Lolita [Fragmento]

Vladimir Nabokov

 

 

El 30 de mayo es día de abstinencia por edicto en New Hampshire, pero no en las Carolinas. Ese día, una epidemia de «fiebre intestinal» hizo que Ramsdale cerrara sus escuelas durante el verano. El lector puede comprobar el informe meteorológico en el Ramsdale Journal de 1947. Pocos días después, me mudé a casa de la señora Haze y el diario que me propongo exponer (como un espía que transmite de memoria el contenido de la nota que se ha tragado) abarca casi todo junio.

Jueves. Día muy cálido. Desde un punto ventajoso (ventanas del cuarto de baño) vi a Dolores descolgando ropa en la luz tamizada por los manzanos, tras la casa. Salí. Ella llevaba una camisa a cuadros, blue jeans, zapatillas de goma. Cada movimiento que hacía en las salpicaduras de sol punzaba la cuerda más secreta y sensible de mi cuerpo abyecto. Un rato después se sentó junto a mí en el último escalón de la entrada trasera y empezó a recoger guijarros entre sus pies —guijarros, Dios mío, y después un vidrio curvo de botella de leche parecida a una boca regañosa— para arrojarlos contra una lata. Ping. No acertarás otra vez…, no podrás —qué agonía— otra vez. Ping. Maravillosa piel, oh, maravillosa: suave y tostada, sin el menor defecto. La crema produce acné. El exceso de sustancia oleosa que alimenta los bulbos pilosos de la piel produce, cuando es excesiva, una irritación que abre paso a infecciones. Pero las nínfulas no tienen acné aunque se atiborren de comida pingüe. Dios mío, qué agonía ese tenue lustre sedoso en sus sienes que se intensifica hasta el brillante pelo castaño. Y el huesecillo a un lado de su tobillo cubierto de polvo. «¿La hija de McCoo? ¿Ginny McCoo? Oh, es un espanto. Mala. Y coja. Casi se muere de parálisis». Ping. La vírgula brillante de su antebrazo al bajar. Cuando se puso de pie para llevarse la ropa, pude admirar desde lejos los fondillos descoloridos de sus blue jeans recogidos. Más allá del jardín, la blanda señora Haze, completada por una cámara fotográfica, creció como una cuerda de fakir y después de varias alharacas heliotrópicas —ojos tristes hacia arriba, ojos alegres hacia abajo— tuvo el descaro de retratarme mientras parpadeaba sobre los escalones. Humbert le Bel.

Viernes. La vi cuando se marchaba a alguna parte con una niña morena llamada Rose. ¿Por qué su modo de andar me excitaba tan abominablemente? Analicémoslo. Una desvaída sugestión de pulgares vueltos hacia adentro. Una especie de cimbreante aflojamiento bajo la rodilla, prolongado hasta el fin de cada pisada. El espectro de un arrastre. Muy infantil, infinitamente meretricia, Humbert Humbert se siente además infinitamente turbado por el lenguaje vulgar de la pequeña, con su voz aguda y agria. Después la oí gritar redomadas sandeces a Rose por encima del cerco. Pausa. «Ahora tengo que irme, nena».

Sábado (principio acaso corregido). Sé que es una locura continuar con este diario, pero escribirlo me procura un peculiar estremecimiento. Y sólo una esposa enamorada podría descifrar esta letra microscópica. Permítaseme decir con un sollozo que hoy mi L. tomaba un baño de sol en la llamada «galería», pero su madre y otra mujer anduvieron incesantemente por los alrededores. Desde luego, podía sentarme en la mecedora y fingir que leía. Preferí no arriesgarme, y me mantuve lejos: temía que ese miedo horrible, insensato, ridículo, lastimoso que me paralizaba pudiera impedir que diera a mi entrée un aire fortuito.

Domingo. El ondulante calor todavía con nosotros; una semana muy favorable. Esta vez escogí una posición estratégica, con un obeso periódico y una pipa nueva, en la mecedora de la galería, antes de que llegara L. Con gran decepción mía, apareció con su madre, las dos en mallas de dos piezas, negras, nuevas como mi pipa. Mi amor, mi adorada estuvo un momento junto a mí —quería las historietas—, y olía casi como la otra niña de la Riviera, pero más intensamente, con armónicas más ásperas —un olor tórrido que me puso en movimiento de inmediato..—, pero L. ya me había arrancado de un tirón la sección codiciada para retirarse a su estera, cerca de su mamá paquidérmica. Allí mi belleza se echó boca abajo, mostrándome, mostrando a los mil ojos desorbitados en mi sangre, sus omóplatos ligeramente prominentes y la pelusilla en la ondulación de su espinazo… En silencio, la alumna de sexto grado disfrutaba de sus historietas verdes, rojas, azules. Era la nínfula más encantadora que pudiera recordar… Mientras observaba a través de napas de luz prismáticas, con labios secos, concentrando mi guía y meciéndome levemente bajo mi periódico, sentí que mi percepción de L., debidamente enfocada, podía valerme de inmediato una bienaventuranza de suplicante, pero como un ave de rapiña que prefiere una presa en movimiento a otra inmóvil, me las ingenié para que esa lastimosa conquista coincidiera con uno de los varios movimientos infantiles que L. hacía de cuando en cuando mientras leía, por ejemplo, para tratar de rascarse la mitad de la espalda, revelando una axila punteada. Pero, de pronto, la gorda Haze lo arruinó todo volviéndose hacia mí y pidiéndome fuego, para iniciar una conversación so pretexto de un libro lleno de patrañas, escrito por cierto popular farsante.

Lunes. Delectatio amorosa. Paso mis tristes días entre mutismos y dolores. Esta tarde debíamos ir (mamá Haze, Dolores y yo) a bañarnos al lago, pero la mañana nacarada degeneró al mediodía en lluvia, y Lo hizo un escándalo.

La edad media de la pubertad femenina se ha fijado en los trece años y nueve meses, en Nueva York y Chicago. La edad varía, según los casos individuales. Herry Edgar se enamoró de Virginia cuando ésta tenía apenas catorce años. Le daba lecciones de álgebra. Je m’imagine cela. Pasaron su luna de miel en Petersburg, Fla. «Monsieur Poe-poe», como llamaba al poeta-poeta, un alumno en una de las clases de Humbert Humbert.

Tengo todas las características que, según los estudiosos, suscitan reacciones perturbadoras en una muchachuela: mandíbula firme, mano musculosa, voz profunda y sonora, hombros anchos. Además, se me encuentra parecido a cierto cantor por el cual Lo anda chiflada.

Martes. Llueve. Lago de las Lluvias. Mamá, fuera de casa, de compras. Sabía que L. estaba cerca. Después de una sinuosa maniobra, me encontré con ella en el dormitorio de su madre. Me pidió que le sacara una mota del ojo izquierdo. Blusa a rayas. Aunque adoro la fragancia intoxicable de Lo, debería lavarse el pelo de cuando en cuando. Durante un instante, ambos estuvimos en el mismo baño tibio y verde del espejo, que reflejaba la copa de un álamo y a nosotros, en el cielo. La sostuve fuertemente por los hombros; después, con ternura, le tomé las sienes y le volví la cabeza. «Es aquí —dijo—, aquí lo siento». «Los campesinos suizos usan la punta de la lengua… La sacan de una lamida. ¿Quieres que trate?» «Bueno», dijo. Le pasé suavemente mi aguijón trémulo por el salado globo del ojo. «Uy —dijo—, ya se fue». «¿El otro, ahora?» —Estás loco — empezó—. No tengo nad…» Pero entonces reparó en mis labios fruncidos, que se le acercaban. «Bueno», dijo condescendiente. El sombrío Humbert se inclinó sobre esa cara tibia y rósea, y apretó su boca contra el ojo vibrante. Lolita rió y escapó rozándome. Mi corazón pareció latir en todas partes al mismo tiempo. Nunca en mi vida… ni siquiera cuando acariciaba a la otra, en Francia, nunca…

Noche. Nunca he experimentado tal agonía. Me gustaría describir su cara, sus manos… y no puedo, porque mi propio deseo me ciega cuando está cerca. No me habitúo a estar con nínfulas, maldito sea. Si cierro los ojos, no veo sino una fracción de Lo inmovilizada, una imagen cinematográfica, un encanto súbito, recóndito, como cuando se sienta levantando una rodilla bajo la falda de tarlatán para anudarse el lazo de un zapato, «Dolores Haze ne montrez paz voz zhambres (ésta es la madre, que cree saber francés). Poeta à mes heures, compuse un madrigal al negro humo de sus pestañas, al pálido gris de sus ojos vacíos, a las cinco pecas asimétricas de su nariz respingada, al vello rubio de sus piernas tostadas; pero lo rompí y ahora no puedo recordarlo. Sólo puedo describir los rasgos de Lo en los términos más triviales (diario resumido): puedo decir que tiene el pelo castaño, los labios rojos como un caramelo rojo lamido, el superior ligeramente hinchado. (¡Oh, si fuera yo una escritora que pudiera hacerla posar bajo una luz desnuda! Pero soy el flaco Humbert Humbert, huesudo y de pelo en pecho, con espesas cejas negras, acento curioso y un oscuro pozo de monstruos que se pudren tras una sonrisa de muchacho). Tampoco es ella la niña frágil de una novela femenina. Lo que me enloquece es la naturaleza ambigua de esta nínfula —de cada nínfula, quizá—; esa mezcla que percibo en mi Lolita de tierna y soñadora puerilidad, con la especie de vulgaridad descarada que emana de las chatas caras bonitas en anuncios y revistas, el confuso rosado de las criadas adolescentes del viejo mundo (con su olor a sudor y margaritas estrujadas). Y todo ello mezclado, nuevamente, con la inmaculada, exquisita ternura que rezuma del almizcle y el barro, de la mugre y la muerte, oh Dios, oh Dios. Y lo más singular es que ella, esta Lolita, mi Lolita, ha individualizado mi antiguo deseo, de modo que por encima de todo está… Lolita.

Miércoles. «Oye, haz que mamá nos lleve a ti y a mi al lago, mañana». Ésas fueron las palabras textuales que mi viejo amor de doce años me dijo en un susurro voluptuoso, al encontrarnos por casualidad en la entrada de la casa, yo fuera, ella dentro. El reflejo del sol vespertino, un deslumbrante diamante blanco con innumerables destellos iridiscentes, titilaba en la capota de un automóvil estacionado. El follaje de un álamo voluminoso hacía corretear sus blandas sombras sobre la pared de tablas de la casa. Dos álamos temblaban y se estremecían. Llegaban los sonidos informes del tránsito remoto; un niño llamaba «¡Nancy, Naaancy!» En la casa, Lolita había puesto su disco favorito, «La pequeña Carmen», que yo solía llamar «Directores enanos», chiste que la hacía resoplar de desdén.

Jueves. Anoche nos sentamos Lolita y yo en la galería de la señora Haze. El tibio crepúsculo se había ahondado en amorosa oscuridad. La chica vieja había acabado de narrar con grandes pormenores el argumento de una película que ella y L. habían visto el invierno pasado: el boxeador había caído muy bajo cuando conoció al buen sacerdote (que también había sido boxeador en su robusta juventud y que aún podía aporrear a un pecador). Estábamos sentados sobre almohadones amontonados en el suelo, y L. estaba entre la mujer y yo (se había apretujado, la mimosa). A mi vez, me lancé a un bullicioso relato de mis aventuras árticas. La musa de la invención me tendió un fusil y maté a un oso blanco que estaba sentado, y exclamó: «¡Ah!». Mientras tanto, tenía una aguda conciencia de la proximidad de L. y al hablar hacía ademanes invisibles para tocarle la mano, el hombro… Al fin, después de envolver por completo a mi luminosa amada en ese oleaje de caricias etéreas, me atreví a rozarle la pierna a lo largo de la pelusilla de la tibia, y me reí de mis propios chistes, y temblé y oculté mis temores, y una o dos veces sentí con mis rápidos labios la tibieza de su pelo, mientras le sacudía la cabeza tomándola jocosamente de la nariz. También ella traveseó un buen rato, hasta que su madre le dijo terminantemente que se estuviera quieta y arrojó la muñeca a las sombras. Yo reí y hablé a Haze a través de las piernas de Lo, para deslizar la mano sobre la grácil espalda de mi nínfula y sentirle la piel bajo la camisa de muchacho. Pero sabía que todo era inútil, y la ropa me apretaba lastimosamente y casi me alegré cuando la suave voz de su madre anunció en la oscuridad: «Y ahora, todos creemos que Lo debe irse a la cama». «Váyanse al diablo», dijo Lo. «Pues mañana no habrá picnic», dijo Haze. «Éste es un país libre», dijo Lo. Cuando la enfadada Lo se marchó, no me moví por pura inercia, mientras Haze fumaba su décimo cigarrillo de aquella noche y se quejaba otra vez de Lo.

Ya había sido mala cuando sólo tenía un año y solía arrojar sus juguetes de la cuna para que su pobre madre estuviera todo el tiempo recogiéndolos, ¡niña perversa! Ahora, a los doce, era una verdadera peste, dijo Haze. Lo único que ambicionaba en la vida era llegar a ser un día tambor mayor para menearse y hacer cabriolas, o bailarina de jazz. Sus calificaciones eran bajas, pero andaba mejor en su nueva escuela que en la de Pisky. (Pisky era la ciudad natal de Haze, en el medio Oeste. La casa de Ramsdale pertenecía a su difunta suegra. Aún no hacía dos años que se había mudado a Ramsdale). «¿Por qué no era feliz allá?» «Oh, yo misma pasé por ello de niña —dijo la señora Haze—. Chicos que le retuercen a una el brazo, que arrojan andanadas de libros, que tiran del pelo, que lastiman los pechos, que levantan las faldas… Desde luego, la melancolía es peculiar del desarrollo, pero Lo exagera. Es hosca, evasiva. Grosera y desafiante. Puso una estilográfica en el asiento de Viola, una italiana compañera suya en la escuela. ¿Sabe usted qué me gustaría? Si usted, monsieur, todavía sigue con nosotras en el otoño, le pediría que la ayudara en sus tareas…, usted parece saberlo todo, geografía, matemáticas, francés…» «¡Oh, todo!», dijo monsieur. «¡Eso quiere decir que seguirá usted con nosotras!» Yo tuve ganas de decirle que me quedaría allí eternamente, sólo para acariciar de cuando en cuando a mi incipiente alumna. Pero estaba harto de Haze. De modo que me limité a gruñir y a estirar mis piernas en disonancia (le mot juste) y me marché a mi cuarto. Pero la mujer, evidentemente, no estaba dispuesta a postergar la cosa. Cuando ya me encontraba en mi fría cama, apretando contra mi cara el fragante espectro de Lolita, oí que mi infatigable huéspeda se apoyaba pesadamente contra la puerta para susurrar a través de ella, sólo para cerciorarse —dijo— de que yo tenía la revista que le había pedido el otro día. Desde su cuarto, Lo gritó que ella la tenía. En esta casa somos una biblioteca circulante. Dios santo.

Viernes. Me pregunto qué dirán mis editores académicos si citara la vermeillette fente, de Ronsard, o un petit mont feutré de mousse délicate, tracé sur le milieu d’un fillet escarlatte, de Remy Beleau, etc. Probablemente tendré otro colapso nervioso si me quedo en esta casa, bajo la urgencia de esta tentación intolerable, junto a mi amada —mi amada—, mi vida y mi prometida. ¿La madre naturaleza la habrá iniciado ya en el Misterio de la Menarca? Tremenda sensación. Maldición gitana. Caída del techo, la abuela nos visita. «El señor Útero (cito de una revista para jóvenes) empieza a construir una suave pared, previendo que deberá alojar a un bebé». El minúsculo chiflado en su celda acolchada.

A propósito: si alguna vez cometo un asesinato serio… Subrayo el si. El motivo debería ser algo más importante que lo ocurrido con Valeria. Obsérvese que entonces yo era más bien inepto. Cuando me lleven a la muerte, recuerden ustedes que sólo un estallido de locura podría darme la simple energía para conducirme como un bruto (todo esto corregido, quizá). A veces ocurre, en sueños. Pero, ¿saben ustedes qué pasa? Por ejemplo, tengo un fusil. Por ejemplo, apunto contra un enemigo suave, quietamente interesado. Oh, aprieto el gatillo, pero las balas caen blandamente al suelo, una tras otra, desde el tímido cañón. En esos sueños, mi única preocupación es ocultar el fiasco al enemigo, que se aburre por momentos.

Durante la comida, la vieja gata me dijo, con una ojeada de burla maternal dirigida a Lo (yo acababa de describir con locuacidad el delicioso bigote como cepillo de dientes que no estaba muy resuelto a dejarme crecer): «Es mejor que no lo haga, pues alguien se pondrá completamente chiflada». En un instante Lo empujó el plato de pescado hervido, derribando su leche, y salió del cuarto: «¿Le aburriría mucho —dijo Haze— ir a nadar mañana con nosotras al lago, si Lo se disculpa por su comportamiento?»

Después oí portazos y otros ruidos que provenían de cavernas estremecidas donde las dos rivales se habían trenzado.

Lo no se disculpó. Nada de lago. Quizá hubiese sido divertido.

Sábado. He dejado la puerta abierta durante varios días, mientras escribía en mi cuarto, pero sólo hoy ha caído en la trampa. Entre idas y venidas, pataditas y bromas adicionales (que ocultaban su turbación al visitarme sin haber sido llamada), Lo entró y después de revolotear a mi alrededor se interesó por los laberintos de pesadilla que mi pluma trazaba sobre una hoja de papel. Ah, no: no eran los resultados del inspirado descanso de un calígrafo, entre dos párrafos; eran los horrendos jeroglíficos (que ella no podía descifrar) de mi fatal deseo. Cuando Lo inclinó sus rizos castaños sobre el escritorio ante el cual estaba sentado, Humbert el Ronco la rodeó con su brazo, en una miserable imitación de fraternidad; y mientras examinaba, con cierta miopía, el papel que sostenía, mi inocente visitante fue sentándose lentamente sobre mi rodilla. Su perfil adorable, sus labios entreabiertos, su pelo suave estaban a pocos centímetros de mi colmillo descubierto, y sentía la tibieza de sus piernas a través de la rudeza de sus ropas cotidianas. De pronto, supe que podía besarla. Supe que me dejaría hacerlo, y hasta que cerraría los ojos, como enseña Hollywood. Una vainilla doble con chocolate caliente… apenas algo más insólito que eso. No puedo explicar al lector —cuyas cejas, supongo habrán viajado ya hasta lo alto de su frente calva— cómo supe todo ello; quizá mi oído de mono había percibido inconscientemente algún leve cambio en el ritmo de su respiración —pues ahora Lo no miraba de veras mi galimatías y esperaba con curiosidad y compostura (oh, mi límpida nínfula) que el atractivo huésped hiciera lo que rabiaba por hacer—. Una niña moderna, una ávida lectora de revistas cinematográficas, una experta en primeros planos soñadores, no encontrará muy raro —me dije— que un amigo mayor, apuesto, de intensa virilidad… demasiado tarde. La casa toda vibró súbitamente con la voluble voz de Louise, que contaba a la señora Haze, recién llegada de la calle, cómo ella y Leslie Thomson habían encontrado algo muerto en el sótano, y Lolita no iba a perderse semejante cuento.

Domingo. Cambiante, malhumorada, alegre, torpe, graciosa, con la acre gracia de su niñez retozona, dolorosamente deseable de la cabeza a los pies (¡toda Nueva Inglaterra por la pluma de una escritora!), desde el moño hecho a toda prisa y las horquillas que sostienen el pelo hasta la pequeña cicatriz de su pierna (donde un patinador le dio un puntapié, en Pisky), un par de centímetros sobre la gruesa media blanca. Se ha ido con su madre a casa de los Hamilton, para una fiesta de cumpleaños o cosa así. Falda amplia de algodón. ¡Precioso cachorro!

Lunes. Mañana lluviosa. Ces matins gris si doux… Mi pijama blanco tiene dibujos lilas en la espalda. Parezco una de esas infladas arañas pálidas que se ven en los jardines viejos. Sentadas en medio de una tela luminosa y sacudiendo levemente tal o cual hebra. Mi red está tendida sobre la casa toda, mientras aguzo el oído desde mi silla, como un brujo astuto. ¿Estará Lo en su cuarto? Tiro suavemente del hilo de seda. No está. Oigo el staccato del cilindro de papel higiénico que gira; y mi filamento no ha registrado pisadas desde el cuarto de baño hasta su cuarto. ¿Seguirá cepillándose los dientes? (El único acto sanitario que Lo cumple con verdadero celo). No. La puerta del cuarto de baño acaba de abrirse, de modo que habrá que buscar en alguna otra parte de la casa la hermosa presa de tibios colores. Tendamos una hebra por la escalera. Así compruebo que no está en la cocina, abriendo la heladera o chillando a su detestada mamá (la cual ha de gozar en su tercera conversación telefónica de la mañana, arrulladora, amortiguadamente alegre). Bueno, busquemos a tientas y esperemos. Me deslizo con el pensamiento hasta el saloncito y encuentro callada la radio (y mamá sigue hablando suavemente con la señora Chatfield o la señora Hamilton, sonriendo, ahuecando la mano libre sobre el teléfono, negando implícitamente que niegue esos divertidos rumores, susurrando con la intimidad que nunca tiene esa mujer resuelta cuando habla cara a cara). ¡De modo que mi nínfula no está en ninguna parte de la casa! ¡Se ha ido! Lo que imaginé como una onda prismática resulta apenas una telaraña gris; la casa está vacía, muerta. Y entonces llega la risilla dulce y suave de Lo a través de mi puerta entreabierta. «No le digas a mamá que me he comido todo tu jamón». Salto afuera. Ya se ha ido. Lolita, ¿dónde estás? La bandeja de mi desayuno, amorosamente preparado por mi huéspeda, me mira desabridamente, esperando que lo coma. ¡Lolita, Lolita!

Martes. Las nubes volvieron a impedir el picnic en ese lago inalcanzable. ¿Es una maquinación del destino? Ayer me probé ante el espejo un par nuevo de pantalones de baño.

Miércoles. Por la tarde, Haze (zapatos razonables, traje sastre) dijo que iría a la ciudad a comprar un regalo para el amigo de una amiga, y me pidió que la acompañara, ya que tenía yo tan buen gusto para tejidos y perfumes. «Elija su preferido», ronroneó. ¿Qué podía hacer Humbert, especialista en perfumes? Me había arrinconado entre su automóvil y la entrada. «Apúrese», me dijo, mientras yo doblaba laboriosamente mi ancho cuerpo para subir al auto (sin dejar de pensar con desesperación en una escapatoria). Haze había puesto en marcha el motor y refunfuñaba delicadamente contra un camión que daba marcha atrás, después de llevar a la vieja e inválida señorita Vecina una nueva silla de ruedas, cuando llegó la voz aguda de mi Lolita desde la ventana del salón: «¡Eh, ustedes! ¿Adonde van? ¡Yo voy también! ¡Esperen!» «¡Ignórela», gruñó Haze (ahogando el motor). Tanto peor para mi gentil conductora: Lo ya abría la puerta de mi lado. «Esto es intolerable», empezó Haze; pero Lo ya se había metido dentro, estremeciéndose de placer. «Eh, tú, mueve el trasero», dijo Lo. «¡Lo!», gritó Haze (mirándome de soslayo y, esperando que yo expulsara a la niña descarada). «Y conduce con cuidado», dijo Lo (no por primera vez), mientras se echaba atrás, mientras yo me echaba atrás, mientras el automóvil arrancaba. «Es intolerable», dijo Haze pasando a segunda violentamente, «que una niña sea tan mal educada. Y tan insistente. Cuando nadie la llama. Y necesita un baño».

Mis nudillos rozaban los blue jeans de la niña. Iba descalza; en las uñas de los pies quedaban restos de esmalte color cereza y había un pedazo de tela adhesiva sobre el dedo gordo. Dios, ¡qué no habría dado yo por besar aquí y allá esos pies de huesos finos, dedos largos y agilidad de mono! De pronto su mano se deslizó en la mía y sin que nuestra acompañante lo viera apreté, palmoteé, sacudí esa garra tibia durante todo el viaje hasta la tienda. Las aletas de la nariz marlenesca de nuestra conductora brillaban (ya consumida o aventada su ración de polvo), mientras ella sostenía un elegante monólogo con el tránsito local, y sonreía de perfil, y hacía mohines de perfil, y batía las pintadas pestañas de perfil, y yo rogaba que nunca llegáramos a esa tienda. Pero llegamos.

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