Colacho hermanos o Presidentes de América (IV)

Cesar Vallejo

 

 

Cuadro Cuarto

Diez de la noche, decorado del segundo cuadro.

El bazar está cerrado para la clientela.

Cordel y Mr. Tenedy apuran unas copas de whisky. Atmósfera confidencial y de trascendencia.

MR. TENEDY, chupando su pipa: —Ya le he dicho que los Estados Unidos tienen invertidos ingentes caudales en el país que no pueden ser abandonados al actual caos político.

CORDEL: —Lo comprendo, Mr. Tenedy.

MR. TENEDY.— De otra parte, los propios intereses nacionales exigen poner término a esta situación. El pueblo, en la miseria. Los indios, explotados. Los obreros, sin trabajo. Los funcionarios y el ejército, impagos. Centenares de ciudadanos, presos o desterrados. (Cordel le escucha y asiente respetuosamente). Oficiales y civiles, fusilados. Otros perseguidos…

CORDEL.— Por desgracia, es verdad, Mr. Tenedy.

MR. TENEDY: —Usted, don Cordel, va a salvar a su patria, de la anarquía y de la ruina.

CORDEL: —¡Haré, Mr. Tenedy, cuanto pueda!

MR. TENEDY: —En esta tarea, cuente usted con mi más decidido apoyo y la entera protección de nuestro sindicato.

CORDEL: —Lo debemos todo, Mr. Tenedy, a su gran protección.

MR. TENEDY: —Y ya le he dicho también que, el mismo día en que suba usted al poder, tendrá a su disposición el dinero que necesite el gobierno. Y por último, la «Quivilca Corporation» estará siempre a su lado, para ayudarlo en todo momento.

CORDEL: —Mr. Tenedy, un millón de gracias. ¡No sé verdaderamente cómo pagárselo!

MR. TENEDY, chocando su copa con la de Cordel: —¡Salud, por su buen viaje!

CORDEL: —¡Por usted, Mr. Tenedy, salud!

MR. TENEDY: —¿A qué hora sale usted mañana?

CORDEL: —A las seis de la mañana, Mr. Tenedy.

MR. TENEDY: —Trate usted de llegar a lo más tardar el 29 por la noche porque el general Otuna le espera el día 30, para presentarle a los demás jefes y oficiales del movimiento que luego, podrían a lo mejor ser dispersados.

CORDEL: —Acidal lo tiene todo preparado en Taque para que pueda llegar el sábado a lo sumo.

MR. TENEDY, parando el oído a la calle: —Ahí vienen, me parece. ¡Cuidado con que nadie huela nada!

CORDEL: —Pierda usted cuidado, Mr. Tenedy. (Suenan afuera pasos y voces confusas. Tocan a una de las puertas). ¡Ahí voy! (Apresurándose, va a abrir). ¡Ahora mismo! (Entran en son de juerga el ingeniero Rubio, el cajero Machuca, el comisario Baldazari y el profesor Benites, todos empleados de la «Quivilca Corporation». Cordel vuelve a cerrar la puerta).

TODOS, en algazara: —¡Mr. Tenedy, buenas noches!… ¡Bravo, Mr. Tenedy!… ¡Las 10 en punto!… ¿Aquí estamos o no estamos?… (Mr. Tenedy ríe paternalmente, rodeado respetuosamente. Humo de tabaco. Ambiente de jarana).

EL COMISARIO: —¿Entonces, don Cordel, siempre para mañana ese viaje?

MR. TENEDY: —Todo depende del número de peones que haya podido reunir don Acidal.

MACHUCA, a Cordel: —¿Cuántos piensa usted traer?

CORDEL: —Lo más que se pueda, desde luego. Unos ochenta o cien…

RUBIO: —Mientras tanto, don Cordel, bebamos la primera por su viaje. ¿Qué tomamos, Mr. Tenedy?

MR. TENEDY, señalando su copa: —Lo mismo para cambiar.

BENITES: —¡Exactamente, whisky! ¡La bebida de los dueños del dólar! (Cordel sirve las copas).

MACHUCA: —¿Y con quién deja usted a la Rosada, Colacho?

CORDEL: —¡Ah!… mi amigo… no lo he pensado… Si usted quiere, juguémosla al cachito.

VARIOS: —¡Estupendo! ¡Bravo! ¡Eso es, al cacho! Juguémosla entre todos! (Forman inmediatamente un círculo en torno al mostrador).

CORDEL, agitando ruidosamente el cacho: —¡Señores! ¡Al palio! ¿Quién manda? (Tira los dados y cuenta, señalando sucesivamente con el dedo a los contertulios). Uno, dos, tres cuatro. (A Benites). Usted manda, amigo mío.

BENITES, quien va jugar el primero: —¿Y qué jugamos?

EL COMISARIO: —¡A la Rosada, hombre! ¿No está usted oyendo que vamos a jugar a la Rosada?

BENITES, asombrado: —¿A la Rosada? ¿Jugar al cacho a una mujer? ¡No! ¡Eso no se hace! Juguemos una copa de champaña.

VARIAS VOCES con zumba: —¡Vea usted el moralista! ¡A la escuela el preceptor! ¡Afuera usted y su prédica! ¡Afuera, afuera!

BENITES DE UN GESTO RESUELTO tira los dados: —Adentro a la Rosada. ¡Trinidad!

VARIAS VOCES, leyendo en los dados: —Nada… Cero… Mano virgen… Ahora, usted, Mr. Tenedy.

MR. TENEDY, tirando los dados: —¡A la Rosada, con chupete!

VARIAS VOCES, en desorden: —3 y 4, 7 y 6, 13. ¡Trece! ¡Trece! ¡La nariz te crece! ¡Bravo Mr. Tenedy! ¡La ganó!

RUBIO, tirando: —¡Silencio, con la izquierda! ¡Y 5 dedos!

VARIAS VOCES, entre risotadas de burla: —¡Nada! ¡Se jadió! ¡A usted Baldazari! ¡Vamos a ver!

EL COMISARIO, tirando: —¡Mr. Tenedy! ¡Se la cedo, Mr. Tenedy! ¡Me voy, me iré, me fui!

VARIAS VOCES: —3 y 3, seis, y… 3 y 3… ¡Brutal! ¡Tres treses! ¡Brutalísimo!

MACHUCA, tomando el cacho: —¡Un momento, un momento para el párroco!

VARIAS VOCES en tumulto: —¡Ya para qué! ¡Se acabó! ¡Pero, has visto qué bárbaro!

CORDEL: —¡Mano de hombre! Lo merece. Bravo, comisario.

MACHUCA, echando los dados: —¡Zas! ¡Con gusto en la cocina!

VARIAS VOCES: —Tres… 3 y seis, nueve: y 2, once. ¡Tinta! ¡Jebe! ¡Tinta y lápiz!…

CORDEL, tomando: —¡Señores! Si gano, ¿me permiten ceder a la Rosada a quien yo quiera?…

RUBIO, interrumpiendo: —No, señor. La Rosada nos pertenece a todos, a partir del momento en que usted la ha puesto en juego. En dado vino, en dado debe irse.

MACHUCA: —Colacho, antes de tirar, agua para la caballada. (Cordel y otros vuelven a llenar las copas).

BENITES: —¡Señores! Yo cedo mis derechos sobre la Rosada a cualquiera. Yo no puedo jugar a los dados a una mujer, por más humilde que ella sea. Eso repugna a mi conciencia. (Una gran carcajada general le responde).

CORDEL, echa los dados: —¡Señores, anteojos para el más chico!

VARIAS VOCES: —¡Fitz! ¡Cero! ¡El remojo, comisario! ¡Qué suertaza!

MACHUCA: —¡Qué buena chola se va usted a comer, comisario! ¡Tiene unas ancas así!… (Dice esto, abriendo los brazos en círculo y haciendo una mueca golosa y repugnante de sensualidad).

RUBIO, copa en mano: —Bebamos por la Rosada y por el comisario…

EL COMISARIO: —No señor. ¡Bebamos, señores, esta copa por Mr. Tenedy, nuestro patrón, el gran gerente de la «Quivilca Corporation»!

TODOS: —¡Por supuesto! ¡Por Mr. Tenedy! ¡Bravo, muchos bravos por Mr. Tenedy!

MR. TENEDY: —¡Gracias, mis amigos! (Beben).

EL COMISARIO: —Mr. Tenedy, le desafío a jugar mano a mano a la Rosada.

MR. TENEDY: —¡Eso, no, Baldazari! Es cosa ya ganada.

VARIAS VOCES: —¡Ah, sí! ¡Sí, sí! ¡Los dos: Mr. Tenedy y el comisario!… ¡Adentro!…

EL COMISARIO da un dado a Mr. Tenedy: —Sí, Mr. Tenedy. Hágame el favor. ¡Tire! ¿Quién manda? (El comisario y Mr. Tenedy tiran un dado cada uno y los demás les rodean). Yo mando. Lo mismo: trinidad. (Agita el cacho y tira los dados).

VARIAS VOCES: —¡Puf! ¡Chambonazo! ¡Ni un solo tres!…

MR. TENEDY tira: —¡Adentro! ¡Todo trigo es limosna!

TODOS: —Tres y seis, nueve… ¡18 y a tostar! ¡Lo mató! ¡Champaña! ¡Champaña, Mr. Tenedy! ¡El remojo!

MR. TENEDY, riendo: —Don Cordel, una copa de champaña.

CORDEL, sirviendo: —Lo que usted quiera, Mr. Tenedy. ¿Haré venir en el acto a la Rosada? ¿Quél manda usted?

RUBIO: —Mándela traer ahora mismo.

VARIAS VOCES encontradas: —No, no… Sí… Ahora no… ¡Sí. Que venga de culito!

CORDEL: —Que ordene Mr Tenedy.

MR. TENEDY: —Caballeros, no ha sido eso sino una broma… Además, el que de veras ha ganado es Baldazari.

EL COMISARIO: —Mr. Tenedy, lo ganado es ganado. La Rosada le pertenece en buena ley.

MACHUCA: —¡Es una hembra opípara! ¡Caldo de ternera!

RUBIO: —¡Cuando camina es algo!… (Hace restallar la lengua contra el paladar, saboreándose). ¡Y qué boca, Mr. Tenedy! ¡Puñalada revesera! (Risa general).

MR. TENEDY: —¿Y usted cree, don Cordel, que ella va a venir si usted la hace llamar?

CORDEL: —En el acto, Mr. Tenedy. Más volando que andando.

MR. TENEDY, decidido: —Entonces, que la traigan.

VARIOS: —¡Pero por supuesto! ¡Desde luego! ¡Lo demás, cojudeces! ¡Vamos, que sí!

CORDEL llamando a la trastienda: —¡Novo! ¡Novo! ¡Ven inmediatamente!

LA VOZ DE NOVO, medio dormido: —Ahí, voy, tío…

CORDEL: —Mr. Tenedy, las copas están listas.

NOVO, que viene corriendo de la trastienda: —Tío, aquí estoy.

CORDEL: —Escucha Novo: anda a la casa de las Rosadas y dile a la Zoraida que venga aquí, al bazar, que la estoy esperando, porque ya me voy a Colea. Si te pregunta con quién estoy, no le digas quienes están aquí. Dile que estoy solo, completamente solo. ¿Me has oído?

NOVO: —Sí, tío.

CORDEL: —¡Cuidado con que te olvides de decirle que estoy solo y que no hay nadie en el bazar! ¡Anda y apúrate!

NOVO, parte con el recado a la carrera: —Muy bien, tío.

EL COMISARIO y MACHUCA, al pequeño que traspone la puerta: —¡Volando! ¡Volando! ¡Ya estás de vuelta!

MR. TENEDY, siguiendo el curso de una conversación que con Rubio y Benites sostenía mientras los demás hacían llamar a la Rosada: —En vista de esas circunstancias, nuestra oficina central de Nueva York exige un aumento inmediato en la extracción de metal de todas nuestras explotaciones en esta parte de América del Sur… (Cordel, el comisario y Machuca se han unido a esta conversación, en la que la tertulia toma un giro severo).

RUBIO: —Los Estados Unidos son verdaderamente un gran pueblo, generoso, idealista…

VARIOS, admirativos: —¡Hombre, sí!… ¡Eso sí, amigo mío! ¡Es un país enorme! ¡Una nación sin par!

BENITES: —¡Ese Roosevelt, por ejemplo, un portento! ¡Qué tal revolución económica la que realizó!

MACHUCA, en una explosión de entusiasmo: —¡Señores! ¡Los Estados Unidos son el pueblo más grande de la tierra! ¡Qué progreso! ¡Los hombres más ilustres han nacido en Estados Unidos! ¡Toda América del Sur está en manos de los yanquis! ¡No es cosa sencillamente estupenda!

EL COMISARIO: —Las mejores empresas mineras, los ferrocarriles, las explotaciones caucheras y azucareras, todo se está haciendo aquí con dólares…

CORDEL: —¡Y sobre todo, señores, por la «Quivilca Corporation»! ¡Viva, caballeros, la «Quivilca Corporation»! ¡Viva! (Aclamación general).

RUBIO: —Si es el más grande sindicato minero de la República. Minas de cobre en el norte, minas de oro y plata en el centro y en el sur. ¡Formidable! ¡Cojonudo!

EL COMISARIO: —Y como lo sabemos, son los socios de la «Quivilca Corporation» que son los más grandes millonarios de los Estados Unidos. Además, muchos de ellos son banqueros y socios de otros mil sindicatos de minas, carteles de automóviles, aviones, trusts de azúcar, de petróleo…

MACHUCA, ya bebido, copa en mano: —En resumen, señores, les invito a beber una copa, ¡y diez copas por los norteamericanos!

TODOS, a grandes voces, copa en mano, haciendo un corro de homenaje a Mr. Tenedy, que sonríe con indulgencia: —¡Viva Mr. Tenedy! ¡Viva la «Quivilca Corporation»! ¡Viva los Estados Unidos! ¡Los grandes Estados Unidos! ¡Hip! ¡Hip! ¡Hip! ¡Hurra!… (Una salva de aplausos. En medio de la bulla suenan varios disparos de revólver. Rubio y Machuca sacan su pañuelo y bailan una marinera. Mr. Tenedy, muy colorado, no cesa de reír).

RUBIO, cesando de cantar y de bailar, revólver en mano, da unos pasos atrás, en frente de Machuca, con quien bailaba, le apunta en la cabeza, diciéndole: —¡Alto ahí! ¡Un momento! ¡Quédese parado! (Machuca obedece. Los demás acuden y los rodean). ¿A qué no es usted hombre de dejarme que le pegue un tiro en el borde de la oreja?

VARIOS: —¡Qué cosa! ¡No, hombre! ¡Desde luego que no! ¡Está usted loco! ¡Qué va hacer usted!

MACHUCA, desafiado en su sentimiento de coraje: —Pues los tiros que usted quiera. Dispare donde quiera y tire no más. (Se yergue cuanto puede, levanta el pecho y mira fijamente el cañón del arma que le apunta, presentando blanco a Rubio).

RUBIO: —¡Un solo tirito, nada más! ¡Unito en el borde de la oreja, no más!

MR. TENEDY, tomando rápidamente un candelero, con una vela que Cordel acaba de encender, para alumbrar el bazar, mientras pone kerosene a la lámpara, dice a Rubio, haciéndole alto con la mano: —¡Un momento! ¡Espere un momentito! ¡Va usted a ver!… (Trae el candelero y lo pone, con la vela encendida, en equilibrio sobre la cabeza de Machuca). ¡Ahora, sí!

CORDEL: —¡Bravo, Mr. Tenedy! ¡Bravo!

EL COMISARIO a Cordel: —¿Qué tal, no?

MR. TENEDY, a Rubio: —Apague usted la vela, del primer tiro de revólver, sin tocar a Machuca, por supuesto…

BENITES, tímidamente: —Pero… ¡cuidado! ¡Es muy imprudente, Mr. Tenedy!…

RUBIO: —A que se la apago, Mr. Tenedy. ¡Del primer tiro! (Una viva ansiedad cruza por todos los semblantes. El candelero se bambolea sobre la cabeza de Machuca, cuya embriaguez le impide permanecer quieto).

MR. TENEDY: —¡A ver ahora! ¡A ver qué tal puntería!

BENITES, muy nervioso: —¡Pero, Machuca, no se deje! ¡Dígame, Machuca!

MACHUCA, firme en su lugar, pálido y orgulloso: —¡Que tire no más! (A Rubio, con expresión de héroe). ¡Apunte!… ¡Fuego!

RUBIO, apunta la llama: —Quieto… No se mueva, no se mueva… (Los contertulios se han quedado en silencio, inmóviles, con una sonrisa inconsciente e inexpresiva en las caras, mirando al candelero y a la cabeza tambaleante de Machuca. Un relámpago y una detonación atraviesan el aire y el bazar se hunde en la oscuridad. Silencio de muerte. Luego, una carcajada en las tinieblas).

VOCES de angustia y de regocijo, entremezcladas: —¡Machuca!… ¡Conteste, Machuca!… ¡Chambón!… ¡Qué barbaridad!… ¡Estúpido!… (Alguien enciende luz y Machuca aparece de pie en su mismo sitio, con una risa muda, lívida, en su cara de jaguar).

MR. TENEDY se acerca a Machuca, rodeado de los demás y lo examina a la luz la cabeza, los hombros: —¿Nada, Machuca? ¿No ha sido usted tocado?

MACHUCA, con una vanidad aparatosa: —¡Un whisky para el herido! ¡Y una copa de champaña para el muerto!

VARIOS: —¡Bravo! ¡Una copa para Machuca! ¡Colacho, una copa!

RUBIO, buscando el candelero y la vela por el suelo: —He sentido que di al blanco. A la misma vela. Estoy seguro.

EL COMISARIO que ha encontrado el candelero y la vela: —Aquí está. (Todos acuden a ver los objetos). ¡Ni trazas de la bala! ¡Chambonazo!

VARIOS: —Tiro yo mejor que él. ¡Toda la vida! ¡Vaya!

MR. TENEDY, aguaitando por la cerradura de la puerta a la calle: —¡Chut! Creo que ya viene la Rosada. (La comparsa calla).

CORDEL, en voz baja: —No, nadie… Nadie habla… Pero ya no tarda ella en venir.

EL COMISARIO, en voz baja: —Hay que esconderse todos. Cada uno en un rincón. Apúrense en colocarse ya.

MR. TENEDY: —Detrás del mostrador sencillamente.

BENITES: —O detrás de los barriles también.

CORDEL: —¡Cállense! Oigo pasos. (Todos, menos Cordel, se han ocultado y guardan silencio. Cordel arregla, haciendo como si estuviese solo, botellas y copas sobre el mostrador. Un silbido agudo y dolorido cruza a lo lejos. Luego, una melodía indígena llega desde la calle. Unos pasos de hombre).

MACHUCA: —Este que pasa, es Quispe, el gendarme.

TODOS: —¡Cállese! ¡Chut! ¡Silencio, se ha dicho! (Se distingue una voz de mujer, acercándose. Nuevos pasos).

CORDEL: —¡Ella es! Reconozco sus pasos.

MACHUCA: —Sus piernas, dirá usted.

TODOS: —¡Pero cállese, carajo! (Las voces y los pasos de la Rosada y de Novo se aproximan. Un tiempo. Tocan a la puerta).

CORDEL: —¿Quién es? Adelante.

LA ROSADA, entrando: —Buenas noches, don Cordel.

CORDEL: —¡Tú, Zoraida! Pasa. Pasa. Te he hecho llamar porque ya me voy a Colca.

LA ROSADA: —Sí… Así me dice su sobrino.

CORDEL: —Mañana, a la primera hora. Pero, siéntate, ¡hombre! Siéntate. (Una repentina carcajada estalla en el bazar y los contertulios aparecen de golpe ante la Rosada, quien da un traspié contra el muro, estupefacta).

TODOS la rodean, le estrechan la mano, la abrazan, le acarician el mentón: — ¡Zoraida! ¡Aquí estás! ¡Bravo, Zoraida! ¿Cómo estás, linda? ¡Qué buena moza te veo!

CORDEL, desternillándose de risa: —¡Qué quieres! ¡Es la despedida! Y aquí están los amigos… ¡Y el patrón! ¡Nuestro grande y querido Mr. Tenedy!

EL COMISARIO: —Don Cordel, agua para la caballada.

BENITES: —La copa de Machuca está servida.

CORDEL: —Las copas están listas. ¡Al palio! Mr. Tenedy! (Cordel alcanza una copa a Mr. Tenedy y otra a la Rosada).

LOS DEMAS, tomando cada cual su copa: —Tomemos por Zoraida. Una copa por Zoraida. Salud, Zoraida. ¡Por ella, hasta verte, Cristo mío!

LA ROSADA, acobardada: —Gracias. Muchas gracias, caballeros.

MR. TENEDY, a Benites: —Traiga usted la guitarra. Don Cordel, ¿dónde está la guitarra?

CORDEL: —Al instante, Mr. Tenedy, aquí la tiene. (Vuela a buscar el instrumento entre unos fardos de mercaderías).

LOS DEMAS, el alcohol ha subido muy alto en las cabezas: —¡Por supuesto!… ¡Guitarra y marinera!… ¡Benites, una marinera!…

MACHUCA, el más borracho, le dice a la Rosada, galante: —Ayer te vi por el cerro. ¿No me has visto?

LA ROSADA: —No, señor Machuca. ¿A qué hora sería?

MACHUCA: —Llevabas un pañolón granate, que te quedaba de rosas. (Arrimándose). ¡Y esos ojos!…

LA ROSADA: —¡Ah, señor Machuca! Siempre con sus piropos. (Benites ha empezado a puntear la guitarra).

RUBIO: —Un momento: Mr. Tenedy, el patrón y gerente de la «Quivilca Corporation», va a romper el baile con una marinera.

TODOS, en una sola ovación: —¡Eso!… ¡bravo!… ¡Viva la «Quivilca Corporation»! … ¡Viva Mr. Tenedy!… ¡Viva los Estados Unidos!… (Mr. Tenedy da el brazo a la Rosada y la saca a bailar, mientras Benites preludia una marinera y empieza a cantar, acompañado, como segunda voz, por Rubio).

MACHUCA, abrazando a Mr. Tenedy: —¡Patrón! ¡Su humilde servidor! ¡Usted es como mi padre! Sin la «Quivilca Corporation» mis hijos no tendrían el pan de cada día. (A los demás con una rabiosa convicción). ¡Carajo! ¡Doy mi vida por los Estados Unidos! (Se desploma en un asiento).

CORDEL, a Mr. Tenedy, aparte, refiriéndose a la Rosada, mientras hablaba Machuca: —Mr. Tenedy, ¡ahora mismo un «tabacazo» y arreglado! ¡Al minuto, la tiene usted meándose! ¡Va a ver usted!…

MR. TENEDY, palmeándole el hombro a Cordel: —Es usted un portento.

CORDEL: —Por usted, Mr. Tenedy, no digo una querida: ¡Mi vida entera! (Diciendo esto, prepara en una copa, cuidando de no ser visto por la Rosada que está lejos de semejante maniobra, una mezcla misteriosa de licores y sustancias: el «tabacazo»).

MR. TENEDY, a la Rosada, mientras se desenvuelve el preludio en la guitarra, sostenido por las palmas acompasadas de Rubio: —¿Usted tiene familia en Quivilca?

LA ROSADA, muy tímida: —Sí, patrón. Tengo mis dos hermanas.

MR. TENEDY: —¿Ah, sí? ¿Trabajan?

LA ROSADA: —Sí, patrón. Hacemos desde luego lo que podemos para ganarnos la vida. (Benites y Rubio han empezado a cantar la marinera, con gran refuerzo de palmas y de punteo de guitarra).

MACHUCA, se levanta de pronto y hace callar a los cantores: —No. Esa no. Toquen «La rosa y el clavel». Para Mr. Tenedy: «La rosa y el clavel». (Entona como puede la marinera indicada, palmoteando ante Mr. Tenedy, y dedicándole el canto). «Ya salieron a bailar, ¡ay, como no! ¡Ay, señora, ay, como no!, la rosa con el clavel»…

CORDEL, trayendo las copas: una para Mr. Tenedy y otra para la Rosada (el «tabacazo»), que se han quedado parados, uno frente a otro, pañuelo en mano, por la interrupción de Machuca: —Mientras tanto, Mr. Tenedy, permítame que les sirva una copa… ¡Y de nuevo a acomodarse!… (La guitarra empieza nuevamente y Mr. Tenedy y la Rosada beben).

MACHUCA Y EL COMISARIO, haciendo palmas: —¡Entra!… ¡Entra!… ¡Entra, que te quiero echada!… (Benites y Rubio rompen a cantar «La rosa y el clavel». Y Mr. Tenedy y la Rosada bailan, entre palmoteos y gritos sincopados).

MACHUCA, a Cordel, siguiendo con ojos ávidos los movimientos de la Rosada al bailar: —¡Qué nuca más peluda! ¡Y qué caderas! ¡Yegua de paso! (Acercándose al comisario). ¡Un culo como para pobres!… (Al llegar a la fuga de la marinera, un furor frenético se desencadena en torno al cuerpo seductor de la Rosada. El comisario, Cordel, Machuca, y hasta Rubio y Benites —que se han puesto de pie aun cantando y tocando— siguen a la joven con requiebros entusiastas. Machuca arroja al suelo, a los pies de la pareja, todos los sombreros que encuentra. La Rosada, en quien el alcohol y la mezcla preparada por Cordel, empiezan a hacer efectos fulminantes, se remanga el traje por delante hasta media pantorrilla y se lanza en un zapateo delirante. Machuca, fuera de sí, coge una copa llena de champaña y se la rompe ruidosamente contra el mostrador. Hasta que Benites pone fin a la fuga, con una gran queja romántica, vibrante, espasmódica. La pareja se para entonces en seco, en un escorzo sensual y arrogante de victoria).

TODOS: —¡Bravo! ¡Formidable! ¡Hurra! ¡Viva! ¡Hurra, hurra, hurra!…

CORDEL: —Copa con su pareja. Eso merece copa. (Vuelve a servir una copa a Mr. Tenedy y otra a la Rosada, que se han quedado, el uno frente al otro, esperando la segunda vuelta del baile).

BENITES: —¡Viva, señores Mr. Tenedy! (Los demás corean el viva y hacen al yanqui una gran ovación, mientras la Rosada no cesa de reír, jadeante y sobrexitada).

MR. TENEDY, modesto: —Es ella. Me ha cerrado.

LA ROSADA que empieza a producirse libremente: —No, Mr. Tenedy. Usted. Baila usted muy bien.

EL COMISARIO pegándose a la Rosada, casi besándola: —¡Esos labios! ¡Los comería con rocoto! (Benites preludia la segunda parte de la marinera).

MACHUCA, a Mr. Tenedy: —A quien Dios se lo da, Mr. Tenedy, San Pedro se lo bendiga.

RUBIO: —¡Zoraida abajo el pañolón! Las ancas libres.

MACHUCA Y EL COMISARIO, quitándole el pañolón a la Rosada: —Abajo el pañolón. ¡Arriba esas tetitas! Déjate. Déjate.

LA ROSADA, sin dejarse: —No. Eso no. Hágame el favor. (Benites canta, acompañado de Rubio «Unos dicen que las Juanas». Y Mr. Tenedy y la Rosada rompen a bailar, en medio de palmoteos y requiebros estentóreos).

MACHUCA: —Colacho, otra tanda de champaña.

CORDEL: —Ya. Todo el bazar es suyo. (Mr. Tenedy, muy borracho, empieza a hacer zetas en el baile; se para, se acerca a la Rosada y la besa en el pecho, le pasa el pañuelo por el cuello y por los hombros y barre con él el suelo, persiguiéndola y husmeándole los cabellos. Al llegar la fuga, la Rosada, en un repentino y espontáneo acceso de entusiasmo, se descubre por delante el pañolón, lo toma por ambas puntas, a uno y otro lado de la cintura y así se ciñe el talle, echando el busto hacia atrás y zapateando la marinera. Las exclamaciones y rugidos de los hombres llegan entonces al paroxismo).

TODOS, haciendo palmas, los ojos chispeantes, giran en torno a la Rosada:—¡Abrete! ¡Quiébrate! ¡Muévete! ¡Más! ¡Más! (Mr. Tenedy, vencido por la Rosada, trenzándose y acesando, la toma en sus brazos y la levanta en vilo, apretándola contra sí y colmándola de besos, en un arranque desenfrenado de lujuria. Benites y Rubio cesan de golpe de cantar y de tocar y el primero levanta la guitarra en alto y la parte furiosamente en dos. Un disparo de revólver cruza la tienda, seguido de un ruido de cristales y de losas que se quiebran. Los gritos redoblan). ¡Bravo!… ¡Cuarenta veces bravo! ¡Viva la Zoraida! ¡Champaña! ¡Champaña!

BENITES, subido en una silla, dominando el barullo: —¡Señores! ¡Una palabra! ¡Una sola! ¡Es importante! (Todos callan. Solemne y trascendental). ¡Señores! ¡Después de Dios, el Sexo!… (Al soltar Mr. Tenedy a la Rosada, Machuca se acerca a ella y la besa a la fuerza. Luego, hacen lo mismo Rubio y el comisario).

CORDEL, tomando por el brazo a la Rosada la trae hacia Mr. Tenedy: —Ven por aquí… Ven donde Mr. Tenedy… A su lado…

MR. TENEDY, toma apasionadamente a la Rosada entre sus brazos: —Déjela. Déjela con su gusto. (Pero la Rosada, riendo nerviosamente, trata de eludir los brazos de Mr. Tenedy).

CORDEL, severo: —¡Zoraida, Zoraida! ¡Qué es eso! ¡No te muevas! ¡Tranquila! ¿No sabes respetar el patrón? (La Rosada, no obstante, se evade de los brazos de Mr. Tenedy y evoluciona por la tienda, los cabellos desgreñados, sin pañolón, presa de una crisis de risa incontenible).

LA ROSADA, con una voz que denuncia su completa embriaguez: —¡Nada de cantos tristes! ¡Un huaino! ¿Quién baila un huaino conmigo? Usted, Mr. Tenedy, ¿un huaino conmigo?

MR. TENEDY, a Rubio y a Benites que empiezan a cantar un yaraví: —Alto, señores, un huaino.

BENITES: —«El río vuelve a su cauce, palomita…». (Y canta el huaino acompañado de Rubio y de Machuca, que toca rítmicamente con los puños en el mostrador en lugar de caja de batería. Mr. Tenedy da un beso en los senos desnudos de la Rosada y se lanza con ella a los compases de la danza, en medio de un vocerío frenético. Al venir la fuga, Cordel se aproxima varias veces a la Rosada y le dice algo al oído).

LA ROSADA, que acaba de comprender se vuelve entonces bruscamente a Cordel, parándose de bailar, colérica: —¡Don Cordel! ¿Qué ha dicho usted?… (El canto ha cesado y rodean a la Rosada que se ha echado a llorar).

TODOS: —¿Qué hay? ¿Qué ha pasado? ¿Qué sucede? Zoraida, ¿qué te pasa? ¿Por qué lloras?

CORDEL, riéndose: —¡Las copitas! ¡Déjenla que se desahogue…

LA ROSADA, sollozándose: —¿Qué ha dicho usted, don Cordel? ¡Cómo puede ser!… ¡Cómo puede ser!…

MR. TENEDY, tomándola del brazo la lleva al mostrador: —No haga caso, Zoraida. No se mortifique. Tomemos una copa, una copa de whisky, ¿no? ¡Don Cordel, un whisky!

CORDEL: —En el acto, Mr. Tenedy. Veinte whiskys.

TODOS: —¡Cien whiskys por Zoraida! ¡Por la Zoraida! ¡Y otro huaino! (Benites preludia en la guitarra un huaino pero la Rosada permanece agachada, con el rostro oculto entre las manos).

EL COMISARIO: —Ya no llores. Zoraida. Ponte alegre. ¡Ya se acabó!

LA ROSADA, pensativa, inmensamente triste: —Soy una pobre desgraciada… nada más… Ustedes, unos caballeros… ¡Qué se hará, señores!

BENITES, tocando y cantando: —«Yo he venido a tener gusto. No he venido a tener pena. Si se acaba, que se acabe. Que se acabe en hora buena…».

LA ROSADA: —No, señor Benites, marinera, no. Ahora, sí, un yaraví. Ahora, sí, que estoy triste. «Mi corazón tiene ganas de llorar…». (Y Benites preludia un yaraví). Don Cordel… venga usted a mi lado…

CORDEL: —¿Qué tienes? ¿Qué deseas?

LA ROSADA: —¿Quién es usted para mí, don Cordel? Yo que sólo soy una pobre… (El yaraví comienza y la tertulia escucha en silencio. Machuca duerme en una silla. Al morir el canto, la Rosada entona sola un huaino, que Benites se apresura a acompañar en la guitarra y los demás con palmas. Luego, en un transporte de entusiasmo y de embriaguez, se echa una punta del pañolón al hombro y las manos a la cintura, zapatea un huaino, sola).

TODOS, rodeándola y palmoteando: —¡Así! ¡Eso! ¡Eso! ¡Así! ¡Así! (La Rosada da un traspié y Mr. Tenedy la sostiene).

CORDEL, a Tenedy, aparte: —¡Ya, Mr. Tenedy! ¡Ya está en punto! ¡Mírela! (El canto y la guitarra han cesado, Benites ha doblado la cabeza contra el mostrador y duerme).

LA ROSADA, que Mr. Tenedy ha hecho sentar, canta sola: —«Hay, me voy… y ya no he de volver, palomita…».

CORDEL, ante Tenedy y Rubio, como a una ciega, severo: —¿Me ves, Zoraida? Contesta. Aquí está Mr. Tenedy… El patrón… Mr. Tenedy que es como nuestro padre de todos… (Cordel se inclina largamente ante el yanqui).

LA ROSADA, al oír el nombre de Mr. Tenedy, cesa de cantar y le besa humildemente la mano: —¡Patrón! Su pobre esclava…

CORDEL: —Mr. Tenedy va a encargarse de ti (guiña el ojo a Mr. Tenedy y a Rubio) mientras mi ausencia… ¿Me oyes? ¿Has oído?

LA ROSADA, sin conciencia: —¿Cómo?… Sí… Sí… (Bosteza).

CORDEL: —Él verá por ti…

LA ROSADA: —Como no…

CORDEL: —Él hará mis veces en todo y para todo. (Cordel hace muecas de burla repugnantes). Obedécele como a mí mismo. ¿Me oyes bien?

LA ROSADA, la voz arrastrada y los ojos cerrados: —Sí… Sí… (Rubio ahoga una risotada, tapándose la boca).

CORDEL, a la Rosada: —Besa a Mr. Tenedy. Aquí está, a tu lado…

LA ROSADA, en un relámpago de conciencia: —No. No…

CORDEL, muy irritado: —¿Cómo, no? ¿No le besas? ¿Desobedeces lo que yo te ordeno?

LA ROSADA: —Eso… no.

EL COMISARIO, en voz baja: —Ya, Mr. Tenedy. Entrele no más. (Mr. Tenedy toma entonces a la Rosada en sus brazos y la cubre de besos y de caricias, sin que la muchacha parezca sentir ni darse cuenta de nada).

CORDEL, satisfecho: —Mr. Tenedy, he cumplido mi deber. Usted dirá…

RUBIO: —¡Carajo! ¡Qué barriga más ricota! (La Rosada levanta de pronto la cabeza y clava unos ojos de asombro en Mr. Tenedy y, de uno en uno, en el comisario, en Rubio y en Cordel. Luego, se pone apenas de pie, agarrándose del mostrador para no caer. Cordel hace a todos señas de dejarla hacer. Como la muchacha está a punto de desplomarse, Cordel la toma por un brazo y la conduce, paso a paso, a la trastienda).

LA ROSADA se resiste varias veces a avanzar: —¡Don Cordel! ¿A dónde me lleva usted?

CORDEL: —Ven… Ven, no más… Avanza… Necesitas dormir.

LA ROSADA: —Sí… Pero ¿a dónde?… No puedo abrir los ojos… Don Cordel, no me deje usted… Don Cordel, no me abandone… (Al llegar a la oscuridad de la trastienda, se agarra despavorida a las solapas de Cordel). ¡Don Cordel! ¡Don Cordel! ¿Dónde estamos?

CORDEL: —No tengas cuidado. Aquí estoy a tu lado… (Ambos desaparecen, mientras los demás esperan en silencio. Cordel vuelve solo al instante. Mostrando la puerta de la trastienda a Mr. Tenedy, en un ancho ademán de cortesía). A la hora que usted guste, Mr. Tenedy.

RUBIO: —¡Mr. Tenedy, por aclamación, a la palestra!

MR. TENEDY, riendo y eludiendo: —¿Duerme?

CORDEL: —Como una vaca, Mr. Tenedy.

MR. TENEDY: —Bueno. Sírvanos de beber.

CORDEL, sirviendo: —Con mucho gusto, Mr. Tenedy.

MR. TENEDY consultando su reloj: —Las tres y media. (Rubio toma la guitarra y toca en tono menor un yaraví).

EL COMISARIO: —Muy bonita noche, Mr. Tenedy…

CORDEL: —Y Mr. Tenedy nos ha honrado con su presencia…

MR. TENEDY: —El gusto ha sido para mí, amigos míos. (Para el oído a la calle). ¿Oigo voces de mujer me parece? (Los demás, a su vez, escuchan y Rubio cesa de tocar).

EL COMISARIO: —Sí… Son voces de mujer…

MR. TENEDY: —Y han dicho «Zoraida». Serán sus hermanas… sus hermanas que la buscan… (De repente, en un cuchicheo). Apague la luz… Callémonos… (Cordel apaga y el bazar se queda en la oscuridad y en el más completo silencio).

LA VOZ DE RUBIO: —Nadie.

VOZ DEL COMISARIO: —¡Cállese! (Nuevo silencio).

VOZ DE CORDEL: —No es nadie.

VOZ DE MR. TENEDY: —Mejor quedarse a oscuras.

VOZ DE RUBIO: —Por supuesto, y hablar muy bajo. (En el silencio se oye alguien que camina a paso quedo y se pierde en la trastienda. Rubio, entonces, toca y canta a media voz un yaraví. De momento en momento, el fuego de un cigarrillo chispea e ilumina el bazar).

VOZ DE BENITES, despertándose: —¿Cordel? ¿Rubio? ¿Por qué han apagado la luz ustedes?

VOZ DE CORDEL: —Porque por ahí están pasando las hermanas de la chola… Le hablo despacio para no despertarle. (Unos ruidos de cama llegan de la trastienda). Siga usted durmiendo no más. (Pero se precisan los ruidos que Rubio se empeña en ahogar o disimular con el punteo de la guitarra).

VOZ DE BENITES: —¿Qué ruido es ése? (Muy excitado). ¡Carajo! ¿Quién está adentro con la Rosada?

VOZ DE CORDEL: —¡Cállese, le he dicho! Usted está soñando. ¡Qué Rosada ni Rosada! Ya se fue hace rato.

VOZ DE BENITES: —¿Y Tenedy, a qué hora se fue?

VOZ DE CORDEL: —Acaba de irse.

VOZ DE BENITES: —¿Y Machuca?

VOZ DE CORDEL: —Aquí está durmiendo entre los barriles. (El ruido ha crecido y se hace inconfundible).

VOZ DE BENITES: —¡Ah, no, carajo! ¡No me van hacer cojudo!

VOCES DE CORDEL Y DEL COMISARIO, violentos, impidiendo a Benites avanzar: —¡Alto ahí! ¡Quieto! ¿Dónde va usted? ¡Siéntese!

VOZ DE BENITES, hecho un energúmeno: —Quiero ver quién está aquí. Machuca está con la Rosada. ¡Todos ustedes han estado con ella y a mí me quieren hacer cabrito! (Intenta furiosamente avanzar de nuevo).

VOCES DE CORDEL Y DEL COMISARIO, que han agarrado a Benites por las solapas y los brazos: —¡Tranquilo, carajo! ¡Ni un paso más, y se va a callar!

VOZ DE BENITES, alzándose, más violenta: —¡Qué cosa! ¿Joderme a mí? ¡Es lo que vamos a ver!

VOZ DE RUBIO que ha cesado de tocar y de cantar: —¡Ya están oyendo las Rosadas! ¡Por favor, silencio, Benites! ¡Ahí ya vienen!… (Benites ha dado un tirón y avanza a la trastienda). ¡Y van a tocar!… (Una gran bofetada resuena en la oscuridad, seguida de un forcejeo largo y convulsivo. Alguien cae pesadamente al suelo. Suena un disparo. Una de las puertas se abre y se cierra ruidosamente).

VOZ DE MACHUCA que despierta de golpe: —¿Qué es esto? ¿Qué sucede? ¿Quién ha salido? (Sale a toda prisa detrás del que acaba de salir). ¡Oiga! ¡Oiga! (No ha cesado el ruido y Rubio vuelve a tocar y a cantar. Poco a poco va apagándose a pausas el yaraví y Rubio queda dormido. La luz del día invade ahora el bazar y se hace completamente de día. Cordel y Mr. Tenedy aparecen solos. Hablan en tono grave).

MR. TENEDY, severo, desde muy alto: —Nuestro embajador, uno de los accionistas más importantes de nuestro sindicato es hombre excelente. Hay que consultarle siempre. El general Otuna le pondrá al corriente de cualquier detalle y un par de meses a su lado será tiempo suficiente para ponerse usted al tanto de la vida política de la capital y del país y en contacto con el engranaje íntimo de nuestras oficinas capitalinas.

CORDEL, visiblemente en un supremo esfuerzo: —Permítame, por última vez, Mr. Tenedy: es materialmente imposible que Acidal me reemplace…

MR. TENEDY, casi con un grito de impaciencia: —¡Don Cordel!…

CORDEL, con instantánea y resignada sumisión: —¡Perdone, Mr. Tenedy! Como lo ordena usted…

MR. TENEDY, las manos: —Buen viaje y fe. Seguridad en usted mismo y en la causa. Adiós. (Sale).

CORDEL, saliendo al propio tiempo que él: —Adiós, Mr. Tenedy. Mi caballo me espera ya ensillado. (Las puertas se cierran enérgicamente).

.

TELÓN

.

(Continuará…)

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

This site uses Akismet to reduce spam. Learn how your comment data is processed.