Aventura en Texas

Ramón J. Sender

 

 

Hace más de veinte años, durante la presidencia de Roosevelt, estaba yo en Florida. Era en tiempos de la segunda guerra mundial y el FBI me vigilaba con una falta completa de disimulo y de discreción, lo que en fin de cuentas me permitió eludirlos mejor. Tal vez lo hacían a propósito para que me aburriera y me marchara del país.

Decidí salir de Jacksonville y marchar en autobús a New México. Debo advertir que la policía me vigilaba porque alguien me había denunciado como rojo peligroso. Mi denunciante era un rival en materia de faldas —era yo joven entonces— que tenía contactos importantes en la administración. No hay duda de que llevaba yo las de perder.

El viaje era largo, ni que decir tiene. Dos días y una noche.

Y especialmente incómodo. Mi salud no era buena en aquellos días —tenía una hernia que después me operé— y el viajar de noche me ha fatigado siempre.

Afortunadamente no había demasiados viajeros. La mayor parte del largo trayecto el autobús estuvo ocupado solamente en sus dos tercios. Nuestra ruta seguía más o menos paralela a la frontera mejicana y el autobús corría por las anchas carreteras macadamizadas de Texas. Mi imaginación se entretenía pensando cómo los idiomas se enriquecen en estos tiempos de técnica industrial. Por ejemplo, eso de macadamizar. Hace algunas décadas un escocés que se llamaba Mac Adams descubrió una mezcla de asfalto y cemento que era a un tiempo bastante dura y blanda para que los vehículos más pesados corrieran por encima sin deterioro en las llantas ni en la pista. Al hecho de dar a las carreteras ese firme especial le llaman ahora en todo el mundo macadamizar.

Cuando el origen de una expresión está en una cultura diferente las fuentes no se conservan tan bien. Por ejemplo, del español mesteño, es decir, de la Mesta, viene el nombre del coche mustang —se me ocurrió recordarlo viendo pasar uno de esos coches al lado del autobús y adelantarnos rápidamente—. De mesteño, mustang, que quiere decir algo así como potro salvaje o cimarrón.

Iba pensando en estas cosas atento al paisaje. La rivalidad en materia de faldas a la que me refería antes consistía en que una mujer me distinguía con su amistad viviendo los dos en Nueva York, y cuando el rival que estaba en Europa regresó esperaba ella que yo, amante enamorado, lo retara a singular combate (al fin era yo un español romántico de capa y espada y supuestamente capaz de cualquier desmán). Yo, que no estaba enamorado ni soy hombre de desmanes, preferí tomar el tren e irme a Winter Park (Florida) a ver los toros desde la barrera.

Decepcionada ella porque se había hecho la idea de salir en la primera plana de los periódicos como protagonista de un drama de celos, se enfureció y no sé qué le diría a mi rival, pero éste me echó la policía encima. Al mismo tiempo me escribía dulces cartas de amor. ¡Oh, las mujeres!

Era bastante molesto. En una de las pesquisas de la policía en mi cuarto del hotel debieron hallar una de aquellas cartas de amor (solían fotografiar mis papeles) en la cual me advertía mi dulce enemiga de las diligencias de mi rival contra mi pobre persona. Como se ve, las mujeres son dialécticas. A partir de aquel feliz hallazgo la vigilancia y persecución de la policía cesó por completo. Los agentes comprendieron que se trataba de un asunto privado y no de conspiraciones políticas. Como siempre hay algún lector mal pensado debo advertir que aquel incidente de la carta fue casual. Por otra parte aunque hubiera sido premeditado mi conducta no habría dañado a la dama porque entre los hábitos de la policía existe el secreto profesional.

El autobús marchaba a gran velocidad. En esos viajes uno se aburre y cualquier incidente por pequeño que sea toma relieve. Así sucedía que dos filas delante de la mía, y sobre el respaldo de los asientos, se asomaba mirando hacia atrás una niña de cuatro o cinco años. Tenía ojos negros, probablemente era de origen mejicano y su expresión lánguida se animaba cuando alguna cosa o persona llamaba por un momento su atención. La niña me miraba con una fijeza descuidada e inocente. Yo alcé las cejas y tomé una expresión humorística. La niña disimulando las ganas de reír se ocultó detrás del asiento. Pero estaba intrigada.

Poco después volvió a asomarse cautelosamente. Yo me hice el distraído para que se confiara. Y volví a mirarla con una expresión de familiaridad paternal, pero cómicamente amenazadora. La niña me correspondió con cierta coquetería filial. Parecía decirme: ya sé que te gusto, hombre extraño y gesticulador. Y me sonrió.

Viajaba la niña con su madre o tal vez su abuela, una mujer campesina que llevaba un pañuelo en la cabeza anudado bajo la barba y vestidos modestos y limpios. La niña también iba decorosamente vestida. Y bien peinada, con su lacito amarillo del mismo color del suéter.

Como digo, nos hicimos amigos a espaldas de su madre o abuela. Desde la infancia las mujeres tienen habilidad para hacer relaciones disimuladas y para la intriga. Más habilidad que los hombres.

Por fin, cansados de nuestro flirteo, nos pusimos a sestear cada cual en su asiento. La expresión de la niña era de cierta fatiga que yo atribuía al viaje. Pero se advertía en su mirada algo anormal, como un desvarío febril. Eran las cuatro de la tarde, la hora de crecer la fiebre en las personas que la tienen. Sin embargo, me miró otra vez con ganas de recomenzar el juego.

Dándose cuenta la abuela de que la niña y yo estábamos entregados a un escandaloso flirt se alzó sobre el asiento y se volvió a mirar. Al encontrarse con un hombre ya maduro entretenido en aquellas simplezas sonrió. Yo me acerqué y ocupé un asiento vacío en la misma fila pero al otro lado del pasillo central. La niña y yo nos pusimos a hablar. Me dijo que se llamaba Yolanda y que en su casa de México tenían gallinas y un cerdito o chancho como dicen allá.

La anciana me explicó que iba con la niña a New México donde tenían parientes que las esperaban. Eso de que las esperaban lo dijo como si quisiera advertir: «No crea usted, a pesar de mi edad y de mi apariencia hay alguien que me espera en alguna parte. Es decir, que nos espera a las dos: a mí y a mi nieta».

Le dije que yo era también mejicano. Mi pasaporte había sido expedido en México donde me había naturalizado el año anterior. Ella me miraba extrañada:

—Pero habla usted de otra manera.

—¿Cómo hablo?

—Habla golpiado.

Quería decir sin las inflexiones de suavidad que suelen usar los mejicanos. Asimilar un acento lleva tiempo. Yo reí y le pregunté cosas en relación con su nieta. Ella respondía:

—Para la candelaria cumplirá cinco.

Estaba la niña sentada al lado de la abuela, con la cara contra su costado. Parecía adormecerse y tenía dos rosetas febriles en las mejillas.

—¿Es que no se encuentra bien?

—Tiene un resfriado malo y calentura. Cuando lleguemos a casa de mi sobrina en Roswel la pondré en la cama.

Y la abuela no tenía aspirina. Yo, tampoco. Le dije que en la primera parada del autobús podríamos comprarla. Siempre hay un drug-store en esas paradas y nunca faltan aspirinas. La abuela tomaba una expresión sombría para decir:

—No, señor, no se puede. No nos dejan entrar en las farmacias.

—¿A quiénes?

—A los mejicanos.

Yo creía haber entendido mal y ella insistía:

—En los drug-stores no podemos entrar, si no ya habría comprado yo alguna medicina para mi nieta.

—¿Pero por qué no pueden entrar?

—Hay una ley contra los mejicanos.

Por un momento creí que la mujer estaba mal de la cabeza. Le dije que algún bromista le había contado aquel cuento. Pensaba yo que en un país como los Estados Unidos que había redactado y lanzado por el mundo la declaración de los derechos del hombre, en la patria de las libertades civiles, en la democracia más funcional que ha conocido la historia de la humanidad, lo que aquella mujer decía era del todo sin base. Le pregunté si hablaba inglés.

—Un poco, para decir las cosas más necesarias.

La contemplaba yo en silencio y también a la niña que parecía aletargada.

—Con una aspirina le bajaría la fiebre —repetí—. Al llegar a Pecos verá usted como es mentira eso de que no la dejan entrar en las farmacias. No falta ya mucho.

Me miraba la abuela con una mezcla de extrañeza y de timidez y seguía yo pensando en la inocencia de esas pobres personas desvalidas que creen todo lo que les dicen, sobre todo en un país extranjero cuyo idioma ignoran.

La niña despertó y quiso volver a sus juegos. Ya sabía yo su nombre y le dije el mío. Ella no quería dormir sino jugar, aunque se veía que tenía fiebre. Sus ojos brillaban y las rosetas de sus mejillas eran más rojas. Sus manos estaban calientes. Calculaba yo el tiempo que tardaríamos en llegar a Pecos. A veces una aspirina a tiempo le salva a uno de una pulmonía.

Como digo, contaba los minutos.

Por fin el autobús se detuvo. Era Pecos. Yo pensaba si el nombre de aquel pueblo sería indio o latino. En este caso debía habérselo dado alguna misión católica que criaba ganado vacuno (Pecus, Pecos) y tal vez celebraba allí mercados regulares. Más adelante el autobús tomaría la dirección norte para entrar en otro estado: New México. Es decir, que poco más allá se acabaría Texas.

Quise que la abuela bajara conmigo para que se convenciera de que sus temores no tenían fundamento. Al ver que nos disponíamos a bajar Yolanda se animó y quiso venir también. Tenía miedo a separarse de su abuela y a quedarse sola en el autobús.

Bajamos los tres. El drug-store estaba veinte metros más lejos con grandes maniquíes de cartón en la puerta anunciando cigarrillos y coca-cola. En la vitrina había tubitos de neón encendidos en pleno día cuya luz no brillaba mucho porque estaban llenos de polvo.

Entramos y me dirigí a una mujer de media edad con el pelo teñido y un descote donde la piel comenzaba a acusar la fatiga de los años. En mi inglés con acento español le dije que me diera un frasquito de tabletas de aspirina.

Ella nos contempló lentamente, uno tras otro, se detuvo un momento en la cara de la abuela, luego en la mía. Y con una expresión hermética se dirigió hacia el fondo de la tienda.

Miraba yo a la abuela satisfecho como diciéndole: ¿No está usted viendo? Era como borrar de su mente una idea aberrante. Nadie nos había impedido entrar en la tienda e iban a darnos la aspirina.

La empleada se detuvo un momento en el camino a la farmacia que ocupaba una sección al fondo de la tienda y descolgó el teléfono. Yo pensé: «Ahora, cuando termine con el teléfono nos traerá la aspirina».

Pero al colgar el teléfono se quedó donde estaba con los brazos cruzados. Creyendo yo que la mujer se había olvidado le recordé que estábamos esperando. Ella pareció no haber oído.

La abuela se ponía nerviosa y quería marcharse. Yo la retuve, pero al parecer ella había tenido otras experiencias como aquélla y decía:

—Ya lo ve usted.

—¿Qué?

—Nos ningunea, esa señora. Más vale que nos vayamos.

Recibí una impresión que no había sentido en mi vida hasta entonces. La novedad de aquella impresión me desconcertaba. Nunca había podido imaginar lo que era «no ser nadie» para alguien. No ser absolutamente nadie. No existir. Aquella mujer del pelo teñido se negaba a aceptar que nosotros existiéramos y lo hacía con una naturalidad más dolorosa para mí porque hería zonas de mi sensibilidad completamente vírgenes, ya que nunca había sufrido una experiencia semejante. Yo no existía para aquella hembra, ni Yolanda ni su abuela, mejicanas. No habíamos nacido, no desplazábamos aire ni ocupábamos lugar. Por eso ella no nos veía. Se negaba a vernos.

Y allí estábamos los tres, con nuestra ominosa ausencia.

La novedad de aquello me ofendía de tal forma que no acababa de hacer mi composición de lugar. Pero tampoco llegaba a aceptar el hecho envilecedor tal como se presentaba. Yo podía no existir, pero la niña necesitaba ayuda. Ella sí que existía.

—Vámonos —repetía la abuela, avergonzada.

—No, eso no. Iré a buscar la aspirina yo mismo.

Había estanterías con drogas de todas clases.

En aquel momento se oyó frenar un coche frente a la puerta de la calle. Un buick grande y negro, charolado. Dos policías uniformados entraron en la tienda. Uno ya maduro en sus cincuenta, grande como un gorila. El otro aparentaba sólo veinte o veinticinco. La hembra rubia que nos ninguneaba parecía tan acostumbrada a aquellos incidentes que no debía obtener ya de ellos satisfacción mayor.

Yo veía en ella algo como un monstruo adaptado a lo arbitrario convencional. Y allí estábamos sus víctimas. Ni siquiera nos atacaba el monstruo. Se limitaba a ignorarnos.

Los policías se acercaron pisando fuerte. La empleada se contemplaba en un espejito de mano y corregía con el lápiz la línea de los labios. Había llamado a la radio-patrulla y allí estaba. Todo era como solía ser, habitualmente.

El policía mayor nos dijo con una rudeza profesional:

—¿Qué hacen aquí? Fuera, fuera.

—¿A quién lo dice usted? —pregunté más perplejo que antes.

—A usted y a esas dos mujeres. ¡Fuera de aquí!

Era aquello de una eficacia envilecedora como nunca en mi vida podía haber imaginado. Sin embargo, yo creo que era peor todavía la indiferencia distante e impersonal de la empleada que había acabado de pintarse los labios y se pasaba por ellos la lengua. Respondí sintiendo que la respiración se me enfriaba entre los labios y el pecho:

—¿Qué ley le autoriza para echarnos de un lugar público donde no hacemos daño a nadie?

—La ley del estado. Fuera de aquí. Vamos, vamos, que no estoy para perder tiempo con los mex.

El otro policía, el joven, empujaba a la anciana y a la niña y quiso ponerme la mano en la espalda a mí también. Yo me aparté y le dije:

—Usted no me toca. Y tengan cuidado porque no voy a tolerar lo que hacen sin protestar. Esta niña está enferma y necesita medicinas.

—Fuera, fuera. Y usted —se dirigía a mí— cállese.

—Estoy en un país libre —dije alzando la voz— y usted no tiene derecho a prohibirme que hable o que entre y salga donde me apetezca.

Me pidió los documentos de identidad. Le di mi pasaporte mejicano donde al parecer estaba escrito que había nacido en España. Yo no me había fijado en ese detalle. El policía dijo un poco decepcionado:

—Ah, bueno. Usted es diferente porque ha nacido en España. Usted puede entrar en los drug-stores. Pero los mejicanos, no. ¡Fuera la vieja y la niña!

La anciana tenía razón aunque yo no acababa de creerlo. He sido un admirador de América y de sus libertades. Y estaba viendo que en Texas (estado americano) esas libertades incluyen el derecho de las autoridades a la crueldad, a la injusticia y lo que es peor, lo que es intolerable, a la estupidez representada por aquellos dos policías: dos antropoides uniformados:

—¡Fuera, he dicho!

El policía se dirigía a la empleada del pelo rubio:

He is not a Mexican, this fellow.

—¿Cómo que no? —grité—. Soy tan mejicano como ellas. Y ni esta señora ni la niña ni yo saldremos de aquí sin la aspirina. ¿Cómo se atreven ustedes a negar a nadie el derecho a la salud? ¿Quiénes son ustedes para negarle a una niña el derecho a la vida?

Debo confesar —así es de vil la naturaleza humana— que al ver que me hacían objeto de un privilegio aunque fuera pequeño, por haber nacido en España, alguna parte subalterna y perruna de mi conciencia se sintió halagada. Pero fue solamente durante una fracción de segundo. Y reaccioné indignado contra la policía y avergonzado de mi debilidad. Los policías y la empleada me miraban como pensando: «Parece tan mejicano o más que la mujer y la niña, pero no lo es. Legalmente tiene derecho a entrar aquí. Lastima». En todo caso alcé la voz:

—¡Deme usted la aspirina de una vez!

Ella seguía en sus trece (se había propuesto que yo quedara fuera y al margen de la existencia, al menos de la suya) y allí seguía la rubia con los brazos cruzados, apoyada de espaldas contra una columnita que separaba dos filas verticales de estanterías llenas de frascos. Parecía no ver ni oír. Sin duda con aquella actitud estaba adulando a los policías y diciéndose a sí misma: «Yo pertenezco a otra clase más respetable». Debía ser una de esas hembras frustradas que en la menopausia buscan compensaciones sádicas. Y cuyas axilas huelen a geranio marchito.

La policía empujaba a la abuela y a la niña; no a mí hacia fuera y yo repetí una vez más tomando a Yolanda de la mano:

—Vienen conmigo y yo no saldré sin esa medicina. He pedido un frasco de tabletas de aspirina. ¿Está usted sorda?

Ella no parpadeó ni se movió de su sitio. Ya dije antes que estaba habituada a escenas como aquélla. Seguía yo sintiéndome en ridículo entre la vergüenza y la indignación. Los policías se extrañaban de mi insistencia y parecían pensar: «Si no va nada contra usted ¿por qué toma la cosa tan a pecho?». Pero había otra empleada más joven (casi una niña) que sin decir nada vino con la aspirina, la dejó en el mostrador, recibió el dinero y fue a la caja con una expresión concentrada y contrita como si fuera ella la culpable. ¡Oh, la linda samaritana! Le pedí un vaso de agua para la niña y ella que parecía compadecerse de ella fue a buscarlo. Los policías insistían en sacar a las mejicanas y habían hecho de aquello una cuestión personal. Yo seguía reteniendo a Yolanda quien a su vez se agarraba con la otra mano a su abuela. Entonces el más viejo que estaba impaciente y contenía apenas sus nervios se encaró conmigo:

—¿Dónde está su equipaje?

—En el autobús, ¿por qué?

—Vaya a buscarlo y venga con nosotros.

—¿Yo? ¿Es que estoy arrestado?

—Haga lo que digo y déjese de preguntas.

—Yo me niego a ir a ninguna parte si no me dicen por qué y para qué.

El policía joven quiso cogerme del brazo y yo me aparté airado. El otro me dijo impresionado tal vez por mi violencia:

—Es para hacerle algunas preguntas. En un momento llegaremos. Y tú —dijo al otro policía— acompáñalo al bus para que coja el equipaje. Vamos al car. ¿Oye usted? —añadió echándome saliva a la cara—. Digo que vamos al car.

—¿Qué car?

En aquel momento llegaba el vaso de agua. La niña tomó su tableta, le di el frasquito a la anciana quien me dio las gracias con un suspiro y salió con su nieta empujada por el policía viejo después de mirarme lánguidamente y decirme en silencio: ¿Ve usted como era verdad?

El policía joven —el chimpancé— fue detrás de ellas hasta convencerse de que salían a la calle. Era la ley. El otro policía, el gorila, preguntó:

—¿Qué equipaje tiene usted?

—Una maleta y una cartera de mano.

—Camine. Vaya a traerlas.

—Yo no tengo nada que hacer ahora con mis maletas. No me interesa traerlas aquí. Si les interesan a ustedes vayan a buscarlas.

El policía joven, cumplida su importante misión de desalojar el local de mejicanos volvía, satisfecho de sí. El viejo le dijo señalándome con un gesto:

—Se niega a sacar el equipaje. Por algo será, digo yo.

El joven me miraba pensando: «Debe ser un gran criminal». Sin duda era un policía principiante. Suelen andar en parejas un veterano y un aprendiz. El viejo al ver que yo tomaba aires de intransigencia había amainado un poco. Aunque no cejaba del todo:

—Venga al cuartel de todas formas.

—Me niego a ir con ustedes a ninguna parte.

—Podemos obligarlo. ¿No sabe que puedo acusarlo de desacato a la autoridad?

—El cónsul de mi país sabrá defenderme.

Me llevaban en todo caso contra mi voluntad sintiéndome de veras ultrajado y así lo declare dos o tres veces. Como dije, el auto era un buick pesado, con radio y teléfono. Nos quedamos un momento esperando mi equipaje. El policía joven había ido a buscarlo y volvió con mi maleta y mi cartera. Los viajeros se asomaban a las ventanillas y me miraban con grandes ojos asombrados. Para compensar de algún modo el desaire de mi situación yo sonreía y fumaba falsamente tranquilo. Por vez primera pensaba que había algo en la democracia burguesa americana que no funcionaba o que funcionaba mal, que es peor. Como la cosa no se ha corregido sigo pensándolo.

En una de las ventanillas la abuela de Yolanda miraba con los ojos húmedos de lágrimas y la misma expresión de espanto que le había visto en la tienda. Yo me sentía un poco Don Quijote, aunque sin caballo ni lanza. Y sin Dulcinea. La pobre viejita tenía razón. ¡Vaya si tenía razón! Pero ¿estaban locos los americanos? Me consideraban un delincuente por haber querido comprar aspirina para una niña que tenía fiebre. Estaba yo avergonzado de mi propio error al creer que todo aquello era imposible en un país como los Estados Unidos de América. Ciertamente, Texas es Texas. Más tarde he sabido que los mejicanos les pegaron algunas palizas en la guerra del siglo pasado y que ahora los tejanos rencorosos usan esas y otras formas vejatorias. Se ven letreros ocasionalmente que dicen: «No se admiten negros, perros ni mejicanos».

Dentro del coche la proximidad de los policías creaba un malentendido incómodo para mí. La gente podía pensar que yo era un criminal o un amigo personal de aquellos antropoides. Cualquiera de las dos hipótesis me parecía deprimente.

Cuando entró en el coche el policía joven con mi equipaje el otro, que se había puesto al volante, abrió el contacto y nos pusimos en marcha. Al dejar atrás el autobús vi que los viajeros que estaban antes en la ventanillas del lado derecho se habían pasado al lado izquierdo y seguían mirándome llenos de curiosidad. Debían creer que yo era un gángster, menos la ancianita mejicana que seguía en su asiento tragándose las lágrimas por miedo a llamar la atención. Ella sabía que yo no era gángster, pero debía pensar que era un poco estúpido para haberme metido en aquel lío.

—Usted se hace responsable —dije al policía viejo— si pierdo el autobús.

—No lo perderá.

Al mismo tiempo comenzaba yo a sospechar que aquellos policías tal vez estaban advertidos por el FBI de Florida. En esos casos las sospechas y los recelos crecen alrededor de nuestro desamparo. Es natural.

—Pienso pedir daños y perjuicios —dije todavía por decir— si pierdo el autobús.

Hablaba por hablar y por reedificar mi ego herido. El policía parecía darse cuenta y respondía casi protector:

—Ya le dije que no lo perderá.

Hablaba con una gran seguridad. Sin embargo, se oía el motor del autobús y vi por la ventanilla que arrancaba sin mí. Todo aquello era un abuso de fuerza con ironías y sarcasmos implícitos. Yo me sentía del todo en ridículo.

Fuimos a la oficina que no estaba lejos. Ya en ella los guardias se pusieron a hurgar en mi cartera y entre mis papeles hallaron una pequeña carta de Mrs. Eleanor Roosevelt en la que decía que había hecho una recomendación al State Department para que me dieran el visa de entrada. La carta —un volante impersonal y formulario— estaba fechada tres meses antes. Ella —Mrs. Roosevelt— era amiga de amigos míos que habían pedido su ayuda para que me dejaran entrar en el país.

Miraba el policía viejo aquel papel con media sonrisa de incredulidad:

—¡De veras! —exclamó jovialmente—. Es la firma de la big girl.

No creía yo que aquélla fuera una manera adecuada de referirse a la esposa del presidente de la república —digo, para un policía— y se lo dije. Él respondió con una pregunta:

—¿Es usted amigo de Mrs. Roosevelt?

—No, ni es necesario para saber que es una mujer respetable.

El policía callaba y yo añadí creyendo impresionarlo:

—Tengo otros amigos en el East y pueden darles a ustedes un disgusto si llega el caso.

—¿Cómo? —dijo él alzando una ceja.

—Diciendo en la prensa de Nueva York lo que ha sucedido aquí.

—Yo cumplo con mi deber y está usted gastando saliva en balde si quiere enseñarme cuál es mi obligación.

Pero al mismo tiempo y tal vez para congraciarse conmigo dijo algo en voz baja al otro policía quien salió del cuarto y volvió con dos botellas de coca-cola que dejó sobre la mesa, una de ellas para mí. Yo no tomo esos brevajes y menos en el gollete de la botella. Eso dije. El cabo hizo un guiño a su joven subordinado y dijo con cierta inocencia:

—Es un gentleman. Trae un vaso.

Contra su voluntad el otro fue a buscar un vaso de cartón y lo dejó delante de mí en la mesa.

A pesar de aquellas atenciones el guardia joven seguía mirándome como si estuviera ante un delincuente peligroso. ¿Al Capone? ¿O Dillinger? El viejo tomaba las cosas con calma y no tardé en ver por la manera de cerrar mi cartera y renunciar a abrir la maleta que había cambiado de opinión. En vista de eso y como una concesión amistosa yo puse coca-cola en el vaso y bebí un sorbo.

Mi autobús había partido con Yolanda y su abuela. Y con la aspirina, menos mal. La fiebre de la niña bajaría. Yo pensaba constantemente en aquello y apenas oí al cabo —el gorila— cuando me dijo:

—Debe usted saber en el futuro y para los efectos consiguientes que en el estado de Texas está prohibido a los mejicanos entrar en los drug-stores.

—¿Le parece a usted eso justo?

—Allá ellos. Que no vengan a los Estados Unidos si no quieren.

—Muchos han nacido en Texas de padres mejicanos y son tan ciudadanos de América como usted.

Sin responder el policía viejo tomó —él mismo— mi cartera bajo el brazo y el joven mi maleta y volvimos los tres al automóvil. No sé qué pretendían antes llevándome al cuartel. ¿Tal vez comprobar si yo figuraba en la colección de fotos de los criminales wanted? ¿En la lista de la gente fronteriza sospechosa? ¿O tal vez simplemente querían molestarme? Esto es lo más probable y no hay duda de que lo consiguieron durante media hora.

Salimos en silencio de la ciudad por la carretera del norte. El coche aumentaba su velocidad y yo vi que el contador marcaba noventa millas. Ciertamente la carretera era ancha y sin accidentes, bien macadamizada y recta hasta el lejano horizonte. Después de un largo silencio que se hacía más denso por la peligrosa velocidad que llevábamos el conductor dijo como si respondiera a las preguntas que yo formulaba en mi mente:

—El bus hace sólo sesenta millas. Nosotros hacemos noventa y cinco y lo alcanzaremos pronto.

Estaba justamente orgulloso de su buick (ocho cilindros, más de doscientos caballos). Un cuarto de hora más tarde vimos el autobús a una distancia de dos o tres millas. Poco después el conductor reducía la velocidad para emparejarnos con él.

El policía sonó la bocina y el coche de línea se detuvo. Otra vez aparecieron los rostros asustados en las ventanillas. En todos ellos creía yo estar leyendo la misma reflexión: «El criminal de Pecos. Ahí traen al criminal de Pecos». El rostro más asustado era quizás el de la abuela. Cero que me miraba con recelo, la pobre. El hecho de que me hubiera arrestado la policía —siquiera por unos minutos— debía hacerme sospechoso para ella.

Los policías dejaban mi equipaje en el suelo y volvían a su coche como si tal cosa, pero yo les dije:

—Eh, eh, hagan el favor de llevar mis bagajes al lugar donde los encontraron. Yo no tengo obligación de cargar con ellos.

El policía viejo puso una expresión de aburrimiento impaciente. El otro de indignación como si pensara: «Yo le daría a éste una lección aunque tenga amigos en Nueva York». Ya se sabe que los policías primerizos toman las cosas a pecho. Yo no quería cargar con las maletas pensando en mi hernia. Cuando volví a subir al autobús seguido por los policías con mis equipajes los viajeros me miraban de reojo, menos Yolanda que estaba encantada de verme y que ya no tenía fiebre. Sin embargo, su abuela seguía recelando de mí y no me atreví a sentarme a su lado para no asustarla más. Así y todo le dije alzando la voz de modo que me oyeran los policías:

—Esta tierra donde estamos entrando ya no es Texas. Supongo que aquí la gente se conducirá de un modo más humano.

Sonrió la abuela con una expresión marchita y sin fe. Digo, sin fe en mí. Parecía pensar: «Este hombre se mete en lo que no le importa». Se sentía insegura en el país y tenía miedo de que los otros viajeros pensaran que era pariente o amiga mía.

Los policías se fueron y el autobús siguió su camino. Por el espejito retrovisor el chófer me miraba tratando de ver qué clase de sujeto era yo y por qué la policía la había tomado conmigo.

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