Hambre (VI)

Knut Hamsun

 

 

 

Borracho y nervioso me iba armando de valor. En mi embriaguez me dejé llevar por la dicha de poder encontrarme con Ylayali y mirarla a la cara limpio y honrado; ya no sentía dolor alguno, mi cabeza estaba despejada y vacía, como una cabeza de luz que resplandecía sobre mis hombros. Me entraron ganas de cometer alguna travesura, de hacer cosas sorprendentes, de poner la ciudad patas arriba y alborotar. Por Gnænsen me conduje como un enajenado; me zumbaban ligeramente los oídos y la embriaguez afectaba de lleno a mi cerebro. Entusiasmado por mi propia temeridad tuve la ocurrencia de acercarme a un repartidor, que no había dicho ni una palabra, e informarle de mi edad, darle la mano, mirarlo fijamente a la cara y abandonarlo sin ninguna explicación. Captaba los matices de las voces y las risas de los transeúntes, me puse a observar a unos pajarillos que saltaban delante de mí en la calzada y a estudiar los dibujos del pavimento, encontrando en él toda clase de signos y extrañas figuras. Entretanto, había llegado a Stortingsplass.

De repente me quedo inmóvil mirando fijamente los coches de caballos. Los cocheros van charlando entre ellos, los caballos bajan la cabeza ante el mal tiempo. ¡Ven!, dije, dándome un codazo. Me acerqué apresuradamente al primer coche y subí. ¡A Ullevålsveien, número 37!, grité. Y emprendimos la marcha.

Por el camino, el cochero empezó a darse la vuelta, a agacharse y a mirar hacia el interior del coche, donde yo iba sentado bajo un techo de lona. ¿Sospechaba algo? No cabía duda de que mi raída vestimenta le había llamado la atención.

¡Voy a ver a un señor!, le grité para prevenirlo, y le expliqué que me era absolutamente indispensable ver a ese señor.

Nos detenemos delante del número 37, me bajo del coche de un salto, subo corriendo las escaleras hasta la tercera planta, cojo el cordón de la campanilla y tiro de él; en el interior, se oyen seis o siete sonoros toques.

Sale a abrir una muchacha; me fijo en que lleva pendientes de oro y botones negros de raso en el corpiño. Me mira asustada.

Pregunto por Kierulf, Joachim Kierulf, por favor, comerciante de lanas, un hombre inconfundible…

La muchacha niega con la cabeza.

Aquí no vive ningún Kierulf, dice.

Me mira fijamente y pone la mano en la puerta, dispuesta a retirarse. No hizo el menor esfuerzo por encontrar al hombre en cuestión; seguro que la muy perezosa daba con él si se dignaba a pensar un poco. Me enfurecí, le di la espalda y bajé corriendo la escalera.

¡No estaba!, le grité al cochero.

¿No estaba?

No. Vaya a Tomtegaten, número 11.

Me encontraba bastante excitado y transmití al cochero mi estado de ánimo, debió de pensar que se trataba de un asunto de vida o muerte, y se puso en marcha sin más. Iba muy deprisa.

¿Cómo se llama ese señor?, preguntó volviéndose en su asiento.

Kierulf, el comerciante de lanas Kierulf.

Al parecer, también el cochero pensaba que ese hombre era inconfundible. ¿No solía llevar un abrigo claro?

¿Cómo?, grité, ¿abrigo claro? ¿Está usted loco? ¿Cree que estoy buscando a una taza de té?

Lo del abrigo claro me pareció muy inoportuno, me rompió la imagen que me había forjado del hombre.

¿Cómo dijo usted que se llamaba? ¿Kierulf?

Sí, contesté. ¿Tiene algo de raro o qué? El nombre no deshonra a nadie.

¿No era pelirrojo?

Podía muy bien serlo, y cuando el cochero lo mencionó me convencí en seguida de que tenía razón. Me sentí agradecido hacia el pobre cochero y le dije que había dado en el clavo; el hombre era exactamente como él decía; resultaría extraño, dije, que un hombre así no fuera pelirrojo.

Entonces ha montado en mi coche un par de veces, dijo el cochero. Incluso recuerdo que llevaba un bastón de nudos.

Esto último hizo que el hombre se convirtiera a mis ojos en algo completamente real y vivo, y dije:

Je, je, creo que nadie ha visto aún a ese hombre sin su bastón de nudos en la mano. Puede usted estar seguro, completamente seguro.

Sí, era evidente que se trataba del mismo hombre que había montado en su coche. Lo reconoció…

Íbamos tan deprisa que saltaban chispas de las herraduras.

En medio de la excitación no perdí mi presencia de espíritu ni un instante. Pasamos ante un guardia y me fijo en que lleva el número 69. Esa cifra penetra en mí con una precisión tan cruel que se queda clavada como una espina en mi cerebro. ¡69, exactamente 69, no lo olvidaría!

Me apoyé en el respaldo del asiento, presa de las ocurrencias más enloquecidas. Me encogí bajo la lona para que nadie me viera mover la boca, y comencé a charlar como un necio conmigo mismo. La locura se apodera rabiosa de mi cerebro y yo se lo permito, soy muy consciente de que estoy sometido a influencias sobre las que no tengo ningún control. Me eché a reír, silenciosa y apasionadamente, sin motivo alguno, alegre y ebrio todavía por los vasos de cerveza que había bebido. Mi excitación iba disminuyendo por momentos y recuperé de nuevo la serenidad. Sentí frío en mi dedo dolorido y lo metí en el cuello de la camisa para calentarlo un poco. Así llegamos a Tomtegaten. El cochero se detiene.

Me bajo del coche sin prisas, sin pensar, con poca energía, y la cabeza pesada. Entro por la puerta de la calle y llego a un patio, lo atravieso, me topo con una puerta, la abro, entro, y me encuentro en un pasillo, una especie de antecámara con dos ventanas. En un rincón hay dos maletas, una encima de la otra, y contra la pared más larga un viejo sofá de madera sin pintar cubierto con una manta. A la derecha, en la habitación contigua, se oyen voces y llantos de niño, y del piso superior, de la segunda planta, me llega el ruido de una plancha de hierro sobre la que están dando martillazos. Todo esto es lo que percibo nada más entrar.

Cruzo la habitación tranquilamente hasta llegar a la puerta de la pared opuesta sin darme ninguna prisa, sin intención de huir, la abro también y salgo a Vognmandsgaten. Miro hacia la casa que acabo de atravesar y leo lo que pone sobre la puerta: «Comida y cama para viajeros».

No se me ocurre intentar huir, esconderme del cochero que me está esperando; paseo muy dignamente por Vognmandsgaten, sin miedo e inconsciente de estar haciendo algo malo. Kierulf, ese comerciante de lanas que durante tanto tiempo había estado dando vueltas en mi cerebro, ese hombre en cuya existencia creía y a quien necesitaba ver, había desaparecido de mi memoria, había sido borrado junto con todas esas locas ocurrencias que iban y venían por turnos: ya no lo recordaba sino como una insinuación, una reminiscencia.

A medida que andaba me iba notando más sobrio, me sentía pesado y agotado y caminaba arrastrando los pies. La nieve seguía cayendo en copos grandes y aguados. Finalmente llegué al barrio de Grønland y fui directo a la iglesia, donde me senté en un banco a descansar. Todos los que pasaban me miraban asombrados. Me puse a pensar.

¡Dios mío, en qué estado me hallaba! Estaba tan harto y cansado de esa miserable vida que no veía sentido a seguir luchando para conservarla. Los contratiempos me habían vencido, habían sido demasiado terribles; estaba completamente destrozado; era una sombra de lo que había sido antaño. Mis hombros se habían hundido, y había adquirido la costumbre de andar encorvado con el fin de ahorrar a mi pecho los esfuerzos innecesarios. Unos días antes, a mediodía, en mi habitación, había examinado mi cuerpo y llorado por él. Hacía muchas semanas que llevaba la misma camisa, estaba tiesa de sudor viejo y me había despellejado el ombligo. De la herida salía una especie de agüilla mezclada con sangre; no me dolía, pero era muy triste tener esa herida en medio del vientre. No tenía con qué curarla y no se cerraba por su cuenta; la lavaba, la secaba cuidadosamente, y volvía a ponerme la vieja camisa. Era todo lo que podía hacer…

Pienso en todo esto mientras estoy sentado en el banco y me siento bastante afligido. Me doy asco a mí mismo; incluso mis manos me parecen repugnantes. Ese aspecto flácido e impúdico del dorso de mis manos me atormenta, me causa malestar; me siento brutalmente afectado al ver mis esqueléticos dedos, odio mi cuerpo delgado y me estremezco por arrastrarlo conmigo, por sentirlo a mi alrededor. ¡Ojalá hubiera una manera de poner fin a todo esto! Deseaba tanto morir….

Presa de abatimiento, mezquino y envilecido ante mi propia conciencia, me levanté mecánicamente y comencé a andar hacia mi casa. En el camino pasé por una puerta en la que ponía: «Mortajas en casa de la señorita Andersen, a la derecha en el patio». ¡Viejos recuerdos!, dije, acordándome de mi antigua habitación en Hammersborg, de aquella pequeña mecedora, del empapelado de papel de periódico junto a la puerta, del edicto del director general de Faros y del pan fresco del panadero Fabian Olsen. Entonces estaba mucho mejor que ahora; una noche había escrito un folletín por diez coronas, ahora ya no podía escribir, no podía escribir nada, mi cabeza se quedaba hueca en cuanto lo intentaba. ¡Sí, quería acabarlo todo ya de una vez! Y seguí andando.

A medida que me iba acercando a la tienda de comestibles tenía la vaga sensación de estarme aproximando a un peligro; a pesar de ello seguí con mi propósito, quería entregarme. Subo tranquilamente la escalera; en la puerta me encuentro con una niña que lleva una taza en la mano, la dejo pasar y cierro la puerta. El dependiente y yo nos encontramos de nuevo solos frente a frente.

¡Qué tiempo tan desagradable!, dice.

¿Por qué se andaba con rodeos? ¿Por qué no se abalanzaba sobre mí de una vez? Me enfureció y exclamé:

No he venido para hablar del tiempo.

Mi vehemencia le asombra, su pequeño cerebro de vendedor le falla; no se había dado cuenta de que le estafé cinco coronas.

¿No sabe usted que lo engañé?, digo con impaciencia. Respiro con gran dificultad, tiemblo, estoy dispuesto a llegar a las manos si el hombre no va al grano.

Pero el pobre no tiene idea de nada.

¡Dios mío, con qué gente tan estúpida estaba uno condenado a tratar! Lo insulto, le explico con todo detalle cómo se desarrollaron los hechos, le muestro dónde estaba yo y dónde estaba él en el momento de cometerse el acto, dónde estaba el dinero, cómo lo cogí y cerré la mano a continuación. Él lo entiende todo y sin embargo no me hace nada. Va de un lado a otro, presta atención a unos pasos que se oyen en la habitación contigua, me hace señas para que hable más bajo y por fin dice:

¡Estuvo muy mal por su parte! ¡Espere un momento!, grité, deseoso de contradecirle y provocarlo. No se imaginaría que era tan vil e infame como él, con su pobre cabeza de vendedor de comestibles. Naturalmente no me había quedado con el dinero, no se me había pasado por la cabeza; no quería sacar ningún provecho de él, eso iba en contra de mi honrada naturaleza…

¿Qué hizo con el dinero entonces?

Se lo di a una pobre anciana, hasta el último øre. Yo no era de esa clase de personas que se olvidan de los pobres…

Se queda un instante pensando en lo que acabo de decir, preguntándose, obviamente, si es verdad que soy una persona honrada. Por fin dice:

¿No habría sido más justo que hubiera devuelto el dinero?

Escuche, contesto con descaro, no quise ponerlo en un aprieto, quería protegerlo. Pero ya veo cómo le agradecen a uno su generosidad. Aquí estoy, explicándoselo todo, y usted no se avergüenza como un perro, no; no se dispone a hacer absolutamente nada para liquidar este asunto, razón por la cual me lavo las manos. ¡Váyase al diablo! ¡Adiós!

Y me marché dando un portazo.

Pero al llegar al triste agujero de mi habitación, empapado por los blandos copos de nieve, con las rodillas temblorosas después de tan larga caminata, me desinflé inmediatamente y me derrumbé de nuevo. Me arrepentí de mi ataque al pobre tendero; lloré, agarrándome del cuello para castigarme por mi infame comportamiento, y me armé un gran escándalo. Al hombre le debió de entrar tanto miedo a perder su empleo que no se atrevió a decir nada sobre las cinco coronas que la tienda había perdido. Y yo me había aprovechado de su miedo, lo había atormentado con mis palabras y mis gritos, lo había lacerado con cada palabra que le había escupido. Y tal vez su jefe estaba sentado en la habitación de al lado, a punto de salir a ver lo que estaba pasando en la tienda. ¡Mi capacidad para cometer infamias no tenía límites!

Bueno, ¿pero por qué no me habían detenido? Así habría encontrado un final. Prácticamente había tendido mis manos hacia las esposas. No habría ofrecido ninguna resistencia; al contrario, lo habría facilitado todo. ¡Ah, Señor del Cielo y de la Tierra, un día de mi vida por un solo segundo de felicidad! ¡Mi vida entera por un plato de lentejas! ¡Escúchame sólo esta vez!

Me acosté con la ropa mojada; tenía la vaga idea de que probablemente moriría esa noche, y empleé mis últimas fuerzas en ordenar un poco mi cama para que mi entorno presentara un aspecto decoroso a la mañana siguiente. Entrelacé las manos y elegí una postura.

Y de repente me acuerdo de Ylayali. ¡Cómo podía haberme olvidado de ella durante toda la noche! Y una débil luz vuelve a penetrar en mi espíritu, un pequeño rayo de sol que me proporciona un bendito calor. Y luego hay más sol, una suave y fina luz de seda que me roza, maravillosa y melancólica. Y el sol calienta cada vez más, me abrasa las sienes, hierve, pesado y candente, en mi enflaquecido cerebro. Y al final veo arder ante mis ojos una enloquecida hoguera de rayos, un cielo y una tierra encendidos, gentes y animales de fuego, montañas de fuego, diablos de fuego, un abismo, un desierto, un universo en llamas, un humeante juicio final.

Y no vi ni oí nada más…

Al día siguiente me desperté bañado en sudor, con todo el cuerpo empapado; la fiebre me había atacado violentamente. Al principio no tenía conciencia clara de lo que me había sucedido, miré a mi alrededor con extrañeza, tuve la sensación de haber sido cambiado por otro, no me reconocía. Me toqué los brazos y las piernas, y observé asombrado que la ventana estaba en esa pared y no en la de enfrente y oía piafar a los caballos abajo en el patio como si el ruido procediera de arriba. También sentía náuseas.

El pelo, mojado y frío, se me pegaba en la frente; me incorporé sobre un codo y miré la almohada: también sobre ella había pequeños mechones de pelo mojado. Durante la noche se me habían hinchado los pies dentro de los zapatos; no me dolían, pero apenas podía mover los dedos.

Ya por la tarde, cuando empezó a oscurecer, me levanté de la cama y me puse a pasear por la habitación. Probé a dar pequeños y prudentes pasos, cuidando de mantener el equilibrio para no sobrecargar los pies. No sufría mucho, y no lloraba; bien mirado, no estaba nada triste; al contrario, me sentía muy satisfecho; no se me ocurría que nada pudiera ser diferente a como era.

Luego salí a la calle.

Lo único que me molestaba un poco era el hambre, y eso a pesar de las náuseas que sentía al ver la comida. Volví a tener unas escandalosas ganas de comer, un voraz apetito interior que aumentaba por momentos. Me roía despiadadamente las entrañas, con una insistencia silenciosa y singular. Era como si una veintena de minúsculos animalitos ladearan la cabeza para roer un poquito por un lado y luego se volvieran hacia al otro lado y royeran otro poco, para después quedarse quietos un rato y empezar de nuevo, penetrando sin ruido y sin prisa, y dejando trechos vacíos por donde avanzaban…

No estaba enfermo, sino agotado, y comencé a sudar. Pensé en acercarme a Stortorvet para descansar un poco en un banco, pero el camino era largo y pesado; finalmente me encontraba casi al lado, en el cruce de la plaza con Storgaten. El sudor se me metía en los ojos, me empañaba las gafas y me cegaba. Me detuve un instante para secarme un poco. No me fijé en dónde me había parado, no reparé en ello. Me rodeaba un gran alboroto.

De repente se oye un grito, un aviso frío y agudo. Oigo ese grito, lo oigo muy bien, y me aparto nervioso hacia un lado, doy un paso tan rápidamente como me lo permiten mis doloridas piernas. Un monstruoso carro de panadero me pasa tan cerca que me roza la chaqueta con la rueda: si me hubiera dado un poco más de prisa lo habría evitado. Si me hubiera esforzado algo más, quizá podría haber sido más rápido; pero ya no tenía remedio, sentía dolor en un pie, el carro me había aplastado un par de dedos; tenía la sensación de que se habían arrugado dentro del zapato.

El cochero detiene con todas sus fuerzas a los caballos, se vuelve en su asiento y me pregunta aterrado si me ha pasado algo. Bueno, podía haber sido mucho peor… no era nada grave… no creo haberme roto nada… No se preocupe…

Me acerqué a un banco lo más rápidamente que pude; me resultaba muy embarazoso que todo el mundo se parara a mirarme. En realidad no había sido un golpe mortal, había tenido bastante suerte dentro de lo que cabía. Lo peor de todo era que mi zapato estaba tan aplastado que se le había arrancado la suela de la punta. Levanté el pie y vi que estaba sangrando. Bueno, no había habido mala voluntad por ninguna de las partes, ese hombre no había tenido la intención de empeorar aún más mi situación; parecía muy asustado. Si le hubiera pedido un panecillo del carro hasta puede que me lo hubiese dado. Creo que me lo habría dado gustosamente. ¡Que Dios lo recompense por ello allá donde vaya!

El hambre me atormentaba terriblemente y no sabía qué hacer con mi voraz apetito. Me retorcía en el banco y apoyé el pecho en las rodillas. Cuando oscureció me puse a andar lentamente hacia el Ayuntamiento. Sólo Dios sabe cómo logré llegar hasta allí. Me senté en el borde de la balaustrada, me arranqué uno de los bolsillos de la chaqueta y comencé a masticarlo, por cierto, sin propósito alguno, con aire sombrío, con los ojos clavados en el infinito sin ver nada. Oía a algunos niños jugar a mi alrededor y mi intuición me decía cuándo pasaba delante de mí alguna persona; aparte de eso no observé nada.

De repente se me ocurre bajar a uno de los puestos del mercado en busca de un trozo de carne cruda. Me levanto y paso por encima de la balaustrada, voy hasta el extremo opuesto del tejado del mercado y bajo. Cuando estaba cerca del puesto de carne me puse a gritar al pie de la escalera, haciendo un gesto amenazador, como si hablara a un perro que estuviera arriba, y me dirigí descaradamente al primer carnicero con el que me topé.

¡Por favor, deme un hueso para mi perro!, dije. Sólo un hueso; no tiene por qué tener nada de carne; es para que tenga algo que llevarse a la boca.

Me dio un hueso, un precioso hueso en el que aún quedaban restos de carne, que escondí bajo la chaqueta. Le di las gracias tan efusivamente que el hombre me miró asombrado.

No hay de qué, dijo.

Claro que sí, murmuré, ha sido muy amable por su parte.

Y volví a subir. El corazón me latía con fuerza.

Me interné tanto como pude en Smedgangen, y me detuve delante de una destartalada verja que daba a un patio trasero. No se veía luz por ningún sitio, estaba rodeado por una bendita oscuridad; me puse a roer el hueso.

No sabía a nada, pero desprendía un olor tan nauseabundo a sangre vieja que me hizo vomitar en seguida. Volví a intentarlo; si pudiera llegar a digerirlo surtiría efecto; lo importante era conseguir que se quedara en el estómago. Pero volví a vomitar. Me enfurecí, di furiosos mordiscos a la carne, arranqué un trozo pequeño y me lo tragué a la fuerza. Tampoco sirvió de nada; en cuanto los pedazos de carne se calentaban en mi estómago ascendían de nuevo. Apreté los puños, eché a llorar de desesperación y roía como enloquecido; lloré tanto que el hueso se mojó con mis lágrimas; vomitaba, blasfemaba y volvía a roer, lloraba como si mi corazón estuviera a punto de estallar y vomitaba de nuevo. Y en voz alta maldecía a todos los poderes del mundo y los condenaba a los tormentos eternos.

Silencio. Ni una persona en las cercanías, ni una luz, ni un ruido. Me encuentro en un excitadísimo estado emocional, suspiro pesada y ruidosamente y lloro hasta desgañitarme cada vez que tengo que vomitar esas migajas de carne que tal vez hubieran podido saciar parte de mi hambre. Al darme cuenta de que a pesar de todos mis esfuerzos no sirve para nada, lanzo el hueso contra la verja. Lleno de impotente odio, fuera de mí de ira, grito y dirijo amenazas contra el cielo, afónico y entre dientes pronuncio el nombre de Dios, doblando mis dedos como si fueran garras… Te lo digo a Ti, sagrado Baal del cielo, no existes, pero si existieras te maldeciría de tal manera que tu cielo temblaría con el fuego del infierno. Te he ofrecido mis servicios y Tú los has rechazado, me has repudiado y te doy la espalda para siempre porque no supiste aprovechar el momento. Sé que voy a morir y sin embargo te insulto, a Ti, Apis celestial, con la muerte en los dientes. Has empleado la fuerza contra mí, ¿acaso no sabes que nunca me doblego ante la adversidad?, ¿no deberías saber eso? ¿Estabas dormido cuando creaste mi corazón? Mi vida entera y cada gota de mi sangre se alegran de insultarte y de escupir sobre tu gracia. A partir de este momento renunciaré a todo lo que has hecho y a todo lo que eres, maldeciré a mi pensamiento si vuelve a pensar en Ti, y me arrancaré los labios si vuelven a mencionar tu nombre. Si existes te digo la última palabra en la vida y en la muerte: adiós. Y luego me callo, te doy la espalda y me marcho…

Silencio.

Tiemblo de excitación y de agotamiento, sigo en el mismo sitio, susurrando todavía maldiciones e insultos, gimiendo tras el intenso llanto, agotado y abatido después de mi frenético acceso de ira. ¡Ah, no era más que palabrería, pura literatura con la que procuraba esmerarme aun en medio de mi miseria, un puro y simple discurso! Permanezco allí, agarrado a la verja, una media hora, sollozando y susurrando. Entonces oigo voces, una conversación entre dos hombres que han entrado en Smedgangen. Me aparto de la verja, me arrastro a lo largo de las casas, y salgo de nuevo a calles iluminadas. Bajando lentamente por Youngsbakken, mi cerebro comienza de repente a actuar en una dirección sumamente singular. Me da por pensar que esas casuchas miserables del extremo de la plaza, los puestos de materiales y los cobertizos de los ropavejeros, eran una vergüenza para aquel lugar. ¡Deslucían toda la plaza, manchaban la ciudad, qué asco, fuera la fealdad! Iba calculando lo que costaría trasladar hasta allí el Servicio Cartográfico, ese hermoso edificio, que tanto me llamaba la atención cada vez que pasaba junto a él. Probablemente no sería posible trasladarlo por menos de setenta o setenta y dos mil coronas, una bonita suma, un buen dinerillo, je, je, je, para empezar. Y asentí con mi cabeza vacía y admití que sí era un buen dinerillo para empezar. Todo mi cuerpo seguía temblando y todavía gimoteaba profundamente tras el llanto.

Tenía la sensación de que no me quedaba mucho tiempo de vida, de que, en realidad, estaba en las últimas. Y para ser sincero me era bastante indiferente, no me preocupaba en absoluto. Me dirigí hacia los muelles, alejándome cada vez más de mi habitación. Con la misma indiferencia me podría haber tumbado en la calle para morir. Los sufrimientos me dejaban cada vez más insensible; el pie dolorido me daba pinchazos, tenía incluso la impresión de que el dolor estaba subiendo por toda la pierna, pero ni eso me importaba gran cosa. Había soportado sensaciones peores.

Llegué al muelle del ferrocarril. No había ningún tránsito, ningún ruido, sólo se veía alguna persona que otra, estibador o marinero, paseándose con las manos en los bolsillos. Me fijé en un hombre cojo que me miró con insistencia y de reojo en el momento de cruzarnos. Lo detuve instintivamente, me descubrí y le pregunté si sabía cuándo zarpaba el Nonnen. Luego no resistí la tentación de hacer un chasquido con los dedos ante los ojos del hombre y decir: Diantres, Nonnen, sí, Nonnen. Me había olvidado por completo de ese barco. Pero supongo que, no obstante, su recuerdo había estado adormecido inconscientemente en mi interior, lo llevaba dentro sin saberlo.

Pues sí, el Nonnen había zarpado.

¿Y no sabría a dónde se dirigía?

El hombre se queda pensando, apoyándose sobre la pierna más larga y dejando colgar la más corta.

No, dice. ¿Sabe usted qué cargamento llevaba?

No, contesto yo.

Pero ya me había olvidado de Nonnen, y pregunté al hombre qué distancia podría haber hasta Holmestrand, calculada en viejas millas geográficas.

¿A Holmestrand? Supongo que…

¿O a Veblungsnes?

Como le decía, supongo que hasta Holmestrand…

Oiga, ahora que me acuerdo, volví a interrumpirlo, ¿tendría usted la bondad de darme un trocito de tabaco, nada más que un trocito?

Me dio el tabaco, le di efusivamente las gracias y me marché. No hice uso del tabaco, me limité a guardarlo en el bolsillo. El hombre seguía observándome, tal vez había despertado sus sospechas de uno u otro modo; dondequiera que fuera me seguía siempre esa mirada de sospecha y no me gustaba nada saberme perseguido por ese ser. Me vuelvo hacia él, me acerco de nuevo a rastras, lo miro y digo:

Guarnecedor de calzado.

Sólo estas palabras: guarnecedor de calzado. Eso fue todo. Lo miro fijamente mientras las pronuncio. Tuve la sensación de que mi mirada era terrible, como si lo mirara desde otro mundo. Y después de pronunciar estas palabras me quedo inmóvil por un instante. Luego me dirijo lentamente a Jenibanetorvet. El hombre no decía nada, sólo me observaba.

¿Guarnecedor de calzado? Me detuve en seco. Ah sí, ésa era la sensación que había tenido desde el principio: me había encontrado con ese inválido antes. En Grænsen, una luminosa mañana en la que yo había empeñado mi chaleco. Me pareció que desde aquel día había transcurrido una eternidad.

Mientras pensaba en todo esto –apoyado contra la pared de una casa que hacía esquina entre la plaza y Havnegaten– me estremezco de repente e intento alejarme. Al no conseguirlo miro fijamente hacia adelante y me trago la vergüenza; no hay otro remedio, pues me encuentro cara a cara con el Comodoro.

Decido mostrarme descarado; incluso salgo de mi escondite junto a la pared para que me vea. No lo hago para despertar su compasión, sino para burlarme de mí mismo, para ponerme en ridículo; podría haberme tirado en la calle rogándole que me pisoteara, que me aplastara la cara. Ni siquiera le doy las buenas noches.

Quizá el Comodoro sospechó que me pasaba algo, ya que aflojó el paso, y para detenerlo digo:

Debería haber ido a entregarle algo, pero aún no he podido.

¿Ah, sí?, contesta interrogante. ¿No lo ha terminado?

No, no he podido terminarlo.

De repente se me humedecen los ojos ante la amabilidad del Comodoro, toso y carraspeo violentamente con el fin de hacerme el fuerte. El Comodoro sopla una vez por la nariz y se me queda mirando.

¿Y tiene usted de qué vivir entretanto?, pregunta.

No, contesto, no tengo nada. Aún no he comido hoy, pero…

¡Dios se apiade de usted! ¡No puede morir de hambre!, dice, llevándose la mano al bolsillo.

El sentimiento de la vergüenza se despierta en mí; de nuevo me acerco tambaleándome a la pared, me apoyo en ella y me quedo mirando al Comodoro buscar en su monedero, sin decir nada. Me tiende un billete de diez coronas. No le da ninguna importancia, se limita a darme diez coronas, repitiendo que no tiene sentido que muera de hambre.

Protesto tartamudeando y no cojo el billete inmediatamente: me daba mucha vergüenza… era demasiado…

¡Dese prisa!, dice mirando el reloj. Estaba esperando el tren y ahí llega.

Cogí el dinero. La alegría me paralizaba y no pude decir nada más; ni siquiera le di las gracias.

No se atormente por ello, dice por fin el Comodoro, no merece la pena. Siempre podrá usted escribir algo a cambio.

Y se marchó.

Cuando se hubo alejado unos pasos me acordé de repente de que no le había dado las gracias por su ayuda. Intenté alcanzarlo, pero no conseguí correr lo suficiente, las piernas me fallaban y estuve en varias ocasiones a punto de caerme de bruces. Se alejaba cada vez más. Desistí del intento, pensé en llamarlo, pero no me atreví, y cuando por fin hice de tripas corazón y lo llamé una, dos veces, ya estaba demasiado lejos y mi voz era demasiado débil.

Permanecí en la acera, siguiéndolo con la mirada y llorando en silencio. ¡En mi vida he visto algo semejante!, me dije; ¡me ha dado diez coronas! Volví a donde él había estado e imité todos sus gestos. Puse el billete delante de mis ojos humedecidos, lo miré por ambos lados y empecé a jurar y perjurar que lo que tenía en la mano era real: un billete de diez coronas.

Al cabo de un rato —quizá al cabo de mucho rato, pues todo estaba muy silencioso a mi alrededor— me encontraba, curiosamente, delante del número 11 de Tomtegaten. Allí engañé en una ocasión a un cochero que me había llevado hasta ese lugar, allí me había bajado y atravesado una casa sin que nadie se diera cuenta. Después de reparar extrañado en ese hecho por un instante, entré en el portal por segunda vez, hasta «Comida y cama para viajeros». Pedí alojamiento y me proporcionaron inmediatamente una cama.

Martes.

Sol y calma, un día espléndido y luminoso. La nieve había desaparecido; por todas partes había vida, luz, rostros alegres, risas y sonrisas. De las fuentes brotaban los rayos de agua formando arcos, dorados por el sol, azulados por el azul del cielo…

A la hora de comer salí de la pensión de Tomtegaten, donde seguía hospedándome y donde podía vivir bien gracias al billete de diez coronas del Comodoro. Fui al centro. Mi estado de ánimo era inmejorable y me paseé toda la tarde por las calles más transitadas mirando a la gente. Antes de las siete di una vuelta por St. Olavs plass y miré de reojo hacia las ventanas del número 2. ¡Faltaba una hora para verla! Todo el tiempo sentía una ligera y deliciosa angustia. ¿Qué sucedería? ¿Qué se me ocurriría decirle cuando bajara por la escalera? ¿Buenas noches, señorita? ¿O debería simplemente sonreír? Opté por la sonrisa. Naturalmente, le haría una profunda reverencia.

Me marché de allí a escondidas, un poco avergonzado por haber acudido tan pronto; vagué por Karl Johan durante un rato sin perder de vista el reloj de la Universidad. Cuando dieron las ocho subí de nuevo por Universitetsgaten. De camino se me ocurrió que quizá iba con unos minutos de retraso, de modo que aceleré el paso todo lo que pude. Seguía teniendo el pie muy dolorido; por lo demás, no sentía ninguna molestia.

Me coloqué junto a la fuente y respiré; estuve un buen rato mirando las ventanas del número 2; ella no acababa de llegar. Bueno, esperaría, no tenía ninguna prisa; puede que hubiera sufrido algún contratiempo. Y seguí esperando. ¿No lo habría soñado todo? ¿No habría sido mi primer encuentro con ella una fantasía de aquella noche febril? Perplejo, empecé a estudiar esa posibilidad y no me sentía nada seguro.

¡Ejem!, oí a mis espaldas.

Oí ese carraspeo y también unos pasos ligeros cerca de mí; pero no me volví, seguí con la mirada clavada en la gran escalera que tenía enfrente.

¡Buenas noches!, dice alguien.

Me olvido de sonreír, ni siquiera me llevo en seguida la mano al sombrero, tan asombrado estoy al verla llegar por el otro lado.

¿Lleva mucho tiempo esperando?, pregunta, con la respiración algo acelerada tras la caminata.

Nada en absoluto, he llegado hace muy poco, contesté. Y además, ¿qué habría importado si hubiera tenido que esperar más? Por cierto, pensaba que vendría por el otro lado.

He acompañado a mi madre a casa de unos amigos; va a pasar la tarde con ellos.

¡Ah, sí!, dije.

Habíamos empezado a andar. Un policía nos mira desde la esquina de la calle.

¿Pero a dónde nos dirigimos?, dice ella deteniéndose.

Adonde usted quiera, sólo adonde usted quiera.

Bueno, pero resulta muy aburrido tener que decidirlo yo sola.

Pausa.

Y yo digo, sólo por decir algo:

No hay luz en sus ventanas.

¡Sí, sí!, contesta animada. También la criada tiene la tarde libre. Estoy completamente sola en casa.

Nos quedamos mirando hacia las ventanas del número 2, como si ninguno de nosotros las hubiéramos visto antes.

Tal vez podríamos subir a su casa, digo. Me quedaré todo el tiempo sentado junto a la puerta si usted quiere…

Temblaba de emoción y me arrepentí profundamente de haber sido tan descarado. ¿Y si se sintiera ofendida y se marchara? ¿Y si no volviera a verla jamás? ¡Ah, ese miserable traje mío! Aguardaba desesperado su respuesta.

No tiene que quedarse sentado junto a la puerta, dice ella.

Y subimos.

En el pasillo, que estaba oscuro, me cogió de la mano para guiarme. Me dijo que no tenía por qué estar tan callado. Podía hablar si me apetecía. Entramos. Mientras ella encendía la luz —no encendió una lámpara, sino una vela— dijo con una risita:

Ahora no debe mirarme. ¡Qué vergüenza me da! Jamás lo volveré a hacer.

¿Qué es lo que no volverá a hacer jamás?

Jamás… oh, no… Dios me proteja… jamás volveré a besarlo.

¿Ah, no?, dije, y nos reímos los dos. Tendí mis brazos hacia ella, y los esquivó, huyó hacia el otro lado de la mesa. Nos quedamos mirándonos un instante, la vela estaba entre ambos.

Entonces comenzó a soltarse el velo y a quitarse el sombrero; mientras tanto, sus ojos juguetones estaban clavados en mí, vigilando mis movimientos para que no la atrapara. Volví a atacar de nuevo, resbalé en la alfombra y me caí; mi pie dolorido se negaba a sostenerme más. Me levanté sumamente avergonzado.

¡Dios mío, qué colorado se ha puesto!, dijo ella. ¿Tan torpe es?

Sí.

Y de nuevo comenzamos a corretear por la habitación.

Me parece que cojea.

Sí, tal vez cojeo un poco, pero sólo un poco.

La última vez tenía usted un dedo dolorido; ahora un pie. Por lo que veo tiene usted muchos males.

Me atropellaron hace unos días.

¿Lo atropellaron? ¿Otra vez ebrio? ¡Dios mío, qué vida lleva usted, joven! Me amenazó con el dedo índice fingiendo ponerse seria. ¡Sentémonos pues!, dijo. No, junto a la puerta no; es usted demasiado tímido; aquí dentro; usted allí y yo aquí, así… ¡Qué aburrida resulta la gente tímida! Con gente así una tiene que decirlo y hacerlo todo, no recibe ayuda alguna. Ahora por ejemplo, podría usted poner la mano sobre el respaldo de mi silla; bien se le podría haber ocurrido a usted solo, ¿no le parece? Porque cuando lo digo yo, pone una cara como si no acabara de creerme. Sí, es verdad, lo he observado varias veces, lo está haciendo ahora mismo. Pero a mí no va a hacerme creer que es tan tímido como parece, lo he visto fanfarronear. Fue usted bastante descarado aquel día en que estaba borracho y me siguió hasta mi casa molestándome con sus genialidades: ¡Se le está cayendo su libro, señorita! ¡Se le está cayendo su libro, señorita! Ja, ja, ja, ja! ¡Muy feo! Aquello estuvo muy feo por su parte.

Yo la miraba perdido. Mi corazón latía violentamente, la sangre ardía en mis venas. ¡Qué sensación tan placentera la de estar sentado en un hogar de seres humanos, oyendo el tictac de un reloj y hablando con una joven en lugar de con uno mismo!

¿Por qué no dice nada?

¡Qué encantadora es usted!, exclamé. En este momento me siento fascinado por usted, completamente fascinado. No puedo remediarlo. ¡Es usted el ser humano más asombroso que…! A veces sus ojos brillan tanto que… nunca he visto nada semejante, parecen flores. ¿Cómo? No, no, tal vez no, flores tampoco… Estoy perdidamente enamorado de usted, y no puedo remediarlo. ¿Cómo se llama? Tiene que decirme cómo se llama…

¿Y usted, cómo se llama usted? ¡Dios mío, casi se me olvida otra vez! Durante todo el día de ayer estuve pensando que debía preguntárselo. Bueno, no todo el día, no estuve pensando en usted durante todo el día.

¿Sabe qué nombre le he dado yo? Ylayali. ¿Qué le parece? Suena tan melodioso…

¿Ylayali?

Sí.

¿Es un nombre extranjero?

Hum. No, tampoco.

Bueno, no es feo.

Tras largas negociaciones nos dijimos nuestros nombres. Ella se sentó junto a mí en el sofá y empujó la silla con el pie. De nuevo comenzamos a conversar.

Esta noche se ha afeitado, dijo. Tiene en general mejor aspecto que la otra vez, pero sólo un poco mejor, no se vaya a imaginar… Qué malvado fue usted la otra vez. Y encima llevaba ese horrible trapo en el dedo. Y en ese estado insistía en querer entrar conmigo en algún sitio para tomar una copa de vino. Gracias, pero no.

¿Entonces era mi aspecto miserable la razón por la que no quiso ir conmigo?, pregunté.

No, contestó y bajó la mirada. ¡Dios sabe que ésa no fue la razón! Ni siquiera pensé en eso.

Oiga, le dije, parece que usted piensa, equivocadamente, que yo puedo vestir y vivir como deseo. Pero no puedo, soy muy, muy pobre.

Ella me miró.

¿Es usted pobre?, preguntó.

Sí, lo soy.

Pausa.

¡Oh, Dios, yo también lo soy!, exclamó con un intrépido movimiento de cabeza.

Cada una de sus palabras me embriagaba, penetraba en mi corazón como gotas de vino, aunque obviamente era una joven normal y corriente de Christiania, con su jerga, sus pequeñas audacias y su parloteo. Me encantaba esa costumbre que tenía de ladear ligeramente la cabeza para escucharme cuando yo decía algo. Y notaba su aliento junto a mi cara.

Sabe usted, dije, que… Pero no se enfade… Anoche, cuando me acosté, coloqué mi brazo para usted… así… como si usted estuviera recostada en él. Y entonces me dormí.

¿Ah, sí? ¡Qué bonito! Pausa. Pero esas cosas sólo puede usted hacerlas en la distancia; porque si no…

¿No me cree capaz de poder hacerlo si no?

No, no lo creo capaz.

De mí puede usted esperar cualquier cosa, dije pavoneándome. Y le rodeé la cintura con el brazo.

¿Ah, sí?

Me irritaba y me molestaba que me tuviera por un hombre tan decente; me armé de valor, hice de tripas corazón y le cogí la mano. Pero ella la retiró tranquilamente y se alejó un poco de mí, lo que acabó de nuevo con mi valor. Me sentí avergonzado y miré hacia la ventana. ¡Pero si yo era un ser miserable! ¡No debería hacerme ilusiones! Habría sido distinto si la hubiera conocido cuando aún tenía aspecto de ser humano, en mi época de apogeo, cuando aún me quedaba algún recurso. Y de repente me sentí muy deprimido.

¿Lo ve?, dijo, se le puede trastornar con un leve fruncimiento de cejas, desconcertarlo con sólo separarme un poco de usted… Se reía con aire burlón, con los ojos cerrados, como si tampoco ella aguantara mi mirada.

¡Pero bueno!, exclamé, ¡ahora verá! Y la rodeé vehementemente con mis brazos. ¿Estaba loca? ¿Me tomaba por un novato? Se iba a enterar… Nadie diría de mí que me quedaba atrás en esos menesteres. ¡Qué demonio de mujer! Había que seguir insistiendo…

¡Pero si yo no servía para nada!

Estaba muy quieta, seguía con los ojos cerrados; ninguno de los dos decíamos nada. La estreché con fuerza contra mí, apreté su cuerpo contra mi pecho y no dijo nada. Podía oír los latidos de nuestros corazones, los de ella y los míos; sonaban como golpes de cascos.

La besé.

Ya no sabía lo que hacía, dije alguna tontería que le hizo reír, susurraba tiernas palabras junto a su boca, le acariciaba la mejilla, la besaba una y otra vez. Desabroché uno o dos botones de su corpiño y vislumbré sus senos, senos blancos y redondos, que asomaban por encima de la tela de hilo como dos dulces maravillas.

¡Déjeme ver!, digo, intentando desabrochar más botones para agrandar la abertura; pero estoy demasiado emocionado, no puedo con los últimos, donde, además, me frena su cintura. Déjeme ver sólo un poco…, nada más que un poco…

Rodea mi cuello con un brazo lenta y tiernamente; el aliento que emana de su nariz, sonrosada y vibrante, me roza la cara; con la otra mano, empieza a desabrocharse uno a uno los botones. Se ríe avergonzada con una risa breve, a la vez que me mira varias veces para ver si noto que está asustada. Desata las cintas, se desabrocha el corsé, está encantada y asustada. Y mis toscas manos juegan con botones y cintas…

Para desviar mi atención de lo que está haciendo me acaricia el hombro con la mano izquierda y dice:

¡Cómo se le cae el pelo!

Sí, contesto, intentando acercar la boca a su pecho. En ese momento está tumbada con el vestido completamente abierto. De repente parece recapacitar, como si pensara que había ido demasiado lejos; se vuelve a cubrir y se incorpora un poco. Y para ocultar la turbación que le causa el vestido abierto, empieza a hablar de nuevo de la gran cantidad de cabellos que había sobre mis hombros.

¿Por qué se le cae tanto el pelo?

No lo sé.

Bebe usted demasiado, y tal vez… ¡No, no voy a decirlo! ¡Debería darle vergüenza! ¡Nunca lo hubiera creído de usted!

¡Tan joven y ya se le cae el pelo…! Y ahora va a hacer el favor de contarme qué clase de vida lleva. ¡Estoy segura de que es horrible! ¡Quiero que me diga la verdad!, ¿sabe?, ¡nada de evasivas! Si intenta ocultarme algo me daré cuenta en seguida. ¡Vamos, empiece ya! ¡Ah, qué cansado me sentía! ¡Cuánto me hubiera gustado permanecer contemplándola tranquilamente en lugar de tener que fingir y esforzarme con tantas tentativas! De nada servía, me había convertido en una piltrafa.

¡Empiece de una vez!, dijo.

Aproveché la ocasión y le conté todo, la pura verdad. No me extendí en lo malo, no era mi intención despertar su compasión; incluso le dije que una tarde me apropié de cinco coronas.

Me escuchaba boquiabierta, pálida, asustada, con los ojos brillantes de emoción. Quise reparar el mal, disipar la triste impresión que le había causado y dije:

Todo eso ya se acabó; no puede volver a suceder; ahora ya estoy a salvo…

Pero ella parecía muy abatida. ¡Dios me asista!, era lo único que decía, luego callaba. Repetía esa frase a cortos intervalos y volvía a callarse. ¡Dios me asista!

Empecé a bromear, le hice cosquillas en el costado, la estreché contra mí. Había vuelto a abrocharse el vestido, lo cual me irritó. ¿Por qué tenía que abrocharse el vestido? ¿Acaso tenía ya menos valor para ella sólo porque la caída de mi cabello estaba relacionada con mi desordenada vida? ¿Me habría tenido en más estima si me hubiera convertido en un crápula?… ¡Sandeces! ¡Había que luchar! Y si se trataba de luchar, yo era el hombre idóneo…

Me vi obligado a intentarlo de nuevo.

La tumbé, sencillamente la tumbé en el sofá. Se resistió, bastante poco, por cierto, y pareció asombrada.

No… ¿pero qué quiere?

¿Que qué quiero?

No… pero no…

Sí, sí…

¡Que no!, gritó. Y añadió estas hirientes palabras: Creo que está usted loco.

Me detuve un instante y dije:

¡No lo dice en serio!

Claro que sí, tiene una expresión muy extraña. Y aquella mañana que me siguió, ¿no estaba borracho?

No, y tampoco tenía hambre, justamente acababa de comer.

Peor aún.

¿Hubiera preferido que estuviera borracho?

Sí… ¡Oh, me da usted miedo! ¡Dios mío! ¡Déjeme ya de una vez!…

Reflexioné un instante. No, no podía soltarla, perdería demasiado si lo hacía. ¡Nada de tonterías sobre ese sofá a la hora del crepúsculo! ¡Evasivas típicas de tales situaciones! ¡Como si yo no supiera que no eran más que evasivas! ¡No! ¡No era tan novato! ¡Quieta! Basta de tonterías.

Se resistía con una singular energía, demasiada energía para tratarse simplemente de evasivas. Sin querer, di un empujón a la vela, que se cayó y se apagó. Ella seguía resistiéndose desesperadamente y lanzó un pequeño gemido.

No, no, eso no. ¡Si quiere, puede besarme los senos! ¡Por favor, por favor!

Me detuve al instante. Sus palabras sonaban tan asustadas, tan desamparadas, que me sentí de pronto completamente abatido. ¿Tenía la intención de compensarme dejándome que le besara los senos? ¡Qué hermoso, qué hermoso y qué ingenuo! Podría haber caído de rodillas ante ella.

¡Pero Dios mío!, dije totalmente confundido, no entiendo…. de verdad, no entiendo qué clase de juego es éste…

Ella se levantó y volvió a encender la vela con manos temblorosas; yo permanecía sentado en el sofá sin hacer nada. ¿Qué sucedería ahora? En realidad, me sentía muy incómodo.

Ella miró la pared, miró el reloj, y se estremeció.

¡La criada está a punto de llegar!, dijo. Fueron sus primeras palabras.

Capté su insinuación y me levanté. Cogió su abrigo, como si tuviera la intención de ponérselo, pero reflexionó, lo dejó donde estaba y se acercó a la chimenea. Se había puesto pálida y parecía muy nerviosa. Con el fin de que no diera la impresión de que me estaba echando de su casa, dije:

¿Era militar su padre?

Sí, era militar. ¿Cómo lo sabe?

No lo sabía, simplemente se me ocurrió.

¡Qué extraño!

Sí, a veces tengo presentimientos en casas ajenas. Je, je, seguro que forma parte de mi locura…

Me miró, pero no contestó. Tuve la sensación de estarla atormentando con mi presencia y quise poner fin a esa incómoda situación. Fui hacia la puerta. ¿No me daría un beso? ¿Ni siquiera la mano? Esperé.

¿Se va ya?, preguntó, y permaneció inmóvil junto a la chimenea.

No contesté. La miraba humillado y aturdido, sin decir nada. ¡Había echado todo a perder! No parecía importarle que estuviera a punto de marcharme, de pronto la había perdido del todo. Busqué algo que decirle de despedida, una palabra profunda y acertada que le calara hondo o que al menos le impresionara. Y en contra de mi firme decisión de parecer orgulloso y frío, empecé herido, intranquilo y ofendido, a hablar de cosas insignificantes; no encontraba esa palabra hiriente; me comporté imprudentemente. De nuevo todo era palabrería y literatura.

¿Y por qué no me decía claramente que me fuera?, le pregunté. Sí, sí, ¿por qué no? No tenía por qué molestarse. En lugar de recordarme que la criada estaba a punto de volver, podría haberme dicho simplemente: y ahora quiero que desaparezca de mi casa, porque tengo que ir a buscar a mi madre y no quiero que me acompañe por la calle. ¿No había pensado en eso? Seguro que sí lo había pensado, me di cuenta en seguida. Tenía gran facilidad para captar las intenciones; esa manera de coger el abrigo y luego dejarlo donde estaba me había acabado de convencer. Bueno, como ya había dicho, tenía presentimientos. Al fin y al cabo, eso no era estar loco…

¡Por Dios, perdóneme esa palabra! ¡Se me escapó!, grita. Pero permaneció donde estaba y no se acercó a mí.

Yo seguía inflexible, sin parar de decir sandeces, con la penosa sensación de que la estaba aburriendo y de que ninguna de mis palabras calaba en ella. En el fondo, uno puede ser vulnerable sin tener por ello que estar loco, opinaba yo; había naturalezas que se nutrían de bagatelas y morían por una palabra dura. Dejé entrever que yo era una de esas naturalezas. La verdad era que mi pobreza había agudizado de tal manera en mí ciertas habilidades que habían llegado a causarme problemas, se lo aseguro, verdaderos problemas, desgraciadamente. Pero eso también tenía sus ventajas, pues en algunas situaciones me había ayudado. El inteligente pobre era un observador mucho más agudo que el inteligente rico. El pobre mira a su alrededor a cada paso que da, escucha con desconfianza cada palabra que oye de las gentes con que se topa; a cada paso que da impone a sus pensamientos y a sus sentimientos una tarea, una labor. Está atento a lo que oye, es un hombre sensible, experimentado, su alma tiene heridas…

Y hablé largo y tendido de las heridas de mi alma. Pero cuanto más hablaba, más inquieta parecía ella. Al final dijo ¡Dios mío! varias veces, con desesperación, retorciéndose las manos. Comprendí que la estaba torturando, pero a pesar de todo seguí. Por fin tuve la sensación de haberle dicho a grandes rasgos lo que tenía que decirle. Me conmovió su mirada desesperada y grité:

¡Ya me voy, ya me voy! ¿No ve que ya tengo la mano en la cerradura? ¡Adiós, adiós! Podría contestarme algo, después de haberle dicho adiós dos veces y dispuesto, como estaba, a marcharme. Ni siquiera le pido que volvamos a vernos, no quiero atormentarla más, pero dígame una cosa: ¿por qué no haberme dejado tranquilo? ¿Qué le hice yo? Yo no me puse en su camino, ¿no? ¿Por qué de repente me da la espalda como si no me conociera? Me ha despojado de todo, me ha hecho más miserable de lo que era. Dios mío, no estoy loco. Usted sabe muy bien, si reflexiona un poco, que no me pasa nada. ¡Acérquese pues y deme la mano! ¿O me permite que sea yo quien se acerque a usted? ¿Quiere? No le haré ningún daño, sólo me arrodillaré ante usted un instante, me arrodillaré ante usted en el suelo tan sólo un instante. ¿Me deja? De acuerdo, entonces no lo haré, veo que le da miedo, no lo haré, no lo haré, ¿me oye? Dios mío, ¿por qué está tan asustada? Yo estoy aquí quieto, no me muevo. Me habría arrodillado un minuto en la alfombra, justo en el color rojo, a sus pies. Pero usted se ha asustado, he visto el miedo en sus ojos. Por eso me he quedado quieto. No he dado un solo paso. Al señalarle ese lugar rojo de la alfombra sobre el que me hubiera arrodillado ante usted, he permanecido completamente inmóvil. Ni siquiera lo señalo con el dedo índice, no lo hago por no asustarla, sólo muevo la cabeza en esa dirección, así. Y usted sabe muy bien a qué rosa roja me refiero, pero no me permite arrodillarme sobre ella. Me tiene miedo y no se atreve a acercarse a mí. No entiendo cómo ha tenido el valor de llamarme loco. Usted ya no piensa que estoy loco, ¿verdad? Este verano, hace mucho tiempo, sí estaba loco; trabajaba demasiado y me olvidaba de comer a mis horas cuando tenía demasiadas cosas en qué pensar. Sucedía día tras día, debería haberme acordado de comer, pero siempre lo olvidaba. ¡Juro por Dios que es la pura verdad! ¡Que Dios me impida salir con vida de este lugar si miento! Ya ve, es usted injusta conmigo. No pasaba hambre por necesidad, tengo crédito; tengo un gran crédito en los restaurantes Ingebret y Gravesen y muy a menudo llevaba dinero en el bolsillo, y sin embargo me olvidaba de comprar comida. ¿Me oye? No dice usted nada, no me contesta. No se aparta de la chimenea, está esperando a que me vaya…

Se acercó hasta mí rápidamente y me tendió la mano. La miré lleno de desconfianza. ¿Lo hacía de corazón, o sólo para librarse de mí? Me rodeó el cuello con un brazo; las lágrimas asomaban a sus ojos. Me quedé mirándola. Ella me ofreció su boca, pero yo no podía creerla; sin duda estaba haciendo un sacrificio, se trataba de un medio para poner fin a esa situación.

Dijo algo que sonó como si dijera: ¡Y a pesar de todo lo amo! Lo dijo en voz muy baja y muy poco clara, tal vez no lo oyera bien, tal vez no dijera exactamente esas palabras; me rodeó el cuello con ambos brazos y me dio un breve abrazo, incluso se puso de puntillas para llegar hasta mí.

Yo me temía que se estuviera forzando a sí misma a mostrarme tanta ternura, y me limité a decir:

¡Qué hermosa está usted ahora!

No dije nada más. Me retiré, tropecé con la puerta y salí de espaldas. Ella se quedó dentro.

(Continuará…)

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