Hambre (IV)

Knut Hamsun

 

 

 

Masticaba sin cesar la viruta mientras bajaba las calles dando tumbos a toda prisa. Antes de darme cuenta había llegado a Jernbanetorvet. En el reloj de la iglesia de Nuestro Salvador era la una y media. Estuve un rato deliberando. Un sudor de agotamiento afloraba a mi rostro y corría por mis ojos. Acompáñame a dar un paseo por el muelle, me dije a mí mismo, si tienes tiempo, claro. Y me hice una reverencia y bajé hasta el muelle del ferrocarril.

Allí estaban los barcos, el mar se mecía al sol. Había mucho ajetreo por todas partes, sirenas de vapor que chillaban, estibadores con cajas sobre los hombros, cantos alegres de los botes de las gabarras. Una vendedora de pastas está sentada cerca de mí, con su curtida nariz inclinada sobre su mercancía; la pequeña mesa que tiene delante está repleta de tentadoras delicias y yo le vuelvo asqueado la espalda. Invade todo el muelle de olor a comida; ¡qué asco, abrid las ventanas! Me dirijo a un caballero que está sentado a mi lado y le explico con insistencia lo absurdo de tanta vendedora de dulces por todas partes… ¿Verdad? Admitiría que… Pero el buen hombre no se fiaba de mí y ni siquiera me dejó acabar la frase. Se levantó y se marchó. Yo también me levanté y lo seguí, firmemente decidido a sacarlo de su error.

Incluso por razones de sanidad, dije dándole palmaditas en el hombro…

Disculpe, pero soy forastero y no conozco el reglamento sanitario, dijo mirándome asustado..

Ah, bueno, la cosa cambiaba si era forastero… ¿Podría hacerle algún favor? ¿Acompañarlo a visitar la ciudad? ¿No? Para mí sería un placer, y no le costaría nada…

Pero el hombre quería librarse de mí a toda costa y cruzó rápidamente a la acera de enfrente.

Volví a sentarme en el banco. Estaba muy excitado y el gran organillo que había empezado a tocar a poca distancia de mí me puso aún peor. Una música monótona y metálica, un fragmento de Weber tristemente cantado por una niña. El tono melancólico de flauta que sale del organillo me recorre la sangre, mis nervios empiezan a vibrar como haciendo eco, y un instante después me dejo caer hacia atrás en el banco, gimiendo y tarareando la música. ¿Qué no se les ocurrirá a tus sentidos cuando el hambre te acucia? Me siento absorbido por esa melodía, disuelto en ella, salgo fluyendo y noto muy claramente cómo fluyo, cómo vuelo muy alto por encima de las montañas, danzando por luminosas regiones…

¡Un øre!, dice la niña del organillo, tendiendo su plato de hojalata, ¡un øre nada más!

Sí, contesto mecánicamente, y me levanto de un salto hurgándome en los bolsillos. Pero la niña piensa que me estoy burlando de ella, y se aleja en seguida sin pronunciar palabra. Esa muda resignación pudo conmigo: hubiera preferido que me insultara; me sentí transido de dolor y la llamé para que volviera.

No tengo ni un øre, dije, pero me acordaré de ti más tarde, tal vez mañana. ¿Cómo te llamas? Ah, un nombre muy bonito, no lo olvidaré. Hasta mañana entonces…

Aunque no dijo ni una palabra, estaba seguro de que no me creía y lloré de desesperación porque esa niña de la calle no quería creerme. Una vez más la llamé para que volviera, me quité rápidamente la chaqueta y quise darle mi chaleco. Voy a recompensarte, dije, espera un momento…

Pero no tenía chaleco.

¿Cómo se me había ocurrido buscarlo, si hacía semanas que ya no era mío? ¿Qué me estaba pasando? La niña, asombrada, no esperó más, y se retiró apresuradamente. Tuve que dejarla marchar. La gente se arremolinó en torno a mí riéndose a carcajadas, un policía se me acercó y quiso saber lo que estaba sucediendo.

Nada, contesté, absolutamente nada. Sólo quería dar a esa niña mi chaleco… para su padre… No sé por qué se ríe. Podría ir a casa y coger otro.

¡No quiero alborotos en la calle!, dice el policía. Váyase ya. Y me dio un empujón para que me pusiera en marcha. ¿Son suyos esos papeles?, gritó mientras me alejaba.

¡Sí, por Dios, mi artículo para el periódico, un escrito muy importante! ¡Qué descuido por mi parte!…

Cojo mi manuscrito, me aseguro de que está en orden, y sin detenerme ni un segundo a mirar a mi alrededor me dirijo a la redacción del periódico. Ya eran las cuatro en el reloj de Nuestro Salvador.

La redacción estaba cerrada. Bajé a hurtadillas por la escalera, temeroso como si fuera un ladrón, y me detuve perplejo delante de la verja. ¿Qué podía hacer? Me apoyo en la pared, me pongo a mirar fijamente las piedras del suelo y reflexiono. Me agacho a recoger un alfiler que brilla delante de mis pies. ¿Y si quitara los botones de la chaqueta? ¿Cuánto me darían por ellos? Tal vez no sirviera de nada, pues al fin y al cabo no eran más que unos botones; pero los estudié desde todos los ángulos y los encontré casi nuevos. Así pues, había sido una brillante idea, podía descoserlos con mi medio cortaplumas y empeñarlos. La esperanza de poder vender esos cinco botones me levantó de repente el ánimo, y dije: ¡Ves!, las cosas se van arreglando. Muy contento, me puse inmediatamente a descoser los botones uno por uno. Entretanto, mantenía conmigo mismo, en silencio, la siguiente conversación:

Verá usted, estoy algo pobre últimamente, un problema pasajero… ¿Gastados, dice usted? No se equivoque. Me gustaría ver a alguien que desgaste menos los botones que yo. Siempre ando con la chaqueta abierta, ¿sabe?; se ha convertido en un hábito, una singularidad mía… Bueno, bueno, si no los quiere. Pido al menos diez øre por ellos. Pero, por Dios, ¿quién ha dicho que los tiene que comprar usted? Cállese y déjeme en paz… Bueno, bueno, vaya usted a buscar a la policía, pues. Yo esperaré aquí mientras va a buscar a un guardia. No voy a robarle nada… ¡Buenos días! Como ya dije, me llamo Tangen, la juerga se prolongó demasiado…

Alguien sube por la escalera. Instantáneamente vuelvo a la realidad, reconozco al Tijeras y me apresuro a meter los botones en el bolsillo. Quiere pasar, ni siquiera me devuelve el saludo, le entra de repente mucha prisa por mirarse las uñas. Lo paro y le pregunto por el director.

No está.

¡Me está mintiendo!, dije. Y con un descaro que me sorprendió a mí mismo, proseguí: Tengo que hablar con él; es urgente. Tengo algo que contarle de la Diputación.

¿Y por qué no me lo cuenta a mí?

¿A usted?, dije escrutando al Tijeras con la mirada.

Surtió efecto. Me acompañó inmediatamente arriba y abrió la puerta. Yo iba con el corazón en la garganta. Apreté los dientes con fuerza para darme ánimos, llamé, y entré en el despacho privado del director.

¡Buenos días! ¿Es usted?, dijo amablemente. Siéntese.

Si me hubiera echado sin contemplaciones, me habría sido más fácil; noté que estaba a punto de echarme a llorar y dije:

Le ruego que me disculpe…

Siéntese, repitió.

Me senté y le expliqué que tenía un artículo que me urgía publicar en su periódico. Lo había trabajado mucho, me había esforzado al máximo en él.

Lo leeré, dijo, y cogió el artículo. Al parecer, todo lo que escribe le cuesta mucho esfuerzo; pero es usted demasiado emocional. ¡Ojalá fuera un poco más moderado! Todo lo suyo es demasiado apasionado. No obstante, voy a leerlo. Y se volvió de nuevo hacia su escritorio.

Permanecí sentado. ¿Me atrevería a pedirle una corona? ¿Explicarle por qué siempre había tanta pasión en mis artículos? Seguramente me ayudaría, no sería la primera vez.

Me levanté. ¡Hum! Pero recordé que la última vez que lo visité se había quejado de falta de dinero, incluso había mandado al cobrador a recaudar algo de dinero para entregármelo. Puede que ahora tuviera que hacer lo mismo. Pues no, no sería el caso. ¿No veía que estaba trabajando?

¿Algo más?, preguntó.

¡No!, dije, con voz firme. ¿Cuándo puedo volver?

Cualquier día que pase por aquí.

Me resultó imposible formular la petición. La amabilidad de ese hombre me parecía no tener límites, y yo sabría apreciarla. Mejor morir de hambre. Y me marché.

Ni siquiera una vez fuera, cuando empecé a sentir de nuevo los embates del hambre, me arrepentí de haber abandonado el despacho sin pedir esa corona. Saqué la otra viruta del bolsillo y me la metí en la boca. De nuevo me alivió. ¿Por qué no se me había ocurrido antes? ¡Deberías avergonzarte!, me dije en voz alta; ¿de verdad pretendías pedirle a ese hombre una corona y ponerle de nuevo en un apuro? Y me reñí severamente por esa insolencia que se me había ocurrido. ¡Dios es mi testigo de que esto es lo más vil que he oído en mi vida!, dije. ¡Asaltar a un hombre y casi sacarle los ojos sólo porque necesitas una corona! ¡Miserable canalla! ¡Venga! ¡En marcha! ¡Más deprisa, estúpido! ¡Ya te enseñaré yo!

Con el fin de castigarme empecé a correr y recorrí una calle tras otra, forzándome a seguir con excitadas exclamaciones, y gritándome en silencio y enfurecido cuando estaba a punto de pararme. Así llegué a lo alto de Pilestrædet. Cuando por fin me detuve, a punto de llorar de rabia por no poder correr más, me temblaba todo el cuerpo y me tumbé en una escalera. ¡Alto!, dije. Y para atormentarme aún más me volví a levantar y me obligué a quedarme de pie; me reía de mí mismo y me alegraba de mi propia miseria. Finalmente, al cabo de unos minutos, con un movimiento de la cabeza me di permiso para sentarme, e incluso entonces elegí el lugar más incómodo de la escalera.

¡Dios mío, qué bien sentaba descansar! Me sequé el sudor de la cara e inhalé grandes cantidades de aire fresco. ¡Cómo había corrido! Pero no me arrepentía, me lo tenía bien merecido. ¿Por qué había querido pedir aquella corona? ¡Éstas eran las consecuencias! Y comencé a hablarme con indulgencia, a amonestarme como podría haberlo hecho una madre. Cada vez me sentía más conmovido; extenuado y abatido me eché a llorar: un llanto silencioso e intenso, sin una sola lágrima.

Permanecí allí sentado durante un cuarto de hora o más. La gente iba y venía sin molestarme. Algunos niños jugaban a mi alrededor, un pajarillo cantaba en un árbol, al otro lado de la calle.

Un policía se me acercó y preguntó:

¿Por qué se ha sentado aquí?

¿Por qué me he sentado aquí?, repetí. Porque he querido.

Hace media hora que me estoy fijando en usted, dijo. ¿Lleva aquí sentado media hora?

Aproximadamente, contesté. ¿Algo más?

Me levanté enfadado y me fui.

Cuando llegué a la plaza me detuve y miré al suelo. ¡Porque he querido! ¿Qué respuesta era ésa? Porque estaba cansado, deberías haber dicho, con voz quejumbrosa. ¡Estúpido! jamás aprenderás a ser hipócrita. ¡Por agotamiento!, deberías haber dicho, resollando como un caballo.

Al llegar al retén de bomberos volví a detenerme, sobrecogido por una nueva ocurrencia. Hice un chasquido con los dedos, prorrumpí en una sonora carcajada, que sorprendió a los transeúntes y dije: Ahora vas a ir a ver al pastor Levion. Eso es lo que vas a hacer. Inténtalo por lo menos. ¿Qué puedes perder con ello? Además, hace un tiempo maravilloso.

Entré en la librería de Pascha, encontré las señas del pastor Levion en el Libro de Direcciones, y me puse en camino. ¡Ahora todo depende de ti, no hagas tonterías! ¿Tu conciencia, dices? Sandeces, eres demasiado pobre para preocuparte por tu conciencia. Tienes hambre, eso es, vienes por un asunto importante, lo más importante. Pero debes inclinar la cabeza hacia un lado y poner música a tus palabras. ¿No quieres? Entonces no daré ni un paso más a tu lado, te lo digo de verdad. Ahora estás sumido en un penoso estado de ánimo; por las noches luchas contra las fuerzas de la oscuridad y contra grandes y silenciosos monstruos, tienes hambre y sed de leche y vino, y no los consigues. Hasta aquí has llegado. No tienes ya ni saliva para la lámpara. ¡Pero tienes fe en la gracia divina; a Dios gracias, aún no has perdido la fe! Al decir esto, tienes que juntar las manos y dar la impresión de creer firmemente en la gracia divina. En lo que se refiere a los bienes terrenales, los odias en todas sus manifestaciones. Otra cosa sería un libro de salmos, un recuerdo de un par de coronas.

Me detuve delante de la puerta del pastor y leí: «Horario de oficina de 12 a 4».

No hagas ninguna tontería, seguí diciéndome, ¡ahora va en serio! Baja la cabeza un poco, un poco más…. y llamé al timbre de su vivienda.

Busco al pastor, dije a la muchacha, pero me resultó imposible incluir el nombre de Dios.

Ha salido, dijo ella.

¡Ha salido! ¡Ha salido! Eso estropeaba por completo mi plan, trastornaba todo lo que había pensado decir. ¿De qué me había servido entonces esa larguísima caminata? Estaba en un aprieto.

¿Se trata de algo en particular?, preguntó la muchacha.

¡Nada de eso!, contesté, ¡nada de eso! Como hacía un día tan maravilloso quise venir a saludarlo.

Allí estábamos, ella y yo. Saqué el pecho a propósito para que reparara en el alfiler que sujetaba mi chaqueta; le rogué con los ojos que viera la razón por la que había ido hasta allí; pero la pobre no entendió nada.

Un tiempo maravilloso, por la gracia de Dios, ¿Y la señora tampoco estaba en casa?

Sí, pero la señora estaba con reúma, tumbada en un sofá sin poder moverse…

¿Tal vez querría dejar una nota o algo así?

No, no hacía falta. Solía darme esos paseos de vez en cuando, así me mantenía en forma. Era bueno hacerlo por las tardes.

Me dispuse a regresar a la ciudad. ¿De qué servía alargar la conversación? Además, estaba empezando a sentir mareos, no fallaba, estaba a punto de derrumbarme del todo. Horario de oficina de 12 a 4; había llegado una hora tarde; ¡el momento de la gracia divina había acabado!

En Stortorvet me senté en uno de los bancos que había junto a la iglesia. ¡Dios mío, qué negro se me presentaba el porvenir! No lloré, estaba demasiado cansado; permanecí allí sentado, sin moverme, al borde de la tortura. Tenía mucha hambre. El pecho era lo que más me dolía, me escocía de un modo extraño. Masticar virutas ya no me aliviaba; mis mandíbulas estaban cansadas de tanto trabajo inútil y las dejé reposar. Me rendía. Para colmo, un trozo de cáscara de naranja marrón que había encontrado en la calle y que me llevé a la boca inmediatamente, me había provocado náuseas. Estaba enfermo; tenía las venas de las muñecas hinchadas y azules.

Después de todo, ¿por qué había perdido tanto tiempo, corriendo el día entero detrás de una corona que pudiera mantenerme con vida unas cuantas horas más? ¿No daba igual que lo inevitable ocurriera un día antes o un día después? Si me hubiera comportado como una persona decente, me habría ido a casa y me habría tumbado; haría ya mucho tiempo que me habría rendido. En ese momento tenía la mente completamente despejada. Iba a morir, era otoño y todo estaba a punto de comenzar la hibernación. Lo he intentado por todos los medios, he recurrido a todas las fuentes de ayuda que conocía. Acariciaba cariñosamente esa idea y cada vez que renacía en mí la esperanza de una posible salvación susurraba con hostilidad: ¡Pero idiota, si ya has empezado a morir! Debería escribir un par de cartas, poner todo a punto, prepararme. Me lavaría cuidadosamente y me esmeraría en hacer mi cama; pondría la cabeza sobre algunas hojas blancas, era lo único que me quedaba, y con la manta verde podía…

¡La manta verde! De repente volví a la realidad, la sangre me subió a la cabeza y el corazón empezó a latirme con fuerza. Me levanto del banco y echo a andar. De nuevo bulle la vida dentro de mí y repito una y otra vez esas palabras: ¡La manta verde! ¡La manta verde! Ando cada vez más deprisa, como si tuviera que llegar a la hora a algún sitio, y al cabo de poco tiempo me encuentro de nuevo en mi hojalatería.

Sin detenerme ni un instante, ni vacilar en mi decisión, voy hasta la cama y me pongo a enrollar la manta de Hans Pauli. ¡Mucho me extrañaría que mi buena idea no me salvara! Ignoré todos los ridículos escrúpulos que me venían a la mente, me importaban un bledo. Yo no era un santo, ningún modelo de virtud, aún mantenía intacta mi razón…

Me puse la manta bajo el brazo y me encaminé al número 5 de Stenersgaten.

Llamé a la puerta y entré por primera vez en la grande y desconocida sala; la campanilla de la puerta dio repetidos y desesperados toques por encima de mi cabeza. De una habitación contigua sale un hombre, masticando, con la boca llena de comida, y se coloca delante del mostrador.

¡Deme media corona por mis gafas!, supliqué. Las desempeñaré dentro de unos días, se lo prometo.

¿Qué? No, si son gafas metálicas.

Sí.

No puedo.

Supongo que no. En realidad sólo era una broma. Traigo una manta que no me hace ya ninguna falta, y he pensado que usted podría quedársela.

Desgraciadamente tengo un almacén entero de ropa de cama, contestó el hombre. Y cuando la desenrollé, le echó una ojeada y exclamó: ¡Perdone usted, pero a mí tampoco me hace ninguna falta!

Le he enseñado primero el lado peor, dije; el otro está mucho mejor.

Pues no, no me sirve, no la quiero, y nadie le va a dar ni diez øre por ella.

De acuerdo, tal vez no tenga ningún valor, dije, pero pensé que podría subastarse en un lote con alguna otra vieja manta.

No, es inútil.

¿Veinticinco øre?, dije.

Que no, que no la quiero, hombre, no la quiero ni regalada.

Y de nuevo me puse la manta bajo el brazo y volví a casa.

Fingiendo ante mí mismo que nada había sucedido, volví a extender la manta sobre la cama, alisándola bien, como tenía por costumbre, en un intento de borrar toda huella de mi último acto. Tuve que haber perdido el juicio cuando decidí cometer semejante villanía; cuanto más pensaba en ello, más descabellado me parecía. Debió de haber sido un acceso de debilidad, algo que se aflojó en mi interior. Pero al menos no había caído en la trampa, tuve la intuición de que estaba yendo por mal camino, tal vez por eso empecé por las gafas. Y me alegré mucho de no haber tenido la ocasión de consumar esa falta que habría manchado las últimas horas de mi vida.

Y volví otra vez a caminar por la ciudad.

De nuevo me senté en un banco cercano a la iglesia de Nuestro Salvador, y me acurruqué con la barbilla sobre el pecho, debilitado tras la última emoción, enfermo y miserable por el hambre. Y el tiempo transcurrió.

Todavía podría quedarme allí otra hora; había más luz en la calle que en mi casa; además, me parecía que mi pecho no sufría tanto al aire libre; no tenía ninguna prisa por llegar a casa.

Dormitaba, reflexionaba y sufría duramente. Había cogido una piedrecita, que pulí antes de metérmela en la boca para tener algo que masticar; aparte de eso, estaba inmóvil, ni siquiera movía los ojos. La gente iba y venía; el ruido de los carros, de los cascos, y las conversaciones llenaban el aire.

¡Podría intentarlo con los botones! Aunque seguramente sería inútil y además me sentía bastante enfermo. Pero, pensándolo bien, tenía que pasar por «mi» prestamista de camino a casa.

Por fin me levanté y me fui arrastrando lentamente por las calles. Sentía un gran ardor sobre las cejas, me estaba subiendo la fiebre, y me apresuré todo lo que pude. Volví a pasar por la panadería donde estaba expuesto el pan. Bueno, esta vez no vamos a detenernos aquí, me dije con una fingida firmeza en la voz. ¿Y si entrara a pedir un trozo de pan? No era más que una ocurrencia, un relámpago. ¡Quita!, susurré y rechacé la idea. Seguí andando, ironizando sobre mí mismo: sabía muy bien que resultaría inútil rogar en esa tienda.

En Repslagergangen había una pareja de amantes charlando amorosamente junto a un portal; un poco más allá una niña estaba asomada a una ventana. Caminaba despacio, reflexionando, seguramente daba la impresión de estar pensando en algo determinado; y la muchacha salió a la calle.

¿Qué te pasa, viejo? ¿Estás enfermo o qué? ¡Dios mío, vaya cara que tienes! Y la muchacha se retiró apresuradamente.

Me detuve en seco. ¿Qué le pasaba a mi cara? ¿Había comenzado a morirme? Me toqué las mejillas: flaco, desde luego, claro que estaba flaco; las mejillas asomaban como dos pequeños platos con el fondo hacia dentro; ¡Dios mío! Y seguí andando de nuevo.

Pero volví a pararme. Tendría que estar indescriptiblemente flaco. Y los ojos se me estaban empezando a salir de la cabeza.

¿Qué aspecto tenía realmente? ¡También era cosa del demonio que encima el hambre lo desfigurara a uno! Una vez más noté que me invadía la rabia, la última llamarada, una convulsión. ¡Dios nos libre de una cara así! ¿Eh? ¡Allí estaba yo, con una cabeza cuyo igual no se encontraba en todo el país, con un par de puños que, ¡Dios era mi testigo!, eran capaces de moler y pulverizar a un repartidor cualquiera, pasando tanta hambre que me estaba desfigurando en medio de la ciudad de Christiania! ¿Tenía eso algún sentido? Había estado trajinando día y noche, de la misma manera que una yegua arrastra a un cura; se me habían salido los ojos de la cabeza de tanto leer y el hambre me había hecho perder la razón; ¿qué demonios recibía a cambio? Hasta las rameras rogaban a Dios que las librara de tener que mirarme. ¡Pero ya se acabó! ¿Lo entiendes? ¡Se acabó, maldita sea!… Con una creciente rabia, haciendo rechinar los dientes con una gran sensación de agobio, sollozando y maldiciendo, seguí bramando sin reparar en la gente que pasaba. Volví a maltratarme, golpeándome intencionadamente la frente contra las farolas, clavándome con fuerza las uñas en las palmas de las manos, mordiéndome enloquecido la lengua cuando no pronunciaba claramente y riéndome lleno de rabia cada vez que me dolía lo suficiente.

¿Y qué voy a hacer?, me pregunté finalmente. Y golpeando la calle con el pie una y otra vez repito: ¿Qué voy a hacer? En ese instante, un caballero que pasaba comenta sonriendo:

Debería usted rogar que lo arrestaran.

Me quedé mirándolo mientras desaparecía. Era uno de nuestros célebres médicos de señoras, a quien llamaban el Duque. Ni siquiera él comprendía mi estado, un hombre al que yo conocía y cuya mano había estrechado. Me callé. ¿Hacerme arrestar? Sí, estaba loco, el médico tenía razón. Sentía la locura en la sangre, sentía cómo corría por mi cerebro. ¿Así acabaría yo entonces? ¡Bueno, bueno! Y seguí caminando despacio y con una gran tristeza. ¡Así que ése sería mi final!

De repente me paro en seco de nuevo, ¡Pero no arrestado!, digo, ¡eso no! Casi me quedo ronco de angustia. Suplicaba, rogaba a los cuatro vientos que no me arrestaran. No quería volver al Ayuntamiento, no quería que me encerraran en una oscura celda sin un rayo de luz. ¡Eso no! ¡Todavía quedaban algunas salidas a las que aún no había recurrido! Lo intentaría todo, me esforzaría más, me tomaría más tiempo, iría de casa en casa infatigablemente. Estaba, por ejemplo, el propietario de la tienda de música, Cisler; aún no había acudido a él. Alguna salida habría… Así iba hablándome hasta que volví a llorar de emoción. ¡Todo menos el arresto!

¿Cisler? ¿Sería un aviso divino? El nombre de Cisler se me había ocurrido sin razón alguna y él vivía en un sitio muy retirado, pero iría a verlo, andaría despacio y descansaría de vez en cuando. Conocía el lugar, había visitado su tienda a menudo para comprar partituras en los buenos tiempos. ¿Podría pedirle media corona? Puede que eso le molestara, sería mejor pedirle una corona.

Entré en la tienda, pregunté por el dueño y me condujeron a su despacho. Allí sentado estaba el hombre, apuesto, vestido a la moda, revisando unos papeles. Balbucí una disculpa y le expuse el motivo de mi visita. Había acudido a él obligado por la necesidad… No tardaría mucho en devolvérselo… En cuanto recibiera los honorarios por mi artículo… Me haría un gran favor…

Seguía hablándole cuando volvió a su escritorio y prosiguió con su trabajo. Cuando terminé, me miró de soslayo, movió su hermosa cabeza y dijo: ¡No! Simplemente no. Ni una explicación. Ni una palabra.

Me temblaban tanto las piernas que tuve que apoyarme en la pequeña barandilla pulida. Tendría que intentarlo una vez más. ¿Por qué me había venido a la memoria precisamente su nombre en el barrio de Vaterland? Sentí unos cuantos pinchazos en el costado izquierdo y comencé a sudar. Hum. Estoy en un serio apuro, dije, por desgracia estoy bastante enfermo; seguramente no tardaría más que unos días en devolverle el préstamo. ¿Me haría ese favor?

Querido amigo, ¿por qué acude a mí?, dijo. Para mí es usted un completo desconocido que entra de la calle. Vaya al periódico, donde lo conocen. ¡Sólo por esta noche!, dije. La redacción ya está cerrada y estoy hambriento.

Negó insistentemente con la cabeza, incluso continuó sacudiéndola cuando ya había abierto la puerta.

¡Adiós!, le dije.

No era un aviso divino, pensé, sonriendo amargamente; un aviso semejante también podría darlo yo si fuera menester. Recorrí manzana tras manzana, descansando de vez en cuando un momento en algún escalón. ¡Con tal que no me arresten! El temor a aquella celda me perseguía constantemente y no me dejaba ni un instante de sosiego. Cada vez que veía a lo lejos a algún policía me metía en un callejón para evitar encontrarme con él. Ahora contaremos cien pasos, me dije, y volveremos a probar suerte. Algún remedio habrá…

Era una pequeña mercería, un lugar que no había pisado en mi vida. Sólo un hombre detrás del mostrador, un despacho detrás con una placa de porcelana en la puerta, estantes y mesas llenas de mercancías. Esperé hasta que el último cliente, una joven con hoyuelos en las mejillas, hubiera abandonado la tienda. ¿Por qué parecía tan feliz? No quise impresionarla con el alfiler de mi chaqueta, y me di la vuelta.

¿Desea usted algo?, preguntó el dependiente.

¿Está su jefe?, pregunté.

Ha ido de excursión a las montañas de Jotunheimen, contestó. ¿Quería algo en particular?

Se trata de unos øre para comer, dije, intentando sonreír; me ha entrado hambre y no tengo ni un øre.

Entonces es usted tan rico como yo, dijo, y se puso a ordenar unas madejas de lana.

¡No me eche!, ¡ahora no!, dije sintiendo todo el cuerpo helado de repente. De verdad que estoy a punto de morir de hambre, hace muchos días que no como nada.

Completamente serio, sin decir nada, comenzó a volver del revés sus bolsillos, uno tras otro. ¿No creía lo que me decía…?

Sólo cinco øre, dije. Y le devolveré diez dentro de unos días.

Buen hombre, ¿quiere que los robe de la caja?, preguntó impaciente.

Sí, dije, coja cinco øre de la caja.

No seré yo quien lo haga, concluyó, y añadió: Y déjeme decirle que ya está bien.

Salí arrastrándome, enfermo de hambre y ruborizado de vergüenza. ¡Esto tendría que acabar! Las cosas habían ido demasiado lejos. Me había mantenido a flote durante muchos años, había conservado mi entereza en momentos difíciles, y ahora me había rebajado hasta el punto de pedir limosna. Mis pensamientos se habían embrutecido y mi mente se había manchado de vergüenza. Había caído tan bajo que había intentado conmover con llantos y lamentaciones a los más vulgares mercaderes. ¿Y de qué me había servido? ¿Acaso no seguía sin un pedazo de pan que llevarme a la boca? Había conseguido sentir náuseas de mí mismo. Esto tendría que llegar a su fin. En seguida cerrarían la puerta de mi casa y debería darme prisa si no quería pasar otra noche en el Ayuntamiento…

Este pensamiento me dio fuerza; no quería dormir en el Ayuntamiento. Con el cuerpo encorvado y la mano apretada contra las costillas del lado izquierdo para calmar los pinchazos, caminaba, con los ojos clavados en la acera para no tener que saludar a ningún conocido, y me apresuré hasta el retén de bomberos. Gracias a Dios, no eran más que las siete en Nuestro Salvador, aún me quedaban tres horas hasta que cerraran el portal. ¡Qué miedo había pasado!

No quedaba, pues, nada sin intentar, había hecho todo lo posible. ¡Imagínate, no conseguir nada en un día entero!, pensé. Si se lo contara a alguien no me creería; y si lo escribiera, dirían que eran invenciones mías. ¡No conseguir nada en ningún sitio! Bueno, ya no tenía remedio; ante todo, dejaría de intentar conmover a la gente. ¡Qué asco! Me doy asco a mí mismo. Ya se podía abandonar toda esperanza. Por cierto, quizá podría robar un puñado de avena de la cuadra. Un rayo de luz, sólo un rayo; sabía que la cuadra estaba cerrada.

Me tomé el regreso a casa con mucha calma, andando a paso de tortuga. Por primera vez en todo el día sentí sed, e iba mirando a todas partes en busca de un sitio donde beber. Estaba demasiado lejos del mercado y no quería entrar en casas particulares; tal vez podría esperar hasta llegar a casa; tardaría un cuarto de hora más o menos. Además, no era seguro que tolerara un sorbo de agua; mi estómago no toleraba ya nada, sentía náuseas incluso de la saliva que tragaba.

Pero ¡y los botones! ¡Si aún no había intentado con los botones! Me detuve en seco y sonreí. ¡Puede que después de todo hubiera alguna solución! ¡No estaba todo perdido! Seguramente me darían al menos diez øre por ellos, al día siguiente conseguiría otros diez en otro sitio, y el jueves me pagarían por el artículo del periódico. ¡Ya vería cómo todo se arreglaba! ¿Cómo podía haberme olvidado de los botones? Los saqué del bolsillo, y los iba contemplando mientras andaba; la alegría nublaba de tal modo mi vista que no veía por donde pisaba.

¡Qué bien conocía ese gran sótano, mi refugio en noches oscuras, mi fiel sanguijuela! Uno por uno mis objetos personales, mis enseres domésticos, habían sido llevados a él. En los días de subasta solía ir a mirar, y me alegraba cuando mis libros iban a parar a manos aparentemente buenas. El actor Magelsen tenía mi reloj, de lo que casi me sentía orgulloso; un calendario en el que se encontraba mi primer pequeño intento poético había sido adquirido por un conocido mío, y mi abrigo acabó en el taller de un fotógrafo para uso de los que se fotografiaban. Por tanto, no tenía nada que objetar.

Llevaba preparados los botones en la mano y entré. El prestamista está sentado a su mesa escribiendo.

No tengo ninguna prisa, digo, temiendo estorbarlo e impacientarlo con mi petición. Mi voz sonaba extrañamente hueca, ni yo mismo la reconocía del todo, y mi corazón palpitaba como un martillo.

Vino a mi encuentro, sonriente como de costumbre, puso las manos abiertas sobre el mostrador y me miró a los ojos sin decir nada.

Bueno, yo quería preguntarle si le hacía falta algo que yo tenía…, algo que me estorbaba en casa, se lo aseguro… unos botones…

¿Y qué pasaba con esos botones? Baja la vista hasta mi mano.

¿No podría darme unos øre por ellos?… La voluntad… De verdad, la voluntad.

¿Por esos botones? El prestamista me mira extrañado. ¿Por esos botones?

Lo justo para comprar un puro o lo que él estimara conveniente. Como pasaba por allí, había entrado a preguntar.

Entonces el viejo prestamista se echó a reír y volvió a su escritorio sin mediar palabra. Yo me quedé allí plantado. En verdad no me había hecho muchas ilusiones, aunque contaba con la posibilidad de recibir alguna ayuda. Esa risa era mi sentencia de muerte. Tampoco querría las gafas, ¿no?

Naturalmente, las gafas iban incluidas, es evidente, dije, y me las quité. Sólo diez øre, o cinco, lo que estimara conveniente.

No puedo darle nada por sus gafas, dijo el prestamista, ya se lo he dicho antes.

Pero necesito un sello, dije con voz sorda. Ni siquiera puedo enviar las cartas que quiero escribir. Un sello de cinco o de diez øre, como a usted le parezca.

¡Vaya con Dios!, contestó, agitando la mano.

¡Bueno, bueno, dejémoslo ya!, me dije a mí mismo. Mecánicamente volví a ponerme las gafas, cogí los botones y me dispuse a marcharme; di las buenas noches y cerré la puerta tras de mí, como de costumbre. ¡Así que ya no había nada más que hacer! Me detuve en el descansillo de la escalera y miré una vez más los botones. ¡Qué extraño que no los quiera!, me dije. ¡No lo comprendo, si están casi nuevos!

Mientras estaba sumido en estas reflexiones pasó un señor que se dirigía al sótano. Con las prisas me había dado un pequeño empujón, los dos nos disculpamos y yo me volví a mirarlo.

¡Pero si eres tú!, gritó de repente desde el pie de la escalera. Volvió a subir y lo reconocí. ¡Dios me ampare, qué aspecto tienes!, dijo. ¿Qué haces aquí?

Bah, un asunto. Por lo que veo, tú también vas a bajar.

Sí. ¿Qué has dejado tú?

Sentí que me temblaban las rodillas, me apoyé en la pared y, tendí la mano con los botones.

¡Qué demonios!, gritó. ¡Eso es demasiado!

¡Buenas noches!, dije, haciendo ademán de marcharme; sentía el llanto en la garganta.

¡No, espera un momento!, exclamó.

¿A qué iba a esperar, si él mismo iba camino de casa del prestamista? Quizá iba a dejar su anillo de compromiso, tal vez llevaba varios días pasando hambre, o debía el alquiler a su casera.

De acuerdo, contesté, si te das prisa…

Naturalmente, dijo, cogiéndome del brazo; pero te digo una cosa: no te creo, eres un idiota; será mejor que me acompañes abajo.

¡No puedo! He prometido estar en Bernt Ankers gate a las siete y media y…

A las siete y media, sí, sí. Pero ahora son las ocho. Aquí tengo tu reloj, es lo que iba a empeñar. ¡Entra ya, grandísimo pecador! Te conseguiré al menos cinco coronas.

Y me empujó hacia abajo.

(Continuará…)

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