Hambre (Final)

Knut Hamsun

 

 

Me despertó la voz de una persona cerca de mí; cuando me hube repuesto un poco descubrí que era pleno día y que la gente ya estaba en la calle. Me levanté y me marché. El sol se hallaba sobre las colinas, el cielo estaba blanco y suave, y la alegría que sentí al ver esa hermosa mañana después de tantas semanas oscuras me hizo olvidar todas mis penas y pensar que me había encontrado en situaciones peores que esa. Me di ligeros golpes en el pecho y entoné una pequeña melodía. Mi voz sonaba tan mal, tan agotada, que me conmovió hasta hacerme llorar. Esa espléndida mañana, ese cielo blanco, inundado de luz, tuvo un efecto tan poderoso sobre mí que me eché a llorar ruidosamente.

¿Qué le pasa?, me preguntó un hombre.

No contesté; me alejé apresuradamente ocultando mi rostro a todas las personas.

Bajé hasta los muelles. Estaban descargando carbón de un gran barco con bandera rusa; en el costado pude leer su nombre, Copégoro. Durante un buen rato estuve distraído observando todo lo que pasaba a bordo de ese barco forastero. Debían de estar acabando con la descarga, porque la marca que indicaba los nueve pies aparecía ya por encima del agua a pesar de todo el lastre que ya habían subido a bordo, y cuando los estibadores de carbón pisaban la cubierta con sus pesadas botas, sonaba a hueco.

El sol, la luz, ese soplo salado del mar, todo ese alegre trajín, me hacía sentir correr la sangre con fuerza por el pecho. De pronto se me ocurrió intentar escribir un par de escenas de mi drama mientras estaba sentado en el muelle. Saqué las hojas del bolsillo.

Intenté formular una frase que ponía en boca de un monje, una frase que debería estar llena de fuerza e intolerancia, pero no lo conseguí. Decidí saltarme al monje y me dispuse a elaborar un discurso, el discurso del juez a la sacrílega. Escribí media página de ese discurso y me atasqué. No era capaz de conseguir que se posara sobre mis palabras el clima idóneo. Ese ajetreo que me rodeaba, ese canto de los estibadores, el ruido de los cabrestantes y el constante rechinar de los raíles del tren armonizaba muy poco con ese aire claustrofóbico y mohoso de Edad Media que debería flotar como una niebla en mi drama. Recogí los papeles y me levanté.

Al menos ya estaba en marcha con mi trabajo, estaba seguro de que podría hacer algo si todo iba bien. ¡Ojalá tuviera algún sitio donde meterme! Reflexioné sobre ello, me paré literalmente en la calle y reflexioné, pero no conocía ni un solo lugar tranquilo en toda la ciudad donde poder estar un rato. No quedaba otro remedio, tendría que volver a mi alojamiento en el barrio de Vaterland. Me estremecí al pensarlo y me repetía una y otra vez que no podía ser, pero seguía avanzando y estaba cada vez más cerca del lugar prohibido. Aquello era abyecto, humillante, verdaderamente humillante, pero ya no podía remediarlo. Y no era nada arrogante, incluso me atrevería a decir que no había existido hasta la fecha un hombre menos arrogante que yo. Proseguí mi camino.

Me detuve ante el portal y reflexioné una vez más. Pues sí, fuera como fuera, tendría que arriesgarme. En realidad, tampoco tenía tanta importancia, ¿no? En primer lugar, sólo serían unas horas, y en segundo lugar, Dios prohibiría que volviera a pisar aquella casa. Entré en el patio. Al pisar las irregulares baldosas aún me sentía inseguro, y ya en la puerta estuve a punto de darme la vuelta. Apreté los dientes. ¡Nada de orgullo a destiempo! En el peor de los casos podría poner como pretexto que quería despedirme, despedirme educadamente y llegar a un acuerdo sobre lo que debía a la casa. Abrí la puerta de la antesala.

Nada más entrar me detuve en seco. Justo delante de mí, a sólo dos pasos de distancia, estaba el patrón en persona, sin sombrero y sin chaqueta, mirando por el ojo de la cerradura de la puerta que daba a la sala de la familia. Estaba riéndose.

¡Acérquese!, dijo susurrando.

Me acerqué de puntillas.

¡Mire!, dijo riéndose en voz baja y con gran excitación. ¡Mire por el agujero! ¡Ji, ji! Están en la cama. ¡Mire al viejo! ¿Ve al viejo?

En la cama, justo debajo de la litografía del Cristo, y enfrente de mí, se veía a dos personas, la patrona y el forastero; las piernas blancas de ella destacaban sobre el oscuro edredón. Y en la cama que había en la pared opuesta estaba sentado el padre de ella, el viejo paralítico, observando, encorvado sobre sus propias manos, encogido, como de costumbre, sin poder moverse…

Me volví hacia el patrón. Le costaba mucho esfuerzo no reírse sonoramente. Se tapó la nariz.

¿Ha visto al viejo?, susurró. ¡Dios mío! ¿Ha visto al viejo? ¡Está sentado en la cama mirando! Y volvió a acercarse al ojo de la cerradura.

Me fui hasta la ventana y me senté. Ese espectáculo había desordenado cruelmente todos mis pensamientos y tergiversado mi espléndido estado de ánimo. Bueno, ¿y a mí qué me importaba todo aquello? Si el propio marido lo aceptaba, e incluso le resultaba divertido, no había motivo alguno para que yo me preocupara.

Y en cuanto al viejo, se trataba sólo de un viejo. Puede que ni siquiera lo estuviera viendo; quizá estaba dormido sentado; ¡Dios sabe, tal vez estaba incluso muerto! ¡No me extrañaría que estuviera muerto! Y no iba yo a permitir que eso pesara sobre mi conciencia.

Volví a sacar mis papeles intentando permanecer ajeno a cualquier impresión que me llegara del exterior. Me había detenido en medio de una frase del discurso del juez: Así me lo ordena Dios y la Ley, así me lo ordena el Consejo de los Sabios, y así me lo ordena también mi propia conciencia… Miré por la ventana pensando en qué era lo que le ordenaba su propia conciencia. Me llegaba algún que otro ruido de la sala. Bueno, era algo que a mí no me atañía en absoluto; además, el viejo estaba muerto, tal vez había muerto a las cuatro de la mañana; así que el ruido me era totalmente indiferente. Entonces, ¿por qué demonios estaba pensando en ello? ¡Tranquilo!

Así me lo ordena también mi propia conciencia…

Pero todo se había conjurado en contra mía. El marido no estaba quieto junto al ojo de la cerradura, de vez en cuando oía sus risas ahogadas y veía cómo se movía todo su cuerpo; también en la calle sucedían muchas cosas que me distraían. En la acera de enfrente un niño jugaba solo sentado bajo el sol, aparentemente sin ninguna preocupación. Estaba atando tiritas de papel y no hacía daño ni molestaba a nadie. De pronto se levanta de un salto profiriendo maldiciones; se coloca de espaldas a la calzada y ve a un hombre adulto de barba roja que desde una ventana le está escupiendo en la cabeza. El pequeño lloraba de rabia y lanzaba impotentes maldiciones hacia la ventana mientras el hombre estaba riéndose en su cara; así transcurrieron unos cinco minutos. Me aparté para no ver el llanto del niño.

Así me lo ordena también mi propia conciencia…

Me resultaba imposible avanzar. Al final todo empezó a darme vueltas; incluso me parecía que lo que ya había escrito no servía; que toda la idea era una estupidez. No se podía hablar de conciencia en la Edad Media, la conciencia no apareció hasta que la descubrió aquel profesor de baile llamado Shakespeare, y, por consiguiente, todo mi discurso era incorrecto. ¿No había, pues, nada bueno en esas páginas? Volví a repasarlas y resolví en seguida mis dudas; encontré trozos magníficos, largos trozos de gran originalidad. Y de nuevo sentí un deseo embriagador de empezar de nuevo y terminar mi drama.

Me levanté y me fui hacia la puerta sin hacer caso de los furiosos gestos del patrón indicándome que no hiciera ruido. Con gran determinación salí de la antesala, subí hasta el primer piso y entré en mi antigua habitación. Sabía que el marinero no estaba dentro, y ¿qué tiene de malo que me quede aquí un rato? No tocaría sus cosas, ni siquiera utilizaría su mesa, sino que me sentaría en una silla junto a la puerta, y con eso me contentaría. Desdoblo enérgicamente las hojas sobre mis rodillas.

Durante unos minutos todo fue muy bien. Las frases surgían completamente acabadas y elaboradas en mi cabeza y escribía sin interrupción. Lleno una página tras otra, desenfrenado, gimo para mis adentros del placer que me produce mi excelente ánimo, estoy como fuera de mí. El único ruido que oigo en esos momentos son mis propios gemidos de felicidad. También se me ocurrió la feliz idea de una campana que se pondría a repicar en un punto determinado de mi drama. Todo iba sobre ruedas.

De repente oigo pasos en la escalera. Empiezo a temblar muerto de miedo, sigo sentado, listo para dar un salto, sobrecogido, alerta, aterrado y excitado por el hambre; escucho nerviosamente, tengo el lápiz en la mano y escucho, incapaz de escribir una palabra más. Se abre la puerta y entra la pareja de la sala de abajo.

Antes de que me diera tiempo a pedir disculpas, la patrona grita, completamente atónita:

¡Dios me ampare! ¡Aquí está otra vez!

¡Disculpe!, dije, y quise decir algo más, pero ella no me dejó.

Abrió la puerta de par en par y gritó:

¡Si no se va, juro ante Dios, el Señor, que iré a buscar a la policía!

Me levanté.

Sólo quería despedirme de usted, murmuré. Y he tenido que esperarla. No he tocado nada, sólo he estado aquí sentado…

No hay nada malo en eso, dijo el marinero. ¿Qué demonios tiene eso de malo? ¡Deja al hombre en paz!

Bajando la escalera me enfurecí de repente con esa mujer gorda e hinchada que me pisaba los talones para librarse de mí lo antes posible. Me detuve en seco, con la boca llena de los peores insultos imaginables, que pretendía lanzar contra ella. Pero recapacité a tiempo, me callé por agradecimiento a ese forastero que iba tras ella y que podría haberme oído. La patrona seguía detrás de mí y no paraba de insultarme, a la vez que mi rabia aumentaba a cada paso que daba.

Llegamos al patio, yo andaba muy despacio, preguntándome aún si debía volverme contra la patrona. En ese instante estaba completamente loco de ira y pensé en los peores derramamientos de sangre, un empujón que la dejara muerta allí mismo, una patada en el vientre. Un repartidor se cruza conmigo en la puerta, me saluda, pero yo no le devuelvo el saludo; se dirige a la señora y oigo que pregunta por mí, pero no me vuelvo.

El repartidor me alcanza, me saluda de nuevo y me detiene. Me entrega una carta. La abro violentamente, encolerizado y desganado; del sobre cae un billete de diez coronas, pero no lo acompaña ninguna nota, ninguna palabra.

Miro al hombre y le pregunto:

¿Qué bufonadas son éstas? ¿De quién es esta carta?

No lo sé, contesta, me la dio una señora.

Me callé. El repartidor se marchó. Vuelvo a meter el billete en el sobre, hago una pelota con él, me vuelvo hacia la patrona, que todavía está en la puerta vigilándome y le tiro el billete a la cara. No dije nada, no pronuncié una sola sílaba; me limité a mirar cómo la mujer examinaba el papel arrugado antes de marcharme…

¡Eso era lo que yo llamaba una conducta digna! ¡No decir nada, no hablar a esa chusma, sino arrugar tranquilamente un billete de los grandes y tirarlo a la cara de tus perseguidores! ¡Eso era una conducta digna! ¡Es lo que se merecían esos animales!…

Cuando llegué al cruce de Tomtegaten con Jernbanegaten, la calle comenzó de repente a darme vueltas, la cabeza me zumbaba como si estuviera hueca y me caí contra la pared de una casa. Era incapaz de seguir andando, ni siquiera logré enderezarme; me quedé de pie en la misma postura encorvada en la que me había caído contra la pared, y sentí que empezaba a perder el conocimiento. Ese ataque de agotamiento no hizo sino aumentar mi frenética ira y levanté el pie para patalear la acera. Hice, además, otros movimientos para recuperar las fuerzas: apreté los dientes, fruncí la frente, giré desesperadamente los ojos, y poco a poco iba surtiendo efecto. Mi mente se despejó, comprendí que estaba a punto de morir. Levanté las manos hacia el frente y me di un empujón para separarme de la pared; la calle seguía bailando ante mi vista. Empecé a sollozar de ira y luché con toda mi alma contra mi miseria, me defendía denodadamente para no derrumbarme; no tenía intención de desplomarme, quería morir de pie. Un carro pasó muy despacio y veo que contiene patatas, pero llevado por la rabia se me ocurre decir tercamente que no eran patatas, que eran coles, y me pongo a jurar con gran vehemencia que eran coles. Oía muy bien lo que estaba diciendo y juré una y otra vez esa mentira sólo para sentir la divertida satisfacción de cometer un grave perjurio. Me embriagué de ese inigualable pecado, levanté mis dedos en el aire y juré con voz temblorosa en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo que eran coles.

Transcurrieron las horas. Me dejé caer sobre un escalón y me sequé el sudor de la frente y del cuello, respiré hondamente y me obligué a serenarme. El sol se puso, caía la tarde. De nuevo empecé a meditar sobre mi situación; el hambre me trataba desvergonzadamente, y al cabo de unas horas sería de noche; había que buscar una solución mientras aún quedara tiempo. Mis pensamientos volvieron a concentrarse en ese alojamiento del que había sido arrojado; no deseaba en absoluto volver a ese lugar, pero no obstante, no lograba dejar de pensar en ello. En realidad, la mujer estaba en su pleno derecho a echarme. ¿Cómo podía esperar que me alojaran en algún lugar sin pagar? Por añadidura, ella me había dado algo de comer de vez en cuando; incluso la noche anterior, cuando la irrité tanto, me ofreció dos rebanadas de pan con fiambre; me las ofreció por bondad, porque sabía que necesitaba comer; así que no tenía de qué quejarme, y mientras seguía sentado en la escalera empecé a pedirle perdón para mis adentros por mi conducta. Sobre todo me arrepentí amargamente de haberme mostrado tan desagradecido tirándole un papel a la cara…

¡El billete de diez coronas! Silbé. ¿De dónde procedía la carta que trajo el repartidor? Hasta ese instante no había reparado en ello y sospeché en seguida de qué se trataba. Me sentí transido de dolor y de vergüenza, susurré un par de veces el nombre de Ylayali con voz ronca y sacudiendo la cabeza. ¿No había decidido la tarde anterior pasar orgullosamente de largo cuando me encontrara con ella y mostrarle una total indiferencia? En lugar de eso, había logrado despertar su compasión y sacarle una limosna. ¡No, no, no, mi degradación no tendría fin! ¡Ni siquiera ante ella había podido guardar la compostura! ¡No hacía más que hundirme cada vez más dondequiera que me dirigiera, me hundía hasta las rodillas, hasta la cintura, me hundía en la deshonra y no volvería a salir a flote jamás, jamás! ¡Era el colmo! ¡Aceptar diez coronas de limosna sin poder devolvérselas al donante anónimo! ¡Recibirlas con las manos extendidas y guardarlas, emplearlas para pagar el alojamiento a pesar de mi más íntima repulsa!…

¿No me sería posible recuperar esas diez coronas de una manera u otra? De nada serviría ir a ver a ver a la patrona y pedirle que me devolviera el billete; tendría que haber otra solución y debería esforzarme al máximo en encontrarla, pues Dios sabe que en mi caso no basta con pensar de un modo corriente; tendría que poner en marcha todo mi mecanismo humano para encontrar una manera de conseguir las diez coronas. Y me puse a meditar con todas mis fuerzas.

Serían alrededor de las cuatro, en dos o tres horas podría ir a ver al director del teatro si consiguiera terminar mi drama. Saco el manuscrito y quiero a toda costa acabar las tres o cuatro últimas escenas; pienso, sudo y releo todo desde el principio, pero no avanzo. ¡Nada de tonterías!, digo. ¡Nada de tozudez! Y me pongo a escribir, escribo todo lo que se me ocurre con el fin de acabar rápidamente y marcharme. Quise hacerme creer que me había llegado otro gran momento de inspiración, me mentí abiertamente, me engañé a mí mismo y escribí como si no me fuera preciso buscar las palabras. ¡Bien! ¡Un verdadero hallazgo!, murmuraba de vez en cuando; ¡tú, apúntalo todo!

No obstante, llega un momento en que mis frases comienzan a parecerme sospechosas; contrastan demasiado con el estilo empleado en las primeras escenas, y además, no había nada de Edad Media en las palabras del monje. Parto el lápiz con los dientes, me levanto de un salto, rompo el manuscrito en pedazos, hago trocitos cada hoja, tiro mi sombrero al suelo y lo pisoteo. ¡Estoy perdido!, murmuro. ¡Damas y caballeros, estoy perdido! Es lo único que digo mientras sigo pisoteando mi sombrero.

A unos pasos de mí hay un policía mirándome; está en medio de la calle y sólo me presta atención a mí. Cuando levanto la cabeza, nuestras miradas se encuentran; puede que llevara mucho tiempo observándome. Recojo el sombrero, me lo pongo y me acerco a él.

¿Sabe usted qué hora es?, pregunto.

El policía espera un instante antes de sacar su reloj de bolsillo, y no me quita ojo mientras lo hace.

Algo más de las cuatro, contesta.

¡Exactamente!, digo; algo más de las cuatro. ¡Correcto! Veo que usted sabe lo que tiene que saber. Lo tendré en cuenta.

Y me marché. Se quedó muy extrañado y permaneció un buen rato mirándome boquiabierto con el reloj todavía en la mano. Al llegar al Royal me volví hacia atrás; él seguía allí, en la misma postura, vigilándome con la mirada.

¡Je, je, je, así había que tratar a los animales! ¡Con la más exquisita insolencia! Eso los impresionaba, los asustaba… Me sentí enormemente satisfecho conmigo mismo y de nuevo me puse a cantar. Tenía los nervios tensos por la excitación pero no sentía ningún dolor, ninguna molestia, y ligero como una pluma me paseé por toda la plaza, me alejé en dirección al mercado y me senté en un banco junto a la iglesia de Nuestro Salvador.

¿No era en realidad totalmente indiferente que devolviera o no aquel billete de diez coronas? Si me lo habían regalado era mío, y en el lugar de donde procedía no parecía haber miseria alguna. Tenía que aceptarlo, ya que me había sido expresamente enviado. Tampoco estaría bien devolver un billete de diez coronas que no fuera el mismo que había recibido. De modo que no había nada que hacer.

Intenté observar el ajetreo de la plaza y ocupar mi mente con asuntos sin importancia; pero no lo conseguí, seguía pensando en el billete de diez coronas. Al final apreté los puños y me enfurecí. Sería una ofensa para ella, me dije, si se lo devolviera. ¿Por qué iba a hacerlo entonces? Yo tenía la mala costumbre de considerarme superior, de sacudir la cabeza y de decir «no, gracias». En ese momento podía comprobar a lo que conducía tal conducta: pues de nuevo me encontraba en la calle. Incluso teniendo la oportunidad, no conservé mi excelente y cálido alojamiento; era orgulloso, saltaba a la primera palabra para mostrar cuán hombre era, pagaba con diez coronas a diestro y siniestro y me iba… Me reñí severamente por haber abandonado mi alojamiento y por haberme creado de nuevo esta difícil situación.

Por cierto, ¡todo me importaba un bledo! Yo no había pedido ese billete de diez coronas, y apenas lo había tenido en mi mano, sino que lo había regalado instantáneamente, había pagado con él a gente que me era totalmente desconocida y a la que nunca volvería a ver. Ésa era la clase de hombre que era yo, siempre pagaba hasta el último øre. ¡Si no me equivocaba, Ylayali tampoco se arrepentía de haberme enviado ese dinero! Entonces, ¿para qué estaba haciendo tantas especulaciones? En realidad, era lo menos que ella podía hacer, es decir, enviarme un billete de diez coronas de vez en cuando. La pobre muchacha estaba enamorada de mí, je, je, tal vez incluso perdidamente enamorada de mí… Ese pensamiento me hizo presumir mucho ante mí mismo. ¡No cabía duda de que la pobre muchacha estaba enamorada de mí! …

Se hicieron las cinco. Volví a desplomarme tras esa larga excitación nerviosa. De nuevo empecé a sentir los extraños zumbidos en la cabeza. Miré fijamente al frente, clavando la vista en la farmacia Elefanten. El hambre estaba haciendo terribles estragos en mí y sufría mucho. Sentado de ese modo, mirando el aire, se va dibujando con una creciente nitidez una figura a la que distingo y reconozco; es la mujer de las pastas, que suele estar junto a la farmacia.

Me sobrecojo, me enderezo en el banco y procuro recordar. Pues sí, era correcto, se trataba de la misma mujer, delante de la misma mesa, en el mismo lugar. Silbo un par de veces y hago un chasquido con los dedos, me levanto y voy hacia la farmacia. ¡Nada de tonterías! ¡Me daba igual que fuera dinero del pecado o buena plata noruega de tendero, acuñada en Kongsberg! No quería ser ridículo, se podía uno morir de un exceso de arrogancia…

Me acerco a la esquina, poso mi mirada en la mujer y me coloco ante ella. Sonrío, saludo como si nos conociéramos y elijo mis palabras como si hubiera dejado muy claro que algún día volvería.

¡Buenos días!, digo. ¿Acaso no me reconoce?

No, contesta lentamente, mirándome.

Sonrío con más insistencia aún, como si el decir que no me reconoce fuera una broma divertidísima, y digo:

¿Ha olvidado ya que un día le di un puñado de coronas? Si no recuerdo mal, no dije nada en aquella ocasión; no suelo hacerlo. Cuando se trata con gente honrada no es preciso firmar un acuerdo, o establecer un contrato por cada pequeña cosa que uno quiere comprar. Je, je. Pues sí, fui yo quien le entregó ese dinero.

¡Vaya, así que fue usted!, pues sí, ahora lo reconozco, pensándolo bien…

Quise anticiparme a que me diera las gracias por el dinero y digo apresuradamente mientras mis ojos están ya buscando comida en la mesa:

Vengo a recoger las pastas.

Ella no lo entiende.

Las pastas, repito, he venido a recogerlas. Al menos algunas, la primera entrega. No me hacen falta todas hoy.

¿Viene usted a recogerlas?, pregunta.

¡Dios sabe que he venido a recogerlas!, contesto soltando una carcajada como si la mujer debiera haber entendido en seguida que había ido a por las pastas. Cojo una de la mesa, una especie de bollo que comienzo a mordisquear al instante.

Al ver lo que estoy haciendo, la mujer se levanta instintivamente para proteger su mercancía, y me da a entender que no había pensado que yo volvería a despojarla.

¿Ah, no?, digo yo. ¿Conque no, eh? ¡Qué mujer tan graciosa! ¿Alguna vez alguien le había entregado en depósito una cierta cantidad de coronas y no había vuelto a reclamarlas? ¿A que no? ¿Ve usted? ¿No pensaría que se trataba de dinero robado, al dárselo de aquella manera? ¿Ah, no, no lo pensaba? ¡Menos mal, menos mal! Era de agradecer que me considerara un hombre honrado. ¡Ja, ja! ¡Qué mujer tan graciosa!

¿Que por qué le había dado el dinero?, la mujer estaba enfadada y hablaba a voces.

Le expliqué por qué le había dado el dinero; en voz baja y con todo detalle le conté: yo tenía por costumbre proceder así porque siempre pensaba lo mejor de la gente. Siempre, cuando alguien me ofrecía un contrato, un recibo, yo lo rechazaba. Dios era mi testigo.

Pero la mujer seguía sin entender.

Recurrí entonces a otros métodos; le hablé severamente y le dije que se abstuviera de decir sandeces. ¿Nunca nadie le había pagado por anticipado de una manera semejante?, pregunté. Gente acomodada, claro. Como los cónsules, por ejemplo. ¿Nunca? Bueno, no era culpa mía que ese método le fuera desconocido. En el extranjero era un sistema muy corriente. ¿Acaso nunca había estado fuera del país? ¡Ya ve, entonces no puede opinar de este asunto!… Y estiré la mano para coger más pastas de la mesa.

La mujer gruñó enfadada, resistiéndose tenazmente a entregarme parte de la mercancía que tenía sobre la mesa. Incluso me arrancó una pasta de la mano y volvió a ponerla en su sitio. Yo me enfurecí, di un golpe en la madera y amenacé a la mujer con llamar a la policía. Me mostraría clemente con ella, le dije; si me llevara todo lo que realmente me correspondía, arruinaría su negocio, pues fue un buen montón de dinero el que le entregué en su momento. Pero no cogería tanto, en realidad, cogería sólo la mitad de lo que me correspondía. Y encima, jamás volvería. Dios era mi testigo de que no volvería, tratándose de una mujer como ella.

Por fin separó algunas pastas a un precio exorbitante, cuatro o cinco piezas que tasó lo más alto que pudo, y luego me pidió que las cogiera y me marchara. Yo continué discutiendo con ella, dije que me estafaba al menos en una corona y que era una usurera con esos sangrantes precios. ¿Sabe usted que la ley castiga esas bribonadas?, dije. ¡Dios la proteja, podría tener que pasarse el resto de su vida en presidio, burra! La mujer me tiró una pasta más y me pidió, casi a regañadientes, que me marchara.

Y así lo hice.

¡Je, je, en mi vida había visto una vendedora de pastas más descarada! Mientras cruzaba la plaza devorando mis dulces, iba hablando en voz alta de la mujer y de su descaro, repitiendo lo que nos habíamos dicho el uno al otro, y me pareció que yo había estado infinitamente mejor. Comía pastas a la vista de todo el mundo y hablaba de esa experiencia.

Las pastas desaparecieron una tras otra; no tuve bastante con todo lo que me comí, mi hambre no tenía fondo ni fin. ¡Dios, cómo podía ser que no me saciara! Estaba tan hambriento que estuve a punto de devorar la última pasta, que desde el principio había decidido reservar para ese pequeño de Vognmandsgaten, ese niño sobre cuya cabeza había escupido aquel barbarroja. Me acordaba todavía del pequeño, era incapaz de olvidar la expresión de su cara cuando se levantó de un saltó, llorando y maldiciendo. Se había vuelto hacia mi ventana cuando el hombre le escupió, para ver si yo también me estaba riendo. Puede que me encontrara con él una vez allí. Me esforcé por llegar rápidamente a Vognmandsgaten, de camino pasé por el lugar donde había roto mi drama en pedazos; todavía quedaban trozos de papel en el suelo. Evité al policía al que mi conducta tanto había sorprendido poco tiempo antes, y por fin llegué a la escalera en la que el niño había estado sentado.

No estaba. La calle se hallaba casi desierta. Estaba oscureciendo y no veía al niño por ninguna parte; tal vez se había metido ya en su casa. Dejé la pasta con mucho cuidado sobre la escalera, la apoyé en la puerta, llamé insistentemente y me alejé corriendo. Ya la verá, me dije; será lo primero con lo que se encontrará al salir. Y mis ojos se humedecieron de estúpida satisfacción al pensar en que el niño se encontraría la pasta.

Volví a bajar hasta el muelle del ferrocarril.

Ya no tenía hambre, pero tanto dulce como había ingerido empezaba a causarme molestias. Y en mi cabeza daban vueltas los más extraños pensamientos: ¿Y si en secreto, cortara el cable de amarre de uno de esos barcos? ¿Y si de repente me pusiera a gritar ¡Fuego!? Seguí avanzando por el muelle, me siento sobre una caja de madera, entrelazo las manos y noto cómo mi cabeza se altera cada vez más. Y no me muevo, no hago ya nada para mantenerme en pie.

Tengo la mirada clavada en el Copégoro, el barco de bandera rusa. Vislumbro a un hombre junto a la borda; los farolillos rojos de babor iluminan su cabeza, me levanto y le hablo. No tenía el propósito de decir lo que dije, tampoco esperaba ninguna respuesta. Pregunté:

¿Zarpan esta noche, capitán?

Sí, dentro de un rato, contesta el hombre. Hablaba sueco. Será finlandés, pensé.

Hum. ¿No le falta tripulación, verdad?

En ese momento, la respuesta me era indiferente, igual me daba que me contestara que sí o que no. Me quedé esperando su respuesta, mirándolo.

Pues no, dijo. Excepto, tal vez, un grumete.

¿Un grumete?, di un salto, me quité a escondidas las gafas y me las metí en el bolsillo; subí a bordo por la escalerilla. No tengo ninguna experiencia, dije, pero haré lo que me diga que haga. ¿Hacia dónde navega?

Vamos en lastre a Leeds, donde cargaremos carbón para Cádiz.

¡Bien!, dije, imponiéndome al hombre. No me importa adónde vayamos. Haré mi trabajo.

Se quedó un instante mirándome, pensativo.

¿No has navegado nunca?, preguntó.

No, pero como ya he dicho: póngame a hacer un trabajo y lo haré. Estoy acostumbrado a hacer de todo.

Volvió a quedarse pensativo. Ya me había hecho a la idea de partir con el barco y empecé a temer que me enviara a tierra.

¿Qué dice, capitán?, pregunté por fin. De veras, puedo hacer lo que sea. ¡Qué digo! ¡Sería poco hombre si me contentara con hacer lo que me ordenaran que hiciera! Puedo hacer dos guardias seguidas si es preciso. Me vendrá bien y lo soportaré sin problemas.

Bueno, bueno, podemos intentarlo, dijo sonriendo levemente tras mis últimas palabras. Si no funciona, siempre podremos separarnos en Inglaterra.

¡Claro!, contesté alegremente. Y me puso a trabajar…

Ya fuera, en el fiordo, me incorporé una vez, abatido y empapado de fiebre, miré hacia la tierra y me despedí por esta vez de la ciudad, de Christiania, donde las ventanas brillaban con gran resplandor en todos los hogares.

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