CINE EXPRESS: “Por amor al arte”

Helena Garrote Carmena

 

 

Cuando terminaba la jornada, un grupo de operarios lo levantaban con cuidado y lo colocaban en una plataforma de madera, soportada por veinte ruedines, entre todos la empujaban y era arrastrado hasta el almacén, donde junto con otros compañeros de batalla pasaba la noche. En la oscuridad de aquel hangar, rodeado de serrín, botes de pintura, rollos de cable, tablones de todos los tamaños, ventiladores, compresores y demás artilugios, descansaba y se sentía seguro.

Nunca dormía, ni siquiera se recostaba, permanecía en pié, como un héroe, siempre atento y en posición de ataque. Dependiendo de donde lo colocasen, sus ojos brillantes y estáticos podían quedar mirando a la pared, pero a él no le importaba, se abstraía en sus pensamientos y se recreaba recordando todo lo placentero que le había dado el día. Revivía una y otra vez, su valiente enfrentamiento, el hermoso duelo, el cuerpo a cuerpo con aquel hombrecillo en taparrabos, que movido por no se sabe el motivo, se empeñaba todos los días en ponerse frente a él y retarle, con más inconsciencia que posibilidades, y sin más armas defensivas que una pequeña estaca; como reía recordando a aquel infeliz y su continuo recular con caída incluida cada vez que él bramaba y se enfurecía; cuanto más se acercaba al hombrecillo, más gritaba, y más agitaba su cabeza de un lado a otro, abriendo y cerrando su inmensa boca de movimiento básico y repetitivo. Que agradable era sentirse tan poderoso, y cuánto disfrutaba al recordarlo.

Cuando la luz del día se colaba por la rendija del portón, este se abría de par en par emitiendo un sonido chirriante y un pequeño escuadrón de hombres entraba y se dirigía hacia él. Levantaban la mirada y lo observaban con minucioso interés, luego lo rodeaban, y entre todos, hacían girar un poco la plataforma de veinte ruedines.
Si tenía suerte y el ángulo era el correcto, sus ojos de cristal quedaban expuesto al exterior, entonces podía sentir el sol en su cara y ver la inmensidad del cielo. Los operarios depositaban sus herramientas en el suelo y comenzaban las reparaciones; un poco de pintura en las patas traseras, un parche en el pecho y algo de pegamento en su inmensa cola, que andaba ya un tanto maltrecha de tanta sacudida.
Subido a una escalera y provisto de una pequeña lata de aceite, el más atrevido del grupo trepaba hasta su cabeza y engrasaba su mandíbula para que su boca se abriese y se cerrase sin dificultad. Luego con un paño retiraba el polvo de sus brillantes ojos fijos. Él se dejaba hacer, agradecía los cuidados, y aprovechaba para repasar mentalmente su papel. Cuando la cuadrilla consideraba que ya estaba a punto empujaban la plataforma de madera y era nuevamente arrastrado al exterior.

Ese día, su posición inicial sería la entrada de una oscura cueva, nadie le daba instrucciones, no las necesitaba, era un profesional y sabía perfectamente lo que tenía que hacer; esperar acechante en lo oscuro y al grito de acción!, asomar su inmensa cabezota verde, levantar sus pequeños bracitos, enseñar sus fauces de cartón piedra, y bramar, con toda la fuerza que le fuera posible, al hombrecillo en taparrabos que nuevamente lo esperaba, era enclenque, pero testarudo y nunca se daba por vencido, Esta vez, venía provisto de una lanza, lo que pareció darle mucha confianza, porque sin pensárselo dos veces y vociferando lo que parecían maldiciones, la lanzó contra el pecho de su enorme enemigo, donde rebotó y cayó al suelo sin más historia. Pobre incauto… entonces él, en un acto de legítima defensa, empezaba a caminar a grandes y torpes zancadas. A cada pisada, el suelo retumbaba y las diminutas palmeras del pleistoceno que se interponían en su camino quedaban aplastadas. Ese día, tenía que hacerlo bien, sería su momento de gloria. Sabía que en la sala se esperaba su ataque con máxima expectación y que el público disfrutaría como en ningún otro momento la película, era el protagonista absoluto.
Consciente de su responsabilidad, agacho su cabezota, y cuando tuvo al diminuto enemigo a la altura de su nariz, abrió su gran boca y recogió al mequetrefe como lo haría una excavadora, lo elevó por encima de su cabeza y de un movimiento certero lo lanzó por los aires, siguió con la mirada el vuelo pataleante y desbaratado de aquel atrevido, hasta que lo vio aterrizar a lo lejos, donde quedó despatarrado y semi incrustado en un matorral de frutos rojos. ¡Aquello fue fantástico!, el público en la sala, chillaba sobrecogido, podía oler su miedo y escuchar el galopar de sus corazones. Esa noche en el almacén, de cara a la pared, recordaría su brillante actuación, y probablemente se emocionaría hasta quedar al borde del llanto.

Era una estrella de Hollywood, aunque nunca apareció en los títulos de crédito, ni fue invitado al preestreno, no recibió premios, ni concedió entrevistas, ni falta que le hacía, él era un actor vocacional y de los buenos, lo suyo era por amor al arte.

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