El viento de Agosto

Helena Garrote Carmena

 

 

Mi tía Tere era mi tía favorita. Era pequeña y pizpireta, de ojos muy vivos. Pese a la edad, conservaba una bonita sonrisa, de blanca dentadura, enmarcada en unos labios perfectamente dibujados, que tiempo atrás habrían sido la perdición de algún hombre. Fumadora empedernida, hasta que, ya mayor, el Alzheimer la fue dejando en blanco y los paquetes de tabaco empezaron a tener una utilidad desconocida, amontonándose por los cajones, estantes y demás mobiliario de la casa.

Había sido modista toda su vida. De jovencita copiaba, con muy buena puntada, los modelos que lucían las actrices de las sesiones dobles del cine de su barrio; por eso, en las fotos, siempre tenía un aire de protagonista de película de Hitchcock. Bebía mucho café, en vaso, con un chorrito de leche y otro de anís que revolvía con una cucharilla tintineante, mientras nos contaba las historias sobre avistamientos de ovnis que había escuchado ese día en la radio. Casos de misteriosas apariciones y desapariciones, casas encantadas, o voces del más allá. Otras veces se remontaba en el tiempo, y nos describía momentos de su infancia de posguerra, en descampados de ciudad, donde soñaba con subirse algún día a un tiovivo mientras buscaba por el suelo cáscaras de naranja, pipas, algarrobas y demás golosinas con las que se llenaba los bolsillos.

Vivía en el último piso de una torre de nueva construcción, de once plantas. Mi tía decía que como el barrio era nuevo, al no haber bloques alrededor, y dada la altura, por las noches escuchaba soplar el aire de la sierra, y que a veces lo hacía con tanta fuerza que vibraban los cristales de las ventanas. Tenía dos hijos, Maite y Ramón. En aquellas noches de verano, cuando mi tía terminaba de contarnos su penúltima historia o caso inquietante, daba las últimas bocanadas a su cigarro, nos sonreía, comprobada que el relato nos había impactado, nos daba un beso y nos mandaba a la cama.

Mis primos, Maite y Ramón, siempre se acostaban vestidos. Nunca pregunté por qué, no era yo niña de hacer muchas preguntas, mas bien ninguna. Mi imaginación era suficientemente desbordante como para encontrar todas las respuestas. La duda no cabía en mi. Supuse que si el viento nocturno era tan fuerte como ella contaba, podría producirse un huracán que levantase el tejado del bloque, y hacer que mis primos saliesen volando; y salir volando vestidos era mejor que hacerlo en pijama. Así lo pensaba yo, y aunque la cosa no me acabase de encajar, tratándose de la casa de mi tía Tere, maestra del cuento y del misterio, cualquier remota y desbaratada posibilidad cobraba la suficiente credibilidad para no tener que plantearse nada más. Por la mañana, mientras se preparaba su segundo café, nos preguntaba si habíamos escuchado el aire; sin esperar la respuesta, abría mucho sus ojos vivarachos y emitía un soplidito silbante, para que nos hiciésemos una idea de la magnitud del fenómeno que se había producido mientras nosotros dormíamos a pierna suelta esa noche de agosto.

El ruido de los aviones sobrevolando Madrid en el año 36 se quedó para siempre en su cabeza. Nunca terminó el miedo de aquellas noches, en las que el cielo soplaba y rugía, y en las que mi abuela, consciente del peligro, saltaba de la cama y agarraba a sus seis hijos (que en previsión de un ataque aéreo siempre acostaba vestidos), para rápidamente salir de la casa, correr escaleras abajo, e incorporarse al tumulto de vecinos, que como una riada desbordada avanzaba a trompicones calle abajo, buscando refugio en la boca de metro más cercana.

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