Colacho hermanos o Presidentes de América (V)

Cesar Vallejo

 

 

Cuadro Quinto

En la capital. Medianoche, en la casa política de Cordel Colacho.

Una sala escritorio. Decorado lujoso. Dos puertas: una al fondo, abierta a medias al corredor; la otra a la derecha, cerrada, comunicando con otra pieza invisible para el público. Un poco a la izquierda, en el muro del fondo, una ventana cerrada.

Cordel y Acidal, asistidos de Zavala, secretario político de Cordel, aparecen presas de una gran efervescencia. Los tres hombres están vestidos con extrema corrección. Sin embargo, los hermanos Colacho no logran disimular un recalcitrante fondo nuevo rico. Cordel sobre todo, dentro del traje y del ambiente elegantes en que se mueve, demuestra un embarazo trágico-cómico.

De la pieza vecina llegan ecos de voces y de pasos de gente que entra y sale.

CORDEL, consultando su reloj: —La una menos veinte. Ya no tarda.

ZAVALA: —¿El soldado es un indio?

ACIDAL: —Sí. Un indio de la altura. Colono de una hacienda.

CORDEL: —Si demora, se va a encontrar con Trozo, ¡y es una broma!

ACIDAL: —¿Por qué? Mejor que se encuentren. Así verán los dos que estamos en contacto con muchos elementos.

CORDEL: —Pero, en suma, ¿qué quiere ahora Trozo? ¿A qué viene? ¿No hay necesidad?

ACIDAL: —Viene como delegado de la Confederación de Artesanos.

CORDEL: —¿Tienes confianza en él? Es lo principal.

ACIDAL: —Según lo que me dijo ayer, parece decidido con nosotros. Además, las cosas andan ya tan avanzadas, que no se le puede ocultar nada. Dentro de unos minutos, la revolución será del dominio público…

ZAVALA, poniendo a Acidal en guardia: —¡Don Acidal! ¡Trozo es un abogado! ¡No lo olvide usted!

CORDEL: —Es un agitador profesoral. Un anarquista, según me dicen…

ZAVALA, cuidando que no le oigan de afuera: —Profesional, don Cordel. No se dice profesoral. Se dice profesional. Sional.

ACIDAL: —Tú ves… No te lo decía… Has esperado el último momento para estudiar un poco las palabras y las maneras…

CORDEL: —Profesor… profesoral… En fin, profesional…

ZAVALA: —Sería preferible no emplear, por ningún motivo, las palabras que no hemos estudiado. A veces, una palabra dicha sin detenerse a saber lo que ella significa exactamente…

ACIDAL, interrumpiendo: —Puede echar a perder a un hombre definitivamente.

CORDEL: —Lo comprendo. Y sobre todo en política.

ZAVALA: —En conclusión, don Cordel, mucho cuidado. Cuando quiera usted decir una de esas palabras, aún ignorando su significado exacto, al menos pronúnciela enredándola con las demás palabras, rápido y atropellando las sílabas…

ACIDAL: —Como quien tiene mucha prisa…

ZAVALA: —Y siga imperturbable a fin de que no se note la palabra mal dicha o mal venida…

CORDEL: —Como el otro día con «sigilo», ¿no?

ZAVALA: —¡Precisamente!

ACIDAL: —Y debes seguir, sobre todo en las primeras semanas de tu gobierno, leyendo mucho periódico y también los discursos de las cámaras. ¡Muy importante!

CORDEL, transido: —¡He pasado toda la noche repasando el diccionario!

ACIDAL: —Y ten confianza en tu persona…

ZAVALA: —Es lo principal…

ACIDAL: —Sí, porque tiene verdaderamente una cabeza de caudillo. Esta mañana, cuando hablaba con los dos senadores y que hacía con la cabeza (hace movimientos negativos) estabas, Cordel, realmente imponente, serio, digno, en fin… verdaderamente Presidente. ¿Se fijó usted, Zavala?

ZAVALA a Cordel: —¡Oye usted a su hermano qué bien habla!

CORDEL: —¡Él, por supuesto, es estupendo!

ACIDAL: —Pero… ¿debido a qué? A los estudios que hemos hecho con Zavala, durante años y años. Si hubieras querido hacer lo mismo, hoy hablarías como yo. ¡Haber estudiado en cambio de negarte!

ZAVALA: —A ver, don Cordel, una última vez: enumere a la ligera pero como si estuviese usted ya en Palacio ante los generales y coroneles, los principales males de que sufría el país bajo la dictadura.

ACIDAL aconsejando a su hermano: —¡Énfasis! ¡Aplomo! ¡Mirada vibrante de luz! No tiembles. No te apoques. Habla fuerte aunque digas lo que digas. Con lo poco que te ha enseñado Zavala basta y sobra.

CORDEL, de pie, se ensaya: —¡Los derechos, conculcados! ¡El tesoro fiscal en derrota! ¡La moneda despreciada! ¡Las industrias paralizadas! ¡Ventarrones de odio, soplando de los cuatro puntos cardenales!…

ACIDAL: —No; ¡cardinales!, ¡di!, ¡cardi!, ¡con i!

ZAVALA: —Otra vez, don Cordel.

CORDEL, repitiendo: —Ventarrones de odio… (Volviéndose a Acidal). Además, creerán que es defecto de la lengua…

ZAVALA: —Desde luego. Repita, don Cordel.

CORDEL: —¡Ventarrones de odio soplando de los cuatro puntos cardinales del país! Y, señores, muy doloroso es decirlo: ¡no ha habido un hombre, ni uno solo, que levante su voz en defensa del bienestar y de la paz colectivos!

PANCHO, hombre de confianza de los Colacho, entra: —Señor, ahí está presente, Pachaca.

ACIDAL: —Muy bien. Hazlo pasar. (Pancho sale. Vuelve al momento seguido del soldado). Pachaca, pase usted. Adelante.

PACHACA, quitándose el kepí: —Buenas noches, señores. (Pancho vuelve a salir y Zavala cierra la puerta).

CORDEL: —Siéntese, Pachaca.

PACHACA, se sienta: —Gracias, patrón.

ACIDAL con un matiz de severidad: —Lo estábamos esperando. ¿No lo habrán visto entrar?

PACHACA: —No. No creo, patrón.

PANCHO, que ha vuelto a entrar: —Señor, el doctor Trozo.

CORDEL: —Que pase. (Pancho regresa a la pieza, hace pasar a Trozo, y luego sale, cerrando la puerta).

ACIDAL: —Llega usted a tiempo, Trozo. ¿Cómo le va?

TROZO, el abogado: —Caballeros, buenas noches.

CORDEL, sirviendo unas copas: —Bueno, señores… hace frío…

ACIDAL: —Eso sí, hombre. Un coñac no nos hará mal…

CORDEL: —Dicen que los grandes acontecimientos de la historia nacieron regados siempre con alcohol. (Un vistazo a Zavala, que le hace entender que la frase está magnífica).

ACIDAL: —Posiblemente…

TROZO: —Y otras veces con sangre.

ACIDAL: —Pero eso, no siempre. (Zavala distribuye las copas).

CORDEL: —Dicen que Lindberg, cuando atravesó el Atlántico, no se alimentó, durante las 40 horas, sino de whisky. De whisky. Salud, señores.

ACIDAL, pasando los cigarrillos: —Como la hora es avanzada, me parece, Cordel, que podríamos empezar.

CORDEL: —Pero de, acuerdo. En seguida.

ACIDAL: —Tanto más cuanto que todos sabemos ya de qué se trata y no falta ya sino ir a los hechos por el camino más corto.

CORDEL: —Aquí, doctor Trozo, tenemos a Pachaca, sirviente del coronel Tequilla, Jefe del Estado Mayor General del Ejército.

ACIDAL: —Podemos hablar íntimamente. Todos pertenecemos a la misma causa.

CORDEL: —A Pachaca, le hemos hablado del movimiento revolucionario y le hemos hecho ver la necesidad que tenemos de que nos ayude, como patriota y buen soldado que es, en asegurar su éxito. La labor de Pachaca es que, esta misma noche, a la madrugada, a la hora en que el general Otuna ataque Palacio, se encargue él de Tequilla… Es decir… ya comprende usted…

ACIDAL: —Es decir que lo suprima, hablando clara y categóricamente.

CORDEL: —Categóricamente, eso es: que lo suprima…

ACIDAL: —En nombre de la patria. En nombre de la libertad.

CORDEL: —En eso hemos quedado. ¿Cuál es su respuesta, Pachaca?

PACHACA, tras una corta pausa: —Pero, patrón, ¿qué cosa es, en buena cuenta, la revolución? Explíquemelo un poco…

ACIDAL: —Usted sabe, Pachaca, que el país padece, desde hace quince años, los rigores de la tiranía. El tirano manda robar y matar al pueblo y se ha encaramado en el poder; y, por consiguiente, no puede haber ningún otro Presidente…

CORDEL: —Pero, ahora, un gran número de ciudadanos ha decidido derribarlo a la fuerza. El golpe está ya listo. Tenemos con nosotros a la mayoría de los batallones…

ACIDAL: —Y de los generales y coroneles.

ZAVALA: —El capital suficiente…

CORDEL: —Y el apoyo más entusiasta del país…

ACIDAL: —Pero el coronel Tequilla, uno de los más pícaros y sanguinarios ahijados de la tiranía, sostiene al tirano en el poder, contra la voluntad del pueblo…

CORDEL: —Y es su deber, Pachaca, ponerse del lado del pueblo que gime bajo las garras ortodoxas (un vistazo con el rabo del ojo a su secretario) del dictador Palurdo.

ACIDAL: —Apenas y ya victoriosa la revolución, será usted debidamente recompensado por su acción y mérito. Primero, será usted capitán y más luego…

CORDEL: —Aparte y ante todo de una buena gratificación en plata sonante.

ZAVALA: —Y se va a publicar su nombre con grandes letras de imprenta en la primera página de todos los periódicos y lo verá usted luciendo entre los de los demás defensores de las libertades ciudadanas.

ACIDAL: —¡Usted oye! ¡Qué le parece, Pachaca! ¡Qué dice ahora! (Pero, Pachaca, cabeza agachada, no responde).

CORDEL, juzga entonces llegado el momento de hablar bien: —Usted, Pachaca, ha nacido en el corazón de la nación y como tal debe usted salvarla del yugo de una de las tiranías más perínclitas del mundo. ¡Pachaca! ¡Hombre de leyenda! ¡Cumpla usted su deber de militar y de patriota!

ZAVALA encadena, apresurándose a aturdir a los interlocutores: —Por desgracia, Pachaca, las grandes revoluciones a veces exigen efusión de sangre. El doctor Trozo acaba de reconocerlo hace un momento.

ACIDAL: —Si Tequilla sale al combate, la cosa costará la vida a centenares de personas.

CORDEL: —De lo contrario, todo se hará sin derrame de sangre. La toma de Palacio será fácil, pacífica…

ACIDAL: —¿Ya se da usted cuenta, Pachaca, dé lo noble de su acción? ¿No tendrá usted luego derecho de estar orgulloso de su obra?

PACHACA: —¿Y quién entonces será Presidente, Patrón?

ZAVALA: —¿Quién será Presidente? Aquí, delante de usted: el general Cordel Colacho.

CORDEL, de un tirón, empinado, aquilino: —Así lo quiere la voluntad frigia del pueblo, Pachaca. No me queda sino obedecer. Los destinos de los pueblos y de los hombres son así: ¡heraldos bifrontes e inmortales! (Mirada de soslayo a su secretario).

ZAVALA como el rayo: —Y es que los jefes y directores del movimiento revolucionario han reconocido en el señor Colacho, en su honradez incólume, su bello patriotismo y su gran inteligencia, al salvador de la nación.

ACIDAL: —Vemos que Pachaca es hombre de larga reflexión. Pero ya no hay tiempo suficiente de pensarlo más…

CORDEL, con impávida y desbordante inspiración: —¿Qué es la Patria Pachaca? ¿Cuáles son las rutas paralelas que guiaron al país desde su bicolor romanticismo hasta la actual tiranía?…

ZAVALA de nuevo y de inmediato, tratando de cubrir las palabras de Cordel: —Diga usted mismo, Pachaca, ¿cuáles son? Hable con toda libertad.

ACIDAL: —¡Ay! ¡Si Pachaca tuviera más instrucción, tendría más preparación para comprender estas altas cuestiones nacionales!

CORDEL, con santa ira: —¡Desgraciado país! ¡Ciudadanos ignorantes! ¡Como San Juan Nepumuceno, predicó en el desierto! No hay quien me escuche. (Se vuelve a Zavala y se pasea, indignado). ¡La imagen de la Patria, chorreando sangre! ¡El dictador, con manos impúberes, le sigue arrancando el manto, la corona y el sagrado sarcófago!

ACIDAL rápidamente: —¡Y siguen los hombres sin oír, sin comprender nada de su deber!

ZAVALA: —¡Ay, señores, es para morirse de pena!

ACIDAL: —De pena, dice usted, ¡y de vergüenza!

CORDEL: —Con su silencio épico y tenaz, está usted, Pachaca, diciéndonos claramente que no se adhiere a la revolución. (Amenazador). ¡Perfectamente! ¡Está bien! ¡Si mañana, por obra de los cobardes que, como usted, no quieren segundarnos para derribar la augusta tiranía, caen perpendicularmente las columnas de la nación, los acusaré yo, y pediré castigo ejemplar para ellos a la sombra del templo de Licurgo! (Cordel busca los ojos de su secretario).

ZAVALA, terrible, pálido: —¡Ay de los culpables! ¡Ay, Pachaca!

PACHACA, por fin catequizado: —¡Patrón, doy la vida por mi Patria!

CORDEL: —¡Así tenía que ser, Pachaca! ¡Así! (Estrechándole la mano). ¡Lo felicito en nombre de la Patria, en nombre de la libertad!

ACIDAL, sirviendo otra copa: —¡Magnífico, Pachaca! Es usted un indio valiente. (Zavala distribuye las copas).

CORDEL, triunfal: —Y conste que lo de Tequilla, no es traición, sino más bien un plinto de nostalgia. ¡In partibus in fidelius!

ACIDAL: —Salud, señores, salud… ¡Por el ejército, defensor de los derechos cívicos!

ZAVALA: —¡Por el triunfo de la revolución!

CORDEL: —¡Y por el futuro capitán Pachaca! ¡Salud, Pachaca! (Beben).

TROZO, que ha asistido a esta escena, estupefacto y mudo, de pronto, a quemarropa: —Pachaca: ¿quieres decirme por qué vas a matar a tu coronel? (Extrañeza general).

PACHACA, titubeante: —¿Por qué voy…? ¿Voy a qué…?

TROZO: —¿Qué has entendido de todo lo que acaban de decirte estos señores? ¿Qué crees tú que es épico, frigia, paralelas, romanticismo, sarcófago, perínclito, in partibus?…

ACIDAL: —En el caso de Pachaca, las palabras no tienen importancia.

ZAVALA: —Y el caso es que Pachaca es inteligente.

TROZO, sin hacer caso: —Contéstame, Pachaca. ¿Por qué vas a matar al coronel Tequilla? ¿Qué crees tú que es una dictadura? (Pachaca se siente entre la espada y la pared y no atina qué responder).

CORDEL, serio: —Doctor Trozo, ¿qué significa eso?

ACIDAL: —Pachaca es consciente de sus actos. Y además, no tiene por qué contestar a sus preguntas, doctor Trozo.

TROZO: —Señores, es un derecho, nuestro derecho. Pachaca es un ciudadano, y yo, otro ciudadano. Ambos vamos a luchar con ustedes contra la tiranía. Natural es entonces que nos entendamos y vayamos conscientemente a jugar cada uno nuestro papel. (Volviéndose a Pachaca). ¡Fíjate que tú vas a matar a un ciudadano! ¿Por qué vas a matarle?

PACHACA: —Por la Patria.

TROZO: —¿Qué cosa es la Patria, a tu entender?

PACHACA: —La Patria es… mi país.

TROZO: —¿Y qué cosa es tu país?

PACHACA: —Mi país es… la Patria.

TROZO: —Entonces ¿tú tienes Patria, Pachaca? ¿Cómo es tu Patria? ¿La has visto alguna vez? ¿Qué cara tiene?

PACHACA, COPIO ante una visión, iluminado: —¡La Patria es grande! ¡Con una corona! ¡Y una cobija roja sobre el cuerpo!… Está siempre sentada… Se parece a la Virgen del Socorro… ¡Yo moriré por ella! ¡Yo no quiero plata, ni quiero ser capitán!… (Trozo alega algo, como: ¡eso de capitán!, que sus interlocutores, levantando la voz, no dejan oír).

CORDEL, ACIDAL y ZAVALA, aprueban con gran alboroto: —¡Muy bien, Pachaca! ¡Ve usted, doctor Trozo! ¡No se lo decía! ¡Bien contestado! ¡Estupendo!

PACHACA, para irse a Cordel, decidido: —Patrón, cuente usted conmigo. Me voy a mi cuartel.

CORDEL, volviendo a ahogar nuevos alegatos de Trozo, con voz de jefe, a Pachaca: —Perfectamente, cumpliendo tu deber. Eres un bravo. Un gran muchacho.

ACIDAL, a Pachaca: —Pasa por la oficina de al lado. (Toca un timbre). Ahí, te van a dar las instrucciones necesarias. (A Pancho que acude inmediatamente). Lleva al señor Pachaca al instructor. (Toca otro timbre. Sale Pachaca, seguido de Pancho).

ACIDAL y ZAVALA: —Adiós, Pachaca. Vaya con Dios. (Dos hombres fornidos aparecen).

CORDEL, indicando a Trozo: —Lleven a este señor al sótano y me lo encierran ahí. (Los dos hombres se llevan por la fuerza al abogado).

TROZO, protestando: —¿Cómo? ¿A mí? ¿Por qué? ¡Protesto enérgicamente! ¡Demagogos! ¡Farsantes! (Lo han sacado y cierran la puerta).

ACIDAL: —¡Es lo que había que hacer! ¡Eso, la solución!

CORDEL: —¡Abogados no me den ni con arroz!

EL CORONEL TOROTO, entrando, seguido del capitán Collazos: —¿Se puede, señores? (Presentando). El capitán Collazos… El general Colacho, jefe del movimiento revolucionario.

CORDEL: —¿Contamos con su ayuda, capitán Collazos?

CAPITAN COLLAZOS: —Ya se lo he dicho al coronel Toroto; mi ayuda decidida, general. Estoy por la revolución, desde hace tiempo.

ACIDAL: —¿No teme que le hayan visto entrar a esta casa?, es decir, ¿no cree que en su calidad de edecán del Presidente Palurdo, haya usted despertado sospechas en Palacio?

CAPITAN COLLAZOS: —General, ni preocuparse por ese lado. Anoche justamente, me llamó el Presidente para preguntarme si era o no cierto que yo andaba mezclado a cierto movimiento revolucionario que, según rumores, llegados hasta Palacio, se tramaba contra él.

CORDEL y ACIDAL: —¿Y?… ¿Qué contestó usted?…

CAPITAN COLLAZOS: —Contesté que yo, por cierto, no sólo no estaba mezclado absolutamente en tal complot, sino que ni tenía de él la más leve noticia.

EL CORONEL TOROTO, burlón: —«La más leve noticia»: textual.

CAPITAN COLLAZOS: —«¿Me lo jura usted, capitán?» —me preguntó entonces el Presidente. Y yo, sin inmutarme, le respondí: «Se lo juro, Excmo. Señor».

CORONEL TOROTO: —General Colacho, ya ve usted: el capitán Collazos le ha jurado al dictador su lealtad. En adelante, puede en toda libertad prestamos su preciosa colaboración, a lo seguro y sin temor de que le espíen. (Movimientos de aprobación general).

CORDEL: —A partir de hoy, capitán Collazos, es usted Sargento Mayor.

CAPITAN COLLAZOS, saludando militarmente: —General, a sus órdenes. (Se retira).

EL CORONEL TOROTO, sale a su vez: —Señores, vuelvo en seguida.

ZAVALA: —El capitán parece todo un hombrecito.

ÁCIDAL: —¡Un verdadero militar!, diga usted. Se le ve por las ventanas de la nariz.

UN VIEJO CIUDADANO barbado, con abrigo, entra sin quitarse el sombrero: —Excúseme, señores. ¿El general Cordel Colacho, jefe del movimiento revolucionario?

CORDEL: —¿Qué desea, mi amigo? A su disposición.

EL CIUDADANO cierra la puerta y en un abrir y cerrar de ojos, o se quita el sombrero, el abrigo y las barbas, dejando ver un uniforme de coronel, una cara afeitada y una calva: —Habla usted con el coronel Tequilla, jefe del Estado Mayor del Ejército. (Un grito simultáneo reprimen los circunstantes).

CORDEL desconcertado: —Coronel Tequilla…

ACIDAL: —¡Pancho! ¡Coronel Toroto!

ZAVALA, tocando desesperadamente el timbre: —¡Coronel Zerpa! ¡Francisco!

CORONEL TEQUILLA, sacando su revólver, sereno: —Nadie se mueve.

VARIOS CORONELES y OFICIALES y CIVILES entran, revólver en mano: —¡Alto ahí! ¡Manos arriba! ¿Quién es? ¿Qué pasa?

CORDEL, señalando al coronel Tequilla: —El coronel Tequilla… (Todos han reconocido al punto al Jefe del Estado Mayor y permanecen paralizados).

UNA VOZ: —¡Preso! ¿Cómo ha venido aquí?

CORONEL TEQUILLA: —General Colacho, vengo en mi carácter de Jefe del Estado Mayor del Ejército y responsable ante la ley…

CORONEL ZERPA, interrumpiendo: —Coronel Tequilla, ¡ay de usted si hace la menor tentativa de apresarnos! ¡Va su vida!

OTRA VOZ: —Ha venido con un batallón. La casa está rodeada de soldados y ametralladoras.

CORDEL, dando un puñetazo sobre la mesa: —¡De aquí nadie sale preso! ¡Viva la revolución! (Una vasta aclamación). ¡Viva el general Cordel! (Se oyen a lo lejos unos disparos).

TODOS: —¡Balazos! ¡Ha venido con ametralladoras!

CORONEL TEQUILLA: —General Colacho, en mi carácter de Jefe del Estado Mayor del Ejército, tengo el honor de poner, a partir de este momento, al servicio de la causa revolucionaria, la totalidad de las fuerzas armadas nacionales… (Gritos y aplausos de entusiasmo). ¡Viva el General Colacho! ¡Viva la revolución! (Las ovaciones resuenan en una delirante confusión, mientras que los disparos se multiplican afuera). Señores, los tiros que suenan ahora, son los que está haciendo el batallón 7 que, al venir aquí, he mandado a la toma de Palacio. (Nueva ovación. Un grupo de ciudadanos, oficiales y soldados penetra en tumulto, rodeando a un hombre y a una mujer del pueblo, presos).

LA MULTITUD: —¡Son espías! ¡Ellos saben dónde está Palurdo! ¡Que digan dónde está el tirano! ¿Dónde está Carlos Palurdo?

UN TENIENTE de entre los que llegan, saludando militarmente: —General Colacho, estos son dos sirvientes de Palurdo. Acabamos de agarrarlos en la esquina de la casa del tirano.

EL MARIDO: —Sí, señor, somos sirvientes del señor Palurdo…

LA MUJER: —Pero nosotros, señor, no sabemos dónde está el patrón, ni lo hemos visto desde hace días…

EL TENIENTE: —¿Dónde viven ustedes?

EL MARIDO: —En la calle de la Libertad.

VOCES EN LA MULTITUD: —Mienten. Viven en la misma casa del tirano, de allí acaban de salir.

CORDEL: —¿Es verdad que no vienen ustedes, en este momento, de la casa de Palurdo?

LA MULTITUD: —¡Que los fusilen!

EL MARIDO Y LA MUJER: —No, señor, no venirnos de ahí.

CORDEL, a la multitud: —Muchachos, todos ahora pasan por el cuerpo de esta mujer, delante del marido, hasta que declaren dónde está el tirano Palurdo. Llévenselos.

LA MUJER, horrorizada: —¡Oh! ¡No! ¡No!

LA MULTITUD, llevándolos: —¡Hasta que declaren! ¡A los sótanos! ¡Y delante al marido! ¡Rápido! (Los sacan).

VOZ DE LA MUJER, debatiéndose: —¡Pedro, socórrame! ¡Pedro, socorro! ¡Socorro! (Una descarga cerrada de artillería se oye a lo lejos).

CORDEL: —Coronel Tequilla, tenemos que conferenciar largamente.

CORONEL ZERPA, entrando: —General, son las dos monos veinte. La reunión…

CORDEL, interrumpiendo: —¡Ah, sí! Precisamente…

CORONEL ZERPA: —Los caballeros citados están ya en la otra pieza.

CORDEL: —Que pasen, coronel.

ACIDAL: —Que pasen en el acto. (El coronel Zerpa sale).

CORONEL TEQUILLA: —¿No será acaso mi presencia más necesaria afuera, general, al lado del general Otuna?

CORDEL: —Un momento, coronel.

ACIDAL a Tequilla: —Tenemos ahora mismo una breve reunión de algunos jefes y caballeros, para constituir definitivamente el ministerio…

CORDEL: —Y hay cierto desacuerdo… Usted puede sernos útil, coronel. (Llegan voces y gritos confusos de la calle).

CORONEL TEQUILLA: —Es el pueblo que, en masa, se plega a la revolución…

CORONEL ZERPA, volviendo y haciendo pasar a varios jefes y civiles: —Adelante, señores.

EL GRUPO, entrando: —Caballeros… Buenas noches… ¡Viva el general Colacho!… ¡Viva el nuevo gobierno!…

CORDEL: —¡Adelante! ¡Entren! ¡Viva la revolución!

ACIDAL: —El coronel Tequilla, uno de los más pundonorosos jefes de las fuerzas armadas del país, que se ha puesto al servicio del movimiento revolucionario espontáneamente…

DOCTOR ZEGARRA: —Sí… ¡el coronel Tequilla bien merece de la República!

CORONEL TEQUILLA: —En mi larga carrera militar, señores, yo no he obedecido jamás sino a los dictados de mi conciencia.

CORDEL: —Asiento, señores. La reunión es para nombrar definitivamente a los ministros. La lista es la siguiente: (Leyendo un papel que le acaba de pasar Zavala). Presidente del Consejo, general Lucas Otuna. Ministro de Relaciones Exteriores, Doctor Samaniel Zegarra. Ministro de Gobierno, comandante Anito Montes. Ministro de Guerra, coronel Zuncho Toroto. Ministro de Justicia, doctor Torcuato Chuño. Ministro de Marina y Aviación, capitán de navío Armando Soto. Ministro de Fomento, señor Acidal Colacho. Ustedes verán, por un lado, que la lista no termina ahí y, por otro lado, que el desacuerdo ya no existe porque el comandante Montes será Ministro de Gobierno y el doctor Surco será nombrado Embajador en los Estados Unidos.

CORONEL BANDO: —Señores, permítanme insistir en que la cartera de Gobierno vaya siempre al doctor del Surco. (Movimientos diversos). Yo no me propongo denigrar, a este respecto, al valiente comandante Montes. Lo que no debemos olvidar es que la revolución ha tenido en la campaña periodística y oratoria del doctor del Surco, su más potente y persuasiva palanca. Si la opinión pública se ha adherido en forma tan arrolladora a nuestra causa, es al doctor del Surco que lo debemos…

DOCTOR ZEGARRA, interrumpiendo: —Pero, coronel Bando, el doctor del Surco va a ser embajador.

ACIDAL: —La hora es grave. No podemos eternizamos en este desacuerdo. Además, se trata de un gabinete provisorio.

DOCTOR ZEGARRA: —General Colacho, es inadmisible que un instante tan solemne y trascendental el coronel Bando se encapriche en poner dificultades al gobierno que viene a redimir al país. (Cordel, en tanto se desarrolla esta discusión, se halla completamente absorbido en escuchar a su secretario que le habla febrilmente y en voz baja).

CORONEL BANDO: —¿El doctor Zegarra —me pregunto—, se siente capaz de reemplazar al doctor del Surco en la difícil tarea de dar un cuerpo de principios a la revolución? (Dirigiéndose a Zegarra). ¿Usted tiene, por ventura, la cultura jurídica y filosófica necesaria, para formular las bases del proyecto de la nueva Carta fundamental?

ACIDAL: —¡Señores! ¡Estamos perdiendo el tiempo!

DOCTOR DEL SURCO: —No, señor Colacho, (se dirige a Acidal) no estamos perdiendo el tiempo. Aunque yo no quería terciar en esta discusión, por tratarse de un incidente en que está de por medio mi persona, me veo, sin embargo, obligado a hacerlo, para decirles, dejando a un lado falsas modestias y contemporizaciones malentendidas, que si la revolución no llega a traducirse en un renacimiento moral y profundo del alma nacional —cosa que sólo es posible por una transformación radical de las bases doctrinales de nuestra constitución política—, el movimiento no tendrá más valor que el de uno de los tantos cuartelazos vulgares a que estamos acostumbrados en ese país…

SOTO Y TEQUILLA: —¡Exactamente! ¡De acuerdo! ¡Necesitamos ideales y principios!

DOCTOR ZEGARRA: —Que sólo pueden brotar de los surcos cerebrales del doctor del Surco…

DOCTOR DEL SURCO: —Se dice que si el gobierno revolucionario no encuentra dinero para solucionar la crisis del Tesoro Fiscal, caerá a las 48 horas. Peor sería, señores, que, solucionada esta crisis verbigracia por medio de un empréstito yanqui, durase el gobierno 8 horas en el poder sin solucionar la tremenda crisis moral por la que atraviesa la nación. La cuestión no está en que duremos en el poder, sino en que hagamos, de este pobre país en que nacimos, un Estado más o menos digno… (Movimientos diversos).

CORDEL, nervioso y titubeante: —Señores, armonía y buena voluntad, por favor. Les pido patriotismo…

DOCTOR SURCO: —Mándeme adonde tenga usted por conveniente, general Colacho, (Acidal y Zavala le deslizan al oído de Cordel algo que parece éste no percibir o no comprender bien y que lo pone más nervioso aún) yo no me peleo por puestos. Pero yo le pregunto, general, ¿qué revolución realmente nacional va usted a llevar a cabo? ¿Cuáles son sus ideas al respecto o quién se las va a dar?

ACIDAL, en sumo grado de impaciencia: —No es hora de tratar de estos asuntos.

CORDEL, puesto en aprietos ideológicos, visiblemente con penoso esfuerzo: —Doctor del Surco… nadie ignora que hay que hacer progresar al país: nueva constitución, nuevo parlamento, instrucción y pan para el pueblo, garantías, (consultando con la mirada a su secretario) orden público…

DOCTOR DEL SURCO: —Muy bien, general Colacho, pero concrete sus ideas…

DOCTOR ZEGARRA, violento: —Señores, lo que hace el doctor Surco es nada menos que un cobarde sabotaje…

DOCTOR SURCO, sin detenerse: —Sin principios, no se puede ser revolucionario. La fuerza material por sí sola —dinero o ametralladoras— es nefasta o es estéril.

CORDEL, desafiado en su orgullo intelectual, moviliza toda su dialéctica: —Nefasta o estéril es, en efecto, Doctor Surco, la fuerza material en los pueblos… en los pueblos que sufren tiranías, desde luego, doctor Surco. Los principios políticos deben salir por el origen y no por la gragmática de los bellos cerebros. Estamos de acuerdo… Las revoluciones son así. Tendremos que hacer grandes esfuerzos en este sentido. Por el momento, no hacemos, señores, sino empezar. ¡Arduo y psíquico es el sendero! ¿Vamos a volver atrás a causa solamente de un opúsculo momentáneo? ¡Jamás, señores! (Mira de soslayo a su secretario). Este gabinete es sólo instantáneo. El doctor del Surco ocupará más tarde, palabra de honor, el lugar que le corresponde en los túmulos del nuevo Parlamento. Pero ahora, vayamos unidos al poder. La Revolución Francesa así se hizo: con la unión sagrada de todos los franceses…

VOCES Y APLAUSOS: —¡Bien dicho! ¡Pero muy bien dicho! ¡Bravo! ¡Viva la revolución!

DOCTOR DEL SURCO: —Lamento, señores, no haber podido entender ni jota de lo que acaba de expresar el general Colacho. (Movimientos diversos). Lo único que empiezo a comprender es que el jefe del movimiento revolucionario no sabe ni siquiera lo que dice.

VOCES airadas: —¡Afuera los traidores! ¡Afuera y basta de sermones! ¡Menos sabe usted lo que dice!

DOCTOR DEL SURCO: —Cansados estamos de caudillitos analfabetos. ¡Yo proclamo la verdad —como dijo San Pablo—, aunque después me rompa! (Protestas y tumulto). ¡Revolucionarios de feria! ¡Presidentes de opereta!…

ACIDAL: —¡Que saquen a este insolente!

ZAVALA: —¡Viva el general Colacho! ¡Viva el gobierno revolucionario! (Ovación).

DOCTOR DEL SURCO, en un arranque patético: —¡Tinieblas! ¡Y nada más que tinieblas!

CORDEL, humillado y herido en lo más vivo de su dignidad intelectual, saca su revólver y hace fuego a boca de jarro sobre su adversario en elocuencia: —¡Basta, carajo! ¡Así contesto yo a los abogados! ¡Bala con las palabras!… (El doctor Surco cae al suelo, ante el estupor de los demás).

CORONEL ZERPA entra como un bólido, a la cabeza de la muchedumbre que aclama a Cordel y a la revolución: —¡General Colacho, a Palacio! ¡A Palacio! ¡La revolución ha triunfado en toda la línea!… ¡Viva!

CORDEL se vuelve como movido por resorte: —¿Qué dice? ¿A Palacio?

CORONEL ZERPA: —El coronel Otuna está esperándolo en Palacio. El dictador ha huido.

CORDEL, aire y tono de mando: —¡Señores a Palacio! ¡A Palacio y a redimir la nación! (Aclamaciones). ¡Vamos a grabar en el tricolor con carácteres jacobinos y geroglíficos eternos el nombre de la Patria! (Se multiplican las aclamaciones y llevan a Cordel en hombros). ¡En marcha, noble pueblo! ¡El gabinete en masa! ¡Viva la revolución! (Salen, rodeados de la multitud que aplaude y aclama).

.

TELÓN

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(Continuará…)

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