Colacho hermanos o Presidentes de América (I)

Cesar Vallejo

 

 

Personajes, por orden de entrada

ACIDAL, el mayor de los hermanos Colacho
EL MAESTRO
LA PEQUEÑA Y SU MADRE
SORAS: 1-2-3
VIEJO CIUDADANO: n.º 1
CORDEL, hermano de Acidal Colacho
UN RAPAZUELO
NOVO: hijo de Acidal
OROCIO: dependiente del bazar de los Colacho
LA SORA RIMALDA
MR. TENEDY, gerente de la «Quivilca Corporation»
SORA: 4
COMISARIO BALDAZARI
SORAS: 5-6, un hombre y su mujer
ZAVALA, blanco, joven y fino, que las circunstancias convierten en preceptor de los
Colacho
TAPA sirvienta de los Colacho
DON RUPE, padre de Taya
MACHUCA: empleado de la «Quivilca. Corporation»
RUBIO: empleado de la «Quivilca Corporation»
BENITES: empleado de la «Quivilca Corporation»
LA ROSADA (una de Las Rosadas) o ZORAIDA (querida de Cordel)
PANCHO, hombre de confianza de los Colacho
PACHACA, soldado
DR. TROZO, abogado
CORONEL TOROTO
CAPITÁN COLLAZOS
CORONEL TEQUILLA
CORONEL ZERPA
EL MARIDO Y SU MUJER
DR. ZEGARRA
CORONEL BANDO
DR. DEL SURCO
EL SECRETARIO (Roque)
EL EDECAN
DE SOIZA DOLL, encargado de negocios del Brasil
EL PRESIDENTE DEL CONGRESO
EL MINISTRO DE JUSTICIA (Dr. Collar)
EL NUNCIO
LA SEÑORITA MATE y EL PEQUEÑO
EL PREFECTO
EL GENERAL NATÓN
EL CORONEL COLONGO
EL CORONEL CARAZA
UN VIEJO CIUDADANO: n.º 2
EL CORONEL-SECRETARIO SELAR
multitudes — grupos — voces — manifestantes — un teniente — gendarmes —miembros de la Casa militar — etc.

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.

Cuadro Primero

Un radiante mediodía en Taque, aldea de los Andes.

El interior de la tienducha de comercio de los hermanos Colacho. Al fondo, una puerta sobre una rua en que se yergue, entre arbustos, una que otra pequeña casa de barro y paja. A la izquierda, primer plano, tiradas por el suelo, pieles de oveja y una burda frazada: la única cama de los dos tenedores de la tienda. Más al fondo, horizontal a la rua, un mostrador. En los muros, casillas con botellas y otras mercaderías de primera necesidad. El monto del conjunto, miserable, rampante.

Es domingo y día de elección de diputado. Se ve pasar por la calleja, yendo y viniendo del campo, numerosos campesinos —hombres y mujeres. Los hay bebidos y camorristas. Otros cantan o tocan antara, concertina.

Acidal Colacho está muy atareado en arreglar, del modo más atrayente para la clientela, las mercaderías en las casillas.

Acidal es un retaco, muy gordo, colorado y sudoroso. El pelo negro e hirsuto, da la impresión de que nunca se peina. Tipo mestizo, más indígena que español. Su vestimenta es pobre y hasta rotosa. La camisa sucia, sin cuello ni puños visibles. Lleva espadrillas. Su aspecto y maneras son, en suma, los de un obrero a quien el patrón le hubiese encargado un momento el cuidado de su tienda. Cuarenta años.

Un cliente de unos treinta años —probablemente el maestro de escuela del lugar—, está leyendo un periódico, sentado sobre un cajón, junto a la puerta que da a la calle.

.

ACIDAL, sin dejar de trabajar, pregona sus mercaderías a los transeúntes: —¡Adentro, adentro!… ¡Bueno, bonito y barato!… ¡Cigarrillos amarillos! ¡Sal! ¡Ají seco! ¡Pañuelos casi de seda! ¡Velas blancas! ¡Adentro, adentro! ¡Bueno, bonito y barato!

UNA PEQUEÑA de la mano de su madre, desde la puerta: —¿Tienes, taita, hilo negro?

ACIDAL: —Pasa no más. ¿Cuánto quieres?

LA MADRE, entrando con la pequeña: —Un carrete del 40. ¿A cómo está?

ACIDAL, disponiéndose a servirlas: —Es decir… ¿Es lo único que quieren? ¿No se les ofrece además otra cosita…? ¿Anilina? ¿Fósforos? ¿Un buen jabón?

LA MADRE: —Lo que buscamos es, pues, taita, el hilo negro.

ACIDAL: —Pero hijas, da lo mismo jabón que hilo negro. Cuando la ropa está muy rota, en vez de remendarla, hay que lavarla bien, refregándola con bastante jabón, y entonces aparece relumbrante, como nueva. ¡Les venderé un jabón de chuparse los dedos! (Les muestra el jabón).

LA PEQUEÑA saliendo con la madre: —Qué se hará pues, taita, si no tienes hilo negro. Estamos apuradas.

ACIDAL, reteniéndolas: —Pero no se vayan. Tengo también caramelos verdes, manteca, píldoras para el dolor de muelas, para las almorranas y para el mal del sueño… (Pero las campesinas han salido. Acidal, desde la puerta, a los transeúntes). Adentro, ¡muchachos! ¡Hay cañazo, tabaco en mazo, coca de Huayambo y cal en polvo! ¡Todo bueno y barato!… (Tres mozos se detienen ante Acidal. Uno de ellos toca su concertina y los otros bailan una danza indígena, haciendo palmas). ¡Carajo! ¡Qué bomba la que se traen! ¡Y a esta hora!

MOZO PRIMERO: —Deogracias, taita. (Saca de su bolsillo un enorme pañuelo rojo y deshace en él un nudo que contiene todo su peculio). ¿Tienes, pues, taita, traguito? (Cuenta sus monedas).

ACIDAL: —¡Claro, hombre! ¡Y de primera! ¿Cuánto quieres?

MOZO PRIMERO: —Sólo una botellita. ¿A cómo está?

MOZO SEGUNDO: —A ver, pues, taita, una rebaja.

ACIDAL, sacando la botella: —Cincuenta centavos la botella, con casco y todo. ¡Y qué cañazo! ¡Con una sola copa, a soñar puercos con gorra!

MOZO PRIMERO: —Muy caro, patrón.

MOZO SEGUNDO: —¿Cuánto, pues, dices, taita?

ACIDAL: —Cincuenta centavos la botella. Pero por ser para ustedes y para que siempre vuelvan a comprarme, pegaré además en la botella, como regalo extraordinario que les hago a los tres, un papel colorado con el nombre de la casa. A ver, a ver… (Busca en el suelo, recoge un retazo de papel colorado en él que escribe algo con lápiz y lo pega con goma a la botella). ¡Ahí la tienen! ¡Llévensela! ¡Aunque se venga abajo mi negocio! (Los tres mozos, desconcertados del cinismo de Acidal, permanecen pensativos. Acidal, tomando este estupor por estupidez). ¿No entienden todavía? ¡Qué animales! A ver. La botella vale para todos los clientes cincuenta centavos.

LOS TRES MOZOS: —Cincuenta centavos.

ACIDAL: —Pero, a ustedes, para que vuelvan a comprarme siempre, les doy, con la botella, un regalo especial para los tres…

MOZO TERCERO: —¿Qué nos regalas taita?

ACIDAL: —Les regalo un papel colorado con mi nombre. ¿Me comprenden ahora?

MOZO PRIMERO, tras una nueva reflexión, pagando: —Gracias, pues, taita, tu papel coloradito. ¡Dios te lo pagará!

MOZO SEGUNDO, mirando atentamente el papel colorado: —¡Qué regalo más bonito! Con sus letras sentaditas en sus sillas…

ACIDAL: —¡Un cañazo de 38 grados! Especial para… ¿En qué trabajan ustedes?

MOZO TERCERO: —Somos, taita, pastores.

ACIDAL: —Precisamente, mi cañazo es un cañazo especial para pastores. Los animales, sobre todo los bueyes, en los rodeos de San Pedro y San Pablo, vienen a su pastor por el olor de mi cañazo. Con este cañazo, no hay oveja que se pierda, ni puerco que lo roben.

UN VIEJO CAMPESINO, quitándose el sombrero, entra tímidamente:— ¡Alabado sea Dios, taita!

ACIDAL: —Entra. ¿Qué se te, ofrece? Pasa. (Los tres mozos, salen, tocando su música y bailando. Uno de ellos lleva en alto la botella).

EL VIEJO a Acidal: —Perdóname, pues, taita, que te moleste.

ACIDAL: —¿Qué quieres que te venda?

EL VIEJO, con un retazo de papel azul en la mano: —Para que me digas por cuál de los patrones he votado para diputado. Desde bien de mañana, que di mi voto a los taitas de la plaza, ando por las calles rogando que me digan por cuál de los patrones he votado y no hay nadie quien me haga este favor. (Al oír esto, el maestro de escuela se acerca al viejo).

ACIDAL, al viejo: —A ver este papel que te han dado los taitas de la plaza. ¿Es ése que tú tienes ahí? (Le toma el papel azul).

EL VIEJO: —Sí, taita. Como no sé leer… (Acidal lee la cédula y el maestro hace lo mismo). Ni sé tampoco los nombres de los patrones candidatos…

ACIDAL Y EL MAESTRO: —Ramal. Por el Dr. Ramal. Has dado tu voto por Ramal. Así dice la cédula.

EL VIEJO, sin comprender: —¿Quién dices, taita? ¿Remar?…

ACIDAL Y EL MAESTRO, juntos: —Ra-mal. Maaaal. Has votado por el Dr. Ramaaal.

EL VIEJO, pensativo, miranda el papel: —Ramaaal… ¿Quién es, pues, taita? El patrón Ramal… ¡Pst!… (Resignado). ¡Así será, pues, taita! ¡Qué se hará! (El viejo sale). Dios se los, pague, taitas.

ACIDAL, al maestro: —¡Ya ve usted! Casi todos los que votan por Ramal no saben leer ni escribir.

EL MAESTRO: —¿Y, usted sabe quién firma por todos los analfabetos?

ACIDAL: —¡El burro! Ya lo sé, que es secretario de Ramal.

EL MAESTRO: —Peor fue la vez pasada.

ACIDAL, lavando unos vasos: —¿Cuándo? ¡Ah, si! Cuando las elecciones para Presidente de la República.

EL MAESTRO: —¿Se acuerda usted? ¡Qué escándalo!

ACIDAL: —En todas las elecciones es lo mismo. (Un grupo de electores pasa delante de la tienda, conducidos por un capitulero, lanzando: «¡Viva el Dr. Ramal! ¡Viva el Desiderio, que les tapó la boca a los soldados!»).

EL MAESTRO:—. ¿Usted, sabe lo que he visto, esta mañana, en la mesa receptora de los sufragios de la Iglesia?

ACIDAL: —¿Qué ha visto usted?

EL MAESTRO: —¡He visto a 27 muertos que votaban por Saruño! (Aquí, pasa un segundo grupo de electores por la calle, gritando «¡Viva Saruño! ¡Abajo Ramal! ¡Abajo el gendarme Tapia y su mujer, la loca Gumercidal!». El maestro dice entonces a Acidal). Un momento… Ya regreso… (Da un salto y va a reunirse con los manifestantes y grita a plenos pulmones). ¡Viva, señores, el Dr. Saruño! ¡Viva!… (La muchedumbre se aleja entre vivas y aplausos, en momentos en que llega Cordel Colacho, de prisa y malhumorado). (Cordel es hermano mellizo de Acidal, con quien tiene un asombroso parecido, físico y moral. Si no fuese por el traje que es distinto en cada uno de ellos, se podría fácilmente tomar el uno por el otro. Cordel está vestido aún más estrictamente que Acidal, de peón, pero de peón endomingado).

CORDEL, sacándose la gorra y enjugándose el sudor: —¡Uf, carajo!… Vengo sudando como una bestia. ¿Cómo van las ventas?

ACIDAL: —¡Pésimas! ¿Y tú? ¿Te ha visto Saruño?

CORDEL:—. No. Pero me ha visto el Tuco. (Abre el cajón del mostrador y cuenta el dinero). ¿Cuánto has vendido desde que me fui?

ACIDAL: —Tres pesos sesenta. La gente ni siquiera se asoma a la puerta. Así me reviente gritando.

CORDEL: —¿Tres pesos sesenta? ¿Nada más en toda la mañana?

ACIDAL: —¡No sé lo que vamos a hacer con el viejo Tuco!

CORDEL: —¡Qué Tuco ni gato muerto! ¡Le pagaremos cuando podarnos!

ACIDAL: —Qué tú dices… El viejo está furioso por su plata. Acaba de venir la Chepa… a decirme que su hermana Tomasa le ha oído ayer al Tuco gritar pestes de nosotros. El viejo —dice—, va a demandarme al subprefecto para echarnos a la, cárcel…

CORDEL: —¡Chismes y huevadas! (Comiendo golosamente unas galletas). ¡Me muero de hambre! No nos han dado nada en casa de Saruño.

ACIDAL: —¡Ah, pero así vas a acabar la caja de galletas! ¡Tú sí que eres contra la gran lechuza! ¡Ves como estamos y te pones a comer lo poco que hay en la tienda!

CORDEL: —¡Oye!, dejé anoche tres papas en la olla para hoy. ¿Quién se las ha comido? Si estuvieran aún ahí, no tocaría ahora tus galletas. (Tirándolas a la cabeza de Acidal). ¡Toma! ¡Cómetelas tus galletas! Y que te hagan provecho!…(Un rapazuelo entra corriendo, con varios sobres en las manos).

EL RAPAZUELO, escogiendo uno de los sobres: —Los señores Colacho? Una tarjeta del Alcalde. (Entrega el sobre a Cordel y sale, apurado. Cordel abre ansiosamente el sobre y Acidal temeroso a su vez, se acerca a ver de qué se trata. Ambos leen ávidamente la tarjeta que Cordel ha extraído del sobre. Al fin, Cordel vuelve lentamente a Acidal unos ojos desorbitados y ambos quedan mirándose mudos de estupor).

CORDEL, reaccionando él primero, relee a trozos la tarjeta, pasmado: —«A los señores Acidal y Cordel Colacho… a almorzar… Silverio Carranza… alcalde de la provincia…». (Volviéndose de nuevo a su hermano, en un grito de gloria). ¡Acidal! ¡Fíjate! (Le entrega tarjeta). ¡Una invitación del Alcalde de Colca! —¡Me oyes bien!— nada menos que del señor Silverio Carranza, del señor Alcalde de Colca, a los señores Acidal y Cordel Colacho…

ACIDAL, aturdido, relee a su turno:—. ¡No!… ¿No puede ser? ¡No es posible!

CORDEL: —¡Sí! ¡Ahí está! (Abraza frenéticamente a su hermano). ¡El alcalde! ¡A nosotros! ¡A nosotros, hermano mío!…

ACIDAL, tras una reflexión se serena y trata ya de entrever las posibles consecuencias de tal invitación: —¡Hum!… ¡Carajo!… ¡creo que de esta fecha, nos hemos salvado!… ¡Salvado, carajo!

CORDEL, paseándose a grandes zancadas, triunfal: —¡Al fin, carajo! ¡Después de tanto sufrir, de tanto, padecer, al fin! ¡Al fin, somos alguien en Colca! ¡Ahora si! … ¡Ahora si! (Lanza una gran risotada de júbilo incontenible).

ACIDAL, no se cansa de releer algunas palabras de la tarjeta: —«… tiene el honor…». (Volviéndose a Cordel). ¿Oyes tú? ¡Dice que tiene el honor! ¿Lo has leído?

CORDEL: —¡Que tiene el honor!… ¡Y el resto!… ¡Y todo lo demás!…

ACIDAL, releyendo siempre la tarjeta, tiene un sobresalto: —¿Qué hora es?

CORDEL, consultando un enorme reloj de bolsillo: —Las doce y veinte. ¿Por qué?

ACIDAL: —¿Por qué? ¡Pero porque dice que es para la una de la tarde! ¡Ya no tenemos tiempo! ¿Habrá que contestar antes de ir? ¿Cómo se hace en estos casos?

CORDEL: —Tendrás que ir sólo tú, porque tengo que cuidar la tienda. Ya puedes ir vistiéndote.

ACIDAL: —Y ¿tú? ¿Por qué no vas a ir tú, que eres más listo y sabes presentarte entre gente?

CORDEL: —Pero tú eres el mayor. Van a decir que somos unos brutos, que ignoramos urbanidad. Entre la gente decente, es el mayor de los hermanos que va siempre, cuando no pueden ir los dos.

UNA INDIA, desde la puerta: —¿Tienes, patrón, azúcar?

CORDEL: —¡No es hora de vender! (A la india). No hay azúcar. Vuelve mañana… (A Acidal). Cierra la puerta. Tienes que vestirte. (La india ha salido y Cordel cierra la puerta de la calle, de golpe). ¡Qué ventas ni ventas! ¡Con el almuerzo del alcalde, vas a ver! ¡Vas a ver: relaciones, negocios, dinero, todo! Así se comienza siempre. ¡Vístete! Ponte el saco azul y el cuello duro.

ACIDAL: —Pero mejor sería que vayas tú, Cordel. Tú eres más simpático, más buenmozo. Además, a mí me duelen los zapatos…

CORDEL, sacando de un baúl la ropa para su hermano: —Déjate de cojudeces y vístete. ¿Dónde están los zapatos, para verlos? ¿Dónde está la camisa rosada con pintas verdes? ¿Está limpia?

ACIDAL: —¡Anda, tú, Cordel! Mira que tú sabes mejor que yo andar con zapatos. A mí me hacen doler el dedo chico horriblemente.

CORDEL, exasperado: —¿Así que no quieres ir? ¿No? ¡Bueno!

ACIDAL: —Por favor, yo no. Tú, sí, Cordo. ¡Por dios!

CORDEL, furioso, arroja la ropa otra vez al baúl: —¡Esto es de no te muevas! ¡Vamos a perder por tu culpa la única ocasión; y que nos cae de las manos de Dios, de entrar en la buena sociedad!

ACIDAL: —¡Pero si yo no sé sentarme entre gente! Y tú lo sabes. Tengo vergüenza. Le ponen a uno tenedor y otras huevadas. Si me ven que no sé comer, entonces sí que nos joderíamos. Nunca más nos invitarían a ninguna otra parte.

CORDEL: —¿Dónde hay papel de carta, del bueno, para contestar la tarjeta y enviar la respuesta, antes de la hora del almuerzo?

ACIDAL, sacando papel de un cajón: —Aquí hay. ¿Se contesta así las invitaciones? Me parece que es después de comer que se agradece.

CORDEL: —¡Antes! En la buena sociedad, se agradece antes de comer. En Mollendo vi una vez que así lo hizo el tuerto Pita. ¡Escribe!… (Acidal se dispone a escribir). Haz una buena letra. Clara. Redonda. Cierra bien los ojos de tus os. Ponles cruces a tus tes. ¡Y con tinta negra!… (Vuelve a sacar la ropa).

ACIDAL, recuerda algo de pronto: —¡Hombre! ¡Hay por ahí un modelo de carta, justamente en el mosaico!… (De entre papeles que hay, saca y desempolva un libreto desencuadernado y busca una página). ¡Pistonudo! ¡Como pedrada en ojo tuerto!…

CORDEL, impaciente: —¡Ya son las doce y media! ¡Qué mosaico ni mosaico! ¡A qué hora vas a vestirte!

ACIDAL, que ha encontrado la página modelo: —¿No ves? Aquí está. ¡Estupendo! (Se pone a copiar el modelo). El caso es exactamente igual. (Cordel, entre tanta, cepilla la ropa y limpia los zapatos apuradamente. Acidal, de repente, contrariado, los ojos fijos en la página del mosaico). ¡Qué vaina! ¡Carajo!…

CORDÉL: —¡Pero apúrate, hombre! ¿Qué sucede?

ACIDAL: —Hay una palabra borrada en el mosaico, y no se sabe lo que dice.

CORDEL, acercándose: —¿Dónde? A ver…

ACIDAL, lee y muestra la página a su hermano: —«Tenemos la…». ¿Tú ves?… Está borrado. (Raspa con la uña la página). Y raspar resulta peor… Parece que se hubieran meado… No se puede ver lo que dice.

CORDEL: —¡Espérate! (Raspando, a su turno, la página). ¡Carajo! ¡Nada!…

ACIDAL: —Serán los ratones que se han cagado.

CORDEL: —¡Qué vaina! ¡Arréglalo como puedas! ¡De cualquier modo!

ACIDAL, volviendo a escribir: —Lo que debe decir ahí es: honra… «Tenemos la honra de agradecer a usted». ¿No te parece que la palabra en que se han cagado, los ratones es «honra»? ¡Mira bien!

CORDEL, volviendo a mirar la página: —Creo que sí… Sí, sí. Además, ¿qué otra palabra podría ser? (Lee). «Tenemos la…».

ACIDAL: —«… honra».

CORDEL: —«Honra», no cabe duda, No puede ser «la gloria» o «la alegría» o… la…

ACIDAL, convencido: —No… Eso es «Tenemos la honra». ¡Ratones sin vergüenza! (Sigue escribiendo).

CORDEL: —Apúrate no más. ¿Te has afeitado? (Le mira bien la cara). Bueno, menos mal. Tienes que peinarte. (Va a traer el peine y se acerca a peinar a su hermano, mientras éste escribe con sumo esmero la carta). ¡El tiempo vuela!… No muevas la cabeza.

ACIDAL, la cabeza rigurosamente inmóvil, agachado: —¿Cómo se escribe «honra»?

CORDEL, continuando el peinado de Acidal: —Honra, sin hache.

ACIDAL: —Ya sé, pero ¿con una o dos erres? (Silabea, martillando sobre la erre de «honra»). Hon-rrra!… Después de n, con una sola erre, me parece. Ooon-rrra… Sí. (Reanuda su redacción).

CORDEL: —Onra se escribe con una sola erre, desde luego, pero ponle dos o tres, para que no vayan, a pensar que es por miseria… Te he dicho que no muevas la cabeza.

ACIDAL: —Ya está. Va con tres erres. ¡Qué más da!

CORDEL, en éxtasis: —¡Recórcholis! Los Torres van a cagarse de envidia: ¿Acidal Colacho invitado a la mesa del señor Alcalde? ¡Para servir a usted!… (Ha terminado de peinar a Acidal y ahora se pasea, impaciente, hablándole sin cesar). No hables mucho en la mesa. Muy serio y respetuoso con todos. ¡Fíjate en el honor que vas a tener de comer con la familia del Alcalde y con el Sub-Prefecto, los doctores y toda la crema de Colca!… Y así son las cosas: bastará que te vean una sola vez en la mesa del Alcalde, para que los demás aristócratas empiecen también a invitarnos: el juez, el médico y hasta el mismo diputado, cuando salga elegido Saruño… (Una risa inefable). ¡Ayayayaya!… De este almuerzo depende nuestra suerte… El secreto está en entrar en la buena sociedad… De esto estoy convencido… El resto vendrá por su propio peso: la fortuna, los honores… ¡Oh qué grande es la bondad del Creador! ¡Cómo le ha tocado el corazón al alcalde para que nos invite a nosotros, pobrecitos, que el viejo Tuco quiere demandar y echar a la cárcel, por sus 47 soles que le debemos!… (Contemplando una vez más la tarjeta). ¡Lo veo y no lo puedo creer!

ACIDAL, cerrando la carta de respuesta al alcalde: —Ya está. ¿Cómo vamos a mandarla?

CORDEL: —Voy a ver al Cholo Fidel que está aquí, al lado… Tú, mientras tanto, ¡vístete a las voladas! (Toma el sobre y sale al trote). Ahí, tienes la ropa.

ACIDAL: —Pero ¡oye! ¡No voy al almuerzo! Irás tú… (Cordel ya desaparecido. Acidal, a solas, examina la ropa, como un condenado que contempla el aparato, de su ejecución). ¡Coche de mierda!… ¡Siempre quiere que yo sea el que me joda!… (Se desabotona el chaquetón para cambiarse de traje, mas luego se rebela, furioso). ¡Ahora es cuando no he de ir!… ¡Que vaya él!… ¡Que se vista él!… ¡Que no me joda a mí… (Se deja caer sobre un cajón, apoyando la frente en ambas manos. Después alza los ojos y considera los zapatos. Se acerca, los toca para verlos bien). ¡Claro! Un calzado comprado para dos no es para ninguno!… (Luego se mira seriamente, de pies a cabeza, y medita. Da unos pasos majestuosos: gira solemnemente sobre sus talones; vuelve con arrogancia la cabeza; mira con dignidad; parpadea; queda soñador; se pone las manos en los bolsillos de ambos lados del chaquetón, cimbrándose hacia atrás; murmura unas palabras cortesanas, puliéndose). Si… ya lo creo… Lo comprendo perfectísimamente… (Volviendo bruscamente la cara a otro lado, fino y galante). ¿Decía usted, señorita?… Quizá… Es muy posible… En las tardes. Cuando el sol se aleja tras de los montes… ¿Cree usted? ¿De veras?… (Se queda pensando. Una queja se escapa de sus labios). ¡No voy! ¡No voy! ¡No puedo ir! ¡No puedo!… (Una mezcla de angustia y de terror le posee).

CORDEL, que vuelve corriendo: —¿Y? ¿Qué cosa? ¿Todavía sin vestir?… (Acidal está sentado sobre su cajón, la cara oculta en ambas manos). ¡No seas bárbaro, Acidal! Mira: hoy, tú vas al almuerzo del alcalde, que es su santo. Ahí vas a conocer a mucha gente importante. Vas a dar la mano a personajes grandes. Si mañana necesitamos una recomendación, una garantía, una fianza, en fin, alguna cosa, nos la darán inmediatamente. Seguro que el subprefecto va a estar en el almuerzo. Si el viejo Tuco quiere hacernos poner en la cárcel, el subprefecto, una vez que te haya visto de invitado del alcalde, no va a poder echarnos a la cárcel así no más… (Acidal descubre el rostro y considera detenidamente a Cordel). Se hará el tonto, porque tendrá miedo de enojar a un amigo del alcalde. En fin… Tú sabes como son todas estas cosas… Además y por último, es así como viene el dinero: con amigos. (Acidal, sin contestar nada, vuelve a desabotonarse el chaquetón y empieza a cambiarse de traje). Y el mismo viejo Tuco. Estará ahí y ahora que te vea a ti también, entre, los personajes de Colca, ya no se va a atrever a hacernos nada. (Esta idea es ya, por sí sola, un resultado espléndido de la invitación). ¡Nada, mi viejo! ¡Es claro y lo vas a ver! ¿No lo crees? ¡Hombre!

ACIDAL, vistiéndole ahora cada vez más apresuradamente: —¡Mira el reloj! ¿Qué hora es? ¡Alcánzame la corbata!

CORDEL, haciendo, cuanto le dice Acidal: —Todavía tienes el tiempo, el tiempo justo… Son las… ¡Veinte para la una! ¡Son veinte minutos! ¡Con tal que llegues a la una en punto! (Dándole consejos). No tengas miedo. ¡Qué carajo! Después de todo estos caga-parados son, en el fondo, unas cacatúas! No te apoques… Si te preguntan por mí, diles que estoy muy bien… es decir, con cierto tono: (lo silabea, puliéndose) «un poquito resfriado, pero sin gravedad»… (Le cepilla la espalda). Procura hablar de cosas importantes… con mucha seriedad, y sonriendo sólo de cuando en cuando, sin abrir demasiado la boca, como el carnero Erasmo…

ACIDAL, poniéndose los zapatos: —Si mucho me aprietan, no respondo de nada. Tendrán que verme que cojeo y todo se irá al agua…

CORDEL, sin oír: —Trata de acercarte cuanto puedas al subprefecto. Acuérdate de la Chepa y del viejo Tuco…

ACIDAL, de pie, inmóvil: —¿Dónde has puesto el sombrero?

CORDEL, precipitándose, trae el sombrero: —¿Dónde se pone la servilleta, cuando se come? ¿Te acuerdas dónde se pone?

ACIDAL, nerviosísimo, transpirando a chorros y más colorado que de ordinario: — ¿La Servilleta?… Se la tiene en la mano. Digo… Me equivoco: en la derecha.

CORDEL: —No. Se la pone en el pecho, como babero. No te olvides. ¿Me has oído?

ACIDAL, sin atreverse a moverse de su sitio: —Ya… En el pecho… Me voy…

CORDEL: —A ver… Anda un poco, para verte. Da unos pasos.

ACIDAL, da los primeros pasos con zapatos, frunciéndose de dolor: —No sé si voy a poderlos soportar. ¡Tengo los dedos chiquitos completamente apachurrados!

CORDEL: —Haz, querido hermano, un esfuerzo. Tú sabes que yo tampoco puedo ponerme zapatos. De otro modo y en último caso, iría yo en tu lugar…

ACIDAL, ya en la puerta, con dolorosa resignación: —Sí… Así andas siempre diciendo. Hasta luego.

CORDEL: —Espérate. Sería bueno que te ensayes un poco para que sepas bien lo que has de hacer. A ver: anda, como si entraras a la casa del alcalde. Camina, avanza. ¡Con toda dignidad! ¡Derechito!… (Acidal ejecuta el movimiento como dice Cordel). Así. Así… Puedes poner una mano en el bolsillo del pantalón. La izquierda… Eso es… No, la metas demasiado en el bolsillo. Dicen que eso no es limpio… Di: «Buenas tardes, caballeros». «Buenas tardes, señora». A ver: suponte que te encuentras en el patio con un sirviente. Yo soy el sirviente. Y yo te saludo… (Cordel saluda a Acidal, con un infinito respeto). «Buenas tardes, patroncito». Y tú, ¿cómo vas a contestar? Respóndeme… (Repite el saludo). «Buenas tardes, pues, taita».

ACIDAL, pavoneándose, la voz seca y gruesa, tieso, despreciativo sin mirar al sirviente: —Buenas.

CORDEL: —Magnífico… ¿Y si te encuentras a un doctor?… Yo soy el Dr. López, que paso a cierta distancia de ti. ¿Cómo harías? ¿Cómo saludarías? (Los dos ejecutan la maniobra).

ACIDAL, quitándose el sombrero, inclinándose, sonriente, la voz dulzona y servil: —¡Adiós, señor doctor!…

CORDEL: —¡Estupendo!… ¿Te duelen todavía los zapatos?

ACIDAL, sobreponiéndose al dolor, con heroísmo: —¡Oh, espantosamente! Pero ¡carajo!, prefiero los zapatos al badilejo. O a tener que ir a la cárcel, por los 47 soles del viejo Tuco. (Sale rápidamente, cojeando).

CORDEL, siguiéndole unos pasos: —¡Bravo, hermanito! ¡Bravo! Dios te mira con ojos de misericordia en el almuerzo!… (Acidal desaparece y Cordel abre de par en par la puerta de la calle. De pie en el dintel, los pulgares agarrados a las axilas de los sobacos, pregona con voz vigorosa, casi imperativa y señorial). ¡Bueno! ¡Bonito! ¡Y barato! ¡Azúcar a dos y media… ¡Fósforos con cabeza colorada! ¡Chocolate!… ¡Pañuelos casi de sedal… ¡Adentro, adentro!… ¡Ají seco!… ¡Cigarrillos amarillos!, ¡velas blancas!… ¡Todo bueno, bonito y barato!…

.

TELÓN

.

(Continuará…)

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