La mano enguantada

Jean Lorrain

 

 

Para Edouard de la Ganduru

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La noche estaba muy avanzada, después de una cena de hombres. Al tiempo que vaciaban cantidad de sodas con sherry, whisky y otras bebidas americanas, los conversadores, echados algunos sobre divanes, acuclillados los otros sobre sus talones, apoyados en pilas de almohadones, habían ido deslizándose de la política y de la actualidad, del teatro y de las mujeres, a los accidentes de morfina y de éter; el caso de Serge Allitof, obligado a abandonar París para escapar a una obsesión de semejanza animal que tenía para él cualquier cara humana, durante un buen tiempo había alimentado la conversación, y, de la monomanía de ese miserable muchacho obligado a huir al sur ante un París poblado de hombres con hocicos de bestias salvajes y de mujeres con perfiles de aves de corral, se había llegado a pasar revista a todos los trastornos nerviosos más o menos citados por los doctores Charcot y Lombroso, en su mayoría lesiones del encéfalo que daban nacimiento a fenómenos en ocasiones curiosos; naturalmente, se tenían en cuenta los casos hereditarios y accidentales —el organismo mental es tan delicado que el incidente en apariencia menos grave puede ocasionar los más serios desórdenes—, y como la personalidad de cada uno terminaba por tomar la delantera en la conversación general, los ocho hombres allí reunidos habían llegado a hacerse unos a otros, con una voz afiebrada y un poco alterada, las confidencias más barrocas. Acompañado de miradas vagamente inquietantes y gestos automáticos, era un intercambio estupefacto de impresiones personales sobre terrores de infancia, de juventud e incluso de ayer.

«Por ejemplo yo —declaraba Sargine—, después de las once de la noche en verano, de las nueve en invierno, no puedo tomar un carruaje o un coche de círculo. Yo vivo en avenida de Wagram, cerca de la plaza Pereire. Aunque no queda lejos, lejos, lejos, tampoco está muy cerca del centro; para volver a mi casa paso inevitablemente por sitios un poco solitarios; por ahí, estarán de acuerdo, hay algunas avenidas bastante siniestras bajo la bruma de noviembre; una vez pasado el bulevar de Courcelles, el bulevar Malesherbes no tiene nada de recreativo, y la calle Cardinet… ¡bueno, bueno! Y bien, yo prefiero volver a pie del círculo con viento o nieve, y a veces llevo encima hasta cincuenta o sesenta mil francos. Claro que siempre me acompaña mi revólver en el bolsillo, pero un mal encuentro siempre es un mal encuentro, y un carruaje cortaría por lo sano. Pero el problema es que desde que estoy instalado en ese maldito carro y el cochero se mete por las calles desiertas, ¡crac!, pierdo la cabeza y una idea fija se instala aquí —y con el índice se tocaba la frente entre las dos cejas—, una idea que no puedo hacer nada por desarraigar (hice todo lo posible para sacarla de ahí) y que no es para nada divertida, los tomo por jueces. Apenas circulo por las calles negras se instala en mí la convicción de que mi cochero está enmascarado, y ¿con qué máscara? Con una máscara coloreada que imita la cara humana, una cara falsa, la visagium falsum de los salteadores de caminos del siglo XVI, y lo que creí ver de su piel bajo el envaramiento del tapaboca y del alzacuello en mi pensamiento se vuelve una cara de cera o de cartón que alberga los más abominables proyectos. Es un infame vagabundo el que está sentado en ese asiento; ese visagium falsum me conduce a rienda suelta hacia alguna horrible emboscada. Este carricoche de pesadilla, esta maldita jaula rodante cuya portezuela tramada se resiste a todos mis esfuerzos, este féretro de medianoche del que no puedo ni bajar la ventanilla sellada ni forzar la cerradura secreta se detendrá solamente fuera de las fortificaciones, en las soledades siniestras de Aubervilliers y de Saint-Ouen, y todos mis pelos se erizan y toda mi piel se vuelve sudorosa y me sofoco, estrangulado de horror, ya asesinado en mi imaginación, desvalijado, matado a palazos, abandonado por muerto, con el cráneo machacado, sobre el empedrado endurecido de las rutas. El carruaje se detiene, mi cochero preocupado salta de su asiento, abre la portezuela: “¿Qué pasa, mi señor burgués? ¿Nos quedamos dormidos?”. Me veo en mi calle, a la puerta de mi casa, y, todavía estremecido, me siento muy feliz de darle cinco francos de propina a mi cochero estupefacto.

»Ahora pueden comprender por qué vuelvo a pie».

Y ante una sonrisa unánime, Sargine dijo, con su voz apática: «Y todo eso por haber tomado una tarde de carnaval, sin haberme percatado, a un cochero con una nariz falsa, un pobre diablo inofensivo que para festejar el carnaval se había pegado sobre la facha la tradicional careta. Ocurre un accidente, se rompe un tiro; como la reparación del asunto va a llevar cinco minutos, el muchacho se cree en la obligación de advertirme; yo dormitaba a medias, abro los ojos y veo delante de mí esa máscara, ese espantoso postizo, a la una de la mañana, en la avenida de Villars, detrás de Les Invalides, un baile donde había prometido ir a encontrarme para el cotillón con una de mis amigas.

»¡Imagínense qué escena! Esa noche hacía un frío glacial, con una luna clara, clara, clara sobre un cielo atravesado de nubes de tinta; pensé que era un ataque nocturno y me abalancé sobre el hombre a brazo partido.

»Pero desde entonces es más fuerte que yo, no puedo tomar un carruaje».

A lo cual se pronunció de Martimpré: «No poder tomar un carruaje después de medianoche, por cierto, es algo que perturbaría bastante mis salidas nocturnas, yo que vivo en Auteuil y bajo ningún pretexto quiero volver en tren; porque lo que a mí me pasa es diferente. ¡Es el compartimento de primera clase, de segunda clase, sobre todo de primera, donde me instalo y me convierto literalmente en un chiflado en cuanto se encienden las lámparas! Y ese tren de las doce y cuarenta, ese tren de los teatros, si lo habré tomado, querido y bendecido lo bastante antes de mi pequeña aventura de hace tres años. ¡Ah! ¡Bien que lo practiqué el truco de todos los habitantes de Neuilly, Passy y Auteuil, que consiste en lanzarse a las doce y veinte en carruaje para estar a las doce y cuarenta en la sala de los Pasos Perdidos y a la una y diez en el bulevar Montmorency, terminal del último tren! En todo caso, es un poco más tranquilizadora esa media hora en vagón que el solo de carroza fúnebre en carruaje por las estepas equívocas de la avenida de Versalles, esa avenida de Versalles con sospechosos albergues de marineros y de vagabundos con las persianas cerradas, pero los vidrios todavía chispeantes a la una y dos de la mañana.

»Sí, durante por lo menos diez años, ese buen ferrocarril de cintura adorado por los suburbanos simplificó mi existencia; pero el problema es que desde hace tres años se terminó la fiesta. Ahora prefiero tiritar en pleno invierno dentro de mis pieles, con los pies endurecidos sobre la bolsa de agua caliente siempre helada de los carricoches nocturnos, y sin embargo yo no soy ni eterómano como Allitof ni gagá como Sargine». Y como este último hizo una gran reverencia en señal de agradecimiento, de Martimpré se hundió más profundamente todavía en su sillón de punto de Hungría, cruzando las piernas una sobre la otra y, con el tono indolente que le es habitual, prosiguió: «Ésta es mi pequeña aventura. Antes de empezar, coincidirán conmigo en que no hay nada más impresionante, y hasta diré más macabro, que la iluminación de los compartimentos de primera clase.

»Sobre la línea del Oeste la cosa es terrible; es de una brutalidad que subraya todos los rasgos, deformándolos. Eso tiene a la vez algo del reflector de la Morgue y de la luz difusa del anfiteatro. Todas las caras adquieren una palidez de muerto, los ojos se hunden bajo el relieve exagerado de los párpados, las fosas nasales se llenan de sombras, y, en esas caras que parecen todas desnarigadas bajo la salpicadura luminosa de las lámparas, la mayoría de las bocas se asemejan a agujeros negros. La menor chatura, la más pequeña saliente de huesos o de músculos adquieren un relieve inquietante y, a poco que el físico de los viajeros se preste, sin grandes esfuerzos de imaginación pueden creerse con facilidad en una sala de hospital, en compañía de enfermos en un mal trance o incluso de cadáveres, a elección, en una sala de disección».

Como uno de los asistentes dijo entonces: «Encantadora, pero un poco larga tu oración de los agonizantes», de Martimpré sonrió con complacencia, descruzó su pierna derecha, que había puesto sobre su izquierda, y una vez retomada en sentido inverso la misma posición, replicó: «Lo concedo. Pero todos coincidirán conmigo en el aspecto espectral y realmente horrible de la iluminación de nuestros vagones; llego entonces a lo que importa.

»Fue hace cuatro años; yo salía de la Porte-Saint-Martin, donde había asistido a una de las últimas funciones de Cleopatra. ¡Oh! ¡El Botticelli que allí evocaba entonces Sarah en sus volutas de paños lamé, abrochados aquí y allá por escarabajos de turquesas y por joyas de Egipto! Nunca su semejanza con la Primavera del famoso fresco de Florencia había sido tan preciosamente recalcada, y, pese a mi poco aprecio por el drama de Sardou, era realmente la décima o undécima vez que lo veía, habiendo sido atraído allí por la inolvidable visión plástica ofrecida por la actriz trágica.

»Si insisto de tal manera en el espectáculo del que salía es para dejarles bien claro mi estado de ánimo esa noche, de ningún modo vuelto hacia lo melancólico, muy por el contrario, puesto que una deliciosa imagen de arte seguía flotando, casi viva, ante mí. Así, pues, subo al vagón casi enseguida completo —los compartimentos se llenaban rápido en el último tren— y partimos. Ni siquiera había mirado a los siete compañeros de ruta que me ofrecía el azar. Siempre hay muchas pieles por el lado de los hombres y bastantes pellizas de seda reverberante y con broches por el lado de las mujeres en ese tren llamado de los teatros, y su público, con corbatas blancas, guantes claros y todo enjoyado, es bastante elegante, hasta barnizado; por otra parte, no le presto mucha atención; rodábamos, y en cada estación, Courcelles, Neuilly, Bois-de-Boulogne, las parejas descienden y el compartimento se vacía.

»En el Trocadero me quedo solo y entonces me percato de que hay otro viajero adormecido, casi frente a mí, contra el apoyabrazos móvil del medio: pequeño, alto de hombros y como subidos por encima de las orejas, el hombre allí dormido mostraba bajo la claridad brutal de la lámpara la fealdad más espantosa: una gruesa cabeza en forma de pera más ancha en la parte baja que arriba, una cara con maxilares enormes, de frente estrecha cubierta de reluciente pelo negro, una cara olivácea de pesados párpados perezosos y gordos, de nariz dura y corta y, en su verde palidez, dos cojinetes tumefactos en forma de labios espesos y horrorosamente colgantes, una de esas caras de pesadilla como las que muestra Goya en sus escenas de comprachicos y tal como las presenta el museo de Madrid en sus retratos de los últimos Habsburgo, una fealdad de gran raza que ha descendido a la ferocidad asesina de una bestia.

»Presto atención al hombre, que tenía una manera espantosa de dormir: sus gruesos párpados no se juntaban y entre sus hendiduras se veía un poco de la esclerótica; habríase dicho que su mirada estaba emboscada tras la celosía de sus pestañas, y mientras roncaba como para tranquilizarme con no sé qué espantoso resoplido del fondo de la garganta, mantenía apoyada sobre sus rodillas una larga mano enguantada de negro, una mano a la vez crispada e inerte, desmesuradamente larga y locamente estrecha, que parecía mal ajustada en el puño blanco de su camisa y, ciertamente, no debía ser la mano de su cuerpo.

»La cosa se convertía en una obsesión; ya no podía quitar mis ojos de esa mano; de pronto, el hombre se levantó (era después de la estación de Passy y el tren acababa de ponerse en marcha otra vez), dio algunos pasos por el vagón y vino a plantarse delante de mí. Fue espantoso. Sus gordos párpados se habían alzado y sus ojos blancos me miraban; el hombre había metido la mano en el bolsillo y, con los dos brazos hundidos hasta los codos en las profundidades de su sobretodo, me escudriñaba con sus ojos vidriosos sin decir palabra, inmóvil, y entonces vi que dormía.

»Fueron cinco minutos de una angustia inolvidable. ¡Oh! ¡Ese mano a mano con el extraño sonámbulo, en el silencio y la trepidación de ese tren nocturno! Estábamos llegando a la estación de Auteuil, el frenado hacía vacilar a mi compañero sobre sus piernas cortas; a punto estuvo de caer, se llevó las dos manos refunfuñando a los ojos y, como súbitamente vuelto a la realidad de las cosas, se dirigió a una portezuela y descendió en la vía contigua. Allí estaban haciendo maniobras y yo mismo, ahora tranquilizado, me creí en la obligación de advertirle. “No por aquí, por ahí”, le dije tocándole el brazo. Él sofocó otro gruñido y, sin responderme, se precipitó hacia la otra portezuela abierta, descendiendo en el vacío… Había desaparecido.

»¡Singular viajero! Iba a descender a mi vez cuando mi pie chocó con algo blando; me agaché para ver y encontré bajo mis dedos la mano, la horrible mano enguantada, desmesuradamente larga y locamente estrecha, la mano ya fría, inerte y crispada que el sonámbulo se había olvidado.

»Era una mano de mujer recién cortada, porque todavía chorreaba y había dejado manchas rojizas sobre los almohadones».

Y de Martimpré añadía, con su tono lánguido:

«¡Por eso nunca volví a tomar el tren de las doce cuarenta!».

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