía Prascovie rezaba ante aquella protectora ciega. Al cabo de un instante, Michel subió del sótano con una fuente de pescado ahumado. Conrad llamó en vano a su hermana y Franz von Aland nos aseguró encogiéndose de hombros que no volveríamos a verla en toda la velada. Cenamos sin ella.

La volví a ver al día siguiente en la habitación de su hermano; siempre hallaba el modo de eclipsarse con una flexibilidad de gata joven y aún salvaje. Sin embargo, con la primera emoción de nuestra llegada, me había besado en los labios y yo no podía evitar cierta melancolía al pensar que aquél era el primer beso que me había dado una mujer joven, y que mi padre no me había dado hermanas. En la medida de lo posible, quedaba claro que aceptaba a Sophie como tal. La vida del caserón seguía su curso en los intervalos de la guerra, reducido su personal a una vieja criada y al jardinero Michel, con la molesta presencia de unos cuantos oficiales rusos evadidos de Kronstadt, como si fueran los invitados de una aburrida cacería que no terminase nunca. En dos o tres ocasiones, nos despertaron unos disparos lejanos y, durante aquellas noches interminables, matamos el tiempo jugando los tres a las cartas con un muerto; a ese muerto hipotético del bridge casi siempre podíamos darle un nombre, un apellido: el de uno de nuestros hombres caído recientemente al alcanzarle una bala enemiga. El desabrimiento de Sophie se iba derritiendo por momentos, sin arrebatarle nada de su encanto asustadizo y hosco, como el de esos países que conservan una aspereza invernal cuando ha vuelto la primavera. La luz prudente y concentrada de una lámpara transformaba en resplandor la palidez de su rostro y de sus manos, Sophie tenía mi edad, lo que hubiera debido informarme, pero a pesar de la plenitud de su cuerpo, lo que sobre todo me chocaba en ella era su aspecto de adolescente herida. Era evidente que, con sólo dos años de guerra, no bastaba para que se hubiera modificado hasta tal punto cada rasgo de su rostro en el sentido de la obcecación y de lo trágico. Bien era verdad que, a la edad en que las muchachas frecuentan los bailes de sociedad, ella había padecido los horrores del tiroteo, de los relatos de violaciones y torturas, hambre en ocasiones, angustia siempre; había presenciado el asesinato de sus primos de Riga, fusilados por una escuadra roja detrás de la tapia de su casa, y el esfuerzo que había tenido que hacer para acostumbrarse a unos espectáculos tan diferentes de sus sueños de niña hubiera bastado para abrirle dolorosamente los ojos. Pero, o me equivoco mucho, o Sophie no era cariñosa; sólo tenía un corazón de una infinita generosidad; a menudo se confunden los síntomas de estas dos enfermedades tan parecidas. Yo me percataba de que algo le había sucedido, algo aún más esencial que la conmoción de su país y del mundo, y empezaba por fin a comprender lo que debieron ser para ella aquellos meses de promiscuidad con unos hombres enloquecidos por el alcohol y la continua sobreexcitación del peligro. Unos brutos que, unos años atrás, hubieran sido para ella parejas de baile, le habían enseñado harto deprisa la realidad escondida por debajo de las palabras de amor. Cuántos golpes a la puerta de su cuarto de adolescente, cuántos brazos rodeándole la cintura, de los que había tenido que librarse violentamente, corriendo el riesgo de arrugar al pobre vestido ya desgastado, y los senos jóvenes… Yo tenía ante mí a una niña ultrajada por la sospecha incluso del deseo, y toda esa parte de mi ser que me diferencia de los banales aventureros, para quienes son buenas todas las ocasiones de engañar a una mujer, no podía sino aprobar plenamente la desesperación de Sonia. Finalmente, una mañana, en el parque donde Michel arrancaba unas patatas, me enteré del secreto que ya todos conocían y que nuestros camaradas, empero, tuvieron la elegancia de silenciar hasta el final, de suerte que Conrad jamás se enteró. Sophie había sido violada por un sargento lituano, más tarde herido y evacuado a las últimas filas. El hombre estaba borracho y al día siguiente se había arrodillado en la espaciosa sala delante de treinta personas, lloriqueando y pidiendo perdón; y esta escena debió de ser para la niña todavía más repugnante que el amargo cuarto de hora de la víspera. Durante semanas enteras, la adolescente había vivido con aquel recuerdo y con la fobia de un posible embarazo. Por muy grande que llegara a ser más tarde mi intimidad con Sophie, nunca tuve el valor de referirme a aquella desgracia: era entre nosotros un tema siempre eludido y siempre presente.

Y, sin embargo, cosa extraña, aquel relato me acercó a ella. Perfectamente inocente o perfectamente bien guardada, Sophie no me hubiera inspirado más que sentimientos de vago aburrimiento y de molestia secreta, como las hijas de las amigas que mi madre tenía en Berlín; mancillada, su experiencia se asemejaba a la mía y el episodio del sargento equilibraba de forma extraña para mí el único y odioso recuerdo que yo tenía de una casa de mujeres en Bruselas. Después, distraída por padecimientos aún peores, pareció olvidar por completo aquel incidente al que daba vueltas y más vueltas mi pensamiento, y esa distracción tan profunda acaso constituya la única disculpa a los tormentos que yo le causé. Mi presencia y la de su hermano le devolvían poco a poco su rango de ama de casa en Kratovicé, que antes había perdido hasta el punto de no ser allí sino una prisionera asustada. Consintió en presidir las comidas con una especie de orgullo enternecedor; los oficiales le besaban la mano. Por un corto espacio de tiempo, sus ojos recobraron el cándido brillo que no era sino el resplandor de un alma de reina. Más tarde, aquellos ojos que todo lo decían se enturbiaron de nuevo y no volví a verlos brillar con su admirable limpidez más que una vez, en unas circunstancias cuyo recuerdo aún tengo muy presente.

¿Por qué se enamorarán las mujeres precisamente de los hombres que no les son destinados, sin dejarles más opción que la de cambiar su naturaleza o aborrecerlas? Al día siguiente de mi regreso a Kratovicé, los subidos rubores de Sophie, sus desapariciones repentinas, aquella mirada a hurtadillas que tan mal correspondía a su rectitud, me hicieron suponer una turbación muy natural en una muchacha atraída por un recién llegado. Más tarde, ya enterado de su desventura, aprendí a interpretar más correctamente aquellos síntomas de humillación mortal que se producían también en presencia de su hermano. Pero seguí contentándome durante mucho tiempo con aquella explicación —que fue exacta en un principio— cuando ya todo Kratovicé hablaba con ternura y alegría de la pasión que Sophie sentía por mí, aunque yo seguía creyendo en el mito de la jovencita asustada. Tardé en percatarme de que aquellas mejillas, tan pronto pálidas como muy sonrosadas, aquel rostro y aquellas manos temblorosos y dominados al mismo tiempo, y aquellos silencios, y aquel flujo de palabras precipitadas, significaban algo distinto de la vergüenza e incluso más que el deseo. No soy fatuo, lo cual es bastante fácil para un hombre que desprecia a las mujeres y que, como para confirmarse en la opinión que tiene de ellas, ha elegido frecuentar únicamente a las peores. Todo me predisponía a engañarme sobre Sophie, tanto más cuanto que su voz dulce y ruda al mismo tiempo, su pelo corto, sus blusas y sus zapatones siempre llenos de barro hacían de ella a mis ojos el hermano de su hermano. Me engañé y luego reconocí mi error, hasta el día en que por fin descubrí en ese mismo error la única parte de verdad sustancial que he probado en mi vida. Entretanto y para acabar de arreglarlo, Sophie me inspiraba la fácil camaradería que un hombre siente por los muchachos cuando no los ama. Esta postura tan falsa era tanto más peligrosa cuanto que Sophie, nacida la misma semana que yo, no era menor sino mayor que yo en desgracias. A partir de cierto momento, ella fue quien llevó el juego; y jugó muy fuerte, pues le iba en ello la vida. Además, mi atención se hallaba forzosamente dividida, y la suya entera. Yo tenía a Conrad, y la guerra y unas cuantas ambiciones que surgieron después. No pasó mucho tiempo sin que para ella ya no hubiera más que yo, como si toda la humanidad de nuestro alrededor se hubiese transformado en accesorios de tragedia. Ayudaba a la criada en los trabajos de la cocina y del corral para que yo pudiera comer cuanto quisiera y, cuando tuvo amantes, sólo fue para exasperarme. Yo estaba fatalmente destinado a perder —aunque no para alegría suya— y tuve que acudir a toda mi inercia para resistir al peso de un ser que se abandonaba por entero por la pendiente.

Al revés de la mayoría de los hombres algo reflexivos, no acostumbro ni a despreciarme a mí mismo ni a sentir amor propio: demasiado me doy cuenta de que cada acto es completo, necesario e inevitable, aunque imprevisto en el minuto que antecede al mismo y superado al minuto siguiente. Atrapado en una serie de decisiones todas definitivas, al igual que un animal en la trampa, no había tenido tiempo de ser un problema a mis propios ojos. Pero si la adolescencia es una época de inadaptación al orden natural de las cosas, forzoso será reconocer que yo había permanecido más adolescente, más inadaptado de lo que creía, pues el descubrimiento de aquel simple amor de Sophie provocó en mí tal estupor que llegó a convertirse en escándalo. En las circunstancias en que me encontraba, sorprenderse significaba estar en peligro y estar en peligro era saltar. Yo hubiera debido aborrecer a Sophie; nunca se dio ella cuenta del mérito que por mi parte había en no hacerlo así. Pero todo enamorado a quien desprecian conserva el beneficio de un chantaje bastante bajo sobre nuestro orgullo: la complacencia que uno siente por sí mismo y el asombro al verse apreciado como siempre esperó serlo conspiran a este resultado y uno acaba resignándose a desempeñar el papel de un Dios. Debo decir también que la infatuación de Sophie era menos insensata de lo que parece; después de tantos sinsabores, encontraba por fin a un hombre perteneciente a su medio y a su infancia, y todas las novelas que había leído entre los doce y los dieciocho años le enseñaban que la amistad por el hermano termina siendo amor a la hermana. Esta oscura suposición del instinto era acertada, puesto que no se le podía reprochar el no tener en cuenta una singularidad imprevisible. De cuna noble, bien parecido, lo bastante joven para autorizar cualquier esperanza, yo estaba hecho para reunir en mí todas las aspiraciones de una niña hasta el momento secuestrada entre unos cuantos brutos despreciables y el más seductor de los hermanos, pero al que la naturaleza no parecía haber dotado de ninguna veleidad para el incesto. Y para que ni siquiera el incesto faltase al cuadro, la magia de los recuerdos me transformaba en una suerte de hermano mayor. Imposible no jugar cuando se tienen todas las cartas en la mano: lo único que podía yo hacer era dejar pasar mi turno, pero también eso es jugar. Pronto se estableció, entre Sophie y yo, una intimidad de víctima a verdugo. La crueldad no provenía de mí; las circunstancias se encargaban de ponerla; aunque no es seguro que yo no encontrase cierto placer en ello. La ceguera de los hermanos se parece a la de los maridos, pues Conrad no sospechaba nada. Él era una de esas naturalezas amasadas con sueños que, gracias al más feliz de los instintos, descuidan el lado irritante y falseado de la realidad, y recaen con todo su peso sobre la evidencia de las noches, sobre la sencillez de los días. Seguro de un corazón fraterno cuyos lugares recónditos no necesitaba explorar, dormía, leía, arriesgaba su vida, asumía la permanencia telegráfica y garabateaba unos versos que seguían siendo el insulso reflejo de un alma encantadora. Durante semanas enteras, Sophie pasó por todas las angustias de las enamoradas que se creen incomprendidas y se exasperan por ello; luego, irritada por lo que ella creía mi necedad, se hartó de una situación que sólo place a las imaginaciones románticas —y ella no era más romántica de lo que puede serlo un cuchillo—; me hizo unas confesiones que ella suponía completas y que eran sublimes en cuanto a sobreentendidos.

—¡Qué bien se está aquí! —decía instalándose en una de las cabañas del parque, durante uno de los breves momentos en que estábamos solos, procurándonos esta ocasión con las artimañas que, de ordinario, son propias de los amantes. Y esparcía a su alrededor las cenizas de su pipa corta de campesina.

—Sí, se está bien —repetí yo, embriagado por aquella ternura reciente como por la introducción de un nuevo tema musical en mi vida, y acaricié torpemente aquellos brazos prietos que veía ante mí, apoyados en la mesa del jardín, de la misma manera que acariciaría a un hermoso perro o a un caballo que me hubieran regalado.

—¿Tienes confianza en mí?

—El día no es más puro que el fondo de su corazón, querida amiga.

—Eric —y apoyaba pesadamente la barbilla en sus manos cruzadas—, prefiero decirle enseguida que me he enamorado de usted… Cuando quiera, ya sabe… ¿Comprende? E incluso aunque no sea serio…

—Con usted, las cosas son siempre serias, Sophie.

—No —dijo ella—. No me cree.

Y echando hacia atrás la cabeza con desenfado, en un ademán de desafío que resultaba más dulce que todas las caricias, prosiguió:

—No se figure que soy así de buena con todo el mundo.

Ambos éramos demasiado jóvenes para ser del todo sencillos, pero había en Sophie una rectitud desconcertante que multiplicaba las posibilidades de error. Una mesa de pino que olía a resina me separaba de aquella criatura que se me ofrecía sin rodeos, y yo continuaba dibujando a tinta china, en un mapa de Estado Mayor raído, una línea de puntos cada vez menos firmes. Como si quisiera evitar hasta la sospecha de buscar complicidad en mí, Sophie había elegido su vestido más viejo, llevaba la cara lavada, ambos nos sentábamos en sendos taburetes de madera y Michel no andaba muy lejos de allí, cortando troncos de leña en el patio. En aquel instante en que ella creía llegar al colmo del impudor, su ingenuidad hubiera encantado a cualquier madre. Un candor semejante, por lo demás, superaba en cuanto a eficacia a la mayor de las astucias: si yo hubiese amado a Sophie, hubiera sido un certero golpe por parte de un ser en quien yo veía lo contrario de una mujer. Me batí en retirada alegando los primeros pretextos que se me ocurrieron y encontrándole, por vez primera, un sabor innoble a la verdad. Entendámonos: lo que de innoble tenía la verdad era, precisamente, que me obligaba a mentirle a Sonia. A partir de aquel momento, lo más juicioso hubiera sido esquivar la presencia de la muchacha pero, además de que no resultaba muy fácil huir uno del otro en nuestra vida de asediados, pronto fui incapaz de pasarme sin ese alcohol con el que estaba resuelto a no emborracharme. Admito que una complacencia tal para consigo mismo merece unas cuantas patadas, pero el amor de Sophie me había inspirado mis primeras dudas sobre la legitimidad de mis ideas sobre la vida: su completo don de sí me reafirmaba, por el contrario, en mi dignidad o mi vanidad de hombre. Lo cómico de la cosa era que Sophie me había amado precisamente por mi frialdad y mi repulsa: me hubiera rechazado horrorizada si, en nuestros primeros encuentros, hubiese advertido en mis ojos esa luz que deseaba ahora, muriéndose por no verla. Por una interiorización sobre sí misma, siempre fácil para las naturalezas honradas, se creyó perdida por la audacia de su propia confesión: era no darse cuenta de que el orgullo posee su propio agradecimiento, como la carne. Saltando de un extremo a otro, tomó la decisión de reprimirse, de la misma manera que una mujer de antaño apretaba heroicamente los cordones de su corsé. A partir de entonces, ya no vi ante mí más que un rostro de músculos tensos, que se crispaba para no temblar. Alcanzaba de golpe la belleza de los acróbatas y de los mártires. La niña se había subido por su propio impulso a la plataforma estrecha del amor sin esperanzas, sin reservas y sin preguntas; era seguro que no podría mantenerse en ella mucho tiempo. Nada me conmueve tanto como el valor, un sacrificio tan total merecía por mi parte la más entera confianza. Ella nunca creyó que yo se la hubiera otorgado, sin imaginarse hasta dónde puede llegar mi desconfianza respecto a otras personas. A pesar de las apariencias, no me arrepiento de haberme entregado a Sophie tanto como era en mí posible hacerlo: a la primera ojeada, ya había reconocido en ella un temperamento inalterable, con el que se podía concluir un pacto precisamente tan peligroso y tan seguro como con un elemento: uno puede confiar en el fuego, a condición de saber que su ley es morir o quemar.

(Continuará…)

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