El juego de la llave

Ida Fink

 

 

Recién terminada la cena la mujer recogió los platos, los llevó a la cocina y los puso en el fregadero. La luz de la cocina era aún más floja que la del cuarto, casi completamente amarilla; las paredes se mostraban llenas de lamparones de humedad. Llevaban viviendo ahí dos semanas y era su tercera vivienda desde el comienzo de la guerra; las dos anteriores las habían abandonado en estado de pánico.

La mujer volvió al cuarto y ocupó su sitio ante la mesa.

Estaban sentados los tres: ella, su marido y su niño de tres años, mofletudo y de ojos azules. Últimamente hablaban a menudo entre ellos de los ojos azules del niño y de sus mofletes. El pequeño permanecía tieso mirando al padre, aunque era más que evidente que apenas se aguantaba sentado del sueño que tenía. El hombre fumaba, tenía los ojos enrojecidos y parpadeaba de una manera graciosa. Había empezado a parpadear desde la huida en estado de pánico de la segunda casa.

Era ya tarde, las diez, el día hacía mucho que se había acabado y podían irse a dormir, pero antes tenían que practicar el juego que volvían a repetir cada noche desde hacía dos semanas, porque aún no iba del todo bien. Aunque el hombre se esforzaba mucho y sus movimientos eran ágiles y su cuerpo elástico, había problemas con él precisamente, y no con el niño. El niño lo hacía perfectamente. Al ver al padre apagar el cigarrillo, se movió y abrió más sus ojos azules. La mujer, que en realidad no participaba en el juego, le acarició los cabellos.

—Sólo una vez más jugaremos al juego de la llave, sólo hoy, ¿de acuerdo? —dijo dirigiéndose al marido.

Él no contestó, porque no tenía la seguridad de que fuera realmente el último ensayo. Seguía haciéndolo dos o tres minutos demasiado lento.

El marido se levantó y se dirigió hacia la puerta que conducía al cuarto de baño.

Entonces la mujer dijo en voz baja: «Rin, rin», imitando el timbre, y lo hizo maravillosamente bien; su «rinrín» era ciertamente un sonido de timbre dulce y sonoro.

Al oír el timbre, que sonó tan melodioso en la boca de la madre, el niño saltó de la silla y corrió hacia la puerta de entrada, separada de la habitación por un mínimo y estrecho pasillo.

—¿Quién es? —preguntó.

La mujer (sólo ella no se levantó de la mesa) apretó los párpados rápida, violentamente, como atravesada por un dolor súbito y penetrante.

—Enseguida abro, sólo tengo que buscar la llave —dijo el niño, tras lo cual, golpeando el suelo fuertemente, corrió a la habitación. Rodeó corriendo la mesa, abrió un cajón del aparador y lo cerró con estrépito—. Un momento, no la encuentro, no sé dónde la dejó mamá —el niño gritó muy fuerte, acercó una silla, se encaramó a ella y estiró la mano hacia el último estante del mueble—. ¡Ah, ya la encontré! —profirió en un grito triunfante y alegre. A continuación bajó de la silla, la acercó a la mesa y, sin mirar a la madre, a paso tranquilo se acercó a la puerta de entrada. Desde la escalera llegó un vaho frío y apestoso de humedad.

—Cierra, mi amor —dijo en voz baja la mujer. Lo has hecho perfectamente, de veras.

Él no oía sus palabras. Estaba de pie en medio de la habitación con la mirada clavada en la puerta cerrada del cuarto de baño.

—Cierra la puerta —repitió ella con voz cansada y mate. Cada noche repetía las mismas palabras, y cada noche el niño clavaba la mirada en la puerta cerrada del cuarto de baño. Por fin la puerta chirrió. El hombre estaba de pie en el umbral parpadeando graciosamente, pálido, y su ropa estaba cubierta de manchas blancas de cal y polvo.

—¿Qué tal? Siguen faltándome unos minutos. Tiene que buscar la llave más tiempo. Me deslizo de lado, pero después… Esto es tan estrecho, que torcer el cuerpo… Y que haga más ruido, que patalee…

El niño no le quitaba el ojo de encima.

—Dile algo —susurró la mujer.

—Lo has hecho muy bien, pequeño —dijo maquinalmente.

—¡Claro que sí! —exclamó la mujer—, de verdad que lo haces muy bien, mi amor. Y no eres pequeño, para nada. Te comportas como un adulto. Eres un adulto, ¿verdad? Sabes que si de día llama alguien a la puerta mientras mamá está trabajando, todo dependerá de ti, ¿verdad? ¿Y qué dirás cuando pregunten por tus padres?

—Mamá está trabajando…

—¿Y papá?

El niño callaba.

—¿Y papá? —gritó el hombre con una pizca de miedo.

El niño palideció.

—¿Y papá? —repitió el hombre en voz más baja.

—Murió —contestó el niño, y se lanzó hacia el padre, que estaba justo al lado, parpadeando graciosamente, pero que estaba ya verdaderamente muerto para todos aquellos que llamaban de verdad.

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