Mirando al mar

Alberto Ernesto Feldman

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El abuelo Tomás, llamado de niño Tomasito, sale de la juguetería con su nieto Tomás, Tomi para todos, con cuatro letras, aunque sus padres lo escriban con doble m y con “y” griega, lo que hace un total de cinco letras, como corresponde a esta época de muy importantes cambios.

Pero Tomás “el viejo” sabe que hay cosas que no cambiarán. Está deliciosamente intrigado por ver la cara de su nieto de cuatro años cuando mire por primera vez el mar.

En realidad, quiere verse a sí mismo en los ojos de Tomi, y  volver a sentir la profunda emoción que tuvo a los diez años, cuando viajando desde Jujuy, un verano inolvidable de 1950, los treinta chicos de la escuelita de Purmamarca bajaron en tropel del ómnibus de la Fundación Eva Perón y de espaldas a los hoteles, frente al mar, se quedaron mudos, con la boca abierta y la respiración suspendida, todos abrazados por los hombros para darse ánimos al contemplar tamaña cosa; ¡el mar en Chapadmalal!….

Pilar, su nuera, viaja a Estados Unidos para alentar y acompañar a Marcos, el papá de Tomi, que en estos días presenta su tesis y por dos semanas, él tiene a su exclusivo cargo al nieto, que está contento de cambiar de casa en San Salvador de Jujuy. Su abuelo tiene un jardín que parece una selva. También tiene una hamaca, unos cuentos y mucho tiempo. Pero esta vez el abuelo le reserva una sorpresa: irán a otro lugar.

El hombre gastado pero orgulloso, que habla castellano, piensa en quechua, y tiene un hijo que estudia en inglés, quiere antes de irse de este mundo mostrarle a Tomi el mar, así que no lo piensa mucho, acompaña a su nuera a tomar el ómnibus que la alcanzará hasta el avión , y una vez que se despiden los tres entre abrazos y lágrimas, como gato malandrín compra dos pasajes para Mar del Plata y lleva a Tomi a una juguetería.

Pocas horas más tarde abordan el ómnibus rumbo al sur, todo con la alegría y el asombro del niño, que ya secó sus lágrimas de huérfano provisorio y al rato duerme despatarrado en el asiento junto a la ventanilla.

El abuelo, con los ojos abiertos, se mira por dentro y no puede dormir gran cosa, pensando en su hijo, que, becado por la gran empresa multinacional para la que trabaja, puede hacer un master en Economía en Chicago, pero no tiene tiempo para dejar de estudiar un rato y hablar de bueyes perdidos tomando unos mates, ni lo tuvo para llevar a Tomi a conocer el mar.

Bueno … son otros tiempos, piensa, mientras por fin se abandona al sueño, asegurando la cabeza del nieto contra su pecho.

Tomi camina de la mano de su abuelo revoleando el balde y la palita, que quiso llevar consigo todo el tiempo, preguntando ansioso, casi sin respirar: ¿cuándo vamos a ver el mar?…¿cómo es el mar?… ¿qué es el mar?…¿mucha agua?…¿por qué…eh, …por qué?…¿y la arena?… ¿puedo hacer una montañita?… y otra vez: ¿cuándo vamos a ver el mar?…Y hacia el mar se dirigen, recién bajados del ómnibus, entumecidos al amanecer, después de un reconfortante desayuno en la terminal marplatense.

No es mucho lo que caminan. La avenida Colón les ofrece un camino que los atrae como un imán. Pronto aparece el horizonte marino entre los altos edificios. El aire fresco despeja las mentes y desde lo alto de la barranca, frente a la ciudad todavía soñolienta, aparece el mar en toda su inmensidad.

La suave pendiente acelera el paso de los dos jujeños hacia el sonido de las olas que rompen. Cruzan el asfalto costero y corriendo tomados de la mano, hunden sus pasos en la arena y se detienen cuando el agua moja mansamente sus zapatillas.

Tomás contempla a Tomi, que mueve su cabeza lentamente de Norte a Sur y de Sur a Norte con ojos que parecen filmar en cámara lenta. Las manos de los dos se estrechan muy fuerte y Tomi, al cabo de unos minutos se desprende del mar y de la mano de su abuelo, lo enfrenta, lo mira con amor y le pregunta, al ver los pucheros con que el viejo trata de dominar la emoción:

—¿Chunkuawki , imamanta guacanqui? (1)

Y el abuelo, feliz, lagrimea libremente al escuchar por primera vez las palabras en quechua de su nieto. Su hijo también había sembrado.

(1)  Quechua : ¿Abuelo querido, porqué llorás?

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