Mi vecino, Walt Whitman

Fernando Morote

Whitaman II

 

Lo último que pensé al llegar a la región de Long Island, en el estado de Nueva York, fue que estaba pisando la tierra que había servido de residencia a artistas como el escritor Jack Kerouac, el pintor Jackson Pollock, la actriz Katharine Hepburn, el cantante Billy Joel, el salsero Marc Anthony y hasta la portorriqueña Jennifer López.

Ocho años después, superada ya la crítica etapa que implica intentar adaptarse a un mundo ajeno, el tiempo alcanza también para disfrutar el panorama. E incluso hacer un poco de ejercicio, que no sea precisamente trabajo físico. Todos los martes y jueves por la mañana, en mi camino al gimnasio, paso frente a un viejo inmueble que atrae mi atención. El oxidado cartel erigido sobre el jardín frontal anuncia: “WALT WHITMAN, la parte sur de esta casa fue el hogar del poeta en West Babylon y fue traída a este sitio en 1900”. Efectúo las indagaciones y descubro que la verdadera casa natal del poeta no se encuentra muy lejos de allí.

Whitman nació en Long Island el 31 de Mayo de 1819, en una rústica finca de West Hills construida, nueve años antes, por su padre. De techos asombrosamente bajos, la estructura de madera -tallada y prensada a mano- reposa sobre una base de piedra. Las puertas, ventanas y marcos se mantienen originales. En cambio, el piso, el menaje, la vajilla y la ropa son sólo réplicas de la época. Las estrechas escaleras que conducen al segundo piso son bastante empinadas. Y entre el recibidor, el comedor, la cocina, la lavandería y los dormitorios, la casa cuenta un promedio de ocho habitaciones.

VIVIENDA

En la actualidad, la vivienda está rodeada de calles, avenidas, negocios y alojamientos que llevan el nombre del autor. El centro comercial, situado al lado opuesto, lo honra con una imponente estatua en su entrada principal, y en el interior, alrededor de las zonas de descanso, reproduce sus versos más emblemáticos.

En aquellos tiempos, sin embargo, ésta era un área rural, prácticamente desierta. El vecino más próximo se encontraba a varias hectáreas de distancia. Si la familia necesitaba algunos víveres u otro tipo de provisiones debían movilizarse al pueblo de Huntington. Si la necesidad era mayor  tenían que viajar hasta la ciudad de Manhattan. Tramos que hoy se cubren manejando -en 5 minutos el primero y 90 el segundo- En aquel período, constituían penosos traslados a caballo y carreta que podían durar largas horas y hasta un día entero, respectivamente. El ferrocarril, por entonces, ni siquiera asomaba en el paisaje y el primer automóvil de Ford era una simple alucinación.

Protegido por las comodidades de los actuales sistemas de calefacción, que permiten a los habitantes del noreste americano ver la televisión dentro de sus hogares en camiseta y pantalón corto, cuando afuera la temperatura corre a 15 o 20 grados bajo 0, resulta difícil imaginar cómo el pequeño Whitman, sus padres y 9 hermanos podían sobrevivir a las inclemencias de los miserables inviernos neoyorquinos al abrigo de una minúscula chimenea alimentada por el carbón proveniente de la leña que ellos mismos cortaban. La idea se refuerza al comprobar que por las noches, al acostarse, se veían obligados a calendar las camas usando unos toscos guateros de metal. El baño, como un cuarto independiente de la casa, estaba todavía ausente del esquema arquitectónico y las necesidades fisiológicas eran evacuadas en bacines de cerámica repartidas en cada estancia o en un silo cerrado durante el día.

No sorprende que la acumulación de estos retos cotidianos –sumados a su formación protestante- hayan contribuido a forjar, en sus primeros años, el carácter rebelde, radical y liberal del poeta que, en su edad adulta, fuera considerado por algunos como un espécimen sedicioso por abogar en favor del voto de las mujeres y su derecho a trabajar en la administración pública.

La vivienda, convertida en museo desde 1957, ofrece una sala adyacente que alberga variedad de peculiares piezas entre las que resalta el escritorio de madera usado por el poeta cuando se desempeñaba como maestro de escuela. Tras una de las vitrinas se exhibe un ejemplar original de la primera edición de “Hojas de hierba” y otros textos manuscritos que incluyen dedicatoria autografiada de su puño y letra. Sobre una pequeña mesa redonda, cuidadosamente adornada con un mantel rojo, se ofrece una reproducción en pergamino del célebre “O captain! My captain”, escrito en homenaje al asesinado presidente Lincoln.

Mesa

Una galería de 130 fotografías describen al poeta en diferentes etapas de su vida. Sobresalen terribles imágenes de la guerra civil, de cuyo horror fue testigo de excepción, moviéndolo a exacerbar el intenso espíritu patriótico presente en su obra.

La visita es complementada por un video de 15 minutos que muestra los años transcurridos por Whitman en Long Island, de donde salió en 1823, a los 4 años de edad, cuando su familia se mudó a Brooklyn, y adonde volvió adolescente en 1838 para trabajar como impresor en un modesto periódico local y luego fundar el suyo propio, “The Long Islander” (del cual se deshizo pronto, pero continúa circulando hasta la fecha). Más tarde en 1841, ya adulto, ejerció la docencia en un colegio de Greenport y otros pueblos de la isla.

Inspirado por su vasto paisaje marino, vegetación tropical y variada fauna sobre todo avícola, Walt Whitman nunca se desligó espiritualmente de su cuna. En sus años finales declaró que Long Island era parte de su ser. De esta adhesión emocional emergió una poética que expresó los valores y las virtudes, así como los deseos y las esperanzas, de un pueblo que aspiraba siempre, pese a sus contradicciones históricas, a la democracia.

“Starting from Paumanok” (“Al partir de Paumanok”) es el poema en el que Whitman llama a Long Island por su nombre nativo y la define como “la isla en forma de pez donde nací”. Y de la cual sigue siendo un vecino ilustre.

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