La casa de la aflicción (I)

Franz Werfel

 

 

I

Aquella noche hubiera sido igual a cualquier otra, de no haber irrumpido en ella dos acontecimientos que alteraron su curso.

A las diez, cuatro de las cinco mesas del Gran Salón estaban ya ocupadas, y el Salón Azul, habitualmente reservado a funcionarios superiores, nobles de alto rango y personajes preeminentes de las finanzas y la industria, estaba lleno, como de costumbre, desde la primera hora. En el Salón Azul no se bebía más que champaña, y únicamente tenían acceso a él clientes de cierta categoría, cuya contribución no fuera inferior a cierta cifra. Sus paredes estaban cubiertas de tapices y había una curiosa combinación de espejos que, al decir de la gente, permitía la realización en común de los más sutiles refinamientos del vicio. Los que frecuentaban el Gran Salón conocían sólo de oídas lo que sucedía en el Salón Azul; incluso allí donde estaban, ya resultaba una diversión bastante cara haber una botella de vino vulgar. Pero como, después de todo, el servicio de bebidas no era la principal fuente de ingresos del establecimiento, los parroquianos del Gran Salón tenían a su disposición determinadas cantidades de café y coñac.

No es que con esto pretendamos empañar el esplendor del Gran Salón, ya que éste era algo verdaderamente señorial: muebles de estilo renacimiento profusamente dorados, cortinas de terciopelo rojo y un suelo entarimado más brillante que el cristal. En una palabra, se trataba de un establecimiento que podía tranquilamente repudiar el nombre con el que el vocabulario pobre e inarticulado suele designar a sus congéneres. Y aun admitiendo que se empleara semejante nombre para designarlo, hubiera sido posible anteponerle las iniciales R. I. (real e imperial), ya que todo cuanto en él había recordaba la época de la doble monarquía: los muebles tapizados de peluche, los arabescos dorados, los grabados (que no sólo representaban escenas galantes, por lo demás completamente decorosas, sino también episodios del noble deporte hípico), los respiraderos, la apolillada suntuosidad, incluso el retrato del emperador colgado en la pared; todo era una supervivencia de los renacentistas esplendores de un decenio, ya extinguido, de soberbia altivez.

Hasta muy entrada la guerra hubo en la ciudad tres instituciones que conservaron en toda su pureza su carácter casi oficial: la pastelería Stutzig, la escuela de baile fundada por el señor Pirnik en un hermoso palacio barroco junto al famoso puente —un lugar distinguidísimo, donde los jóvenes de la alta burguesía podían aprender el vals, la polca, el «Sir Roger de Coverly», la tiroliana y el rigodón— y, finalmente, el establecimiento que sirve de escenario a nuestro relato.

Fue este último, según creo, el que más tardó en desaparecer.

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II

Las señoras, excepto las que estaban de servicio particular, se hallaban todas en su puesto. Paseaban por el salón con aire de afectada indiferencia, se contemplaban embelesadas en el espejo, aceptaban displicentemente los cigarrillos que les ofrecían los clientes y, de vez en cuando, se sentaban por unos instantes, con un gesto de condescendencia, a alguna de las mesas. Parecían plenamente conscientes de su dignidad, aquella dignidad que se comunicaba a todas las pensionistas del famoso establecimiento. Ser admitida allí equivalía a entrar en los círculos más elevados. El sentido de dignidad a que nos referimos se expresaba de varios modos: por ejemplo, aquellas señoras diferían de las que se encuentran en la mayoría de los demás establecimientos análogos, en que no llevaban falda corta, sino fantásticos negligés o flotantes saltos de cama. Valeska, la más llamativa, llevaba un auténtico traje de noche, que sin duda hubiera merecido un comentario en la prensa de haber aparecido en un baile de carnaval. Pero, a pesar de tan suntuosos atavíos, de vez en cuando podía vislumbrárseles las piernas a aquellas damas, cuando se sacaban de la media la pitillera o la polvera.

Sólo una, Ludmila, llevaba falda corta; y es que lo aniñado de su esbelta figura apenas le hubiera permitido otra cosa. Visiblemente, le faltaba esa superficial inquietud, esa inútil agitación tan característica en la profesión de aquellas señoras, que tienen que estar continuamente sentándose y levantándose, o paseándose de arriba abajo por el salón como animales enjaulados. Ludmila permanecía tranquilamente sentada junto a la mesa de los militares, escuchando con la mayor seriedad lo que decía el teniente Kohout, como si no quisiera perder ninguna oportunidad de instruirse. Ni por un momento daba señales de distracción.

El teniente Kohout, del 23.º Regimiento de Artillería de Campaña, estaba con dos jóvenes de su mismo cuerpo, ambos voluntarios de un año. Su actitud tenía esa falsa e insegura familiaridad que caracteriza a las relaciones entre superiores e inferiores, cuando dejan a un lado las diferencias de rango y se sientan a una misma mesa. Faltaba muy poco tiempo para las maniobras y era inminente el temible espectro de los exámenes para oficiales de reserva.

El teniente, fijos en Ludmila sus húmedos ojos, daba ánimos a los dos voluntarios, que veían el futuro con cierta aprensión.

—Os diré —explicaba, buscando con los ojos la aprobación de Ludmila —. No fue nada fácil para mí el examen de alférez. En cambio, vosotros habéis ido a la escuela y sois unos muchachos instruidos. Recuerdo que el coronel Von Wurmser me miraba de hito en hito. «¡Cadete Kohout! —me dijo—. ¿Qué sabe usted de Julio César?». Hice acopio de mi valor y le contesté: «¡A sus órdenes, mi coronel; nada!». Vino luego la segunda pregunta: «¡Cadete Kohout! ¿Qué sabe usted de Carlomagno?». Con más aplomo todavía, grité: «¡A sus órdenes, mi coronel; nada!». El coronel aguardó un momento, y luego prosiguió: «¡Cadete Kohout! ¿Qué sabe usted del emperador José?». Entonces fue la mía. Pegué un gran taconazo y respondí: «¡A sus órdenes, mi coronel! ¿A qué emperador José se refiere? ¿No fueron dos?». Y el coronel Von Wurmser dijo: «¡Bueno, bueno!». Pero pasé el examen. De modo que ya lo veis; lo único que hay que hacer es comportarse como un soldado, no como un paisano. ¡Eso es todo!

Ludmila miraba al teniente con simpatía y comprensión. No reía: su frente infantil parecía concentrarse bajo la densa cabellera rubia con que Dios la había dotado. Daba la impresión de estar completamente de acuerdo con la valerosa actitud adoptada por el teniente: ¡portarse como soldados, no como paisanos! En cierto sentido, la mentalidad de la muchacha tenía tendencia a ver las cosas según un orden estricto.

Uno de los voluntarios empezó a acariciarle las piernas por debajo de la mesa, y ella se resignó, limitándose a apartarse un poco. La inteligente muchacha se daba perfecta cuenta de que la diferencia de graduación militar y el mutuo embarazo existente entre superior e inferior bastarían para poner coto a ulteriores tentativas y apetitos. Y esto era precisamente lo que a ella le hacía falta aquel día.

De todos modos, estaba allí mejor de lo que hubiera estado en la mesa de al lado, donde Ilonka, «la gorda zorra húngara», trataba de encandilar a un par de viejos. ¡Y qué viejos! Uno de ellos venía seguramente del campo, de algún pueblucho que Ludmila odiaba, aun sin haberlo visto jamás. Llevaba una enorme cadena de reloj por encima de su voluminosa barriga; realmente, no se sabía si era la cadena quien hacía honor a la barriga o bien ésta quien se lo hacía a la cadena. Sin embargo, aquello no era nada nuevo para ella: en el remoto lugar de donde procedía, un hombre no empezaba a ser respetado hasta que lograba tener una barriga de suficientes proporciones para ostentar una buena cadena de reloj. Aquel hombre era exactamente lo que en la casa se llamaba un «Baalboth».

Esta misteriosa palabra había sido inventada por Jenny, la judía, una legendaria predecesora de las damas allí presentes, que ahora vivía en Viena, donde poseía un gran café en el muelle de Francisco José. Jenny era el modelo y prototipo de una carrera brillante: raro era el día en que su glorioso nombre no fuera citado como ejemplo. En cuanto al término «Baalboth», quería significar un provinciano rico que iba a pasar la noche a la capital para satisfacer cumplidamente sus necesidades amorosas, pero que jamás pagaba un solo céntimo por encima de la tarifa.

¡Y aquella cerda de Ilonka estaba dándole coba al Baalboth! ¡Ni por veinte florines hubiera ido Ludmila con él! Aunque, desde luego, Ludmila se daba cuenta de que ninguno de los viejos (¡vergüenza debiera darles a aquellos barrigudos padres de familia el frecuentar un burdel!) estaba por Ilonka. El Baalboth no la miraba jamás; por el contrario, no quitaba los ojos de encima de Ludmila, si bien ella no le había devuelto la mirada ni una sola vez. Semejantes clientes no le interesaban, por muy alto que hablaran para impresionarla con sus retumbantes ideas. Precisamente el Baalboth elevaba ahora la voz, como para que todo el salón lo oyera:

—¡Organización, señor Kraus, organización! —tronaba, mientras sus codiciosos ojos, en lugar de mirar al señor Kraus, imploraban los favores de Ludmila.

—Cuando mira usted al cielo, señor Kraus, ¿qué es lo que ve en él? ¡Organización! ¿Y cuando contempla un hormiguero? ¡Lo mismo…! ¡Ah, nuestros hermanos, los alemanes del Reich, tienen razón! ¡La organización es indispensable en la vida política y económica! Pero aquí, en Austria…

Y el Baalboth suspiró, agobiado por la triste situación de la patria y el fracaso de sus maniobras amorosas.

El señor Kraus suspiró a su vez, completamente convencido de lo mal que andaban las cosas.

—Sí, precisamente hoy he leído algo de eso en el periódico.

Ludmila intentó dirigir la mirada en alguna otra dirección. Allí estaba la mesa de los «jóvenes», una mesa que las muchachas, sin la menor mala intención, solían dejar un poco de lado, porque los jóvenes nunca tenían mucho dinero por gastar y únicamente utilizaban el Gran Salón como un lugar donde estimular sus facultades por medio del baile y la discusión. Allí estaban aquellas dos pieles de rinoceronte, Manya y Anita, riendo con los amigos de él, que en aquel momento acababan de llegar. Pero Óscar no había ido aquel día, ni la víspera, ni la antevíspera. ¡Por primera vez, tres días sin ir a verla! Ludmila se hubiera arrojado a la ventana antes de acercarse a la mesa y preguntar por él. Ni siquiera contestó a los saludos de los otros. Manya rió en voz alta. Lo mismo daba; al fin y al cabo, no era más que la hija del sepulturero de Rokykany, un esperpento de largas y sucias piernas que el año antes corría todavía detrás de los gansos de la aldea. ¡Sepulturero! ¡Poco menos que verdugo o matachín!

Ludmila prefería mirar al rincón de los «inteligentes», los judíos, que nunca bebían vino ni aguardiente, sino sólo café. Grete, aquella berlinesa tan chiflada, les dedicaba sus gracias. Ludmila hizo a Grete una amistosa inclinación de cabeza, gesto de cordialidad que sorprendió un poco a las demás señoras de la casa. No estaban acostumbradas a semejantes muestras de gentileza en una criatura tan reservada. Y mucho menos que hiciese objeto de ellas a Grete, quien, a causa de su «educación», era objeto de la aversión general. Pero Ludmila había visto a Grete abrazar y besar a su querido doctor Schleissner, y esto había despertado en ella una especie de cariñosa envidia y el impulso de hacer a su colega un gesto de comprensión. No es que la envidiara a su doctor Schleissner; de ningún modo. ¿Cómo podía quererse a un hombre que siempre hablaba por los codos, y que tenía una nariz enorme y un pelo negro e hirsuto en el que hundía continuamente los dedos? ¿Qué debía hacer aquel hombre cuando no hablaba? ¿Podía estarse quieto, podía dormir, podía amar? No cabía duda de que un hombre así no podía tener ni idea de lo que fuera la ternura.

Grete tenía su habitación llena de retratos de escritores y guardaba álbumes llenos de poesía y de autógrafos que continuamente pasaba por las narices de sus compañeras. ¡Realmente, era una «chiflada»!

Ludmila se arrepintió de su amistoso ademán, al oír a Grete chillar, extasiada por algo que acaba de decir Schleissner:

—¡Y que un hombre así tenga que morir! ¡Que ese cerebro haya de pudrirse bajo tierra!

Fue un alivio para Ludmila la llegada de la señorita Edith, la encargada, que traía una nueva botella de vino para los dos viejos y café para la mesa de los «inteligentes».

La vista de la sólida, fresca y radiante personalidad de la señorita Edith tenía siempre el don de infundir ánimos a Ludmila.

En toda actividad humana existen una jerarquía y un orden de precedencia naturales. Lo mismo que la del teniente Kohout para los soldados de su regimiento, así era para las damas en aquella casa (por lo menos para las decentes) la posición de la encargada. En este caso, la interesada era bonita y joven; apenas tendría treinta años, y su tipo gallardo y opulento estaba exactamente en su punto. La señorita Edith estaba libre del servicio común; podía seguir los dictados de su corazón. Llevaba la contabilidad, se ocupaba de los gastos e ingresos de los pensionistas, decidía el valor de éstas con vistas a la propiedad del establecimiento, y su contrato le concedía derecho de dos localidades de abono en el nuevo Deutsches Theater. Las muchachas sólo tenían derecho a acompañarla cada quince días, a una función de tarde cada dos domingos, pero Edith iba a platea dos veces por semana y todas se disputaban celosamente el honor de ocupar la otra localidad.

Fue en una de estas ocasiones —representaban El hombre de color violeta —, cuando Ludmila vio a Óscar por primera vez. Nadie habría dicho que aquel principiante, flaco y de chupadas mejillas, estuviera muy interesante en su modesto papel de oficial prusiano. Pero Ludmila, en su clarividencia, se había enamorado inmediatamente de él.

Ahora, Ludmila se levantó de la mesa, a pesar de las protestas del teniente, y se dirigió hacia Edith. Ésta la tomó cariñosamente de la cintura:

—¡Ya veo que el muy bandido tampoco ha venido hoy!

Ludmila contuvo sus lágrimas para proferir una palabrota, aunque luego sintió haberla pronunciado. Edith la consoló:

—¡No seas tonta! Ya se te pasará. Después de todo, ¿qué es un hombre? El mejor de todos, un centenar de coronas con pantalones. ¡Y una muchacha como tú…! ¡Deberías avergonzarte!

—Pero ¿qué haré, Edith, si alguien quiere ir conmigo…?

Edith estaba preparada; a favor de Ludmila estaba dispuesta a hacer la vista gorda.

—¿Sabes qué, Milly? —murmuró—. Yo te guardaré las espaldas. Vete arriba y enciérrate en tu cuarto.

Ludmila dio con el pie en el suelo.

—¡Dios mío! Pero si es que no puedo… No podría estar sola allá arriba.

Edith intentó animarla, aunque sin olvidarse de sus obligaciones.

—Ya sé lo que son esas cosas. También a mí me han sucedido, pequeña. Pero ¿crees que me he dejado lastimar por ellas? ¡Ca…! Toma ejemplo de mí, y no te preocupes.

Y la encargada la dejó, para volver a sus quehaceres. Habían llegado más clientes y el Gran Salón estaba lleno a rebosar. Del Salón Azul llegaban risas y el son de las copas al chocar unas con otras. Pero había allí algo que no marchaba como era debido. La señorita Edith lo notó enseguida, y preguntó con voz amenazadora:

—¿Dónde está Nejedli?

En aquel preciso instante entraba el señor Nejedli, disculpándose ante los parroquianos:

—Pido perdón a toda la concurrencia. Pero estaba contratado para tocar en un baile infantil, y se ha prolongado hasta ahora.

La mirada que le dirigió la encargada no era para animarlo a continuar su charlatanería. Nejedli se inclinó exageradamente, con gesto de culpable, y dijo, señalando con la mano:

—Eran unos niños pequeñitos, así de altos. Le digo la verdad, señorita Edith, unos pequeñitos encantadores…

Y el viejo se dirigió apresuradamente al piano y empezó a disipar el mal humor de la noche tocando con gran estrépito La marcha de los gladiadores, de Fucik.

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III

El señor Nejedli, el pianista, tenía cuatro características que lo distinguían. En primer lugar, llevaba un peluquín sobre la calva; pero con la sorprendente particularidad de que dicha peluca era de color completamente distinto al de la franja de pelo que había a su alrededor. El postizo era de color avellana, y el resto, blanco como la nieve. Pero ¿quién podía pretender que un hombre que tocaba el piano en un cabaret estuviese obligado a disponer de postizos de tantos colores, como para corresponder en cada momento a los progresos de su edad?

Su segunda peculiaridad era todavía más personal, si cabe. Consistía en una especie de aura que lo rodeaba, compuesta de olor a brillantina, a aguardiente y a vejez.

La tercera nota distintiva era el relato que solía hacer, con distintas variantes, sobre los sinsabores de que había sido víctima su hija Rosalía. La tragedia crecía en proporción al número de copas que hubiera bebido el señor Nejedli. Jamás hubo una criatura tan digna de compasión como esta Rosalía, de la que algunos iniciados aseguraban que había existido realmente y no era una mera creación monstruosa de un cerebro alcoholizado.

Pero fuera ello lo que fuese, lo cierto era que su padre afirmaba que había muerto de tuberculosis aquel mismo día, o que el día anterior se había caído de una ventana, o incluso a veces evocaba en detalle un accidente de ferrocarril para explicar su desaparición. Y cualquiera que fuera la versión, invariablemente, corrían por las mejillas del anciano lágrimas de profundo y auténtico pesar mientras relataba su historia.

Pero la característica más chocante del señor Nejedli radicaba en la circunstancia de haber sido, a la edad de ocho años, el «real e imperial prodigio titular» de la antigua corte del emperador Fernando el Bueno, en el Hradcany: así es como él calificaba su extraordinario rango. Este brillante pasado suscitaba a menudo las burlas de los demás.

El doctor Schleissner, a quien gustaba hacer el papel de asiduo parroquiano e introductor de forasteros, se acercó al pianista en compañía de un hombre alto, sombrío y de severo porte:

—¿Me permiten ustedes que les presente, caballeros? Nuestro gran virtuoso, el señor Nejedli. El señor presidente Moré.

—Nada de nombres, por favor —murmuró el hombre sombrío, con aire angustioso, como si le acabaran de pisar un callo.

Schleissner se excusó:

—¡Olvide el nombre, Nejedli! Pero no olvide que frente a usted se halla el presidente de la Sociedad Spinoza y Gran Maestro de la Orden de Hijos de la Liga.

El viejo Nejedli se levantó de un brinco.

—¡Muy honrado, señor presidente! Ya conocía de vista al señor presidente. Tuve ese honor ayer, en el entierro del consejero imperial Habrda…

Moré cortó en seco esta conversación. No le gustaba que le recordaran entierros, ya que éstos se hallaban en estrecha relación con sus negocios, cuya naturaleza prefería ocultar. En otras palabras, el presidente de la Sociedad Spinoza figuraba en los anuarios como representante de lápidas y monumentos mortuorios. Formaba un puente de enlace entre los afligidos sobrevivientes, el negocio de estelas funerarias y la reputación social del finado. No es, pues, de extrañar que el gran número de sus títulos honoríficos, de una parte, y de otra el macabro negocio a que se dedicaba, dieran al presidente aquel aire tan serio, realzado por su larga levita casi sacerdotal.

El presidente parecía estar allí por primera vez en su vida. Lentamente se llevó a la boca un pañuelo doblado: aquel inadecuado, pero simbólico gesto parecía significar que un hombre como él, en un ambiente semejante, debía ocultar sus demasiado conocidos rasgos.

Pero el doctor Schleissner quería brindar al presidente alguna diversión. Y así, volviéndose hacia el pianista, dijo:

—¿Por qué no nos habla usted del emperador Fernando el Bueno y de sus conciertos, Nejedli?

El anciano se inclinó nerviosamente sobre el teclado.

—Me parece, caballeros, que quieren ustedes hacerme cometer un crimen de alta traición y de lesa majestad. En este momento no hay más que balmichomes en la sala…

Moré lo miró, intrigado, y Nejedli se apresuró a añadir:

—Balmichome, señor presidente, es el nombre que los israelitas dan a los soldados o suboficiales en servicio activo.

Schleissner intentó calmarlo:

—En primer lugar, Nejedli, nadie puede oírlo y, además, ninguno de los presentes tiene la menor idea de quién era el emperador Fernando.

Nejedli se apresuró a explicar:

—El difunto tío, de feliz memoria, de nuestro actual káiser. En el año 48 lo destronaron en Olmütz. Lo recuerdo como si fuera ayer: vivía allá arriba, en el castillo, y todos los días bajaba en su coche, tirado por un tronco de estupendos caballos blancos, y daba una vuelta por el Baumgarten o el Kanalpark.

El presidente preguntó, con voz profunda y solemne:

—¿Y era realmente tan bueno?

Al pronunciar estas palabras, el presidente tomaba la arrobada expresión de un hombre embargado por la emoción del recuerdo de ilustres personajes.

Nejedli puso los ojos en blanco.

—No, no era bueno; era un chiflado.

Schleissner lo animó a que prosiguiese:

—Usted era un niño prodigio y daba conciertos en palacio, ¿verdad?

Los huesudos dedos de Nejedli teclearon sobre el piano.

—Puede usted creerme, doctor; tenía gran éxito como niño prodigio. Daba conciertos en el salón español. Toda la nobleza, la corte y la alta sociedad estaban allí. Estaba Su Gracia, el conde Kalowrat, y Su Alteza Serenísima, la princesa Lobkowitz. Todavía me parece verla: era una belleza, palabra de honor. Y Su Excelencia, el gobernador de Bohemia, general y conde… conde… ¿Cómo diablos se llamaba?

El doctor Schleissner se inclinó con un gesto de curiosidad.

Los dedos de Nejedli recorrieron nuevamente el teclado.

—En aquella época, señores, yo tenía memoria y dedos; ésa es la verdad. Tocaba todo el programa de memoria: Las campanas del crepúsculo, Mon souvenir, la obertura de Guillermo Tell y una fantasía sobre La Juive. Sí, señores. ¡Y pensar que hoy apenas puedo tocar nada de memoria y no puedo leer las partituras, porque he ido perdiendo la vista! Me he destrozado los ojos de tanto llorar. El doctor ya lo sabe: desde la desgracia de mi Rosalía…

El doctor Schleissner volvió rápidamente y con tacto a llevarlo hacia su primer tema. Nejedli pulsó un acorde en el piano y continuó:

—Sí, caballeros; en aquella época yo sabía tocar divinamente. La corte y todo su séquito me aplaudían y pedían el da capo. Las damas me miraban emocionadas a través de sus impertinentes. Y Su Majestad, el emperador, también aplaudía y se me acercaba exclamando: «Bravo, bravo». Y yo hacía una pequeña reverencia y le besaba la mano. Él empezaba entonces a acariciarme amablemente; pero —tan cierto como que estoy aquí— de pronto alzaba la mano y me daba un manotazo en la oreja.

Los ojos del presidente lanzaron una mirada de reproche. Pero Nejedli prosiguió, respetuosamente:

—No es que yo tenga intención de criticar a Su Majestad. Aquello era superior a sus fuerzas. Todavía lo veo esforzándose por reprimir los impulsos de su mano. Los cachetazos en las orejas eran su especialidad. Su ayudante, el general y conde Kinsky, solía asirle la mano cuando salían de paseo, porque nunca se sabía lo que podía ocurrir. Una vez paseaban por el puente de piedra, allí donde está el Santo Cristo dorado, y el emperador quiso soltarse. «Suélteme, Excelencia», dijo Su Majestad al ayudante. Pero éste continuó sujetando la mano del kaiser más fuerte todavía. Su Majestad insistió nuevamente: «Suélteme, Excelencia, que tengo que santiguarme». Claro está; el general no tuvo más remedio que acceder. Y, al punto, ¡plaf!, recibió el gran bofetón.

Al doctor Schleissner le divirtió mucho la narración, pero su amigo, el agente de lápidas funerarias, presidente Moré, no pareció quedar tan satisfecho. Bajo la máscara de una inofensiva anécdota se ocultaba en todo aquello opiniones subversivas y traicioneras maniobras checoslovacas contra la casa imperial, de la que él era devoto partidario.

Nejedli alejó a Anita y a Manya del piano:

—¡Márchense, muchachas! Voy a tocar un poco de música de baile.

Y volviéndose hacia Schleissner, añadió:

—¿Conoce el doctor el himno nacional que se tocaba en Viena en tiempos del finado emperador Fernando?

Y se puso a cantar por lo bajo, acompañándose sólo con la mano izquierda:

En Schönbrunn,
Se dice,
Vive un mono Se dice,
Tiene una cara,
Se dice,
Como un cura,
Se dice,
No come azúcar,
Se dice,
No bebe vino,
Se dice,
¿Qué mono,
Se dice,
Puede ser aquél?

El pianista miró al presidente Moré en los ojos y vio que balanceaba tristemente la cabeza.

—¡Qué falta de respeto, la de esa gente! La verdad es que no se encuentran partidarios leales del emperador.

—¿Qué es eso que cantaba usted, Nejedli? ¡Más alto! —gritó el teniente Kohout.

Pero el pianista escurrió el bulto:

—No era más que una vieja canción popular, señor teniente, que no tendría interés para usted.

El teniente asintió:

—A mí sólo me gustan las modernas. Ande, Nejedli, tóquenos algo animado.

Y Nejedli empezó a teclear con sus dedos gotosos un vals que diez años antes estuviera de moda. Las damas se pusieron a bailar, la mayoría de ellas entre sí. Sólo Grete bailó con el doctor Schleissner, sobrepasándolo dos palmos por encima de la cabeza y envolviéndolo en un confiado abrazo.

Ludmila permanecía de pie junto a la puerta y les volvía la espalda.

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IV

De repente, las muchachas desaparecieron del salón. La señorita Edith era lo que podíamos llamar una consumada maestra en esta clase de descongestionantes movimientos de tropas.

Al parecer habían llegado clientes ilustres, de aquellos que solían pasar a una habitación todavía más recóndita que el Salón Azul. Este reservado, cuya existencia no hemos mencionado hasta ahora, era el llamado Saloncito Japonés: se hallaba en la planta baja, dos puertas más allá de la entrada.

Este piso estaba cuidadosamente dispuesto, no para calmar los ardores de los clientes, sino para intensificarlos. De manera que, tan pronto como se abría la puerta, el visitante se sentía envuelto en una oleada de aire caliente y un aroma peculiar que difícilmente olvidaría en toda su vida: un olor como a agua caliente de baño perfumado, a jabón, a vaselina, a crema de la cara, a crayón de labios, a sudor, a alcohol y a comida cargada de especias.

La noticia de que unas altas personalidades habían pasado al Saloncito Japonés no pudo mantenerse mucho tiempo en secreto. El doctor Schleissner tenía el oído muy fino; había oído no sólo el ruido de las ruedas de un coche al cruzar la estrecha calle, sino incluso el de las espuelas en el piso inferior.

Además, todas las muchachas habían desaparecido como por encanto. Schleissner dedujo rápidamente: Serenísimas Altezas de los Dragones de Brandeiser. El rostro de Moré tomó una expresión impenetrable; parecía no tener necesidad de hacer conjeturas, como si los nombres de los personajes recién llegados le fueran familiares. Pero la indiscreción no era su punto débil.

En aquella época no existía ninguno de esos grandes palacios de la danza que dominan la vida nocturna de las actuales ciudades. El número de Tabarins, Maxims y Alhambras era muy reducido, y probablemente por esta razón no resultaba demasiado escandaloso visitar un establecimiento como el de la Gamsgasse. Los oficiales podían ir allí de uniforme; los altos funcionarios, si iban, no se exponían a ninguna censura; y lo mismo ocurría con los clientes de alto rango. Las personas dotadas de sentido histórico explicaban esa actitud tan liberal por el hecho de que, en 1866, los generales prusianos habían celebrado sus victorias en el Salón Azul, confiriendo así una especie de espaldarazo social a toda la casa.

Las damas no tardaron en volver del Saloncito laponés. Sólo Anita, Valeska y Jadwiga, la polaca, habían tenido la suerte de ser invitadas por los elegantes recién llegados. Grete rezongó:

—¡Valientes mal educados!

Y, sin más comentarios, se arrojó nuevamente en los socorridos brazos de su doctor Schleissner. Pero lo más sorprendente era que Ludmila no se hubiera quedado en el Saloncito Japonés, ¡ella, la beldad de la casa, la pieza más estimada de la colección! Había que esperar que ninguna de sus compañeras se hubiera dado cuenta de cómo Edith, cuyo tierno corazón se había conmovido con el recuerdo de sus propias congojas de otro tiempo, había escamoteado la muchacha a los nuevos clientes.

Ludmila atravesó la sala con su habitual paso resuelto, dirigiéndose de nuevo a la inofensiva mesa de los artilleros. Pero el Baalboth, el hombre aquel de la voz tonante, la barriga, la cadena de reloj y la manía de la organización, se levantó pesadamente de su asiento y se acercó a ella, saludándola con una torpe reverencia de viejo provinciano:

—¿Puedo preguntarle cómo está usted, señorita?

Al pronunciar estas palabras le perlaba la frente el sudor del deseo y de la lucha consigo mismo, y la voz le temblaba un poco, con la amarga inseguridad de la mala conciencia. Ludmila lo midió con la mirada, como hubiera hecho una honrada esposa con un desconocido que la abordara en plena calle, y sin contestarle más que con un despectivo «¡puah!», lo dejó plantado, para volver a su antiguo sitio. El humillado personaje permaneció unos instantes inmóvil en medio de la sala; luego, casi de puntillas, como avergonzado del ruido de sus propios pasos, volvió a su mesa. Pero en su mirada podía leerse algo más que simple desconcierto.

Nadie se había dado cuenta de la escena, porque precisamente en aquel momento una voz chillona decía alegremente:

—¡Buenas noches, beldades; buenas noches a todo el mundo!

El dueño de aquella indolente voz y del todavía indolente cuerpo de donde la voz procedía, fue recibido con grandes aplausos y atentos saludos. Se trataba nada menos que del propietario del establecimiento, señor Maxl Stein, popular y extraordinaria figura a quien todos los amigos de la casa llamaban familiarmente «Maxl».

Es una hipótesis popular la de que todas las familias antiguas están en decadencia; y, efectivamente, Maxl procedía de una antigua familia, aunque no pudiera decirse en rigor que fuera un retoño de la aristocracia. Pero, en cuanto a la decadencia, no les cedía ni un ápice a los vástagos de las más linajudas familias principescas.

La casa de la Gamsgasse, por otra parte, aunque no fuera un dominio feudal, tenía una larga historia, y aun más que eso, una leyenda propia.

En la época de que hablamos existía todavía, en la Ciudad Nueva, una avenida llamada la calle Extra. Carlos IV, el famoso constructor de ciudades, le había dado ese nombre en un arrebato de ira, por no estar prevista ni señalada en los planos. Él en persona había dado la orden de que allí se erigiera un burdel y con sus propias manos había señalado el sitio en que éste debía emplazarse. La previsión política de aquel gran personaje nunca podrá ser debidamente elogiada; él fue quien, para evitar las persecuciones en la época del naciente puritanismo, reservó a las cortesanas y a sus establecimientos uno de los más encantadores barrios de «la ciudad pesquera» y le dio el nombre de Venecia, en recuerdo de Venus. En realidad, el verdadero foco de la creciente herejía estaba precisamente en la universidad, que, por ser la primera fundada en el Sacro Imperio Romano Germánico, gozaba de gran lama en todo el orbe. Y no parece muy desencaminado suponer que Su Piadosa Majestad concibiera la idea de establecer el Gran Salón junto a la universidad, con el único y exclusivo objeto de inducir a tentación a aquellos arrogantes y ascéticos herejes, y lograr quizás que en su caída recobraran el sano juicio. Se había demostrado que la Gamsgasse comunicaba con la universidad por medio de un pasadizo subterráneo, de manera que, en otros tiempos, estudiantes en justillo y jubón habían celebrado orgías en lo que ahora era el Gran Salón. E incluso, si hay que dar crédito a los documentos, el propio Wallenstein, al convertir la ciudad en capital de su feudo, había acudido más de una vez al establecimiento de la Gamsgasse en busca de fáciles placeres.

Los establecimientos antiguos poseen el mismo misterioso aprecio que los antiguos violines y los vinos añejos. De nada sirve a sus rivales darse los más rimbombantes títulos; por muy «Napoleón» que se llamen, sólo lograrán atraer a una clientela de nuevos ricos y gente de poca categoría.

La casa de la Gamsgasse pertenecía a la familia Stein desde hacía muchísimo tiempo. La abuela, nacida Buch, una conocida bienhechora de la localidad, había recibido aquel establecimiento en dote; pero, desde mucho antes, el tatarabuelo de Maxl había sido su propietario, gozando de la protección de las autoridades policiacas. De manera que el propio Maxl podía considerarse como el último representante de una antigua dinastía.

Sus padres habían muerto. Su hermano Adolf había estado al frente del negocio hasta un par de años antes; pero era un hombre huraño y desagradable, que cuando la animación del Gran Salón no se convertía en inmediata fuente de ingresos, se impacientaba y gritaba a los clientes:

«¡Bueno: basta ya de bromas y a ver si se deciden ustedes a subir!». Semejante actitud destruía todo el romanticismo del ambiente. Por fortuna, Adolf había tenido que emigrar a América por perentorias razones, y ahora Maxl no contaba más que con Edith. Pero Edith era una encargada ideal: llevaba toda la casa estupendamente y, en cuanto a honradez, era una joya.

Maxl recibió con aire indiferente los aplausos con que su llegada fue acogida. Su pálido rostro parecía a la vez el de un anciano y el de un niño, de suerte que nadie hubiera podido adivinar su edad. Sus lentes cabalgaban sobre una nariz respingada y tuberosa, y su labio inferior, grueso y caído, le colgaba hasta la mitad de la barbilla. Estaba tan flaco y parecía tan agotado que quien no le conociera habría creído ver en la bienvenida de que había sido objeto una manifestación de compasión más que de entusiasmo. Con indeciso y patético andar, llegó hasta el piano y se acomodó en su sitio favorito, en la banqueta próxima a Nejedli; seguido desde todas partes por un grito unánime:

—¡Maxl, Maxl, cuéntanos un chiste!

Maxl se negó:

—¡Bah! ¡Déjenme en paz! Hoy sí que no os contaré nada. Estoy demasiado cansado. He dormido tanto, que no puedo más…

Pero aquello eran ganas de hacerse rogar y nadie le hizo el menor caso. Maxl se volvió hacia su amigo, el pianista.

—¡Por Dios, Nejedli; diles que no me molesten! ¡Palabra que estoy derrengado! He dormido mal…

Pero tampoco Nejedli se apiadó de él. De modo que Maxl no tuvo más remedio que ceder, y empezó a decir, arrastrando las palabras:

—Bueno: pues he aquí que dos judíos van por la calle y ven a una mujer formidable. Uno de ellos dice: «Me gustaría volver a ir con ella». Y el otro le contesta…

Interrumpió el cuento, que todo el mundo sabía de memoria, y se quedó mirando al aire, como tratando de recordar.

—Ahora no recuerdo cómo termina —dijo, por fin.

El auditorio prorrumpió en ruidosas carcajadas, y Maxl cloqueó:

—No está mal, ¿eh?

No por eso lo dejaron tranquilo. El doctor Schleissner persuadió al taciturno presidente Moré a que se acercara. Moré se levantó y se dirigió hacia el piano con paso grave y pomposo.

—¿Me permite usted que me presente, caballero? ¿No querrá usted hacerme el obsequio de una canción?

Maxl, ante aquella negra aparición, puso una cómica cara de horror.

—¡Señor presidente, parece usted malach hamoves, el ángel de la muerte!

Al ángel de la muerte no se le podía negar nada. Maxl, vanidoso como todos los artistas, se volvió hacia Nejedli.

—Nejedli, ya sabes que hoy no estoy bien de voz. No me encuentro bien…

El presidente lo animó:

—¡No pretendemos que cante usted «Celeste Aida»!

Maxl abandonó la resistencia:

—Está bien. ¿Qué quieren que cante?

Un coro de voces insinuó el título de varias canciones populares: «Manzanares», «Les Dessous», «Segismundo» y «Llorando como un niño».

Maxl eligió la de más plañidera melodía, cuyo éxito requería una voz potente y una dicción apasionada. Consultó con Nejedli, carraspeó durante más de un minuto, y luego salió de su garganta una voz débil y temblorosa. En ella parecía palpitar toda la decadencia de su antiguo linaje, transformada en quejumbrosa resignación. Y con aquella voz trémula, olvidando a cada instante letra y música, Maxl cantó:

Él jugaba con su cabellera rubia como el oro;
Y sus ojos lo miraban y sonreían inocentes…
Ven conmigo, maravilloso amor.
Al Manzanares, al Manza…

Su cabezota empezó a tambalearse sobre el delgado cuello y las galas resbalaron desde la ancha nariz al suelo. Entre ruidosos aplausos, Maxl se agachó, malhumorado, debajo del piano, fueron menester prolongadas súplicas, patéticamente expresadas, para que saliera de allí. Su amarillento rostro humeaba de tanto sudor.

—¡Basta, basta ya! —gritó—. ¡Tendré que matarme, sólo por complacerlos a ustedes! Pero no, prefiero hacer un mal negocio. ¡Edith, una ronda de coñac a cuenta de la casa! Y tú, Nejedli, tócanos algo.

Nejedli se levantó y anunció:

—En obsequio del distinguido público, voy a tocar la magnífica aria de la magnífica ópera La Juive.

Ludmila, a quien apasionaba la música triste, se acercó al piano.

Maxl, que sentía una debilidad por ella, le susurró:

—Anda, Milly, siéntate en mis rodillas.

Pero Ludmila se limitó a contestarle:

—¿A santo de qué, señor Maxl?

Maxl, que en estas cosas era un experto, la miró de pies a cabeza con cierta ternura, y profetizó:

—Un día de éstos, chiquilla, vamos a tener que decirte Señoría.

Mientras tanto, Nejedli empezó a cantar, acompañándose a sí mismo:

Dios todopoderoso, escucha mi plegaria.
Escucha mi súplica, Dios de grandeza.
Devuélveme a mi hija;
Devuélveme a Recha, mi hija.

—¡Rosalía, Rosalía! —lo corrigieron los iniciados. Nejedli los miró airadamente por encima de los lentes, y al propio tiempo inició una temeraria y completamente antiacadémica transición hacia la «Barcarola», de Offenbach.

Noche apacible; dulce de amor.
¡Calma ya mis anhelos!

Maxl empezó a ponerse nervioso. Se agitó en la silla, se tapó los oídos con ambas manos y balbució:

—Basta ya, Nejedli; no puedo resistirlo más. Me hace llorar como un chiquillo.

Las repetidas libaciones de coñac empezaban a producir su efecto en la concurrencia. Todo el mundo fue dejándose vencer por una especie de goce pasivo, y acabó por entregarse sin resistencia a la música. La mayoría de las muchachas se había despojado de sus rozagantes prendas de respetabilidad, y bailaban en camisa. El bullicio fue creciendo, fomentado por una discusión literaria que se había planteado en la mesa de los «inteligentes», a la que estaban sentados Grete, el doctor Schleissner y el presidente Moré. Un nuevo huésped vino a unírseles: el contador municipal Eduard von Peppier, que era también escritor. Aquel infeliz estaba condenado por el destino al ímprobo trabajo de conciliar dos exigencias antitéticas de su personalidad: los deberes regulares de un funcionario de noveno grado y los arrebatados impulsos de un poeta satánico. Era, como si dijéramos, una especie de Baudelaire amarrado a las funciones de la administración real e imperial. La sangre del señor von Peppier entró en ebullición al ver a uno de sus colegas sentado a la mesa de los «jóvenes». El muchacho había logrado ya algunos éxitos, y esto ponía al señor von Peppier fuera de sus casillas. Su generación —vociferaba— había buscado la vida con todas sus fuerzas y no había encontrado más que la sífilis; y, en cambio, aquel mequetrefe, sin haber puesto empeño en buscar nada, había encontrado editores. Con el rostro ardiendo de ira, prosiguió, desafiando las irónicas risas de la joven generación:

—¡Burgueses! ¡No sois más que unos burgueses! ¡Poetas vegetarianos! ¡Miserables fracasados que no sabéis hacer otra cosa que acogeros al cobijo de vuestros papás! ¡Vergüenza debiera daros, hatajo de vividores!

Y al propio tiempo daba furiosos puñetazos encima de la mesa, con irreparable zozobra de las copas de coñac de Schleissner y Moré.

El doctor Schleissner intervino también en la disputa. Se puso de pie y declaró que habían llegado tiempos nuevos, que la humanidad se hallaba dominada por un espíritu de represión, y que en la represión, en la mala digestión de la sexualidad, había que buscar el origen de todos los males del mundo. Sólo había una salida: ¡la liberación erótica!

Y como para dar comienzo a ese movimiento liberador, empezó a cantar, sin hacer el menor caso de las furibundas miradas de Moré, una canción que tituló «El himno de la Liga», y cuya letra, desgraciadamente, era más obscena que ingeniosa:

Mientras los traseros sigan pegados a los pantalones, todo el mundo frenará sus ambiciones…

Conviene advertir que el propio cantor desmentía su himno, y que aquella afirmación, en su boca, no era más que un autorreclamo, porque el doctor Julio Schleissner, socio de una conocida gestoría jurídica, era un hombre sumamente laborioso y serio, con ambiciones no sólo forenses, sino también políticas y literarias. Aquel año había empezado a dar, en un club femenino de artistas, una serie de conferencias gratuitas bajo el sugestivo título: «El inmoralismo francés, desde Stendhal a André Gide». Después de las conferencias se celebraba un concurso de tango, en el que el expositor del inmoralismo tomaba solemnemente parte, contorsionándose lánguidamente a los acordes de la danza.

Por su parte, el presidente Moré no era amigo ni del baile ni del inmoralismo francés, y menos aún de la indecencia porque sí. Era un acérrimo aficionado a los estudios goethianos; una de sus ocupaciones favoritas era andar cazando, en varias ediciones de la primera y segunda parte del Fausto, erratas de imprenta, faltas de estilo, defectos de versificación y contradicciones de pensamiento. El indecente himno de Schleissner le hizo menear la cabeza con aire molesto.

Mientras todo a su alrededor hervía en ruido y confusión, Maxl permanecía como abismado junto a Nejedli, cuyos anquilosados dedos iban destrozando implacable e inconscientemente la melodía del baile. El pianista, al propio tiempo, escuchaba la quejumbrosa voz de Maxl:

—¿Comprendes, Nejedli? Lo que a mí me ocurre es que duermo muy deprisa…

Y Nejedli movía la cabeza para dar a entender que lo comprendía perfectamente. Pero el otro seguía hablando con una especie de desmayada insistencia, como quien intenta en vano explicar algo especialmente sutil:

—Quisiera que lo entendieras, Nejedli. Puede dormirse poco a poco; puede dormirse como todo el mundo; puede dormirse deprisa; y puede dormirse muy deprisa. Y no tienes idea, amigo mío, de cuánto puede uno llegar a dormir en un cuarto de hora…

Nejedli emitió un gruñido de asentimiento, pero esta manifestación de comprensión no era bastante. Maxl sintió una especie de estremecimiento, un ligero escalofrío, como una ondulación apenas perceptible en la oscura superficie de un lago. Abrió desmesuradamente los ojos y prosiguió:

—Tú no me crees, Nejedli, pero es tan cierto como que estoy viviendo. En una sola hora he dormido diez años; por eso estoy tan cansado…

En aquel preciso momento, el Baalboth salía del salón con su ruidoso andar. El buen humor reinante entre la concurrencia llegaba a su punto álgido. Un minuto más larde entraba Edith y empezaba a discutir afanosamente con Ludmila.

.

V

En contraste con otros establecimientos más vulgares, como por ejemplo el «Napoleón», la casa tenía como uno de sus principios fundamentales el de que los tratos no se cerraban nunca en público. El caballero aparentaba retirarse, indicaba discretamente a Edith la dama de su elección, y la encargada, a su vez, organizaba la anhelada entrevista, no sin tener previamente —en el caso de que el cliente no mereciera su confianza— la precaución de cobrar por adelantado el estipendio de costumbre. Apresurémonos a añadir que esto ocurría muy raras veces, porque sólo personas de la mejor sociedad frecuentaban el establecimiento. Apenas iban nunca forasteros; y, por otra parte, la señorita Edith conocía muy bien a los hombres y podía fiarse tranquilamente de sus impresiones. Por eso mismo —y en esto la casa contrastaba una vez más con el plebeyo «Napoleón»— los escándalos eran también muy raros. Desde luego, entre las pupilas había disensiones, discordias y aun odios; pero imperaba la ley no escrita de que durante las horas de trabajo debía prevalecer la paz y la buena camaradería.

He aquí por qué lo que ahora vamos a contar fue algo verdaderamente insólito. A la puerta del Gran Salón se oyó un discordante parloteo. La hueca y aguardentosa voz del provinciano fue subiendo de tono y haciéndose más fuerte, hasta casi hacer temblar los delgados y débiles tabiques. Al principio, sólo se oía aquella irritada voz, pero al poco rato los modales de las damas perdieron su forzada corrección, y una serie de agudos chillidos fueron a mezclarse con la airada voz de bajo.

Quienquiera que haya visto alguna vez a una muchedumbre, ávida de sensaciones, aglomerarse alrededor de un caballo caído de fatiga en plena calle, podrá fácilmente figurarse con qué afanosa curiosidad, en aquel momento y lugar, se apiñó todo el mundo para gozar de la riña. Incluso los señorones del Salón Azul asomaron la cabeza con maliciosa satisfacción.

El problema era el siguiente: el viejo campesino de la cadena de reloj había solicitado de la señorita Edith, según la costumbre, los servicios de Ludmila. Inútilmente, Edith había presentado excusas y alegado plausibles circunstancias eximentes para proteger a su joven pupila de aquel indeseable y aun repugnante encuentro. Para su capote, la señorita Edith maldecía la defección de Óscar: no había nada como un amor desgraciado para poner a las muchachas fuera de quicio; ésa era la causa más frecuente de faltas a la disciplina y al sentido del deber. Pero esta vez, toda su astucia no servía de nada. El Baalboth no sólo era un hombre enterado de sus derechos, sino terco y despechado, a quien el chasco de que había sido objeto impulsaba con furia violenta e indomable. Edith no vio otro remedio que cederle a Ludmila. Pero ésta, con la más fría indiferencia, declaró al Baalboth, en sus propias barbas, que no tenía la menor intención de prestarse a sus exigencias. Y entonces estalló la tempestad.

El irritado provinciano se había retirado al descansillo y allí se había quedado, apoyado en la Venus de bronce dolado que servía de emblema al establecimiento. (En el descansillo del piso inferior había otra estatua, también dorada, del Trompeta de Säkkingen, que no podía precisamente interpretarse como emblema). Las muchachas gritaban todas a la vez, y el hombre afrentado seguía vociferando, a pesar de todo cuanto hacía Edith para calmarlo, que quería ver al propietario.

Finalmente se presentó Maxl, seguido por Nejedli. Hay que reconocer que a pesar de su lengua espesa, su mortal palidez y su debilidad física, no sólo acudió con presteza, sino con la caballerosa intención de defender a sus pupilas.

El Baalboth lo increpó:

—Señor propietario: ¿qué clase de casa es ésta?

Maxl balbució:

—Edith, baja a la calle y trae el número del establecimiento.

Pero esta salida no calmó en absoluto las iras del otro.

—Si entro en una panadería y quiero comprarme un panecillo…

—Pues vaya usted a la panadería y cómpreselo —graznó débilmente Maxl.

—¿Qué quiere usted decir con eso?

—¿Qué cree usted que quiero decir?

El Baalboth suavizó su tronante voz de bajo hasta un condescendiente murmullo y argumentó:

—Señor propietario, suponga usted que un cliente entra en una tienda cualquiera, y se niegan a servirle una mercancía, a pesar de tenerla en almacén…

Maxl miró melancólicamente al querellante y repitió con un suspiro:

—En almacén…

Colmada ya su paciencia, el otro estalló en un rugido:

—¡Como que hay un Dios le juro que no va usted a burlarse de mí! ¡Vaya modo de tratar a un cliente! ¿Se figura usted que no hay otras casas tan buenas como la suya? ¡Pues sí las hay, y mejores aún! La casa de Tía Pohl, en Aussig, sin ir más lejos. Aquélla sí que es una casa con organización. Se lo repito por última vez: mi tren sale mañana por la mañana a las 7:35, y yo tengo la intención de pasar aquí el resto de la noche, con la muchacha que me dé la gana; por algo pago.

Maxl contestó con la mayor humildad a todas estas imprecaciones:

—Perdone usted, señor…, señor inspector forestal; conténgase, por favor. ¿No es usted un ser humano? Claro que lo es, ¿verdad? ¿Y no es Ludmila un ser humano? También lo es, claro está. Pues, perdone usted, señor…, señor inspector de caminos… Un ser humano debe comprender que otro ser humano no quiera acostarse con él…

Se oyó una gran risotada. Maxl se volvió triunfalmente a los que reían:

—No está mal, ¿eh?

Ludmila seguía allí, como si aquello no tuviera nada que ver con ella. Pero, de pronto, la opinión empezó a cambiar. La excitación de las muchachas iba trocándose en despecho. Tanta altanería parecía excesiva. Edith miraba ansiosamente a su alrededor, como buscando el modo de detener la tempestad inminente. Las muchachas, una vez sueltos sus odios y envidias, empezaban a tomar partido.

De pronto, Ilonka, la gorda húngara, se plantó ante Ludmila:

—Dime, ¿para qué estás aquí, pues?

Grete la interrumpió, arrebatadamente:

—¡Déjala! ¿Acaso nosotras no tenemos los mismos derechos que las demás personas?

Ilonka se enfureció aún más:

—¡Buena la haríamos si todas la imitáramos! ¡Vaya negocio! ¡No faltaría sino que nosotras mismas eligiéramos los clientes! ¿Acaso se figuran que a mí siempre me divierte la compañía que me toca en suerte?

Ludmila repuso, quedamente:

—Sí, a ti siempre te divierte.

Grete, para mayor desesperación de Edith, agravó infinitamente la situación con sus exageradas ideas:

—Tendrías que avergonzarte de ti misma, llonka. Ludmila tiene razón. Debemos luchar por nuestra libertad.

Esta frase pretensiosa, aún más que la obstinación de Ludmila, acabó de irritar a las muchachas. Aquella mujer de Berlín personificaba a sus ojos la más odiosa de las arrogancias: la arrogancia de la educación, y por ello la detestaban.

Ilonka chilló:

—¡A ti te estábamos aguardando, Meschuggene!

A lo que Grete contestó, sin inmutarse:

—Yo no tengo la culpa de haber aprendido algo. No todo el mundo se cría en una pocilga.

Allí fue Troya. Ilonka se abalanzó sobre Grete y le pegó un puñetazo en la cara. Ésta fue la señal del combate. Poco después, algunas de las combatientes rodaban por el suelo, con las faldas remangadas y las apretadas carnes al aire. Manya, la mocetona de Rokycany, se arrancó de un tirón la falda y se arrojó a la pelea con un gozoso rugido. No le importaba a quién golpeara: la hija del sepulturero se vengaba de todas las humillaciones que había recibido en su vida pegando a todo el mundo.

Uno o dos parroquianos, más viciosos que los demás, a la vista del combate se pusieron deliberadamente a atizarlo. Y, mientras tanto, el promotor de todo aquello, el Baalboth, entró en liza, procurando avanzar hacia Ludmila, con el propósito de llevársela. Pero la muchacha, hábilmente, se había escabullido sin que la vieran…

Los caballeros estaban entusiasmados ante aquel espectáculo sin par, que tenía por escenario todo el corredor entre el Gran Salón y el Salón Azul. El doctor Schleissner relinchaba de contento. El funcionario municipal y satánico poeta von Peppier contemplaba la refriega con ojos extáticos, en los que brillaba el placer de la destrucción, y alentaba sin cesar a las combatientes. Sólo el teniente Kohout y el presidente Moré se hicieron a un lado. El teniente pensaba en las ordenanzas, que prescribían a los oficiales abstenerse en lo posible de intervenir en asuntos poco honrosos. Y Moré tenía también que pensar en su honor profesional. Por esta razón, ambos caballeros se retiraron silenciosamente detrás del piano.

Nejedli, por su parte, era uno de los pocos que intentaban separar a las contendientes, jadeantes, con el bisoñé de través y la corbata torcida.

Edith estaba desesperada, y Maxl, estupefacto. Jamás había ocurrido allí nada semejante. Hasta entonces, las muchachas, pese a algunos insignificantes episodios de rencillas personales, habían guardado siempre la dignidad que correspondía a un establecimiento de primera clase.

Quién sabe cómo hubiera acabado aquel motín, si un tremendo acontecimiento no hubiera caído como un rayo sobre la casa.

De improviso, como brotado del suelo, se había presentado en el corredor un ordenanza del 6.º Regimiento de Dragones. Habitualmente, cuando por cualquier razón iba a aquella casa algún representante de los poderes del Estado, ya fuera un funcionario del servicio de Sanidad, ya un vulgar agente de policía, procuraba entrar discretamente. Pero aquel soldado, un campesino checo, alto y rubio, había aparecido súbitamente en medio del aquelarre. Y allí seguía, con sus sonrosadas mejillas, como llevando una bocanada de aire fresco a la atmósfera cargada de humo y relentes de sudor. Iba vestido como para ir a la guerra, en uniforme de campaña, con casco, cartucheras, sable de caballería y grandes espuelas.

La batalla cesó en el acto, y las muchachas recobraron su compostura como si nada hubiera ocurrido. Una súbita calma se apoderó del ambiente, pero todos tuvieron la sensación de que el destino estaba en el aire. Incluso la fatigada figura de Maxl pareció cobrar alguna vida. Él en persona atendió al ordenanza, y lo condujo a donde el otro le pidió que lo guiara. Dos minutos más tarde se oyeron en el piso fuertes pisadas de botas de caballería, y la puerta de la casa se cerró con estrépito. Maxl subió la escalera sollozando incomprensibles lamentaciones. Poco a poco se logró poner en claro la horrible noticia. ¡El príncipe heredero había sido asesinado en Sarajevo!

Jamás la casa de la Gamsgasse había recobrado su seriedad tan rápidamente como entonces. El frenesí dionisíaco, la desbocada embriaguez del Gran Salón, se apagaron en seco; los caballeros volvieron a sus sitios; el doctor Schleissner, aquel corsario intelectual, se convirtió en una persona formal, preocupada por el porvenir: no en vano era oficial de reserva. El presidente Moré se quitó de encima la liviana frivolidad de que había estado haciendo gala durante una hora, como si se hubiera cepillado una mota de polvo en la solapa, y murmuró en tono de reproche: «He aquí lo que pasa cuando uno sale de noche». Qué quería significar con ello o qué relación establecía mentalmente entre la catástrofe y una noche de juerga, es cosa que quedó por esclarecer. El Baalboth, por su parte, dejó de considerar como una cuestión de honor el insistir en reclamar los servicios de Ludmila. El teniente Kohout y los voluntarios asumieron una expresión de severa indiferencia, como si estuvieran presidiendo un consejo de guerra. El señor von Peppier se envolvió románticamente en su impermeable y, en consideración a los futuros acontecimientos, hizo las paces con la generación más joven. Y todos se apresuraron hacia la escalera, para correr a las redacciones de los periódicos a enterarse de la tragedia con más abundantes pormenores. Algunas figuras se escurrieron en busca de las sombras, lejos de las calles más frecuentadas, ya porque tuvieran mayor interés en conservar su buena reputación, ya porque no quisieran echar a perder un envidiable bienestar conyugal.

En el salón desierto quedaron únicamente el dueño de la casa y Nejedli. Maxl se dejó caer en la silla del piano, completamente deshecho. Parecía haber olvidado el terrible acontecimiento, porque balbució:

—¿Qué, Nejedli, debo irme a acostar?

El pianista bostezó.

—Sí, váyase usted a la cama, señor Maxl. Hoy ya no ocurrirá nada más.

Maxl miró con irritación al anciano.

—Pero es que duermo demasiado deprisa, Nejedli. He dormido por diez años. Me da miedo dormirme…

Nejedli no le contestó; estaba ocupado vaciando todos los residuos de coñac en un solo vaso, que luego apuró concienzudamente. Cuando no encontró nada más que beber y vio que el propietario seguía allí sentado con los ojos cerrados, cogió el dinero que había en el platillo del piano y, de puntillas, salió de la estancia. No oyó, pues, la ansiosa pregunta que siguió:

—¿De veras crees que tengo que ir a acostarme, Nejedli?

El Gran Salón estaba sembrado de escombros. En el suelo había vasos rotos, las sillas estaban patas arriba, y todo olía a vino, café y coñac. Maxl contempló, horrorizado, semejante desolación. Tomó aliento para llamar a Edith y mandarle que se pusiera nuevamente en orden el Salón, pero no logró articular ningún sonido. Por fin pudo levantarse, y a duras penas salió de la sala. Su andar incierto y desigual se oyó todavía durante largo rato, antes de perderse escaleras arriba.

Cuando hubo cesado el ruido que hicieron al marcharse los últimos clientes, Ludmila no pudo contenerse más e hizo algo que estaba rigurosamente prohibido por los reglamentos de la casa: abrió la puerta y miró a la calle envuelta por las sombras de la noche.

Óscar apareció ante sus ojos.

La muchacha hubiera querido cerrar la puerta, pero ni siquiera tuvo fuerzas para dominar el espasmódico grito que asomó a sus labios.

(Continuará…)

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