La casa de la aflicción (Final)

Franz Werfel

 

 

VI

Ludmila estaba sentada junto a Óscar ante la mesa de la cocina, puesta para la cena.

La cocina era en realidad el hogar del establecimiento, y no podía negarse que era una estancia muy hermosa, con su estufa de azulejos y sus cuatro mesas cubiertas de hule. El hombre que lograba entrar allí dejaba de ser un cliente, un forastero o una víctima; era, en todos los sentidos, una persona libre de impuestos, que pertenecía al clan y compartía los secretos de la casa.

Acababan de dar las cuatro de aquella triste madrugada de verano: era la hora de la comida principal. Esa hora cedía únicamente a la de las seis de la tarde, cuando las muchachas se preparaban para recibir y el peluquero iba de una a otra con las tenacillas de rizar en la mano. Pero la comida de la madrugada era más alegre; parecía como si la sopa caliente disipara todos los vapores de alcohol malo y tabaco, y predispusiera a un sueño tranquilo y reparador.

En cada sitio había dos platos, uno encima del otro, una servilleta en su aro y, a ambos lados, un tenedor y una cuchara de plata como no se veían ni en los mejores restaurantes. Aquellos cubiertos de plata «obligaban», como la nobleza. La muchacha que los hubiera usado, siquiera fuera por breve tiempo, quedaba moralmente comprometida a no volver a hundirse al nivel del «Napoleón». Y no pocas veces, en efecto, su carrera seguía ascendiendo.

Ludmila había perdonado a Óscar. Perdonado es en realidad un vocablo demasiado pomposo: ¿qué otra cosa podía haber hecho la pobre muchacha? ¿Fingir indiferencia, desairarlo, malograr el poco tiempo que él podía pasar a su lado? Cuando Óscar trasponía la puerta de la calle y en diez pasos se plantaba en la Eisengasse, a la desdichada Ludmila no le quedaba el menor poder sobre su amado; no podía blandir contra él ninguna amenaza, ni hacerle regalos, ni darle celos, ni nada —en una palabra— de lo que la más pobre de las mujeres puede hacer para retener a un hombre. E incluso cuando Ludmila tenía permiso para salir, ¿no tenía él perfecto derecho a negarse a pasar la tarde con ella? La joven comprendía esto muy bien: ¿cómo podía dejarse ver al lado de aquel actor de tanto porvenir sin comprometerlo? Y por esto ya ni siquiera tenía deseos de salir con él, ni de encontrarlo fuera de casa; y por eso mismo cedía siempre su turno de salida a alguna compañera.

Sólo aquí, en esta casa, en esta cocina, podía él encontrarla. Y ella no podía ir a buscarlo. ¿No era ya mucho que el joven se hubiera decidido a venir? ¿Quién lo obligaba? (Aunque, si hubiera estado casado, su mujer habría podido obligarlo). Ludmila ni siquiera sabía sus señas para poderle escribir una carta. No, nunca se las había querido preguntar. ¡Y el muy sinvergüenza no se había dado cuenta de esta delicadeza! Los hombres eran unos cochinos.

Pero ahora lo tenía allí, junto a ella. Tenía que agradecérselo; era lo único que podía hacer. Estaba contenta de no haber cedido, de haber podido resistir durante dos días en aquella casa, desafiando a todos sus enemigos y demostrando su fuerza y poder… Pero no habló ni una palabra de ello, porque Óscar hubiera sido capaz de no darle la menor importancia.

Lo verdaderamente importante era que ahora estaba a su lado. Y Ludmila se sentía transportada a los cielos, sólo porque podía dar su sopa a aquel hombre. Óscar, sin levantar los ojos, la engullía ruidosamente, mientras la muchacha lo contemplaba a hurtadillas, como tratando de fijar en su recuerdo la imagen del amado, para poseer de él lo más que pudiera.

Mientras tanto, habían ido llegando las demás mujeres. La violenta escaramuza de pocos momentos antes no había dejado más huellas que algunos cardenales y rasguños insignificantes. Cosa rara: el altercado parecía más bien haber desvanecido el odio que flotaba en el ambiente, y ahora incluso las más enemigas parecían hallarse unidas por un sentimiento común de vergüenza por lo ocurrido. Reinaba un espíritu de camaradería y benevolencia, una especie de cordialidad exagerada y algo artificial. Hasta la arisca Manya canturreaba las plañideras notas de una canción popular eslava, para demostrar sus sentimientos pacíficos y amistosos.

Las muchachas se habían despojado de sus galas y ahora vestían raídas batas o sencillos camisones; en lugar de zapatos dorados o plateados llevaban chinelas, y se habían aflojado las medias y soltado el pelo.

Comían la sopa lánguidamente, haciendo ruido y relamiéndose a cada momento los labios. Óscar, sentado entre ellas al lado de Ludmila, explicaba a ésta en voz baja por qué había pasado aquellos días sin ir a verla. El director del teatro le había rogado que se encargase del papel de uno de los principales actores, que se había puesto enfermo. El papel era excelente, un papel clásico, que precisamente había estado haciendo nada menos que Kainz, y para Óscar representaba la primera ocasión de lucimiento. De modo que no había vacilado en dedicar las dos últimas noches a estudiarlo.

Ludmila, que un momento antes no tenía en él la menor confianza, lo contemplaba ahora con ojos de adoración. Creía a pie juntillas cuanto él le decía. Palabra por palabra repitió en voz alta las excusas de Óscar, para demostrar a sus colegas que no tenía por qué avergonzarse de su amor.

Grete preguntó el nombre de la obra y no dejó de aprovechar la ocasión para fanfarronear un poco:

—Mi padre me llevaba siempre al teatro. ¿Conoce usted a Christians, señor Óscar? ¿Y qué obra es ésa que están ustedes ensayando?

Óscar se quedó un momento sin saber qué contestar. Ludmila ni siquiera le había preguntado en qué consistía su papel. Salió del paso citando una obra que en aquellos días no se representaba, e inmediatamente miró a Ludmila, para ver si se lo había creído. Pero ella lo hubiera creído todo; tal era la fe que tenía en su amante.

Gradualmente, el mismo Óscar se iba dejando llevar por el amor de la joven y la nobleza que este sentimiento le confería; en lugar de limitarse a dejarse querer, empezó a enternecerse y a murmurar dulces proyectos al oído de Ludmila.

Ilonka debió barruntar algo, porque dijo burlonamente:

—¡Vaya! ¡Ahora dice que la quiere retirar!

Y, dirigiéndose a Ludmila, añadió:

—Sí, claro está; déjate retirar… Y luego tendrás que ir con el trasero al aire.

Ludmila permaneció unos instantes pensativa, con el ceño fruncido y la vista baja. Y luego, con una extraña entonación, más baja que de ordinario, dijo de pronto:

—Óscar, ¿sabes qué es lo peor que has hecho?

Y, lentamente, se contestó a sí misma la pregunta:

—Volver hoy. No podías haber hecho nada peor.

Pero antes de que Óscar y las demás pudieran comprender estas palabras, llegó Edith y, en un tono que delataba el terrible miedo que sentía, dijo:

—No sé qué ocurre, pero en el cuarto del señor Maxl se oyen unos quejidos muy raros. No me he atrevido a llamar, pero estoy tan asustada…

Todas se miraron y a todas les pareció ver el patético rostro amarillento del dueño. En el acto se dieron cuenta, como si toda la vida lo hubieran sabido, de que a Maxl le ocurría algo muy grave. Nunca habían pensado en ello, porque incluso las más veteranas habían conocido siempre a Maxl como un hombre de poco aliento, perpetuamente enfermo de ictericia, completamente agotado y, a pesar de todo, divertido. Era así, y nadie lo había oído nunca quejarse. Y las muchachas creían en el antiguo proverbio campesino: «Asno que come, no necesita albéitar».

Pero ahora comprendieron que debían dejar la sopa y las judías con tocino. Y respondieron a la señorita Edith con un coro de ansiosas preguntas.

Salieron en tropel de la cocina, e incluso Ludmila dejó a Óscar. La procesión de mujeres subió la escalera, pasó por delante del Trompetero de Sákkingen y de la Venus protectora, y siguió adelante, hacia el cuarto del dueño. En aquellos momentos, con sus trajes desaseados y olvidadas por completo de sus andares provocativos, las muchachas parecían más bien fregonas o dependientas de ínfima categoría en busca de empleo.

Pero cuanto más subían y más se acercaban a la habitación, mayor y más angustioso era el temor que les oprimía la garganta como un trapo húmedo. Finalmente llegaron, y de modo instintivo se apretujaron unas contra otras, mientras Edith llamaba en vano hasta cinco veces. Por fin —el extraño quejido había cesado— Edith abrió con cuidado la puerta, y antes de que su mano hubiera encontrado el interruptor de la luz eléctrica, ya las más decididas habían entrado tras ella en el oscuro cuarto.

Hasta entonces, ninguna de las muchachas había estado allí: ésta era una de las más estrictas reglas de la casa.

La luz, una vez encendida, reveló un extraordinario número de cuadros y adornos que decoraban las paredes. Y sólo después de haberse dado cuenta de aquella extraña profusión de viejos objetos, vieron las muchachas a su dueño, cuyo cuerpo colgaba a medias fuera de la cama, aparentemente sin vida.

¿Habría sufrido un síncope? ¿Estaría muerto?

Edith y Valeska levantaron el cuerpo y lo tendieron encima de la cama. Las otras, mientras tanto, se apresuraron a ir en busca de agua de colonia, frascos de perfume y cuantas medicinas encontraron a mano, e intentaron reanimar a Maxl frotándole la frente con los primeros y vertiendo inútilmente las segundas entre sus labios medio abiertos.

Grete no cesaba de chillar que no podía soportar aquel espectáculo. Ilonka, en cambio, estaba en su elemento, y repetía una y otra vez que en tales casos el único remedio era amasar con saliva un poco de cebolla picada, frotar con ello los párpados del enfermo y metérselo luego en la nariz. Había heredado esa receta de su abuela, que sabía de esas cosas mucho más que los médicos. Edith recordaba el cartelito que había colgado en la cocina, donde se indicaban los primeros auxilios que deben prestarse a los heridos; pero le faltaban ánimos para volver a tocar aquel extraño cuerpo.

Pero Manya, la hija del sepulturero, rió desdeñosamente, se acercó a la cama, apartando de un decidido empujón a todas aquellas incompetentes criaturas, y levantó los párpados de Maxl. Tras de lo cual, volviéndose a las demás, anunció en un tono oficial que no admitía réplica:

—¡Está muerto!

Y el doctor, a quien Edith mandó llamar inmediatamente, no pudo hacer otra cosa que confirmar las palabras de Manya.

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VII

No tardaron en surgir toda clase de dificultades. Era la primera vez —descontando las legendarias pendencias de otras épocas— que en la casa había un cadáver. Y ese cadáver no era el de un cliente que hubiera sucumbido de modo violento, sino el de un miembro de la casa, que había fallecido, según el doctor, de muerte completamente natural.

El señor Maxl no había hecho testamento, lo cual no iba a sorprender a nadie que lo hubiera visto siquiera una vez. En vida, el difunto había carecido siempre de energía, hasta el punto de no lograr a veces ni comerse la cena. ¿De dónde, pues, iba a sacar la necesaria para ocuparse del mundo y de sus intereses en previsión de su muerte?

Años antes, por un plato de lentejas, había vendido a Adolf su parte en el resto de la herencia de sus padres; y aquél, a su vez, no había tardado en traspasarla a misteriosos acreedores. A Maxl no le había quedado otro recurso que irse a vivir a la Gamsgasse, de donde no se había movido ya nunca más, encerrado en su habitación, encima de las de sus pupilas.

De momento, nadie sabía cómo quedarían las cosas. Los herederos legales, que eran unos parientes lejanos, no dieron señales de vida hasta cuatro días más tarde, por razones que ellos sabrían. De modo que todo el trabajo cayó sobre los hombros de Edith; menos mal que eran unos hombros resistentes.

Desde luego, la policía y la hacienda pública se mostraron particularmente interesadas en un negocio como aquél, que tan súbitamente había quedado sin dueño. Pero las relaciones de Edith, no sólo con la policía, sino con todas las autoridades municipales y estatales, eran algo completamente independiente, duradero y seguro. Después de una rápida inspección, la dejaron en libertad de obrar como le pareciera, y ella tuvo la suficiente previsión para arreglarlo todo en el mayor beneficio propio y de sus pupilas, sin olvidar tampoco los debidos honores al difunto.

No hay palabras para elogiar debidamente su actuación en un aspecto determinado: inmediatamente separó una suma considerable, que el día anterior había recibido de su patrono —el cual estaba acostumbrado a confiarle tranquilamente todo el dinero necesario para los gastos diarios del establecimiento— y que todavía no había sido inscrita en los libros de contabilidad. La guardó en un sobre y encima escribió cariñosamente «Señor Maxl», poniendo una cruz después del nombre. Y se propuso destinar aquella suma al pago de unas honras fúnebres dignas del difunto.

Pero ahí empezaron las dificultades.

Ante todo, la cuestión religiosa. El señor Maxl era de ascendencia israelita. Edith, en cambio, había sido educada en las Ursulinas; siempre decía que, sin la severa disciplina y la firme energía que había aprendido, nunca hubiera podido llegar a ser la encargada de una de las mejores casas de Europa.

El deseo más ferviente de Edith hubiera sido dar a su difunto patrón honras fúnebres cristianas, con toda solemnidad. Y, animada por esta intención, se dirigió a la iglesia parroquial de San Galo. Pero el digno párroco, a pesar de toda su buena voluntad, se vio en la imposibilidad de complacerla: sin certificado de bautismo era imposible enterrar a Maxl como cristiano. Ello no era obstáculo, se apresuró a añadir, para que pudieran celebrarse misas por el descanso de su alma; y Edith le encargó inmediatamente tres. Y cuando se marchaba, el sacerdote le dio a entender, sin poder contener una sonrisa, que, después de todo, la presencia de un eclesiástico en una casa como la del difunto sólo podía servir, en los tiempos que corrían, para dar pábulo a las burlas y murmuraciones de los librepensadores.

Edith se vio obligada a acudir, pues, a las autoridades religiosas de la comunidad israelita, única en cuyos registros figuraba inscrito el nombre de Maxl. Lo primero que le dijeron fue que debía adquirir una propiedad funeraria en el sector judío del cementerio de Olschan. Pero, aún así, no había que pensar en que pudieran tributarse al señor Maxl funerales de ninguna clase. Después de todo, era un apóstata, un hombre que había renegado de la fe de sus antepasados; aparte de que, personalmente, tampoco podía decirse que hubiera honrado nunca a ninguna colectividad. Si podía organizarse el entierro partiendo del depósito del cementerio central, y si las autoridades consentían en cerrar los ojos, quizás pudiera buscarse algún modo de satisfacer los deseos de Edith; pero no cabía esperar, de ningún modo, que una persona a cuyo cargo estuviera confiado el cuidado de las almas de una comunidad entrase en la casa de la Gamsgasse.

Cuando Edith fue a buscar el permiso de inhumación, el funcionario que se lo entregó le preguntó si el señor Stein había dejado hijos o algún otro pariente que pudiera rezar el Kaddish u oración de difuntos por él. Hubo que explicarle que sólo asistirían al entierro algunas mujeres; y el funcionario movió la cabeza irónicamente, mirando a Edith por encima de los lentes, como diciendo: «¡Conque ni siquiera ha dejado hijos! ¡He ahí lo que podía esperarse del señor Stein!».

En cambio, la firma François Blum no puso condición alguna. A primeras horas de la tarde se presentó uno de sus empleados a ofrecer los servicios de la casa para un entierro decoroso y nada caro.

Quienquiera que conozca la ciudad que sirvió de escenario a nuestra historia recordará el vistoso letrero de François Blum, entreprise de pompes funèbres. Y seguramente recordará también las vidrieras bordeadas de negro y plata que la casa tenía distribuidas, como anuncios, en varios barrios populosos de la ciudad. En medio había un gran ataúd, suficiente para el sueño eterno de un gigante prehistórico, y a cada lado otros ataúdes menores, dispuestos por tamaños, hasta llegar a unas lindas cajitas para niños pequeños. Auténticos cortinajes de paño negro rodeaban aquel horror, y el conjunto estaba adornado con ramas de palmera, polvorientos accesorios indispensables a la eterna paz.

De este modo, la firma François Blum facilitaba a la ciudad atareada un adecuado memento mori en medio del incesante tráfico de su vida terrena. Los ojos del público, después de recrearse en la contemplación de una vidriera llena de langostas, cazapiñas de América, jamones y caviar, o de admirar en otro bello conjunto de ropa interior, joyas o flores, o de dar pie a las tentaciones del espíritu mirando libros o instrumentos de música, iban a dar de lleno, súbitamente, en aquel recordatorio de la muerte, con su pomposa decoración de polvorientas palmas en un marco negro y plateado. No era Tánato, el muchacho de la antorcha caída, ni siquiera el segador con su guadaña; era una muerte mesocrática, una muerte moderna, sin imágenes ni símbolos, una cosa ridícula, hecha de purpurina plateada, palmas de papel, tela negra, yeso y polvo.

Aun así, esa muerte era una de las pocas solemnidades que todavía quedaban en la vida del hombre. Y nadie tenía tanta conciencia de ello como las damas de la Gamsgasse. De modo que la señorita Edith, a pesar de los extraordinarios gastos que ello implicaba, encargó el entierro a la casa Blum.

Después de aquella primera noche de horror, al saber que en la casa había un muerto, las muchachas procuraron adaptarse lo mejor posible a la triste situación.

Desde luego, la casa debería permanecer cerrada hasta la noche siguiente al entierro. Aquella inesperada vacación, combinada con toda suerte de recados y salidas de la casa, que venían a trastornar el orden regular de las cosas, era después de todo una agradable novedad. Además, todas ellas tuvieron que poner manos a la obra para arreglarse, dentro de sus escasas posibilidades, las indispensables prendas de luto. La cocina quedó convertida en un taller de modista, donde zumbaban las máquinas de coser, y el suelo se cubrió bien pronto de retazos de tela, mientras se arrinconaban la estufa y el vajillero. Había mucho quehacer, y como las muchachas tenían miedo de subir la escalera, la vida quedó rebullendo en el piso bajo.

La noche se desprendió del lugar como una enfermedad. Para todas aquellas jóvenes, hijas de gente acostumbrada a levantarse temprano, campesinos, obreros, comerciantes o funcionarios modestos, la luz diurna era un verdadero goce prohibido. Liberadas por la muerte, corrían alegremente por la calle, y las hubo que, como enloquecidas por el movimiento, se estuvieron paseando horas y horas en tranvía de un extremo a otro de la ciudad.

Incluso Ludmila, a pesar de su actor, experimentó el contagio. Cosía, cortaba y probaba como las demás, y ni siquiera Ilonka dudó de que a ella le sentaría estupendamente el traje de luto.

El túmulo debía erigirse en el Gran Salón. Aunque no eran de esperarse visitas, el decoro exigía que se tuviera preparada una ligera colación; para este fin se dispuso el Salón Azul.

Al día siguiente, las escaleras crujieron bajo las pesadas botas de los obreros, y el Gran Salón se llenó de gritos y martillazos. Aquella estancia no había visto nunca la luz del día, de modo que parecía estar guiñando los ojos como un animal despertado en medio de su letargo. ¡Y cuán insignificante y pequeño parecía, a plena luz, aquel salón que tanto lucía de noche! Los fantasmas de todas las danzas, cantos y bromas buenas y malas que en el transcurso de los tiempos habían tenido lugar entre aquellas cuatro paredes parecían erguirse ahora, ultrajados. Pero era inútil: las paredes quedaron cubiertas de negro, el túmulo se elevó sobre sus gradas en el centro de la habitación, y entre un griterío de órdenes fueron introduciéndose por las paredes y el quicio de las puertas numerosos ramos de gastados laureles y polvorientas palmas. Edith llegó incluso a disponer a la cabecera del ataúd una cruz inmensa, aunque nadie la autorizó para ello.

Las pompas fúnebres no desmintieron su buena reputación. Pero no se sabe si fueron ellas quienes mandaron insertar en el periódico esta esquela, que impresionó a alguno de sus lectores por lo paradójico de su texto, símbolo de lo paradójico del destino humano:

«Ayer falleció en esta ciudad el señor Maxl Stein. El entierro partirá de la casa de aflicción, Gamsgasse 5».

Todo siguió su debido curso. Sólo se notó un detalle desagradable: por más que se hizo por evitarlo, el característico olor del piso bajo, aquella mezcla de vahos de baño perfumado, jabón, vaselina, colorete, sudor, alcohol y comida con especias, siguió persistiendo a pesar de todo. Las muchachas estuvieron quemando incienso durante horas, pero lo único que con ello lograron fue que la atmósfera resultara aún más indecente: ésta es la única palabra adecuada.

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VIII

Pertenece a esas inverosimilitudes que se admiten en la vida, pero que raramente se perdonan en una novela, el hecho de que el presidente Moré, sin duda el más asiduo lector de los periódicos de la ciudad y de sus notas necrológicas, no se diera cuenta de aquella paradójica esquela. Sin embargo, la cosa puede tener cierta explicación, porque durante aquellos días fatídicos todos los periódicos estuvieron llenos de otras noticias mucho más sensacionales, de las que dependían nada menos que la guerra, la paz y el destino del mundo entero.

El señor Moré había salido del café profundamente preocupado. Su espíritu ardía de emoción patriótica y la visión de la guerra flotaba ante los ojos de su mente. La idea que Moré tenía de la guerra era completamente anticuada. Nada de la «moderna vaciedad de los campos de batalla», nada de trincheras de cemento, escuadrillas de aviones ni ataques con gases asfixiantes; para Moré, la guerra era un cuadro tempestuoso, lleno de animación y caballería. Gloriosos corceles caracoleando, irguiéndose hacia el cielo en actitudes estatuarias, granadas de mano explotando en llamaradas rojas, verdes, azules y amarillas, como maravillosos fuegos de artificio, y los heridos oprimiéndose el corazón como cantantes de ópera en pleno do de pecho.

Mientras pintaba en tales colores la conflagración mundial, el presidente Moré cruzó el mercado de las frutas y bajó por la Eisengasse, frente a la universidad. Allí, a la derecha de la plazoleta, vio un coche fúnebre de tercera clase, seguido de tres coches de luto. Moré se preguntó quién pudiera haber muerto por aquellos andurriales —semejantes conocimientos formaban parte de su profesión— y, rápidamente, pasó revista, de memoria, a los nombres de las mejores familias y casas comerciales del distrito. No dejó de sorprenderlo el que hubiera pasado por alto la noticia del fallecimiento. Pero, al mismo tiempo, por extraño que parezca, lo sobrecogió un deseo completamente ajeno a sus anteriores meditaciones: un afán de voluptuosidad, al que en sus años mozos solía frecuentemente sucumbir.

El doctor Schleissner podía envanecerse enhorabuena de haber sido él quien revelara al presidente «los santuarios del amor». Moré no tenía por qué contradecirlo públicamente. Pero lo cierto es que había conocido la casa de la Gamstrasse mucho tiempo antes, y en horas mucho mejores que las dedicadas al servicio del público ordinario. Cuando joven, Moré había ido muchas veces por la tarde, solo, y había encontrado siempre regocijo y satisfacción. Y esa manera de obrar no sólo le parecía más discreta, sino incluso más moral y, sobre todo, más higiénica, que la de ir por la noche como todo el mundo.

El presidente se detuvo. Tenía la sensación de que alboreaba un año nuevo. Era un año de dos caras: por un lado, era sombrío, trágico, como una procesión de señores con levita y sombrero de copa; por el otro, era fresco y alegre, como un risueño y rubicundo soldado de infantería. Hay que advertir que la fantasía de Moré evocaba los soldados de infantería de la literatura, lo mismo que las cantineras, los sargentos, los jugadores de dados y las rameras que acompañaban al ejército.

Moré contempló el coche fúnebre; pensó, por una parte, en lo duro que se ponían los tiempos, y, por otra, en el relajamiento de la moral, y decidió que, puesto que durante las próximas horas no tenía ningún quehacer urgente, nada le impedía satisfacer sus deseos. Pasó, pues, junto al coche fúnebre, con sus empenachados caballos, y entró decidido en el callejón. Y se encontró con que la puerta, de ordinario cerrada a aquellas horas, estaba abierta de par en par.

Entretanto, en la casa todo estaba a punto para la ceremonia. El féretro estaba en el túmulo, adornado con unas cuantas flores sueltas y una modestísima corona, que fue todo cuanto pudo comprarse con el dinero que Edith había reservado tan magnánimamente.

Además, habían surgido discusiones con las pompas fúnebres acerca del ataúd. Éste no era sino la sencilla caja de madera prescrita por los ritos judaicos. Dios mismo lo había dicho: «Polvo eres y en polvo te convertirás»; de modo que toda decoración o embellecimiento del proceso ordenado por el Altísimo era cosa impía y blasfema. Sin embargo, Edith pensaba de otro modo. Para ella, un ataúd debía ser algo espléndido, con adornos de plata, emblemas y un lazo blanco por alguna parte. Y estaba dispuesta a pagar lo que pidieran por ello: por lo que fue algo difícil convencerla de que la tierra del cementerio judío no podía admitir más que ataúdes conforme al ritual.

Las muchachas estaban todas reunidas junto al féretro, vestidas con sus modestos, pero conmovedores arreos de luto. También habían acudido algunos pobres de la vecindad, a quienes se había hecho pasar al Salón Azul y se les había dado, gratis, un poco de torta y algo de beber. El señor Nejedli hacía los honores, y todo marchaba como una seda.

Por desgracia no había ningún parroquiano, ningún dragón del 6.º Regimiento, ningún artillero, ningún intelectual, ningún pájaro nocturno: ni Schleissner, ni von Peppier, ni Óscar; nadie, en una palabra, para asombrarse de la transformación del Gran Salón. La pista de baile estaba casi enteramente cubierta por el túmulo; las bombillas eléctricas, envueltas en gasas, daban una luz sombría; los amorcillos de los espejos parecían haberse vestido con púdicas túnicas; una cruz y un par de altos candelabros se elevaban junto a la cabecera del ataúd según el ritual judío; y una familia extraordinariamente numerosa de empolvadas muchachas vestidas de luto sollozaba, porque así debía hacerse, porque habían conocido al difunto, porque la vida era triste y la muerte algo que cosquilleaba los sentimientos, y algo así como una fiesta.

Las jóvenes se sonaban las enrojecidas naricitas, se reanudaba una y otra vez el eco de los sollozos, y parecía que el pasado del Gran Salón se hubiera desvanecido. Y así transcurrían aquellos momentos, saturados de sublime y shakesperiano sentido de la caducidad de la vida.

Pero no podían pasarse toda la tarde llorando, sonándose y contemplando el ataúd. Había que hacer algo, alguien tenía que decir algo, dar al difunto el postrer adiós. Edith fue poniéndose nerviosa. La ausencia de un sacerdote se hacía sentir con penosa evidencia: era una grave falla en la ceremonia funeraria que había organizado a costa de tantos sacrificios económicos. Estaba clarísimo que, sin la intervención de algún representante de la divinidad, no había modo decoroso de terminar aquello. Todo había sido espléndido, todo el mundo estaba aguardando la dolorosa separación definitiva; pero nadie sabía cómo poner fin a aquella espera. La cosa iba adquiriendo categoría de mudo escándalo. Edith se mordía los labios: no se le ocurría ninguna idea.

De pronto, al dar una desesperada mirada a su alrededor, vio que trasponía el umbral la elevada y sombría figura del presidente Moré. Ningún otro parroquiano había acudido a la casa mortuoria; sólo aquel hombre de cálido corazón y noble alma había dirigido allí sus pasos. Edith dio mentalmente gracias a Dios por habérselo enviado.

La aparición de Moré respondía maravillosamente a la idea de una ceremonia fúnebre; era más de lo que pudiera desearse. Edith corrió al encuentro de aquel incomparable funcionario, cuyo solo nombre ya parecía una evocación de la muerte, le dijo en voz baja unas palabras y, en diez segundos, la situación quedó salvada.

Ni que decir tiene que el presidente de la Sociedad Spinoza y Gran Maestro de la Orden de Hijos de la Liga poseía innegables dotes oratorias. Y tampoco cabe dudar de que, en su calidad de corredor de monumentos mortuorios, la elocuencia funeraria era precisamente su especialidad. Finalmente, como consecuencia natural de su talento, Moré tenía una irresistible inclinación a lucir aquellas dotes oratorias en toda clase de ocasiones: apertura y clausura de sesiones, reuniones, congresos, actos solemnes, bodas, aniversarios, fiestas de sociedad o inofensivas fiestecitas familiares; en una palabra, siempre y en todas partes en que un discurso estuviera o no indicado. De modo que la satisfacción de Edith por el sentimiento de Moré no fue mayor que la de éste ante la demanda de la joven.

Con una rápida mirada a su alrededor, el presidente se aseguró de que no había ninguna persona que pudiera comprometerlo, especialmente ningún periodista, e inmediatamente ocupó su sitio junto al túmulo, levantó la cabeza como buscando inspiración y entornó los ojos.

Y comenzó su arenga, que no guardaba con el difunto ni más ni menos relación que con cualquier otra persona; pero que era, y en esto consistía su principal mérito, un discurso muy hermoso.

Empezó citando a Goethe, para afirmar que el hombre que sufre y lucha está siempre en camino de encontrar su salvación. El inminente peligro que suponía citar, ante tan gran número de bayaderas, el pasaje de que los «valientes brazos de los inmortales hacen subir hasta el cielo a las criaturas perdidas», lo sorteó diestramente abreviando la cita y refugiándose en aquella estrofa menos resbaladiza en que el aspirante a trasponer las puertas del paraíso conmina a las huríes a dejarle entrar sin temor, «porque en todo momento se ha portado como un hombre». El auditorio, atónito ante aquellos incomprensibles versos, no se extrañó en absoluto cuando el presidente describió al señor Maxl como un guerrero en pleno combate ante las puertas del paraíso. Si alguien quedó sorprendido fue quizás el propio señor Maxl, en el supuesto de que se acepte la esotérica teoría, grata a ciertos profesores, de que las «inteligencias» de los difuntos asisten a sus propios funerales.

Pero el presidente no se contentó con citar a Goethe. Invocó también a Spinoza, a Lessing, a Isaías y a Haeckel, introduciendo así, con aquella triste ocasión, a los más insignes espíritus de la humanidad en el Gran Salón de la Gamsgasse.

El discurso llegó a su culminación cuando el presidente apostrofó directamente al difunto, llamándolo en alta voz y poniéndolo como testigo de sus profecías sobre un sombrío y tempestuoso futuro, en contraste con el cual él, Maxl, simbolizaba una época feliz, libre y regocijada, que ahora yacía en el féretro antes de desaparecer para siempre. Dios había decretado que era preciso despedirse de aquel alma buena y amable, y quién sabe si con ella había que decir también adiós a la propia alegre juventud.

Al llegar a este punto, los sollozos hasta entonces más o menos reprimidos estallaron en una verdadera conflagración de estrepitosos llantos: Ludmila, agobiada por su amor sin esperanza empapaba desconsoladamente su pañuelo, ni más ni menos que si el ataúd contuviera al propio Óscar; Ilonka se golpeaba el pecho en un arrebato de dolor; Manya, la ruda descendiente de sepultureros, parecía deshacerse en lágrimas; y Edith cayó de rodillas ante el túmulo, sin poder contener sus sollozos de contrición. Sólo Grete, con los ojos secos y ardientes, estaba fascinada por los labios del orador.

El discurso terminó con una nota solemne y consoladora, y las muchachas parecieron despertar de una angustiosa pesadilla. Luego, como tímidas escolares o sirvientas, fueron estrechando una por una la mano que el presidente les tendía con un compungido gesto de condolencia.

Edith fue la primera en recobrarse de sus emociones. Estaba satisfecha de que la ceremonia, que después de todo era obra suya, hubiera tomado un rumbo tan edificante. Después de un discurso tan conmovedor, sólo la música podía decir algo; de manera que Edith empujó al señor Nejedli hacia el piano.

Pero, al parecer, con los años, el repertorio del ex niño prodigio imperial y real del emperador Fernando el Bueno se había reducido considerablemente. Bailes, marchas y canciones populares, todavía podía tocarlos; pero era imposible acompañar el cortejo fúnebre con los electrizadores acordes de La marcha de los gladiadores.

Hubo un momento de incertidumbre. Las manos del señor Nejedli eran incapaces de tocar ni siquiera un sencillo coral, ni la Marcha fúnebre de Chopin. Todo su programa serio se reducía a la marcha nupcial de Lohengrin, el aria de La Juive y la barcarola de Los cuentos de Hoffmann.

Nejedli rechazó decididamente Lohengrin y se decidió por La Juive:

Oh, Dios todopoderoso, escucha mi plegaria.
Escucha mi súplica. Dios de grandeza…

Nadie se extrañó de la animada, casi animadora pasión de este allegro, y cuando Nejedli, a través de la acostumbrada serie de poco académicas modulaciones, pasó de aquella melodía a la barcarola, todos se miraron, porque aquella había sido la pieza favorita de Maxl, quien nunca podía escucharla «sin echarse a llorar como un chiquillo». La ceremonia no hubiera podido terminar más adecuadamente que con aquellos inmortales acordes, evocadores de barcas cubiertas de guirnaldas y navegando por las oscuras aguas:

Noche apacible, dulce noche de amor.
Calma ya mis anhelos…

Los empleados de pompas fúnebres, gruñendo y resollando, se llevaron el féretro escaleras abajo, por delante de la Venus de bronce dorado y del Trompetero de Säkkingen. Las muchachas los siguieron. Pero ya no se oyeron más sollozos de dolor, sino murmullos y aun reprimidas risas. ¿Acaso no habían llorado ya bastante? Las lágrimas calman la divina sed del alma; por eso nos quedamos tan contentos y satisfechos después de haber llorado.

Las muchachas estaban, pues, contentas y satisfechas; más aún: experimentaban ese sentimiento de legítimo y gozoso orgullo que producen las cosas bien hechas.

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IX

La empresa de pompas fúnebres Blum era muy rápida, no sólo a disponer las máscaras mortuorias, sino también en desmontarlas después. Cortinajes, colgaduras, velos y túmulos desaparecían con la misma celeridad con que habían aparecido. Los empleados de la casa, a fuer de buenos tramoyistas, necesitaban un tiempo brevísimo para transformar de nuevo el escenario de la muerte en escenario de la vida.

En el caso que nos ocupa, la rapidez era esencial, ya que por la noche el local debía de estar abierto para el placer, y ningún recuerdo funerario debía importunar el ánimo de los clientes. La cosa pareció arte de magia. Apenas acabó de salir el cortejo se abrieron las ventanas, resonaron los martillos y los gritos de los operarios, y, en un momento, el Gran Salón, liberado de postizas trabas, volvió a su primitivo ser y estado. Y el olor natural de la casa, que había quedado desnaturalizado por el incienso, el humo de los cirios y otras insólitas emanaciones, volvió a su propio ser. Unas horas más tarde, cuando regresaron las mujeres del cementerio, todo había recobrado su aspecto habitual.

Las muchachas cruzaron los salones con un leve sentimiento de extrañeza, porque, después de todo, las habitaciones tienen sus épocas, y las personas que viven en ellas se dan cuenta. Entre ayer y hoy mediaba un abismo; se había abierto la tumba en que las muchachas, unas horas antes, habían visto hundirse el sencillo ataúd del señor Maxl.

El presidente Moré había vuelto del entierro con los demás. Allí, en Olschan, donde era persona archiconocida, se había apartado un poco del cortejo, para no perder su buena reputación; pero su alejamiento no había sido tan manifiesto que no pudiera achacarse a la modestia.

Su discurso fúnebre le había valido un prestigio considerable en la casa de la Gamsgasse. Las muchachas lo miraban con reverente respeto. Además, era el único cliente que había establecido con ellas y con sus vidas un vínculo de humanidad, al ir a la casa sin otro propósito que rendir tributo al difunto y testimoniar su pésame a las damas. La señorita Edith sabía apreciar el honor que el presidente les había hecho. Por eso, sus ojos lo miraban con sincera gratitud y por eso le estrechó tiernamente la mano y declaró que ahora sabía cuál de los parroquianos de la casa era un verdadero ser humano y un hombre de corazón.

El presidente se encogió de hombros melancólicamente y dijo que no en vano tenía experiencia de la vida y sabía cómo marchaban las cosas en este mundo. Pero no dejaba de sorprenderle que a nadie más, ni siquiera al doctor Schleissner, se le hubiera ocurrido ir a la casa. Edith expresó su convicción de que un hombre era siempre un hombre y no buscaba jamás otra cosa que la satisfacción de sus apetitos masculinos. El presidente era una excepción: ella lo había presentido desde el primer momento. Nadie podía engañarla; ella no poseía nada, pero después de todo, el conocimiento de la humanidad tampoco era un capital tan despreciable.

Al digno presidente casi se le saltaban las lágrimas, al pensar que el destino le había brindado aquella oportunidad de mostrarse más virtuoso de lo que aquella experta en hombres esperaba de éstos en general. La verdadera razón de su presencia quedó olvidada, y él mismo empezó a creer que había sido realmente el sentido de la humanidad, al servicio de cuyos maestros se había consagrado, el que aquel día lo había llevado a la Gamsgasse.

Las muchachas, de pie, rodeaban a Moré, como si fuera un maestro de escuela, y escuchaban atentamente sus palabras y todos aquellos lugares comunes que tan raramente se oían allí y que ellas no se atrevían a emplear ni siquiera en aquel momento, aunque Ilonka sentía un impulso casi irresistible de esmaltar la conversación con unas cuantas frases profesionales bien sazonadas.

El Gran Salón, cuyos postigos estaban adecuadamente cerrados, brillaba nuevamente con su iluminación peculiar, y con sus banquetas de peluche rojo, sus veladores de mármol y sus espejos de estilo Renacimiento, aguardaba que la clientela volviera a pisar su encerado suelo. Gradualmente, y sin quitarse las vestiduras de luto, las muchachas empezaron a contonearse de arriba abajo como todas las noches. Sólo faltaba Ludmila, que había aprovechado el viaje al cementerio para ir a visitar a unos parientes.

El presidente, satisfecho de sí mismo a más no poder, empezó a considerar si, desde un punto de vista comercial, no le interesaría buscar clientela en aquel establecimiento; y, a pesar de algunas objeciones de orden moral, llegó a la conclusión de que dejar escapar aquella oportunidad sería un síntoma manifiesto de decadencia en sus facultades propagandísticas. Por consiguiente, el hombre tomó aliento y, esta vez sin patetismos, antes bien en un tono persuasivo y cordial, empezó a hablar.

—Niñas —dijo, haciendo sentarse junto a él a Grete y a Anita, y ahogando un suspiro—, niñas; el hombre muere y todos tenemos que morir un día u otro. Qué será la muerte, es cosa que nadie sabe, y los que lo aprenden no regresan luego para explicárnoslo. En fin, no tenemos más remedio que resignarnos. Pero, aun así, siempre cabe hacer algo…

Ahora, su voz parecía rebosar de prudencia y sensatez.

—Una tumba, si no se cuida, queda convertida en pocos meses en un montón de escombros. Hablo por experiencia.

Manya confirmó esta opinión, y Moré prosiguió:

—Pero el cuidado de una tumba, jovencitas, cuesta dinero; por absurdo que parezca, el recordar es caro. ¿Y quién debe dar ese dinero? Los parientes del difunto, si son gente honrada y decente. Pero ¿y si uno muere sin dejar familia? ¿Qué ocurre entonces?

El presidente paseó la mirada de una a otra de las jóvenes, antes de decidirse a dar el asalto a sus corazones.

—¿Qué ocurre entonces? ¿Se lo han preguntado alguna vez? ¿Qué familia van ustedes a dejar, que pueda ocuparse de esas cosas?

La flecha dio en el blanco. ¿Qué familia podían llegar a tener? El hospital, el asilo, la sala de disección; en el mejor de los casos, un mendrugo de pan. Ése sería el final de su historia: se lo habían dicho mil y mil veces. El presidente sonrió con aire paternal.

—¿Ven? Por lo menos, el señor Maxl ha dejado a alguien: unas muchachas de buen corazón como ustedes. Pero ¿quién sabe dónde estarán ustedes dentro de un año? ¡Ah, nadie puede decirlo!

También esta vez dio en el blanco. Hoy, las muchachas trabajaban en la Gamsgasse, un establecimiento de primera categoría, y comían con cubiertos de plata. Pero los años pasaban, y no todo el mundo podía llegar a ser encargada; esta clase de premios, como los de la lotería, eran difíciles de ganar. Se contaban por docenas las Manyas, Anitas e Ilonkas que habían descendido hasta el «Napoleón» y más bajo aún, y habían terminado en un rincón de provincia.

Pero el presidente no se proponía deprimirlas; de modo que su rostro no tardó en ponerse de nuevo algo más optimista.

—Se me ha ocurrido una idea. ¿Qué les parecería si hicieran una especie de colecta entre todas ustedes para poner en la tumba del señor Maxl una hermosa lápida con su nombre? Hablo por experiencia. ¡Una lápida de mármol! Incluso no es preciso que sea de mármol, naturalmente; el granito también hace muy buen efecto. Como os decía, una lápida de mármol conserva una tumba para siempre. Desde luego, debe ser algo que esté bien: nada de esculturas; sencillamente, una inscripción en letras de oro. Pero, años más tarde, la gente pasa y lee «Maxl Stein» y dice: «¡Ah, sí!», y se acuerda de él. ¿Qué les parece? ¿Organizamos una suscripción…? Eso, si están de acuerdo, naturalmente; al fin y al cabo, a mí me da lo mismo. Pero como pienso en todo, precisamente llevo aquí una lista de precios. Puede comprarse una buena lápida a partir de trescientas coronas…

Los corazones de las muchachas estaban todavía oprimidos por la angustia de los tres últimos días. Todavía no acababan de sentirse cómodas en el Gran Salón: la visión del cementerio no se había borrado totalmente de sus ojos. La pregunta: «¿Qué familia van a dejar?», seguía resonando en sus oídos. Hubieran querido redimirse, al precio que fuera, del destino que las amenazaba, a ellas más que a nadie. ¿Acaso no es la idea de la muerte la que, entre toda clase de gente y pueblos, despierta más el instinto del sacrificio?

Las palabras de Moré cayeron, pues, en excelente terreno. Con mayor o menos presteza, todas las muchachas corrieron a sus habitaciones, donde guardaban sus ahorros, tantas veces contados y vueltos a contar. Y, en proporción a la generosidad, fe, imaginación y capricho de cada una, todas aportaron su contribución.

Valeska, la más vanidosa y de mejores sentimientos, estaba desnudándose cuando se hizo la colecta, y sea por esta razón o sencillamente para mostrarse en toda su magnificencia, bajó al salón así, para dar personalmente al representante de los intereses de la muerte un tributo de veinticinco coronas. Por cierto que fue maravilloso ver cómo, en cuanto apareció en el salón aquel cuerpo espléndido, la estancia volvió a ser por primera vez lo que había sido antes de la muerte del señor Maxl. Parecía que el ámbito sonriera y suspirara de placer, como un inválido que recobrase sus movimientos. Valeska se quedó de pie, dando majestuosamente vueltas alrededor de su eje. Era un espectáculo hermoso y verdaderamente reconfortante.

En un cuarto de hora, Moré inscribió en la lista los nombres verdaderos de casi todas las muchachas, seguidos de la cifra indicadora de su aportación. Sólo la señorita Edith, que ya había hecho cuanto había podido, y Manya, que en su calidad de iniciada en las cosas de la muerte vio perfectamente el juego, se abstuvieron de contribuir.

El agente de monumentos mortuorios anotó debidamente el pedido y, llevado de su magnanimidad, rebajó realmente su comisión del quince por ciento habitual a un módico siete y medio.

En eso llegó la hora de vestirse, y con ella el peluquero. Las jóvenes se precipitaron ruidosamente escaleras arriba, hacia el vestidor. La voz de Ilonka dominaba a la de las demás, y sus enérgicas expresiones favoritas, que fluían de su pecho como un torrente, destacaban marcadamente entre el confuso griterío de las otras.

Grete se quedó en el salón con el presidente.

—¡Una fosa…, y luego la meten a una dentro, y al cabo de algún tiempo sólo queda un puñado de polvo! —dijo, cogiéndole la mano.

El presidente de la Sociedad Spinoza evitó pronunciarse con demasiada precisión sobre el particular:

—Después de todo, no es eso lo más importante.

Grete, estupefacta, le preguntó:

—¡Cómo, presidente! ¿Acaso cree usted en el cielo, como Edith?

El presidente se contentó con citar a Goethe:

—«Y más allá, nada podemos saber».

Pero Grete no había concluido con sus preocupaciones metafísicas. De modo que, mirando inquisitivamente a Moré, preguntó:

—Bueno, y si es verdad que tenemos que ir al cielo, ¿por qué llueve cada vez que entierran a alguien?

Su voz tenía un timbre de triunfo. Pero el presidente, con su experiencia profesional, la dejó desarmada.

—Muchas veces he visto entierros en días espléndidos.

Grete exclamó de pronto:

—¿Qué dijo Spinoza?

—Spinoza dijo muchas cosas, hija mía.

—Pero ¿no fue Spinoza quien dijo: «Señor, dadme la libertad de pensamiento»?

—No. Fue Schiller quien dijo eso. Pero, en el fondo coincidía con Spinoza, que dijo, por ejemplo: «La felicidad es la virtud y no su premio».

—¡La felicidad no es su premio! Tampoco es el mío. ¡Eso es divino!

Y Grete se relamió de gusto con la cita de Moré.

—Spinoza era español, ¿verdad? —preguntó en un tono confidencial—. Yo, una vez, tuve un amigo español. O, mejor dicho, dos…

El presidente le explicó que Spinoza no había sido español, sino holandés.

Grete puso mala cara.

—¿Holandés? No me gustan los holandeses. En Hamburgo, ¿sabe usted?, hay siempre muchos holandeses. Son una gente insoportable.

El presidente, que no dejaba de pensar en la situación política, dijo:

—Probablemente permanecerán neutrales.

Grete se le acercó.

—¿Sabe que estoy loca por usted? Mucho más que por Schleissner. ¿Cómo puede una querer a un individuo que se llama Schleissner? Hoy estuvo usted verdaderamente grandioso.

El presidente sonrió benévolamente. Con su ancha mano vellosa, acarició suavemente las piernas de Grete. Ella suspiró, acercando la cabeza a su pecho:

—Me gustaría que fueses mi amante. No tendrías que darme nada.

Pero se había equivocado en su opinión respecto al presidente de la Sociedad Spinoza. Éste se levantó y, muy tieso, declaró que él era un cliente de la casa como cualquier otro y que no quería ser tratado de otro modo que los demás. Le encantaba la idea de subir con Grete a su habitación, pero no quería nada de balde. ¿Cómo hubieran podido hacer semejante cosa, ni él ni ella? Había que respetar los reglamentos.

Y la pareja desapareció escaleras arriba.

En aquel mismo instante, Ludmila comunicaba a Edith su decisión de no volver a la Gamsgasse.

.

X

Ha llegado el momento de poner término a estas breves y rápidas notas, ya que, después de todo, la historia de la antigua casa de la Gamsgasse termina aquí. Incluso lo que acabamos de consignar no es más que una insignificante crónica de sus últimos días, si hemos de aceptar la hipótesis, al fin y al cabo no demasiado exagerada, de que su fundación data de algún tiempo después de la batalla de la Montaña Blanca. La estupenda teoría de que, ya tres siglos antes, la casa había sido fundada por el emperador Carlos IV de Luxemburgo, probablemente no pasa de ser una leyenda. Pero esto es lo que ocurre con la fama: adscribe a hombres famosos los hechos de los desconocidos. ¿Por qué no atribuir también a Carlos —el gran fundador de ciudades, a quien debemos la Ciudad Nueva, la universidad y el puente— el haber echado los cimientos del Gran Salón de la Gamsgasse?

Sea como fuese, lo cierto es que el establecimiento conoció días de esplendor entre la guerra de los Treinta Años y la Gran Guerra, y que una vida semejante merecía un final más romántico que la muerte de un sobreviviente decadente y medio chiflado. Pero ¿acaso los reinos de que habla la historia no han terminado aún más miserablemente? Se esfuerzan en sobrevivir, sostienen guerras y, antes de lo que uno demora en contarlo, han desaparecido y sus enemigos se han repartido el botín.

En el paradójico momento en que el señor Maxl yacía en su ataúd en medio del Gran Salón, el establecimiento había cumplido su destino, por mucho que pudiera aún seguir durando materialmente. Los herederos resultaron ser una gente sin disposición para el negocio, como lo prueba el hecho de que la señorita Edith, la más prudente y fiel de las encargadas, se marchara a los pocos días de inaugurado el nuevo régimen. La desaparición de Edith y la severidad de las nuevas leyes fueron para la casa un golpe decisivo.

El edificio subsiste todavía, pero ha quedado absorbido por la industria de curtidos circundante. Incluso el peculiar olor del vestíbulo ha quedado oscurecido por el de la piel de Rusia.

Además, cada muerte es una especie de quicio sin apelación, y cuando algo muere es porque ha llegado su día. Si actualmente se recorren de noche las calles de la ciudad, centelleantes de anuncios luminosos, a cada paso pueden leerse nombres de locales dedicados, no al placer, sino al baile. El saxofón y la música negra se han impuesto. Auténticas señoras trasponen las iluminadas puertas de esos establecimientos, y sus bien torneados cuerpos, libres de los corsés de antaño, dejan adivinar sus atractivos mucho más de lo que en otro tiempo se permitía en la Gamsgasse.

Desastradas y agobiadas por una competencia cada día más numerosa y menos reglamentada, las busconas callejeras andan desesperadas, a la caza de clientes. ¿Quién sabe si todavía existen «casas»? Quizás desaparecieron ya, y este relato ha pasado a tener el valor de un documento histórico.

Nadie acostumbra a preguntar por los insignificantes destinos de las personas insignificantes. Y en esta relación todos representan un papel secundario. Además, si alguien me preguntara por ellos, apenas sabría qué contestar. Quizás podría decirle:

—¡Ah!, pero ¿no lo sabe? Óscar es hoy un personaje famoso. Posee la más estupenda casa de campo en Hollywood.

Pero la pregunta sería absurda, porque hasta los zulúes están ya familiarizados con el rostro de Óscar, que tantas y tantas veces ha aparecido en la pantalla.

En cuanto a Ludmila, puede vérsela en todas las funciones de gala de los mejores teatros. No ha engordado, pero en la lucha con su papada, hay que reconocer que ésta lleva las de ganar. Así y todo, todavía puede ser considerada atractiva. Sus piernas finas y esbeltas, que las modas actuales permiten admirar en toda su extensión, obtienen constantes triunfos en la calle.

Sus antiguos amigos han dejado de aventurarse a saludarla, pues ahora sólo contesta a los saludos de caballeros conocidos, y éstos raramente son los que conoció en otros tiempos. A éstos los mira con ojos muy abiertos, de expresión infantil y, por alentadoramente que ellos sonrían, nunca logra reconocerlos.

No otra cosa fue lo ocurrido con Óscar, durante su última gira triunfal por todo el mundo. Los grandes ojos aniñados de Ludmila no lograron reconocerlo; lo único que Óscar pudo leer en ellos fue el hastío de una señora cansada de que la miren ojos importunos. El incidente lo afectó de veras y lo dejó por unos días casi sin habla. Lo cual demuestra, dicho sea de paso, que los hombres son más vanidosos que las mujeres.

Pero ¿quién podría echar en cara a Ludmila su mala memoria? ¡La guerra ahogó en sangre tantas otras memorias! Y Ludmila se casó hace ya tiempo con un influyente diputado de la República. La casualidad quiso que, en los entusiásticos días de la revolución, su marido fuese miembro de la comisión parlamentaria que, bajo la dirección de una conocida feminista, atajó el problema de la prostitución y decidió los destinos del Gran Salón de la Gamsgasse. El marido de Ludmila pasa por ser un idealista; nunca se vio envuelto en ninguno de los numerosos escándalos financieros de estos últimos tiempos y, según dicen, es una de las personas en quienes el régimen puede fundar mayores esperanzas. En bien de éste y de Ludmila, es de esperar que figure como ministro en el próximo gabinete.

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