La tumba de las luciérnagas (Final)

Akiyuki Nosaka

 

 

 

«¿Vamos a la playa?», un día despejado de la estación de las lluvias, Seita, preocupado por el terrible sarpullido que cubría la piel de Setsuko, pensó que las manchas desaparecerían si las frotaba con agua salada; era difícil adivinar qué razonamientos habría seguido la mente infantil de Setsuko para explicarse la desaparición de su madre, pero lo cierto era que apenas preguntaba por ella y que había pasado a depositar toda su confianza en su hermano mayor, «¡Oh, sí! ¡Qué bien!»; hasta el verano pasado, su madre alquilaba una casa en Suma donde solían pasar todo el verano: Seita dejaba a Setsuko sentada en la arena e iba y venía nadando desde la orilla hasta las boyas de vidrio de las redes de los pescadores que flotaban mar adentro; en la playa había un puestecillo que, pese a ser un sencillo merendero, servía un sake dulce con sabor a jengibre y ellos dos lo bebían soplando; de regreso les esperaba el hattaiko que había hecho su madre: Setsuko se lo embutía en la boca y, al atragantarse, su cara acababa embadurnada, toda, de hattaiko… «¿Lo recuerdas Setsuko?», tenía ya estas palabras en los labios, pero se dijo que era mejor no despertar los recuerdos de la niña hablando sin ton ni son.

Se dirigieron a la playa bordeando el riachuelo; en el camino asfaltado que corría en línea recta, había detenidas unas carretas de tiro donde iban cargando diversos fardos que sacaban de las casas; un joven rechoncho, con gafas y una gorra de la Escuela Primera de Bachillerato de Kôbe, llevaba entre los brazos un montón de libros muy voluminosos y los depositó en la carreta mientras el caballo sacudía la cola con apatía; tras girar a la derecha, desembocaron en el dique del río Shukugawa; a medio camino, estaba la cafetería Pabonii donde servían agar-agar con sabor a sacarina y allí solían detenerse a tomar uno; la pastelería Yûhaimu de Sannomiya que había permanecido abierta hasta el final; medio año antes, con motivo del cierre de la tienda, habían hecho una hornada de tartas montadas y su madre había comprado una; el dueño de la pastelería era judío, por cierto, como lo era también aquella multitud de refugiados que el año quince de Shôwa (1940) llegó a la mansión de ladrillo rojo que se encontraba cerca de Shinohara, donde Seita estudiaba matemáticas: aunque eran jóvenes, todos llevaban barba, a las cuatro de la tarde se dirigían en fila india al baño público y, pese al calor del verano, se cubrían con un grueso abrigo; había uno que calzaba los dos zapatos del pie izquierdo y andaba cojeando, ¿qué habrá sido de ellos?, ¿los habrán obligado a trabajar en una fábrica, como es de suponer tratándose de prisioneros? Los prisioneros trabajan duramente; así lo dicen: en cuanto a esfuerzo, éstos se sitúan en primer lugar; en segundo, los estudiantes; en tercero, los movilizados y, en cuarto lugar, los obreros de verdad; éstos suelen hacer tabaqueras metálicas con duraluminio, reglas con resina sintética y cosas por el estilo; con gente como ésa, ¿cómo diablos se va a ganar una guerra? El dique del río Shukugawa se había convertido en una huerta donde se abrían las flores de la calabaza y del pepino; en la zona que se extendía hasta la carretera nacional no se veía ni un alma y, dentro del bosquecillo que la bordeaba, unos aviones de tamaño mediano, de reserva para la lucha final en territorio japonés, permanecían en silencio, cubiertos por una exigua red de camuflaje que no era más que una simple excusa. En la playa, niños y ancianos llenaban botellas de un shô con agua de mar, «Setsuko, desnúdate», Seita empapó una toallita de agua, «Puede que esté un poco fría», y frotó repetidas veces las zonas de aquella piel tersa, ya de mujercita, donde se multiplicaban las manchas rojas, en los hombros y en los muslos; el baño en Manchitani iban a tomarlo a casa de unos vecinos que vivían dos casas más allá; eran siempre los últimos en entrar y, al bañarse envueltos en las tinieblas de las restricciones de luz, Seita jamás tenía la sensación de haberse lavado; el cuerpo desnudo de Setsuko, que veía de nuevo, era blanco como el de su padre; «¡Mira! ¿Qué le pasa a aquel hombre? ¿Está durmiendo?», al lado del dique de protección había un cadáver cubierto con una estera de paja bajo la que asomaban unas piernas desmesuradamente grandes en comparación al cuerpo, «¡Déjalo! ¡Es mejor que no lo mires! Oye, en cuanto haga un poco más de calor, podremos nadar. Yo te enseñaré», «¡Si nadamos, tendremos aún más hambre!», también Seita se veía acuciado, en los últimos tiempos, por una insoportable sensación de hambre, hasta el punto de que, cuando se sacaba alguna espinilla caprichosa que le había aparecido en el rostro, se metía inconscientemente aquella grasa blanca en la boca; le quedaba algún dinero, pero carecía de experiencia en la compra clandestina, «¿Por qué no intentamos pescar algún pez?», pensó que no debería ser difícil atrapar un bera, o quizá un tenkochi; como último recurso, decidieron buscar algas, pero sólo había algunos sargazos podridos flotando al vaivén de las olas.

Cuando se anunció el estado de alerta, decidieron volver a casa y, al pasar por delante del hospital Kansei, de súbito oyeron resonar la voz de una joven: «¡Eh, mamá!», una enfermera se arrojó a los brazos de una mujer de mediana edad que llevaba una bolsa al hombro, su madre recién llegada del campo, sin duda; Seita, embobado, contempló la escena medio con envidia, medio con fascinación, pensando: «¡Qué expresión tan bonita tiene esta enfermera!»; «¡Evacuación!», Seita dirigió maquinalmente la mirada hacia el mar: unos B-29 sobrevolaban las aguas profundas de la bahía de Osaka en vuelo rasante arrojando minas; debían haberse agotado ya todos los objetivos a incendiar, porque en los últimos días los bombardeos a gran escala se habían ido alejando cada vez más.

«Los kimonos de tu madre, me sabe mal decírtelo, pero ya no sirven para nada, ¿qué te parece si los cambiamos por arroz? Ya hace tiempo que yo voy intercambiando esto y lo otro para poder completar lo que nos hace falta», la viuda añadió que su madre se hubiera alegrado por ello; sin esperar siquiera una respuesta, abrió el baúl de vestidos occidentales y, con mano experta, que delataba las repetidas veces que debía haber registrado el contenido del baúl mientras ellos estaban ausentes, sacó dos o tres kimonos y los puso encima del tatami, «Con eso creo que podremos conseguir un to de arroz. Tú también tienes que alimentarte bien, Seita, tienes que ponerte fuerte para cuando seas soldado».

Eran los kimonos que llevaba su madre cuando era joven; Seita recordó el día en que la asociación de padres había asistido a su clase, el orgullo con que había contemplado a su madre tras comprobar, al volverse, que era la más hermosa; recordó también las visitas que hacían a su padre en Kure: en estas ocasiones, su madre aparecía inesperadamente con un atuendo mucho más juvenil y, en el tren, él no hacía más que acariciarla contento… Pero, ahora, ¡un to de arroz!; Seita, con sólo oír estas palabras, «un to», se estremeció de alegría, ya que las inciertas raciones de arroz que les correspondían a él y a Setsuko no llenaban siquiera medio cestillo de bambú y, además, con esta cantidad tenían que subsistir cinco días.

En los alrededores de Manchitani vivían muchos campesinos y la viuda no tardó en regresar con un saco de arroz: llenó hasta los bordes el tarro de Seita, el mismo que había contenido las ciruelas, y vació el resto en un cofre de madera para uso de su familia; durante dos o tres días comieron arroz hasta la saciedad, pero enseguida volvieron a las gachas y, cuando se dejaron oír las protestas de Seita, «Tú ya eres mayor y tienes que pensar en cooperar con los demás. Tú no ofreces ni siquiera un puñado de arroz y, ¿dices que quieres comerlo? ¡Esto no puede ser de ninguna manera! ¡No tienes ninguna razón!»; con razón o sin ella, gracias a los kimonos de la madre, la viuda había conseguido el arroz con que preparaba, ufana, la comida que su hija llevaba al trabajo y las bolas de arroz para el huésped, mientras el almuerzo de Seita y Setsuko consistía en una mezcla de soja desgrasada que la niña, aún con el sabor del arroz en los labios, se negaba a comer; «Diga usted lo que diga, ¡el arroz era nuestro!», «¿Quieres decir con eso que os engaño? ¡Vas demasiado lejos! ¡Acojo a dos huérfanos y encima tengo que oír eso! ¡Muy bien! A partir de ahora, haremos la comida aparte. Así no habrá quejas, ¿no? Además, Seita, tú tienes parientes en Tokio, ¿verdad? En casa de la familia de tu madre, hay un tal no sé qué, ¿por qué no le escribes? En cualquier momento bombardearán Nishinomiya», la viuda no llegó a ordenarles que se marcharan enseguida, pero soltó a gusto todo lo que tenía en mente, y lo cierto es que también ella tenía sus razones: los dos huérfanos se habían instalado en su casa sin intención aparente de marcharse cuando ella no era más que la esposa de un primo de su padre; tenían parientes más cercanos en Kôbe, pero todos habían perdido su casa entre las llamas y no sabían cómo encontrarlos. En una tienda de utensilios domésticos, Seita compró una cuchara hecha con una concha a la que habían aplicado un mango, una cazuela de barro, una salsera de soja y, además, regaló a Setsuko un peine de boj que valía diez yenes; mañana y noche, pedía prestado un hornillo, cocía arroz y, de acompañamiento, preparaba tallos de calabaza hervidos, caracoles del estanque en salsa de soja o calamares secos puestos en remojo y cocidos, «No hace falta que te sientes tan correctamente», al tomar asiento frente a aquella pobre comida depositada, sin bandeja, directamente sobre el tatami, Setsuko lo hizo con mucha formalidad, tal como le habían enseñado, y después de la comida, cuando Seita se tumbó en el suelo con aire negligente, ella le advirtió: «¡Te convertirás en una vaca!» Utilizando la cocina por separado se sentían más cómodos, pero él no podía dar abasto a todos los quehaceres y, pronto, al pasar el peine de boj por el pelo de Setsuko, era difícil adivinar dónde los habría cogido, pero caían rodando de su cabellera piojos y liendres, y si tendía la ropa sin tomar precauciones, «¡Quieres que nos vean los aviones del enemigo o qué!», la viuda tenía palabras de reproche incluso sobre la colada; los esfuerzos de Seita no impedían que la suciedad fuera cada vez más ostensible; para empezar, les prohibieron bañarse en casa de los vecinos y, cuando finalmente los dejaron entrar, una vez cada tres días, en el baño público, fue a condición de que llevaran el combustible para calentar el agua, una tarea ardua y pesada que daba pereza; Seita se pasaba el día tumbado, leyendo las revistas femeninas a las que había estado suscrita su madre y que él compraba en la librería de viejo de delante de la estación de Shukugawa y, cuando sonaba la alarma de bombardeo, si la radio anunciaba la llegada de una gran formación de aviones, se negaba a ir al refugio ordinario, cogía a Setsuko y se metía en una cueva profunda que había detrás del estanque, cosa muy mal vista por los vecinos del barrio, quienes, encabezados por la viuda, estaban ya hartos de los dos huérfanos y decían que un joven de su edad debería ser núcleo de las actividades civiles de extinción de incendios, pero Seita, tras haber vivido en su propia piel el estrépito de las bombas estrellándose contra el suelo y la velocidad de las llamas, si hubieran sido uno o dos aviones aún lo habría hecho, pero tratándose de toda una formación, ¡ni pensarlo!

El seis de julio, bajo las últimas lluvias de la época de los monzones, los B-29 bombardearon Akashi; desde la cueva, Seita y Setsuko contemplaban distraídamente las ondas concéntricas que las gotas de lluvia torrencial dibujaban en la superficie del estanque; Setsuko abrazaba la muñeca, que no abandonaba fuera adonde fuese, «¡Quiero volver a casa! ¡No quiero vivir más con la tía!», lo dijo lloriqueando, aunque no se había quejado nunca hasta aquel momento, «Nuestra casa se ha quemado, ya no tenemos casa», sin embargo, no podrían estar ya en casa de la viuda mucho más tiempo: una noche en que Setsuko, dormida, estuvo llorando de miedo, la viuda apareció de repente como si hubiera estado aguardando la ocasión, «Mi hija y mi hijo están trabajando para la patria, así que tú, por lo menos, podrías hacer algo para que dejara de llorar, como mínimo, vamos; ¡con este escándalo no hay quien duerma!», y cerró la puerta corredera con una violencia que hizo sollozar a la niña con más fuerza; Seita la sacó a las tinieblas de la calle, entre las luciérnagas eternas; por un instante pensó: «Si al menos no estuviera Setsuko…», pero el cuerpecillo de la pequeña, que había vuelto a dormirse apoyada en su espalda, parecía, extrañamente, mucho más liviano, su frente y sus brazos estaban llenos de picaduras de mosquito que, cuando se rascaba, supuraban pus. Aprovechando que la viuda acababa de salir, levantaron la tapa del viejo armonio de la hija: «he-to-i-ro-ha-ro-i-ro-to-ro-i, he-to-iro-i-ho-ni»; cuando las escuelas pasaron a llamarse «populares», el «do-re-mi» se convirtió en «ha-ni-ho-he-to-i-ro-ha»; recordaba haber tecleado con inseguridad la melodía del Koinobori, la primera canción que aprendió tras aquel cambio y, al tararearla con Setsuko: «¡Dejad de cantar! ¡Estamos en guerra y voy a ser yo quien sufra las consecuencias! ¡Qué falta de sentido común!», gritó, enfadada, la viuda, que había regresado inadvertidamente, «¡Con vosotros, ha caído una calamidad sobre esta casa! En los bombardeos, no sirves para nada. Si te preocupa tanto tu vida, ¿por qué no vives siempre en la cueva?»

«Ésta será nuestra casa. A esta cueva no vendrá nadie y tú y yo podremos vivir como queramos». La cueva tenía forma de U, y los soportes que la apuntalaban eran gruesos, «Compraremos paja a los campesinos y la extenderemos por el suelo, y si aquí colgamos el mosquitero, no estará tan mal», Seita se sentía movido, a medias, por un impulso a la aventura muy propio de su edad y, cuando hubo pasado el estado de alarma, empezó a recoger sus cosas en silencio, «Gracias por habernos tenido en casa tanto tiempo. Nosotros nos vamos», «¿Que os vais? ¿A dónde?», «Todavía no lo hemos decidido», «Bueno, ¡cuidaos entonces! ¡Adiós, Setenan!», y con una sonrisa forzada, la viuda desapareció en el interior de la casa.

A duras penas logró arrastrar hasta la cueva la canasta de mimbre para guardar ropa, el mosquitero, los utensilios de cocina y, además, el baúl de ropa occidental y la caja con los huesos de su madre; «¿Aquí vamos a vivir?», pensándolo bien, era una cueva normal y corriente, y Seita empezó a sentirse desanimado, pero en la primera granja adonde se dirigió, al azar, le dieron paja e incluso le vendieron algunos nabos; además, Setsuko estaba entusiasmada, «¡Esto es la cocina; y aquí está el recibidor!», se detuvo un instante con aire dubitativo, «¿Y dónde pondremos el lavabo?», «¡No importa!, en cualquier sitio va bien. Ya te acompañaré yo», Setsuko se sentó con delicadeza encima de un montón de paja; su padre había dicho una vez: «Esta niña, cuando crezca, va a ser hermosa y distinguida», al preguntarle Seita el significado de la palabra distinguida, que no entendía, su padre aventuró: «Pues, vendría a ser algo así como elegante, supongo», y, en efecto, Setsuko era una belleza elegante y digna de compasión.

Estaban acostumbrados a la oscuridad de las restricciones de luz, pero, sumergido en las tinieblas de la noche, el interior de la cueva parecía realmente pintado de negro; una vez se metían dentro del mosquitero colgado de los puntales, no podían confiar en otro punto de referencia que en el zumbido incesante de los mosquitos que pululaban en el exterior, los dos se arrimaron instintivamente el uno al otro y, al abrazar con el bajo vientre las piernas desnudas de Setsuko, Seita sintió una excitación que le producía un dolor sordo, la abrazó con más fuerza: «¡Seita, me haces daño!», dijo Setsuko llena de pánico.

«¿Paseamos?», como no podían conciliar el sueño, salieron al exterior e hicieron pipí los dos juntos; sobre sus cabezas unos aviones japoneses se dirigían hacia el oeste haciendo parpadear las luces de señales, azules y rojas, «¡Mira, las unidades especiales de ataque!», «¡Ah!», Setsuko asintió con la cabeza sin comprender lo que querían decir aquellas palabras, «Parecen luciérnagas», «Sí, es verdad», si cogieran luciérnagas y las metieran dentro del mosquitero, ¿no darían, tal vez, un poco de luz? Y de este modo, y no es que pretendieran imitar a Shain, fueron atrapando todas las luciérnagas que se pusieron a su alcance, una tras otra, y cuando las soltaron dentro del mosquitero, cinco o seis emprendieron el vuelo con suavidad, mientras las otras se posaban en la tela… ¡Oh!, ¡ya eran cien las luciérnagas que volaban ahora por el interior del mosquitero!; seguían sin poder distinguirse las facciones el uno al otro, pero el vuelo de las luciérnagas les daba una sensación de serenidad y sus ojos se cerraron mientras iban siguiendo aquellos movimientos suaves; las luces de las luciérnagas, en hilera: la revista naval del emperador a las Fuerzas de la Armada en octubre del año diez de Shôwa (1935); ornaron la ladera del monte Rokkô con una gran luminaria en forma de nave; desde la cima, la flota y los portaaviones anclados en la bahía de Osaka parecían palos flotando sobre las aguas, los toldos blancos se extendían desde la proa; su padre formaba parte de la tripulación de la fragata Maya y Seita la buscó desesperadamente, pero el puente cortado en vertical, parecido a un barranco, característico de la fragata Maya, no se veía por ninguna parte; ¡oh!, ¿era la banda de la Universidad de Comercio?, entrecortadamente, sonaba el himno de la Marina: «¡Si hay que defenderse, o también que atacar, en el flotante acero debemos confiar!», «¿Dónde estará haciendo la guerra papá?», su fotografía, manchada del sudor de Seita… ¡Ataque de aviones enemigos!, ¡ta-ta-ta-ta-ta!, imaginó que las luces de las luciérnagas eran proyectiles del enemigo, ¡sí!, en el bombardeo de la noche del diecisiete de marzo, ¡fuua! ¡fuua!, los proyectiles de las baterías antiaéreas se elevaban zigzagueantes, como luciérnagas, para ser engullidos por el cielo, ¿podrían dar realmente en el blanco, con aquellas máquinas?

Por la mañana, habían muerto la mitad de las luciérnagas y Setsuko las enterró a la entrada del refugio, «¿Qué estás haciendo?», «La tumba de las luciérnagas», y, sin levantar la mirada del suelo, «A mamá también la han metido en una tumba, ¿verdad?», mientras Seita vacilaba sobre qué debía responder, «Me lo dijo la tía, me dijo que mamá había muerto y que estaba en una tumba», y a Seita, por primera vez, se le anegaron los ojos en lágrimas, «Algún día iremos a visitar la tumba de mamá. Setsuko, ¿no te acuerdas del cementerio de Kasugano, el que está cerca de Nunobiki? Mamá está allí». Debajo de un alcanforero, en una tumba pequeña: Sí, hasta que no pongamos sus huesos allí, mamá no podrá descansar en paz.

Cambiaba los kimonos de su madre por arroz en las granjas; la gente del vecindario lo veía cuando iba al pozo y, por eso, todos adivinaron enseguida que vivían los dos en la cueva, pero nadie apareció por allí; Seita recogía ramas para cocer el arroz, si no le alcanzaba la sal, cogía agua de mar; algún P-15 los tiroteaba de vez en cuando en el camino, pero pasaron unos días apacibles, con las luciérnagas velando sus noches, se habían habituado ya a vivir en la cueva, aunque a Seita le salió un eccema entre los dedos de las dos manos y Setsuko se iba debilitando cada vez más.

Por la noche se sumergían en las aguas del estanque; Seita buscaba caracoles mientras bañaba a Setsuko; los omóplatos y las costillas de la niña cada día sobresalían más: «Tienes que comer mucho, Setsuko», miró fijamente el lugar donde croaban las ranas y pensó en la posibilidad de atrapar alguna, pero era imposible; aunque dijera que tenía que comer más, los kimonos de la madre se habían acabado, un huevo costaba tres yenes; un shô de aceite, cien; cien momme de carne de ternera, veinte yenes; un shô de arroz, veinticinco yenes: los precios del mercado negro, si no se conocía bien, eran inalcanzables. Viviendo tan cerca de la ciudad, los campesinos no pecaban de candidez y se negaban a vender el arroz a cambio de dinero; pronto volvieron a las gachas de soja y, a finales de julio, Setsuko cogió la sarna, además de estar infestada de pulgas y piojos que, pese a los esfuerzos de Seita para acabar con ellos, reaparecían a la mañana siguiente pululando por las costuras del vestido de la niña; cuando Seita pensaba que la gotita roja de sangre de los piojos grises pertenecía a Setsuko, se enfadaba tanto que los torturaba arrancándoles, una a una, sus minúsculas patitas, pero era en vano; llegó a preguntarse si podrían comerse también las luciérnagas y, pronto, Setsuko debió sentirse ya sin fuerzas, porque, sólo proponerle ir a la playa, decía: «Te espero aquí», y permanecía acostada en el suelo abrazando la muñeca; Seita, cada vez que salía, robaba de los huertos tomates verdes y pepinos pequeños como un dedo meñique que hacía comer a Setsuko; una vez vio a un niño de unos cinco o seis años que mordisqueaba una manzana como si fuera un tesoro: se la arrancó de la mano y regresó corriendo, «¡Setsuko, una manzana! ¡Cómetela!», a la niña, como era de esperar, se le iluminaron los ojos, pero al hincarle los dientes, dijo enseguida: «¡No, no es una manzana!», y cuando Seita la mordió, vio que era un trozo crudo de batata pelada; Setsuko, decepcionada, con la miel en los labios, empezó a llorar, «¡Aunque sea un trozo de batata, no importa! ¡Cométela enseguida! ¡Si no te la comes tú, me la comeré yo!», Seita habló con severidad, pero había lágrimas en su voz.

¿Qué había pasado con el racionamiento? De vez en cuando le daban sal gema, cerillas y arroz, pero por no pertenecer a una asociación de vecinos, no tenía acceso a los artículos de racionamiento que anunciaban esporádicamente en el periódico; Seita, al caer la noche, no sólo robaba en los pequeños huertos de delante de las casas, sino que cogía batatas de los campos, arrancaba caña de azúcar y hacía beber el líquido a Setsuko.

La noche del treinta y uno de julio sonó la alarma antiaérea mientras estaba robando en un campo; siguió arrancando batatas, ignorándola, pero unos campesinos que se habían cobijado en una zanja que se encontraba en las inmediaciones lo descubrieron y lo apalearon; cuando la alarma hubo cesado, lo arrastraron hasta la cueva donde enfocaron con una linterna las hojas de batata que guardaba para hervir: una prueba irrefutable, «¡Perdón! ¡Perdón!», delante de la aterrorizada Setsuko, pidió perdón de rodillas, pero no se conmovieron, «Mi hermana está enferma, si no estoy yo, morirá», «¿Qué estás diciendo? ¡En tiempos de guerra, robar en los campos es un delito muy grave!», le echaron la zancadilla, lo tiraron al suelo y lo agarraron por la nuca, «¡Vamos! ¡Andando! ¡Te meteremos entre rejas!»; sin embargo, una vez en comisaría, el policía no se inmutó: «Dicen que el bombardeo de esta noche ha sido en Fukui», calmó a los indignados campesinos, sermoneó a Seita y lo dejó ir enseguida; salió a la calle, era imposible adivinar cómo habría podido llegar, pero allí estaba aguardando Setsuko. Volvieron al refugio y, como Seita seguía sollozando, Setsuko le acarició la espalda, «¿Dónde te duele? Te encuentras muy mal, ¿verdad? Tendremos que llamar al doctor para que te ponga una inyección», dijo en tono maternal.

A principios de agosto, las escuadrillas procedentes de los portaaviones bombardeaban a diario; Seita aguardaba a que sonara la alarma antiaérea para salir de rapiña; esperaba a que todos se agazaparan en los refugios, aterrados ante la visión de aquellas luces que centelleaban a lo lejos en el cielo de verano y que se transformaban, de súbito, en ráfagas de metralla que se precipitaba sobre sus cabezas; entraba a hurtadillas en las cocinas por las puertas abiertas de par en par y cogía todo lo que encontraba; la noche del cinco de agosto ardió el centro de la ciudad de Nishinomiya y, por primera vez, temblaron de terror los habitantes de Manchitani, aquellos que se creían libres de todo peligro, pero, para Seita, representó una fuente de ganancias: bajo el estruendo entrecruzado de diferentes tipos de bombas, entró furtivamente en un barrio donde no había ni un alma, parecido a aquellos que había visto el cinco de junio, y cogió todo lo que encontró: kimonos para cambiar por arroz, mochilas abandonadas y, lo que no podía acarrear con una mano, mientras, a su paso, apartaba las chispas de fuego con la otra, lo escondió bajo las losas de piedra de las cloacas; ¡Una oleada de gente en busca de refugio se abalanzaba sobre él! Seita se puso en cuclillas para evitar aquella vorágine y, cuando levantó la mirada hacia el cielo de la noche, los B-29 volaban hacia la montaña y giraban de nuevo hacia el mar, rozando a su paso el humo de los fuegos; Seita, que había perdido ya el pánico, sintió incluso el impulso de ponerse a dar brincos, mientras agitaba los brazos en el aire, gritando ¡yuhuuu!

Aunque hurtaba aprovechando la confusión del momento, cuidaba en elegir los kimonos más llamativos, que pudiera cambiar con provecho, aquellos de largas mangas, tejidos de colores tan brillantes que dejaban sin aliento; se los embutía debajo de la camisa y del pantalón y, mientras andaba, se iba sosteniendo aquel vientre hinchado como el de una rana; intercambiaba los kimonos en las granjas, pero, como había indicios de que la cosecha sería mala, los campesinos pronto se negaron a desprenderse del arroz; Seita temía, como es lógico, a la gente de los alrededores y, en su búsqueda, se desplazaba hasta Nikawa y Nishinomiya-Kitaguchi, donde recorría, de punta a punta, unos arrozales que mostraban los enormes boquetes de las bombas, pero lo máximo que conseguía eran tomates, alubias y brotes verdes de soja.

Setsuko sufría de diarrea crónica, la parte derecha de su cuerpo estaba tan pálida que transparentaba; la izquierda estaba cubierta por las llagas de la sarna y, cuando la lavaba con agua de mar, le escocía tanto que no hacía más que llorar. Visitaron un médico, delante de la estación de Shukugawa: «Tiene que tomar alimentos nutritivos», se limitó a auscultarle el pecho, como simple formulismo, sin darle siquiera una medicina; alimentos nutritivos como el pescado blanco, la yema de huevo, la mantequilla o el chocolate de Shangai que le enviaba su padre y que encontraba en el buzón al volver de la escuela, o las manzanas cuyo zumo tomaba al menor síntoma de indigestión, después de rallarlas y tamizarlas con una gasa; le parecía que todo aquello pertenecía a una época muy lejana, pero hasta dos años atrás lo habían tenido todo, ¡no!, incluso dos meses antes su madre cocía melocotón en almíbar, abría latas de cangrejo, y él se negaba a tomar yókan diciendo que no le gustaban las cosas dulces; la comida con arroz importado de China del día de la Gran Asia que tiró diciendo que olía mal; aquella comida vegetariana, poco apetitosa, del templo Manpuku del monte Oobaku; las bolas de harina con las que se atragantó, al comerlas por primera vez, ¡ahora parecían un sueno!

Setsuko ya ni siquiera tenía fuerzas para sostener la muñeca que había llevado siempre consigo, abrazada, y que balanceaba la cabeza a cada paso de su dueña, ¡no!, ¡peor aún!, los brazos y las piernas ennegrecidos por la mugre de la muñeca eran más carnosos que los de Setsuko; Seita se sentó en el dique del río Shukugawa; a su lado, un hombre que acarreaba hielo en el remolque de su bicicleta lo iba cortando con una sierra; Seita fue recogiendo aquel polvo de hielo y lo metió entre los labios de Setsuko. «Tengo hambre», «Sí, yo también», «¿Qué quieres comer?», «Tempura, sashimi… agar-agar», tiempo atrás, tenían un perro llamado «Beru», y Seita, que odiaba el tempura, lo guardaba a escondidas y se lo arrojaba al perro, «¿Nada más? Di lo que te gustaría comer, aunque sea sólo eso, es bueno recordar el sabor de estas comidas, ¿verdad?», el uosuki de Maruman, en Dôtonbori, que tomaban al regresar del teatro: tocaba a un huevo por cabeza, pero su madre ofrecía el suyo a Seita; la comida china del mercado negro de Nankinmachi adonde fue con su padre; y cuando, ante los hilos pegajosos de batata cocida azucarada, Seita dijo: «¿No estará podrido?», se rieron de él; los caramelos negros de las bolsas que preparaban para los soldados, de donde hurtaba uno; también había robado, a menudo, la leche en polvo de Setsuko; y canela, en los puestos de golosinas; los pasteles y la limonada de las excursiones; una vez había compartido su manzana con un niño pobre que no llevaba más que caramelos… «¡Sí! ¡Tengo que alimentar bien a Setsuko!», sentía una terrible inquietud al pensarlo, la cogió en brazos de nuevo y volvió al refugio.

Setsuko dormitaba, tendida en el suelo, abrazando la muñeca: Seita la observaba, «¿Y si me hiciera un corte en un dedo y le hiciera beber la sangre? ¡No! ¡Ni que me faltara uno, no pasaría nada! ¿Y si le hiciera comer la carne del dedo?», sólo el pelo le crecía abundante y vigoroso: «Setsuko, ¿te molesta el pelo?», la incorporó y empezó a hacerle una gruesa trenza; los dedos que se deslizaban entre su cabello iban sintiendo, mientras tanto, el tacto de los piojos, «¡Gracias, Seita!», con el pelo recogido, sus ojos se veían tan hundidos que llamaban la atención. ¿Qué debía estar pensando Setsuko?, era difícil adivinar con qué motivo lo hacía, pero cogió dos piedras que había al alcance de su mano, «¡Seita, toma!», «¿Qué?», «¿Te apetece comer algo? ¿Quieres tomar un té?», la niña parecía haberse animado de repente, «Después te daré orujo de soja cocido», y, como si jugara a las casitas, alineó piedrecitas y terrones de tierra, «¡Toma, sírvete! ¿No te apetece comer?»

El mediodía del veintidós de agosto, cuando Seita volvió al refugio después de nadar en el estanque, Setsuko estaba muerta. Su cuerpo no era más que huesos y piel, durante los dos o tres días anteriores ya ni hablaba, no apartaba siquiera unas hormigas grandes que se paseaban por su rostro; sólo al caer la noche parecía que iba persiguiendo con la mirada las luces de las luciérnagas, «Sube, baja, se ha parado», murmuraba bajito; una semana antes, tras anunciarse la rendición, Seita había gritado lleno de cólera: «¡Y qué está haciendo la flota!», al oírlo, un anciano que había a su lado afirmó con contundencia: «La flota se hundió hace tiempo y ya no queda ni un barco», «Entonces, ¿se habrá hundido también la fragata de papá?», mientras andaba, contempló la fotografía completamente arrugada que llevaba siempre junto a su piel, «¡Papá también ha muerto! ¡Papá también ha muerto!», su muerte le pareció mucho más real que la de su madre y, finalmente, aquel ánimo que le impulsaba a seguir con vida, a luchar por sobrevivir, él y Setsuko, desapareció y le embargó un sentimiento de indiferencia hacia su suerte. A pesar de ello, por su hermana, siguió recorriendo las cercanías; en el bolsillo tenía varios billetes de diez yenes que había sacado del banco y, a veces, conseguía algún pollo por ciento cincuenta yenes; o arroz, cuyo precio había subido, en un santiamén, a cuarenta yenes el shô, y lo ofrecía a Setsuko, pero la niña ya no podía aceptar la comida.

Noche de tormenta: Seita estaba agazapado en la oscuridad de la cueva con el cadáver de Setsuko sobre sus rodillas; aunque se adormeciera de vez en cuando, se despertaba al instante y seguía acariciando su cabello, con la mejilla apretada contra aquella frente helada, incapaz de soltar una lágrima. Entre la tormenta que bramaba enfurecida, ¡fiuu! ¡fiuu!, haciendo temblar violentamente las hojas de los árboles, creyó oír el llanto de Setsuko; y tuvo la ilusión de que empezaba a sonar, en alguna parte, el himno de la armada.

Al día siguiente, una vez hubo pasado el tifón, bajo aquel cielo sin nubes bañado por la luz del sol, que ya se había teñido de los colores otoñales, Seita subió a la montaña llevando a Setsuko en brazos; había ido a solicitar la incineración al ayuntamiento, pero le habían dicho que el crematorio no daba abasto y que aún quedaban por incinerar los cadáveres de la semana anterior, y tan sólo había recibido un saquito de carbón vegetal en el reparto especial, «Si es un niño, puedes pedir que te dejen incinerarlo en un rincón del templo. Desnúdalo, y si enciendes la hoguera con cascarilla de soja, arde muy bien», le había advertido el hombre del reparto con aires de estar acostumbrado a tales explicaciones.

Cavó una fosa en la colina, a cuyos pies estaba Manchitani, puso a Setsuko en la canasta de mimbre, embutió a su alrededor ropa, el monedero y la muñeca, extendió la cascarilla de soja tal como le habían aconsejado, amontonó bien la leña, vació sobre ésta el saco de carbón vegetal, puso encima la canasta de mimbre, encendió una astilla con azufre y, al arrojarla dentro, ¡patchi!, el fuego prendió, crepitando, en la cascarilla de soja; aquella humareda que danzó, indecisa, durante unos instantes, pronto se convirtió en una columna que apuntaba con vigor hacia el cielo; Seita sintió, en aquel momento, la necesidad de ir de vientre y se puso en cuclillas mientras contemplaba las llamas; también Seita estaba afectado por una diarrea crónica.

Al anochecer se levantó un poco de viento y, a cada ráfaga, el carbón vegetal rugía en tono quedo y se avivaba el rojo de las ascuas; en el cielo del atardecer, las estrellas; al mirar hacia abajo, en las hileras de casas del valle, libres desde hacía dos días del control de alumbrado, se veían, acá y allá, las luces añoradas; cuatro años atrás, cuando él había venido con su madre a recoger algunos datos sobre una candidata para la boda de un primo de su padre, recordaba haber contemplado desde el mismo lugar la casa de la viuda; era como si nada hubiera cambiado, en absoluto.

El fuego se extinguió a altas horas de la noche y, al no poder orientarse en las tinieblas para recoger los huesos, se acostó junto a la fosa; a su alrededor había una multitud de luciérnagas que Seita ya no intentó atrapar: con ellas, Setsuko no se sentiría tan sola; las luciérnagas la acompañarían…, subiendo, bajando, desviándose de repente hacia los lados, dentro de poco, también ellas desaparecerán, pero tú, Setsuko, irás al cielo con las luciérnagas. Se despertó al amanecer, recogió los huesos blancos, divididos en fragmentos diminutos, parecidos a trocitos de talco, y bajó de la montaña; en el fondo de una trinchera, detrás de la casa de la viuda, encontró la ropa interior del kimono de su madre hecha un ovillo y empapada de agua —sin duda la había olvidado en la casa y la viuda la había arrojado allí—, la recogió, se la puso sobre un hombro y se fue; ya no regresaría jamás a la cueva.

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La tarde del veintidós de septiembre del año veinte de Shôwa (1945) Seita, que había muerto como un perro abandonado en la estación de Sannomiya, fue incinerado junto a los cadáveres de otros veinte o treinta niños vagabundos en un templo de Nunobiki y sus huesos fueron depositados en el columbario, los restos de un muerto desconocido.

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