Axis Mundi

Pablo Martínez Burkett

Nada de lo que sucede ahora o sucederá
en el futuro puede refutar la hipótesis de que
el mundo comenzó hace cinco minutos atrás.
Bertrand Russell, El análisis de la mente

Un sábado me tocó ir a la Fiesta Nacional de la Flor. Las obli­gaciones maritales incluyen acompañar a la Legítima a eventos aborrecibles. En medio de una marabunta de turistas y selvas domesticadas, un japonés se empeñaba en vendernos un bonsái, insistiendo con que era un retoño de la higuera Bodhi, árbol sa­grado a cuya sombra, Buda alcanzó la iluminación, previo repaso de las vidas pretéritas, la muerte y el eterno peregrinar. Elocuen­te, declaraba que este bonsái era el punto de unión entre el cielo, la tierra y el inframundo y que por lo tanto, poseía la capacidad de comunicar los diversos planos del universo. El disparate no resistía el menor análisis pero terminé pagando una pequeña for­tuna. Al llegar a casa, ya nos habíamos olvidado de la promesa de viajes en el tiempo y bilocaciones varias y por no encontrarle destino mejor, lo pusimos en el quincho. Al día siguiente, el aluvión familiar resultó excusa para un asado. No sabía que el ejemplar acechaba con decorativa inocencia y fue imposible predecir la repentina vorágine que me arrojó a un abismo temporal.

Así, mientras encendía el fuego, soñé que ardía el horizonte y a la vera del Támesis, la Catedral de St. Paul se derretía hasta los cimientos. Pasmado, sacudí la cabeza y recordé un batallón de SS Totenkopfverbände que aclamaba el humo homicida de la chimenea. Asediado por el asco, dispuse las piezas de carne sobre la parrilla y vi una procesión de menesterosos y ciegos, viudas y huérfanos; que lloraba el suplicio de San Lorenzo. Para arrinconar las imágenes, me dispuse a cortar la carne ya asada. La sangre engendró a un mercenario persa que agonizaba en la Batalla del Gránico. Luego, fui sumergido con brutalidad en el inasible pasado. El vértigo me impidió retener cualquier identidad. Sin em­bargo, sé que era todas las miradas y ninguna. Era el asesino y el mártir, la nube y el mar. Era el fuego y las lenguas que informan la flama. Era todo y era nada. Con un relámpago, el río fugaz se detuvo. Supe que era inminente la zambullida en lo porvenir. Preferí evitar ese pavor y tiré el arbolito a la basura. Me arrepentí de inmediato, lo recobré, y con unas ramas reavivé el fogón. La familia me observaba con inquietud, pero no me moví hasta que se consumió íntegro. Igual, quedé con un severo desarreglo ner­vioso. No descarto que las cenizas conserven su alevosa energía. Siento que me aguardan el horror y la esperanza. Es probable que ya sea uno de mis futuros.

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