A Star is Born (1937)

Miguel Ángel silva

 

 

Nadie se aventura a decir cuál va a ser la candidata en llevarse el premio principal en los Oscar 2018, pero todos intuyen que hay una que va a llevarse muchos de los premios principales, incluyendo el de Mejor Película del Año. Estamos hablando de A Star is Born dirigida por Bradley Cooper y protagonizada por él mismo y Lady Gaga.

La trayectoria de este clásico inoxidable del mejor Hollywood, el de oro, tiene su origen en la década del ´30 y, obviando a “Hollywood al desnudo” de 1932, podemos decir que la producción de William A. Wellman es la que conquistó los corazones de público y crítica y se convirtió con el paso del tiempo en un clásico del mejor cine romántico. Algo parecido sucede ahora con la producción de Cooper, pero quiero centrarme en esta gran obra de 1937 y dejar de lado la última aproximación a esta historia que no ha perdido vigencia ni fuerza melodramática. Porque todo tiene un origen y esta historia de ascenso, caída y perdón, se remonta a la que eran las entrañas del Hollywood de antaño. Una maquinaria perfecta e implacable, que ponía en lo más alto del pedestal a sus figuras a la velocidad del rayo —con mucha ayuda de la prensa— y las bajaba de un hondazo cuando ya no les servía. Bueno, en realidad no hay nada nuevo bajo el sol.

Pero hagamos un poco de trabajo arqueológico con respecto a esta cinta que aún hoy sigue siendo un verdadero polo de atracción. Todo comenzó con un cuento de Adela Roger St. Johns, una periodista, novelista y guionista estadounidense que comenzó su acercamiento al mundo literario a través de reportajes a celebridades de aquel momento para la Revista Photoplay, y por otro lado hizo lo mismo hacia al mundo del cine escribiendo guiones para las primeras películas mudas que se producían en los años ´20. Su éxito más rutilante fue sin duda, el cuento “Hollywood al desnudo” en que delineaba lo que serían no solo las futuras remakes de A star is born, sino de todos aquellos films en donde los talentos —sin importar el género— parecen encontrarse escondidos en medio del anonimato y por azar o con ayuda de algún mecenas ocasional salen a luz y deslumbran a todo el planeta.

La escritora Roger St. Johns sentó las bases de este típico sueño americano, claro que lo hizo a partir de una feroz crítica hacia los manejos inescrupulosos de la industria del espectáculo. La primera versión cinematográfica —llamada igual que el cuento— tuvo a Gene Fowler y Rowland Brown como guionistas y a Constance Bennett y Max Carey como los protagonistas principales.

En la segunda versión, que es la que nos ocupa, hay un gran cambio de planes. Ya no es un director de cine alcohólico que se enamora de la camarera, sino que ahora es un actor en decadencia, también alcohólico— el alcoholismo es un factor constante en todas las versiones— que termina a la sombra de una estrella, su futura esposa, que logra llegar a las grandes marquesinas de Broadway.

Este cambio de argumento está dado por los guionistas Alan Campbell, Robert Carson y, lean bien, Dorothy Parker, una de las más prestigiosas escritoras estadounidense.

Dorothy Parker fue sin duda alguna la que dotó al film con esa cuota de humor negro, sarcasmo y sutil ironía. Una dosis de acidez que ninguna otra película posterior pudo lograr, ni la última versión de Cooper ni tampoco la del director Frank Pierson con Barbra Streisand y Kris Kristofferson como los protagonistas. Aquí nos damos cuenta del enorme talento aportado por una de las cuentistas más filosas de la literatura norteamericana. Son famosas sus tertulias llevadas a cabo en el prestigioso Hotel Algonquín en Midtown, en donde se criticaban salvajemente las últimas novedades del espectáculo y del ambiente social de Nueva York, mientras comían y jugaban al póker.

Dorothy Parker tuvo una vida turbulenta, signada por cuatro intentos de suicidio y matrimonios diversos, pero así y todo tuvo la constancia de mantenerse como la columnista estrella del prestigioso The New Yorker desde su misma fundación en 1925. Una vida que siempre tuvo como base el sarcasmo hacia una sociedad que pugnaba por emerger del anonimato a cualquier precio; un sarcasmo que la acompañó hasta su muerte. Es conocido el epitafio que está grabado en su lápida: “Perdonen por el polvo”. Así fue de cáustica la guionista de la segunda versión de A star is born, la creadora de una obra extensa con títulos como Laments for the Living, Death and Taxes, Here Lies y A Month of Saturday entre otros. ¿Cómo no reconocer su afilada pluma —presente claro está, en sus relatos— en diálogos que afloran en la película como pequeños destellos de su genio indomable? En los primeros minutos de comenzado el film puede escucharse la siguiente conversación:

—¿Qué tal la película de esta noche? —le pregunta un tío a Esther. Antes de que se convirtiese en Vicky Lester, cuando todavía era una adicta al cine romántico, casi a la par que el personaje de Mía Farrow en La Rosa Púrpura del Cairo.
—Muy bonita.
—Sensiblera, eso es lo que era, una tontería —responde el pequeño Aleck, su hermano, quien había acompañado a Esther al cine.
—No hubo ni un solo muerto en toda la película.
—Los muertos son los mejores. No hablan —dice su tío mientras mira fotografías en un esteroscopio, muy de moda en esa época.

Parker en estado puro y un logro para la película. Este tipo de diálogos está presente a lo largo de todo el film y llegamos a la conclusión que siempre son bienvenidas las incursiones de escritores —no solo guionistas— en el entramado y desarrollo de un guión de cine. Claro que hay excepciones, pero no es este el caso.

Y llegamos al film de Wellmann —para mucho la mejor versión de todas— en que Janet Gaynor y Fredric March dan vida a la camarera convertida en estrella (Esther Hoffman) y al actor devenido en una penosa sombra de sí mismo (Norman Maine).

Wellmann fue uno de los grandes pioneros del cine, tal es así que su film Alas obtuvo el Oscar a la mejor dirección en 1928, en la que fue la primera entrega de los premios de la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas. Luego se dedicó al cine de aventuras consolidando su prestigio en un género que tuvo sus mejores exponentes con La llamada de la selva (1935), Las aventuras de Buffalo Bill (1944) o Más allá de Missouri (1951).

Lo interesante de esta primera aproximación al libro de Roger St. Johns es el comienzo. Luego de los consabidos títulos de presentación, aparece en primer plano una carpeta amarilla con el guión de la película que estamos a punto de ver. Al abrirse la tapa leemos:

“Escena 1: Larga toma de una extensión de nieve. En primer plano aparece la silueta de un lobo bajo el claro de luna. Al fondo, la aislada casa de campo de los Blodgetts. Mientras oímos el melancólico aullido del lobo…”

Y empieza la película propiamente dicha. Todo un hallazgo para la época; el cine mostrando sus bambalinas, en este caso el guión. ¿O será que el guión era mucho más importante por la presencia de Dorothy Parker? Nunca lo sabremos, pero lo cierto es que al finalizar la película, otra vez aparece la carpeta amarilla en donde la última hoja dice:

“FINAL – (Esther ante el micrófono). La cámara avanza hacia un gran primer plano de Esther. Las lágrimas empiezan a deslizarse por sus mejillas”.

Esta última escena es la copia exacta de A star is Born 2018. Solo que en la última versión la que está detrás del micrófono y delante de las cámaras es Lady Gaga. Al parecer Cooper quiere demostrar su admiración por este excelente film de 1937 con un homenaje más que evidente.

La película, emotiva, con toques de humor, con escenas que se convirtieron en referentes para todas las comedias dramáticas posteriores, es una de las grandes obras del cine clásico de oro. Hasta la escena última en donde vemos a un actor caído en desgracia, que mira una playa con un cielo rojo sangre, es sobrecogedora. Y quizás sea este último episodio en la vida crepuscular de alguien que lo tuvo todo y que ahora solo es una persona estigmatizada por sus adicciones, en una época en que el alcoholismo era visto como una elección de vida y no como una enfermedad, se encuentre la potencia de este film que deja un mensaje ambiguo: el amor es maravilloso pero también puede ser autodestructivo. Esta escena final, es mucho más impactante que el final de la producción de Cooper, con toda la técnica y medios disponibles que hay hoy en día. Claro que no siempre el tener una gran producción supone una gran atracción. William lo hace con un gesto —la mirada enfermiza de Norman Maine— y un paisaje —la playa con un tétrico color apocalíptico que preanuncia un final dramático—, muy en consonancia con el romanticismo más simbólico de la literatura: el agua como método para lavar culpas.

A star is Born de 1937 es un clásico por excelencia. No es un musical. No tiene una gran producción. No tiene actores que han pasado a la historia como Clark Gable y Vivien Leigh en Lo que el viento se llevó o Humphrey Bogart e Ingrid Bergman en Casablanca, pero así y todo tiene lo esencial para que quede grabada en el inconsciente colectivo como una de las grandes obras del cine de todos los tiempos: haber sido la piedra angular de gran parte del esquema narrativo que sigue vigente hasta el día de hoy.

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