Colacho hermanos o Presidentes de América (Final)

Cesar Vallejo

 

 

Cuadro Sexto

El despacho del Presidente de la República.

El Presidente Cordel Colacho aparece sentado ante su escritorio, asistido de su secretario Roque.

Cordel se ha adaptado considerablemente al traje, a los usos y a la atmósfera del gran mundo oficial.

EL PRESIDENTE: —¿Con qué carácter quiere verme de Soiza Doll? ¿Como particular?

EL SECRETARIO: —Excmo. Señor, me parece que como Encargado de Negocios de su país.

EL PRESIDENTE, contrariado: —Mentira. Los diplomáticos aprovechan del uniforme diplomático para venir a hablarme de asuntos que no tienen nada que ver con sus funciones. ¿Por qué no le ha dicho usted que los domingos el Presidente no recibe a particulares?

EL SECRETARIO: —Excmo. Señor, se lo he hecho entender claramente. Pero me ha asegurado que se trata de algo urgente de su legación.

EL PRESIDENTE: —¡Ah! Ya sé lo que quiere de Soiza Doll: sus egipcios. ¿Qué hay de sus cigarrillos?

EL SECRETARIO: —Excmo. Señor, me parece que salieron de Alejandría hace diez días, según cálculos aproximados del jefe del Protocolo. A la fecha, deben estar en París. Esperamos el anuncio cablegráfico del Ministro de nuestro país en Francia.

EL PRESIDENTE, tocando un timbre: —¿Cuáles son las otras visitas, decía usted? (Más contrariado). ¡Las cuatro y media! ¡No sé a qué hora voy a recibir al Ministro de Fomento y, después, al Nuncio, al Presidente del Congreso y al embajador norteamericano!

EL EDECAN, entrando: —Excmo. Señor.

EL PRESIDENTE: —¿Quién lloraba, hace un momento, en la antesala?

EL EDECAN: —El héroe de Mote, Excmo. Señor. Dice que tiene a un nieto muy enfermo y que carece de lo estricto para médico y remedios.

EL PRESIDENTE: —Haga usted entrar al Encargado de Negocios del Brasil. (El edecán se inclina y sale).

EL SECRETARIO, leyendo una lista: —Las otras visitas, Excmo. Señor, son dos únicamente: el Prefecto de Ayacucho (urgente) y la señorita Mate, prima del Arzobispo.

EL EDECAN, de la puerta, anunciando: —Su Excelencia, el Encargado de Negocios del Brasil. (El secretario sale por otra puerta).

DE SOIZA DOLL, entrando: —Excmo. Señor, buenas tardes.

EL PRESIDENTE, de pie: —Encantado, señor de Soiza Doll. ¿Cómo está usted? (Las manos). Hágame el favor de tomar asiento.

DE SOIZA DOLL: —Muy amable, Excmo. Señor, y yo muy agradecido de haber sido recibido a pesar de ser domingo. Seré breve, Excmo. Señor…

EL PRESIDENTE, adelantándose: —Sus egipcios, señor de Soiza Doll, salieron de Alejandría hace diez días, según cálculos aproximados del jefe del Protocolo. A la fecha deben estar en Nueva York. Esperamos aviso cablegráfico de nuestro Ministro en Inglaterra.

DE SOIZA DOLL, rectificando cortésmente: —En Washington… Excmo. Señor.

EL PRESIDENTE: —Digo, en los Estados Unidos. Tiene usted razón.

DE SOIZA DOLL, retirándose: —Mil gracias, Excmo. Señor, por tanta gentileza. No quiero retenerle por más tiempo. (Las manos). Buenas tardes.

EL PRESIDENTE: —¿Noticias de su país?

DE SOIZA DOLL: —Sin novedad, Excmo. Señor. La revolución de Sao Paolo sigue su curso normal. La salud del Presidente, inalterable.

EL PRESIDENTE: —¡Cuánto me alegro! Señor de Soiza Doll, mis respetos a su señora.

DE SOIZA DOLL, saliendo: —Gracias, Excmo. Señor. Buenas Tardes.

EL PRESIDENTE: —Hasta cada rato, señor de Soiza Doll, (Toca un timbre, y el secretario vuelve). Roque, dígame usted ¿por qué los egipcios, para venir aquí, han de tener que pasar por Nueva York? ¿Usted no se equivoca?

EL SECRETARIO, tímidamente: —Por… París, Excmo. Señor.

EL PRESIDENTE, rectificándose: —Por París, efectivamente. ¿Por qué tienen que pasar por París?

EL SECRETARIO: —Excmo. Señor, me parece que es por razones modernistas o algo semejante. París da a las cosas más antiguas, como los egipcios, un sello moderno. En América del Sur no se fuma sino lo que pasa por París. Sucede con el tabaco lo que pasa con las modas.

EL PRESIDENTE: —¡Hum!… ¿Y si en vez de pasar por París, pasasen los egipcios por Nueva York? ¿Qué ocurriría?

EL SECRETARIO: —Excmo. Señor, en esto de modernismo, como usted sabe, mucho está cambiando últimamente, no sólo en América del Sur, sino en el mundo entero. Nueva York, después de la guerra, está rivalizando con París y con ventaja. Si París es muy moderno, Nueva York es archimodernísimo.

EL PRESIDENTE, regocijado: —¡Hombre! Yo confundí París con Nueva York. Pero el brasilero, apenas le hablé de Nueva York, se puso contentísimo y se fue olvidando, de puro gusto, sus sábanas. ¿Qué hay de sus sábanas? ¿Algo sabe usted? (Agobiado). ¡Qué hombre!

EL SECRETARIO: —Excmo. Señor, nuestro ministro en París sólo recién ha recibido el pedido. No se puede ser más rápido.

EL PRESIDENTE, exasperado: —En adelante, ¡no me tome usted más cita con ese hombre! ¡Por ningún motivo! Cualesquiera que sean el día y la hora en que quiera verme.

EL SECRETARIO: —Bien, Excmo. Señor. ¿Hasta cuándo?

EL PRESIDENTE: —Lo menos por un mes.

EL SECRETARIO, tímidamente: —Excmo. Señor, ¿aunque, en realidad, se trate de un asunto oficial de su legación?

EL PRESIDENTE: —Aunque se rompan las relaciones diplomáticas.

EL SECRETARIO: —Bien, Excmo. Señor.

EL PRESIDENTE: —Y asimismo con el Ministro de… ¿Cuál es ese ministro extranjero que pedía dos sargentos para cocineros de su casa?

EL SECRETARIO: —El Embajador de los Estados Unidos, Excmo. Señor.

EL PRESIDENTE, sorprendido: —¿Cómo? ¿Era el embajador de Norteamérica? (Repentinamente furioso). ¡Y a que apuesto que el Ministro de Guerra, de puro estúpido, no ha accedido todavía a su pedido! Hágame llamar en el acto al general Valverde.

EL SECRETARIO: —Excmo. Señor, el Ministro de Guerra, el mismo día que vino el embajador a Palacio, le envió los dos sargentos solicitados. Dos sargentos, de los mejores, de la Escuela Militar, candidatos a oficiales.

EL PRESIDENTE, calmado: —¿Seguro?

EL SECRETARIO: —Seguro, Excmo. Señor.

EL PRESIDENTE: —Prepáreme un discurso para recibir esta noche la medalla de los «Héroes de Arica». Un discurso mediano, regular. Tome un poco del Presidente Roosevelt, es más patriota que el de Francia.

EL SECRETARIO: —Bien, Excmo. Señor.

EL PRESIDENTE, tocando un timbre: —Hable algo en el discurso de mi padre que combatió en Chorrillos. No ponga repetidas veces «conciencia nacional», que parece que ya no es de moda.

EL EDECAN, entrando: —Excmo. Señor.

EL PRESIDENTE: —El Presidente del Congreso. (El edecán se inclina y sale. El Presidente, en un sobresalto, a su secretario). ¡Roque, es entendido de sobra que el embajador de Washington, él sí que puede, como siempre, pasar a verme cuando quiera! Tome debida nota. ¡Cuidado con confundir las cosas!

EL SECRETARIO: —Perfectamente, Excmo. Señor. (Ha notado).

EL EDECAN, desde la puerta, anuncia: —El señor Presidente del Congreso.

EL PRESIDENTE DEL CONGRESO, entrando: —Buenas tardes, Excmo. Señor. (El secretario sale por la otra puerta). Apenas un instante. Una pequeña dificultad…

EL PRESIDENTE: —Siéntese, general. ¿De qué se trata? ¿Los botones?

EL PRESIDENTE DEL CONGRESO: —Precisamente, Excmo. Señor. ¡Los botones!

EL PRESIDENTE: —He leído yo ese debate en la prensa.

EL PRESIDENTE DEL CONGRESO: —¡Un escándalo mayúsculo, Excmo. Señor! Inmediatamente dispuse lo necesario para que ningún otro periódico publicase el debate sino suprimiendo las pruebas y documentos presentados por los diputados de la oposición…

EL PRESIDENTE: —¿Ugarte y Chumpitaz?

EL PRESIDENTE DEL CONGRESO: —Los de siempre por supuesto, Excmo. Señor. ¡Cómo lamento la complacencia…

EL PRESIDENTE: —¡Ahí tiene usted, pues, sus ahijados! Cría cuervos, general, que te sacarán los ojos…

EL PRESIDENTE DEL CONGRESO: —Excmo. Señor, la culpa, en realidad, es mía. Es cierto: usted no quiso apoyarlos en las elecciones y yo me empeciné estúpidamente en darles a cada uno un subprefecto y plata para los gastos electorales… Pero, Excmo. Señor, créamelo: ¡yo nunca sospeché que, un día, se volviesen contra el régimen que los hizo elegir, para hablar (sarcástico) de «honradez», de «erario público» y otras zarandajas!

EL PRESIDENTE: —General ¿qué opina usted de una pequeña temporada, unos seis meses, para Ugarte y Chumpitaz, en San Lorenzo?

EL PRESIDENTE DEL CONGRESO: —Como usted lo ordene, Excmo. Señor. En la isla o a la «sombra».

EL PRESIDENTE, tocando un timbre: —Arreglado: en el panóptico. Y ahora mismo.

EL PRESIDENTE DEL CONGRESO: —El mal ejemplo cunde, Excmo. Señor. Mañana, otros diputados se creerán igualmente autorizados a hablar de «libertad» y «democracia» ¡en plena Cámara de Diputados!

EL EDECAN ENTRANDO: —Excmo. Señor.

EL PRESIDENTE: —Trasmita usted inmediatamente al Intendente Vargas la orden de detener ipso facto a los diputados Ugarte y Chumpitaz y de dar cuenta de ellos al Ministro de Gobierno. (El edecán se inclina y sale).

EL PRESIDENTE DEL CONGRESO: —Dijeron, Excmo. Señor, que el Ministro de Guerra y el jefe del Estado Mayor del Ejército, con la autorización personal del Presidente de la República, habían decretado la compra por el Estado a un particular, de un lote de botones para uniformes militares, que eran nada menos que de la propiedad del Estado. Leyeron, al efecto, una carta de un hijo del coronel jefe del Gabinete Militar, dirigida a un X, en que se le autoriza a tomar los botones de los depósitos del Arsenal de Guerra y en que se le reitera la necesidad de «dividir el total del precio, en partes absolutamente iguales, entre los cuatro hombres que usted sabe», —así decía textualmente la carta…

EL PRESIDENTE, interrumpiendo: —Usted tiene razón, general: entre la isla y el Panóptico, la «sombra» por medio año.

EL PRESIDENTE DEL CONGRESO: —La osadía de Ugarte llegó hasta afirmar que, según la filosofía del derecho, «no hay venta de lo ajeno ni compra de lo propio» y que, en consecuencia, el Estado no podía comprarse a sí mismo cosas y bienes de su pertenencia.

EL PRESIDENTE: —Estragos de los estudios universitarios. Novelerías abogadiles. Habrá, general, que volver a cerrar las universidades, con la policía y, esta vez, por varios años. Cuestión de paz y de salud moral para el país.

EL PRESIDENTE DEL CONGRESO: —Chumpitaz fue más lejos aún, Excmo. Señor: dijo que los cuatro malversadores del Fisco, a que se alude en la carta antes citada, eran el Ministro de Guerra, el jefe del Estado Mayor del Ejército, el particular en cuestión y Arturo Carrizal, ahijado de matrimonio del Presidente de la República.

EL PRESIDENTE, indignadísimo: —¿Cómo puede haber caído semejante carta en manos de esos miserables? (Un pequeño timbre resuena sobre el escritorio presidencial. El Presidente toca otro timbre). Un momento, general.

EL SECRETARIO, entrando: —Excmo. Señor, pregunta el señor Ministro de Justicia si puede ser recibido, para un asunto urgente de su cartera.

EL PRESIDENTE, después de reflexionar: —Conteste que, sí, puede venir.

EL SECRETARIO, saliendo: —Bien, Excmo. Señor.

EL PRESIDENTE: —¿La cosa, general, no pasó más allá en el Congreso?

EL PRESIDENTE DEL CONGRESO: —Por dicha, Excmo. Señor.

EL PRESIDENTE: —De primera. A otra cosa. ¿Cómo va eso de Negritos?

EL PRESIDENTE DEL CONGRESO: —Excmo. Señor, sigo luchando denodadamente con seis diputados más que exigen sumas fabulosas por sus votos, diciendo que, en caso contrario, no sólo votarán en contra, sino que denunciarán el caso ante la opinión pública.

EL PRESIDENTE: —¿Les habrá dicho naturalmente que la cantidad que nos fija la Standard Oil, como gratificación extra y fuera del contrato, para obtener la concesión petrolera quitándosela a la Royal Deutch, apenas alcanza 15 millones? ¡Una bicoca a dividir entre 70 diputados y los miembros del Ejecutivo!

EL PRESIDENTE DEL CONGRESO: —Se lo saben de sobra. Excmo. Señor.

EL PRESIDENTE: —¿Entonces? (Airado). En este país, general, no lo olvide usted, el gobierno se hace obedecer por el Parlamento sólo de dos maneras: comprándolo o a sablazos. Siga usted, general, en sus patrióticas gestiones. Agotado el primero de los medios, habrá que pasar al segundo.

EL PRESIDENTE DEL CONGRESO, para irse: —De acuerdo, Excmo. Señor. Completamente de acuerdo.

FL PRESIDENTE, las manos: —No se descuide, general. Buenas tardes.

EL PRESIDENTE DEL CONGRESO: —Excmo. Señor, mi entera lealtad. (Sale. El Presidente toca un timbre y entra el edecán). Que pase el Ministro de Justicia. (El edecán se inclina y se retira, mientras el Presidente toca otro timbre y reaparece su secretario). Roque, puede usted asistir a la entrevista con el Ministro de Justicia.

EL EDECAN, anunciando: —El señor Ministro de Justicia.

EL MINISTRO DE JUSTICIA, entrando: —Excmo. Señor, buenas tardes.

EL PRESIDENTE: —Doctor Collar ¿cómo está usted? ¿De qué se trata? Le ruego sea breve. Tengo mucho que hacer.

EL MINISTRO DE JUSTICIA: —Excmo. señor… (Abre un pliego que traía bajo el brazo). Anoche la policía ha descubierto, en los barrios textiles de Vitarte, un complot comunista y anarquista.

EL PRESIDENTE impaciente y burlón: —Sí, el milésimo del año. ¿Y luego?

EL MINISTRO DE JUSTICIA: —Se tomaron, Excmo. Señor, varios presos. He ordenado, esta mañana mismo, se instaure el sumario correspondiente, por delitos contra la seguridad del Estado. Pero he aquí que el Agente Fiscal de turno se niega a formular la debida acusación, alegando que, conforme a la Constitución y al código penal, no hay lugar a tal acusación, porque los comunistas y anarquistas gozan, como los demócratas o liberales, de la libertad de reunirse y de opinar, consagrada por la legislación de la República.

EL PRESIDENTE: —¡Animal! ¿Quién es ese Agente Fiscal?

EL MINISTRO DE JUSTICIA: —El doctor Alberto Azuela, Excmo. Señor, que anda atrayéndose a los estudiantes y a los obreros, con el fin de lanzar su candidatura a la diputación por esta ciudad.

EL PRESIDENTE: —Reemplácelo inmediatamente. ¿Eso era lo que tenía usted que consultarme?

EL MINISTRO DE JUSTICIA: —¿Y a quién debo nombrar, Excmo. Señor, para reemplazar a Azuela?

EL PRESIDENTE, después de meditar: —Nombre usted… (Extrae unas notas de su carpeta y lee mentalmente). Puede usted nombrar… Un momento… Nombre usted al capitán de artillería retirado, Félix Gálvez.

EL MINISTRO DE JUSTICIA, tímidamente: —Excmo. Señor, según la ley, el Agente Fiscal debe ser en todo caso doctor en derecho, para poder conocer de cuestiones jurídicas y legales, que un militar desde luego ignora…

EL PRESIDENTE, contrariado: —¿Doctor en Derecho? ¡Qué vaina!

EL MINISTRO DE JUSTICIA: —La ley estipula también, Excmo. Señor, que el nombramiento debe hacerlo el Ejecutivo, sobre tres ternas presentadas por la Corte Superior, después de haberse comprobado, por un proceso especial, las razones y motivos por los cuales se destituye al magistrado que se reemplaza…

EL PRESIDENTE, interrumpiendo, lapidario: —Doctor Collar, cumpla usted en definitiva con la suprema voluntad del Presidente de la República y ríase de esas leyes. Usted conoce mis ideas al respecto.

EL MINISTRO DE JUSTICIA: —Perfectamente, Excmo. Señor. (Marcando su nota en un papel). El capitán de artillería retirado, Félix Gálvez… (Cierra su pliego para retirarse). Excmo. Señor, se hará como usted lo ordena.

EL PRESIDENTE: —¿Había entre los comunistas alguna persona conocida… en fin, alguna persona de más o menos importancia?

EL MINISTRO DE JUSTICIA: —No, ninguna, Excmo. Señor. Obreros, todos.

EL PRESIDENTE: —Doctor Collar, un pequeño consejo para lo sucesivo: mientras no figuren en las reuniones comunistas, personas así de cierta importancia, no hay nada que temer de los obreros. Anule sencillamente el sumario instaurado y que siga en su puesto el Fiscal Azuela…

EL MINISTRO DE JUSTICIA: —Y hago poner en libertad a los obreros…

EL PRESIDENTE: —¡Eso no, precisamente! Están muy bien en la cárcel, sin necesidad de juicio ni de acusación. Estos comunistas, doctor Collar, no merecen ni siquiera el honor y el trabajo de ser juzgados. Se les aplasta con la suela y asunto concluido.

EL MINISTRO DE JUSTICIA: —Conforme, Excmo. Señor. Buenas tardes.

EL PRESIDENTE: —Adiós, doctor Collar.

EL MINISTRO DE JUSTICIA, volviendo de medio camino: —Me olvidaba, Excmo. Señor: (abre de nuevo su pliego) se tomó también anoche a los obreros un periódico… Aquí está… (Leyendo) «Claridad»… con varios artículos subversivos, incendiarios, contra el régimen y contra el orden social…

EL PRESIDENTE, tomando el periódico: —¿Y quiénes son los que escriben aquí? (Leyendo) Salvador Calderón, Vicente Vásquez, Justino Molle, Profesor Ein…

EL MINISTRO DE JUSTICIA: —Einstein, Excmo. Señor.

EL PRESIDENTE: —Pablo Sifuentes… (Volviéndose al ministro). ¿Quiénes son estos individuos? ¿Conoce usted a alguno de ellos?

EL MINISTRO DE JUSTICIA: —Absolutamente a ninguno, Excmo. Señor.

EL PRESIDENTE, cansado de ocuparse de tan banal asunto, colérico: —Métame usted, doctor Collar, en chirona, hoy mismo, antes de las 6 de la tarde, a todos estos miserables. ¡A todos! ¡Sin excepción y sin compasión! A este Calderón, a este Vásquez, al profesorcito éste… ¿cómo se llama?

EL MINISTRO DE JUSTICIA: —Einstein, Excmo. Señor.

EL PRESIDENTE: —Al Einstein éste y al Sifuentes. Que los saquen, esta misma tarde, de donde estén.

EL SECRETARIO, intenta decir algo: —Excmo. Señor, el profesor Einstein…

EL PRESIDENTE, hecho un energúmeno: —¡Nada, señor! ¡Doctor Collar, duro y a la cabeza a todos estos pícaros e ignorantes!

EL MINISTRO DE JUSTICIA: —Excmo. Señor, mía es su opinión…

EL PRESIDENTE, volviendo a tomar el periódico y leyendo: —Y a ese profesorcillo (lee de nuevo) Ein… stein, que se le bote de la escuela donde está enseñando, ¡ipso facto!

EL MINISTRO DE JUSTICIA: —La policía, Excmo. Señor, fue, a las 4 o 5 de la madrugada, a buscar a éstos a sus casas pero no encontró a ninguno de ellos. Salvador Calderón no parece que ha dormido en su casa. Einstein estuvo a punto de caer preso en su cocina, pero huyó…

EL SECRETARIO vuelve a querer decir algo: —El profesor Einstein es…

EL PRESIDENTE le interrumpe en seco: —Doctor Collar, le ruego entrevistarse sin pérdida de tiempo con el Ministro de Gobierno. Todo cuanto ustedes hagan a este respecto, lo apruebo de antemano.

EL MINISTRO DE JUSTICIA, de nuevo con su pliego bajo el brazo: —Excmo. Señor, descuide usted. Buenas tardes.

EL PRESIDENTE: —Mucha severidad, doctor Collar, y no se case con nadie. (El Ministro de Justicia sale). Buenas tardes. (El Presidente reflexiona y da unos pasos, luego toca el timbre). Roque, hágame el favor de dejarme un instante solo con mi hermano.

EL SECRETARIO, saliendo: —Perfectamente, Excmo. Señor.

EL EDECAN, entrando: —Excmo. Señor.

EL PRESIDENTE: —Haga pasar al Ministro de Fomento. (El edecán se inclina y sale. Pausa).

EL EDECAN, anunciando: —El señor Ministro de Fomento. (Sale).

ACIDAL, entrando: —¿Cómo estás? (Sí no fuese por los inconvenientes anatómicos de su persona, Acidal, a esta hora, haría, debido a sus progresos culturales, verdadera figura mundada y hasta de estadista).

CORDEL: —Pasa. Siéntate.

ACIDAL: —¡Qué multitud de visitas! ¡Domingo y todo!

CORDEL: —Me tienes recibiendo desde la una de la tarde. No me han dejado ni almorzar.

ACIDAL, tendiendo un cablegrama a su hermano: —Otro, llegado al mediodía. La más apurada es la Huallaga Corporation. (Cordel lee el cable). Sé… además… por cables recibidos anoche en la Cámara de Comercio que, desde el viernes, ha empezado una baja alarmante en Wall Street, para el cobre, el algodón, el caucho y el azúcar. Can esta devaluación sistemática sobre nuestros productos, están sembrando el pánico para obligarnos a concluir el negociado.

CORDEL, que ha terminado de leer, molesto: —Esta mañana, vino Baltodán. Dice que su grupo puede, desde luego, votar en masa la enmienda constitucional. Pero, al hablarle de tu elección inmediata como Presidente interino, me respondió que eso era ya otra cosa y que habría que consultarla a los demás grupos del Congreso. Total una evasiva. La misma respuesta me han dado García y Siccha.

ACIDAL, muy agitado: —¡Pero, Cordel, hace ya meses que estás en la Presidencia, y aún no te has dado cuenta que todo en este país hay que hacerlo a la fuerza! Tu viaje a Nueva York se hace cada vez más urgente y si no te decides a tomar tus maletas y a dejarme a mí en el poder, ¡con o sin el voto previo de las Cámaras, peguémonos un tiro y acabemos!

CORDEL: —¡Un momento, un momento!… De pensarlo tanto, se me ocurre otro procedimiento: ¿qué dices si me reemplazas de hecho en la Presidencia, sin elección, sin consultar por supuesto a nadie, y hasta sin poner el cambio en conocimiento del Congreso ni del país? Así como así y sin más trámite.

ACIDAL, sin comprender: —¿Cómo? No te entiendo. ¡Explícate!

CORDEL: —Es bien claro: tú te sientas en la silla presidencial ahora, al instante mismo, y sigues despachando en este escritorio, en mi lugar, recibiendo las visitas, firmando, dando órdenes, etc. Mientras tanto, yo por mi parte salgo de aquí ahora mismo y mañana salgo para Nueva York…

ACIDAL: —Sin notificarlo ni comunicar nada a nadie… Sin ningún manifiesto a la nación…

CORDEL: —Sin decir nada, te repito…

ACIDAL, muy pensativo: —¿Y por qué no?… Desde luego… Por supuesto… Claro que se puede…

CORDEL: —¿Cómo llegué yo al poder? ¿Le pedí permiso acaso a perico de los palotes? ¿Quién me eligió?

ACIDAL: —¡Mr. Tenedy!

CORDEL: —¡Como lo dices: Mr. Tenedy!

ACIDAL: —Pero habría entonces que hacer lo que tú dices a renglón seguido.

CORDEL: —¿Qué nos puede ocurrir? ¿Qué peligro corremos?

ACIDAL: —¡Eso, sí, ninguno! El pueblo no diría ésta es mi boca porque nos quiere bastante. Debemos aprovechar de nuestra popularidad.

CORDEL: —En el peor de los casos, tenemos el Ejército y la Armada.

ACIDAL: —Y, antes que nada, tenemos el apoyo de los Estados Unidos, cosa formidable, encima de la opinión pública y de todo.

CORDEL: —Saliendo de aquí, iré a ver directamente al jefe del Estado Mayor del Ejército, al Ministro de Guerra al de Marina y al prefecto, y les notificaré sencillamente que durante mi ausencia te obedezcan a ti como a mí mismo…

ACIDAL: —Siendo hermano tuyo y dada la estrecha unión política en que ambos estamos, a nadie se le va ocurrir protestar o acusarme de haberte usurpado el gobierno. Casos semejantes se han dado en otros países…

CORDEL: —¡Ni una palabra más! ¡A la obra! (Arregla unos papeles en la mesa).

ACIDAL, mirándose en un espejo: —Mi jacquette está tan decente y apropiada como la tuya. ¿Quién viene ahora?

CORDEL, disponiéndose a abandonar el despacho: —El Nuncio, el Embajador norteamericano precisamente, y dos visitas más sin importancia. Pero se me ocurre que hay que tomar las precauciones necesarias para el caso de que tu presencia repentina y de hecho en la Presidencia, despierte resistencias o pequeños revuelos en Palacio o a los ojos de las personalidades y funcionarios que vengan ahora a verme y se den de manos a boca y sin esperárselas contigo…

ACIDAL, enérgico: —¡Qué revuelos ni resistencias! ¡Déjame sentarme en esta silla (terrible) y vas a ver, cojones, quien soy yo!…

CORDEL: —Lo prudente no quita lo valiente. Siéntate en esa silla y toma posesión de tu despacho. Entre tanto, yo me quedaré unos minutos en la sala vecina, a fin de observar desde allí lo que aquí sucede, durante tus primeros actos presidenciales. Luego —si no hubiere novedad, como lo espero— saldré en seguida de Palacio. Pero, si ocurriese algo, ahí estoy yo para salir y ponerme de inmediato al frente del gobierno y evitar que se nos escape de las manos. (Pasa a la sala indicada).

ACIDAL, sentándose en la silla presidencial: —¡Al hecho! ¡Vamos a ver!

CORDEL, desde la puerta: —Imponte desde el primer momento. Tú conoces a nuestros paisanos.

ACIDAL: —¡Si los conozco!… (Cordel cierra la puerta y Acidal toca un timbre. Pausa, durante la cual Acidal se compone el pecho y toma un aire solemne y majestuoso. Entra el secretario).

EL PRESIDENTE, sin voltear a verle, autoritario: —Roque, telefonee inmediatamente al general Chotango, anunciándole que acaba de ser nombrado ministro de Fomento y que se presente a Palacio esta misma noche después de comer a prestar el juramento de ley.

EL SECRETARIO que ha avanzado hasta el escritorio presidencial, estupefacto: —Excmo. Señor… Perfectamente… Es decir… Perfectamente… (Da unos pasos vacilantes para salir, se detiene, vuelve a avanzar, mira al Presidente, y vuelve a balbucear, restregándose los ojos para ver mejor). Excmo. Señor… Muy bien…

EL PRESIDENTE, persiguiéndole con la mirada fija, hipnótica, irresistible, casi amenazadora: —¡Roque! Advierto, desde algún tiempo, cierta negligencia de su parte en el cumplimiento de sus deberes. Corríjase o me veré obligado a reemplazarlo.

EL SECRETARIO, sin volver de su estupefacción, desorientado: —Excmo. Señor, una especie de vértigo… (Se siente vacilar). No es nada… (Reaccionando). El general Chotango, ¡al instante, Excmo. Señor! (Sale. El presidente toca otro timbre).

EL EDECAN, entrando: —Excmo. Señor.

EL PRESIDENTE, sin voltear: —¿Quiénes esperan afuera?

EL EDECAN, advirtiendo de pronto a Acidal en el asiento del Presidente, desconcertado: —Excmo. Señor, afuera… Afuera… Afuera, el Nuncio Apostólico… El prefecto de Ayacucho…

EL PRESIDENTE: —Introduzca usted al Nuncio de Su Santidad. (El edecán vacila e intenta decir algo. Pero, luego, se inclina y sale).

EL EDECAN volviendo, anuncia: —Su Eminencia, el Nuncio de Su Santidad. (Sale).

EL NUNCIO, entrando: —Excmo. Señor, ¡tanto gusto en saludarle!

EL PRESIDENTE, se pone de pie y avanza algunos pasos al encuentro del Nuncio: —Adelante, su Eminencia… Una satisfacción inmensa en recibirlo. (Las manos).

EL NUNCIO, reconociendo en el Presidente al hasta entonces Ministro de Fomento, se estremece y tartamudea: —Excmo. Señor… Señor… Excmo…

EL PRESIDENTE: —Suplico a Su Eminencia tomar asiento. Por aquí… Moléstese, Monseñor.

EL NUNCIO, en el colmo de su estupor: —Infinitamente amable… Excmo. Señor.

EL PRESIDENTE, ambos sentados, uno frente a otro: —Me preparaba, desde ayer, a recibir su Eminencia…

EL NUNCIO: —Desde ayer, en efecto… Sí…

EL PRESIDENTE: —Para gozar de su charla espiritual y luminosa. Pero, antes que nada, para presentarle mi saludo respetuoso.

EL NUNCIO, no obstante su desconcierto, tiene que decir algo: —Señor Presidente… Señor Presidente de la República… Siempre que vengo a Palacio, lo hago, entre otras cosas, por el placer de verlo, Excmo. Señor.

EL PRESIDENTE: —Felicito a Su Eminencia por el completo restablecimiento de la salud de su Santidad, el Papa. ¿Una pequeña gripe sin consecuencia?

EL NUNCIO, que no cesa de observar, alelado, al Presidente: —Sí, Excmo. Señor, sin consecuencias. Felizmente.

EL PRESIDENTE: —Aparte de este acontecimiento, los negocios del Vaticano siguen, según me entero, su curso normal… (El Nuncio da signos de una gran ansiedad y quiere, por momentos, interrumpir al Presidente y preguntarle algo grave. Pero le faltan fuerzas para hacerlo. Acidal, comprendiéndolo, finge no darse cuenta de nada y redobla su conversación). ¡Oh, qué inteligente política internacional, la de Pío XI! ¡Es algo verdaderamente maravilloso!

EL NUNCIO, ausente: —Admirable, Excmo. Señor.

EL PRESIDENTE: —En cuanto a nuestra Iglesia, ya le he dicho, Monseñor, que el principal deseo de mi gobierno es que Su Eminencia encuentre en el prelado nacional la devoción y obediencia necesarias para el éxito completo de su sagrada misión apostólica entre nosotros.

EL NUNCIO, que ya no puede más: —Excmo. Señor, aunque mi cargo diplomático se halla absolutamente al margen de la política interna de los países y de sus vicisitudes —muy humanas y hasta naturales—, no deja, sin embargo, de llamar mi atención…

EL PRESIDENTE, saliéndole al paso, rehuye el ataque: —Ya… Ya comprendo el estupor de Su Eminencia. No es para menos.

EL NUNCIO: —¿No es cierto, Excmo. Señor? Le ruego ponerse en mi caso. Permítame, Señor Presidente, confesárselo…

EL PRESIDENTE: —Me adelanto a presentar a Su Eminencia mis excusas, en nombre de mi gobierno y de las instituciones republicanas. Suplico, humilde y respetuosamente, a Su Eminencia, no ver en el hecho vergonzoso que nos ocupa la expresión auténticamente nacional del país, sino, más bien, uno de esos extravíos inevitables por los que toda república joven como la nuestra, tiene que pasar a veces, en el curso de su turbulenta historia… (La puerta que comunica con la pieza en que se halla Cordel se entreabre ligeramente y, desde allá, sin ser visto por el Nuncio, Cordel aprueba, emocionadísimo, las palabras de su hermano, con movimientos de la cabeza y con palmas silenciosas).

EL NUNCIO respira un tanto satisfecho: —En efecto, Excmo. Señor, el destino de los pueblos jóvenes está siempre alumbrado por todos los fuegos de la pasión, de la inquietud y —¿por qué no decirlo?— del ideal, más o menos tumultuoso y contradictorio en apariencia, pero constantemente bien intencionado.

EL PRESIDENTE: —Monseñor es en extremo indulgente y me conmueve hasta las lágrimas.

EL NUNCIO: —Excmo. Señor, es el deber de la Iglesia: comprender el alma de los individuos y de los pueblos y ayudar a los demás a comprenderla. El resto —la política temporal, el protocolo—, ocupa segundo plano a los ojos de la Iglesia. No hablemos más de ello, Excmo. Señor. Venía, Señor Presidente, con el objeto de pedirle disponga…

EL PRESIDENTE: —Monseñor está en su casa y sabe que en ella nada puede serle negado.

EL NUNCIO: —Excmo. Señor, muy obligado. Venía con el objeto de solicitarle disponga, previo el estudio que mi solicitud merezca del ministerio respectivo, que un trozo tomado de una pastoral sobre la idea de democracia, de Su Santidad Benedicto XV, que figura en el texto oficial de la Historia nacional del país para instrucción primaria, figure asimismo, en la Historia Universal Contemporánea para la Segunda Enseñanza, tal como él aparece en el primero de los textos que le cito. ¿Me parece, Excmo. Señor, que no habría inconveniente para ello?

EL PRESIDENTE: —Absolutamente ningún inconveniente, Monseñor. Voy a dar en el acto las instrucciones necesarias al Ministro del Culto y las cosas se harán a beneplácito de Su Eminencia.

EL NUNCIO: —¿Puedo hablar al señor Ministro del mismo asunto? ¿Me da usted su venia, Excmo. Señor?

EL PRESIDENTE: —De todo corazón, Monseñor, con tanto más regocijo que la pastoral de Su Santidad se refiere a la democracia, idea que ha sido siempre la más amada de mi vida y que, como sabe Su Eminencia, inspira y guía constantemente a mi gobierno.

EL NUNCIO: —Usted lo ha dicho, Excmo. Señor: constantemente.

EL PRESIDENTE: —Aunque quisieran ciertos rumores…

EL NUNCIO, de pie para irse: —Excmo. Señor, siga usted, sereno como siempre, el recto camino que se ha trazado. (Las manos). La Iglesia lo bendice. Buenas tardes.

EL PRESIDENTE: —Su Eminencia es infinitamente bondadoso. Le reitero, una vez más, mis excusas por el hecho bochornoso que hoy ha sumido a Monseñor, con tan justa razón, en el más grande estupor.

EL NUNCIO, que ha llegado a la puerta de salida: —Repito, Excmo. Señor, cosas ineluctables y comprensibles en los países recién iniciados en las luchas republicanas.

EL PRESIDENTE: —Puede usted, Monseñor, tener toda la seguridad de que mi gobierno va a castigar los culpables de estas nuevas maniobras de origen comunista, con rigor inquebrantable y ejemplar.

EL NUNCIO, nuevamente estupefacto: —Pero… Excmo. Señor… Creía…

EL PRESIDENTE, inclinándose en signo de despedida, finge no apercibirse del efecto de sus últimas palabras y le interrumpe, abriendo la puerta: —Monseñor, buenas tardes. Hasta cada rato, Monseñor.

EL NUNCIO, no tiene tiempo ya ni fuerzas para insistir sobre la causa de su desconcierto y se decide a salir, inclinándose a su turno: —Excmo. Señor, hasta muy pronto. (El presidente cierra la puerta).

CORDEL, saliendo de la sala vecina: —¡Estupendo! ¡Cojonudo! ¡Has estado pasmoso! ¡Ya no hay lugar a temor alguna!

ACIDAL, desplomándose en un sofá, agotado: —Un poco de agua… (Se enjuga el sudor con su pañuelo). ¡Parece que me hubieran dado una paliza en los riñones! (Cordel le alcanza un vaso de agua). ¿Pero lo he vencido, Cordel, o no lo he vencido?

CORDEL: —¡Mi palabra! ¡Se fue agarrándose los huevos!

ACIDAL: —¿Crees que volverá a corcovear? Al salir —¿no te fijaste?—, quiso resollar otra vez, ¡pero no lo dejé yo ni bostezar!

CORDEL: —¡Tetudeces! ¡Mojigaterías! No es más que un viejo panzón, que no tiene ninguna importancia. (De prisa). Ahora, el embajador de los Estados Unidos.

ACIDAL: —Opino que puedes irte ya. Pierda cuidado. En cuanto al embajador, le diré categóricamente que hemos tomado el único camino que había con esa sarta de carajos que son los diputados.

CORDEL: —Aún no… Conviene que me quede todavía unos momentos en Palacio. No hay que precipitarse. No sabemos todavía lo que puede aún sobrevivir.

ACIDAL: —Lo difícil era empezar. Hubo un momento, cuando vino Roque, que realmente me estremecí. El sudor me picó en las dos ingles. Pero ya ves: al toro por los cuernos, y… y al pueblo, por la iglesia. El nuncio va a traernos buena suerte.

CORDEL: —Estás sudando. ¿Te has bañado?

ACIDAL: —De los pies a la tutuma. ¿No sabes que yo me baño siempre sólo dos veces al año, para marzo y para agosto?

CORDEL, volviendo a su escondite: —Bueno, bueno. Haz entrar a Mr. Soltón. ¡De una vez! Ya se hace tarde. El embajador y, después, me voy. (Desaparece en la sala vecina y Acidal vuelve a sentarse ante la mesa presidencial, tomando de nuevo el aire de un Jefe de Estado. Un pequeño timbre resuena sobre el escritorio y Acidal toca otro).

EL CORONEL, jefe de la Casa Militar, entrando por una puerta del fondo: —Excmo. Señor, un meeting de desocupados acaba de llegar a las puertas de Palacio y la multitud pide que salga el Jefe de Estado a los balcones presidenciales… (El coronel reconoce de pronto a Acidal y calla, paralizado). Es decir… Excmo. Señor… Es un meeting…

EL PRESIDENTE, imperativo: —¿Mucha gente?

EL CORONEL, buscando con los ojos a Cordel en torno del despacho, maquinalmente: —Mucha… Digo, Excmo. Señor… Sí, mucha gente…

EL PRESIDENTE: —Reuna usted en seguida a la Casa Militar y espere, con ella lista, que lo llame dentro de unos minutos. Avise usted también a los ministros que estén en este momento en Palacio, para que se presenten inmediatamente a fin de acompañarme a salir a los balcones.

EL CORONEL, vacila: —Excmo. Señor… Es decir… Perfectamente… Sí… (Quiere añadir algo).

EL PRESIDENTE, interrumpiéndole: —Haga usted inmediatamente anunciar a las manifestantes que el Presidente accede a su pedido. (Un gesto concluyente).

EL CORONEL no se atreve a decir nada más: —Muy bien, Excmo. Señor. (Da media vuelta y sale).

CORDEL, sacando la cabeza por la puerta de la sala contigua, en voz baja: —Háblales de nuestras glorias nacionales. Si se muestran difíciles y siguen pidiendo pan o trabajo, sácales nuestra bandera y arrodíllate ante ella, como Joffre en Waterloo, ofreciéndoles sacrificarte por la Patria.

ACIDAL, tocando un timbre: —¡Cuidado! ¡Que te van a oír! (Cordel desaparece).

EL EDECAN, entrando: —Excmo. Señor.

EL PRESIDENTE: —Introduzca usted al embajador de los Estados Unidos.

EL EDECAN: —Excmo. Señor, todavía no ha llegado el embajador de los Estados Unidos.

EL PRESIDENTE, después de reflexionar: —Haga usted pasar a la señorita Mate de la Flor. (El edecán se inclina y sale. Pausa. El Presidente se enjuga el sudor y sopla).

EL EDECAN anuncia: —La señorita Mate de la Flor. (Sale).

LA SEÑORITA MATE, entrando, con un niño de unos tres años, de la mano: —Excmo. Señor, muy buenas tardes.

EL PRESIDENTE: —Señorita Mate de la Flor ¿cómo está usted? Adelante. (Las manos).

LA SEÑORITA MATE: —Pidiéndole perdón, Excmo. Señor, de haber tenido que molestarle. Es usted sumamente bondadoso, Señor Presidente.

EL PRESIDENTE: —Siéntese, señorita. Hágame el favor.

LA SEÑORITA MATE, sentándose: —Muchas gracias, Excmo. Señor.

EL PRESIDENTE, acariciando al chico: —¿Y tú? ¿Cómo estás? ¿Cómo te llamas?

LA SEÑORITA MATE, severa, al chico: —Saluda al señor Presidente de la República: «Buenas tardes, Excmo. Señor». ¡Saluda, Pepito! «Buenas tardes, Excmo. Señor». (El pequeño se niega y el Presidente ríe). ¿Cómo? ¡Es el señor Presidente de la República, Pepito! ¡Saluda!

EL PEQUEÑO: —Buenas taides, señoi…

EL PRESIDENTE: —Buenas, pequeño mío. ¿Cómo te llamas?

LA SEÑORITA MATE, corrigiendo al pequeño: —Señor Presidente, se dice.

EL PEQUEÑO: —Señoi… Señoi… Señoi…

EL PRESIDENTE: —No quiere. Pero muy simpático.

LA SEÑORITA MATE: —Sí, quiere, Excmo. Señor, pero no puede todavía.

EL PRESIDENTE, al pequeño: —Oye, tú, ¿cómo te llamas?

EL PEQUEÑO: —Pepito de la Flol. Y mi abuelita se llama Tota.

EL PRESIDENTE, a la señorita Mate: —¿Cuántos años tiene?

LA SEÑORITA MATE: —Tres años, menos un mes Excmo. Señor.

EL PRESIDENTE: —Muy tierno todavía, pero se le ve muy despierto.

LA SEÑORITA MATE: —Precisamente, es por el niño que me he permitido distraer su atención, Excmo. Señor. Monseñor, el Arzobispo, nos ha olvidado completamente, a mí y a esta criatura. (Habla de Pepito).

EL PRESIDENTE: —¿Monseñor Cochar es pariente muy cercano de usted?

SEÑORITA MATE: —Excmo. Señor, es nada menos que mi primo hermano. Y Pepito, naturalmente, viene a ser su sobrino en segundo grado.

EL PRESIDENTE: —¡Ah.!… ¡Qué tal!… (Mirando al pequeño). ¡Tan chiquillo, y ya sobrino del Arzobispo, no!

SEÑORITA MATE: —Sí, Excmo. Señor. Es hijo natural de una muchacha nuestra, originaria de Junín, que se ha vuelto a su pueblo, abandonando al chico. Una mujer de vida un poco licenciosa, Excmo. Señor. Pero yo he tomado a mi cargo al niño y le pienso adoptar. Es como un hijo mío…

EL PRESIDENTE: —¿Monseñor, el Arzobispo conoce al pequeño?

SEÑORITA MATE: —Excmo. Señor, precisamente yo lo adopté por consejo de mi primo, Monseñor Cochar. El mismo, consideraba al chico, al principio, como sobrino suyo.

EL PRESIDENTE: —¡Qué tal! ¿Como sobrino suyo? Y usted ¿como si fuera su hijo? Ah, ah… Comprendo. Comprendo, señorita. ¿Y ahora? (Ella se ruboriza).

SEÑORITA MATE: —Ahora, Excmo. Señor, mis recursos personales escasean y Monseñor Cochar, sin saber por qué, nos ha olvidado y ni siquiera quiere recibirme en su palacio, ni saber nada de nosotros. No sé lo que haya de por medio, él, que es un hombre tan bueno y caritativo para todos los demás…

EL PRESIDENTE: —¡Oh, Monseñor Cochar, un dechado de virtud! ¿Qué desearía usted, en suma, señorita?

SEÑORITA MATE: —Desearía, Excmo. Señor, que usted interviniera en alguna forma acerca de Monseñor Cochar, a fin de que cese esta situación, que se hace cada día más difícil y penosa.

EL PRESIDENTE: —Muy bien, señorita. Haré lo necesario. Le prometo. En este momento, hay una manifestación en la plaza y…

SEÑORITA MATE, para irse: —Excmo. Señor, usted me excuse, por favor, la molestia.

EL PRESIDENTE: —Haré lo necesario y, con mucho gusto, le comunicaré el resultado. Confíe en mis gestiones.

LA SEÑORITA MATE: —¡Cuánto se lo agradezco, Excmo. Señor!

EL PRESIDENTE, las manos: —Hasta luego, señorita. No tiene usted de qué agradecerme. (Al pequeño). Adiós, amigo mío. Hasta muy pronto, ¿eh?

SEÑORITA MATE: —Le digo, Excmo. Señor, que es (el pequeño) muy inteligente. A su edad, ya sabe lo que será cuando sea hombre. Es vivísimo.

EL PRESIDENTE, al pequeño: —A ver, Pepito, dime: ¿Di qué quieres hacer cuando seas grande? (El pequeño, con la cara de pronto dolorosa, no contesta).

SEÑORITA MATE: —Contesta, Pepito, al Señor Presidente. ¡Di qué quieres hacer cuando seas grande! (El pequeño, con la cara cada vez más compungida, da muestras de una angustiosa ansiedad). ¡Responde! ¡Responde!, ¿qué quieres hacer?

EL PEQUEÑO, a la señorita Mate, gimoteando: —¡Quiero hacer caca!…

SEÑORITA MATE, contrariadísima: —¡Oh, muchacho! ¡Cómo dices eso! (Le tira por un brazo y se lo lleva rápidamente, en extremo avergonzada). ¡Disculpe, le suplico, Excmo. Señor! Mil gracias, Señor Presidente.

EL PRESIDENTE, tocando un timbre: —Buenas tardes, señorita. Hasta cada rato. (La señorita Mate sale).

EL CORONEL, Jefe de la Casa Militar, entrando a la cabeza de los miembros de ella, oficiales del Ejército y de la Marina, que se cuadran y presentan su saludo al Presidente: —Excmo. Señor. (El Presidente toca otro timbre y por la puerta que da a la secretaría, penetran varios ministros en medio de cierto cuchicheo y revuelo misteriosos, que el Presidente, lleno de inquietud, se apresura a acallar con arrogancia).

EL PRESIDENTE, saliendo rápidamente al encuentro de algunos ministros que intentan decir algo en alta voz, da unos pasos decididos y enérgicos en dirección de la puerta que da a los balcones que acaban de abrirse y por la que entra un vasto clamor confuso de muchedumbre en gran efervescencia, y ordena, erguido, imponente, casi terrible: —¡Señores, seguidme! ¡Vamos a domar los furores de la masa! ¡A los balcones! (El séquito, sin tiempo ni ocasión de precisar su inquietante murmullo, sigue automáticamente y en tropel al Presidente. Luego resuenan aplausos y voces contradictorias de la multitud).

LA VOZ DEL PRESIDENTE, vigorosa: —¡Pueblo soberano!… ¡Empleados y obreros! La crisis económica del mundo se agrava día a día. La crisis que se siente aquí es, como lo sabéis, eco directa de la primera. La situación es, por eso, difícil de resolverla por nosotros mismos e independientemente de las demás naciones. Sin embargo, mi gobierno os puede asegurar que, de aquí a unos tres meses, no habrá más desocupados en el país. (Aplausos y voces incrédulas).

UNA VOZ perdida entre la muchedumbre: —¿Verdad? ¿Nos lo promete usted?

LA VOZ DEL PRESIDENTE: —Sí, señores, os lo prometo solemnemente. Mi gobierno tiene en estudio un vasto programa de obras públicas, que espero será votado por el Parlamento en este mes. Entre tanto, os pido calma y paciencia. Confiad en mi gobierno, que está decidido a salvar al país, de la miseria, por todos los medios posibles. Un plazo de tres meses, es todo lo que os pido. Vencido este plazo, juzgaréis mis actos y mis promesas. Nuestro país es rico. ¡Ayudadme a engrandecerlo y a llevarlo a la meta de sus grandes destinos!… (Algunos vivas, que ahoga un gran murmullo de la masa insatisfecha. Revuelo en los balcones. El Presidente vuelve, erguido siempre y dominador, seguido de su comitiva silenciosa).

EL PRESIDENTE, seco y de prisa: —Señores, estoy muy ocupado. Os ruego retirarse. Si alguno de vosotros tiene algo que comunicarme, puede venir a verme después de las seis. (Ceñudo y reconcentrado, se sienta a su escritorio y en el momento en que el séquito presidencial esboza nuevos rumores levantiscos, el edecán penetra apresuradamente).

EL EDECAN: —Excmo. Señor, acaban de traer al general Natón, que cayó preso esta mañana y que usted ordenó que compareciera en Palacio.

EL PRESIDENTE, tras una corta reflexión: —Señores, un momento. (Todos se callan. Al edecán). Que me lo traigan aquí inmediatamente. (El edecán se inclina y sale). El expresidente de la República, general Natón, va a venir. (Sensación). Yo quiero que él me diga, en presencia de ustedes, las razones que ha tenido para conspirar contra el régimen y contra el orden público… (Cierran la puerta que da al balcón).

EL EDECAN, anuncia: —El señor Prefecto…

EL PREFECTO entrando bruscamente: —Excmo. Señor, el general Natón está aquí…

EL PRESIDENTE: —¡Hágalo pasar! (La sensación general es grande. El general Natón —unos 60 años— las manos atadas a la espalda, sucio, en traje de campaña, sin kepí, entra con paso lento y transido. La rabia y la amargura crispan su rostro y arrancan de sus ojos una llama salvaje. Un silencio, mezcla de curiosidad y de estupor, impera en el despacho presidencial, mientras el preso avanza hasta el centro de la sala y le ponen frente a frente al Presidente. Natón baja los ojos. El Presidente, después de observarle con rencor, le dice airadamente). ¡Miserable! ¡Traidor a la Patria!… ¿Qué fines le han guiado para conspirar, desde hace seis meses, contra mi vida personal y contra la estabilidad de mi gobierno? ¿Por qué me ha hecho usted la revolución, casi desde el día en que llegué al poder? ¿Quería usted volver a la Presidencia, para mancharla de nuevo con la sangre inocente del pueblo y para echarse otros varios millones al bolsillo? ¡Conteste!… (A un edecán). Desátele las manos. (Se las desatan. El Presidente saca entonces un revólver del bolsillo y se lo da al preso). ¡Tome usted! ¡Ahí tiene mi revólver! (Natón toma maquinalmente y el Presidente se le ofrece como blanco). ¡Máteme! Aquí estoy. Pedía usted a gritos mi cabeza, y bien, aquí la tiene. ¡Tire!… (Natón sigue inmóvil. El Presidente saca entonces otro revólver y, apuntando al pecho del prisionero, lo desafía, furibundo). Ahora, ¡de hombre a hombre! ¡Apunte! ¡Tire! Al que queda de pie, la Presidencia… (Rumores y movimientos diversos). ¡Uno!… ¡Dos!… ¡Levante su arma, le digo! ¡Y apunte!… ¡Cómo! ¿Dónde está esa valentía?… (Y como Natón tiene una sonrisa enigmática, el Presidente le dice con desprecio y rabia). ¡Cobarde! Deme ese revólver. (Le arranca violentamente el arma y ordena). Amárrenle otra vez. (La orden se ejecuta. El Presidente se acerca al preso y, metiéndole la cara por los ojos, ruge). ¡Cobarde! (Le arranca de los hombros las charreteras). ¡No las merece! ¡Soldado indigno! (En fin, el preso de nuevo atado, el Presidente le escupe a la cara). ¡Llévenselo! ¡Me da asco!

EL GENERAL NATON levanta de golpe la cabeza y echa unos bramidos roncos de furor: —¡Ni siquiera te desprecio! ¡Bestia hedionda! (Le llevan a la fuerza). ¡Ni siquiera te desprecio! (Murmullos y movimientos diversos. Todos salen).

ACIDAL, solo, enjugándose el sudor y echándose viento: —¡Cordel… (En el momento en que Cordel asoma por la puerta que da a la pieza vecina, un timbre resuena sobre la mesa y Ácida!, automáticamente, toca otro. Cordel vuelve a escabullirse).

EL EDECAN entrando: —Excmo. Señor, el Prefecto pregunta si puede ser de nuevo recibido para una comunicación urgente del servicio.

EL PRESIDENTE, tras una corta reflexión: —Que entre. Inmediatamente. (El edecán se inclina y sale. Pausa).

EL EDECAN, anuncia: —El señor Prefecto.

EL PREFECTO, entrando: —Excmo. Señor, la muchedumbre sigue ante los balcones presidenciales, dando mueras al gobierno. Los obreros siguen lanzando gritos sediciosos…

EL PRESIDENTE, frunciendo el ceño: —Pero ¿qué quieren? ¿Qué se proponen, después de lo que acabo de ofrecerles?

EL PREFECTO: —Sus gritos son de «Pan o trabajo», y algunos grupos tratan de entrar a saco a fondas y pulperías…

EL PRESIDENTE, fulminante: —Dispérselos a sable. Que cargue la caballería.

EL PREFECTO, tímidamente: —Excmo. Señor, contestarían a pedradas. Están muy excitados. Es de temer que la multitud…

EL PRESIDENTE: —Coronel Barro, restablézcame el orden a cualquier precio que sea. Usted sabrá arreglarse.

EL PREFECTO: —Excmo. Señor, tendría que tirar sobre la masa…

EL PRESIDENTE, pone bruscamente fin a la consulta: —¡Bien! Desoxide las ametralladoras alguna vez siquiera. (Un timbre resuena en el escritorio).

EL PREFECTO: —A sus órdenes, Excmo. Señor. (Sale. El Presidente toca otro timbre).

EL SECRETARIO, entrando, con un cablegrama en las manos: —Excmo. Señor, un cablegrama, que acaban de traer de las oficinas «Colacho Hermanos».

EL PRESIDENTE, toma el cablegrama: —Gracias, Roque. Puede usted retirarse. (El secretario se va y el Presidente lee el despacho. Un sobresalto y llama). ¡Cordel! ¡Cordel!

CORDEL acudiendo de inmediato: —Te has impuesto una vez más. ¡Ya te has impuesto del todo!

ACIDAL, le lee el cable: —De Nueva York. Ya no vas a Nueva York. (Cordel lee ávidamente). Dicen que no es necesario.

CORDEL, jubiloso: —¡Formidable! ¡Vaya, hombre! Todo se allana.

ACIDAL, volviendo a leer el papel, en alta voz: —Innecesario viaje. Asunto Huallaga aceptado nuevas bases…

CORDEL: —Ya ves: todo tiene remedio. Tú eres muy impaciente.

ACIDAL, preocupado: —Pero ¿qué hacemos ahora con la Presidencia? ¿Debes volver a ella o yo me quedo?

CORDEL: —¡Hombre! Ya lo creo que debo volver a ella. ¡Qué duda cabe! Y ahora mismo. Felizmente, no creo que la nueva de mi salida de ella se haya esparcido aún aquí y, menos todavía, en el resto del país. Y así se hubiera esparcido, debemos precisamente desmentirla inmediatamente.

ACIDAL: —¿Y los ministros? ¿Y la Casa Militar? ¿Y el Nuncio? ¿Y los demás? ¿Y, por último, el pueblo mismo, al que acabo de hablarle del balcón?

CORDEL: —¡Ni preocuparse! Puedes estar seguro que nadie se ha dado exacta cuenta del cambio de Presidente. Si se han apercibido, los tiene sin cuidado o no acaban de entender lo que ha pasado. (Se sienta confortablemente en el sillón presidencial). Y tú, a tu ministerio de Fomento. Otro día vendrás a reemplazarme. No te apures. (Cordel vuelve a los papeles de su mesa).

ACIDAL: —¿En qué sentido hay que contestar a Nueva York? ¿Pido detalles cablegráficos del arreglo con la Huallaga Corporation? (Se dispone a partir).

CORDEL: —A ti, ¿qué te parece?

ACIDAL: —La cuestión del empréstito me preocupa.

CORDEL: —Pide entonces pormenores sobre el empréstito. Apúrate. Ya son las 5 y cuarto, y yo tengo que recibir todavía a varias personas. Vuelve a comer conmigo.

ACIDAL: —A las nueve. No antes. Hasta luego. (Cordel toca un timbre y Acidal sale).

EL SECRETARIO, entrando: —Excmo. Señor… (En el instante en que Roque reconoce a Cordel, una descarga cerrada de metralla resuena de golpe fuera de Palacio).

EL PRESIDENTE: —¿Qué ocurre? ¿Es en la Plaza? ¿Delante del balcón, creo?

EL SECRETARIO: —Sí, Excmo. Señor. Una refriega con los manifestantes.

EL PRESIDENTE, indiferente: —¡Ah, sí! Avise usted al general Chotango que su nombramiento como ministro de Fomento ha quedado sin lugar.

EL SECRETARIO: —Al instante, Excmo. Señor. (Sale. Pausa, durante la cual el Presidente, muy abstraído, consulta unas notas. Luego, se dirige a sus habitaciones privadas y el despacho presidencial queda desierto. Pausa. Se oye en torno al despacho, viniendo de todas partes, un vocerío confuso, órdenes militares, traqueteo de puertas, pasos de muchedumbre. Después, la puerta de los edecanes se abre bruscamente y el general Colongo penetra, seguido de una multitud de oficiales y civiles, que le aclaman, muchos de ellos revólver o fusil en mano).

LA MUCHEDUMBRE: —¡Viva el general Colongo! ¡Viva la revolución! ¡Mueran los Colacho! ¡Abajo los tiranos Colacho! (Por diversas puertas, desembocan diversos funcionarios y oficiales, estupefactos. El coronel Caraza, Jefe de la Casa Militar de los Colacho, entra, revólver en mano, por una de las puertas del fondo, dispuesto a la batalla).

EL CORONEL COLONGO le ordena en un grito salvaje: —¡Coronel Caraza! (Señalando los departamentos privados de Cordel). ¡Lléveme inmediatamente preso a ese hombre!

EL CORONEL CARAZA, protestando: —¡Pero General Colongo! ¡Usted no puede… (Un griterío hostil ahoga sus palabras).

EL GENERAL COLONGO, elevando la voz: —Si no cumple usted mis órdenes, usted también va preso…

EL CORONEL CARAZA: —Mi lealtad militar y política al general Colacho… (La muchedumbre vuelve a cubrirle la voz).

EL GENERAL COLONGO, con brusca decisión: —Coronel Caraza, queda usted nombrado Ministro de Guerra. (Volviéndose a la muchedumbre). ¡Señores, (indicando la puerta de los departamentos privados de Cordel) cuatro guardias en esa puerta!

EL CORONEL CARAZA, Ministro de Guerra: —Excmo. Señor… si así lo exige el pueblo, Excmo. Señor… (Disponiéndose a ejecutar la orden de Colongo). En el acto, Excmo. Señor. (Se dirige, seguido de varios oficiales y civiles a la mencionada puerta. Volviéndose de medio camino). ¿Qué hay que hacer con los hermanos Colacho, Excmo. Señor?

EL GENERAL COLONGO, con un gesto de impaciencia: —¿Qué hay que hacer?… Por el momento, que lo fusilen. Después veremos lo que se hace.

LA MUCHEDUMBRE: —¡Bravo, Colongo! ¡Viva el general Colongo! ¡Viva la revolución! (Una formidable ovación, etc.).

EL GENERAL COLONGO, de pie junto a la silla presidencial: —¡Ciudadanos! Hénos aquí triunfantes. (Nueva ovación). ¡Silencio, por favor! El pueblo trae hasta aquí sus santas iras y, arrojándolas a la faz de los tiranos, los cubre de vergüenza y los sepulta en el oprobio! (Otra ovación). Aquí, señores, tenéis la silla a la que los Colacho se habían encaramado para robar y asesinar al país. Vacante está ahora la silla…

LA MUCHEDUMBRE: —¡La Presidencia para el general Colongo! ¡En la silla presidencial Colongo! ¡Viva el Presidente Colongo! ¡Sí! ¡Sí!

EL GENERAL COLONGO: —Sólo el pueblo lo puede decidir, ciudadanos. ¡Yo no me sentaré en ella si así no me lo exige el mandado popular! (Vivas y rumores bastante confusos).

UN VIEJO CIUDADANO: —General Colongo, creo interpretar fielmente la voluntad del pueblo soberano, invitándole a tomar posesión de esa silla simbólica ahora mismo. (Ovación). Señores: en todas las repúblicas de la historia, el sillón presidencial es como el arca santa, donde la constitución del Estado tiene depositadas las llaves de la vida democrática. Esta silla, señores, es la única que manda y que dispone del destino de los pueblos. Por ella luchan los partidos y los hombres. Porque es sólo desde ella que se gobierna. Porque es sólo sentado en ella que se es jefe de un estado. (Ovación). ¡General Colongo! ¡Tomad asiento en ella! ¡Pero honradla con un buen gobierno! No la maculéis. ¡No consintáis, sobre todo, que os la usurpen! ¡No olvidéis que ella es la encarnación de la patria, la curul suprema del poder y, en fin, que si un día la perdéis, habréis perdido, con el gobierno, todo el respeto y adhesión con que el país os pone ahora en ella! (Estruendosa ovación).

EL GENERAL COLONGO: —¡Señores! ¡Muchas gracias! Os prometo cumplir religiosamente los deberes sagrados de mi cargo. (Se sienta aparatosamente en el sillón presidencial. Luego, el general Colongo, Presidente de la República, con tono imperioso). Señores, os ruego retiraros. Hay que formar inmediatamente el ministerio y organizar el gobierno, a fin de dictar las medidas necesarias a la pronta normalización de la vida nacional. (La muchedumbre se retira, aclamando al Presidente, con quien sólo queda en el despacho presidencial uno de sus lugartenientes, el coronel Selar. El Presidente, dirigiéndose a éste). Selar, queda usted nombrado secretario del Presidente de la República. Siéntese y escriba…

EL CORONEL SECRETARIO: —Como no, Excmo. Señor. En el acto. (El secretario se dispone o escribir lo que va a dictarle el Presidente).

EL PRESIDENTE, dictando: —Manifiesto a la Nación. Los tiranos Colacho han sido derrocados del poder. La ola de indignación y de odio nacionales acaban de arrojarlos para siempre del gobierno. Una nueva era de paz y libertad se inaugura en estos momentos para la patria. En mi calidad de nuevo Jefe del Estado, proclamado por la voluntad espontánea y libre del país, juro y prometo a la nación servirla y sacrificarme por ella, acabando definitivamente con los vicios y egoísmos que, desde hace tiempo, carcomen los cimientos de nuestra democracia y precipitan a la patria en el abismo… (Aquí, reflexiona, repitiendo). Y precipitan a la patria… en el abismo… (Sorprendiendo de pronto una mirada pérfida en el secretario). En el abismo…

EL SECRETARIO: —En el abismo…

EL PRESIDENTE, reanudando su dictado: —La seudoasamblea constituyente ha sido disuelta. Los dos tiranos han sido fusilados. El problema de los desocupados será definitivamente resuelto antes de fin de año… (Reflexionando). Antes de fin de año… (Se pone de pie y da tinos pasos, buscando las ideas). ¡Conciudadanos! Hay que acabar con el arribismo, que escala el poder todos los días, produciendo una inestabilidad vergonzosa de las instituciones republicanas. ¡Abajo los golpes de cuartel! ¡Abajo los dictadores de una hora!… (Aquí, el secretario, aprovechando que el Presidente evoluciona al azar por el salón en busca de ideas, se desliza, como quien no hace la cosa, hacia la silla presidencial, en el preciso momento en que el Presidente se vuelve de improviso). Cuento con la buena volunta de mis conciudadanos para… (El Presidente se interrumpe al sorprender la maniobra del secretario, y se lo queda viendo, dándose cuenta de las Todas intenciones de Selar. Pero, inmediatamente y fingiendo no haberse apercibido de nada, sigue dictando). Para… para ayudarme lealmente en la dura tarea de salvar los derechos y garantías republicanas, conculcadas por los gobiernos anteriores… (El Presidente vuelve a dar unos pasos y, como el secretario intenta otra vez colocarse subrepticiamente en la silla presidencial, Colongo vuelve rápidamente a ella e interponiéndose entre la silla y el secretario, dice misteriosamente). Selar, no se acerque usted demasiado al sillón presidencial. Manténgase, le ruego, es los límites de su asiento de secretario.

EL SECRETARIO, que se ha replegado a su asiento: —Excmo. Señor, si yo no me he movido en absoluto.

EL PRESIDENTE, dictando: —Bueno… Conculcadas por los gobiernos anteriores…

EL SECRETARIO: —Anteriores…

EL PRESIDENTE: —¡Viva la Patria! ¡Viva la democracia! (El secretario, en un nuevo descuido del Presidente, ha saltado, en un abrir y cerrar de ojos, a la silla presidencial y en ella se queda sentado soberanamente).

EL SECRETARIO, revólver en mano, amplio ademán de mando, al Presidente de la República: —¡Colongo, deme ese manifiesto que lo firme! ¡Rápido! (El general Colongo, ante la rapidez y la audacia del secretario, se ha quedado petrificado. Selar, amenazador). ¡Rápido, le he dicho! ¡Vivo! ¡Dese prisa!

EL PRESIDENTE COLONGO, balbuciente: —¡Pero… Selar!…

EL PRESIDENTE SELAR: —¡Colongo! ¡Los tengo muy rayados!

EL GENERAL COLONGO, en un postrer alegato: —¡Traidor! ¡Voy a llamar!…

EL PRESIDENTE SELAR, apuntando con su revólver a Colongo: —¡Siéntese y agregue al manifiesto lo que voy a dictarle!

EL GENERAL COLONGO, tras una suprema pero débil resistencia, se sienta en la silla de secretario y se dispone a escribir: —Está bien… Muy bien…

EL PRESIDENTE SELAR, sin soltar su revólver: —¿Dónde nos hemos quedado? ¿Qué dice? ¡Lea!

EL SECRETARIO COLONGO, leyendo: —¡Viva la democracia!

EL PRESIDENTE SELAR: —Viva la democracia… Añada usted: ¡Viva la libertad, la igualdad y la fraternidad!

EL SECRETARIO COLONGO, escribe, silabeando: —La-li-ber-tad… la-i-gualdad… y la fra-ter-ni-dad.

EL PRESIDENTE SELAR: —Muy bien: y la fraternidad. Eso es. (Con fraternal cordialidad). Páseme eso, mi querido general, que lo firme. (El secretario le da el manifiesto. En el momento en que el Presidente lo está firmando, guardando su revólver en la mano izquierda, el secretario Colongo saca, como relámpago, el suyo).

EL SECRETARIO COLONGO apuntando al Presidente Selar que, a su turno, ha levantado su arma en contra del otro: —¡Fuera de aquí! ¡Fuera y de prisa!

EL PRESIDENTE SELAR: —¡Que se cree usted! (Entonces, Colongo con su revólver en una mano, toma con la otra por el brazo a Selar y lo saca de un tirón brutal de la silla presidencial y se sienta en ella).

COLONGO, de nuevo presidente de la República, ordena a Selar, que permanece inmóvil ante él: —Siéntese en su sitio de secretario o lo hago fusilar acto seguido.

SELAR, a su vez el revólver siempre en una mano, coge con la otra a Colongo por la solapa: —¡Impostor! ¡Salga de ahí! (Pero Colongo pone inmediatamente el cañón de su arma en dirección de la cabeza de su rival. Los dos hombres palidecen. Silencio de muerte. De súbito, Selar se precipita de nuevo sobre Colongo y logra extraerle brutalmente de la silla presidencial. Colongo cae en el trance a tierra y Selar se sienta otra vez en el sillón presidencial. Mas Colongo se levanta y hace lo propio con Selar. Y así continúa el juego, uno y otro sentándose alternativamente en el sillón presidencial, mientras baja el telón).

.

FIN

.

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