La siesta de Marguerite Duras

Pedro A. Curto

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Un hombre espera en su casa a un contratista que le va hacer una terraza, lo hará durante toda una tarde y ese espacio temporal de unas horas, hasta la caída del sol, se convierte en un viaje, una reflexión sobre el tiempo huido. La tentación del regreso y la imposibilidad del mismo, las cicatrices que produce ese deseo. Esa es la historia que cuenta “La siesta de M. Andesmas”, de Marguerite Duras, que acaba de ser reeditada en España, lo que con la también reciente publicación de otras obras como “La amante inglesa” o “El marinero de Gibraltar”, así como la de algunas de sus películas, nos permiten acariciar una obra singular y compleja, poseedora de una belleza que debe ir saboreándose con lentitud, como todo lo exquisito.

La escritora francesa dijo: “Debiera existir una escritura de lo no escrito. Un día existirá. Una escritura breve, sin gramática, una escritura de palabras solas.”

Y esa escritura de silencios, la creación de un escenario para hablarnos de cosas que en apariencia  no están en ese escenario, una escritura experimental de trazos líricos y poéticos, es la textura de esta pequeña gran obra. No en vano la prologuista, traductora y durasiana Amelia Gamoneda considera que este texto temprano se trata de su novela más poética.

cubierta_andesmas_desarrolloAndesmas es un rico anciano que en esa espera ve pasar a un perro naranja, a una niña y a su madre, la mujer del contratista, también está la voz de Valérie, su propia hija, que participa en el relato desde una distancia cercana, desde el recuerdo, con una canción que suena en el aire: Cuando las lilas florezcan/ Cuando las lilas florezcan para siempre. Con esos personajes y el paisaje de una casa a las afueras del pueblo, la escritora va creando uno de esos espacios durasianos llenos de contención y calma, veranos calurosos, mundos en apariencia detenidos bajo los cuales se sostiene una tensión contenida, conflictos de los que se habla con sutileza, sin nombrarlos directamente, apartándose incluso de ellos. Aunque en esta novela esa suave pero profunda tensión durasiana esté menos presente, no es difícil percibirla en esa hija ausente, una Valérie que ha dejado de ser niña, que se le escapa y con ella, el desmoronamiento de su vida. M. Andesmas, durante el tiempo que ella está ahí durmiendo, trata de amar a esa otra niña a la que ya no puede amar.

Poco importa la situación adinerada del hombre, que éste acumule propiedades, que sea envidiado por un pueblo del que no forma parte, la decrepitud asoma con el paso de las horas, en esa hija que ya no está dentro de las propiedades que acumula como un vacío existencial. No deja de ser curioso que esa terraza cuyo contratista no termina de llegar, sea precisamente para ella, quizá la única forma material que tiene para retenerla; la construcción de unas particulares cárceles. ¿Qué hay bajo esas pretensiones? El relato lo deja abierto, da unas pinceladas, se limita a dibujar esas formas que pueden estar entre las penumbras de esa siesta particular. Porque la siesta de este anciano es uno de esos momentos iniciáticos, pero en el declive, que Duras consigue trasmitir a través de una manera de narrar sumergiéndonos en la historia como si no lo pretendiese, al descuido. A pesar de lo cual, y es uno de sus logros, consigue construir de una forma casi mágica, el desastre íntimo que el anciano está viviendo.

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Con Andesmas la autora crea un personaje un tanto atípico en su obra, en el que se asoma una leve crítica a los modelos masculinos, siendo su nombre el acrónimo de hombres que formaban parte de su vida. Nombres que como la mayoría de sus personajes no son casuales, sino que tienen un contenido de lo que son, de lo que nos quiere decir sobre ellos. Y es que la autora ha construido su obra a partir de su carne, de lo vivido por ella, como afirmó la propia Marguerite, pero con la capacidad de trascender esa vivencia, de ficcionalizarla, de socializarla, de hacerla arte. Con esta novela lo consigue de una manera brillante y como suele ocurrir con M. Duras, desde la sutileza y sin ruido.

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