Hambre (V)

Knut Hamsun

 

 

Transcurrió una semana en la gloria.

Una vez más había superado lo peor, podía comer todos los días, mi ánimo se había elevado y emprendía un asunto tras otro. Estaba trabajando en tres o cuatro tratados que robaban a mi pobre cerebro hasta su última chispa, cada pensamiento que en él nacía, y me parecía que las cosas me iban mejor que antes. El último artículo, en el que tanto me había esforzado y en el que tantas esperanzas había puesto, ya me había sido devuelto por el director, y yo lo había destruido inmediatamente, enfadado, ofendido, sin volver a leerlo de nuevo. En el futuro intentaría en otro periódico, con el fin de abrirme nuevos caminos. En el peor de los casos, si eso tampoco surtiera efecto, siempre podría recurrir a los barcos; el Nonnen estaba amarrado en el muelle, listo para zarpar, y quizá podría conseguir trabajo a bordo para irme a Archangel o adonde se dirigiera. De manera que no me faltaban salidas por todas partes.

La última crisis había hecho mella en mí; se me empezó a caer el pelo a grandes mechones, los dolores de cabeza eran más molestos que antes, sobre todo por las mañanas, y mis nervios no se calmaban. Por el día escribía con las manos envueltas en trapos, porque no soportaba mi propio aliento sobre ellas. Cuando Jens Olai cerraba de un golpe la puerta de abajo, o cuando algún perro entraba en el patio ladrando, los ruidos me penetraban como pinchazos de hielo en los huesos y en la médula, y me llegaban a todas partes. Me encontraba bastante mal.

Día tras día me esforzaba en mi trabajo, apenas me tomaba el tiempo necesario para devorar la comida antes de volver a sentarme a escribir. En esa época, mi cama y mi pequeña y tambaleante mesa estaban repletas de notas y hojas escritas sobre las que trabajaba alternativamente; añadía cosas nuevas que se me ocurrían durante el día, borraba, daba vida a los puntos muertos con una palabra de color aquí y allá, avanzando frase a frase con gran esfuerzo. Una tarde acabé por fin uno de los artículos, me lo metí feliz en el bolsillo y me fui a ver al Comodoro. Ya era hora de obtener algún dinero más, pues me quedaban sólo unos øre.

El Comodoro me invitó a sentarme un momento, en seguida me… Y continuó escribiendo.

Dirigí una mirada circular al pequeño despacho: bustos, litografías, recortes, una enorme papelera que parecía poder engullir a una persona. Me sentí triste al ver esa descomunal boca, esas fauces de dragón siempre abiertas, siempre dispuestas a recibir nuevos trabajos rechazados, nuevas esperanzas frustradas.

¿A qué día estamos?, pregunta de repente el Comodoro desde su mesa.

A 28, contesto, contento de poder serle útil.

28. Y continúa escribiendo. Finalmente mete un par de cartas en sus respectivos sobres, tira unos papeles a la papelera y deja la pluma sobre la mesa. Luego se vuelve en su silla y me mira. Al advertir que sigo de pie junto a la puerta, me hizo un gesto, medio en serio, medio en broma, señalándome una silla.

Para que no descubra que no llevo chaleco, me giro un poco, me abro la chaqueta y saco el manuscrito del bolsillo.

No son más que unas breves pinceladas sobre Correggio, digo, pero lamentablemente no está escrito de una manera que…

Me quita los papeles de la mano y empieza a ojearlos. Luego vuelve su rostro hacia mí.

Así que éste era el aspecto de aquel ser cuyo nombre oía ya en mi más temprana juventud y cuyo periódico había ejercido una fuerte influencia sobre mí durante todos estos años. Tenía el pelo rizado, hermosos ojos oscuros, algo inquietos y la costumbre de soplar por la nariz de vez en cuando. Seguramente un pastor escocés no tendría un aspecto tan benévolo como este aterrador hombre de letras, cuyas palabras dejaban siempre sangrientas huellas dondequiera que cayesen. Me siento invadido por un extraño sentimiento de temor y admiración hacia ese hombre; las lágrimas están a punto de brotar y doy involuntariamente un paso hacia él para decirle cuánto lo estimo por todo lo que me ha enseñado, y rogarle que no sea muy duro conmigo, que no era más que un pobre diablo, bastante desgraciado ya…

Levantó la vista y dobló lentamente mi manuscrito mientras meditaba. Con el fin de facilitarle el rechazo alargo la mano y digo:

No sirve, ¿verdad? Y sonrío para dar la impresión de que su rechazo no me afectará demasiado.

Todo lo que publiquemos tiene que ser muy sencillo, contesta. Ya sabe el tipo de público al que nos dirigimos. ¿No podría usted simplificarlo un poco? ¿O buscar otro tema más comprensible para la gente?

Su deferencia me deja asombrado. Mi artículo ha sido rechazado, y, sin embargo, no podría haber recibido una negativa más hermosa. Con el fin de no robarle más tiempo, contesto:

Está bien, intentaré hacerlo.

Me dirijo a la puerta. Hum. Le pido perdón por haberlo molestado con este asunto…. Me inclino y empuño el pomo de la puerta.

Si lo necesita, podemos darle un pequeño anticipo, dice. Y puede escribir por la suma adelantada.

Puesto que había comprobado que yo no servía para escribir, me sentí algo humillado por su oferta, y contesté:

Gracias, aún tengo para salir adelante algún tiempo más. Muchas gracias de todos modos. Adiós.

Adiós, contesta el Comodoro y vuelve a su escritorio.

Al menos me había tratado con una inmerecida complacencia y me sentía agradecido por ello; también yo sabría recompensarlo. Me propuse no volver a dirigirme a él hasta poder llevarle un trabajo del que estuviera plenamente satisfecho, un trabajo que llegara a asombrarle un poco y le hiciera ordenar que se me pagaran inmediatamente diez coronas, sin vacilar un instante. Y regresé a mi casa y me puse a escribir de nuevo.

En las tardes posteriores, cuando eran alrededor de las ocho y las farolas de gas ya estaban encendidas, me sucedía siempre lo siguiente:

Al salir del portal con el propósito de dar un paseo por las calles, tras los esfuerzos y fatigas del día, veo a una mujer vestida de negro parada junto a la farola que hay justo delante de la puerta. Vuelve su rostro hacia mí y me sigue con la mirada cuando paso por su lado. Me fijo en que siempre lleva el mismo traje, el mismo velo tupido que le oculta la cara y le cae sobre el pecho, y en la mano tiene un pequeño paraguas con una anilla de marfil en el mango.

Era ya la tercera tarde que la veía, siempre en el mismo sitio; en cuanto yo pasaba, se volvía lentamente y se alejaba calle abajo.

Mi agitado cerebro sacó sus antenas y en seguida tuve la irrazonable sospecha de que era yo el propósito de su visita. Estuve a punto de dirigirme a ella y preguntarle si estaba buscando a alguien, si necesitaba mi ayuda para algo, si me permitía acompañarla hasta su casa, a pesar de ir tan mal vestido, protegerla en las calles oscuras. Pero tenía el vago temor de que aquello pudiera costarme algo: una copa de vino, un paseo en coche, y ya no tenía dinero; mis bolsillos, desoladamente vacíos, ejercían sobre mí un efecto tan deprimente que ni siquiera tuve el valor de lanzarle una interrogante mirada al pasar junto a ella. El hambre había comenzado de nuevo a atormentarme, no había comido nada desde la noche anterior; en realidad no era mucho tiempo comparado con otras veces, pero ya había empezado a perder peso en cantidades preocupantes, es decir, no sabía ayunar como antes; ahora, un solo día bastaba para que me sintiera aturdido y sufriera de persistentes vómitos en cuanto bebía agua. Además, pasaba mucho frío por las noches, me acostaba con la misma ropa que llevaba durante el día, y me helaba. Estaba congelado toda la noche, sentía escalofríos y me quedaba rígido mientras dormía. La vieja manta no lograba protegerme de las corrientes, y por las mañanas me despertaba con la nariz tapada a causa del crudo viento del rocío que penetraba en mi habitación.

Mientras camino por las calles voy pensando en cómo arreglármelas para sobrevivir hasta que acabe el próximo artículo. Si tuviera una vela intentaría avanzar por la noche; sería cuestión de unas horas si realmente me ponía manos a la obra, y al día siguiente podría ir a ver de nuevo al Comodoro.

Entro sin pensar en el café Oplandske en busca de mi joven conocido del banco, con el fin de pedirle diez øre para una vela. Me dejaron atravesar todas las estancias sin detenerme; pasé ante una docena de mesas ocupadas por gente que charlaba, comía y bebía, llegué hasta el fondo del café, hasta el Salón Rojo, sin encontrar a mi hombre. Avergonzado e irritado salí a la calle y me encaminé al Palacio.

¿No era una maldición del mismísimo y malvado diablo el que mis desgracias no tuvieran fin? Dando largos e iracundos pasos, con el cuello de la chaqueta desesperadamente subido hasta la nuca y con los puños cerrados dentro de los bolsillos del pantalón, iba durante todo el trayecto maldiciendo mi mala estrella. Ni un solo momento de verdadera despreocupación en siete u ocho meses, ni siquiera una sola semana entera con la comida necesaria antes de que la miseria me hiciera arrodillarme de nuevo. ¡Y encima me había mantenido honrado en medio de tanta miseria, je, je, honrado en el fondo! ¡Dios mío, cómo había hecho el ridículo! Me puse a recordar los remordimientos que me asaltaron porque en una ocasión había llevado la manta de Hans Pauli al prestamista. Me reía desdeñosamente de mi tierna rectitud, escupía en la calle con desprecio y no encontraba palabras lo suficientemente fuertes para burlarme de mi estupidez. ¡Ah, si hubiera sido ahora! Si en ese momento me encontrara en la calle los ahorros de un escolar, el único øre de una pobre viuda, lo cogería y me lo metería en el bolsillo, lo robaría deliberadamente y dormiría como un tronco toda la noche. No en vano había sufrido tanto que mi paciencia había llegado a su fin, y estaba dispuesto a cualquier cosa.

Di la vuelta al Palacio tres o cuatro veces, luego tomé la decisión de volver a casa, di aún un corto paseo por el parque, y bajé finalmente por Karl Johan.

Eran alrededor de las once. La calle estaba bastante oscura y por todas partes había gente paseando: parejas silenciosas y grupos ruidosos. Había llegado el gran momento, la época del celo, cuando tiene lugar el tráfico secreto y empiezan las alegres aventuras. Faldas crujientes, alguna que otra risa breve y sensual, senos ondulantes, respiraciones vehementes, jadeantes; más abajo, cerca del Gran Hotel se oye una voz que grita: ¡Emma! La calle entera era un pantano del que ascendían ardientes vapores.

Hurgo involuntariamente en mis bolsillos en busca de dos coronas. La pasión que vibra en los movimientos de cada uno de los paseantes, la sombría luz de las farolas de gas, la noche tranquila y encinta, todo comienza a contagiarme, ese aire cargado de susurros y abrazos, de confesiones temblorosas, de palabras a medio pronunciar, de pequeños chillidos. Unos gatos se aman a gritos en el portal de Blomqvist. Y yo no tenía dos coronas. ¡Qué desgracia, qué inigualable miseria ser tan pobre! ¡Qué humillación, qué infamia! Y de nuevo me puse a pensar en las últimas monedas de una pobre viuda a la que de buena gana hubiera robado, en la gorra o el pañuelo de un colegial, en la alforja de un mendigo que sin rodeos habría llevado al trapero para divertirme con el dinero que éste me daría. Para consolarme y exculparme me puse a inventar todos los defectos posibles en esa gente alegre que se deslizaba a mi lado; me encogí airado de hombros y los miraba con desdén conforme iban pasando, pareja por pareja. ¡Esos estudiantes parsimoniosos, aficionados a los caramelos, que se creían libertinos a lo europeo simplemente por rozar el seno de alguna modistilla! ¡Esos señoritos, banqueros, mayoristas, leones de bulevar que ni siquiera rehusaban a las mujeres de los marineros, esas gordas polillas del mercado, que se dejaban tumbar en el primer portal a cambio de una jarra de cerveza! ¡Qué sirenas! El lugar a su lado estaba aún caliente del bombero o del mozo de cuadras de la noche anterior; el trono estaba siempre vacante, abierto de par en par, ¡suba usted!… Escupí lejos en la acera, sin preocuparme de si alcanzaba a alguien o no; estaba furioso, lleno de desprecio hacia esas gentes que se frotaban unos contra otros, apareándose ante mis ojos. Levanté la cabeza y sentí la bendición de conservar mi pureza.

En Stortingsplass me topé con una muchacha que me miraba fijamente conforme me iba acercando a ella.

¡Buenas noches!, dije.

¡Buenas noches!, y se paró.

Hum. ¿Cómo andaba sola tan tarde? ¿No era un poco arriesgado para una joven pasear por Karl Johan a esas horas? ¿Ah, no? Bueno, ¿pero no la importunaban nunca, quiero decir, no la invitaban a ir con ellos?

La muchacha me miró extrañada, escrutó mi rostro preguntándose qué quería decir con eso. De repente me cogió del brazo y dijo:

¡Vámonos!

La seguí. Cuando hubimos dado algunos pasos junto a la estación de coches, me detuve, logré desprenderme de su brazo y dije:

Escucha, amiga mía, no tengo ni un øre. Y me dispuse a marcharme.

Al principio no quiso creerme, pero después de palpar mis bolsillos y no encontrar nada, se enfadó, echó la cabeza hacia atrás y me llamó tonto. ¡Buenas noches!, le dije.

¡Espere un poco!, gritó. ¿Son de oro sus gafas?

No.

¡Váyase al infierno, entonces!

Y me fui. Al poco rato echó a correr tras mis pasos y volvió a llamarme. Puede venir conmigo aunque no tenga nada, dijo.

Me sentí humillado por la oferta de una pobre prostituta y dije que no. Además era muy tarde, y tenía que acudir a otro sitio y, por otra parte, ella tampoco podía permitirse sacrificios de esa clase.

Sí, ahora quiero que venga conmigo.

Pero yo no quiero ir con usted así.

Entonces seguro que va a ver a otra, dijo.

No, contesté.

¡Ay!, no había en mí ninguna chispa aquellos días, las muchachas se habían vuelto casi como hombres para mí. La miseria me había dejado seco. Pero tuve la sensación de encontrarme en una situación lastimosa ante esa prostituta poco común y decidí salvar mi honor.

¿Cómo se llama usted?, pregunté, ¿María? ¡Ahora escúcheme, María! Y me puse a explicar mi conducta. La muchacha estaba cada vez más asombrada. ¿Había creído acaso que era de esos que recorrían las calles por las noches a la caza y captura de muchachas? ¿De veras pensaba tan mal de mí? ¿Le había dicho acaso algo indecoroso? ¿Se comportaba como yo la gente con malas intenciones? Tan sólo le había hablado y seguido un par de pasos para ver hasta dónde llegaba. Por cierto, me llamaba Fulano de Tal, pastor tal. ¡Buenas noches! ¡Vete y no peques más!

Y dicho esto me marché.

Me froté entusiasmado las manos por mi feliz ocurrencia, y me puse a hablar en voz alta conmigo mismo. ¡Qué placer andar por el mundo realizando buenas acciones! ¡Tal vez había dado a esa criatura pecadora el impulso que necesitaba para volver al buen camino! Sin duda me lo agradecería cuando recapacitara un poco, incluso en el momento de su muerte se acordaría de mí, con el corazón rebosante de agradecimiento. ¡Sí, después de todo merecía la pena ser honrado, honrado y recto! Estaba de un humor excelente, me sentía lleno de vitalidad y con valor de sobra para emprender lo que hiciera falta. ¡Ojalá tuviera una vela para poder terminar mi artículo! Andaba agitando en el aire la nueva llave de mi portal, canturreando, silbando, especulando sobre la posibilidad de conseguir una vela. No habría más remedio que coger mis utensilios de escribir y bajarlos a la calle, a la luz de la farola. Abrí el portal y subí a buscar mis papeles.

Al bajar cerré la puerta desde fuera y me coloqué bajo la luz. Reinaba un gran silencio, sólo oía los pesados y tintineantes pasos de un policía en una bocacalle, y a lo lejos, en dirección a St. Hanshaugen los ladridos de un perro. Nadie me molestaba, me subí el cuello de la chaqueta hasta las orejas y me puse a pensar con todas mis fuerzas. Me sería de gran ayuda si tuviera la suerte de lograr dar fin a ese pequeño tratado. Justamente me encontraba en un punto algo difícil, debería pasar casi imperceptiblemente a algo nuevo, y luego a un final atenuado y suave, un largo gruñido que acabaría en un punto culminante tan brusco, tan escandaloso como el disparo de un arma o el ruido de una montaña que estalla. Punto.

Pero las palabras no me llegaban. Releí todo lo que había escrito desde el principio. Leía en voz alta cada frase, y era incapaz de concentrarme en conseguir ese sonoro punto culminante. Para colmo, mientras yo trabajaba, llegó el policía. Se detuvo en medio de la calle, a poca distancia de mí, y acabó con toda mi inspiración. ¿Qué le importaba a él que en ese momento estuviera escribiendo el magnífico punto culminante de un artículo para el Comodoro? ¡Dios mío, qué difícil me resultaba mantenerme a flote, hiciera lo que hiciera! Seguí allí durante una hora aproximadamente, el policía se marchó, y el frío empezaba a ser demasiado intenso para permanecer quieto. Abatido y desalentado por el nuevo intento frustrado, abrí finalmente la puerta y volví a mi cuarto.

Hacía mucho frío dentro y apenas podía vislumbrar la ventana en la densa oscuridad. Llegué a tientas a la cama, me quité los zapatos y me puse a calentarme los pies con las manos. Luego me acosté, completamente vestido, como llevaba haciendo desde tiempo atrás.

A la mañana siguiente me incorporé en la cama en cuanto amaneció y retomé mi artículo. Así permanecí hasta mediodía. Para entonces había conseguido escribir unas diez o veinte líneas. Aún no había llegado al final.

Me levanté, me puse los zapatos y comencé a dar vueltas por el cuarto con el fin de entrar en calor. Había hielo en las ventanas; miré hacia fuera, estaba nevando; sobre el suelo y la bomba de agua del patio había una espesa capa de nieve.

Paseaba sin descanso por el cuarto de un lado a otro, arañaba las paredes, apoyaba suavemente la frente en la puerta, golpeaba el suelo con el dedo índice y escuchaba con gran atención, todo sin ningún propósito, pero en silencio y meditabundo, como si de un asunto de gran importancia se tratara. Y mientras tanto me decía una y otra vez, en una voz tan alta que podía oírme a mí mismo: ¡Dios mío, esto es una locura! Pero seguí haciendo lo mismo. Después de mucho tiempo, tal vez unas cuantas horas, me mordí el labio y me esforcé todo lo que pude. ¡Había que poner fin a todo aquello! Me busqué una astilla para mascar y me senté de nuevo, dispuesto a escribir.

Con gran esfuerzo conseguí escribir algunas frases cortas, una veintena de pobres palabras que me arranqué a la fuerza para avanzar algo. Luego me detuve, mi cabeza estaba vacía, no podía más. Y como era incapaz de seguir, me puse a contemplar con los ojos desmesuradamente abiertos esas últimas palabras, esa hoja incompleta. Miraba aquellas letras extrañas y temblorosas que se elevaban del papel como figuritas despeinadas, y al final no entendía nada de nada, no pensaba en nada.

El tiempo pasó. Oía el ajetreo de la calle, el ruido de carros y cascos; la voz de Jens Olai hablando con los caballos me llegaba desde la cuadra. Estaba completamente atontado; permanecí un buen rato haciendo chasquidos con la lengua; por lo demás, no hacía nada. Mi pecho se encontraba en un estado lamentable.

Estaba oscureciendo, me derrumbaba por momentos, me sentía muy cansado y me recosté en la cama. Para calentarme las manos deslizaba los dedos por mi pelo, una y otra vez, en zigzag, arrancando pequeños mechones que se metían entre los dedos y se extendían flotando por la almohada. No reparé en ello en ese momento, era como si no me atañera, pues aún me quedaba pelo de sobra. Una vez más intenté quitarme de encima ese extraño sopor que me recorría todo el cuerpo como una bruma; me incorporé de nuevo, me golpeé las rodillas, tosí todo lo fuerte que me permitía el pecho, y volví a tumbarme. Nada servía de nada; me desvanecí desamparado con los ojos abiertos, con la mirada clavada en el techo. Finalmente me metí el dedo índice en la boca y empecé a chuparlo. Algo comenzó a moverse en mi cerebro, un pensamiento que se iba abriendo camino allí dentro, un invento completamente loco: ¿y si lo mordiera? Y sin pensarlo ni un instante cerré los ojos y apreté los dientes.

Me levanté de un salto. Finalmente me había despertado. De mi dedo salían unas cuantas gotas de sangre que iba chupando paulatinamente. No dolía, la herida era poca cosa; pero de repente había vuelto en mí; sacudí la cabeza, me acerqué a la ventana y busqué un trapo para la herida. Mientras estaba ocupado en esos menesteres mis ojos se llenaron de agua, y lloré en silencio. Ese dedo esquelético y mordido tenía un aspecto deplorable. ¡Dios mío, qué lejos había llegado en mi penuria!

La oscuridad iba haciéndose cada vez más densa. Si hubiera tenido una vela, quizá hubiera podido escribir el final a lo largo de la noche. De nuevo sentía la cabeza despejada, los pensamientos iban y venían como de costumbre y no sufría demasiado; ni siquiera el hambre era tan terrible como hacía unas horas; seguro que aguantaría hasta el día siguiente. Tal vez pudiera conseguir una vela fiada si me dirigiera a la tienda de comestibles y explicara mi situación. Me conocían bien; en los buenos tiempos, cuando aún podía permitírmelo, había comprado muchos panes en esa tienda. No cabía duda de que conseguiría una vela a cambio de mi buen nombre. Y por primera vez en mucho tiempo me tomé la molestia de cepillar un poco el traje y quitar los cabellos caídos en el cuello de mi chaqueta tan bien como pude, en medio de la oscuridad. Y bajé a tientas la escalera.

Cuando llegué a la calle se me ocurrió que tal vez sería mejor pedir un pan. Dudaba, y me detuve a meditar. De ninguna manera, me contesté por fin. Lamentablemente, me encontraba en un estado en que no toleraría nada de comida; se repetirían las mismas historias de visiones, percepciones y caprichos de loco, jamás acabaría mi artículo y tenía que ir a ver al Comodoro antes de que se olvidara de mí. ¡De ninguna manera! Me decidí por la vela y entré en la tienda.

Junto al mostrador hay una mujer haciendo sus compras; tiene delante de ella varios paquetes envueltos en diferentes clases de papel. El dependiente, que me conoce y sabe lo que suelo comprar, deja a la mujer, envuelve un pan en un periódico sin decir nada y me lo da.

No, en realidad he venido a por una vela, digo. Hablo muy bajo y en tono de humildad, para no irritarlo y desperdiciar así la posibilidad de conseguir una vela.

Mi respuesta lo cogió de sorpresa; era la primera vez que le pedía algo que no fuera un pan.

Bueno, entonces tendrá que esperar un poco, dice, y vuelve con la mujer.

Ésta acaba sus compras, paga, entrega una moneda de cinco coronas, coge el cambio y se marcha.

El dependiente y yo nos quedamos solos.

Dice:

Una vela, ¿verdad?

Abre un paquete grande y saca una.

Él me mira y yo lo miro; soy incapaz de pronunciar mi ruego.

Ah sí, es verdad, ya me ha pagado, dice de repente. Dice sin más que he pagado; oigo cada palabra que pronuncia. Empieza a contar las monedas de plata que saca del cajón, corona tras corona, monedas brillantes, abultadas: me está dando la vuelta de cinco coronas, las cinco coronas de la mujer.

¡Tenga!, dice.

Me quedo mirando el dinero por un instante, me doy cuenta de que algo está mal, pero no medito, no pienso en nada; simplemente me quedo perplejo a la vista de esa riqueza que resplandece ante mis ojos. Recojo mecánicamente el dinero.

Estoy delante del mostrador, atontado de asombro, abatido, anonadado, doy un paso hacia la puerta y me detengo de nuevo. Dirijo mi mirada hacia un determinado punto de la pared, de donde cuelga un collar de cuero con un cencerro, y debajo un sedal. Me quedo mirando fijamente esos objetos.

El dependiente piensa que quiero charlar un poco, ya que no muestro mucha prisa por marcharme, y dice, mientras ordena unos papeles de envolver que están tirados sobre el mostrador:

Parece que ya llega el invierno.

Hum. Sí, contesto, parece que ya llega el invierno. Al poco rato añado: Bueno, ya era hora. Pero sí, parece que ya llega, sí. Y por cierto, ya era hora.

Me oía a mí mismo decir esas tonterías, pero cada palabra que captaba me parecía que provenía de otra persona.

¿De verdad piensa usted eso?, dice el dependiente.

Metí la mano con el dinero en el bolsillo, abrí la puerta y me marché; me oí dar las buenas noches y al dependiente responderme.

Me había alejado sólo unos pasos de la escalera cuando la puerta de la tienda se abrió violentamente y el dependiente me gritó algo. Me volví sin asombrarme, sin atisbo de miedo; me limité a coger el dinero, dispuesto a devolverlo.

Tenga, se ha dejado su vela, dice el dependiente.

Ah, gracias, contesto tranquilamente. ¡Muchas gracias!

Y vuelvo a bajar la calle con la vela en la mano.

Mi primer pensamiento razonable fue relativo al dinero. Me acerqué a una farola y lo conté de nuevo, sopesándolo sonriente. ¡De manera que estaba maravillosamente salvado, magníficamente, milagrosamente salvado por mucho tiempo! Volví a meterme la mano con el dinero en el bolsillo y seguí andando.

Me detuve a la puerta de un restaurante en un sótano de Storgaten y deliberé fría y tranquilamente si debería entrar y disfrutar en seguida de una pequeña cena. Oía el tintineo de platos y cuchillos en el interior y el sonido de carne que estaba siendo golpeada; la tentación era demasiado fuerte y entré.

¡Un bistec!, digo.

¡Un bistec!, gritó la camarera a través de una ventanilla.

Tomé asiento en una pequeña mesa para mí solo junto a la puerta y me puse a esperar. El lugar que había elegido era un poco oscuro, me sentía bien escondido y empecé a pensar. De vez en cuando la camarera me echaba alguna que otra curiosa mirada.

Había cometido mi primera y verdadera deshonestidad, mi primer robo, comparado con el cual mis anteriores travesuras resultaban insignificantes; mi primera pequeña… gran caída… ¡De acuerdo! Ya no tenía remedio. Aunque bien mirado, dependía de mí, porque podría arreglar el asunto con el tendero en otro momento, más adelante, cuando se presentara la ocasión propicia. Mi situación no tenía por qué empeorar; además, no me había comprometido a vivir de un modo más honrado que todos los demás seres, no había ningún contrato…

¿Cree que llegará pronto el bistec?

Sí, en seguida.

La camarera abre la ventanilla y mira hacia el interior de la cocina.

Pero ¿y si el asunto se descubriera? ¿Si el dependiente llegara a sospechar, a pensar en el episodio del pan, en aquellas cinco coronas cuyo cambio devolvió a la señora? No era imposible que un día se diera cuenta, tal vez la próxima vez que entrara en la tienda. ¡Bueno, bueno, Dios mío!…

Me encogí de hombros a escondidas.

¡Aquí tiene!, dice amablemente la camarera, poniendo el bistec en la mesa. ¿No prefiere sentarse en otra habitación? Esto está muy oscuro.

No gracias, prefiero quedarme aquí, contesto.

Su amabilidad me conmueve, pago el bistec inmediatamente, le doy al azar lo que saco del bolsillo y le cierro la mano. Ella sonríe, y digo bromeando y con los ojos humedecidos: Cómprese una finca con lo que sobra… De nada, de nada.

Empecé a comer cada vez con más ansia, devorando grandes trozos sin masticarlos, tirando de la carne como un antropófago.

La camarera volvió a acercarse.

¿No quiere nada de beber?, pregunta, inclinándose ligeramente hacia mí.

La miré; hablaba en voz muy baja, casi con timidez, bajando la mirada.

Media botella de cerveza, por ejemplo, o lo que quiera… de mi cuenta… extra… lo que quiera…

¡No, muchas gracias!, contesté, ahora no. Ya volveré otro día.

Se retiró y se sentó detrás del mostrador; sólo podía verle la cabeza. ¡Una extraña criatura!

Al terminar me fui inmediatamente hacia la puerta. Ya sentía náuseas. La camarera se levantó. Tenía miedo de acercarme a la luz, de exhibirme demasiado ante esa muchacha que nada sabía de mi miseria, por lo que di apresuradamente las buenas noches con una inclinación de cabeza, y me marché.

La comida empezaba a surtir efecto, sufría bastante y no la pude retener mucho tiempo. Iba vaciando mi boca en cada rincón por el que pasaba, esforzándome por contener las náuseas que de nuevo me estaban ahuecando, apretaba los puños y me resistía, daba patadas en el suelo, tragaba rabioso lo que insistía en subir ¡todo en vano! Finalmente me metí corriendo en un portal, inclinado hacia delante por el agua que salía de mis ojos, y volví a vaciarme.

Me sentía muy desgraciado, iba por la calle llorando, maldiciendo esas crueles fuerzas, cualesquiera que fueran, que no dejaban de perseguirme, y condenándolas a los eternos tormentos del infierno. No eran muy consideradas esas fuerzas, verdaderamente dejaban mucho que desear, sí, señor… Me acerqué a un hombre que estaba mirando un escaparate y le pregunté apresuradamente qué se debería, en su opinión, dar de comer a un hombre que llevaba mucho tiempo pasando hambre. Es cosa de vida o muerte, dije, el hombre no tolera la carne.

He oído decir que es buena la leche, leche hervida, contesta el hombre sumamente extrañado. Por cierto, ¿quién es la persona en cuestión?

¡Gracias! ¡Gracias!, digo. Puede que le siente bien la leche hervida.

Y me voy.

Entré en el primer café y pedí leche hervida. Me la sirvieron, la bebí tan caliente como pude, tragando vorazmente cada gota, pagué y me marché. Me dirigí a mi casa.

Entonces sucedió algo extraño. Delante de mi portal, apoyada contra la farola de gas y bajo la luz que ésta emite, diviso a una persona desde la lejanía. De nuevo es la dama vestida de negro, la misma dama vestida de negro de otras noches. No cabía duda, había acudido por cuarta vez al mismo sitio. Está completamente inmóvil.

Lo encuentro tan extraño que sin querer apresuro el paso; en ese momento mis pensamientos están ordenados, pero me noto muy excitado, mis nervios se han alterado por la última comida. Como de costumbre, paso junto a ella, voy hasta el portal y estoy a punto de entrar en él. Entonces me detengo. Se me ocurre algo. Sin darme cuenta me vuelvo y me acerco a la dama, la miro a los ojos y la saludo:

¡Buenas noches, señorita!

¡Buenas noches!, contesta ella.

Perdone, le dije, ¿buscaba usted a alguien? Ya me había fijado otras veces en ella

y quería saber si podía ayudarla en algo. Le pido perdón, por cierto.

Bueno, ella no sabía qué decir…

No vivía nadie tras esa puerta, excepto tres o cuatro caballos y yo; a decir verdad, no había más que una cuadra y un taller de hojalatería. Si buscaba a alguien allí, me temía que estaba muy equivocada.

Entonces ella vuelve su rostro y dice:

No busco a nadie, simplemente estoy aquí…

Así que estaba allí noche tras noche sólo por capricho. Resultaba un poco extraño; medité sobre ello y cada vez estaba más confundido respecto a esa señorita. Decidí ser audaz. Hice sonar ligeramente el dinero que llevaba en el bolsillo y la invité, sin más preámbulos, a tomar una copa de vino en algún lugar… teniendo en cuenta que ya había llegado el invierno, je, je… No tendría por qué hacerse muy tarde… Pero no aceptaba, ¿no?

¡Oh!, no, muchas gracias, no podía ser. No, no podía hacer eso. Pero tal vez tuviera la bondad de acompañarla un trecho, pues… El camino hacia su casa estaba bastante oscuro y no le gustaba andar sola por Karl Johan tan tarde.

Con muchísimo gusto.

Empezamos a andar, ella iba a mi derecha. Me invadió una sensación singular y maravillosa: la sensación de estar cerca de una joven. Iba mirándola durante todo el camino. El perfume de su pelo, el calor que emanaba de su cuerpo, ese aroma a mujer que la acompañaba, su dulce aliento cada vez que volvía su rostro hacia mí, todo ello me invadía, penetrando obstinadamente en mis sentidos. Apenas podía intuir una cara llenita, algo pálida, detrás del velo, y un alto seno que levantaba el abrigo. La idea de toda esa gloria oculta, cuya existencia intuía debajo del abrigo y del velo, me turbaba, me hacía estúpidamente feliz sin motivo alguno; no pude más, le toqué el hombro y sonreí como un tonto. Oía los latidos de mi corazón.

¡Qué extraña es usted!, dije.

¿En qué sentido?

Bien, en primer lugar porque tenía por costumbre estar de pie junto a la puerta de una cuadra noche tras noche sin propósito alguno, sólo por capricho…

Bueno, podría ser que tuviera sus razones; además le gustaba acostarse tarde, siempre le había gustado. ¿Me acostaba yo antes de las doce?

¿Yo? Si odiaba algo en este mundo era acostarme antes de las doce de la noche.

Je, je.

¡Je, je, ya ve usted! Por eso paseaba por las noches cuando no tenía nada mejor que hacer; vivía en St. Olavs plass…

¡Ylayali!, exclamé.

¿Cómo dice?

Sólo he dicho Ylayali… Bueno, continúe.

Vivía en St. Olavs plass, un lugar bastante solitario, con su madre, con la que no podía hablar porque estaba totalmente sorda. ¿Me extrañaba que le apeteciera salir de vez en cuando?

¡No, en absoluto!, contesté.

¡Bueno, qué más da! Noté en su voz que estaba sonriendo.

Tenía una hermana, ¿no?

Sí, tenía una hermana mayor, pero, por cierto, ¿cómo podía saberlo yo? Su hermana se había marchado a Hamburgo.

¿Recientemente?

Sí, hace cinco semanas. ¿De dónde había sacado yo que ella tenía una hermana?

No lo sabía, era una simple pregunta.

Nos callamos. Nos adelanta un hombre con un par de zapatos bajo el brazo; por lo demás, la calle está desierta hasta donde me alcanza la vista. En la feria, a lo lejos, brillaba una larga fila de luces de colores. Había dejado de nevar. El cielo estaba despejado.

Dios mío, ¿no tiene usted frío sin abrigo?, dice de repente la joven mirándome.

¿Debería contarle por qué no llevaba abrigo? ¿Revelar inmediatamente mi situación, asustarla y que se marchara para siempre? Resultaba tan delicioso andar a su lado, mantenerla en la ignorancia un rato más, que mentí al contestar:

No, en absoluto. Y para desviar su atención pregunté: ¿Ha visto usted las fieras de la feria?

No, contesto. ¿Merece la pena?

¿Y si dijera de acercarnos ahora? ¿A un lugar tan concurrido y con tanta luz? Se avergonzaría muchísimo, la espantaría con mi ropa raída, mi rostro famélico, que ni siquiera había lavado desde hacía dos días; puede que incluso descubriera que no llevaba chaleco…

Así que contesté: realmente no, no creo que merezca la pena.

Y se me ocurrieron algunas afortunadas ideas que no dudé en aprovechar en seguida, unas cuantas palabras vulgares, restos de mi extenuado cerebro: ¿qué podía esperarse de unas fieras así? A mí no me interesaba en absoluto contemplar animales enjaulados. Esas fieras se saben observadas; sienten los cientos de miradas curiosas y se muestran afectadas por ellas. No, no, a mí me gustaban los animales que ignoraban que se los observaba, esos seres huidizos que se cobijan en su guarida, mirando con sus ojos verdes e indolentes, lamiéndose, pensativos, las patas. ¿Verdad?

Pues sí, seguramente tenía razón.

Para mí lo verdaderamente interesante del animal era su terrible y singular salvajismo: los pasos silenciosos y furtivos en la oscuridad de la noche y el terrible murmullo del bosque, los gritos de un pájaro que pasa volando, el viento, el olor a sangre, los truenos en el espacio; en una palabra, el espíritu de la fiera en el reino de las fieras…

Pero tuve miedo de aburrirla, y sentí de nuevo el peso de mi inmensa pobreza, bajo el que me encogí. ¡Si al menos hubiera ido decentemente vestido, podría haberle hecho pasar un buen rato llevándola a la feria! Era incapaz de entender que esa mujer pudiera encontrar algún placer en que un pordiosero medio desnudo la acompañara por Karl Johan. ¿En qué estaba pensando, Dios mío? Y yo, ¿por qué iba haciendo el tonto y sonriendo como un idiota por nada? ¿Tenía algún motivo razonable para dejarme torturar por ese delicado pájaro de seda y dar ese largo paseo? ¿Acaso no me estaba costando grandes esfuerzos? ¿Acaso no sentía el hielo de la muerte rozarme el corazón al más ligero soplo de viento que nos venía de frente? ¿Y no estaba ya la locura acechando en mi cerebro por falta de comida durante varios meses seguidos? Esa mujer me impedía incluso ir a casa a mojar la lengua en un poco de leche, otra cucharada de leche que ojalá pudiera tragar sin vomitarla. ¿Por qué no me daba la espalda y me mandaba al diablo?…

Estaba desesperado, y mi desesperación me llevó a decir:

En realidad, no debería pasear conmigo, señorita; la pongo en un compromiso ante los ojos de todo el mundo con mi atuendo. Se lo digo en serio, es la pura verdad.

Desconcertada, me lanza una rápida mirada y calla. Luego exclama:

¡Pero por Dios! No dice nada más.

¿Qué quiere decir con eso?, pregunté.

Oh, no, no diga usted esas cosas… Ya no queda mucho. Y apresuró el paso ligeramente.

Nos metimos por Universitetsgaten, desde donde podíamos ver ya las farolas de St. Olavs plass, y aflojó de nuevo el paso.

No quiero ser indiscreto, digo, ¿pero no puede decirme su nombre antes de que nos despidamos? ¿Y no puede levantarse un instante el velo para que pueda verla? Se lo agradecería mucho.

Una pausa. Esperé.

Ya me ha visto antes, contesta ella.

Ylayali, digo otra vez.

Me persiguió un día hasta mi casa. ¿Estaba usted ebrio? Vi que estaba sonriendo.

Sí, dije, sí, lamentablemente estaba borracho.

¡Qué feo por su parte!

Y admití, abatido, que había hecho mal.

Llegamos a la fuente y levantamos la vista hacia las numerosas ventanas iluminadas del número 2.

Ya no debe acompañarme más, dice; ¡gracias por todo!

Agaché la cabeza, no me atrevía a decir nada. Me quité el sombrero y me quedé con la cabeza descubierta. ¿Me daría la mano? ¿Por qué no me pide que lo acompañe un trecho yo ahora?, dice ella en broma, mirando las puntas de sus zapatos.

¡Ojalá quisiera usted hacerlo!, contesté.

De acuerdo, pero sólo un poco.

Y dimos la vuelta.

Me sentía muy confuso, no sabía dónde poner los pies; ese ser estaba trastornando todo mi modo de pensar. Estaba encantado, inmensamente feliz; me parecía que iba a morir de tanta dicha. Ella había querido acompañarme expresamente, no había sido idea mía, eran sus propios deseos. Voy mirándola mientras camino y me muestro cada vez más atrevido, ella me alienta, me atrae hacia su ser con cada palabra. Por un instante me olvido de mi pobreza, de mi miseria, de mi desoladora existencia, noto la sangre caliente que recorre mi cuerpo, como en los buenos tiempos, antes de mi caída, y decido tantear el terreno con una pequeña trampa.

Por cierto, no era a usted a quien perseguía aquella vez, dije; sino a su hermana.

¿A mi hermana?, pregunta con gran extrañeza. Se detiene y me mira, esperando realmente una respuesta. Su pregunta va completamente en serio.

Sí, contesté. Hum. Es decir, perseguía a la más joven de las dos damas que andaban delante de mí.

¿La más joven? ¡Ah! Y de repente se echó a reír alegre y ruidosamente como una niña. ¡Qué listo es usted! Me lo ha dicho sólo para que me quite el velo. Me he dado cuenta. Pero puedo estar seguro de que no… como castigo.

Comenzamos a reír y a bromear, hablamos sin cesar, yo no sabía lo que decía, me sentía feliz. Me dijo que me había visto una vez antes, hacía mucho tiempo, en el teatro. Yo estaba con tres amigos y me había comportado como un loco. También en esa ocasión ebrio, lamentablemente.

¿Por qué creyó que estaba ebrio?

Pues porque se reía muchísimo.

Ah, bueno. En esa época yo me reía mucho.

¿Y ya no?

Sí, ahora también. ¡Qué maravilloso era vivir!

Bajamos hacia Karl Johan. Dijo:

¡No avancemos más!

Dimos la vuelta y volvimos a subir por Universitetsgaten. Al llegar de nuevo a la fuente aflojé un poco el paso, sabía que ya no me dejaría acompañarla más allá.

Bueno, ahora tiene que irse, dijo, y se detuvo.

Supongo que sí, contesté.

Pero al cabo de un instante dijo que podía acompañarla hasta la puerta.

Santo cielo, no habría nada malo en eso, ¿verdad que no?

En absoluto, dije.

Pero al detenernos junto a la verja se abatió de nuevo sobre mí toda mi miseria. ¿Cómo iba a poder mantenerme a flote si me sentía tan destrozado? Allí me encontraba yo, delante de una joven, sucio, desgarrado, desfigurado por el hambre, sin lavar, a medio vestir; era como para que me tragara la tierra. Me hice pequeño, me encogí instintivamente y dije:

¿No volveré a verla entonces?

No albergaba ninguna esperanza de poder volver a verla; más bien deseaba oír un «no» rotundo que me devolviera a la sensatez y me dejara indiferente.

Sí, dijo ella.

¿Cuándo?

No lo sé.

Pausa.

¿Podría quitarse el velo sólo un instante, dije, para que vea con quién he estado charlando? Sólo un instante, pues es normal que quiera ver con quién he hablado.

Pausa.

Podemos vernos aquí el martes por la tarde, dice ella. ¿Quiere?

¡Oh, sí! ¡Si usted lo permite!

A las ocho entonces.

Pasé la mano por su abrigo, quitándole la nieve, como pretexto para tocarla. Me produjo un gran placer estar tan cerca de ella.

No debe pensar demasiado mal de mí, dijo, sonriendo de nuevo.

No…

De repente y con un gesto resuelto se levantó el velo sobre la frente. Permanecimos un instante mirándonos: ¡Ylayali!, exclamé. Ella se puso de puntillas, me abrazó y me beso en los labios. Sentí cómo palpitaba su pecho y su acelerada respiración.

Al momento se apartó de mis brazos, me dio las buenas noches, sin aliento, susurrando, dio media vuelta y subió corriendo la escalera sin decir nada más…

La puerta se cerró.

Al día siguiente nevaba aún más, una nieve pesada y aguada, grandes copos azules que caían al suelo convirtiéndose en barro. El tiempo era húmedo y helado.

Me había despertado algo tarde, extrañamente aturdido por las emociones de la noche, con el corazón embriagado por aquel maravilloso encuentro. Cautivado por el encanto, me había quedado despierto en la cama imaginándome a Ylayali a mi lado; abría los brazos, me abrazaba, lanzaba besos al aire. Por fin me levanté, tomé una taza de leche y al instante un filete. Ya no tenía hambre, pero mis nervios estaban de nuevo muy excitados.

Bajé a los puestos de ropa del mercado. Pensé que quizá podría conseguir un chaleco de segunda mano por poco dinero, simplemente algo para llevar debajo de la chaqueta, no importaba qué. Subí la escalera del mercado, encontré un chaleco y me puse a examinarlo. En ese momento pasó por allí un conocido; me saludó con la cabeza y me llamó. Dejé el chaleco en su sitio y bajé hacia él. Era técnico e iba camino de su oficina.

Vamos a tomar una cerveza, dijo. Pero rápido, no tengo mucho tiempo… ¿Quién era esa dama con la que paseaba anoche?

Escuche, dije, celoso de su pensamiento. ¿Y si fuera mi novia?

¡Pardiez!, exclamó.

Sí, lo decidimos ayer.

Se quedó completamente apabullado; me creyó sin más. Le mentí con descaro para librarme de él; nos sirvieron la cerveza, la bebimos y nos marchamos.

¡Buenos días, pues!… Oiga, dijo de repente, le debo algunas coronas, y me da vergüenza no habérselas devuelto después de tanto tiempo. Pero se las pagaré en breve.

Gracias, contesté, aunque sabía que jamás me las devolvería.

Por desgracia, la cerveza se me subió inmediatamente a la cabeza y me acaloré. El recuerdo de la aventura de la noche anterior me sobrecogió, casi me volvió loco. ¿Y si ella no aparecía el martes? ¿Y si empezaba a pensar y a sospechar?… ¿Sospechar qué?… De repente, mi pensamiento recobró su lucidez y comenzó a girar alrededor del dinero. Me asusté, estaba completamente horrorizado de mí mismo. El robo se me vino encima con todos sus pormenores; vi la pequeña tienda, el mostrador, mi escuálida mano cogiendo el dinero, y me imaginé, con todo lujo de detalles, el modo de proceder de la policía cuando viniera a detenerme. Cadenas en manos y pies, no; sólo en las manos, tal vez sólo en una mano; la ventanilla, el Libro de Registro del guardia de servicio, el sonido de su pluma raspando el papel, su mirada, su peligrosa mirada: ¿Bueno, señor Tangen? La celda, la eterna oscuridad…

Hum. Cerré los puños con fuerza para darme ánimos y me puse a andar más deprisa hacia Stortorvet. Al llegar allí, me senté.

¡Basta ya de tonterías! ¿Quién diablos podría probar que había robado? Además, el muchacho no se atrevería a airear el asunto en el caso de que algún día recordara cómo había sucedido todo: apreciaba demasiado su empleo. ¡Nada de escándalos, nada de escenas, por favor!

Y sin embargo, ese dinero me pesaba en el bolsillo y no me dejaba en paz. Me dediqué a estudiarme a mí mismo y en mis momentos más lúcidos descubrí que era más feliz antes, cuando sufría con honradez. ¡E Ylayali! ¿Acaso no la había rebajado con mis manos pecadoras? ¡Dios míos, Dios mío! ¡Ylayali!

Me sentía borracho como una cuba, me levanté de un salto y me dirigí hacia la señora que vendía pastas junto a la farmacia. Todavía era capaz de librarme de la deshonra, aún no era demasiado tarde, ¡mostraría al mundo entero de lo que era capaz! Por el camino preparé el dinero; cogí hasta la última moneda, hice una profunda reverencia sobre la mesa de la mujer, como si fuera a comprar algo y, sin más, le puse todo el dinero en la mano. No dije ni una palabra y me alejé en seguida.

¡Qué sensación tan maravillosa la de volver a sentirme un hombre honrado! Mis bolsillos vacíos ya no me pesaban, me resultó delicioso estar sin blanca otra vez. Pensándolo bien, ese dinero me había costado mucho sufrimiento en secreto, me había estremecido cada vez que había pensado en él; no era un desalmado, mi honrada naturaleza se había rebelado contra aquel vil acto, sí, sí. Había limpiado mi conciencia, gracias a Dios.

¡Hagan como yo!, dije mirando a la multitud de la plaza, ¡imítenme! Había dado una inmensa alegría a una vieja y pobre vendedora de pastas, que ni siquiera supo cómo reaccionar. Esa noche sus hijos no se acostarían con hambre… Me iba animando con esos pensamientos, y decidí que me había comportado extraordinariamente bien. Gracias a Dios, el dinero ya estaba fuera de mis manos.

(Continuará…)

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