A diez mil años luz

Helena Garrote Carmena










Todos los domingos por la mañana un rebaño de cabras bajaba por nuestra calle. En cuanto mi madre nos avisaba: “¡Venid, que van a pasar las cabritas!” nosotros corríamos y nos agolpábamos en el balconcito para verlas hacer todo el recorrido. Nos parecía algo mágico que en nuestra calle, calle de ciudad, de pronto y a lo lejos, apareciese aquel montón de animales caminando acompasados de un incesante ruido de cencerros. “¡Ya vienen!”, “¡hala… cuantas…!”, “¡mira esa!” señalaba mi hermana sacando su bracito entre los barrotes, “¡quita la cabeza, que no veo!”. Todas las cabras eran prácticamente iguales, pero era entonces el tiempo de nuestro despertar y nuestra inocencia y nuestra curiosidad estaban intactas. Podíamos fijarnos en cada una de ellas y sacarle su propia particularidad.

Mi madre libraba los domingos. Era él único día de la semana que la teníamos para nosotros. La recuerdo ahora en aquel balcón, contenta, aupando en brazos a mi hermano pequeño: “¡Mira!, ¡mira las cabritas!”.





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