La esperanza (III)

André Malraux

 

 

 

3

20 de julio

A través de los torsos desnudos y las mangas de camisa, entre las mujeres a las que se echaba y que volvían, guardias civiles con tricornios y guardias de asalto trataban en vano de organizar a la multitud, dispersa por delante, inmensa por detrás, de la cual surgía un grave y constante clamor. Un oficial conducía a un bar a un soldado que acababa de evadirse del cuartel de la Montaña. Jaime Alvear había visto que se dirigían hacia el bar, y había entrado antes que ellos. El cañón disparaba regularmente como el corazón de aquella multitud, por encima de los débiles tiros de fusil que disparaban desde todas las ventanas y desde todas las puertas, más allá de los gritos, del olor de piedra cálida y de alquitrán que subía de Madrid.

Las cabezas de los consumidores se agruparon como moscas alrededor del soldado. Éste jadeaba.

—El coronel ha dicho: hay que salvar… la República.
—¿La República?
—Sí, dado que acaba de caer en manos de los bolcheviques… de los judíos y de los anarquistas.
—¿Qué han respondido los soldados?
—¡Bravo!
—¿Bravo?
—Pues sí, ¿qué hay con ello? Les importa un bledo… Hay que decir que los que respondían eran sobre todo los nuevos. Desde hace ocho días… estaba lleno de nuevos.
—¿Y los soldados de izquierdas? —preguntó una voz.

En los vasos inmóviles, el coñac y la manzanilla temblequeaban al ritmo del combate. El soldado bebió. Poco a poco encontraba de nuevo su respiración.

—Quedaban aquellos que se guardaban de decirlo. Todos los demás, desde hace quince días, se habían dado la vuelta. Hombres de izquierda, entre nosotros, todavía quedarían unos cincuenta. Pero no estaban allí, se dice que estaban todos atados en un rincón.

Los rebeldes tenían la convicción de que el Gobierno no armaría al pueblo, y esperaban a los fascistas de Madrid, que aún no se movían.

De pronto se hizo silencio: un altavoz funcionaba. Como los periódicos aparecían únicamente una vez por día, el destino de España sólo se expresaba por radio. Continúa la rendición de los cuarteles de Barcelona. El cuartel de las Atarazanas ha sido tomado por los sindicalistas conducidos por Ascaso y Durruti. Ascaso murió en el ataque del cuartel. La fortaleza de Montjuich se rindió al pueblo sin combatir…

El bar entero gritó de entusiasmo. Hasta en Asturias no había un nombre más significativamente siniestro que el de Montjuich.

… porque los soldados se negaron a ejecutar las órdenes de sus oficiales después de haber oído a los altavoces del Gobierno legal de España anunciar que estaban relevados de toda obediencia a sus oficiales facciosos.

—¿Quién lucha en este momento en el cuartel? —pregunto el oficial.
—Los oficiales, los nuevos. Los compañeros se escapan como pueden. El sótano debe estar lleno de ellos. Cuando vuestro cañón empezó, nadie salió a pelear; comprendieron la treta: saben que los anarcos y los bolcheviques no tienen cañones. Yo le dije a los compañeros: ese discurso del coronel es un golpe de los fascistas. Tirar sobre el pueblo, ¡no faltaba más! Y vine a juntarme con vosotros.

El soldado no lograba dominar el temblor de sus hombros. El cañón disparaba siempre y se oía como un eco la explosión del obús.

Jaime había visto el cañón. Lo maniobraba un capitán de la guardia de asalto que no era artillero y que lograba disparar, pero no apuntar. A su lado se agitaba el escultor López, comandante de la milicia de la cual formaba parte Jaime. La perspectiva no permitía poner el cañón en batería contra la puerta; el capitán tiraba pues contra la puerta, a ojo de buen cubero. El primer obús —demasiado alto— fue a estallar en las cercanías; el segundo, contra la pared de ladrillos, en medio de una gran polvareda amarilla. A cada obús, el cañón, que no estaba apuntalado, retrocedía rabiosamente, y los milicianos de López, con sus brazos desnudos tensos en los radios de sus ruedas como en los grabados de la Revolución Francesa, lo ponían aproximadamente en su sitio. Un obús había sin embargo atravesado una ventana y estallado en el interior del cuartel.

—Cuando entréis, ¡atención! Porque los compañeros no han tirado contra vosotros. ¡Y lo hacen adrede!
—¿Y en qué se reconoce a los nuevos?
—¿Enseguida…? No lo sé… pero después… os diré una cosa: nunca tienen familia…

Quería decir que los fascistas que habían entrado en el ejército para luchar contra el levantamiento ocultaban a sus mujeres demasiado elegantes, las calles más próximas resguardadas estaban llenas de las mujeres que aguardaban a los soldados, las únicas en toda la multitud, verdaderamente silenciosas.

El ruido de la descarga de fusilería subió por encima de un chirrido de camiones: otros guardias de asalto llegaban. Ya estaba allí uno de sus autos blindados. El cañón sacudía siempre el vino en los vasos. Fusil al brazo, se acercaban hombres que traían noticias, como en la cantina de los estudios cinematográficos los actores van a beber disfrazados, entre dos tomas. Pero sobre el embaldosado blanco y negro del bar, había huellas de suelas ensangrentadas.

—¡Otro ariete!

Una viga enorme avanzaba como un monstruo geométrico, llevada por cincuenta hombres paralelos, inclinados hacia delante como sirgadores, con o sin cuello, pero todos con un fusil a la espalda. Atravesó los escombros de la calzada, los cascotes y los trozos de verja, golpeó la puerta como un gong enorme y retrocedió. Aunque estuviera lleno de gritos, de detonaciones y de humo, el cuartel vibró detrás de su alta puerta con toda su sonoridad de convento. Tres de los que llevaban la viga cayeron bajo el tiro de los fascistas. Jaime reemplazó a uno de ellos. En el momento en que avanzaba la viga, un sindicalista de gruesas cejas se tomó la cabeza con ambas manos como para taparse los oídos y se lanzó sobre la viga en marcha, brazos de un lado, piernas de otro. La mayoría de los que llevaban el ariete no lo habían visto; y la viga continuó su marcha lenta y pesada, el hombre siempre plegado en dos sobre la madera. Para Jaime, que tenía veintiséis años, el Frente Popular era esa fraternidad en la vida y en la muerte. De las organizaciones obreras, en las cuales ponía tanta más esperanza cuanto que no ponía ninguna en aquellos que desde hacía siglos gobernaban su país, conocía sobre todo a esos «militantes de base» anónimos y puestos en todas las salsas, que eran la devoción misma de España; en pleno sol y bajo las balas de los falangistas, empujando esa enorme viga que llevaba hacia los batientes de la puerta su compañero muerto, combatía con toda la plenitud de su corazón. El ariete sonó de nuevo contra la puerta, ante la cual cayó el muerto; sus dos vecinos, uno de los cuales era Ramón, lo tomaron para alzarlo. El madero retrocedió, lentamente. Todavía cayeron cinco hombres. Por donde había pasado el ariete, entre dos líneas de heridos y de muertos, había un camino blanco y vacío. La mañana de julio avanzaba y los rostros estaban laqueados de sudor. Bajo los grandes golpes sordos del cañón y del ariete que ritmaban todos los sonidos del ataque, en las calles bajas, al pie de las escaleras de acceso al cuartel, un alboroto de empleados, obreros, pequeño burgueses, fusil en mano atado por una cuerda (el Gobierno había distribuido los fusiles pero no las correas), las cartucheras colgando en medio del pecho por correas demasiado cortas, esperaban el ataque con los ojos fijos en la puerta.

El ariete se detuvo, el cañón dejó de tirar, las cabezas sin sombrero y los tricornios se inclinaron hacia atrás; hasta los mismos fascistas no tiraron. Se escuchaba la vibración profunda de un motor de avión.

—¿Qué es?

Los ojos se volvieron hacia Jaime. Los camaradas de su milicia socialista sabían que ese gran piel roja con mechones negros era ingeniero en la fábrica Hispano. El aparato era uno de esos viejos Bréguet del ejército español, pero los fascistas estaban en el ejército también. Bajó describiendo una gran curva por encima del espeso silencio de la multitud: dos bombas estallaron en el patio del cuartel y gran cantidad de folletos, antes de caer, volaron largo rato en el cielo de verano por encima de las aclamaciones.

Desde las calles de abajo la multitud se lanzó al asalto a través de las escaleras. El ariete golpeó una vez más la puerta, contra un tiroteo desesperado; en el instante en que retrocedía, de una de las ventanas de la fachada brotó una sábana: habían hecho en la punta un enorme nudo para poder lanzarla. El ariete no la vio, prosiguió su impulso y hundió de golpe la puerta que los fascistas acababan de abrir.

El patio interior estaba absolutamente vacío.

Más allá de ese vacío detrás de las ventanas y las puertas cerradas del patio, comenzaban los prisioneros.

.

Al principio salieron los soldados, blandiendo sus carnets sindicales, muchos con el torso desnudo. Uno de los primeros tambaleaba, mientras la multitud lo acosaba a preguntas, se puso de cuatro patas y bebió en el arroyo. Después vinieron los oficiales, los brazos en alto. Unos indiferentes o esforzándose en parecerlo, otros escondiendo la cara en el fondo de una gorra, otro sonriendo, como si todo aquello no fuera más que una broma; éste no alzaba las manos sino a la altura de los hombros, y de tal modo parecía avanzar hacia los milicianos con el propósito de abrazarlos.

Por encima de ellos, el último postigo de una de las ventanas centrales, destrozado por el cañón, saltó. Por el marco de la ventana, sobre el balcón cuya mitad faltaba, se precipitó un muchacho que reía a carcajadas, con tres fusiles sobre la espalda, dos en la mano izquierda tomados por el caño como perros por una traílla. Los tiró a la calle gritando: ¡Salud!

Las mujeres de los soldados, los milicianos del ariete, los guardias civiles se precipitaron. Las mujeres corrían dando gritos por los corredores monacales del cuartel, extrañamente silencioso desde que el cañón no tiraba más. Jaime y sus compañeros, fusil al hombro, llegaron al primer piso. Otros milicianos habían entrado por alguna brecha: escoltados por alegres civiles de cuello postizo, con las cartucheras alrededor de sus chaquetas de empleados y que los apuntaban con los fusiles, avanzaban los oficiales.

La brecha era sin duda ancha, porque cada vez había más milicianos. Llegado de afuera, el ¡hurra! de una multitud enorme sacudía las paredes. Jaime miró por la ventana: un millar de brazos desnudos con el puño cerrado brotaba de la multitud en mangas de camisa, de golpe, como en un gimnasio. Comenzaban a distribuirse las armas tomadas.

La pared, delante de la cual se amontonaban los fusiles modernos y los sables de teatro, ocultaba a la calle un gran patio que veía Jaime. Al fondo de este patio una tienda de bicicletas. Mientras los milicianos peleaban, el negocio había sido saqueado y el patio estaba cubierto de grandes pedazos de papel de embalaje, de manubrios y ruedas. Jaime pensaba en el sindicalista doblado sobre el ariete.

En la primera sala, estaba sentado un oficial, la cabeza apoyada en una mano por encima de su sangre que aún corría sobre la mesa. Otros dos estaban en el suelo, con un revólver cerca de las manos.

En la segunda sala, bastante oscura, había soldados acostados; aullaban ¡Salud!, ¡Ea!, ¡Salud!, pero no se movían: estaban atados. Eran aquellos que los fascistas sospechaban que eran fieles a la República o de tener simpatía por los movimientos obreros. De júbilo, golpeaban el suelo con el tacón a pesar de las cuerdas. Jaime y los milicianos los abrazaban, a la española, mientras los iban desatando.

—Abajo hay más compañeros —dijo uno de ellos.

Jaime y sus compañeros bajaron corriendo por una escalera interior hasta un cuarto todavía más oscuro, se precipitaron sobre los camaradas amarrados abrazándolos también: éstos habían sido fusilados la víspera.

.

4

21 de julio

—¡Buenas tardes! —dijo Shade a un gato negro que lo miraba con desconfianza. Dejó su mesa del café La Granja, le tendió la mano: el gato escapó en medio de la multitud y de la noche—. Los gatos son también libres después de la revolución, pero yo continúo asqueándolos: yo soy siempre un oprimido.
—Vuelve a sentarte, pánfilo —dijo López—. Los gatos son mamarrachos inamistosos, y quizá fascistas. Los perros y los caballos son imbéciles: nada puedes obtener de ellos en materia de escultura. El único animal amigo del hombre es el águila de los Pirineos. De muchacho yo tenía un águila de los Pirineos; es un animal que sólo se alimenta de serpientes. Las serpientes son caras, y como no podía afanarlas en el jardín zoológico, compraba carne barata, la cortaba en tiras. Las agitaba delante del águila, y el águila, de puro amable, simulaba engañarse y las comía glotonamente.

Habla Radio Barcelona —dijo el altavoz—. Los cañones tomados por el pueblo apuntan a la Capitanía donde se han refugiado los jefes rebeldes.

A la vez que miraba la calle de Alcalá y tomaba notas para su artículo del día siguiente, Shade observaba que el escultor, con su nariz borbónica, a pesar de su belfo y de su penacho, se parecía a Washington; pero sobre todo a un loro. Tanto más cuanto que López, en ese momento, agitaba los brazos.

—¡A escena, adentro!, —gritaba—. ¡Se filma!

En plena luz de las lámparas eléctricas, Madrid, vestida con todos los disfraces de la revolución, era un inmenso estudio nocturno.

Pero López se tranquilizó: milicianos venían a darle la mano. Para los artistas que frecuentaban La Granja, era menos popular por haber tirado como en el siglo XV con el cañón de la Montaña, la víspera, y aún por su talento, que por haberle contestado no hacía mucho al agregado de embajada que le pedía que esculpiera el busto de la duquesa de Alba: «Sólo si posa como el hi-po-pó-ta-mo». Lo más seriamente del mundo: siempre metido en el Jardín Zoológico, conociendo los animales mejor que San Francisco, afirmaba que el hipopótamo acudía cuando le silbaban, se quedaba absolutamente quieto, y se iba cuando no lo necesitaban ya. La imprudente duquesa se había escapado de una buena: López esculpía en diorita, y el modelo, después de oírlo durante horas golpear como un herrador, veía su busto «adelantar» siete milímetros.

Pasaron soldados en mangas de camisa lanzando vivas y seguidos de niños… Eran las tropas que habían abandonado a los oficiales rebeldes de Alcalá de Henares para pasarse al pueblo.

—Mira todos los chiquillos que pasan —dijo Shade—, están enloquecidos de orgullo. Hay algo que me gusta aquí: los hombres son como los chiquillos. Lo que me gusta se parece siempre a los chiquillos, de cerca o de lejos. Miras a un hombre, ves al niño en él, por azar, estás conquistado. Tratándose de una mujer, naturalmente estás perdido. Míralos: todos sacan a luz el niño que por lo común ocultan: aquí, los milicianos hacen orgías con lo que fuere, y otros mueren en la Sierra, y es la misma cosa. En América se figuran la revolución como una explosión de cólera. Lo que aquí domina en todo momento es el buen humor.
—No sólo el buen humor.

López no era sutil sino cuando hablaba de arte. No encontró las palabras que buscaba y se limitó a decir:

—Oye.

Los automóviles pasaban a toda velocidad, en uno y otro sentido, cubiertos con las enormes iniciales blancas de los sindicatos, o con la U. H. P. (Unión de Hermanos Proletarios); sus ocupantes se saludaban con el puño, gritando: ¡Salud!, y toda esa multitud triunfante parecía unida por aquel grito como por un coro constante y fraterno. Shade cerró los ojos.

—Todo hombre necesita encontrar un día su lirismo —dijo.
—Guernico dice que la fuerza más grande de la revolución es la esperanza.
—García dice eso también. Todo el mundo lo dice. Pero Guernico me aburre: los cristianos me aburren. Adelante.

Shade se parecía a un cura bretón; según López, ésa era la causa fundamental de su anticlericalismo.

—A pesar de todo, es verdad, idiota. Piensa ¿qué vengo yo buscando desde hace quince años? El renacimiento del arte. Bueno. Aquí todo está pronto. Los imbéciles pasean su sombra por esa pared de enfrente, y no la miran. Hay un montón de pintores, crecen en medio de los adoquines; la semana pasada descubrí uno en los altos de El Escorial: dormía. Hay que darles paredes. Cuando se necesita una pared, se la encuentra siempre, sucia, ocre o color tierra de Siena. La limpias hasta dejarla blanca, y se la das a un pintor.

Shade, fumando su pipa con un gesto de sachem, escuchaba atentamente: sabía que López, ahora, hablaba con seriedad. El loco imita al artista, y el artista se parece al loco. Shade desconfiaba de las teorías artísticas que amenazan toda revolución, pero conocía la obra de los grandes artistas mexicanos, y los grandes frescos salvajes de López, erizados de garras y de cuernos españoles, eran sin duda un lenguaje del hombre en lucha.

Dos ómnibus cargados de milicianos, erizados de fusiles, iban a Toledo. Allí la rebelión no estaba sofocada.

—Les damos paredes a los pintores, viejo, paredes desnudas, ¡adelante con el dibujo, con la pintura! Aquellos que pasen delante necesitan que les habléis. No es posible hacer un arte que hable a las masas cuando no se tiene nada que decirles, pero nosotros luchamos juntos, queremos hacer juntos otra vida y tenemos muchísimas cosas que decirnos. Las catedrales luchaban con todos para todos contra el demonio, que por lo demás tiene la cara de Franco…
—Las catedrales me hartan. Hay más fraternidad aquí, en la calle, que en cualquier catedral del otro lado. Continúa.
—El arte no es un problema de temas. No hay un gran arte revolucionario. ¿Por qué? Porque se discute todo el tiempo sobre directivas en vez de hablar sobre función. Hay que decir a los artistas: ¿necesitáis hablar a los combatientes? (A algo preciso, no a una abstracción como las masas). ¿No? Bueno, haced otra cosa. ¿Sí? Bueno, ahí está la pared. La pared, hombre, y eso es todo. Dos mil individuos van a pasar por delante cada día. Los conocéis. Queréis hablarles. Ahora, arregláoslas. Tenéis libertad y necesidad de serviros de ellos. Muy bien. No crearemos obras de arte, eso no se hace por encargo, pero crearemos un estilo.

Los palacios españoles de los bancos y de las compañías de seguros, arriba, en la sombra y un poco más abajo toda la pompa colonial de los ministerios armonizaban en el tiempo y en la noche con los coches fúnebres extravagantes, las arañas de los clubs, las girándulas y los estandartes de las galeras colgados en el patio del Ministerio de Marina, inmóviles en esa noche sofocante.

Un anciano dejó el café; había escuchado al pasar y posó la mano en el hombro de López.

—Haré un cuadro con un viejo que se va y un idiota que se lava. El idiota que se lava, deportista, cretino, agitado, es un fascista…

López levantó la cabeza; el que hablaba era un buen pintor español. Pensaba manifiestamente: o un comunista.

—… un fascista, sí. Y el viejo que se va, es la vieja España. Mi querido López, adiós.

Salió, cojeando, en la aclamación inmensa que llenaba la noche: los guardias de asalto que habían vencido a los rebeldes de Alcalá volvían a Madrid. De las mesas, de las aceras, todos los puños en alto se levantaban en la noche. Los guardias pasaban, ellos también, con el puño en alto.

—No es posible —replicó López desatado— que de personas que necesitan hablar y de personas que necesitan oír no nazca un estilo. Que les dejen solos, que les den aerógrafos y pistolas de pintar y todo el resto de la técnica moderna, y más tarde la cerámica, ¡ya verás!
—Lo bueno que tiene tu proyecto —dijo Shade pensativo, y tirando las puntas de su chalina— es que tú eres un idiota. Sólo me gustan los idiotas. Lo que antes se llamaba la inocencia. Todas las personas son demasiado sabiondas, y no saben qué hacer. Todos esos individuos son idiotas como nosotros…

Bajo el chirrido de los cambios de velocidad, las voces llenaban la calle, con un pisoteo atravesado por los compases de la Internacional. Una mujer pasó delante del café, con una maquinita de coser en los brazos, apretada sobre su pecho como un animal enfermo.

Shade permanecía inmóvil, la mano en la cazoleta de la pipa. Echó solamente hacia atrás, de un papirotazo, un sombrerito blando con los bordes levantados. Un oficial, con la estrella de cobre sobre su chaqueta azul, estrechó al pasar la mano de López.

—¿Cómo anda todo en la Sierra? —le preguntó éste.
—No pasarán. Continuamente llegan milicianos.
—Perfectamente —dijo López mientras el oficial continuaba su marcha—. Y un día habrá ese estilo en toda España, como ha habido catedrales en Europa y como hay en todo México el estilo de los muralistas revolucionarios.
—Sí. Pero siempre que te comprometas a dejarme en paz con tus catedrales.

Los autos de la ciudad, requisados y lanzados a toda velocidad al servicio de la guerra o del sueño, se cruzaban en medio de gritos fraternales. Las fotos tomadas en la montaña por los operadores de los antiguos periódicos fascistas, nacionalizados, circulaban desde la mañana en la terraza y los milicianos se reconocían en ellas. Shade se preguntaba si iba a consagrar su artículo, aquella noche, al proyecto de López, al proyecto de La Granja, o a la esperanza que llenaba la calle. A todo, quizá. (Detrás de él, una de sus compatriotas hacía grandes ademanes, con una bandera norteamericana de cuarenta centímetros sobre el pecho; acabó por enterarse de que era sordomuda). ¿Nacería un estilo de esas paredes dispersas, de esos hombres que pasarían delante, iguales a los que pasaban delante de él en ese segundo, agitados en esa verbena de libertad? Tenían en común con sus pintores esa comunión subterránea que había sido, en efecto la cristiandad, y que era la revolución; habían elegido la misma manera de vivir, y la misma manera de morir. Y sin embargo…

—¿Es un proyecto irrealizable, o algo que debe ser organizado por ti, o por la Asociación de los artistas revolucionarios, o por el ministerio, o por la sociedad de las águilas y de los hipopótamos, o qué? —preguntó Shade.

Pasaban personas con fardos de ropa blanca, sábanas dobladas dignamente, apretadas bajo el brazo como cartapacios de abogados; un pequeño burgués, con un edredón muy rojo a la luz del café, que apretaba sobre el pecho, como la mujer que había llegado antes llevaba su máquina de coser; otros con sillones patas arriba sobre la cabeza.

—Ya veremos —respondía López—. Ahora no por mí, en todo caso: mi milicia parte para la Sierra. ¡Pero puedes estar tranquilo!

Shade, soplando, disipó el humo de su pipa:

—Mira, amigo López, si supieras hasta qué punto estoy harto de los hombres.
—No es éste el mejor momento…
—No olvides que he estado en Burgos antes de ayer. ¡Y era lo mismo, por desgracia! Era lo mismo… Los pobres idiotas fraternizaban con las tropas…
—Oye, zopenco: aquí son las tropas las que fraternizan con los pobres idiotas.
—Y en los grandes hoteles, las condesas beben con los campesinos monárquicos, con la boina en la cabeza y la manta sobre los hombros…
—Y los campesinos se hacen matar por las condesas que no se hacen matar por los campesinos; por lo demás, se necesita orden.
—Y escupían cuando oían palabras como República o Sindicato, pobres idiotas… He visto a un sacerdote con un fusil; creía que defendía su fe; y en otro barrio, a un ciego. Tenía una venda sobre los ojos. Y en la venda habían escrito con tinta violeta: «Viva Cristo Rey». Creo que ése también se creía voluntario…
—¡Y era ciego!

Una vez más, como siempre que los altavoces gritaban: Atención, con sus voces de ventrílocuos, se hizo silencio en torno de ellos: Aquí Radio Barcelona. Ahora podréis oír al general Goded.

Todos sabían que Goded era el jefe de los fascistas de Barcelona, y que dirigía militarmente la rebelión. El silencio pareció extenderse hasta los límites de Madrid.

Habla —dijo una voz fatigada, indiferente y no sin dignidad— el general Goded.

Me dirijo al pueblo español para declarar que be tenido la suerte en contra y que estoy prisionero. Lo digo para que todos aquellos que no quieren continuar la lucha se sientan desligados de todo compromiso conmigo.

Era la declaración de Companys vencido, en 1934. Una inmensa aclamación se desplegó sobre la ciudad nocturna.

—Esto refuerza lo que iba a decir —continuó López, que vació su copa de coñac en señal de alegría—. Cuando hice los bajorrelieves que tú llamas mis trastos escitas, no tenía piedra. La buena cuesta bastante cara; los cementerios están llenos; allí no hay más que piedra. Entonces, desvalijaba los cementerios por la noche. Todas mis esculturas de esa época han sido esculpidas en pesares eternos; es así cómo abandoné la diorita. Ahora vamos a pasar a una escala mayor: España es un cementerio lleno de piedras, vamos a esculpir en grande, ¿me oyes, retardado?

Hombres y mujeres llevaban fardos envueltos en lustrina negra; una vieja acarreaba un reloj de péndulo; un niño, una maleta; otro, un par de zapatos. Todos cantaban. Algunos pasos atrás, un hombre tiraba de un coche cargado con toda una casa de compra y venta, y cantaba sin seguir el compás. Un muchacho, agitado, que movía los brazos como aspas de molino, lo detuvo para retratarlo. Era un periodista: llevaba una máquina fotográfica de magnesio.

—¿Qué significan todas esas mudanzas? —preguntó Shade bajándose el sombrerito sobre la frente—. ¿Temen que los bombardeen?

López alzó los ojos. Por primera vez miraba a Shade sin afectación, ni frenesí.

—¿No sabes que hay muchos montepíos en España? Esta tarde el Gobierno ha dado orden de abrirlos y de devolver todos los objetos empeñados, sin pagar la póliza. Toda la miseria de Madrid ha venido, no atropellándose en modo alguno, sino con bastante lentitud. (No debían creer que era cierto). Han salido con sus edredones, sus cadenas de reloj, sus máquinas de coser… Es la noche de los pobres.

Shade tenía cincuenta años. De vuelta de muchos viajes (entre otros, de la miseria americana, después de la enfermedad, larga, mortal, de una mujer que había amado), sólo asignaba importancia a lo que llamaba idiotez o animalidad, es decir, a la vida fundamental: dolor, amor, humillación, inocencia. Grupos bajaban por la avenida con sus carritos erizados de patas de sillas, seguidos por transeúntes con relojes de péndulo; y la idea de todos los montepíos de Madrid abiertos en la noche a la pobreza por una vez salvada, la idea de esa multitud dispersa que volvía a los barrios pobres con sus prendas reconquistadas, fue lo primero que hizo comprender a Shade lo que podía significar para los hombres la palabra revolución.

Contra los automóviles fascistas lanzados a través de las calles oscuras con sus ametralladoras, corrían los automóviles requisados; y, por encima de ellos, el salud obsesivo abandonado, vuelto a pronunciar acompasado, perdido, unía la noche y los hombres en una fraternidad de armisticio, más dura a causa del próximo combate: los fascistas llegaban a la Sierra.

(Continuará…)

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