Hambre (III)

Knut Hamsun

 

 

SEGUNDA PARTE

Unas semanas más tarde salí una noche a dar un paseo.

De nuevo me había sentado en uno de los cementerios a escribir un artículo para algún periódico. Mientras estaba ocupado en esos menesteres se hicieron las diez, cayó la noche y se disponían a cerrar la puerta. Tenía hambre, mucha hambre; por desgracia las diez coronas habían durado muy poco. Hacía dos, casi tres días que no comía y me sentía débil; incluso sostener el lápiz me fatigaba. Llevaba en el bolsillo la mitad de un cortaplumas y un manojo de llaves, pero ni un øre.

Cuando cerraron la puerta del cementerio debería haberme ido directamente a casa; pero sentía un instintivo rechazo hacia mi habitación, tan oscura y vacía, un abandonado taller de hojalatería en el que me habían permitido alojarme provisionalmente, por lo que seguí andando tambaleándome. Vagué sin rumbo por los alrededores del Ayuntamiento, bajé hasta el mar y fui a sentarme en un banco en el muelle del ferrocarril.

En esos momentos no tenía pensamientos tristes, me olvidé de mi penuria y me sentí sosegado a la vista del puerto, que reposaba bello y apacible en la penumbra. Guiado por una vieja costumbre, me dispuse a leer la historia que acababa de escribir y que a mi sufrido cerebro le parecía lo mejor que había hecho hasta entonces. Saqué el manuscrito del bolsillo, me lo acerqué a los ojos y repasé página tras página. Cuando me cansé, volví a meter las hojas en el bolsillo. Reinaba una gran calma; el mar parecía una madreperla azul y los pajarillos revoloteaban a mi alrededor. Un policía vigila a lo lejos; aparte de él, no se ve ni un alma y todo el puerto está silencioso.

Cuento otra vez mi fortuna: la mitad de un cortaplumas y un manojo de llaves, pero ni un øre. De repente me meto la mano en el bolsillo y vuelvo a sacar las hojas. Fue un acto mecánico, un reflejo inconsciente. Cojo una hoja en blanco y —Dios sabe de dónde me vino la idea— hice con ella un cucurucho, lo cerré cuidadosamente para que pareciera que estaba lleno y lo lancé lejos sobre el pavimento. El viento lo llevó aún un poco más lejos, y luego se quedó quieto.

El hambre había comenzado a atacarme. No dejaba de mirar ese cucurucho blanco que parecía estar repleto de brillantes monedas de plata, y me imaginé que de verdad contenía algo. En una voz bastante alta hasta me invité a adivinar la suma. ¡Si acertaba, el dinero sería mío! Me imaginaba las preciosas moneditas de diez øre en el fondo, y las abultadas coronas estriadas encima, ¡Un cucurucho lleno de dinero! Lo miraba con los ojos muy abiertos y me animaba a mí mismo a ir a robarlo.

Entonces oigo toser al policía. ¿Y cómo se me ocurrió a mí hacer exactamente lo mismo? Me levanto del banco y toso tres veces seguidas para que lo oiga. ¡Cómo se tiraría encima del cucurucho cuando estuviera cerca! Me regocijaba con la jugarreta, me frotaba las manos jurando y blasfemando sin ton ni son. ¡Qué chasco se llevaría ese canalla! ¡Se hundiría en lo más hondo y ardiente del infierno! El hambre me hacía delirar; estaba ebrio de hambre.

Unos minutos más tarde llegó el policía, haciendo sonar sus tacones de hierro sobre el pavimento, y escudriñando por todas partes. Se toma mucho tiempo, tiene toda la noche por delante, no descubre el cucurucho hasta estar muy cerca de él. Entonces se detiene y lo mira. ¡Tiene un aspecto tan blanco…! Parece valioso, tal vez una pequeña cantidad, ¿eh?, ¡una pequeña cantidad de monedas de plata!… Y lo recoge. ¡Vaya! Pesa poco, muy poco. Tal vez una preciosa pluma, un adorno de sombrero… Lo abre cuidadosamente con sus grandes manos y mira en su interior. Yo me reía, me reía y me golpeaba la rodilla como si me hubiera vuelto loco. Y de mi garganta no salía ni un sonido, mi risa era silenciosa y febril, intensa como un sollozo…

Vuelven a sonar los pasos del policía sobre el pavimento. Yo seguía sentado con los ojos arrasados en lágrimas, sin aliento, llevado por un regocijo febril. Comencé a hablar en voz alta, me conté a mí mismo lo del cucurucho, imitando los movimientos del pobre policía, me miraba la palma de la mano mientras repetía una y otra vez: ¡Ha tosido al tirarlo! ¡Ha tosido al tirarlo! A estas palabras añado otras nuevas y excitantes, cambio la frase, afilándola para que sonara así: ¡Ha tosido una vez, ja ja ja!

Agoté las posibilidades de variación de esas palabras, y era ya muy tarde cuando mi alegría cesó. Me sobrevino una somnolienta calma, un agradable cansancio al que no opuse ninguna resistencia. La oscuridad se había hecho aún más densa y una ligera brisa surcaba la madreperla del mar. Los barcos, cuyos blancos mástiles veía alzarse hacia el cielo, parecían con sus cascos negros monstruos silenciosos que me esperaban con los cabellos erizados. No sentía dolor alguno, el hambre lo había sofocado; en su lugar me sentía agradablemente vacío, indiferente a todo lo que me rodeaba y contento de que nadie me viera. Puse las piernas encima del banco y me eché hacia atrás, así podía sentir mejor el placer del aislamiento. No había nube alguna en mi mente, ni la mínima sensación de malestar, y hasta donde llegaba mi pensamiento no tenía ni un deseo insatisfecho. Estaba tumbado con los ojos abiertos ausente de mí mismo, me sentía deliciosamente distante.

Seguía sin molestarme ruido alguno: la clemente oscuridad había ocultado todo a mis ojos, enterrándome en una calma total. Sólo el oscuro y apagado sonido del silencio enmudece monótonamente en mis oídos. Y los sombríos monstruos del mar me cogerían al llegar la noche y me llevarían por mares lejanos y tierras desconocidas hasta donde no habita el ser humano. Y me conducirían al palacio de la princesa Ylayali, donde me esperaría un insospechado esplendor, mayor que el de ningún ser humano. Y ella misma estaría sentada en una espléndida sala en la que todo sería de amatista, sobre un trono de rosas amarillas; me tendería la mano al entrar, y me daría la bienvenida al acercarme y arrodillarme: ¡Bienvenido, caballero, a mi casa y a mi tierra! Te espero desde hace veinte veranos y te he llamado en todas las noches claras; cuando tenías pena yo he llorado aquí, y cuando dormías he soplado maravillosos sueños dentro de ti… Y la bella me coge de la mano y me conduce por largos pasajes donde me aclama una gran multitud de seres humanos, a través de claros jardines en los que juegan trescientas muchachas risueñas, hasta otra sala en la que todo es de brillantes esmeraldas en las que se refleja el sol. En galerías y pasillos suena la música y vienen a mi encuentro ráfagas de aromas. Llevo su mano en la mía y noto correr en mi sangre la desenfrenada delicia del embrujo; la rodeo con mi brazo y me susurra: ¡Aquí no, ven más adentro! Y entramos en una sala roja donde todo es de rubíes, un espumoso esplendor en el que me sumerjo. Siento sus brazos alrededor de mi cuerpo y su aliento en mi rostro mientras susurra: ¡Bienvenido, amado mío! ¡Bésame! Más… más…

Desde el banco veo ante mis ojos las estrellas y mi pensamiento se precipita hacia un huracán de luz…

Me había quedado dormido y me despertó el policía. Allí estaba yo, devuelto despiadadamente a la vida y a la miseria. Mi primer sentimiento fue un estúpido asombro de encontrarme al aire libre, pero ese asombro fue pronto sustituido por un amargo desánimo. Estaba a punto de llorar de dolor por seguir vivo. Había llovido mientras dormía, tenía la ropa empapada y notaba un frío húmedo en los huesos. La oscuridad se había hecho aún más densa, y apenas podía distinguir las facciones del policía que tenía ante mí.

Vamos, vamos, dijo, levántese ya.

Me levanté en seguida; si me hubiese ordenado que me hubiera vuelto a tumbar, también le habría obedecido. Estaba muy deprimido y completamente desprovisto ya de fuerzas, además, empecé a sentir el hambre de nuevo, casi instantáneamente.

¡Espere un poco, majadero!, gritó el policía a mis espaldas. ¡Se deja el sombrero! ¡Bueno, ya puede marcharse!

Ya me parecía a mí que se me olvidaba algo, tartamudeé distraídamente. Gracias. Buenas noches,

Y me fui tambaleándome.

¡Ojalá tuviera un poco de pan que llevarme a la boca! ¡Uno de esos deliciosos panecillos de centeno que se podían ir comiendo por la calle! Me estaba imaginando precisamente ese determinado tipo de pan de centeno. Tenía un hambre canina, deseaba estar muerto y desaparecido, me puse sentimental, me eché a llorar. ¡Mi miseria no tenía fin! De repente me detuve, pataleé sobre el pavimento y maldije en voz alta. ¿Qué me había llamado ese policía? ¿Majadero? ¡Se iba a enterar de lo que significa llamarme majadero! Y sin pensármelo dos veces di media vuelta y volví corriendo sobre mis pasos. Me sentía sofocado por la rabia. Iba dando tumbos por la calle; me caí pero no me importó, volví a levantarme y seguí corriendo. Pero al llegar a Jernbanetorvet estaba ya tan cansado que no tenía fuerzas para continuar hasta el muelle; y además, mi rabia había disminuido en el transcurso de la carrera. Por fin me detuve para recobrar el aliento. Pensándolo bien, ¿no me era completamente indiferente lo que pudiera decir un policía? —¡Sí, pero hay cosas que no se pueden tolerar!—. Correcto, me interrumpí a mí mismo; pero de un hombre así no se puede esperar más. Encontré satisfactoria esa disculpa; me repetía a mí mismo que no se podía esperar más. Y de nuevo, di media vuelta.

¡Dios mío, qué cosas se te ocurren!, pensé iracundo, ¡correr como un loco por las calles mojadas en medio de la noche! El hambre me roía intolerablemente las entrañas y no me dejaba un momento de sosiego. Una y otra vez tragaba saliva para intentar saciarme, y sentía algo de alivio. Ya hacía muchas semanas que la comida era escasa y había perdido muchas fuerzas en los últimos tiempos. Cuando tenía suerte y conseguía cinco coronas gracias a alguna que otra maniobra, ese dinero no solía durar hasta que me restableciera del todo antes de que me llegara una nueva racha de hambre. Los más perjudicados eran mi espalda y mis hombros; el pequeño malestar que sentía en el pecho casi siempre podía calmarlo tosiendo fuerte o caminando muy encorvado; pero para la espalda y los hombros no había ningún remedio. ¿Por qué no mejoraba mi situación? ¿No tenía yo el mismo derecho a vivir que cualquier otro, como el anticuario Pascha o el consignatario de buques Hennechen? ¿Acaso no tenía yo los hombros de un gigante y dos fuertes brazos para trabajar? ¿Y no había solicitado incluso un puesto de leñador en Møllergaten, con el fin de ganarme el pan de cada día? ¿Era un vago? ¿Acaso no había solicitado empleos, escuchado conferencias, escrito artículos para los periódicos, y leído y trabajado día y noche como un loco? ¿Y acaso no había vivido como un miserable, comido pan y bebido leche cuando tenía mucho dinero, nada más que pan cuando tenía poco y pasado hambre cuando no tenía nada? ¿Acaso vivía en hoteles, en una suite de la planta principal? No, vivía en un edificio ruinoso, en una hojalatería de la que Dios y los hombres habían huido a toda prisa el último invierno porque entraba la nieve. De modo que no entendía absolutamente nada.

Iba meditando en todo eso y no había ni pizca de malicia, envidia o amargura en mi pensamiento.

Me detuve ante una droguería y miré el escaparate; intenté leer las etiquetas de un par de latas de conservas, pero estaba demasiado oscuro. Irritado conmigo mismo por esta nueva ocurrencia, y colérico y rabioso por no poder averiguar el contenido de esas latas, di un golpe en el cristal y proseguí mi camino. En lo alto de la calle divisé a un policía, apresuré el paso, me acerqué a él y dije sin motivo alguno:

Son las diez.

No, son las dos, contestó extrañado.

No, son las diez, dije, son las diez horas.

Furioso, di un par de pasos más, cerré el puño y dije:

Oiga usted, son las diez.

Meditó un instante, me escrutó de arriba abajo y se me quedó mirando estupefacto. Finalmente dijo con dulzura:

De todos modos, es hora de que se vaya a su casa. ¿Quiere que lo acompañe?

Esa amabilidad me desarmó; sentí que las lágrimas me arrasaban los ojos y me apresuré a responder:

¡Gracias! No hace falta. Se me ha hecho muy tarde, he estado en un café. Se lo agradezco mucho.

Se llevó la mano al casco cuando me marché. Su amabilidad me había abrumado y lloré por no tener cinco coronas para darle. Me detuve a mirar cómo desaparecía lentamente, me golpeé la frente y lloré cada vez más fuerte conforme se alejaba. Me insulté por mi pobreza, me puse unos cuantos apodos, inventé nombres ofensivos, ingeniosos hallazgos de groseros insultos que lancé contra mí mismo. Así continué hasta mi casa. Al llegar a la puerta de la calle descubrí que había perdido las llaves.

Naturalmente, me dije con amargura, ¿por qué no iba a perder las llaves? Vivo en una casa donde hay una cuadra en la planta baja y una hojalatería en la primera; la puerta está cerrada por la noche y no hay nadie, absolutamente nadie para abrirla. ¿Por qué no iba yo a perder las llaves? Estoy mojado como un perro, tengo hambre, un poco de hambre, y las rodillas ridículamente cansadas. ¿Por qué no iba a perder las llaves? En realidad, ¿por qué la casa entera no había sido trasladada hasta Aker, para cuando yo llegara y quisiera entrar en ella?… Y me reía a solas, endurecido por el hambre y la miseria.

Oía a los caballos piafar en la cuadra y encima podía ver mi propia ventana, pero no podía abrir la puerta y no podía entrar. Cansado y amargado decidí volver al muelle en busca de mis llaves.

Llovía otra vez, y sentía que el agua me penetraba hasta los hombros. Al llegar al Ayuntamiento se me ocurrió de repente una buena idea: pediría a la policía que me abriera la puerta. Inmediatamente me dirigí a un guardia y le rogué que me acompañara y me abriera la puerta si podía.

¡Si pudiera, sí! Pero no podía, no tenía las llaves. No tenía allí las llaves de la policía, se encontraban en el despacho de los detectives.

Entonces, ¿qué podía hacer yo?

Bueno, podía irme a dormir a un hotel.

Pero no podía ir a dormir a un hotel, no tenía dinero. Había estado de juerga; en un café, seguro que lo entendería…

Permanecimos un instante en la escalera del Ayuntamiento. El guardia meditaba, reflexionaba, mientras me examinaba. Estaba lloviendo a cántaros.

Entonces tendrá que entrar y presentarse ante el guardia de servicio y decirle que no tiene donde dormir.

¿Decir que no tenía casa? No se me había ocurrido. ¡Caramba, qué buena idea! Di las gracias al guardia por su excelente ocurrencia. ¿No tenía nada más que entrar y presentarme como una persona sin hogar?

¡Exactamente!…

¿Nombre?, preguntó el guardia de servicio.

Tangen. Andreas Tangen.

No sé por qué mentí. Mis pensamientos volaban dispersos, proporcionándome más ideas de las que podía controlar; encontré en seguida ese nombre que nada tenía que ver con el mío y lo lancé sin reflexionar. Mentí innecesariamente.

¿Ocupación?

Eso era como cerrarme el paso. Hum. Primero pensé en hacerme pasar por hojalatero, pero no me atreví; me había inventado un nombre que no lo tiene un hojalatero cualquiera, y además llevaba gafas. Se me ocurrió mostrarme audaz, di un paso al frente y dije en voz alta y firme:

Periodista.

El guardia de servicio hizo un gesto de asombro antes de anotarlo y yo me sentí grande como un ministro sin hogar delante del mostrador. No levanté sospecha alguna; el hombre comprendía perfectamente que hubiera vacilado al responder. ¡Un periodista en el Ayuntamiento, y sin hogar!

¿De qué periódico, señor Tangen?

Del Morgenbladet, dije. Por desgracia, me he entretenido demasiado en el café esta noche…

¡Bueno, no hablemos de eso!, me interrumpió, y sonriendo añadió: Cuando la juventud se va de juerga… Lo entendemos.

Al levantarse se despidió cortésmente de mí, y dijo a un guardia: Acompañe al caballero a la sección reservada. Buenas noches.

Sentí que un escalofrío me recorría la espalda por mi propia audacia y apreté los puños intentando darme ánimos.

El gas arde durante diez minutos, dijo el guardia desde la puerta.

¿Y luego se apaga?

Luego se apaga.

Me senté en la cama y oí girar la llave en la cerradura. La celda era luminosa y tenía un aspecto agradable: me sentía como en casa y escuché con gusto la lluvia que caía fuera. ¡No podría haber deseado una celda más acogedora! Mi satisfacción iba en aumento; sentado sobre la cama con el sombrero en la mano y con la mirada fija en la llama de gas de la pared, empecé a repasar, desde el principio, el que había sido mi primer contacto con la policía. ¡Cómo los había engañado! ¡Andreas Tangen, periodista, qué te parece! ¡Y el Morgenbladet! ¡Lo del Morgenbladet había llegado al corazón del hombre! ¡No hablemos de eso! Hasta las dos había estado en una cena de gala de la Diputación, me había dejado en casa las llaves del portal y una cartera con unos cuantos miles de coronas. Acompañe al caballero a la sección reservada…

Y de pronto el gas se apaga con una extraña rapidez, sin disminuir, sin desvanecerse poco a poco. Me quedo en una oscuridad total, no me veo la mano, no veo las paredes blancas que me rodean, nada. No podía hacer otra cosa que acostarme. Me quité la ropa.

Pero no tenía sueño y no podía dormirme. Estaba tumbado mirando la oscuridad; esa espesa masa de oscuridad sin fondo que no era capaz de entender. Mi pensamiento no podía captarla. Estaba todo tan oscuro que me oprimía. Cerré los ojos y me puse a cantar en voz baja, me eché de un lado y luego del otro, pero todo era inútil. La oscuridad se había apoderado de mi pensamiento y no me dejaba ni un momento de sosiego. ¿Y si yo mismo me hubiera disuelto en la oscuridad, fundiéndome con ella? Me incorporo en la cama y empiezo a mover los brazos.

Los nervios se habían apoderado de mí por completo y de nada me servía intentar combatirlos. Estaba sentado en la cama, presa de las más raras fantasías, haciéndome callar a mí mismo, tarareando nanas y sudando de los esfuerzos por intentar tranquilizarme. Miraba la oscuridad; en toda mi vida había visto una oscuridad semejante. No cabía duda de que me hallaba ante una clase de oscuridad muy particular, un elemento muy desesperado del que nadie se había percatado hasta entonces. Me tenían ocupado los más absurdos pensamientos y todo me inspiraba temor. Un pequeño agujero que había en la pared junto a mi cama me preocupa seriamente, el agujero dejado por un clavo, una marca en el muro. Lo toco, soplo dentro e intento adivinar su profundidad. No era un agujero cualquiera; era un agujero extraordinariamente complicado y misterioso del que debería cuidarme. Obsesionado por la idea de ese agujero, fuera de mí de curiosidad y temor, me vi obligado finalmente a levantarme de la cama y a sacar mi medio cortaplumas, con el fin de medir la profundidad del agujero y asegurarme de que no llegaba a penetrar en la celda contigua.

Volví a acostarme e intenté conciliar el sueño, pero en realidad lo que hice fue luchar contra la oscuridad. Había dejado de llover y no se oía ni un ruido. Durante un buen rato estuve pendiente de los ruidos de la calle y no me quedé tranquilo hasta oír pasar a un transeúnte. A juzgar por el sonido se trataba de un policía. De repente hice un chasquido con los dedos. Pero, ¡qué demonios! ¡Ja! Me imaginé haber inventado una palabra nueva. Me incorporo en la cama y digo: No existe en el idioma, yo la he inventado, kibuo. Tiene letras como cualquier palabra. Dios mío, has inventado una palabra… kibuo… de gran significado gramatical.

La palabra apareció nítida ante mí en aquella oscuridad.

Estoy sentado con los ojos abiertos, asombrado de mi invento y riendo de alegría. Luego empiezo a hablar en voz baja, podían estar escuchándome, y tenía el propósito de mantener mi invento en secreto. Había entrado en la alegre locura del hambre; me encontraba vacío y sin dolor, y mi pensamiento no tenía frenos. Regateo silenciosamente conmigo mismo. Con los saltos más extraños en mi razonamiento, intento investigar el significado de la nueva palabra. No tiene por qué significar ni Dios ni feria, ¿y quién había dicho que tenía que significar exposición de ganado? Cierro el puño con fuerza y repito una vez más: ¿Quién ha dicho que significa exposición de ganado? Pensándolo bien, ni siquiera significaba necesariamente candado o amanecer. No resultaría difícil encontrar un significado a una palabra como ésa. Esperaría, daría tiempo al tiempo. Mientras tanto, podía consultarlo con la almohada.

Estoy acostado sobre el camastro riéndome entre dientes, pero no digo nada, no me pronuncio ni a favor ni en contra. Transcurren unos minutos y me pongo nervioso, la nueva palabra me atormenta sin cesar, vuelve siempre, se apodera finalmente de todos mis pensamientos y me pone serio. Me había formado ya una opinión sobre lo que no significaba, pero no había tomado ninguna decisión en cuanto a lo que debería significar. ¡Es una cuestión secundaria!, me dije en voz alta. Me agarré el brazo y repetí que era una cuestión secundaria. Se había encontrado la palabra, y eso, gracias a Dios, era lo esencial. Pero la idea me atormenta hasta el infinito y me impide conciliar el sueño; nada era suficientemente bueno para esa rara palabra. Por fin me incorporo de nuevo, me sujeto la cabeza con las dos manos y digo: ¡No, precisamente lo imposible es hacerle significar emigración o fábrica de tabacos! Si hubiera podido significar algo así, habría optado por ello hacía mucho, con todas las consecuencias. En realidad la palabra se prestaba más a significar algo espiritual, una sensación, un estado…, ¿cómo no se me había ocurrido antes? Y pongo a trabajar mi memoria para encontrar algo espiritual. Me parece que alguien está hablando, que se ha entrometido en mi plática conmigo mismo, y contesto enfadado: ¿Cómo? Pues no, de verdad que no tienes quién te supere en estupidez. ¿Lana para tricotar? ¡Vete al infierno! ¿Por qué iba a permitir que significara lana para tricotar si precisamente tenía algo en contra de que significara lana para tricotar? Yo había inventado la palabra y estaba en mi pleno derecho de darle el significado que quisiera. Que yo supiera, aún no me había pronunciado al respecto…

Pero mi cerebro estaba cada vez más turbado. Al final salté de la cama en busca del grifo. No tenía sed, pero mi cabeza ardía de fiebre y sentí de repente una imperiosa necesidad de beber agua. Cuando hube bebido volví al camastro y decidí dormirme a la fuerza. Cerré los ojos y me obligué a estar quieto. Permanecí algunos minutos sin moverme, empecé a sudar y sentí cómo la sangre golpeaba con fuerza mis venas. ¡Cómo me reí cuando el policía se puso a buscar dinero en aquel cucurucho! Y sólo tosió una vez. Me pregunto si aún andará por el muelle. ¿Se habrá sentado en mi banco?… La madreperla azul… Los barcos…

Abrí los ojos. ¿Cómo iba a mantenerlos cerrados si no lograba dormirme? Me rodeaba la misma oscuridad, la misma eternidad inescrutable y negra contra la que mi pensamiento se revolvía, incapaz de comprenderla. ¿Con qué podría compararla? Hice desesperados esfuerzos para encontrar una palabra lo bastante grande como para caracterizar esa oscuridad, una palabra tan terriblemente negra que mi boca se ennegreciera al pronunciarla. ¡Dios mío, qué oscuro estaba todo! Y pienso de nuevo en el puerto, en los barcos, en esos monstruos negros que me estaban esperando. Me aspirarían y no me soltarían, y navegarían conmigo por tierra y por mar, a través de reinos oscuros que jamás han sido vistos por un ser humano. Siento que estoy a bordo, que soy llevado hasta el agua, que vuelo por las nubes, cayendo, cayendo… Doy un grito ronco y angustiado y me aferro a la cama; había hecho un viaje muy peligroso, había volado por los aires como un fardo. ¡Qué alivio sentí cuando me golpeé la mano contra el duro camastro! Así es morir, me dije, ¡ahora vas a morir! Y por un momento estuve pensando que iba a morir. Entonces me incorporo en la cama y me pregunto severamente: ¿Quién ha dicho que voy a morir? Si yo he inventado la palabra estoy en mi derecho de decidir lo que va a significar. Yo mismo oí que estaba delirando, lo oía incluso mientras hablaba. Mi locura era un delirio provocado por la debilidad y el agotamiento, pero no había perdido la conciencia. Y de repente se me antojó que me había vuelto loco. Aterrorizado, salgo de la cama de un salto. Voy tambaleándome hasta la puerta e intento abrirla, me lanzo unas cuantas veces contra ella para echarla abajo, me golpeo la cabeza contra la pared, gimo ruidosamente, me muerdo los dedos, lloro y blasfemo…

Todo estaba silencioso; sólo mi propia voz me era devuelta por las paredes. Me había desplomado en el suelo, incapaz ya de seguir dando tumbos por la celda. Entonces vislumbré en lo más alto de la pared un cuadrado grisáceo, un color blanco, una pizca de… era la luz del día. ¡Ay, con qué alivio respiré! Me tumbé en el suelo y lloré de alegría por ese bendito atisbo de luz, sollocé de agradecimiento, envié besos a la ventana, comportándome como un enajenado. También en ese momento era consciente de lo que estaba haciendo. Toda mi desazón había desaparecido de repente, toda mi desesperación y todo mi dolor habían cesado; en ese instante, hasta donde alcanzaba mi pensamiento, no tenía ningún deseo insatisfecho. Me senté en el suelo, crucé los brazos y me puse a esperar pacientemente la llegada del día.

¡Qué noche! Qué extraño que no haya oído ningún ruido, pensé asombrado. Pero claro, yo estaba en la sección reservada, mucho más arriba que el resto de los presos. Un ministro sin hogar por así decirlo. Siempre en el mismo excelente estado de ánimo, con la mirada dirigida hacia ese ventanuco de la pared cada vez más luminoso, me divertía haciendo de ministro, me llamaba Von Tangen y hablaba a la manera ministerial. Mis fantasías no habían cesado, pero estaba menos nervioso. ¡Ojalá no hubiera cometido la lamentable imprudencia de dejarme la cartera en casa! ¿Me permitía su excelencia el ministro conducirlo al lecho? Y muy serio, con mucho ceremonial, fui hasta el camastro y me acosté.

Había ya tanta luz que podía distinguir el contorno de la celda y poco tiempo después el enorme tirador de la puerta. Eso me sirvió de distracción; se había roto esa monótona oscuridad tan irritantemente densa que me impedía verme a mí mismo; mi sangre se tranquilizó y pronto noté que se me cerraban los ojos.

Me despertaron unos golpes en la puerta. Salté de la cama y me vestí apresuradamente; mi ropa aún estaba empapada del día anterior.

Tendrá usted que presentarse ante el encargado de servicio, dijo el guardia, ¡Aún me quedan formalidades por cumplir!, pensé asustado.

Entré directamente en una gran habitación en el piso de abajo donde había sentadas unas treinta personas, todas ellas sin hogar. Una por una fueron llamadas por orden de registro, y todas recibieron un bono de comida. El encargado de servicio decía constantemente al guardia que había a su lado:

¿Le ha dado el bono? No se olvide de dárselo. Parece hambriento.

Yo me quedé mirando los bonos, deseando que me dieran uno.

¡Andreas Tangen, periodista!

Di un paso al frente e hice una reverencia.

Pero, buen hombre, ¿cómo usted por aquí?

Expliqué lo ocurrido, conté la misma historia que la noche anterior, mentí con los ojos abiertos y sin pestañear, mentí con gran sinceridad: la juerga se prolongó demasiado, desgraciadamente, estuve en un café, perdí la llave del portal…

Sí, dijo con una sonrisa, ¡ya entiendo! ¿Ha dormido usted bien?

¡Como un ministro!, contesté. ¡Como un ministro!

¡Me alegro!, dijo y se levantó. Buenos días.

Y me marché.

¡Un bono, yo también quiero un bono! Hacía tres largos días y tres largas noches que no comía. ¡Pan! Pero nadie me ofreció un bono, y no me atreví a pedirlo. Habría despertado sospechas inmediatamente. Habrían querido hurgar en mis asuntos personales y hubieran descubierto quién era yo realmente; me habrían arrestado por haber dado información falsa. Con la cabeza erguida, con el porte de un millonario y las manos cogidas al dobladillo de mi chaqueta salgo del Ayuntamiento.

El sol brillaba y hacía calor, eran las diez y el tráfico en Youngstorvet estaba ya en todo su apogeo. ¿Adónde iría? Me palpo el bolsillo donde llevo el manuscrito; sobre las diez y media trataría de ver al director del periódico. Me quedo un rato junto a la balaustrada observando la vida debajo de mí; mientras tanto mi ropa había empezado a despedir vapor. El hambre volvió a hacer acto de presencia royéndome las entrañas, sacudiéndome, produciéndome pequeños y delicados pinchazos que resultaban dolorosos. ¿En verdad no tenía ni un solo amigo a quien poder recurrir? Busco en mi memoria a alguien que pudiera darme diez øre, pero no lo encuentro. No obstante, era un día maravilloso; había mucho sol y mucha luz a mi alrededor, el cielo fluía, como un delicado mar, sobre los montes de Lier…

Sin darme cuenta, iba camino de mi casa.

Tenía mucha hambre y encontré en la calle una astilla que me puse a masticar. Me alivió. ¡Cómo no se me había ocurrido antes!

La puerta estaba abierta, el mozo de la cuadra me dio como de costumbre los buenos días.

¡Un tiempo maravilloso!, dijo.

Sí, contestó. Fue todo lo que se me ocurrió decir. ¿Y si pidiera que me prestara una corona? Si pudiera, seguro que lo haría. Además, yo le había escrito una carta en una ocasión.

Daba la sensación de querer decirme algo.

Buen tiempo, sí. Hum. Hoy me toca pagar a la casera. ¿Me haría usted el favor de dejarme cinco coronas? Sólo por unos días. Ya me hizo usted un favor en otra ocasión.

No puedo, de verdad que no, Jens Olai, contesté. Ahora no. Tal vez luego, tal vez esta tarde. Y subí tambaleándome hasta mi habitación.

Me eché sobre la cama riéndome ¡Qué suerte que él se me hubiera anticipado! Mi honor estaba a salvo. ¡Cinco coronas, Dios te ampare, hombre! Lo mismo te hubiera dado pedirme cinco acciones de la Cocina de Vapor o una finca en Aker.

La idea de las cinco coronas me hacía reír cada vez más. ¡Era todo un ricachón! ¡Cinco coronas! ¡Pues sí, yo era el hombre idóneo! Mi júbilo iba en aumento y me rendí ante él. ¡Qué olor tan horrible a comida! ¡Ese fuerte olor a la carne picada del almuerzo, qué asco! Abro la ventana para ventilar y echar fuera ese repugnante olor. Camarero, ¡medio solomillo! Dirigiéndome a la mesa, esa frágil mesa que tenía que sostener con las rodillas para poder escribir, hice una profunda reverencia y pregunté: ¿Me permite ofrecerle una copa de vino? ¿No? Soy Tangen, el ministro Tangen. Por desgracia, la juerga se demoró más de la cuenta… La llave del portal…

Y mis pensamientos corrían desbocados por caminos erróneos. Una vez más era consciente de que estaba hablando sin coherencia y no dije ni una palabra más sin oírla y entenderla. Me dije: ¿Otra vez estás divagando? Y, sin embargo, no podía remediarlo. Era como estar acostado despierto y hablar en sueños. Me sentía la cabeza ligera, sin dolor ni presión, y en mi mente no había ninguna nube. Iba en volandas y no oponía resistencia alguna.

¡Adelante! ¡Sí, sí, adelante! ¡Como puede ver, todo es de rubíes! Yla, Ylayali ¡El mullido diván de seda roja! ¡Qué fuerte respira! ¡Bésame, amada mía, más, más! Tus brazos son como el ámbar, tu boca ardiente… Camarero, le había pedido un solomillo…

Los rayos de sol entraban por mi ventana, abajo oía a los caballos masticar la avena. Yo masticaba mi astilla de madera, excitado, alegre como un niño. Me palpaba constantemente el bolsillo para sentir el manuscrito; ni siquiera estaba en mi pensamiento, pero el instinto me decía que existía, mi sangre me lo recordaba. Y lo saqué.

Se había mojado y lo extendí al sol. A continuación me puse a pasear por la habitación. ¡Qué aspecto tan deprimente tenía todo! En el suelo había trocitos de hojalata por todas partes, pero ni una silla en donde sentarse, ni un clavo en las desnudas paredes. Todo se había llevado a la casa de empeños, todo había sido consumido. Unas hojas de papel que había sobre la mesa era todo lo que poseía; la vieja manta verde que había sobre la cama me la había prestado Hans Pauli hacía algunos meses… ¡Hans Pauli! Hago un chasquido con los dedos. ¡Hans Pauli Pettersen me ayudaría! Intento recordar sus señas. ¡Cómo había podido olvidarme de Hans Pauli! Seguro que se ofendería mucho si se enteraba de que no me había dirigido a él en seguida. Rápidamente cojo mi sombrero y el manuscrito y me precipito escaleras abajo.

¡Oye, Jens Olai!, grito hacia la cuadra, ¡creo que podré ayudarte esta tarde!

Al pasar por el Ayuntamiento veo que son más de las once y decido que ya es hora de pasarme por la redacción. Ante la puerta del despacho me detuve para ver si las hojas estaban colocadas en orden; las alisé cuidadosamente, volví a metérmelas en el bolsillo y llamé a la puerta. El corazón me latía tan fuerte que podía oírlo al entrar en la redacción.

El Tijeras estaba en su sitio como de costumbre. Asustado, pregunto por el director. No obtengo respuesta. El hombre, provisto de unas largas tijeras, hurga en busca de pequeñas noticias en los periódicos de provincias.

Repito mi pregunta y doy un paso al frente.

El director no había llegado aún, dijo finalmente el Tijeras sin levantar la vista.

¿Y cuándo llegaría?

No se sabe, nunca puede saberse.

¿Y hasta qué hora permanecería abierta la oficina?

No me contestó y me vi obligado a marcharme. El Tijeras ni siquiera se había vuelto a mirarme, me reconoció por la voz. Tan mal visto estás aquí, pensé, que ni siquiera se dignan a contestarte. ¿Será una orden del director? Bien era cierto que desde que mi famoso folletín de diez coronas había sido aceptado, lo había acosado inundándole de trabajos, lo había importunado casi a diario con cosas inútiles que había tenido que leer antes de devolvérmelas. Puede que quisiera poner fin a ese asunto, tomar sus precauciones… Me encaminé al barrio de Homan.

Hans Pauli Pettersen era estudiante, hijo de campesinos, y vivía en una buhardilla en una casa de seis plantas, lo que significaba que Hans Pauli Pettersen era pobre. Pero cuando tenía una corona no la ahorraba. Estaba tan seguro de que me la daría como si ya la tuviera en la mano. Durante todo el camino pensaba con emoción en esa corona que tan seguro estaba de conseguir. Cuando llegué al portal lo encontré cerrado y tuve que llamar al timbre.

Deseo hablar con el estudiante Pettersen, dije haciendo ademán de entrar; conozco el camino a su habitación.

¿El estudiante Pettersen?, repitió la muchacha. ¿El que vivía en la buhardilla? Se había mudado. Ella no sabía dónde, pero había pedido que se le enviara la correspondencia a casa de Hermansen en Toldbodgaten, y la muchacha mencionó el número.

Me dirijo, lleno de fe y esperanza, a Toldbodgaten para pedir la dirección de Hans Pettersen. Era mi último recurso y tenía que aprovecharlo. Por el camino pasé por delante de una casa recién construida. En la acera, unos carpinteros estaban cepillando madera. Cogí un par de brillantes virutas, me metí una de ellas en la boca y la otra me la guardé en el bolsillo para más tarde. Y proseguí mi camino. Gemía de hambre. En el escaparate de una panadería vi un enorme pan de diez øre, el pan más grande que podía conseguirse por ese precio…

Vengo a pedir la dirección del estudiante Pettersen.

Bernt Ankers gate, número 10, buhardilla. ¿Va usted allí? En ese caso, ¿tendría la bondad de llevarle unas cartas que han llegado para él?

Vuelvo al centro por el mismo camino por el que he venido, paso otra vez por delante de los carpinteros, que estaban sentados con sus fiambreras entre las rodillas comiendo un sabroso y caliente almuerzo procedente de la Cocina de Vapor. Vuelvo a pasar por la panadería donde el pan aún sigue en su sitio y llego por fin a Bernt Ankers gate, medio muerto de cansancio. La puerta está abierta y me dispongo a subir los numerosos y agotadores escalones que llevan hasta la buhardilla. Saco las cartas del bolsillo para que Hans Pauli se ponga de buen humor en cuanto entre. Seguro que no me negaría el favor cuando le explicara las circunstancias, Hans Pauli tenía un gran corazón, siempre lo dije…

En la puerta encontré su tarjeta: «H. P. Pettersen, estudiante de Teología. Se ha marchado a su casa».

Me senté allí mismo, en el suelo, completamente agotado y abatido. Repito un par de veces mecánicamente: ¡Se ha marchado a su casa! ¡Se ha marchado a su casa! Y luego enmudezco por completo. No había rastro de lágrimas en mis ojos, no pensaba en nada, no sentía nada. Miraba fijamente las cartas, con los ojos muy abiertos, sin hacer nada. Así pasaron diez minutos, tal vez veinte o más, y yo seguía sentado en el mismo sitio sin mover un dedo. Esa modorra sorda era casi como echarse un sueñecito. Luego oigo a alguien subir por la escalera, me levanto y digo:

Busco al estudiante Pettersen, tengo dos cartas para él.

Se ha marchado a su casa, contesta la mujer. Pero volverá después de las vacaciones. Si quiere, puedo quedarme con ellas.

Sí, gracias, muy bien, dije, así las recibirá cuando llegue. Puede que contengan algo importante. Buenos días.

Al encontrarme de nuevo en la calle, me paré y dije en voz alta apretando los puños: Voy a decirte una cosa, mi querido Dios: ¡Eres un sinvergüenza! Y furioso, levanto la mirada hacia las nubes apretando los dientes: ¡Vete al diablo, eres un grandísimo sinvergüenza!

Di unos pasos más y volví a detenerme. De repente, cambio de actitud, junto las manos, inclino la cabeza hacia un lado, y pregunto con una voz dulce y piadosa: ¿Acaso te has dirigido a él, hijo mío?

No sonó bien.

¡Con E mayúscula, digo, con una E tan grande como una catedral! Y de nuevo: ¿Acaso te has dirigido a Él, hijo mío? Bajo la cabeza, e infundiendo un tono triste a mi voz contesto: no.

Tampoco esta vez sonó muy bien.

¡Pero si ni siquiera sabes fingir, estúpido! ¡Debes decir que sí! ¡Sí, he invocado a mi Dios y Señor! Y tienes que acompañar tus palabras de la más afligida melodía que jamás hayas oído. Venga, levántate de nuevo. Así, eso está mejor. Pero tienes que suspirar, suspirar como un caballo enfermo. ¡Así!

Me lo voy mostrando a mí mismo mientras ando, y pisoteo impacientemente la calle cuando no me sale bien, y me regaño y me llamo bruto. Los transeúntes se vuelven asombrados hacia mí.

(Continuará…)

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