La corza blanca, de G. A. Bécquer

Fernando Veglia

Bécquer-Leyendas

Supongo que la mayoría de los lectores conocieron a Gustavo Adolfo Bécquer en la escuela. No fui la excepción; debía leer las Leyendas. Como en el hogar no las tenía, fui a la librería. Conseguí un pequeño libro, que contenía un resumen cronológico de la vida del autor, el prólogo, cinco leyendas, una guía de trabajos prácticos –nunca la hice-, juicios críticos y, en la contratapa, un retrato pintado por su hermano, Valeriano Bécquer.

No esperé la hora de literatura para zambullirme en el librito. En ese entonces, me resultó llamativa la amarga vida de G. A. Bécquer. Huérfano a corta edad, fue acogido, junto con su hermano, por un tío. Persiguió su vocación, sufriendo privaciones y cambiando de empleo a menudo. Padeció una terrible enfermedad. En 1857 publicó, en colaboración con Juan de la Puerta, Historia de los templos de España. Muchos de sus textos aparecieron en “El contemporáneo” y “La ilustración de Madrid”. Poco tiempo después de su muerte, los amigos reunieron su obra y la publicaron con el título Obras de Gustavo A. Bécquer, dándole la gloria que la fortuna le negara en vida.

Fue un escritor posromántico. En sus textos hallé el gusto por el misterio y lo oculto, estaban presentes las pasiones, observé una naturaleza mágica y seductora y percibí un ambiente medieval.

En “Maese Pérez, el organista”, el alma del viejo organista retornaba a Santa Inés y ejecutaba su instrumento, causando pavor a los presentes. En “Los ojos verdes”, el porfiado Fernando de Argensola desatendió el consejo de Íñigo, un montero, y persiguió  al ciervo que hirió hasta la fuente de los Álamos, hasta hallar la perdición en unos bellos ojos verdes. En “La ajorca de oro”, el capricho de María Antúnez acabó con la cordura de Alfonso de Orellana; ella le pidió la ajorca de oro de la Virgen del Sagrario de la Catedral y él, ciego de amor, intentó robarla. En “El rayo de luna”, Manrique, un noble amante de la soledad, juzgó ver, a medianoche y en un paraje solitario, la blancura del traje de una dama; suponiendo que era la mujer de sus sueños, la persiguió hasta descubrir que todo había sido una mera ilusión.

“La corza blanca” me fascinó. En un lugar de Aragón, vivía un caballero llamado Dionís; había servido al rey en la guerra contra los infieles y gozaba de un merecido retiro. Cierta vez, había salido de caza acompañado por su hija, Constanza, a la que, por su blancura y hermosura, llamaban Azucena. Él y sus monteros estaban descansando cuando vieron a un pastor, llamado Esteban, y lo invitaron a contar sus extrañas aventuras. El pastor dijo que un grupo de corzas, reunidas cerca de una cañada, hablaban con voz delgada, que se habían burlado de él -llamándolo “Bruto”- y que la más bella era blanca. Dionís, Constanza y los monteros rieron a carcajadas. Garcés, un joven montero, decidió cazar la corza blanca y ofrecérsela, como prueba de amor, a Constanza. El joven recibió las burlas de su pretendida y de Dionís. Aguijoneado su orgullo y aprovechando la noche, fue a la cañada y buscó un buen lugar para disparar. El sueño lo venció hasta que unos cantos lo despertaron; supuso que era víctima de la palabrería de Esteban. Cuando las corzas atravesaron el monte y llegaron a orillas del río, buscó una mejor posición y vio un espectáculo increíble; los animales habían desaparecido y un grupo de bellísimas mujeres jugueteaban y cantaban en las aguas. Constanza estaba allí. No resistió y, de un salto, apareció entre ellas. En instantes, todo se desvaneció y las corzas huyeron hacia el monte. La blanca, la que deseaba ofrecerle a su pretendida, estaba atrapada entre unas madreselvas. Apuntó y, cuando estaba por disparar, la bestia lo forzó a desistir, hablándole con la voz de la joven. Liberada de las madreselvas, huyó riendo. Garcés, ofendido, disparó. Cuando llegó hasta la presa herida, observó a la bella Constanza, revolcándose sobre un charco de sangre.

En la clase de literatura me sentía un campeón; había leído el librito y estaba  preparado para mostrar lo que sabía.  Sin embargo, mi ánimo cayó al suelo en segundos; los libros de mis compañeros, titulados “Rimas y leyendas”, eran mucho más gordos y la profesora había comenzado la clase hablando de “El beso”. Rojo de vergüenza, pedí ayuda y, al día siguiente, regresé a la librería.

“La corza blanca” es una de las Leyendas, de Gustavo Adolfo Bécquer (1836-1870), escritor español.
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