El incendio

Irene Nemirovsky

 

 

Cuando negociaba una compra, sacaba el dinero de su bolso de inmediato y extendía sobre la mesa los fajos de billetes de cinco mil ante los campesinos silenciosos. Aquí la tierra es fértil; a la gente le cuesta desprenderse de ella. Necesita ver los billetes, tocarlos, oírlos crujir suavemente entre los dedos para resignarse a ceder una finca. La señora Georges lo sabía: sus padres habían sido tratantes de ganado y le habían enseñado a atraer a la presa y hacerle sentir la superioridad de la fortuna y, al mismo tiempo, la equidad de las condiciones, para que te respete sin odiarte. «Es estirada vistiendo, pero no hablando», decían de ella. Los Georges, carniceros al por mayor en París, habían sido proveedores de carne para restaurantes, no para «tenderos», como decían ellos con desdén. Luego, se habían retirado aquí. Vivían en la antigua mansión de los condes de Neuville y, poco a poco, habían ido haciéndose con los mejores prados, bosques y granjas de la comarca. La señora Georges era una mujer menuda de aspecto frágil que vestía y se perfumada como una dama. No en vano había recibido una esmerada educación. Leía, por gusto, todas las nuevas novelas; iba al teatro; podía nombrar sin equivocarse, en el orden correcto, a las mujeres de Sacha Guitry y a los académicos elegidos recientemente; conocía de vista a la gente más famosa de París… Al mismo tiempo, era muy habilidosa para todas las tareas de la casa. Hacía la mantequilla, las conservas y las salazones con sus propias manos, de dedos finos y uñas pintadas de rojo. Se levantaba al amanecer, se acostaba temprano para ahorrar electricidad, plantaba cara a los peones agrícolas, a los que en caso necesario ponía en la calle sin pedir ayuda a su marido, y su aguda voz lo hacía y deshacía todo en la casa. Era una mujer de armas tomar, temida por su marido, un hombre bastante mayor que ella, de gruesas y colgantes mejillas, cuello de toro y respiración jadeante. Del 14 al 18, el señor Georges había combatido con valentía, incluso mostrado un arrojo fuera de lo común en repetidas ocasiones. Le habían concedido la Cruz de Guerra y la Medalla Militar. Había ejercido las funciones de alcalde del municipio, que le habían ofrecido tiempo atrás: se sentía más a gusto en ese cometido. El alcalde era viejo y estaba enfermo; sus administrados se habían acostumbrado a recurrir a Georges en los asuntos espinosos, y a él le gustaba ese papel de jefe natural. Los Georges no tenían hijos. Su única preocupación consistía en administrar su fortuna. Amasar riqueza era su único sueño y, por la noche, cuando la señora Georges oía moverse y suspirar a su marido junto a ella, se despertaba de inmediato, se inclinaba sobre él y le susurraba: «¿Estás pensando en la granja de los Jaut?». O: «Quieres el bosque de los Saulnais, ¿verdad?». Nunca se equivocaba. Ni el dinero ni las acciones les inspiraban confianza. Lo que querían eran tierras. Así fue como empezaron a codiciar la finca de los Martin.

Seguramente, los Martin, que eran viejos y ricos, no habrían cedido si su hijo, notario con despacho en Moulins, no hubiera especulado, fracasado en los negocios y malversado los fondos de sus clientes. Para salvarlo, sus padres acudieron a los Georges. En esa ocasión, el señor Georges les compró una propiedad conocida como «del Montjeu», una granja y cien hectáreas de terreno en las que había una casa de campo, alquilada a un pintor parisino. La pequeña mansión de torres puntiagudas se alzaba en el extremo de un canal antaño lleno de agua y ahora cubierto de hojas secas. Era la víspera de Todos los Santos. Los Georges iban a Montjeu para firmar el contrato de compraventa. Sentada junto a su marido, que iba al volante, la señora Georges calculaba lo que le reportarían las tierras que estaba a punto de comprar en quintales de trigo, animales, fruta. Hacía fresco; el viento soplaba de las cercanas montañas de Auvernia, cuyas verdosas estribaciones se recortaban contra el cielo, dominando la campiña, fértil y apacible. Un grupo de rollizas ocas que cruzaba la carretera obligó al automóvil a detenerse y luego salió huyendo entre ruidosos cloqueos. Resguardada bajo un paraguas, una mujer azuzaba a dos gruesas vacas blancas y rojizas. Cuando se apartaban las nubes dejaban ver un cielo carmesí; por un segundo, el sol hizo brillar los chorreantes costados de los animales, que trotaban hacia el establo, los árboles parcialmente cubiertos de hojas rosáceas y secas y los rosetones de piedra tallada de los muros de la mansión.

—Ahí dentro hay dinero —dijo el señor Georges, sonriendo.

Mientras la contemplaban complacidos desde lejos, la señora Georges soltó un suspiro: sin duda, había convencido a su marido para comprar la propiedad por interés, pero también porque sentía curiosidad por el inquilino de la pequeña mansión. Conocer a alguien famoso importa poco. Todo París llamaba al pintor por su nombre de pila, Mario, con la llaneza que lleva aparejada cierta popularidad de carácter más bien vulgar. Pero la señora Georges ignoraba esas sutilezas. En su fuero interno, se imaginaba al artista joven, atractivo, distinguido. Y es cierto que lo había sido en los años inmediatamente posteriores a la Gran Guerra. El prestigio de un nombre llega de París a provincias con lentitud, en algunos casos, como los rayos de una estrella muerta, que siguen viéndose cuando el propio cuerpo luminoso ya se ha apagado.

—Pero ¡qué deprisa vas! ¡Frena un poco! —exclamó, sacando por la ventanilla el sombrero rojo a la última moda, la cara, discretamente maquillada, y los ojos grandes, negros y vivos; paseó su inquisitiva mirada por la pequeña mansión, examinando una tras otra las ventanas espejeantes—. Está descuidada —dijo en voz alta en un tono desdeñoso—. Podría quitar todas esas hojas secas del canal.

—Tal vez lo encuentra pintoresco —comentó su marido, que se echó a reír.

Con cada racha de viento, las hojas se desprendían de las ramas, volaban lentamente hasta el canal y se posaban entre los márgenes de piedra. Sacudido por una ráfaga más fuerte, un arbolillo se quedó casi pelado del todo. Hasta ese momento había conservado su dorado atavío, que le fue arrebatado de golpe, inexorablemente. Se quedó desnudo y tembloroso, balanceándose en el aire húmedo.

Georges aceleró y, dejando atrás la casa de campo, se dirigió hacia la granja, donde los esperaba el notario. Firmaron el contrato de compraventa y, acto seguido, el anciano matrimonio Martin le ofreció un tentempié. En la cocina, inmensa y pulcra, había una cama elegante. Nunca se utilizaba, pero se consideraba un signo exterior de riqueza, con sus colchones de plumas, su gran edredón de satén amarillo y sus almohadones con fundas bordadas. Les sirvieron jamón, queso fresco, cuencos de crema y pellas de mantequilla adornadas con una ramita de acebo.

«Mi mantequilla es mejor», pensó la señora Georges. Siempre comparaba lo que comía fuera de casa con los productos de su vaquería y su corral; si hubiera descubierto cualquier superioridad en los ajenos, le habría amargado el día. Pero en realidad eso no le había ocurrido jamás: como decimos aquí, los Georges tenían sus porqués.

Bebieron aguardiente, y la señora Martin dejó sobre la mesa una tarta que acababa de sacar del horno. Cuando estaba sirviendo el café en unas tacitas blancas con el borde dorado y adornado con margaritas rosa, la puerta se abrió y dejó entrar a un desconocido.

Los anfitriones se levantaron y acercaron una silla, que la señora Martin limpió con el delantal.

—Le presento a sus nuevos caseros —dijo, indicándole a los Georges—. Hemos vendido la propiedad.

—Es el pintor —le susurró Georges a su mujer.

—¡Ya lo sé! —Gruñó ella entre dientes, dándole un codazo. Acto seguido, se volvió hacia el visitante y le ofreció un plato, un trozo de tarta y una copita de aguardiente.

La señora Georges era una de esas mujeres que no soportan que otra actúe ante ellas como señora de la casa y siempre están dispuestas a decir: «¡Espere, déjeme a mí!», y a apoderarse con autoridad de la carne para cortarla ellas, o de la cafetera llena.

El pintor aceptó. Era un hombre bastante alto que lo parecía aún más porque al hablar echaba la cabeza ligeramente atrás, como si mirara a su interlocutor de arriba abajo, ya fuera por desdén, ya por la costumbre que tienen los pintores de contemplar sus obras de ese modo. De un atractivo extraordinario, con sus facciones finas y su pelo totalmente blanco, tenía unos espléndidos ojos negros, cuya mirada se posó con aprobación en la señora Georges. Era evidente que no esperaba ver unas manos y un talle como aquellos en una rica carnicera. La señora Georges advirtió su sonrisa burlona, que él ni siquiera trató de ocultar, pero, en lugar de ofendida, se sintió orgullosa: «Una carnicera no vale menos que sus mujeres de mundo», pensó, y, lanzándole una mirada desafiante, posó en la mesa, muy cerca de él, un brazo desnudo y bien torneado, con un grueso brazalete de oro alrededor de la muñeca.

—Créame que estoy encantado —dijo el pintor, bajando la voz—. Así que es usted quien sustituirá a la anciana señora Martin… ¿Es a usted a quien tendré que dirigirme para que me arreglen las goteras?

—¡No, caballero! Las reparaciones corren de su cuenta —se apresuró a responder ella, y le recitó el correspondiente artículo del contrato, que se sabía de memoria.

El pintor se echó a reír.

—¡Vaya, veo que es usted de la región! Aquí la gente es muy larga y sabe lo que vale el dinero. Pero usted debe de haber vivido en París… Ese sombrero viene de la capital.

El señor Georges se bebía su aguardiente a sorbitos y escuchaba a su mujer y al pintor. No sentía celos, ni siquiera despecho al verse excluido de la conversación de aquel modo, sino la burlona seguridad del propietario. Su mujer no era de las que olvidaban sus deberes. La conocía: no era liviana, lo que deseaba era riquezas y consideración, y con él, el antiguo carnicero, le sobraban. Por lo demás, el señor Georges no tardó en dejar de pensar en su mujer. En su mente, volvía a ver aquellos prados, aquellos campos, que ahora le pertenecían. Lo suyo habría sido llenar de agua el canal y poblarlo de carpas y tencas. El pintor había alquilado la casa por diez años, de los que habían transcurrido siete. Al cabo de otros tres, el único propietario sería él.

—El caballero nos invita a visitar su casa —dijo en ese momento su mujer, volviéndose hacia él.

El señor Georges asintió.

Se despidieron de los Martin. Mario propuso recorrer a pie el camino que llevaba de la granja a la casa, pero a la señora Georges no le convenció la idea: quería presumir de coche.

Se apearon ante la escalinata. La señora Georges contempló la casa más de cerca y con más avidez. Era hermosa y tenía un aspecto imponente pero triste, no se sabía por qué. El jardín estaba abandonado y la señora Georges buscó en vano alguna de las cosas que dan vida a las casas de campo: perros correteando, aves de corral picoteando grano, cabritas trotando y retozando en un prado. Allí ningún ruido interrumpía el silencio. Hasta el viento se había callado. Grandes nubes irisadas de violeta y amarillo se cernían sobre las montañas.

—Va a caer una buena —pronosticó el señor Georges—. La vuelta será complicada: se han estropeado los limpiaparabrisas.

—Claro, tendrías que haberlos hecho arreglar ayer. Ya te lo dije —replicó la señora Georges, que disfrutaba enormemente dirigiéndose a su marido en público en un tono áspero y duro, con el que mostraba al mundo su autoridad y el enorme respeto que le tenía su esposo.

El señor Georges parpadeó en dirección a Mario, como queriendo indicar que suscribía el viejo dicho: «La mejor palabra es la que no se pronuncia».

—Dormirán ustedes aquí —dijo Mario, cogiendo a la señora Georges del brazo con familiaridad.

—Usted bromea, pero es lo que se hace en el campo —respondió ella con una risita aguda—. Vas a un sitio a comer y te quedas hasta el día siguiente. En nuestra casa, eso no es ningún problema: tenemos once camas —explicó, orgullosa.

—Me sobran diez… —le susurró Mario al oído.

A veces, hasta los hombres más refinados disfrutan mostrándose vulgares con determinadas mujeres, que ejercen sobre ellos una atracción cuyo secreto es el siguiente: con ellas, el espíritu puede rodar por la pendiente hasta su punto más bajo, lo que produce una turbia pero deliciosa sensación de descanso.

Entraron en la casa. El señor Georges advirtió de inmediato el lujo del mobiliario: muchos divanes, alfombras y cuadros. En las paredes del taller, no quedaba un palmo libre: estaban cubiertas de pinturas y tapices. «Le habrán salido baratos —se dijo—. Seguro que son suyos y de sus amigos».

Por ese motivo, los miraba con desdén: todo lo que había en su propia casa lo había pagado con dinero contante y sonante. La sala era fría y tenía el mismo aspecto triste que el resto de la casa. La señora Georges observó con desagrado los ojos vacíos de los retratos.

—Esto parece un museo —murmuró.

Mario encendió los focos que iluminaban determinados cuadros.

—El retrato de la condesa de Noailles —dijo—. Data de 1910. Este es más reciente: la princesa B. con el traje de infanta que llevaba en el baile de los Zameth, hace tres años. Y este es Alexandre Adam, el músico.

La señora Georges lo seguía. Lo escuchaba pronunciar todos aquellos nombres famosos con enorme curiosidad y una especie de celosa pesadumbre. Hasta entonces, siempre había pensado en sí misma en función de lo que inspiraba a los demás. Entre nosotros, estaba entre las más felices, las privilegiadas, las ricas, la más afortunada, y se veía a sí misma, con su dinero, sus tierras, su corral, sus magníficas vacas lecheras, como la reina de la comarca, encaramada a una altura inalcanzable sobre la insignificante muchedumbre de los granjeros y los comerciantes. Despreciaba a los nobles, cuyas tierras iban pasando poco a poco a su propiedad. Pero allí, de pronto, vislumbró un mundo desconocido que resplandecía muy lejos de ella con destellos suaves y extraños, como un habitante de la Tierra ve la Luna reluciendo en el horizonte con misteriosos y nacarados destellos.

—¿No se aburre en este sitio tan solitario? —le preguntó al pintor—. ¿Pasa el invierno aquí?

—¡No, no! Solamente los meses de otoño. Octubre y noviembre.

—Qué curioso. Es la época más molesta en el campo —terció el señor Georges, que había cogido un libro de la mesa y lo hojeaba distraídamente—. «Los endemoniados, Fiodor Dostoievski» —leyó en voz alta—. Lee usted mucho — constató en un tono apenado, como si acabara de descubrir un nuevo vicio en su anfitrión.

—Pero ¡es que es ahora cuando me gusta el campo! —exclamó Mario—. Está húmedo y tierno; huele a manzanas y fuego de leña. Aquí, con mis pinceles, mis libros y mi música, soy completamente feliz.

—¡Ah! ¿También es músico? —preguntó el señor Georges, y soltó un suspiro.

—En esta habitación, solo entran cosas hermosas y raras —respondió Mario—. Aquí me abstraigo mucho mejor que en París. Me aíslo de toda la fealdad del mundo actual. Seguramente, les parezco un hurón y un anticuado —añadió con un deje de amargura, que la señora Georges no supo percibir en su voz.

¿Cómo iba a saber? Ignoraba aquella vida, aquella fama en declive, aquel amor desesperado por una belleza que ya no estaba de moda, que hacía sonreír a los jóvenes. Ignoraba que en París todo lo hería, el recuerdo de sus éxitos, el triunfo de sus rivales, las críticas y también las alabanzas.

—Soy de otra época, señora —siguió diciendo el pintor—. Soy contemporáneo de Pierre Louys, de D’Annunzio, de hombres que solo vivían por y para la belleza. Las mujeres, por ejemplo… Ya no se aprecia a las mujeres. A mí no me avergüenza confesar que unas piernas bonitas, unas manos hermosas, un cuerpo escultural me vuelven loco. Fíjese, es muy curioso: en las novelas de hoy en día, resulta que la protagonista nunca es hermosa. Bonita, sí, seductora, también; pero la belleza, la auténtica belleza inmortal, ya no emociona, ya no interesa a nadie. Y, viceversa, lo que apasiona a la multitud a mí no me interesa: la política, los líos de pareja…

Idioteces, mi querida señora, todo idioteces. Soy viejo. Tengo la coquetería de decírselo antes de que se dé cuenta. Puedo hablar de mi vida en el pasado. Mi consuelo, mi desquite es pensar que ningún joven… —¡Con qué deje de rencor reprimido pronunciaba esa palabra!—… vivirá una vida como la mía. No admitir el menor asomo de fealdad ni en su casa ni en su vida, ¡qué fuerza, qué equilibrio supone eso para un artista! Yo soy un artista. Los de ahora son peones o especuladores. Solo yo y algunos amigos olvidados como yo, viejos como yo, conservamos en nuestro corazón ese culto a la belleza eterna.

Naturalmente, la señora Georges esperaba que un artista no se expresara como un carnicero, pese a lo cual aquel vehemente desahogo la dejó asombrada. Los ojos de Mario relucían con un brillo extraño. Su voz era estridente y dura. De pronto, apagó las luces.

—Soy un viejo búho. Vivo en la oscuridad. Los ojos acostumbrados a las tinieblas adquieren una exquisita delicadeza de percepción. Fíjense en los tonos maravillosos y extraños que adquieren las hojas secas en el crepúsculo. Miren, esa de ahí tiene el color de una escabiosa.

—Yo no veo nada —dijo el señor Georges, forzando la vista en vano.

Mario sonrió con una altivez melancólica.

—¿De veras? No me sorprende.

Giró sobre los talones y los acompañó fuera del taller, al saloncito contiguo. Se sentó entre ellos en el diván y, de repente, su rostro y su actitud cambiaron. Volvió a mostrarse tranquilo y afable. Habló con el señor Georges de la comarca y sus habitantes. Al mismo tiempo, en la penumbra, le pellizcaba el muslo a la señora Georges, que pensaba: «Cuántas mujeres ha debido de tener…».

Pero, de vez en cuando, el señor Georges no sabía muy bien qué decir y se callaba. En el súbito silencio, el rostro de Mario permanecía inmóvil y atento, como si hubiera percibido algún ruido lejano que no llegaba a los oídos de los demás.

—¿Ha oído algo? —le preguntó la señora Georges sin poder evitarlo.

—En el granero hay ratas —respondió Mario, volviéndose con viveza hacia ella—. ¿No las oye?

La señora Georges prestó atención. El silencio era absoluto, opresivo. Las gotas de lluvia resbalaban en los cristales. Se estremeció.

—Si tuviera que vivir aquí, pensaría cosas raras.

—Tengo el granero lleno de libros y papeles —explicó Mario—. Tenía la vaga intención de escribir mis memorias algún día, pero me cansé de ese proyecto, como de tantos otros. A veces, por la noche, cuando no puedo dormir, subo allí arriba y me entretengo leyendo viejas cartas. Hay una lechigada de ratas blancas que ya casi no me tienen miedo. Seguro que usted nunca se desvela… —dijo Mario volviéndose hacia el señor Georges—. ¡Oh, qué suerte tiene!

Momentos después, decidió enseñarles la casa. En una habitación, la señora Georges se fijó en el retrato de una mujer muy hermosa vestida a la moda de hacía treinta años, con una boa de plumas de avestruz al cuello y uno de aquellos grandes sombreros adornados con volantes transparentes de muselina negra que se llamaban «Charlottes».

—Mi mujer —dijo Mario.

—¡Ah! No sabía… —murmuró el señor Georges.

—Sí, soy viudo.

—¿No tiene hijos? —le preguntó Georges, que se sentía invadido por un malestar creciente: el ambiente mismo de la casa, aquellas habitaciones atestadas de muebles, aquel olor apenas perceptible a almizcle que emanaba de las viejas colgaduras, la conversación del pintor, de la que comprendía una frase de cada tres, todo lo aturdía un poco. Bostezó varias veces, tapándose la boca con la mano—. ¿No tiene hijos? —repitió mecánicamente.

—No.

—Qué pena… —dijo el señor Georges distraídamente.

—Mi mujer murió en el parto y el niño no sobrevivió.

Mario se volvió, abrió una puerta e invitó a pasar a los Georges, que volvieron a encontrarse en el taller. Era tarde. A hurtadillas, el señor Georges indicaba por señas a su mujer la esfera de un reloj y la oscuridad creciente. Ella fingía no darse cuenta.

Al fin, Georges no aguantó más y se levantó con decisión.

—¡Adiós, caballero! Nos sentimos muy honrados. Es hora de regresar a casa, Julie. Quizá volvamos a vernos. Es decir, seguro que sí…

—¿Querrían hacerme el honor de venir a comer este domingo? —les preguntó Mario—. Usted tiene buen apetito, señora Georges: una mujer hermosa debe tenerlo. Tengo una vieja cocinera, mi única sirvienta aquí, por otra parte, y un muchacho de unos quince años, que le ayuda con las tareas de la casa. Está sorda como una tapia. Lleva treinta años a mi servicio. Pero tiene el talento, el don de la buena cocina. Nos preparará una becada en salmís que les encantará.

—Será un placer. Aceptamos. Nos sentimos muy honrados, muy agradecidos —repitió el señor Georges.

Se despidieron. En el coche, ambos guardaban silencio. Julie miraba a su marido con el rabillo del ojo preguntándose si habría advertido sus tejemanejes con Mario: la había estrechado contra su cuerpo en el taller y en el pequeño diván. ¡Qué hombre! Nunca había visto nada parecido. No era joven, cierto, pero ¡qué gracia, qué arrogancia! Tenía unas manos finas y ambarinas, cuidadas, suaves y expresivas como labios.

—¿Qué tenemos para cenar, Julie? —le preguntó su marido.

—¡No lo sé, ya lo verás! —respondió ella de mal humor. No lo veía en la oscuridad. Oía su ronca respiración, que la irritaba hasta el punto de hacerla gritar—: ¡Además, comes demasiado! ¡Es una vergüenza estar tan gordo! Casi no puedes respirar…

—Bueno, bueno, ya está bien —gruñó el señor Georges.

«Es curioso —pensó Julie—. Normalmente, lo soporto. Pero, basta que me excite otro hombre para que no pueda aguantar al pobre Georges. Siempre me ha pasado».

La señora Georges no era un dechado de virtud. Desde que vivía en el campo, las ocasiones de pecar eran escasas y, además, el instinto de la posesión había ahogado en ella poco a poco a todos los demás. En cambio, cuando residía en París… Cerró los ojos y suspiró. Nunca había conocido a nadie como Mario. Empezó a tejer en su cabeza una larga novela. La continuó por la noche, junto a su marido, que roncaba. Hasta la mañana siguiente, como si despertara de un sueño, no vio el peligro de semejante relación.

«¡Bah! Se acostará una vez conmigo y luego me dará la patada —pensó con crudeza—. ¡No, no! Nadie dirá que Julie Georges ha perdido la cabeza a su edad, como una cría…».

Era una burguesa obsesionada por el qué dirán. No soportaba la idea de que un día un amante se burlara de ella, de sus modales, de sus amistades, de sus lecturas. Cada cual en su sitio, en su mundo. Aquel famoso pintor y ella no tenían nada en común.

Puso como excusa una gripe para no ir a casa de Mario ese domingo. Él no repitió la invitación. La señora Georges siguió ocupándose de sus vacas y sus gallinas y contando su dinero; ahora su mal humor era tan amargo y a la vez tan fortificante para ella como un tónico. Su marido y su criada soportaban su aspereza como podían.

Un día de finales de noviembre, el dependiente de los Martin (así es como llaman aquí a los criados de las granjas) entró jadeando en la cocina de la señora Georges. Los Martin seguían viviendo como colonos en su antigua propiedad. El dependiente era un chico de unos dieciocho años alto y muy despierto, con la nariz respingona y los ojos negros. Quería hablar con el señor Georges.

—Ha habido un incendio en la mansión —dijo a toda prisa—. Ha empezado a primera hora de la tarde. Me han mandado a avisarles.

—¿Ha habido daños? —preguntó el señor Georges, pensando en el seguro.

—Bastantes. Pero el fuego no ha llegado a la cuadra ni a los alrededores de la casa. Solo se han perdido los muebles del señor. ¡Bueno, y él!

—¿Y él? ¿Cómo?

El chico apuró el vaso de vino que le había servido la criada y se secó los labios.

—Pues que se ha caído por la escalera y se ha asfixiado con el humo —dijo al fin.

—¿Ha muerto? —gritó Julie.

—Pues sí —respondió el chico tranquilamente.

—Dios mío… —murmuró el señor Georges.

En su alma, luchaban dos sentimientos tan fuertes como contradictorios: el horror ante una muerte tan repentina y la alegría de verse convertido en el único dueño de la propiedad antes de que expirara el contrato de alquiler de la casa de campo.

—Tenemos que ir a comprobar lo ocurrido —dijo.

Le llevaron el coche, y subió con su mujer y el dependiente. El incendio debía de haberse iniciado en el granero el día anterior. Como el mismo pintor les había explicado, pasaba muchas noches allí arriba; la brasa de un cigarrillo debía de haber prendido en todos aquellos libros y fajos de cartas amontonados en el suelo.

Con los labios fruncidos, Julie se apretaba el bolso contra el pecho con ambas manos, pálida y silenciosa.

—¿Conocían bien al señor pintor? —les preguntó el chico—. Porque ¡mira que era raro!

—¿Raro? ¿Qué quieres decir?

—¡Pues que vivía de una forma rara! Además, lo han descubierto con… —El chico rio entre dientes—. No, no se lo digo: se llevarán una sorpresa. La gente se ha quedado de piedra, pero lo que es yo… Yo ya los había visto. Solo que no había dicho nada, porque, bueno, no es asunto mío.

—Pero ¿el qué? —exclamó la señora Georges.

—Ya lo verán —se limitó a decir el chico, recostándose en el asiento y cruzando los brazos con una sonrisa.

Cuando llegaron ante la casa, las buhardillas aún humeaban. Durante el incendio, la gente se había apresurado a sacar algunos muebles: en los peldaños de la escalinata, había tres primorosas sillitas y un canapé volcados. Se estaba poniendo el sol. Había sido un día frío pero luminoso. Con la caída de la noche, helaba un poco: los prados, todavía verdes, estaban cubiertos por una fina capa de escarcha. Un pequeño grupo de hombres esperaba ante la puerta abierta. El señor Georges reconoció a los gendarmes, los Martin y el alcalde, acompañados por algunos curiosos.

—Según la criada, hay muchos daños —dijo uno de los presentes—. Tenía cuadros así de pequeños —explicó enseñando las dos manos— que valían entre cincuenta y cien mil francos. Pero con esa mujer no hay forma de entenderse: está sorda. Le preguntas por una cosa y te responde por otra.

—¡Figúrense! ¡Un poco más de viento, y hubiera llegado hasta nuestra casa! —exclamó la señora Martin—. ¡Qué rápidas llegan las desgracias!

—¿Y él? ¿El señor? ¿Dónde está? —preguntó Georges, bajando la voz.

—Lo han llevado a su habitación —le dijo el alcalde—. Ha venido el doctor Godet, pero ya no había nada que hacer, así que se ha vuelto a ir. ¿Quiere usted entrar, señora? —preguntó apartándose ante la propietaria y mostrándole la puerta tras la que se encontraba el cadáver.

—¿Está solo? —preguntó la señora Georges, que se había detenido ante el umbral.

El alcalde, un viejo campesino vestido con una blusa negra, se quitó el sombrero lentamente y lo hizo girar entre sus manos unos instantes.

—¿Solo? No, no está solo. Entre, señora. Está con la criada y…

No acabó la frase. La señora Georges dio dos pasos en el interior de la habitación y se detuvo. El cadáver estaba tendido en la cama. Le habían puesto una bata violeta. Con el largo cuello desnudo, la blanca barbilla rígida, erguida, los grandes ojos cerrados y aquella nariz, que la muerte parecía haber transformado (porque la señora Georges no la recordaba tan grande, tan pálida, tan delgada), estaba irreconocible. Parecía Añejo y frágil. Junto a él, había una mujer arrodillada.

«La criada», se dijo la señora Georges.

Dio un paso más, pero, de pronto, retrocedió. En la penumbra que rodeaba la cama, acababa de distinguir dos siluetas, que al principio le parecieron infantiles. Tenían la altura de unos niños de seis u ocho años. Pero, cuando se acercó a ellos, volvieron la cabeza, y la señora Georges comprendió que no eran niños, sino enanos. Tenían el torso rechoncho y los hombros anchos y musculosos, pero las piernas muy cortas. Sus rostros eran de hombres adultos, con arrugas largas y profundas, y sus ojos tenían la mirada triste, insondable y en cierto modo más que humana de ciertos enfermos incurables de los hospicios. Se levantaron y se cogieron de la mano. Su asombroso parecido no hacía más que aumentar la estupefacción y la lástima que inspiraban. Permanecían callados, y la señora Georges también se había quedado muda. La anciana, que no la había oído entrar, seguía rezando con la cara vuelta, sin levantar la cabeza.

—¿Viven ustedes aquí? —preguntó la señora Georges.

No le respondieron. Sin embargo, no parecían estúpidos; tan solo asustadizos como animales salvajes. Devorada por la curiosidad, la señora Georges le dio un golpecito en el hombro a la criada.

—¿Quiénes son… estos señores? —le preguntó.

—Sí, una gran desgracia —respondió la sorda con una voz aguda y monocorde, como si salmodiara un cántico en la iglesia—. Llevaba más de treinta años a su servicio. Yo fui quien cuidó a su mujer en sus últimos momentos, y no pensaba que lo vería así… Pero, como suele decirse, vivir para ver.

—Sí, desde luego —la interrumpió la señora Georges—. Pero lo que le pregunto es quiénes son esos dos.

Y con el gesto y la mirada indicaba a los dos enanos, que seguían inmóviles.

La anciana comprendió al fin o adivinó la pregunta.

—Sus hijos —dijo.

—¿Sus hijos? ¡No puede ser! Pero ¿dónde vivían? ¿Los tenía escondidos? ¡No le había hablado a nadie de ellos! Le daba vergüenza, ¿no es eso? ¿Son sus hijos legítimos? ¿Sus herederos? —repetía la señora Georges, que, olvidándose del respeto debido al muerto, gritaba al oído de la sorda.

Pero la anciana no podía o no quería añadir nada. La señora Georges no consiguió sacarle ni una palabra más. En ese momento, entraron en la habitación dos religiosas, a las que habían llamado para que velaran al muerto. La señora Georges salió.

Dos días después, enterraron a Mario. Los dos enanos encabezaban la comitiva fúnebre. Eran los hijos legítimos del pintor, sus únicos herederos. Había conseguido que vivieran bajo su techo durante casi treinta años sin que nadie sospechara que eran sus hijos. Muy pocas personas conocían su existencia. Quienes los habían visto fugazmente acompañando al pintor en alguno de sus viajes, los habían tomado por criados, por monstruosos bufones reclutados y mantenidos por capricho. Ahora caminaban detrás del ataúd. Sus pálidas caritas estaban cansadas y tristes. Magníficas flores cubrían toda la carroza. Los campesinos las miraban, cabeceaban y murmuraban: «¡Qué cantidad! Habrán costado un dineral». El contraste entre aquel lujo, entre la belleza de las flores y el aspecto de los dos pobres enanos era tan enorme, tan extravagante, que incluso los Georges estaban emocionados y mudos. A veces, les parecía que aquel espectáculo encerraba en sí mismo no sabían qué profundo significado, qué misterio, indescifrable para ellos.

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