Colacho hermanos o Presidentes de América (II)

Cesar Vallejo

 

 

Cuadro Segundo

Una tarde en el gran bazar de los hermanos Colacho, en las minas de oro de Cotaroa, de la provincia de Taque.

A la izquierda de la escena, un largo mostrador, que va desde las candilejas hasta el fondo de las tablas. En las casillas de todos los muros, sobre cajones y en una parte del mostrador, mercaderías, telas, víveres, atestando el local. Al fondo, una ventana, por la que se columbra montañas cubiertas de nieve. A la derecha, dos, puertas abiertas sobre tina, explanada o calle en construcción. A la izquierda, detrás del mostrador, una puerta que da a la trastienda.

Cordel, vestido contra el frío, como los demás personajes de éste y del cuadro cuarto, aparece de perfil, primer plano, detrás del mostrador, sentado, en una oficina pequeña pero confortable y hasta elegante. Está hojeando unos libros de contabilidad, con títulos dorados sobre fondo rojo. Su traje y sus modales indican que ha dejado, al fin, de ser un obrero, para con vestirse en patrón. Pero, en el fondo, bajo su cáscara patronal, conserva el tuétano del peón.

Un poco más allá, también detrás del mostrador, lava un lote de botellas Novo, hijo de Acidal, de unos diez años, flacuchento, timorato y con cara de huérfano. A la derecha, Orocio, el dependiente —30 años— muy humilde pero muy activo, sacude y arregla tejidos y paquetes en las casillas.

Cordel, echa frecuentemente sobre Orocio y sobre Novo, vistazos de severa vigilancia. Un tiempo.

CORDEL, bruscamente a Novo: —Dame una de las botellas que has lavado. (Novo, por apurarse, produce un choque entre las botellas y dos o tres se rompen. Cordel, furibundo, se lanza sobre él). ¡Carajo! ¿Qué tienes en las manos, animal? … (Novo, aterrado, da un traspié). ¡No sabes más que romperlo todo! (Con los puños cerrados, amenazador). ¡Te molería las costillas! ¡Recoja usted estos vidrios! (Novo recoge los vidrios y Cordel lo abofetea. Novo se echa a llorar). ¡Y limpie ese suelo!… (Novo limpia el suelo). ¿Ya está?… ¡Siga lavando las botellas! ¡Y cuidado con que vuelvas a quebrarlas! ¡Porque entonces sí que yo te quiebro las mandíbulas! ¡Un diente por cada botella! ¿Me has oído?… ¡Contesta! ¡Estoy hablándote!

NOVO, llorando: —Sí, tío.

CORDEL pasa cerca de Novo, le mete brutalmente la mano en un bolsillo: —¿Qué tienes ahí? (Novo se queda paralizado). No te muevas… (Sacándole del bolsillo un caramelo). ¿Quién te ha dado este caramelo? ¿De dónde lo has agarrado? (Novo no hace más que gemir, con la cabeza agachada). ¡Ladrón! ¿Sabes manto nos cuesta a tu padre y a mi un caramelo? ¿Uno solo?… (Le toma de una mecha de pelo de cerca de la oreja y le levanta en alto, haciéndole retorcerse de dolor).

OROCIO, interviene tímidamente: —¡Patrón!… ¡Al menos, porque no tiene madre…

CORDEL, soltando su presa que se ahoga llorando: —No tiene madre pero tiene dos padres, en lugar de uno. Yo soy más que su tío… (A Novo). ¡Debes saber, animal, que yo también, soy tu padre porque lo que comes sale también de mis bolsillos!… ¡Lava, carajo, las botellas, si no quieres que te meta, como a los soras, a trabajar en los socavones, para hacerte volar los huesos a punta de dinamita!…

UNA SORA, entrando: —Buenas tardes, taita.

CORDEL: —¡Ah, la vieja Rimalda! ¿Cuántos huevos me traes?

LA SORA, poniendo un lote de huevos sobre el mostrador: —Cuéntalas, taita. Dos semanas de la gallina negra y una de las dos pollas. (Cordel cuenta los huevos). Tú verás y me dirás también cuánto te he traído en todo y por todo, porque quiero llevar unas cositas de tu tienda.

CORDEL: —Catorce. A tres por medio, son… dos reales y medio.

LA SORA: —¿Cuánto, taita?

CORDEL: —Hoy, me traes catorce. El precio lo veremos después.

SORA pensativa: —Catorce… Así será, pues, taita.

CORDEL: —¿Y dices que quieres saber cuántos huevos me has traído por todo?

LA SORA: —Sí, taita. No me acuerdo.

CORDEL consultando una libreta:—. Voy a decírtela… (Escribe unos números en un papel aparte). Aquí está… El 8 me trajiste 8, el 12, 16, y hoy me traes 14… Vamos a ver… (Se dispone a hacer la suma). Mira bien, Rimalda, para que no vayas a pensar que te robo…

LA SORA: —¡Vaya con Dios, el taita!…

CORDEL, puestas en el papel las tres cantidades, una debajo de otra, en columna vertical, hace la suma, ante los ojos de la mujer, cantando en alta voz la operación: —Cuatro y seis, diez; diez y ocho, diez y ocho; dejo ocho y llevo uno… Pero… (Se queda pensando. Mirando afectuosamente a la mujer). Pero ¡qué te voy a llevar a ti, pobre vieja!… ¡Para que sigas trayéndome siempre tus huevos, no te llevo nada! ¡Mira, pues, lo bueno que soy contigo! No te llevo nada…

LA SOBA: —Gracias, taita, que no me lleves nada. Dios te lo pagará.

CORDEL: —Y aunque no me lo pague, Rimalda. Yo soy incapaz de llevarme nada a una pobre vieja como tú… (Vuelve a la operación). Decíamos: cuatro y seis, diez; diez y ocho, diez y ocho. Dejo ocho y yo no te llevo nada. Uno y uno, dos. Son 28 huevos en total, los que te debo… (Orocio mira a Cordel, desconcertado).

LA SORA: —Así será pues, taita.

CORDEL, sacando de un cajón unas monedas: —28 huevos a 4 por cinco centavos, son 35 centavos en total. Aquí tienes tu plata.

LA SORA recibe las monedas: —Mil gracias, patroncito. Dios te lo pagará.

CORDEL: —No me agradezcas, vieja. Yo no hago sino cumplir con mi deber. (Presentándole el papel con las cifras de la operación operada, bien cerca de los ojos de la sora). Mira ¿estás o no conforme? Aquí no se engaña a nadie. Tú me conoces bien. (Orocio mira otra vez a Cordel).

LA SORA: —¿Qué me enseñas, pues, taita, tus escrituras? ¡Si Dios hubiera querido que yo conozca números!…

CORDEL, palmeándole en el hombro: —¡Ah, buenamoza Rimalda! ¿Qué quieres llevar del bazar? ¿Tu tocuyo? ¿Tu sal? ¿Tu jabón?

LA SORA: —Una varita de tocuyo, taita. ¿A cómo está? No sé si podrás dármelo, por la platita de los huevos…

CORDEL: —Se te dará tu vara de tocuyo. Orocio, dale una vara de tocuyo a la Rimalda, del de 30.

OROCIO, apresurándose a cumplir la orden: —Bien, patrón…

CORDEL: —Y tú Novo, ¿qué esperas que no guardas, estos huevos?

NOVO volando a recoger los huevos: —Ahí voy, tío.

CORDEL, volviendo a sus libros de contabilidad, a Orocio: —Dale también medio de sal. (A la mujer). La sal es por los cinco centavos restantes. Quedamos mano a mano. Treinta y cinco centavos justos.

LA SORA: —Así será, pues, taita.

CORDEL: —Y no dejes de seguir trayéndome tus huevos, todas las semanas.

LA SORA: —Pierda cuidado, taita. Cuenta con tus huevecitos. (Habiendo sido despachada con la sal y el tocuyo, la sora pone el dinero que le diera Cordel, sobre el mostrador, delante del dependiente, como pago de su compra). Velay… Dios te lo pague, patroncito. (Sale).

OROCIO, entregando el dinero a Cordel: —Adiós, mama. Que le vaya bien.

CORDEL, a Orocio: —¿Contaste cuántos paquetes de fósforos han venido en los cinco cajones recién llegados?

OROCIO, va a consultar unos números en un papel: —Todavía no patrón. Aquí están para sumarlos. (Se dispone a hacer la suma de los cinco cajones).

CORDEL: —¿Cuántos paquetes han venido en cada cajón? Dímelos uno por uno, antes de sumarlos.

OROCIO, consultando sus apuntes: —En el uno han venido 25, en el otro 15, en el otro 17, en el otro 26 y en el otro 24.

CORDEL, se acerca a ver que haga bien la suma el dependiente: —Ahora súmalos: Cuenta fuerte, que yo te oiga.

OROCIO, sumando su columna de cinco sumandos: —5 y 5, 10; y 7, 17; 6, 23, y 4, 27; Pongo 7 y llevo 2…

CORDEL, saltando y parándolo: —¡Ah; no! ¡Alto ahí! Tú no te llevas nada… (Un vistazo sobre Novo). ¿Qué maneras son éstas de llevarte mercaderías que no te pertenecen? Tú, aquí, no eres sino mi dependiente y no tienes derecho a llevarte nada del bazar. Absolutamente nada. (Otro vistazo a Novo).

OROCIO, desconcertado: —Pero, patrón, es sólo para sacar la suma… que yo me llevo 2… no por otra cosa.

CORDEL, tomando él mismo el lápiz para hacer la operación: —¡Ah, sí, si!… ¡Ya, ya!… ¡Yo conozco a mi gente! (Una risita zumbona).

OROCIO: —Yo no he llevado nunca nada de su casa…

CORDEL: —¡Silencio! ¡Cállese! (Otro vistazo sobre su sobrino). ¡A ver! (Hace la suma en alta voz). 5 y 5, 10; y 7, 17; y 6, 23; y 4, 27. Pongo 7 y me llevo 2…

OROCIO, rápidamente: —¡Ve usted, patrón! ¡Usted también, para sacar la suma, lleva 2…

CORDEL, violento: —¡Yo sí, por supuesto! ¡Pero soy el dueño del bazar y no sólo puedo llevarme 2, sino todos los paquetes de los cinco cajones! ¿Qué cosa?… ¡Hase visto!

MR. TENEDY, gerente de la «Quivilca Corporation», entra, fumando una gran pipa y dice seco y autoritario, en un español britanizado y esquemático: —Don Cordel, buenas tardes…

CORDEL, cambiando, de inmediato su aire de patrón por el de un esclavo: —¡Mr. Tenedy! Buenas tardes, Mr. Tenedy… (Le alarga la mano para estrechar la del yanqui, en el preciso momento en que éste da mediavuelta hacia la calle).

MR. TENEDY, desde la puerta del bazar, dirigiéndose a alguien que el público no ve: —¿Quién va por ahí cantando? ¡Eah!… ¡Ese!… ¡Pcht! ¡Pcht!… (Se oye en efecto, un tanto distante, un canto indígena, entonado por un hombre. Cordel permanece en silencio y a la resguardia del yanqui, atento a lo que hace y dice Mr. Tenedy, quien se vuelve a la derecha de la rua y da una orden). ¡Gendarme!… ¡Usted!… ¡Gendarme!…

LA VOZ DE UN GENDARME: —Su señoría… (Aparece y se cuadra respetuosamente ante Mr. Tenedy).

MR. TENEDY: —¿Usted oye, desde luego, ese canto que se aleja en el campamento?

EL GENDARME: —Es un peón, Su Señoría, de los de Colca.

MR. TENEDY: —Hace muchos días que ese peón anda cantando aires de Colea. Es señas que extraña su familia y tiene pena de su tierra. Uno de estos días puede mandarse mudar. Vigílelo. Usted me responde de él. (Mr. Tenedy, dicho esto, vuelve a entrar al bazar).

EL GENDARME: —Muy bien, Su Señoría. Perfectamente, Su Señoría. (Se va).

MR. TENEDY: —Don Cordel, la empresa necesita en el día 50 peones más. Los soras continúan huyendo. Ya no quedan en los socavones sino gente de Colca. En los talleres de fundición faltan mecánicos y los obreros competentes también faltan. Hágame el favor, don Cordel, de reemplazar, por lo menos, a los soras que han huido o han muerto en este mes…

DON CORDEL: —Mr. Tenedy, voy a dirigirme por telégrafo a Acidal. Hoy mismo. En el acto. Aunque, como usted sabe, Mr. Tenedy, los indios ya no quieren venir. Dicen que es muy lejos. Quieren mejores salarios, el entusiasmo del comienzo ha desaparecido…

MR. TENEDY: —Lo sé. Pero ¿y el subprefecto qué hace? ¿Para qué sirven sus gendarmes? Don Cordel, ya estoy cansado de estos chismes. La empresa necesita 50 peones y ustedes me los ponen aquí, antes de fin de mes, sea como fuese.

CORDEL: —Mr. Tenedy, se hará por supuesto lo que se pueda, todo lo que se pueda…

MR, TENEDY, con un gesto de impaciencia: —No me diga usted eso, don Cordel. Todo lo posible, no significa nada. Dígame categóricamente que vendrán esos peones. Es urgente. Impostergable.

CORDEL, bajando la frente: —Mr. Tenedy, vendrán esos peones, cueste lo que cueste.

MR. TENEDY: —50. Ni uno menos.

CORDEL: —Si. Mr. Tenedy. Voy en este momento a telegrafiar a mi hermano.

MR. TENEDY, las manos para irse: —Eso es. Bien. ¿Ninguna novedad por aquí?

CORDEL: —Ninguna; Mr. Tenedy.

MR. TENEDY: —Hasta luego, don Cordel.

CORDEL: —Hasta luego, Mr. Tenedy. (Mr. Tenedy, al salir, se cruza en la puerta con un sora joven, frágil y de aire enfermizo).

EL SORA, quitándose el sombrero, cae de rodillas, aterrado, ante Mr. Tenedy: — ¡Taita! ¡Taita!

MR. TENEDY, que ha vuelto sobre sus pasos hacia el centro de la tienda: — ¡Granuja! ¡Eres uno de los prófugos! ¿De dónde vienes ahora? ¿Cuándo has vuelto? ¡Levántate y responde!

EL SORA, levantándose, con voz imperceptible, sin atreverse a alzar la cabeza, sin sombrero, los brazos, cruzados: —¡Perdona, pues, taita! ¡Enfermo! ¡Las espaldas! ¡No me he ido! ¡Las espaldas!

MR. TENEDY, en un grito estridente y violento como un rayo: —¿Cómo? (El sora ha dado un salto y cae al suelo, fulminado, inmóvil).

CORDEL, se acerca al sora y le mueve con la punta del pie: —¡Levanta, animal! Huacho, ¿oyes? ¿Qué tienes?

MR. TENEDY: —Raza inferior, podrida.

CORDEL, sigue golpeando con la punta del pie la cabeza del sora: —¡Levanta, te digo! ¡Contesta, Huacho!

MR. TENEDY: —Este bribón huyó, hace mes y medio, con siete más.

CORDEL: —No pensó que iba usted a reconocerlo. (Aquí, empieza a moverse el cuerpo del sora. Luego, una mirada larga, fija y vacía, rueda lentamente en sus órbitas. Pero, de pronto, despavorido, lanza gritos de terror).

EL COMISARIO, quien pasaba, surge: —¿Qué sucede aquí? ¡Ah, Mr. Tenedy! Buenas tardes… (Ha sujetado de inmediato al sora por su brazo y Cordel por el otro).

EL SORA temblando, los ojos fijos en Tenedy: —¡El taita! ¡El taita!

MR. TENEDY, al comisario: —Que declare en el cepo, donde están ya sus compañeros de fuga. Si no declara, déjele en la barra hasta mañana. (Ordena y sale).

EL COMISARIO: —Perfectamente, Mr. Tenedy. A sus órdenes, (El comisario llama a lo lejos. Dos gendarmes pronto aparecen y entran). Llévense a éste a la barra. (Los dos gendarmes toman al sora que no cesa de dar de gritos de espanto y le llevan. Los tres desaparecen).

CORDEL: —¡Serranos brutos! ¡Serranos perezosos! ¡Huilones!

EL COMISARIO: —Tiembla ahora como un perro envenenado.

CORDEL: —Por terror al gringo. Apenas lo divisan que todo los soras se ponen a temblar y se echan a correr sin control posible. (Una pareja de soras se asoman a la puerta y penetran al bazar).

EL HOMBRE Y LA MUJER, quitándose el sombrero y con humildad: —Taita, buenas tardes.

CORDEL, con vivo interés: —¡Hola, muchachos! ¿Al fin sé decidieron? (A Baldazari). Perdone, por favor, comisario, un momentito.

EL COMISARIO, pasando al mostrador, a servirse a sí mismo una copa de whisky y hablando del sora a quien acaban de llevarse los gendarmes: —¡Ha visto usted como se hacía el motolito el muy pendejo!

CORDEL, a los dos soras: —¡Adelante! ¡Pasen; pasen! ¡Entren de una vez!

EL HOMBRE que se ha quedado mirando con su mujer, unos pañuelos de colores que hay colgados en la puerta del bazar: —¡Qué bonitos achalayes! ¡Tus verdes y granates, taita!

CORDEL, aparte: —Orocio, sácales las garrafas de colores. ¡Rápido! (Orocio ejecuta la orden y Cordel a los dos soras). ¿Les gusta los granates? Entren, entren. ¿Se decidieron por lo de la chacra?…

EL HOMBRE, entrando con su mujer: —¡Taita, pues, que se hará!

CORDEL, mostrándoles a la luz y en alto las garrafas de colores: —¡Miren qué bonito!… ¡Miren!… (El comisario toma su whisky). ¿Ven ustedes las gallinas con sombrero que hay aquí pintadas?… (El comisario lanza una carcajada que él reprime al momento. El propio Orocio hace esfuerzo para mantener la hilaridad. Cordel le dice, aparte, furibundo). ¡Carajo!, ¡como te rías!

LOS DOS SORAS consideran maravillados las garrafas: —¡Ay, taita, qué bonito!…

CORDEL: —¿No son, bonitas de verdad? En esta otra, más grande, hay unos árboles de oro, con gendarmes en las hojas. ¡Miren lo que es achalay!… (El comisario ríe a escondidas. Como los soras no se atreven a tocar las garrafas, Cordel les dice). ¡Agárrenlas sin miedo!… (Pone una en manos del sora). ¡Toma, te digo! ¡Agárrala de aquí! ¡Así!…

EL HOMBRE, con la garrafa en las manos, inmóvil: —¡Espérate, pues, taita!… No te apures…

EL COMISARIO Y CORDEL, a la vez: —¡Así, hombre!… ¡Así! Puedes hasta moverte con ella… No tengas miedo… (El sora, sin embargo, no se atreve a hacer el menor movimiento. La cabeza derecha y rígida, habla moviendo apenas los labios).

EL HOMBRE: —¡Tómala, taita! ¡Agárrala! ¡La suelto!

CORDEL, tomándole de un brazo y haciéndole dar unos pasos, como a un ciego: —¡Qué cholo tan zonzo!… ¡Ven!… ¡Avanza!… ¡Camina!… ¡Así!… ¡Así!… Procura por supuesto no tropezarte! ¿Ves?… (Mientras el sora camina, con la garrafa bien agarrada en sus manos, la mujer le sigue con los ojos, presa también de gran ansiedad).

EL COMISARIO: —Puedes también voltear. Y volver a caminar. (A Cordel). ¡Es usted un portento, un compadre! (Bebe otro whisky. El sora está en un extremo del bazar, inmóvil, con la garrafa levantada a la altura del pecho. Su mujer corre a colocarse a su lado, lista para auxiliarle).

CORDEL: —¿Ya ven que no pasa nada? ¿Qué dicen ahora? ¿Les gusta ésa que tienen ahí? ¿O quieren otra?

EL HOMBRE: —¡Mucho, taita! ¡Esta!

CORDEL: —¡Pues tómenla por el terreno de trigo de Gorán! (Es una decisión heroica). ¡Qué caramba! ¡Llévensela! ¡Llévensela no más! (Los soras no parecen acabar de comprender, a tal punto estiman halagadora la propuesta). Yo soy así: ¡todo lo que tengo se lo doy a mis clientes! (Cordel envuelve la garrafa en un papel).

EL COMISARIO, fingiéndose escandalizado de la largueza de Cordel, se opone: — Pero, don Cordel, ¿va usted a darles un garrafa azul por un simple terreno de trigo? ¡Está usted loco!

CORDEL: —Sí, señor… Ya ve usted: no puedo con mi genio.

EL COMISARIO, impide que Cordel siga envolviendo la garrafa y la saca a relucir, levantándola a la vista de todos: —¡Qué barbaridad! ¡Por un terreno de trigo! ¡Ha viste usted!

CORDEL: —Acabaré, comisario, quedándome sin nada… ¡Qué más da! (A los soras, que permanecen boquiabiertos). ¿Qué dicen ustedes? ¿Aceptado?

EL SORA, emocionado: —Taita, pues… ¡qué te diré!

EL COMISARIO: —Don Cordel, ¡me resiento!

CORDEL: —¿De qué, comisario? ¿Qué ocurre?

EL COMISARIO: —¡Usted sabe perfectamente que ando, desde hace tiempo, suspirando por una garrafa azul y, ahora, en vez de vendérmela a mí, usted prefiere regalarla a estos indios por un simple terreno de trigo! ¡Esto no se hace a un amigo, don Cordel!

CORDEL: —Tengo otra, comisario, en la trastienda.

EL COMISARIO: —¡No diga! ¿De veras tiene usted otra? ¿En la trastienda, dice usted?

CORDEL: —De veras, comisario. Esa, se la venderé a usted; se lo prometo.

EL COMISARIO, a los soras: —Pues, entonces, ¡ahí la tienen ustedes! Llévensela, muchachos.

CORDEL: —Claro: yo sé perfectamente que en el negocio, yo soy quien pierde plata. Orocio, envuelve esta garrafa… (Al comisario). Así es la vida. ¡Qué quiere usted!

EL SORA, besa la mano de Cordel y en un grito de felicidad: —¡Taita! ¡Dios te lo pagará! (La mujer besa también la mano de Cordel y el comisario, riendo a escondidas, vuelve a beber otro whisky).

CORDEL: —Anoche, soñé huevos: ¡para robo!

EL COMISARIO, aparte, a Cordel: —¡Pellízqueme, compadre: ya no puedo más! (Y, en efecto, lanza una carcajada incontenible. Los soras dan un traspié, espantados y se persignan. Orocio, envolviendo la garrafa, ahoga también otra risotada).

CORDEL: —Burro, ¿de qué te ríes? ¡De tus cascos! (Volviéndose se al comisario). Por supuesto, un simple terreno de trigo no vale una garrafa azul. Ya lo sé. Pero ¡a lo hecho, pecho!… No me pesa…

EL COMISARIO, interrumpiendo: —¡Ya, ya, ya, ya!… Yo no quiero meterme en sus negocios.

CORDEL: —Apúrate, Orodio. Una garrafa espléndida, que sólo los patrones tienen en su casa. ¿No es verdad comisario?

EL COMISARIO: —Los patrones y también los obispos. Los obispos también tienen garrafas azules. ¿No es verdad, don Cordel?

CORDEL: —¡Ah, también los obispos, desde luego! Pero los obispos, comisario, los obispos son los obispos…

EL COMISARIO, bebe otro whisky: —¡Por supuesto!

OROCIO: —Aquí está, patrón, la garrafa.

CORDEL, tomando la garrafa para dársela a su turno al sora:—. Toma, cholazo, tu garrafa. ¡Agárrala bien fuerte! ¡Con cuidado! No vayas a soltarla…

EL HOMBRE, tomando el objeto en ambas manos, con gran cuidado: —Taita… Dios te lo pague. (Después lo levanta a la altura de sus ojos y así lo lleva, como un sacerdote la hostia consagrada).

EL COMISARIO: —¡Mira bien dónde pones las patas, para no tropezarte!

CORDEL, saca por un brazo al sora a la calle, muy despacio: —Ven… Paso a paso… Por aquí… Poco a poco… Así… Así… (La mujer sigue, al paso, a su marido).

EL COMISARIO: —Vaya usted a ver eso. ¡Una garrafa azul por una chacra de trigo! ¡Ayayay, carajo!…

CORDEL, parando de pronto al sora: —¿Cuándo me haces entrega del terreno?

EL HOMBRE: —Agárralo, pues, taita; cuando te parezca.

CORDEL: —¿De cuántos meses está el trigo?

EL HOMBRE: —Sembrado en Todos los Santos. Estamos en los carnavales.

CORDEL: —Iré a verlo dentro de una semana. De todos modos, el terreno es ya mío. ¿No es así?

EL HOMBRE: —Así será, pues, taita. Es tu terreno.

CORDEL: —Espérame la próxima semana. (Suelta el brazo del sora empuja suavemente por detrás, en dirección de la calle). Adiós, cholazo. (El sora sale, seguido de su mujer, paso a paso con la garrafa en alto). Saludos a la china Guadalupe.

EL COMISARIO, mirando hacia lo lejos en la calle: —Mire, mire, don Cordel: ahí sale el gringo de su escritorio. ¡Apuesto que va a ver al sora en la laguna!

CORDEL, mirando en dirección indicada: —¡Sí, si, si!… ¡Ahí va!… Ya lo veo…

EL COMISARIO empina de un sorbo su copa y sale corriendo: —¡Carajo! ¡Para los sapos que son cutulos!… (Cordel sigue con la mirada unos instantes al comisario. Permanece luego pensativo. Se vuelve al dependiente que sigue arreglando y sacudiendo las mercaderías). ¡Orocio!

OROCIO: —Patrón…

CORDEL: —Venga usted acá.

OROCIO acudiendo de inmediato: —Patrón.

CORDEL: —¿Dónde está Novo?

OROCIO: —Adentro, en el depósito, patrón.

CORDEL, severo y en voz baja, para no ser oído de Novo: —¿Por qué te encaprichas en dar el mal ejemplo a mi sobrino?

OROCIO, tímido: —Patrón, no doy el mal ejemplo…

CORDEL: —¿Qué has hecho, hace un momento, con la suma de los fósforos?

OROCIÓ: —¿Qué he hecho, patrón?

CORDEL: —¿Sabes lo que significa, a los ojos de un monigote de su edad, que un dependiente como tú, se lleve, aunque sólo sea en pensamiento, para los efectos de una operación de suma, dos o más paquetes de mercaderías, en la cara y en las barbas del dueño de tienda? ¿Sabes lo que eso significa, como mal ejemplo, para que Novo quiera también un día, llevarse lo que se le antoja del bazar, so pretexto de que va a hacer con las mercaderías tal o cual cosa? ¡Contesta!

OROCIO: —Patrón, es muy distinto…

CORDEL: —A los muchachos no hay que enseñarles, ni siquiera de broma, ni por algún motivo, a llevarse nada de lo que no les pertenece.

OROCIO: —Patrón, sólo era para la suma. Porque así se dice, siempre.

CORDEL: —¡No, señor! Te digo que por ningún motivo. ¿Me has oído? ¡Me parece que hablo castellano!

OROCIO: —Bien, patrón. No volveré a hacerlo.

CORDEL: —¡Jamás! ¡Que, eso no se repita! Cuando Novo está aquí y tengas que hacer una suma en su presencia, no hay que cantar en alta voz la operación. Hay que hacerla mentalmente o hay que esconderse para hacerla. Novo no sabe sumar, ni entiende nada de las palabras que se dicen al sumar. Lo único que él oye es que tú te llevas los paquetes, y el resto no comprende.

OROCIO: —Patrón, ¿y cuando usted me ordena que haga la suma en alta voz bien fuerte?

CORDEL, vacilante: —Cuando yo te ordeno… Pues… Entonces… entonces… Pues, en lugar de decir: «Llevo dos, o tres, o cuatro» o el número que sea, debes decir: «Patrón, lleva usted 2 o 3 o 4» o lo que sea.

OROCIO: —Muy bien, patrón. Ya sé.

CORDEL, disponiéndose a escribir, en alta voz: —¡Novo!

NOVO, viniendo de la trastienda a toda carrera: —Tío…

CORDEL, escribiendo: —Llévame este despacho al telégrafo. ¡Corriendo!

NOVO; que está esperando: —Sí, tío…

CORDEL, le da el telegrama: —Toma. ¡Y no pises muy fuerte para no acabar la zuela de tus zapatos!

NOVO: —Sí, tío. (Sale al vuelo. Cordel hojea un libro de cuentas y luego, a Orocio). Mira en tu libreta cuántos indios murieron en las minas en el mes pasado y cuántos huyeron.

OROCIO, consultando una libreta: —En seguida, patrón…

CORDEL: —Mr. Tenedy quiere 50., Yo no creo que la cifra sea exacta.

OROCIO, leyendo: —Huidos: 27; muertos: 19. Total 46.

CORDEL, pensativo: —Sí… Más o menos, es el número; 50… ¡Hom!… ¿Y el mes anterior?

OROCIO, leyendo: —Huidos: 3; muertos: 26; total: 29.

CORDEL, como para sí: —Curioso… Huyen cada vez más y mueren menos…

MR. TENEDY, vuelve al bazar, de buen humor: —Don Cordel, deme usted un whisky, hágame el favor.

CORDEL, solícito: —En el acto, Mr. Tenedy. (Sirve la copa).

MR. TENEDY: —Los gendarmes acaban de coger a doce soras.

CORDEL: —¿De los prófugos?

MR. TENEDY: —De los prófugos de la última semana. Acompáñeme con otra copa.

CORDEL: —Con mucho gusto, Mr. Tenedy. (Sirve las copas).

MR. TENEDY: —Han declarado que gran número de los otros prófugos anda por aquí cerca, en Parahuac. ¡Salud!

CORDEL: —Salud, Mr. Tenedy.

MR. TENEDY: —Esta misma noche van a salir los gendarmes a buscarlos.

CORDEL: —Ya se lo había dicho al comisario: estoy seguro que la mayoría de los soras que han huido han bajado a Parahuac.

MR. TENEDY: —De todas maneras, siempre necesitamos más peones. Los más que se pueda.

CORDEL: —Acabo de mandar justamente un telegrama a mi hermano.

MR. TENEDY: —¿Cómo se porta con ustedes en Colca el subprefecto Luna?, hágame el favor de contestarme la verdad. ¿Les presta las facilidades necesarias para el enganche de peones? ¿Qué le escribe don Acidal?

CORDEL: —El subprefecto es completamente nuestro, Mr. Tenedy. Acidal está del todo satisfecho de su apoyo. Sinceramente, Mr. Tenedy.

MR. TENEDY, bebe su whisky: —Usted sabe naturalmente que la «Quivilca Corporation» hizo nombrar a Luna subprefecto, con el único fin de tener a sus gendarmes a nuestras órdenes en todo lo tocante a la peonada.

CORDEL: —Mr. Tenedy, ¡lo sé perfectamente!

MR. TENEDY: —Ahora, si Luna no se portase como se debe con ustedes, tendría que decírmelo en el acto, Don Cordel, y yo lo comunicaría inmediatamente a nuestro escritorio que lo reemplazaría en el día.

CORDEL: —Mr. Tenedy, vuelvo a decirlo: Acidal me escribe que Luna le presta toda clase de facilidades.

MR. TENEDY: —¿Entonces, su hermano podrá ponernos aquí, antes del 30, los 50 peones que necesitamos?

CORDEL: —Seguro, Mr. Tenedy. (A una sora que entra). Anda por la otra puerta. ¡Orocio! Atienda a esa mujer.

OROCIO, del otro lado del bazar: —Ahora mismo, patrón.

MR. TENEDY, sigue bebiendo: —¿Qué sabe usted de política? ¿Qué le cuenta don Acidal?

CORDEL: —De política, Mr. Tenedy… no sé nada de nuevo.

MR. TENEDY, tono íntimo: —Mire usted, don Cordel… se me ocurre que la candidatura de su hermano va a tropezar con muchas dificultades…

CORDEL: —Mr. Tenedy, es lo que yo no me canso en escribirle.

MR. TENEDY: —El solo hecho de vivir a diario con la gente y los políticos de Colca, le crea una multitud de envidia y recelos.

CORDEL: —Aborrezco la política, Mr. Tenedy. Acidal se encapricha en ser diputado: ¡allá él!

MR. TENEDY: —Además… ¡Diputado!… ¿Qué ganaría nuestra empresa con que don Acidal sea diputado?

CORDEL: —Acidal, Mr. Tenedy, es un niño en estas cosas.

MR. TENEDY: —La «Quivilca Corporation» no necesita de diputados ni de niños. Nos basta con tener de nuestra parte al Presidente de la República.

CORDEL: —Por supuesto, Mr. Tenedy. Se comprende muy bien.

MR. TENEDY, pensativo: —Los intereses de nuestro sindicato son demasiado importantes, don Cordel, muy fuertes…

CORDEL: —Evidente, Mr. Tenedy…

MR. TENEDY: —Y para protegerlos, ¿qué es un diputado? Pero… de todos modos, la empresa recomendará la candidatura de su hermano al gobierno, pues es el deseo de don Acidal. (Bebe).

CORDEL: —Un millón de gracias, Mr. Tenedy. Es usted como nuestro padre.

MR. TENEDY, las manos, misterioso: —Don Cordel… Se me ocurre que un día la «Quivilca Corporation» lo obligará a entrar en la política. Hay todavía tiempo de hablar de eso…

CORDEL, sonriendo, sin comprender: —Mr. Tenedy, yo… La política…

MR. TENEDY, interrumpiendo: —¡No se apure! Aquello está todavía lejos.

CORDEL: —Mr. Tenedy, la política… sería para mí el peor castigo que me podrían imponer. La política me asusta, me descompone…

MR. TENEDY: —Ya veremos. Los negocios, don Cordel, son los negocios. Y usted, antes de todo, es un hombre de negocios.

CORDEL: —Sí… prefiero mi bazar, Mr. Tenedy; vender mi chancaca y mi coca a los indios. Lavar mis botellas. En fin, ganar mi pan, trabajando humildemente en mi comercio…

MR. TENEDY, para irse: —Mr. Edison ha dicho, don Cordel, que el peor defecto del individuo está en no cambiar de oficio. Hay que ensayarlo todo, don Cordel. En la criatura más oscura puede esconderse un gran hombre…

CORDEL: —Hasta luego, Mr. Tenedy.

MR. TENEDY, de la puerta: —¡Mr. Edison, don Cordel, muy interesante! Buenas tardes. (Sale).

CORDEL: —Buenas tardes. Mr. Tenedy. (Una vez solo, para sí, intrigado). ¿En la política yo?… ¿Diputado?… ¿Alcalde?… ¿Senador?… (Ríe burlonamente). El gringo está whiskeado hasta el culito…

OROCIO, con un lote de botellas en el mostrador, del otro extremo de la tienda: —Patrón: ¿cuántas botellas de agua le pongo a cada botella de cañazo? ¿Siempre 2 a cada una?

CORDEL, colérico: —¡Calla, carajo! ¡Que no vayan a oírte! Ponle… ¡tres a cada una!

OROCIO: —Bien, patrón. Perdóneme…

.

TELÓN

.

(Continuará…)

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