Hambre (VII)

Knut Hamsun

CUARTA PARTE

Había llegado el invierno, un invierno crudo y húmedo, casi sin nieve, una noche nublada y eterna sin una sola ráfaga de viento fresco durante largas semanas. Las farolas de gas estaban encendidas casi todo el día, y, sin embargo, las gentes se chocaban en la niebla. Todos los sonidos: las campanas de las iglesias, las campanillas de los coches, las voces de las personas, los cascos de los caballos, tenían un tono sordo, como si estuvieran enterrados en ese espeso aire. Las semanas se sucedían y el tiempo no cambiaba.

Yo seguía hospedado en el barrio de Vaterland.

Me sentía cada vez más vinculado a aquella pensión, a ese lugar para viajeros donde se me permitía permanecer a pesar de mi pobreza. Hacía ya tiempo que me había gastado el dinero y, sin embargo, seguía en ese lugar como si tuviera derecho a ello y perteneciera a él. La dueña no había dicho nada aún; pero, no obstante, me sentía molesto por no poder pagarle. Así transcurrieron tres semanas.

Había reanudado mi actividad de escribir varios días atrás, pero ya no conseguía hacer nada que me satisficiera; la suerte me había abandonado a pesar de mis constantes tentativas. Hiciera lo que hiciera, no servía ya de nada; la suerte no me sonreía.

Me sentaba en una habitación de la primera planta, la mejor habitación de huéspedes, para intentar escribir. Desde aquella primera noche en que aún tenía dinero y podía mantenerme por mis propios medios, me alojaba en ese cuarto, sin que nadie me estorbara. Albergaba la esperanza de lograr confeccionar por fin un artículo sobre algún tema que me permitiera pagar la habitación y el resto de mis deudas. Por eso trabajaba con tanta tenacidad. Había, en especial, una idea de la que esperaba mucho, una alegoría sobre un incendio en una librería, un pensamiento profundo en el que pondría toda mi dedicación y concentración y se lo entregaría al Comodoro como devolución de su préstamo. El Comodoro sabría entonces que esta vez había ayudado a un talento; no me cabía duda de que se daría cuenta de ello; se trataba, sencillamente, de esperar hasta que me llegara de nuevo la inspiración. ¿Y por qué no iba a llegarme? ¿Y por qué no incluso muy pronto? Ya no me ocurría nada, mi patrona me daba un poco de comida todos los días, algo de pan con fiambre por la mañana y por la noche, y mi nerviosismo había desaparecido casi por completo. Ya no me envolvía las manos en trapos para escribir y podía mirar la calle desde las ventanas del primer piso sin marearme. Mi situación había mejorado en todos los sentidos y me extrañaba no haber conseguido terminar mi alegoría. No entendía el motivo.

Un día me di cuenta de lo débil que estaba, de lo torpemente que mi cerebro trabajaba. Aquel día mi patrona subió a mi habitación con una factura que me rogó revisara; debía de tener algún error, dijo, porque no coincidía con su libro de cuentas, pero era incapaz de encontrarlo.

Me puse a contar; mi patrona estaba sentada enfrente de mí, mirándome. Sumé de arriba abajo las veinte partidas, y encontré que el total era correcto, luego las sumé de abajo arriba y obtuve el mismo resultado. Miré a la mujer que, sentada frente a mí, esperaba mis palabras; de pronto reparé en que estaba encinta, no escapó a mi atención a pesar de no mirarla con ojos escrutadores.

La suma es correcta, dije.

No, repase cifra por cifra, contestó; no puede ser tanta cantidad; estoy segura.

Y comencé a revisar cada partida: 2 panes a 25, un tubo de quinqué, 18; jabón, 20; mantequilla, 32… No hacía falta un cerebro muy inteligente para repasar esas columnas de números, esa humilde factura de tendero que no presentaba complejidad alguna. Intenté por todos los medios encontrar el error de que hablaba la mujer, pero no lo conseguí. Después de haber mirado y remirado esos números durante unos cuantos minutos, tuve la sensación de que todo empezaba a darme vueltas en la cabeza; ya no distinguía entre el debe y el haber; todo lo mezclaba. Por fin me quedé completamente estancado en la siguiente partida: 3 y 5/16 libras de queso a 16. Mi cerebro me falló por completo, me quedé mirando atontado la partida del queso y fui incapaz de proseguir.

¡Vaya una manera tan complicada de anotarlo!, dije con desesperación. Dios me ampare, pero aquí pone claramente cinco dieciseisavos de queso. Je, je, nunca había visto nada semejante! ¡Mire, véalo usted misma!

Sí, contestó, suelen anotarlo así. Es el queso con cominos. ¡Sí, sí, es correcto! Cinco dieciseisavos hacen cinco onzas…

¡Eso sí lo entiendo!, la interrumpí, aunque en realidad no entendía nada en absoluto.

Intenté de nuevo resolver ese pequeño problema de aritmética que unos meses antes habría sacado en un minuto; sudaba intensamente pensando con todas mis fuerzas en esas cifras enigmáticas, y pestañeaba pensativo como si estuviera estudiando el asunto con gran atención; pero tuve que desistir. Esas cinco onzas de queso estaban acabando conmigo; era como si algo se rompiera en mi frente.

Pero con el fin de dar la impresión de que seguía con los cálculos, movía los labios y de vez en cuando decía algún número en voz alta, a medida que iba bajando por la columna de cifras como si fuera avanzando y me aproximara al final. Mi patrona seguía sentada en la silla esperando. Por fin dije:

Bueno, la he repasado del principio al fin, y no veo ningún error.

¿No?, exclamó la mujer, ¿de verdad que no? Pero me di cuenta de que no me creía. Y de pronto me pareció que estaba dando un tono de desprecio a sus palabras, un tono de indiferencia que nunca había notado en ella antes. Añadió que quizá yo no estaba habituado a calcular con dieciseisavos, y que tendría que pedir a algún entendido que repasara de nuevo la factura. Lo dijo no en tono ofensivo o para ponerme en ridículo, sino pensativa y seria. Al llegar a la puerta, cuando se disponía a salir, dijo sin mirarme:

Perdóneme por haberle robado su tiempo.

Y se marchó.

Poco tiempo después la puerta se abrió de nuevo y mi patrona volvió a entrar; no podía haber llegado más allá del pasillo antes de dar la vuelta.

Por cierto, dijo, no lo tome a mal, pero ¿no me debe usted algo?, ¿no hizo ayer tres semanas que llegó? Creo recordar que así es. No es fácil arreglárselas con una familia tan numerosa, y no puedo permitirme el lujo de hospedar a nadie a crédito. Lo lamento…

La detuve.

Estoy trabajando en un artículo, como ya le he dicho antes, repliqué, y en cuanto esté concluido tendrá usted su dinero; se lo aseguro.

Sí, pero por lo que veo, no lo termina nunca.

¿Así lo cree? Es posible que mañana me llegue la inspiración, tal vez esta misma noche. Nada se opone a que sea esta misma noche, y en ese caso mi artículo estará terminado en un cuarto de hora todo lo más. Comprenda que mi trabajo no es como el de los otros; no puedo sentarme y producir cierto número de hojas al día, tengo que esperar a que llegue el momento. Y nadie puede predecir el día y la hora en que va a llegar; ha de seguir su curso.

Mi patrona se retiró, pero era evidente que su confianza en mí estaba muy quebrantada.

En cuanto me quedé solo me levanté de un salto y me tiré del pelo con desesperación. ¡No, definitivamente no tenía salvación, estaba perdido! ¡Mi cerebro estaba en la bancarrota! ¿Quería eso decir que había llegado a tal grado de idiotez que era incapaz de calcular el valor de un trozo de queso de cominos? Por otra parte, ¿podía realmente haber perdido la razón si era capaz de plantearme ese tipo de preguntas? ¿Y no era cierto que en medio de mis esfuerzos con el cálculo había hecho la evidente observación de que mi patrona estaba encinta? No tenía motivo alguno para saberlo, nadie me lo había dicho, y tampoco se me habría ocurrido así sin más, sino que lo estaba viendo con mis propios ojos y lo comprendí inmediatamente, incluso en ese momento en que me hallaba sumido en desesperados cálculos con dieciseisavos. ¿Cómo explicarme eso?

Me asomé a la ventana, que daba a Vognmandsgaten, donde unos niños pobremente vestidos jugaban en medio de una calle pobre, lanzándose una botella vacía en medio de un gran alboroto. Un carro de mudanzas pasó cerca de ellos rodando lentamente; sería una familia desahuciada que cambiaba de domicilio fuera de la época de mudanzas; eso fue lo que me imaginé inmediatamente. En el carro había ropa de cama y muebles, camas y cómodas carcomidas, sillas pintadas de rojo con tres patas, esteras, chatarra, cacharros de hojalata. Una muchacha, casi una niña, una niña muy fea con la nariz resfriada, iba en medio de la carga agarrándose con sus pobres manos amoratadas para no caerse. Estaba sentada sobre un montón de horribles colchones mojados en los que habían dormido niños, y miraba a los chiquillos que se lanzaban la botella vacía…

Observé todo eso, y no me costó ningún esfuerzo comprender lo que estaba pasando. Mientras me hallaba en la ventana oía también la voz de la criada de mi patrona, que cantaba en la cocina, al lado de mi cuarto; conocía la melodía que estaba entonando y presté atención para ver si se equivocaba. Me decía a mí mismo que eso no podría hacerlo un idiota; a Dios gracias, estaba tan cuerdo como cualquiera.

De repente vi que dos de los chiquillos empezaron a reñir en la calle. Conocía a uno de ellos; era el hijo de mi patrona. Abrí la ventana para oír lo que decían, y en seguida tuve a un grupo de chiquillos debajo de mí alzando miradas anhelantes hacia arriba. ¿Qué esperaban? ¿Que les tirara algo? ¿Flores marchitas, huesos, colillas, algo que pudieran devorar o que les sirviera de juguete? Miraban hacia mi ventana con sus rostros amoratados por el frío, con los ojos infinitamente abiertos. Entretanto, los dos pequeños enemigos siguen riñendo. De sus bocas infantiles salen palabras semejantes a grandes fieras viscosas, terribles insultos, lenguaje de ramera, maldiciones de marinero que sin duda habían aprendido en los muelles. Y los dos están tan absortos en su riña que no ven a mi patrona que sale apresuradamente a la calle para averiguar lo que está sucediendo.

¡Me ha cogido por el cuello, explicó su hijo, y no he podido respirar en mucho rato! Y volviéndose hacia el pequeño malhechor, que se está riendo maliciosamente de él, se enfurece y grita: ¡Vete al infierno, estúpido caldeo! ¡Miserable piojoso que agarra a la gente del cuello! ¡Maldita sea, te voy a…!

Y la madre, esa mujer encinta que llena con su vientre la estrecha calle, reprende a su hijo de diez años cogiéndolo del brazo con el propósito de llevárselo de allí:

¡Chitón! ¡Cierra el pico! ¡También tú tienes la lengua muy larga! ¡Hablas como si te hubieras criado en un burdel! ¡Vamos! ¡Entra en casa de una vez!

¡No quiero!

¡Entra, he dicho!

¡Que no!

Sigo en la ventana viendo cómo la ira de la madre va en aumento; esa siniestra escena me excita sobremanera, no aguanto más y digo a voces al niño que suba un momento a mi cuarto. Grito dos veces únicamente para separarlos, para acabar con el incidente. La segunda vez grito tan fuerte que la madre se vuelve sorprendida, y mira hacia arriba. Recupera instantáneamente la compostura, me mira con descaro, con gesto arrogante, y a continuación se retira lanzando un reproche a su hijo en voz muy alta para que yo pueda oírla:

¡Vergüenza debería darte que la gente se entere de lo malo que eres!

No había nada, ni un insignificante detalle de lo que estaba ocurriendo que escapara a mi atención. Me mantenía alerta, absorbía con gran sensibilidad cada cosa y mi mente se iba formando una opinión de todo lo que me llegaba. Era, pues, imposible que a mi cerebro le sucediera algo. ¿Por qué iba a pasarle algo entonces?

¡Escucha, me dije de repente, llevas ya mucho tiempo preocupado por tu cerebro! ¡Basta de sandeces! ¿Acaso es indicio de locura observar y captar todo con tanta minuciosidad como tú lo haces? Estoy a punto de echarme a reír, te lo aseguro, tiene bastante gracia tal como yo lo veo. En una palabra, todo el mundo puede quedarse en blanco alguna vez, y precisamente ante las cuestiones más simples. No significa nada, es pura casualidad. Como ya te he dicho, estoy a punto de reírme de ti. En cuanto a esa mísera factura de tendero, esos miserables cinco dieciseisavos de queso de pobre —je, je, un queso con cominos y pimienta—, en cuanto a ese rídiculo queso, cualquiera podría haberse quedado atontado ante él; tan sólo su olor es capaz de acabar con un hombre… Y empecé a burlarme del queso de cominos… ¡Dame algo comestible!, dije, ¡dame, si quieres, cinco dieciseisavos de buena mantequilla! ¡Eso ya es otra cosa!

Me reí febrilmente de mis propias gracias, las encontraba muy divertidas. En realidad no me pasaba nada, estaba en mis cabales.

Mi regocijo iba en aumento mientras paseaba por la habitación charlando conmigo mismo; me reía sonoramente y me sentía muy dichoso. Me parecía que un rato de alborozo, un momento de verdadero y resplandeciente éxtasis sin preocupación de ninguna clase, bastaría para poner a mi cabeza en disposición de trabajar. Me senté a la mesa, listo para ocuparme de mi alegoría. Y la cosa marchaba muy bien, mucho mejor que desde hacía tiempo; no iba deprisa; pero lo poco que logré producir me pareció excelente. Trabajé durante una hora entera sin cansarme.

Me hallo en un punto muy importante de mi alegoría sobre el incendio en una librería; me pareció tan importante que todo lo que había escrito hasta ese momento era insignificante en comparación con ese punto. Quería formular con gran sentido filosófico la idea de que no eran libros lo que ardía, sino cerebros, cerebros humanos, y yo quería convertir esos cerebros en llamas en una verdadera noche de San Bartolomé. De pronto la puerta se abrió violentamente y entró mi patrona con determinación. Fue hasta el centro de la habitación sin detenerse ni siquiera en el umbral.

Lancé un grito ronco; como si hubiera recibido un golpe.

¿Qué?, dijo. Me pareció oírle decir algo. Ha llegado un viajero y necesitamos esta habitación para él. Podrá usted dormir con nosotros abajo esta noche. Bueno, tendrá su propia cama. Y sin esperar mi respuesta empezó a quitar mis papeles de la mesa, desordenándolos.

Mi buen humor desapareció como llevado por un soplo de viento, estaba enfadado y afligido por tener que abandonar el cuarto. Dejé que la mujer ordenara la mesa sin decir nada; no pronuncié palabra alguna. Me puso todos mis papeles en la mano.

No me quedaba otro remedio que dejar la habitación. ¡El precioso momento se había roto! Me encontré con el nuevo huésped ya en la escalera —un joven con grandes anclas azules tatuadas en el dorso de las manos—, seguido de un estibador con un baúl al hombro. El forastero era probablemente un marino, es decir, un viajero de paso que sólo se quedaría allí una noche; no ocuparía mi habitación mucho tiempo. Tal vez al día siguiente, cuando el hombre se hubiera marchado, tendría la suerte de disfrutar de nuevo de uno de mis buenos momentos; no me faltaban más que cinco minutos de inspiración para acabar el artículo sobre el incendio. De modo que habría que resignarse ante el destino…

Nunca había estado en la vivienda de la familia, que constaba de una única sala en la que estaban día y noche el hombre, la mujer, el padre de la mujer y los cuatro hijos. La criada vivía y dormía en la cocina. Me acerqué con desgana a la puerta y llamé; nadie contestó, pero oía voces al otro lado.

El marido no dijo nada cuando entré, ni siquiera contestó a mi saludo; se limitó a mirarme con indiferencia, como si no me conociera. Estaba jugando a las cartas con una persona a quien yo había visto en los muelles, un mozo apodado el Ventana. Un niño de corta edad parloteaba a solas en la cama y el viejo, el padre de la patrona, estaba sentado en un camastro, encogido y con la cabeza apoyada en las manos, como si le doliera el pecho o el estómago. Tenía el pelo casi blanco, y en esa postura encogida semejaba un animal encorvado que aguzaba el oído como esperando algo.

Lamento decir que vengo a pedir un sitio para pasar aquí la noche, dije al marido.

¿Ha dicho eso mi mujer?

Sí, un hombre ha venido a ocupar mi habitación.

El patrón no contestó nada; volvió a sus cartas.

Así pasaba ese hombre los días, jugando a las cartas con cualquiera que entrara; no se jugaba nada, su única pretensión era pasar el tiempo y tener algo entre las manos. No hacía nada más; se movía justo lo que apetecía a sus perezosas piernas y manos, mientras su mujer subía y bajaba escaleras, estaba en todo, y procuraba atraer a huéspedes a la casa. Incluso había contactado con estibadores y mozos de cuerda, a los que a menudo daba cobijo por una noche y pagaba una pequeña comisión por cada huésped que le llevaban. Ese día era el Ventana el que acababa de traer a un viajero.

Entraron dos de sus hijos, dos niñas de caras flacas y pecosas; vestidas con una ropa muy pobre. En seguida entró también la patrona. Le pregunté dónde iba a instalarme para pasar la noche y contestó secamente que podía quedarme allí dentro, con ellos o fuera, en la antesala, sobre el banco de madera, como quisiera. Mientras hablaba, daba vueltas por la habitación ordenando cosas, y ni siquiera me miraba.

Me encogí ante su respuesta, y permanecí arrinconado junto a la puerta, fingiendo incluso estar contento de cambiar mi habitación con otro por una noche. Puse intencionadamente una cara amable para no irritarla y evitar que me echara del todo de la casa. Dije: Bueno, ya se buscará alguna solución, y luego me callé.

Ella seguía moviéndose por la habitación.

Por cierto, ya le dije antes que no me puedo permitir dar cama y comida a crédito, exclamó.

Sí, sí, lo sé, pero mi artículo estará listo dentro de unos días, contesté, y entonces le daré con mucho gusto cinco coronas de más.

Pero, obviamente, ella no tenía ninguna fe en mi artículo; lo leía en sus ojos. Y tampoco podía mostrarme orgulloso y abandonar la casa por una pequeña ofensa; sabía lo que me esperaba si me marchaba.

Transcurrieron unos días.

Yo seguía abajo, con la familia, porque hacía demasiado frío en la antesala, donde no había estufa; dormía bien en el suelo. El forastero continuaba en mi habitación y, al parecer, no tenía intención de marcharse pronto. A mediodía la patrona entró diciendo que había pagado un mes entero por anticipado, y que se presentaría al examen de piloto de barco antes de marcharse; por eso había ido a la ciudad. Entonces comprendí que había perdido para siempre mi habitación.

Salí a sentarme en la antesala; si tuviera la suerte de poder escribir algo tendría que ser allí, en el silencio. Ya no era la alegoría lo que me mantenía ocupado; había tenido una nueva idea, un plan excelente; escribiría un drama en un acto, «La señal de la cruz», sobre un tema de la Edad Media. Tenía ya muy pensada la historia de la protagonista, una fascinante y fanática prostituta que había pecado en el templo, no por debilidad o por lascivia, sino por odio hacia el cielo. Había pecado al pie del altar, con el paño del altar bajo la cabeza, llevada sólo por su admirable desprecio hacia el cielo.

A medida que transcurrían las horas me sentía cada vez más obsesionado por ese personaje. Al fin apareció viva ante mis ojos, exactamente como yo la quería ver. Su cuerpo tendría que ser imperfecto y repugnante; alta, muy alta y morena, y al andar sus largas piernas se transparentarían bajo sus faldas a cada paso. También tendría unas grandes y salientes orejas. En resumen, no sería nada hermosa, apenas resultaría soportable mirarla. Lo que me interesaba de ella era su extraordinaria desvergüenza, ese súmmum de pecado premeditado que había cometido. En realidad me preocupaba demasiado; mi cerebro estaba literalmente hinchado de ese extraño y deforme ser. Y trabajé durante dos horas seguidas en mi drama.

Cuando conseguí escribir unas diez o doce páginas, a veces con gran esfuerzo, y con largos intervalos en los que llenaba inútilmente hojas que luego tenía que romper en pedazos, estaba ya muy cansado, rígido de frío y agotamiento; y me levanté, y salí a la calle. Durante la última media hora también me habían perturbado los gritos de los niños procedentes de la sala familiar, de manera que en ningún caso habría podido seguir escribiendo en ese momento. Así que me di un largo paseo por Drammensveien y estuve fuera hasta la noche, mientras meditaba sobre cómo continuar mi drama. Antes de volver a casa aquel día me sucedió lo siguiente:

Estaba parado ante una zapatería en la parte baja de Karl Johan, casi en Jernbanetorvet. ¡Dios sabe por qué me había detenido ante esa zapatería! Miraba el escaparate, pero en ese momento no pensaba en que me hacían falta zapatos; mis pensamientos se encontraban muy lejos, en otros lugares del mundo. Una gran muchedumbre paseaba a mis espaldas, pero no oía nada de lo que decía la gente. De pronto, alguien me saluda en voz muy alta:

¡Buenas noches!

Era el Señorita quien me saludaba.

¡Buenas noches!, contesté distraído. Tuve que mirarlo un buen rato hasta que lo reconocí.

Bueno, ¿qué tal?, preguntó.

¡Eh, bien… como siempre!

Dígame, exclamó, ¿quiere decir con eso que sigue trabajando en Christie?

¿Christie?

Creí haberle oído decir en una ocasión que era usted contable en casa de Christie, el mayorista.

¿Cómo? Ah, no. Ya se acabó. Resulta imposible trabajar con ese hombre; la relación se deterioró muy pronto.

¿Qué pasó?

Bueno, un día tuve la desgracia de equivocarme al escribir, y…

¿Falsificó un papel?

¿Que si falsifiqué un papel? El Señorita me estaba preguntando sin ruborizarse si había falsificado un papel. Incluso lo preguntaba con prisas y muy interesado. Lo miré, me sentí muy ofendido y no contesté.

¡Sí, sí! ¡Santo Dios, puede sucederle al mejor!, dijo para consolarme. Seguía pensando que yo había falsificado algo.

¿Qué es lo que «Santo Dios, puede sucederle al mejor»? ¿Falsificar un papel? Escuche usted, buen hombre, ¿de verdad me cree capaz de cometer un acto tan vil? ¿A mí?

Pero hombre, me ha parecido oír que decía…

Hice un movimiento con la cabeza, volví la espalda al Señorita y miré hacia la calle. Mis ojos se posaron sobre un vestido rojo que se acercaba a nosotros, una mujer acompañada de un hombre. Si no hubiera estado hablando en ese momento con el Señorita, si no me hubiera sentido ofendido por su sospecha, si no hubiera hecho ese movimiento con la cabeza dándole indignado la espalda, ese vestido rojo quizá me hubiera pasado inadvertido. Y pensándolo bien, ¿a mí qué me importaba? ¿Qué me importaba aunque fuera el vestido de la señorita Nagel de la corte?

El Señorita seguía hablando, intentando reparar su equivocación, pero no lo escuchaba, sino que me hallaba absorto en la contemplación de ese vestido rojo que se estaba acercando. Una emoción me recorrió el pecho, un suave pinchazo, y susurré en mi pensamiento, sin mover los labios:

¡Ylayali!

El Señorita se volvió, descubrió a la pareja, los saludó y los siguió con la mirada. Yo no saludé, o quizá sí. El vestido rojo siguió flotando por Karl Johan y luego desapareció.

¿Quién es el que va con ella?, preguntó el Señorita.

El Duque, ¿no lo ha visto? Ese al que llaman el Duque. ¿Conoce usted a la dama?

Muy poco. ¿La conoce usted?

No, contesté.

Me pareció que saludaba usted con mucha reverencia.

¿Ah, sí?

Je, je, quizá no lo hiciera, dijo el Señorita. ¡Qué extraño! ¡Ella no dejaba de mirarlo!

¿De qué la conoce usted?, pregunté.

En realidad no la conocía. La había visto una noche ese otoño. Era tarde, y tres alegres jóvenes que salían del Gran Café, se encontraron ante la tienda Cammermeyer con esa dama, que caminaba sola. Le hablaron. Ella contestó primero muy secamente; pero uno de los alegres jóvenes, un hombre que no rehuía a nada, le pidió sin rodeos permiso para acompañarla hasta casa. Juró por Dios que no le tocaría ni un pelo de la cabeza como dice la Biblia, sólo quería acompañarla hasta el portal para asegurarse de que llegaba sana y salva; si no, no se quedaría tranquilo. Él hablaba sin parar mientras andaban, inventando mentira tras mentira, dijo llamarse Waldemar Atterdag y se hizo pasar por fotógrafo. Al final, ella se echó a reír con ese alegre joven que no se había dejado impresionar por la frialdad de la dama y terminó por permitirle que la acompañara.

Bueno, ¿y qué pasó después?

¿Qué pasó después? Ah, vamos. ¡Ella es una dama!

El Señorita y yo nos quedamos callados un momento.

¡Demonios! ¡Así que se trataba del Duque! ¿Ése es el aspecto que tiene?, dijo, pensativo. Pues si anda con ese hombre yo no respondería de ella.

Yo seguía callado. ¡Naturalmente, el Duque se la llevaría! Muy bien. ¿Y a mí que me importaba? ¡Un rábano me importaban ella y sus encantos! ¡Un rábano! E intenté consolarme pensando de ella lo peor, disfruté hundiéndola en el fango. Lo único que me irritaba era haberme quitado el sombrero ante la pareja, es decir, si realmente lo había hecho. ¿Por qué me descubriría ante gente así? Ella ya no me importaba nada, nada en absoluto; ni siquiera me parecía bonita, estaba muy desmejorada, ¡diablos, cómo había perdido su frescura! Podía ser que me hubiera mirado sólo a mí, no me extrañaría; quizá le remordiera la conciencia. Pero no por eso iba yo a rendirme a sus pies, saludándola como un idiota, cuando además estaba tan desmejorada. ¡Por mí, el Duque podía quedársela! Quizá llegara el día en que yo pudiera pasar orgullosamente por su lado, sin mirarla siquiera. Tal vez podría hacerlo aunque ella me mirase fijamente, y para colmo, llevara un vestido color rojo sangre. ¡Podría llegar a suceder! ¡Je, je, sería todo un triunfo! Conociéndome bien, sería capaz de terminar mi drama durante la noche y en menos de ocho días tendría a esa señorita arrodillada ante mí. A ella y todos sus encantos…

¡Adiós!, dije secamente.

Pero el Señorita me retuvo. Preguntó:

¿Y a qué se dedica ahora?

¿A qué me dedico? A escribir, naturalmente. ¿A qué otra cosa iba a dedicarme? De eso vivo. En la actualidad estoy trabajando en un gran drama, «La señal de la cruz», que se desarrolla en la Edad Media.

¡Caramba!, dijo el Señorita con gran sinceridad. Si le sale bien…

¡En ese sentido no albergo grandes preocupaciones!, contesté. Supongo que dentro de unos ocho días, más de uno de ustedes sabrá de mí.

Y me marché.

Al llegar a casa me dirigí inmediatamente a mi patrona para pedirle una lámpara. Era muy importante para mí poder contar con una lámpara; no me acostaría esa noche, mi drama estaba dando vueltas dentro de mi cabeza y estaba seguro de que podría escribir bastantes páginas antes del amanecer. Expresé mi deseo con gran humildad ante la señora, ya que había observado su gesto de desagrado al verme entrar en la sala. Estaba a punto de concluir un drama muy singular, le dije; sólo me faltaban un par de escenas e insinué que en breve podría ser representado en un teatro. Si tuviera la bondad de hacerme ese favor…

Pero la señora no tenía ninguna lámpara. Meditó un instante, pero no recordó tener una lámpara en ninguna parte. Si me esperaba hasta después de las doce, quizá podría llevarme la de la cocina. ¿Y por qué no me compraba una vela?

Me callé. No tenía ni diez øre para una vela y ella bien lo sabía. ¡Otro intento frustrado! La criada estaba sentada con nosotros en la sala y no en la cocina, lo que significaba que la lámpara de la cocina ni siquiera estaba encendida. Me quedé pensando en eso, pero no dije nada más.

De repente la criada me dice:

Me pareció verlo salir del Palacio hace un rato. ¿Ha estado cenando allí? Y se rió de buena gana de su propio chiste.

Me senté, saqué mis papeles e intenté empezar a hacer algo allí mismo mientras tanto. Me puse las hojas sobre las rodillas y miraba constantemente al suelo para no distraerme; pero de nada sirvió, no avancé ni un milímetro. Entraron las dos niñas de la patrona alborotando con un gato, un extraño gato enfermo que apenas tenía pelo; cuando las niñas le soplaban en los ojos salía agua de ellos y le caía sobre la nariz. El marido de la patrona y otros hombres estaban sentados en torno a la mesa jugando a las cartas. La única que hacía algo, como siempre, era la patrona; estaba cosiendo. Ella se daba cuenta de que me resultaba imposible escribir en medio de tanto alboroto, pero yo ya no le importaba; incluso se sonrió cuando la criada me preguntó si había cenado en el Palacio. La casa entera se me había vuelto hostil; sólo faltaba ya la humillación de tener que dejar mi habitación a otro para que me trataran como a un intruso. Incluso la criada, una pequeña ramera de ojos negros, flequillo y pecho completamente plano, se burlaba de mí por las noches cuando me traía las rebanadas de pan. Me preguntaba siempre que dónde cenaba, ya que nunca me había visto utilizar el palillo al salir del Gran Café. Era evidente que estaba al corriente de mi penuria y disfrutaba recordándomela.

Estoy pensando en todo esto y soy incapaz de inventar una sola frase para mi drama. En vano intento una y otra vez; empiezo a sentir extraños zumbidos en la cabeza y finalmente me rindo. Me meto los papeles en el bolsillo y levanto la vista. La criada está sentada delante de mí y la miro; miro su espalda estrecha y sus hombros hundidos que aún no están completamente formados. ¿Por qué se metía conmigo? Y si yo hubiera salido del Palacio, ¿qué? ¿Qué podía importarle a ella? En los últimos días se había reído con descaro de mí cuando tenía la desgracia de tropezar en la escalera o de engancharme en algún clavo y hacerme un desgarro en la chaqueta. El día anterior, sin ir más lejos, había cogido los borradores que tenía esparcidos en la antesala; había robado esos frustrados fragmentos de mi drama y los había recitado en voz alta en la sala, burlándose de ellos en presencia de todo el mundo, sólo para ridiculizarme. Yo jamás la había ofendido ni recordaba haberle pedido ningún favor. Por el contrario, yo mismo me preparaba mi cama por las noches en el suelo de la sala para no causarle ninguna molestia. También se burlaba de mí porque se me caía el pelo. Había cabellos flotando en el agua de la palangana por las mañanas, y eso le hacía mucha gracia. Mis zapatos estaban ya muy deteriorados, sobre todo el que fue pisado por el carro de pan, y también eso le resultaba muy divertido. ¡Dios lo bendiga a usted y a sus zapatos!, decía. ¡Mírelos, parecen abarcas! No le faltaba razón; mis zapatos estaban muy desgastados; pero era evidente que por el momento no tenía posibilidad de adquirir unos nuevos.

Mientras pensaba en todo eso, asombrado por la notoria malicia de la criada, las niñas habían empezado a provocar al viejo, que yacía en la cama; las dos saltaban a su alrededor sin parar de molestarlo. Se habían procurado unas pajas con las que le hurgaban en las orejas. Las estuve observando durante algún tiempo sin entrometerme. El viejo no movía ni un dedo para defenderse, se limitaba a observar a sus torturadoras con ojos enfurecidos cada vez que intentaban pincharlo, y sacudía la cabeza para librarse de las pajas en las orejas.

Ese espectáculo me alteraba cada vez más, y era incapaz de apartar la vista de lo que estaba sucediendo. El padre levantó los ojos de las cartas y se reía de las pequeñas, a la vez que llamaba la atención de sus compañeros de juego hacia lo que estaba pasando. ¿Y el viejo? ¿Por qué no se movía? ¿Por qué no apartaba a las criaturas con el brazo? Di un paso en dirección a la cama.

¡Déjelas! ¡Déjelas! Está paralítico, gritó el patrón.

Por miedo a que me echaran en medio de la noche, temeroso de disgustar al hombre entrometiéndome en el incidente, retrocedí en silencio hacia mi sitio. ¿Por qué iba a arriesgar mi alojamiento y mis rebanadas de pan metiendo las narices en las disputas de la familia? ¡No cometería ninguna imprudencia por un viejo moribundo! Y me sentí deliciosamente duro como una piedra.

Las granujillas no cesaban en sus vejaciones. Les irritaba que el viejo no dejara la cabeza quieta y empezaron a pincharle en los ojos y en el interior de la nariz. Él las miraba fijamente con ojos inexpresivos, no decía nada y era incapaz de mover los brazos. De repente se incorporó y escupió a una de las niñas en la cara; se incorporó de nuevo e intentó escupir a la otra, pero falló. Me quedé mirando cómo el patrón tiraba las cartas encima de la mesa y se acercaba de un salto a la cama. Gritó acalorado:

¿Estás escupiendo a las crías en la cara, viejo cerdo?

¡Pero por Dios, si no lo dejan en paz!, grité fuera de mí. Pero estaba aterrado pensando que podían echarme, y no grité con mucha fuerza; todo mi cuerpo temblaba de excitación.

El patrón se volvió contra mí.

¡Mira quién fue a hablar! ¿Qué demonios le importa a usted? Será mejor que se calle y haga lo que yo le diga.

En ese momento se oyó la voz de la patrona y se armó un gran alboroto.

¡Dios mío, creo que estáis todos locos!, gritó. ¡Si queréis seguir aquí dentro tendréis que estaros quietos los dos, entendido! ¡No basta con dar cama y comida a los muertos de hambre, encima vienen aquí a hacer de Juez Divino y a convertir la sala en un infierno! Pero eso ya se acabó. ¡A callar, niñas, y limpiaos los mocos, si no queréis que lo haga yo! ¡En mi vida he visto cosa parecida! ¡Llega aquí directamente de la calle sin ni siquiera un øre para ungüento de piojos, y arma un escándalo en medio de la noche, alborotando a la gente de la casa! Esto no me gusta nada, ¿sabe? Ya puede marcharse por donde ha venido, quiero paz en mi casa.

Yo no dije nada, no abrí la boca, sino que volví a sentarme junto a la puerta a escuchar el alboroto. Todos gritaban a la vez, hasta los niños y la criada, que quería explicar cómo se había iniciado la disputa. Estaba seguro de que si permanecía callado todo volvería a la normalidad; no se llegaría a medidas extremas mientras yo no dijera una palabra. ¿Y qué podría decir? ¿No era invierno y se estaba haciendo de noche? ¿Era, pues, el momento de dar un golpe en la mesa y mostrarme soberbio? ¡Nada de audacias! Y me quedé quieto y no abandoné la casa, aunque prácticamente me habían echado. Miré petrificado la pared, de donde colgaba un Cristo en una litografía, y callaba obstinadamente a pesar de los ataques de la patrona.

Pues si es de mí de quien quiere librarse, no hay problema, señora, dijo uno de los jugadores de cartas.

Se levantó y en seguida hizo lo mismo otro jugador.

No, no me refería a ti. Ni a ti tampoco, les contestó la patrona. Ya me ocuparé de mostrar a quién me refiero, si es necesario. Ya se verá de quién se trata…

Hablaba entrecortadamente, lanzándome esos golpes a cortos intervalos, alargando la cuestión para darme a entender con más claridad que era a mí a quien se estaba refiriendo. ¡Cállate!, me dije. ¡Cállate! No me ha pedido expresamente que me marche, no directamente. ¡Nada de arrogancia por mi parte, nada de inoportunos orgullos! ¡Estar alerta!… Por cierto, qué pelo verde más extraño tiene ese Cristo de la litografía. Se parece bastante a la hierba verde, o, expresado con una exquisita precisión, a esa tupida hierba de los prados. Je, je, un comentario muy acertado por mi parte… En ese instante cruzó mi mente una fugaz asociación: de la hierba verde a una frase de la Biblia que decía que la vida era como la hierba quemada, de allí me pasé al Juicio Final, cuando todo se quemaría, luego di un pequeño rodeo por el terremoto de Lisboa, y a continuación me llegó una vaga idea de una escupidera española de latón y un portaplumas de ébano que había visto en casa de Ylayali. ¡Ay, todo era perecedero! Exactamente como la hierba que arde. Que a su vez equivale a cuatro tablas y una mortaja… en casa de la señorita Andersen, en el patio a la derecha…

Todo eso daba vueltas en mi cabeza en aquel momento desesperado en que mi patrona estaba a punto de echarme de su casa.

¡No me escucha!, gritó. Le estoy diciendo que se marche de mi casa, ¡entérese de una vez! ¡Por el amor de Dios, creo que este hombre está loco! ¡Márchese ahora mismo, y basta!

Miré hacia la puerta, no para irme, nada de eso; sino porque se me estaba ocurriendo una desvergonzada idea: si la puerta hubiera tenido llave la habría echado, me habría encerrado con los demás para no tener que marcharme. Tenía un pavor histérico a volver a encontrarme en la calle. Pero la puerta no tenía llave y me levanté; ya no había ninguna esperanza.

En ese instante la voz del patrón se mezcló con la de su mujer. Me quedé inmóvil, estupefacto. Curiosamente, ese hombre que hace poco me estaba amenazando, se pone ahora de mi parte y dice:

No se puede echar a la gente por la noche, ya lo sabes. Está castigado por la ley.

Yo no sabía si se castigaba a la gente por ello, pensaba que no, pero puede que fuera verdad, porque la mujer recapacitó, se serenó, y no volvió a decirme nada. Incluso puso delante de mí dos rebanadas de pan, que no acepté por agradecimiento al marido, poniendo como pretexto que había tomado algo en la calle.

Cuando por fin salí a la antesala para acostarme, la mujer fue detrás de mí, se detuvo en el umbral y dijo en voz alta apuntándome con su abultado vientre:

Es la última noche que duerme usted aquí, que lo sepa.

¡De acuerdo, de acuerdo!, contesté.

Puede que encontrara alguna solución al día siguiente si me esforzaba lo suficiente. Encontraría algún refugio. Por el momento celebraba no tener que pasar la noche al aire libre.

Dormí hasta las cinco o las seis de la mañana. Aún no era de día cuando me desperté, pero me levanté en seguida; había dormido completamente vestido a causa del frío y no tenía más ropa con qué abrigarme. Después de beber un poco de agua y abrir con mucho cuidado la puerta, salí apresuradamente a la calle por temor a encontrarme de nuevo con mi patrona.

Los únicos seres vivos con los que me topé por las calles fueron algún que otro policía que había estado de servicio esa noche; al poco tiempo aparecieron dos hombres que empezaron a apagar las farolas de gas. Yo vagaba sin rumbo, tomé Kirkeveien, y de allí me fui hacia el Castillo. Helado y somnoliento aún, con las rodillas y la espalda débiles tras la larga caminata, y hambriento, me senté a dormitar en un banco un buen rato. Desde hacía tres semanas mi único alimento eran las rebanadas de pan que la patrona me daba por la mañana y por la noche; hacía exactamente veinticuatro horas que había ingerido mi última comida, de nuevo el hambre comenzaba a roerme insufriblemente las entrañas y tenía que buscar una solución cuanto antes. Pensando en eso me volví a quedar dormido sobre el banco…

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(Sigue leyendo…)

Una respuesta a “Hambre (VII)

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