La esperanza (II)

André Malraux

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En medio de la frescura del riego matutino, rayaba el alba sobre Barcelona, en pleno verano. En la angosta taberna que había permanecido abierta toda la noche ante la inmensa avenida vacía, Sils, llamado el Negus, de la Federación Anarquista Ibérica y del Sindicato de los Transportes, distribuía revólveres a sus compañeros.

Las tropas rebeldes llegaban a la periferia. Todos hablaban.

—¿Qué van a hacer las tropas aquí?
—Cagarnos a tiros, puedes estar seguro.
—Ayer los oficiales juraron fidelidad a Companys.
—La radio te responde.

La pequeña estación de radio, en el fondo del estrecho salón, ahora repetía cada cinco minutos: Las tropas sublevadas bajan hacia el centro.

—¿El Gobierno distribuye armas?
—No.
—Ayer, dos compañeros de la F. A. I. que se paseaban con fusiles fueron arrestados. Hubo que acudir a Durruti y a Oliver para que los soltaran.
—¿Qué dicen en La Tranquilidad? ¿Les darán los fusiles, sí o no?
—Creo que no.
—¿Y los revólveres?

El Negus continuaba pasando los suyos.

—Han sido puestos servicialmente a disposición de los compañeros anarquistas por los señores oficiales fascistas. Mi barba inspira confianza.

Con dos amigos y algunos cómplices había desvalijado por la noche las cámaras de oficiales de dos barcos de guerra. Conservaba el mono azul de mecánico que se había puesto para entrar en el barco.

—Ahora —dijo, tendiendo el último revólver— juntemos nuestros céntimos. En la primera armería abierta hay que comprar balas. Veinticinco cada uno, eso tenemos, no es bastante.

Las tropas sublevadas bajan hacia el centro…

—Las armerías no abrirán hoy, es domingo.
—Nada de historias: las abriremos nosotros. Cada cual irá a buscar a sus compinches y los traerá con nosotros.

Quedan seis. Los otros se van.

Las tropas sublevadas…

El Negus manda. No a causa de sus funciones en el sindicato, sino porque una noche, cuando la compañía de tranvías de Barcelona, después de una huelga, echó a cuatrocientos obreros, el Negus, ayudado por una docena de compañeros, pegó fuego a los tranvías que estaban en depósito en la colina del Tibidabo, y los lanzó en llamas, soltados los frenos, en medio de las bocinas espantadas de los automóviles hasta el centro de Barcelona. Acto continuo, el sabotaje menos importante que dirigió duró dos años.

Salieron en el amanecer azulado y cada cual se preguntaba qué podría depararles la próxima aurora. En cada esquina llegaban grupos, traídos por los que habían dejado primero la taberna. Cuando llegaron a la Diagonal, las tropas salieron a la luz del día que empezaba.

El martilleo de los pasos se detuvo, una salva recorrió el bulevar: por la avenida más grande de Barcelona en línea recta, precedidos por sus oficiales, los soldados del cuartel de Pedralbes miraban hacia el centro de la ciudad.

Los anarquistas se pusieron al abrigo en la primera calle perpendicular; el Negus y otros dos se volvieron.

No veían a esos oficiales por primera vez. Eran los mismos que habían detenido a los treinta mil presos en Asturias, los mismos que en 1933 habían permitido el sabotaje de la rebelión agrícola, gracias a los cuales la confiscación de los bienes de la orden de los jesuitas ordenada por sexta vez desde hacía un siglo, había sido por sexta vez letra muerta. Los mismos que habían echado a los padres del Negus. La ley catalana echa a los arrendatarios viñadores cuando sus viñedos no se cultivan: a causa de la filoxera, todos los viñedos enfermos considerados sin cultivar, y echados de los viñedos los viñateros que los habían plantado, que los cultivaban desde hacía veinte o cincuenta años. A quienes los reemplazaban, como no tenían ya ningún derecho sobre el viñedo, se les pagaba menos. Los habían echado, quizá esos mismos oficiales fascistas…

Avanzaban en medio de la calzada, encuadrando las tropas, precedidos en las aceras por patrullas de protección; en cada esquina, las patrullas antes de pasar tiraban a lo lejos. Los focos eléctricos no estaban todavía apagados; los anuncios de neón brillaban con un brillo más profundo que el de la madrugada. El Negus se volvió hacia sus compañeros.

—Nos han visto, seguramente. Tenemos que dar la vuelta y caerles encima desde más arriba.

Corrieron sin ruido: casi todos andaban en alpargatas. Se emboscaron bajo las puertas de una calle perpendicular a la Diagonal: barrio rico, hermosas puertas profundas. Los árboles del bulevar estaban llenos de pájaros. Cada cual veía enfrente, del otro lado de la calle, a un camarada inmóvil, con el brazo extendido y un revólver en la mano.

La calle vacía se llenó poco a poco con el ruido regular de los pasos. Cayó un anarquista: acababan de tirarle desde una ventana. ¿Desde cuál? La tropa estaba a cincuenta metros. ¡Qué bien debían de ver, desde las ventanas, todos los portales de la acera opuesta! Inmóviles bajo los portales de la calle vacía que se llenaba con las pisadas regulares de la tropa, los anarquistas esperaban que los derribaran como en el tiro de un parque de diversiones.

Salva de la patrulla. Las balas pasaron como un vuelo de langostas; la patrulla continuó. Desde que el grueso de la tropa pasó delante de la calle, tiros de revólver salieron de todas las puertas.

Los anarquistas no tiran mal.

¡Adelante!, gritaron los oficiales; no contra esta calle, sino contra el centro de la ciudad: cada cosa a su tiempo. Entre los ornamentos de la entrada monumental que lo protegía, el Negus sólo veía a los soldados de la cintura a los pies. Ni un arma: todos los fusiles, apuntando, tiraban al paso; pero bajo los faldones de las chaquetas corrían muchos pantalones de civiles: los militantes fascistas estaban allí.

Desfilaron las patrullas de retaguardia, decreció el ruido de los pasos.

El Negus reunió a sus compañeros, cambió de calle, se detuvo. Lo que hacían era ineficaz. El combate serio ocurriría en el centro, en la plaza de Cataluña, sin duda. Habría que tomar las tropas de revés. Pero ¿cómo?

En la primera plaza, la tropa había dejado un destacamento. Un poco imprudente, quizá… Poseía un fusil ametrallador.

Un obrero pasó corriendo, revólver en mano.

—¡Arman al pueblo!
—¿A nosotros también? —preguntó el Negus.
—¡Te digo que arman al pueblo!
—¿A los anarquistas también?

El otro no se volvió.

El Negus buscó un café, llamó por teléfono al diario anarquista. Armaban al pueblo, en efecto: pero los anarquistas, hasta ahora, habían recibido sesenta revólveres. ¡Tanto daba buscarlos uno mismo en los barcos de guerra!

La sirena de una fábrica aulló en la mañana. Como los días en que sólo se deciden pequeños destinos. Como los días en que el Negus y sus compañeros las oían y se apresuraban delante de largas paredes grises y amarillas, paredes sin fin. En la misma alborada, con las mismas luces eléctricas aún encendidas y que parecían colgadas del trole del tranvía. Una segunda sirena. Diez, veinte…

Cien.

Todo el grupo permaneció en medio de una calzada, cataléptico. Hasta entonces ninguno de los compañeros del Negus había oído más de cinco sirenas a la vez. Como las ciudades amenazadas de España se estremecían en otros tiempos bajo las campanas de todas sus iglesias, el proletariado de Barcelona respondía a las salvas con el rebato anhelante de las sirenas de las fábricas.

—Puig está en la plaza de Cataluña —gritó un tipo que corría hacia el centro, seguido de otros dos. Éstos tenían fusiles.
—Yo aún lo creía en el hospital —dijo un compañero del Negus.

Todas esas sirenas, lanzadas juntas, perdían su lúgubre sonido de barcos que zarpan y hacían pensar en las maniobras de una flota que se amotina.

—De la distribución de las armas nos vamos a ocupar nosotros mismos —dijo el Negus mirando el destacamento y el fusil ametrallador.

Sonreía rabiosamente; entre los bigotes y la barba negra, sus dientes avanzaban un poco. De todas las fábricas ocupadas, el aullido alternativamente largo y precipitado de las sirenas llenaba las casas, las calles, el aire y todo el golfo hasta las montañas.

.

Las tropas del cuartel del Parque —como todas las otras— bajaban hacia el centro. Puig, con jersey negro, ocupaba una plaza con trescientos hombres; era el más bajo y el más ancho. Todos no eran anarquistas: más de cien habían recibido fusiles distribuidos por el Gobierno. Los que no sabían tirar se hacían explicar el manejo del fusil. «La propiedad no tiene nada que hacer aquí», decía Puig que distribuía los fusiles entre los mejores tiradores, con la aprobación general.

Los soldados llegaban por la avenida más grande; Puig dividió a sus hombres entre todas las calles opuestas. El Negus acababa de llegar con sus compañeros y el fusil ametrallador, pero sólo el Negus sabía manejar un fusil ametrallador. Nada se oía, ni la carrera de los milicianos calzados de alpargatas ni los tranvías —ni siquiera el paso de los soldados, todavía demasiado lejos—. Desde que las sirenas habían callado, un silencio como en acecho pesaba sobre Barcelona.

Los soldados avanzaban, el fusil preparado, bajo los inmensos carteles de publicidad de un hotel y de una perfumería. ¿Es que ya esta propaganda es del pasado?, pensaba Puig. Todos los anarquistas apuntaban.

La primera fila de soldados —en pantalones de civil— tiró contra una de las calles, se desplegó bajo un vuelo de palomas claras de las cuales muchas cayeron. La segunda fila tiró sobre otra calle, se desplegó. Los hombres de Puig desde su abrigo tiraban también, no sobre la franja de una calle, como lo habían hecho los del Negus, sino en fuego convergente; y la plaza no era grande. La primera fila fue a paso de carrera, llegó hasta el fusil ametrallador del Negus y, como una ola que cae abandonando sus guijarros, refluyó hacia la avenida en ráfagas rabiosas, dejando un festón de cuerpos extendidos o apelotonados.

En las ventanas de un hotel, hombres en mangas de camisa aplaudieron (¿a los civiles o a los soldados?): deportistas extranjeros venidos para las Olimpiadas. La sirena de una fábrica repitió su llamada de barco.

Los obreros se lanzaron en persecución de los soldados.

—¡A sus puestos!, —aullaba Puig, agitando sus cortos brazos. No lo oían.

En menos de un minuto una tercera parte de los perseguidores había caído: ahora que los soldados estaban abrigados bajo los portales de la avenida, los obreros se encontraban en la situación de las tropas cinco minutos antes. En el fondo de la plaza, cadáveres y heridos caquis; delante, cadáveres y heridos oscuros o azules; entre ambos, palomas muertas; por encima de todos, veinte sirenas empezaban a aullar de nuevo en el sol de las vacaciones.

Puig y sus hombres, cada vez más numerosos a pesar de los heridos de la plaza, acosaban a las tropas en medio del ruido entrecortado del tiroteo y de las sirenas declinantes. Los soldados se batían en retirada a paso ligero: de otro modo, los combatientes del Frente Popular los rodearían por las calles paralelas a la avenida y los aguardarían al abrigo de una barricada.

Las puertas del cuartel se cerraron con ruido de hierros.

—¿Puig?
—Soy yo. ¿Qué pasa?

Sin cesar llegaban nuevos combatientes. Como los guardias civiles y los guardias de asalto luchaban en el centro y los comunistas eran poco numerosos en Barcelona, los jefes anarquistas resultaban de oficio jefes de combate. Puig era relativamente poco conocido: no escribía en Solidaridad Obrera. Pero se sabía que había organizado la ayuda a los niños de Zaragoza y por eso, los que no eran anarquistas preferían entendérselas con él que con los jefes de la F. A. I. (En la primavera de 1934, durante cinco semanas, los obreros de Zaragoza, dirigidos por Durruti, habían mantenido la huelga más grande que España hubiera conocido. Rechazando toda subvención, habían pedido solamente a la Solidaridad que el proletariado se ocupara de sus hijos; más de cien mil hombres habían aportado a la Solidaridad víveres y fondos, inmediatamente distribuidos por Puig, y una columna de camiones improvisada por él había llevado a Barcelona a los hijos de los obreros de Zaragoza). Pero, por otro lado, como los anarquistas no abonaban cotizaciones, Puig, como Durruti, como todo el grupo de Solidarios, habían en otra época atacado y tomado, para ayudar a los huelguistas y a la Librería anarquista, los camiones que transportaban el oro del Banco de España. A todos los que conocían su biografía novelesca, los sorprendía ese hombrecito fornido de nariz aguileña, de mirada irónica y que, desde aquella mañana, no dejaba de sonreír. Sólo se parecía a su biografía por el jersey negro hasta el cuello.

Dejó allí un tercio de sus hombres, cada vez más numerosos, que comenzaron a levantar barricadas, y el fusil ametrallador. Uno de los nuevos sabía usarlo. Llegaban muchos soldados pasados al pueblo, todos en mangas de camisa por temor de que los confundieran; pero habían conservado sus cascos. Los oficiales fascistas les habían dado por la mañana dos copas de ron y les habían dicho que iban a reprimir una conspiración comunista.

Puig fue con los demás a la plaza de Cataluña. Se trataba de aplastar a los rebeldes del centro de la ciudad y de volver después a los cuarteles.

.

Llegaron por la Rambla de Cataluña. Frente a ellos el hotel Colón dominaba la plaza con su torre en forma de piña y sus ametralladoras. Las tropas del cuartel de Pedralbes, aisladas, ocupaban los tres principales edificios: al fondo, el hotel, a la derecha, la Central Telefónica, a la izquierda, el Eldorado. Los hombros de la tropa no se batían, pero las ametralladoras permitían a los oficiales, a los fascistas disfrazados hasta medio cuerpo y a los que se habían «convertido en soldados» desde hacía quince días, dominar la situación.

Una treintena de obreros se lanzaron a través de la elevada plazoleta central, tratando de aprovechar los árboles que la rodean. Las ametralladoras empezaron el fuego. Los hombres caían uno tras otro. La sombra de las palomas que volaban en redondo, bastante alto sin alejarse, pasaba sobre los cuerpos extendidos, y sobre un hombre que vacilaba aún, con un fusil por encima de la cabeza, en el extremo del brazo.

Alrededor de Puig había ahora insignias de todos los partidos de izquierda. Miles de hombres estaban allí.

Por primera vez, liberales, hombres de la U. G. T. y de la C. N. T., anarquistas, republicanos, sindicalistas, socialistas, corrían juntos hacia las ametralladoras enemigas. Por primera vez los anarquistas habían votado para obtener la libertad de los presos de Asturias. Era de las sangres asturianas mezcladas que surgía la unidad de Barcelona y la esperanza que tenía Puig de ver mantenerse esa oriflama roja y negra por fin desplegada, y que hasta entonces sólo había sido una bandera secreta.

—¡Los del Parque han vuelto a su cuartel! —gritó un barbudo que llevaba un gallo bajo el brazo.
—Goded acaba de llegar de las Baleares —gritó otro.

Goded era uno de los mejores generales fascistas.

Pasó su automóvil, con una U. H. P. pintada con albayalde en el capó. «Nuestra propaganda», se dijo Puig que pensaba en los carteles de la placita.

Otros agresores trataban de deslizarse rasando las paredes, de aprovechar las marquesinas, los balcones, siempre expuestos al fuego de por lo menos dos nidos de ametralladoras. Con la garganta ardiendo y seca como si hubiese fumado tres paquetes de cigarrillos, Puig los miraba caer uno tras otro.

Avanzaban porque está dentro de la tradición de la insurrección avanzar contra el enemigo; detenidos delante del hotel, allí, en esa acera atestada de mesas redondas de café, hubieran sido fusilados a plena luz. El heroísmo que no es más que imitación del heroísmo no conduce a nada. A Puig le gustaban los hombres duros y amaba a esos hombres que caían. Y estaba aterrado. Batirse contra algunos guardias civiles para apoderarse del oro del Estado no era tomar el hotel Colón, pero su modesta experiencia le bastaba para comprender que los asaltantes no tenían coordinación ni objetivos determinados.

Sobre el asfalto del muy ancho bulevar que rodea la plazoleta, las balas saltaban como insectos. ¡Cuántas ventanas! Puig contó las del hotel: más de cien y le pareció que había ametralladoras en las O de la enorme insignia del techo: cOlOn.

—¿Puig?
—¿Qué?

Respondía casi con hostilidad a ese calvo de bigotitos grises: iban a pedirle órdenes, y lo que había en él de más serio se negaba a darlas.

—¿Vamos?
—Espera.

Pequeños grupos trataban siempre de avanzar en la plaza. Puig había dicho a sus hombres que aguardaran; los hombres le tenían confianza: aguardaban. ¿Qué?

Una nueva ola —empleados con cuellos postizos y hasta con sombreros— salió corriendo de la calle de las Cortes, y se derrumbó en el rincón del paseo de Gracia, despedazada por las ametralladoras de la torre del Colón y las del Eldorado.

Hacía buen tiempo sobre los cuerpos caídos y sobre la sangre.

Puig oyó el primer cañonazo.

Si los cañones eran de los obreros, el hotel estaba tomado; pero si las tropas bajaban de los cuarteles hacia la plaza, sostenidas por el cañón, la resistencia popular —como en 1933, como en 1934…

Puig corrió a llamar por teléfono: no había más que dos cañones, pero eran de los fascistas.

Reunió a sus hombres, entró en el primer garaje, los amontonó en camiones y partió bajo los árboles de verano de los cuales huían los gorriones.

Los dos cañones, dos 75, estaban en batería en ambos lados de una ancha avenida. La barrían. Delante de ellos, soldados, todos esta vez con pantalones de civil, con sus fusiles y una ametralladora; detrás, soldados más numerosos, un centenar, se diría que sin ametralladora. La avenida terminaba doscientos metros más lejos, cortada por otra a la que se unía en ángulo recto. En medio de una T, un portal; bajo el portal tiraba un cañón del 37.

Puig mandó a un pequeño grupo para que reconociera la protección de los artilleros en las ramas de la T y apostó a sus hombres en una calle perpendicular a la avenida.

Detrás de él, en un aullido jadeante de trompetas y de bocinas, llegaban dos Cadillac barriendo la calle zigzagueando como en un film de gángsters. El primero, conducido por el calvo de los bigotitos, corrió, en medio del fuego convergente de los fusiles y de la ametralladora, bajo los obuses que pasaban demasiado alto. Hundiéndose entre los dos cañones, hizo de lado a los soldados como un quitanieves, y fue a aplastarse contra la pared junto al portal del cañón del 37, al que sin duda apuntaba. Desechos negros en medio de manchas de sangre —una mosca aplastada contra la pared.

El 37 continuaba tirando contra el segundo auto que se lanzaba entre los dos cañones, la bocina aullando, y se hundió bajo el portal a 120 por hora.

El 37 dejó de tirar. Desde todas las calles los obreros miraban el agujero negro del portal, en el silencio sin bocinazos. Esperaban que los del auto reaparecieran. Los del auto no reaparecieron.

De nuevo aullaban las sirenas, como si el sonido vuelto inmenso de las bocinas, todavía en el aire, hubiera llenado a la ciudad entera para los primeros funerales heroicos de la revolución. Un gran círculo de palomas habituadas al alboroto cotidiano daba vueltas por encima de la avenida. Puig envidiaba a los camaradas muertos, y sin embargo tenía ganas de ver los días próximos. Barcelona estaba encinta de todos los sueños de su vida.

—No cabe duda —dijo el Negus—: Es un trabajo respetable, pero no es un trabajo serio.

Volvieron los que Puig había mandado para un reconocimiento.

—Detrás de los cañones, allí, a la derecha, hay más de una docena de individuos.

Sin duda, los fascistas no eran bastante numerosos para vigilar todas las calles en torno a ellos: Barcelona es una ciudad en forma de tablero de ajedrez.

—Toma el mando —dijo Puig al Negus—. Yo voy a tratar de pasar en sentido inverso, viniendo de atrás: acércate con los otros lo más posible a los cañones; echaos encima después de que nosotros hayamos pasado.

Se fue con cinco compañeros.

El Negus y los suyos avanzaron.

Apenas diez minutos. Los soldados enloquecidos se volvieron, los artilleros trataron de dar la vuelta a las piezas: el auto de Puig, habiendo embestido el pequeño cuerpo de guardia, se venía encima de los cañones con el fusil ametrallador entre las dos hojas del parabrisas como un balancín frenético. Puig veía a los cañoneros, a los que sus parapetos no protegían ya, agrandarse como en el cinematógrafo. Una ametralladora fascista tiraba y aumentaba de tamaño. Cuatro agujeros redondos en el triplex. Inclinado hacia delante, exasperado por sus piernas cortas, Puig aplastó el acelerador como si hubiese querido hundir el piso del auto para alcanzar a sus compañeros del otro lado de los cañones. Dos agujeros de más en el triplex, fulgurantes. Un calambre en el pie derecho, las manos crispadas sobre el volante, los cañones de mosquetones que se lanzan sobre el parabrisas, el estruendo del fusil ametrallador en los oídos, las casas y los árboles que se balancean —el vuelo de las palomas cambiando de color al mismo tiempo que de dirección—, la voz del Negus que grita…

Puig sale de su desmayo para encontrar la revolución y los cañones tornados. No había recibido sino un golpe muy fuerte en la nuca cuando el auto se había sacudido. Dos de sus compañeros estaban muertos. El Negus los vendaba.

—Así, así tienes un turbante. ¡Ahora eres un árabe!

Por el otro extremo de la avenida pasaban guardias civiles y guardias de asalto. A los oficiales y a los hombres con pantalones de civil los llevaban a la policía, a los soldados desarmados a un cuartel. Los que se iban conversaban con los obreros de escolta que se habían repartido sus fusiles. Los demás volvieron a la plaza de Cataluña.

Allí la situación no había cambiado, sólo que los cadáveres eran más numerosos. Puig llegaba esta vez por el paseo de Gracia, en un rincón del cual estaba el hotel Colón. Un altavoz gritó: La aviación del Prat se ha unido a los defensores de las libertades populares.

Tanto mejor, pero ¿dónde?

Una vez más, de todas las calles opuestas al hotel salían anarquistas, socialistas, pequeño burgueses de cuello duro, algunos grupos de campesinos: estaba avanzada la mañana, los campesinos empezaban a llegar. Puig detuvo a sus hombres. La ola de asalto barrida por los tres nidos de ametralladoras, dejó su festón de muertos, y refluyó.

Como otro vuelo de palomas, los papeles de una asociación fascista, lanzados por las ventanas, caían lentamente o se posaban en los árboles.

Por primera vez Puig, en vez de estar frente a una tentativa desesperada, como en 1934 —como siempre—, se sentía frente a una posible victoria. A pesar de lo que conocía de Bakunin (y sin duda era el único de todo ese grupo que lo hubiera más o menos leído), la revolución a sus ojos había sido siempre un motín. Frente a un mundo sin esperanza, no esperaba de la anarquía sino rebeliones ejemplares; para él, todo problema político habría pues de resolverse por la audacia y el carácter.

Se acordó de Lenin bailando sobre la nieve el día en que la duración de los soviets sobrepasó en veinticuatro horas la de la Comuna de París. Hoy no se trataba ya de dar ejemplos, sino de vencer; y si sus hombres se iban como los otros, caerían como ellos y no tomarían el hotel.

De los dos bulevares que, a través de la plaza, descienden en V hacia el Colón, y de la calle de las Cortes que pasa delante como una raya, llegaron, exactamente juntos, tres regimientos de la guardia civil. Puig miraba los tricornios de sus viejos enemigos brillar al sol. Por el modo en que avanzaban entre los ¡vivas! estaban con el Gobierno. El silencio de la plaza fue tal que se oyó el vuelo de las palomas.

Los fascistas vacilaban también, estupefactos de ver a la policía al lado del Gobierno. Y no ignoraban que los guardias civiles son tiradores de primera.

El coronel Jiménez subió cojeando los peldaños de la plazoleta y avanzó derecho hacia el hotel. No llevaba armas. Hasta la tercera parte de la plaza, nadie tiró. Después, desde tres lados, las ametralladoras de nuevo hicieron fuego. Puig corrió al primer piso de la casa delante de la cual se encontraba el coronel. De todos sus enemigos, aquellos que más aborrecían los anarquistas eran los guardias civiles. El coronel Jiménez era un católico ferviente. Y he aquí que ahora combatían juntos, en una extraña fraternidad.

Jiménez se había vuelto; levantó su bastón de jefe de la guardia civil y, de tres calles, los hombres con tricornio se lanzaron. Jiménez, cojeando siempre (Puig recordó que sus hombres lo llamaban el Viejo Pato), caminó de nuevo hacia el hotel, solo entre las balas en medio de la plaza inmensa. Los guardias de izquierda avanzaban a lo largo del Central, de donde no podían tirar verticalmente los de derecha, a lo largo del Eldorado. Hubiera sido necesario que los ametralladores del Eldorado tirasen sobre aquellos de la izquierda, pero, delante de los guardias civiles, cada grupo fascista trataba de defenderse en vez de defender a su aliado.

Las ametralladoras del Colón apuntaban alternativamente a derecha e izquierda, no sin trabajo: los guardias no avanzaban en línea sino en profundidad, y utilizaban con precisión el abrigo de los árboles, seguidos por los anarquistas que, ahora, salían de todas las calles; y al mismo tiempo pasaban delante de Puig en un estruendo de botas, los guardias de la calle de las Cortes, a paso de carga, sobre quienes nadie tiraba ya. En medio de la plaza, el coronel avanzaba derecho, siempre cojeando.

Diez minutos después, el hotel Colón estaba tomado.

.

Los guardias civiles ocupaban la plaza de Cataluña. Barcelona nocturna estaba llena de cantos, de gritos y de tiros de fusil.

Civiles armados, burgueses, obreros, soldados, guardias de asalto pasaban en la luz de la cervecería; instalados en todas las mesas, los guardias bebían.

El coronel Jiménez bebía también en un saloncito del primer piso transformado en puesto de comando. Controlaba todo el barrio; desde hacía algunas horas, muchos jefes de grupos venían a pedirle instrucciones.

Puig entró. Llevaba ahora una chaqueta de cuero y un gran revólver, atuendo que no dejaba de ser romántico bajo su turbante sucio y ensangrentado. Parecía aún más pequeño y más ancho.

—¿Dónde somos más útiles? —preguntó—. Tengo un millar de hombres.
—En ninguna parte. Por el momento, todo anda bien. Van a tratar de salir de los cuarteles, de Atarazanas, a lo menos. Lo mejor es que usted espere media hora; no es inútil ahora tener su reserva además de las mías. Parecen vencedores en Sevilla, Burgos, Segovia y Palma, sin hablar de Marruecos. Pero aquí serán vencidos.
—¿Qué hace usted de los soldados prisioneros?

El anarquista estaba tan cómodo como si hubieran combatido juntos desde hace un mes, señalando por su actitud que venía a pedir consejo, y no a recibir órdenes. Jiménez conocía sus rasgos por haber examinado muchas veces su ficha antropométrica; estaba asombrado por su pequeña estatura de corsario rechoncho. Aunque Puig fuera un jefe de segundo orden, lo intrigaba más que los otros a causa de la ayuda que había prestado a los niños de Zaragoza.

—Las instrucciones del Gobierno son desarmar a los soldados y ponerlos en libertad —dijo el coronel—. Los oficiales habrán de comparecer ante el consejo de guerra.

—¿Era usted el que estaba en el Cadillac que permitió tomar los cañones, verdad?

Puig recordaba haber visto, al fondo de la calle, los tricornios de la guardia civil que pasaban con las gorras de plato de la guardia de asalto…

—Sí.
—Estuvo bien. Porque si hubieran llegado aquí con el canon, todo habría cambiado quizá.
—Usted tuvo suerte cuando atravesó la plaza…

El coronel, que amaba frenéticamente España, le estaba reconocido al anarquista, no por su cumplimiento, sino por demostrar ese estilo de que tantos españoles son capaces y por responder como lo hubiera hecho un capitán de Carlos V. Porque estaba claro que, por «suerte», quería decir «valor».

—Tuve miedo —decía Puig— de no llegar hasta el cañón. Vivo o muerto, pero hasta el cañón. Y usted ¿qué pensaba?

Jiménez sonrió. Estaba sin sombrero, con su pelo blanco cortado al rape que hacía pensar en el plumón de un pato. Así lo apodaban a causa de sus ojitos muy negros y de su nariz en forma de espátula.

—En esos casos, las piernas dicen: «Vamos, ¡qué estás haciendo, idiota!». Sobre todo la que cojea.

Cerró un ojo y levantó el índice:

—Pero el corazón dice: «No dejes de ir…». Nunca había visto las balas rebotar como las gotas de un chaparrón. Desde lo alto se confunde fácilmente a un hombre con su sombra, lo que disminuye la eficacia del tiro.
—El ataque era bueno —dijo Puig con envidia.
—Sí, sus hombres saben batirse, pero no saben combatir. Por debajo de ellos, en la acera, pasaban camillas vacías manchadas de sangre.
—Saben batirse —dijo Puig.

Vendedoras de flores habían echado sus claveles al paso de las camillas, y las flores blancas resaltaban en ellas junto a las manchas.

—En la cárcel —dijo Puig— no me imaginaba que hubiera tanta fraternidad.

Al oír la palabra cárcel, Jiménez tuvo conciencia de que él, coronel de la guardia civil de Barcelona, estaba bebiendo con uno de los jefes anarquistas, y sonrió de nuevo. Todos esos jefes de los grupos extremistas habían sido valientes, y muchos estaban heridos o muertos. Para Jiménez como para Puig, el valor era también una patria. Pasaban los combatientes anarquistas, las mejillas negras a la luz del sol. Ninguno se había afeitado: el combate había empezado demasiado temprano. Otra camilla pasó, con un gladiolo fijado a una de sus varas.

Una luz rojiza subió detrás de la plaza, otra a lo lejos, sobre una colina; después subieron, aquí y allá bolas estremecidas, de un rojo claro. Como había sido llamada en auxilio por el jadeo de las sirenas, Barcelona incendiaba aquella noche todas sus iglesias. Jiménez miraba las enormes fogatas granate, iluminadas desde abajo, que afluían por encima de la plaza de Cataluña, se puso de pie y se persignó. No ostensiblemente, como si hubiese querido confesar su fe: sino como si estuviera solo.

—¿Conoce usted la teosofía? —preguntó Puig.

Ante la puerta del hotel, se agitaban periodistas que ellos no veían, hablaban de la neutralidad del clero español, o de los monjes de Zaragoza que mataban a golpes de crucifijo a los soldados de Napoleón. Sus voces subían, muy claras en la noche, a pesar de las detonaciones y de los gritos lejanos.

—¡Vaya! —masculló Jiménez, sin dejar de mirar la humareda—, Dios no está hecho para que lo hagan entrar en el juego de los hombres, como quien pone un copón en el bolsillo de un ladrón.
—¿Por quiénes han oído hablar de Dios los obreros de Barcelona? Por aquellos que predicaban en su nombre las virtudes de la represión de Asturias, ¿no?
—¡Eh!, por las únicas cosas que un hombre oye hablar verdaderamente en su vida: la infancia, la muerte, el valor… ¡No por los discursos de los hombres! Supongamos que la Iglesia de España no sea ya digna de su tarea. ¿En qué los asesinos que lo invocan a usted —y no son pocos— le impiden a usted continuar su tarea? No conviene pensar en los hombres en función de su bajeza…
—Una multitud a la que se obliga a vivir bajamente, no es propensa a mirar hacia lo alto. Desde hace cuatrocientos años, ¿quiénes tienen «cuidado de estas almas», como ustedes dirían? Si no les enseñaran de tal modo a odiar, quizá aprenderían mejor el amor, ¿no?

Jiménez miró las llamas lejanas:

—¿Ha mirado usted los retratos o las caras de los hombres que han defendido las más hermosas causas? Deberían ser alegres o serenos, a lo menos… La primera impresión que dan siempre es de tristeza…
—Los sacerdotes son una cosa y el corazón es otra. Sobre eso yo no puedo entenderme con usted. Tengo la costumbre de hablar, y no soy ignorante, soy tipógrafo. Pero hay de por medio otra cosa: he hablado a menudo con escritores, en la imprenta; era como con usted: yo le hablaría de los curas, usted me hablaría de Santa Teresa. Yo le hablaría del catecismo, usted me hablaría de… ¿de quién podría ser?… de Santo Tomás de Aquino.
—El catecismo tiene para mí más importancia que Santo Tomás.
—Su catecismo y el mío no es el mismo: nuestras vidas son demasiado diferentes. A los veinticinco años he releído el catecismo: lo había encontrado aquí, en el arroyo (es una historia moral). No se enseña a tender la otra mejilla a gente que desde hace dos mil años no ha recibido sino bofetadas.

Puig turbaba a Jiménez porque la inteligencia y la tontería estaban en él repartidas en muy otra forma que en las personas que tenía por costumbre tratar.

Los últimos clientes, salidos de los armarios, de los excusados, de los sótanos y de los desvanes donde los habían encerrados los fascistas, aparecían con el reflejo anaranjado del incendio en sus rostros estupefactos. Las nubes de humo se hacían cada vez más espesas, y el olor del fuego era tan fuerte como si el mismo hotel hubiera sido incendiado.

—El clero, óigame: en primer lugar, no me gusta la gente que habla y que no hace nada. Soy de otra raza. Pero soy también de la misma, y es por eso por lo que los detesto. No se enseña a los pobres, no se enseña a los obreros a aceptar la represión de Asturias. Y que lo hagan en nombre… en nombre del amor, no, eso es lo más asqueroso. Mis amigos dicen: ¡recua de idiotas, harías mejor en quemar los Bancos! Pero yo digo: no. Que un burgués haga lo que hace, es natural. Que lo hagan ellos, los sacerdotes, no. Iglesias que han aprobado los treinta mil arrestos, las torturas y todo lo demás, está bien que las quemen. Salvo por las obras de arte: a ésas hay que guardarlas para el pueblo. La catedral no arde.
—¿Y Cristo?
—Es un anarquista que ha triunfado. El único. Y a propósito de los curas le diré una cosa que usted no comprenderá bien, acaso, porque no ha sido pobre. Odio a un hombre que quiere perdonarme por haber hecho lo mejor que he hecho.

Lo miró esta vez fijamente, casi como a un adversario:

—No quiero que me perdonen.

Un altavoz exclamó en la plaza nocturna: Las tropas de Madrid no se han pronunciado todavía. El orden reina en España. El Gobierno domina la situación. El general Franco acaba de ser detenido en Sevilla. La victoria del pueblo de Barcelona sobre los fascistas y las tropas rebeldes es ahora completa.

El Negus entró agitando los brazos, y gritó a Puig:

—¡En el Parque acaban de salir los soldados! Han hecho una barricada.
—Salud —dijo Puig a Jiménez.
—Hasta luego —respondió el coronel.

En un auto requisado por la autoridad, Puig y el Negus partieron a toda velocidad a través de la noche rojiza llena de cantos. En el barrio de los Caracoles, por las ventanas de los burdeles, los milicianos lanzaban los colchones a los camiones que partían enseguida hacia las barricadas.

Las había ahora por todas partes en la ciudad nocturna: colchones, adoquines, muebles: una, extraña, estaba hecha de confesionarios; otra, ante la cual los caballos habían caído, apareció en la rápida luz de los faros como si fuera un amontonamiento de cabezas de caballos muertos.

Puig no comprendía para qué servía lo que habían construido los fascistas, que ahora combatían solos en medio de la hostilidad de los soldados. Tiraban detrás de un amontonamiento de patas de silla, confusas en la penumbra: los focos eléctricos habían sido apagados a tiros de fusil. Desde que reconocieron a Puig y su turbante, alegres clamores llenaron la calle: como en todo combate que se prolonga, el placer de los jefes empezaba. Siempre acompañado por el Negus, Puig fue al primer garaje y tomó un camión.

La avenida era larga, bordeada de árboles azules en la noche. Invisibles, los fascistas tiraban. Tenían una ametralladora. Los fascistas tenían siempre ametralladoras.

Puig conducía a toda velocidad; apretaba el acelerador como había apretado el del automóvil. Se oyó el ruido del cambio de velocidades, entre dos ráfagas el Negus pudo oír también un tiro aislado y vio a Puig alzarse de golpe, apoyar sus dos puños sobre el volante como sobre una mesa, con el grito del hombre a quien una bala acaba de romperle los dientes.

Un armario con espejo de la barricada cayó como un tiro sobre los faros del camión que reflejaba: en la frenética matraca del fusil ametrallador del Negus la masa de los muebles se abrió como una puerta que se tira abajo.

Los milicianos que pasaban por la brecha iban más allá del camión atascado en los muebles. Los fascistas huían hacia el cuartel próximo. El Negus, sin dejar de tirar, miraba a Puig, oculto por su turbante, muerto.

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(Sigue leyendo)

Una respuesta a “La esperanza (II)

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