La esperanza (IV)

André Malraux

 

 

II

.

1

Principios de agosto

Con excepción de los que llevaban los monos de mecánico con cierre relámpago, traje que se había convertido en el uniforme de las milicias, los voluntarios de la aviación internacional, jubilosos, las camisas abiertas a causa del calor del agosto español, parecían venir de quintas de veraneo o de piscinas. Sólo estaban combatiendo los pilotos de línea, los ametralladores de China o de Marruecos, los demás —llegaban todos los días— iban a ser puestos a prueba por la tarde.

En medio del antiguo campo civil de Madrid, un trimotor Junker prisionero (su piloto, oyendo por Radio Sevilla el anuncio de la toma de Madrid, había aterrizado con absoluta confianza) brillaba con todo su aluminio.

Por lo menos veinte cigarrillos se encendieron a la vez. Camuccini, el secretario de la escuadrilla, acababa de decir:

—Dos horas y cuarto, a lo sumo, para el B…

Lo que quería decir era que el avión de combate B sólo tenía gasolina para ese tiempo; pues bien, todos, Leclerc sentado sobre el mostrador, o los austeros que estudiaban el perfeccionamiento eventual de la ametralladora, todos sabían que el avión y sus camaradas habían partido para la Sierra desde hacía dos horas y cinco.

El bar no fumaba ya con largas bocanadas en volutas, sino con nerviosa precipitación. A través de las vidrieras, todas las miradas paralelas estaban fijas en la cresta de las colinas.

Ahora o mañana —muy pronto— el primer avión no regresaría. Cada cual sabía que, para aquellos que lo esperaban, su propia muerte no sería otra cosa que ese humo de cigarrillos nerviosamente encendidos, donde la esperanza se debatía como alguien que se sofoca.

Polsky, alias Pol, y Raymond Gardet dejaron el bar —con la mirada siempre fija en las colinas.

—El patrón está en el B.
—¿Estás seguro?
—¡No te hagas el idiota! Lo has visto salir.

Todos pensaban en su jefe con simpatía: estaba en el avión.

—Las dos y diez.
—No vayas tan deprisa. Tu reloj no anda bien: apenas hace una hora. Son las dos y cinco.
—No, Raymond, no. ¡Son las dos y diez, te digo! Mira a Scali, ahí arriba, está colgado de su teléfono.
—¿Qué es Scali? ¿Italiano?
—Creo.
—Podría ser español. Míralo.

El rostro un poco mulato de Scali era común en efecto a todo el Mediterráneo occidental.

—¡Míralo, se agita!
—Las cosas no andan bien, las cosas no andan bien… Te aseguro que…

Como si los dos hubieran desconfiado de la muerte, la discusión continuaba en tono solapado.

El Ministerio acababa de prevenir a Scali que los dos aviones de caza españoles y los dos multiplazas de la aviación internacional habían sido puestos fuera de combate por una escuadrilla de siete Fiat. Uno de los multiplazas había caído en las líneas republicanas; el otro, maltrecho, intentaba regresar. Scali, con el cabello muy alborotado, había bajado corriendo a casa de Sembrano.

Magnin, «el patrón», dirigía la aviación internacional; Sembrano, el aeródromo civil y los aviones de línea transformados en aviones de combate; Sembrano se parecía a un Voltaire joven y bueno. Ayudados por los viejos aviones militares de los campos de Madrid, los Douglas nuevos de las líneas españolas, comprados por el Gobierno, podían en rigor aceptar el combate contra los aviones de guerra italianos. Provisionalmente…

Abajo, decayó de pronto el rumor de los «pelícanos»: sin embargo, ni el menor ruido de motor, ninguna sirena de auxilio. Pero los pelícanos se mostraban algo con el brazo extendido: a ras de una de las colinas, uno de los multiplazas con los dos motores parados. Por encima del campo color de arena al que daban las dos de la tarde una soledad de Mauritania, resbalaba en silencio la carlinga llena de camaradas vivos o muertos.

—¡La colina! —dijo Sembrano.
—Darras es piloto de línea —respondió; Scali, respingándose la nariz con el índice.
—¡La colina!, —repetía Sembrano—. ¡La colina!

El avión acababa de saltar encima, como un caballo. Empezaba a dar vueltas alrededor del campo. Abajo, ni siquiera un pedazo de hielo sonaba en un vaso; todos acechaban gritos.

—El capotaje —continuó Scali—. De seguro que no tiene neumáticos…

Agitaba sus brazos cortos como si hubiera querido auxiliar al avión. Éste tocó tierra, se dobló, se aferró al extremo de un ala, y todo sin capotar. Los pelícanos corrían gritando en torno a la carlinga cerrada.

Pol, atragantado por un caramelo, miraba la puerta del avión que no se levantaba. Adentro había ocho compañeros. Gardet, con el pelo cortado a cepillo hacia delante, agitaba en vano el picaporte con toda su fuerza, y todos los rostros estaban vueltos hacia ese picaporte rabioso que se encarnizaba contra la puerta sin duda atrancada. Por fin se levantó hasta la mitad de su altura: aparecieron los pies, después los pantalones de un uniforme ensangrentado. Por la lentitud de sus movimientos, no cabía duda de que el hombre estaba herido. Ante esa sangre por un instante anónima, ante esas piernas que no se movían sino con precaución en esa carlinga llena de camaradas, Pol, a medias ahogado por su caramelo, pensaba que todos estaban aprendiendo en sus cuerpos lo que quiere decir solidaridad.

El piloto iba sacando de la carlinga un pie cuyas gotas de sangre escarlata caían en el suelo deslumbrante. Por fin apareció su cara rojiza de viñatero del Loira bajo su sombrero de jardinero que usaba como fetiche.

—¡Trajiste el avión! —gritó Sembrano con voz tímida.
—¿Magnin?, —exclama Scali.
—No tiene nada —dijo Darras, tratando de apoyarse en el borde de la puerta para resbalar.

Sembrano se precipitó sobre él y lo abrazó y los dos sombreros se balancearon. El pelo de Darras era blanco. Los pelícanos reían nerviosamente.

Desde que desprendieron a Darras, Magnin saltó a tierra. Estaba en uniforme de vuelo. Sus bigotes caídos, de un rubio grisáceo, le daban bajo el casco un aire de vikingo asombrado, a causa de sus anteojos de carey.

—¿El S? —le gritó a Scali.
—En nuestras líneas. Maltrecho. Pero sólo heridas leves.
—¿Tú te ocupas de esos heridos? Corro al teléfono para el informe.

Los ilesos, ya en tierra, se agitaban entre las preguntas de los compañeros, querían subir de nuevo a la carlinga para ayudar a los heridos. Ya Gardet y Pol estaban en el aparato.

Dentro, un muchacho muy joven estaba acostado entre las manchas rojas y las huellas sangrientas de las suelas. Se llamaba House, «captain House», y no había recibido aún su mono. Ametrallador de proa, cinco balazos en las piernas en su primera salida. No hablaba sino inglés… y quizá las lenguas clásicas: porque un pequeño Platón en griego, hurtado por la mañana a Scali que había gritado como un desaforado, salía del bolsillo ensangrentado de su blazer rojo y azul. El bombardero, con dos balas en el muslo, esperaba, calzado en el asiento del observador. Marinero bretón, bombardero en Marruecos, se consideraba un fortachón, y apretaba los dientes sin que cambiara la expresión jovial de su carota encendida y fulgurante a pesar de las heridas, mientras Gardet lo sacaba de la carlinga con lentitud.

—¡Esperad, muchachos! —gritó Pol atareado, los ojos fuera de las órbitas—. Voy a buscar una camilla. Así, esto no funciona. Lo vamos a hacer polvo.

Apoyado en el hombro de su compañero, Séruzier, llamado el volador estupefacto a causa de su permanente enloquecimiento, Leclerc, flaco mono en su traje de miliciano pero con sombrero hongo gris, comenzó una canción de gesta:

—Necesitas esperar un poco para que te saquen, muchacho. Para distraerte, voy a contarte una historia. Será una de mis últimas historias. Y fue a causa de un compañero. Su portero no lo podía tragar; un sinvergüenza, el lameculos. Siempre arrastrándose ante los inquilinos llenos de dólares y un canalla con los proletarios sin un centavo. A mi compañero lo injuriaba con el pretexto de que no decía su nombre cuando volvía por la noche. Bueno, le dije, ya verás. A eso de las dos de la mañana desato un caballo solitario, lo llevo hasta la entrada y anuncio con voz estentórea: «Caballo». Después, puedes imaginarte, me largo.

El bombardero miró a Leclerc y a Séruzier sin alzar siquiera los hombros, dirigió a los pelícanos, que dominaba, una mirada majestuosa, y ordenó:

—Que vayan a buscarme el Huma.

Luego calló nuevamente hasta llegar a la camilla.

.

2

Una pequeña humareda redonda apareció sobre la cresta de la Sierra. Se estremecieron los vasos y se oyó el repicar de las cucharillas una décima de segundo después de la estruendosa explosión: el primer obús había caído en la esquina. Después se desmoronó una teja sobre la mesa, rodaron los vasos, el ruido de pasos que corren subió en el sol de mediodía: el segundo obús debió de haber caído en la mitad de la calle. Los campesinos armados irrumpieron en la sala del café, la palabra precipitada pero los ojos a la espera.

Al tercer obús (a diez metros), los grandes vidrios que estallaron como arcos saltaron en la cara de los hombres con cartucheras —pegados a la pared, paralizados.

Un fragmento de vidrio estaba incrustado en el anuncio del cinematógrafo, manchado de gotitas.

Otra explosión. Otra más, mucho más lejos, esta vez a la izquierda: el pueblo estaba ahora lleno de gritos… Manuel tenía una nuez en la mano. La levantó entre dos dedos por encima de la cabeza. Otro obús explotó, más cerca.

—Gracias —dijo Manuel, mostrando la nuez abierta (la había roto él mismo entre sus dedos).

Un campesino preguntó en voz baja:

—Para no atraer los obuses, ¿qué hay que hacer?

Nadie contestó. Ramos estaba en el tren blindado. Ellos permanecían allí, apartándose de la pared, y volviendo a ella, esperando el próximo obús.

—No tiene ningún sentido quedarse —dijo la voz precipitada del padre Barca—. Si nos quedamos… nos volveremos locos… Tenemos que salir a buscarlos.

Manuel lo examinó. No tenía confianza en el tono de su voz.

—Hay camiones —dijo.
—¿Sabes conducir?
—Sí.
—¿Un camión grande?
—Sí.
—¡Muchachos! —exclamó Barca.

Tal fue la explosión que hubo que todos se echaron al suelo; cuando se levantaron, la casa de enfrente del café había perdido la fachada. Las vigas de la construcción, lentas, se desmoronaban en el vacío. Sonaba un teléfono.

—Hay camiones —dijo Barca—. Vamos y terminemos con ellos.

Todos gritaron a la vez:

—¡Muy bien!
—Nos haremos matar.
—¡No hay órdenes!
—¡Hijos de puta!
—Te estamos dando órdenes: subamos a los camiones en vez de protestar.

Manuel y Barca habían salido corriendo. Casi todos corrieron detrás de ellos. Era mejor que quedarse allí. Seguían los obuses. Un poco más lejos, los rezagados, los que creían en la reflexión.

Una treintena de hombres trepó al camión. Los obuses caían en las inmediaciones del pueblo. Barca comprendió que los artilleros fascistas veían el pueblo, pero no lo que pasaba en él (por el momento, no había aviones en el aire). Cargado de civiles que cantaban la Internacional blandiendo fusiles por encima del ruido del embrague, arrancó el camión.

Los campesinos conocían a Manuel desde la propaganda de Ramos en la Sierra. Sentían por él una simpatía prudente, que se iba acentuando a medida que estaba peor afeitado y que esa cara de romano un poco gruesa, con ojos verde claro bajo cejas muy negras se convertía en una cabeza de marinero mediterráneo.

El camión corría por la carretera, bajo el fuerte sol; por encima, los aviones iban hacia el pueblo, con un susurro de palomas. Manuel tenso, conducía. No por eso dejaba de cantar a gritos Manon: Adieu, notre peutiteu table…

Los otros, tensos también, cantaban la Internacional; miraban a dos civiles muertos, junto a los cuales pasaron a toda velocidad, con la turbia amistad que sienten por los primeros muertos los que van al combate. Barca se preguntaba dónde estaban los cañones.

—Allí, de donde sale el humo.
—¡Un muchacho ha caído!
—¡Para!
—¡Vamos, vamos! —gritó Barca—. ¡A los cañones!

El otro calló. Ahora era Barca el que mandaba. El camión, cambiando de velocidad, parecía responder a una explosión con un grito de máquina herida. Ya dejaba atrás a los muertos.

—¡Hay tres camiones que nos siguen!

Todos los milicianos se volvieron, hasta Manuel que conducía, y gritaron: «¡Hurra!».

Y todos vociferaron en español, esta vez clamorosamente, golpeando con los pies: ¡Adiós, adiós nuestra mesita!

.

A la entrada de un túnel del cual salía como una nariz la locomotora de un tren blindado, Ramos dominaba los camiones desde cuatrocientos metros de pinos en forma de copa.

—Muchacho —le dijo a Salazar—, de diez, hay nueve probabilidades para que estén reventados.

Ramos reemplazaba al comandante del tren blindado, que se habría pasado a los fascistas o andaría por las tabernas de Madrid.

Los camiones parecían pequeños en el gran paisaje montañoso. El sol brillaba sobre los capós: era imposible que los fascistas no los vieran.

—¿Por qué no apoyarlos? —preguntó Salazar que se atusaba su hermoso bigote pero a contrapelo. Había sido sargento en Marruecos.
—Hay orden de no tirar. Imposible obtener otra. Tu teléfono funciona a la perfección, pero no hay nadie del otro lado de la línea.

Tres milicianos de mono estaban extendiendo dos casullas y una estola sobre los rieles, a pocos metros de la locomotora, sin dejar de mirar los camiones que avanzaban por la carretera de asfalto azul pálido cortada por los dos civiles muertos.

—¿Nos ponemos en marcha? —gritó uno de ellos.
—No —respondió Ramos—. Orden de no moverse.

Los camiones avanzaban siempre. En medio de los cañonazos, se los oía nítidamente. Un miliciano abandonó el ténder, fue a buscar las casullas y las dobló.

Era uno de esos campesinos castellanos de rostro estrecho que se parecen a sus caballos. Ramos se le acercó.

—¿Qué haces, Ricardo?
—Lo decidimos con los compañeros…

Desenrolló un poco la estola, perplejo; el brocado resplandecía a la luz.

Los camiones subían siempre. El conductor, con la cabeza al sesgo fuera de la locomotora, bromeaba al sol contra el fondo negro del túnel. Los camiones se acercaban a las baterías.

—Porque —continuó Ricardo— hay que ser prudente. Esas mamarrachadas podrían hacernos descarrilar, o fastidiar a los compañeros de los camiones.
—Dáselos a tu mujer. Podrían servirle.

Era un muchachón jovial y rizado, bastante gallo de pueblo, que inspiraba confianza a los campesinos. Pero no sabían a ciencia cierta si bromeaba o no.

—¿Esto, a mi mujer?

Con toda su fuerza, el campesino tiró el paquete por la barranca.

Las ametralladoras enemigas comenzaron a tirar, con su ruido preciso.

El primer camión patinó, dio casi media vuelta, volcó a sus hombres como una cesta, cayó. Los que no estaban muertos ni heridos tiraban, refugiados detrás. Los hombres del tren sólo veían de Ramos sus grandes prismáticos y sus mechones rizados; en la radio, alguien cantaba un canto andaluz, y la resma de los pinos arrancados llenaba con su olor a féretro el aire que se estremecía como si lo agitaran las ametralladoras.

De uno y otro lado del camión derribado había olivos, uno, dos… cinco milicianos corrieron hacia los árboles, cayeron uno tras otro. Como el camión obstruía la carretera, los que lo seguían se habían parado.

—Si los muchachos se acostaran —dijo Salazar—, el terreno es utilizable…
—Tanto peor para las órdenes: sube al tren y manda disparar.

Salazar corrió, marcial e incomodado por sus soberbias botas.

Ahora los milicianos no podían avanzar. Ramos no corría el peligro de tirar sobre ellos. Había una posibilidad sobre cien de que tocara las ametralladoras enemigas, cuya posición ignoraba…

En un apartadero, vagones de mercancías llevaban aún la inscripción: «Viva la huelga». El tren blindado salió de su túnel, amenazador y ciego. Ramos tuvo una vez más conciencia de que un tren blindado no es sino un cañón y algunas ametralladoras.

.

Detrás del cañón, los hombres tiraban contra los ruidos. Empezaban a comprender que en la guerra, acercarse es más importante, más difícil que combatir; que no se trata de medirse, sino de asesinarse.

Hoy era a ellos a quienes asesinaban.

—¡No tiren cuando no vean nada! —exclamó Barca—. ¡Cuando lleguemos hasta donde están, no nos quedarán municiones!

¡Cómo hubiesen querido ver a los fascistas atacar! ¡Combatir, en vez de esta espera de enfermos! Un miliciano corrió avanzando, hasta las baterías; al séptimo paso, fue abatido, como los que intentaban apostarse detrás de los olivos.

—Si los cañones tiran sobre nosotros… —dijo Manuel a Barca.

Era sin duda imposible, por una razón u otra; de otro modo, lo hubieran hecho.

—¡Camaradas! —gritó una voz femenina.

Casi todos se volvieron, estupefactos: una miliciana acababa de llegar.

—No es éste un lugar para ti —dijo Barca, sin convicción, porque todos le estaban agradecidos de que estuviera allí.

Ella sacó una cartera pesada y ancha, atestada de latas de conserva.

—Dime —le preguntó—, ¿cómo has llegado?

Conocía el terreno, sus padres eran campesinos del pueblo. Barca la miraba atentamente: había cuarenta metros de terreno descubierto.

—Entonces qué —dijo un miliciano—, ¿se puede pasar?
—Sí —dijo la pequeña. Tenía diecisiete años, resplandor.
—No —dijo Barca—. Mirad, el terreno descubierto es demasiado ancho. Allí nos tirotean a todos.
—Si ella ha llegado, ¿por qué no llegaríamos nosotros?
—Atención. Es posible que la hayan dejado pasar adrede. Estamos en un atolladero. No es el caso de meternos todavía más.
—A mi juicio, se puede pasar hasta el pueblo.
—¡Vosotros me preguntáis eso para iros! —exclamó la pequeña, abatida—. ¡El ejército del pueblo debe conservar todas sus posiciones, la radio lo ha dicho hace una hora!

Había hablado con esa voz teatral que toman fácilmente las españolas, pero unía las manos sin darse cuenta de ello.

—Os traeremos todo lo que queráis…

Como si hubiera propuesto juguetes a los niños para que se quedaran tranquilos.

Barca reflexionó.

—Camaradas —dijo—, la cuestión no es ésa. La chiquilla dice…
—No soy una chiquilla.
—Bueno. La camarada dice que se puede partir pero que hay que quedarse. Yo digo que habría que partir y que no se puede. Llegamos a lo mismo.
—Tienes bonito pelo —decía Manuel en voz baja a la miliciana—: Regálame un mechón.
—Camarada, no estoy aquí para tonterías.

Todos escuchaban el gran silencio sin pájaros. Las ametralladoras enemigas tiraban cinta tras cinta. Una paró, no; era un encasquillamiento; empezaba de nuevo.

Pero ni una bala alrededor del camión.

—¡Agáchate, imbécil!

Se agachó. En la dirección que había indicado, manchas azules subían hacia las baterías fascistas, paralelamente a la carretera, pero protegidas, utilizando el terreno: los guardias de asalto.

—Evidentemente —dijo Barca—, si se hubiera hecho así.

A medida que subían, eran menos numerosas.

—¡Eso es buen trabajo! —dijo un miliciano—. ¿Qué hacemos, muchachos? ¿Vamos?
—¡Atención! —exclamó Manuel—. No volvamos al desorden. Juntaos de a diez. El primero de cada sección es responsable.
»Avanzad a diez metros, por lo menos, unos de los otros.
»Hay que salir en cuatro grupos.
»Debemos llegar todos juntos. Los primeros saldrán un poco antes, porque deben desplegarse más lejos que los otros, pero eso no importa.
—No está claro —dijo Barca.

Y sin embargo, todos escuchaban como si hubiesen escuchado la exposición de los primeros cuidados que deben darse a los heridos.

—Bueno, contemos por diez.

Lo hicieron. Los responsables se acercaron a Manuel. En lo alto, los cañones tiraban siempre sobre el pueblo, pero las ametralladoras no tiraban más que contra los guardias de asalto, que subían siempre. Manuel estaba acostumbrado a los hombres de su partido, pero aquí eran demasiado pocos.

—Tú diriges los seis primeros.

»Nos desplegamos todos a la derecha de la carretera: no vale la pena arriesgarse a que nos dividan en dos si esos canallas bajan con un auto blindado o Dios sabe qué. Y eso nos acercará a los guardias de asalto.

»Diez camaradas, cien metros.

»Tú, el primero, vete con diez compañeros. A trescientos metros dejas uno a cada diez metros.

»Cuando veas avanzar el grupo de tu izquierda, avanzas. Si algo anda mal, pasas el comando a tu vecino, y te repliegas: atrás encontrarás…

¿A quién? Manuel quería enviar a Barca a organizar los demás camiones. ¿Y él mismo? En esa atmósfera, debería estar en primera línea. Tanto peor…

—Encontrarás a Barca.

Para organizar a los de los camiones, enviaría a otro.

—Si llego a silbar, todos se juntan con Barca. ¿Entendido?
—Entendido.
—Explica.
—Todo anda bien.
—¿Quiénes son los responsables, sindicales o políticos?…
—¡Muchachos, el tren blindado tira!

Todos tuvieron ganas de abrazarse. El tren tiraba al azar al presunto emplazamiento de las baterías y de las ametralladoras. Pero los milicianos, al oír su cañón responder a los cañones fascistas, dejaron de sentirse acorralados. Todos saludaron con un gran grito el segundo cañonazo.

Manuel mandó a un comunista a prevenir a Ramos, uno de la U. G. T. a los guardias de asalto y al más viejo de los anarquistas a explicar a los de los otros camiones lo que acababa de hacerse.

—Llevaos comida —dijo la miliciana—, es más prudente.
—¡Vamos, vamos!
—Os traeré algo para que comáis —dijo ella, con aire responsable.

Al mismo tiempo que ellos se iban, Barca corrió hasta los camiones. Tiraban sobre ellos, pero con fusiles. Partió el segundo grupo, después el tercero, después el último, que dirigía Manuel.

Las perspectivas desde los olivares eran muy claras. Por una de esas grandes avenidas inmóviles, Barca vio avanzar a uno de los milicianos, después a una docena, después a una larga fila. No veía a más de quinientos metros; la fila llenó su campo visual, ocupó todo el bosque visible, avanzando en medio del ritmo martillador de los cañones. En la pendiente vecina, que Barca no veía ya desde que estaba bajo los árboles, los guardias de asalto tiraban. Sin duda poseían un fusil ametrallador, porque un ruido de tiro mecánico subía sobre los tiros de fusil hacía el de las ametralladoras fascistas, inmóvil. La línea de milicianos avanzaba. Los fusiles de los fascistas tiraban sobre ellos, sin gran eficacia. Manuel apuró el paso; toda la fila lo siguió, como la curva de un cable en el agua. Barca corrió también, transportado, hundido en una confusión ferviente que llamaba el pueblo —hecho de la aldea bombardeada, de un desorden infinito, de los camiones derribados, del cañón del tren blindado— y que ahora iban subiendo formando un solo cuerpo, al ataque de los cañones fascistas.

Aplastaron, corriendo, ramas cortadas: las ametralladoras, antes de la llegada de los guardias de asalto, habían tirado contra el olivar. El olor de la tierra seca de verano reemplazaba al de la resma. Hojas mal cortadas por el tiro, y que se habían únicamente separado, caían como hojas de otoño; los milicianos marchaban al compás del cañón que retronaba una y otra vez al sol casi invisible a la sombra de los olivos. Barca escuchaba el fusil ametrallador y el cañón del tren blindado como presagios: no les devolverían las viñas a los que las habían plantado.

Tenían que atravesar veinte metros de terreno descubierto. No bien abandonaran el olivar, los fascistas volverían contra ellos una de las ametralladoras. Las balas cortaban el aire en torno de Barca como ruido de avispas; corría hacia los fusiles, rodeado de zumbidos puntiagudos, invulnerable. Cayó, las dos piernas cortadas. A pesar del dolor continuaba mirando hacia delante: la mitad de los milicianos había caído y no se levantaba; la otra había pasado. A su lado, el almacenero del pueblo estaba muerto; la sombra de una mariposa bailaba sobre su cara. La primera línea de los otros camiones vacilaba al borde del olivar. Barca empezó a oír motores de aviones. ¿Nuestros? ¿De ellos? Muy cerca del lugar donde tiraba el fusil ametrallador, un cohete subió en el cielo magnífico. El tren blindado dejó de tirar.

.

—¿Están los guardias de asalto en la batería? —preguntó Salazar.

Habían enviado un correo al tren: lanzarían un cohete «cuando llegaran a las baterías». Sin duda, estaban muy próximos uno del otro. Ramos, pues, había hecho parar el fuego.

—Supongo.
—¿Qué pasa con los milicianos?
—No se los ve… No han pasado, puesto que las baterías y las ametralladoras tiran.
—¿Quieres que vaya?
—Manuel parece arreglárselas con Barca. Me ha enviado a alguien.

Los prismáticos acercaban a Ramos esa serenidad de rocas, de pinos y de olivos, llena de heridas. Imposible saber nada. No podía sino escuchar.

—Lo malo —dijo— es que los de enfrente combaten, y nosotros no.

Los fascistas bombardeaban, limpiaban, después enviaban a sus hombres a un terreno preparado. El pueblo, sin jefe y casi sin armas, peleaba…

—En este momento, los pobres tipos de abajo deben estar haciéndose matar…
—Pero como han atacado a pesar de todo, quizá los guardias de asalto tomen la batería…

Ramos hablaba nerviosamente. Apretaba sus labios sensuales; había perdido su sonrisa, sus alegres cabellos parecían una peluca.

—En todo caso, ¡los fascistas no pasan!
—La batería de la izquierda ya no tira.

A uno y otro les dolían las sienes a fuerza de escuchar.

Un avión se aproximó, rubio en el cielo luminoso. Era un avión de turismo, bastante rápido. Arrojó una bomba a quinientos metros del tren; sin duda no tenía mira, ni lanzabombas y la tiraba por la ventanilla. El conductor del tren, a quien Ramos había dado instrucciones, condujo rápidamente al tren hasta un túnel próximo. Cuando el avión hubo arrojado todas sus bombas a través de los pinos, volvió, contento. El olor a resma se hizo más intenso.

Del tren, no se veía ya nada. Entre las vibraciones de yunque que cada golpe del 75 arrancaba al vagón entero, Pepe, el asturiano, con el torso desnudo, explicaba la hazaña a sus compañeros bañados en sudor:

—Aquí, el blindaje es reemplazado por cemento. Es repugnante, pero sólido y fuerte. El tren parece de papel pegado, pero se defiende. En Asturias en 1934 se blindaban los vagones, muchachos, muy hábilmente. ¡Era un buen trabajo! Pero había distracción: la revolución distrae. Entonces los muchachos olvidaron blindar la locomotora. ¡Te das cuenta, el tren blindado que se hunde a toda velocidad a través de las líneas del Tercio con una locomotora ordinaria! A cincuenta kilómetros recoge no sé cuántas balas: no se habla más de ella —del maquinista tampoco—. Nosotros hemos podido venir y traer por la noche, sin que nadie se dé cuenta, otro tren y otra locomotora, blindada esta vez, y pasar allí a los compañeros antes que el Tercio haya traído su artillería.
—¿Pepe?
—¿Qué?
—¡La batería ya no tira!

Ramos, que había salido del túnel, agitaba sus prismáticos para ver qué pasaba en el frente de los rebeldes, como un ciego que trata de comprender con las manos.

—Los nuestros se precipitan al pueblo —dijo.

Los milicianos retrocedían tirando bastante desordenadamente. Desaparecieron en la trinchera. Los fascistas debían atravesar detrás de ellos trescientos metros en terreno descubierto.

Ramos saltó a la locomotora, hizo avanzar el tren hasta que dominara el espacio sin árboles, escondido no obstante de las baterías fascistas que continuaban tirando.

Los fascistas avanzaban mecánicamente después del desorden de los milicianos.

Las ametralladoras del tren entraron en juego.

De izquierda a derecha los fascistas empezaron a caer, blandos, los brazos en el aire o los puños en el vientre.

Su segunda oleada, vacilando en el límite de los últimos árboles, se decidió, pasó a la carrera y sus hombres esta vez cayeron de derecha a izquierda: los ametralladores del tren era malos soldados, pero buenos cazadores furtivos. Por primera vez en la jornada, Ramos veía delante de él multiplicarse el ademán extraño del enemigo muerto en su carrera, un brazo en el aire y las piernas segadas como si tratara de asir la muerte saltando. Los que no habían sido alcanzados por las balas trataban de volver al bosque, desde donde tiraban los fascistas que habían escapado a las ametralladoras del tren.

De la derecha vinieron algunos tiros de fusil. Eran otros milicianos. Los fascistas se replegaban tirando a través del bosque.

«Tienen los jefes, tienen las armas —se decía Ramos, la mano hundida en sus bucles—, pero no pasan. Es un hecho: no pasan».

(Continuará…)

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