Hambre (II)

Knut Hamsun

 

 

 

Poco a poco se empezaron a ordenar mis pensamientos. Procuré esmerarme y escribí lentamente y con ponderación algunas páginas de introducción a algo: podía ser la introducción a cualquier cosa, un relato de un viaje, un artículo político, quedaba a mi elección. Era un principio excelente para cualquier cosa.

Luego me puse a buscar una cuestión determinada que poder tratar, un personaje, algo sobre lo que lanzarme, pero fui incapaz de encontrar nada. En el transcurso de ese infructuoso esfuerzo volvieron a desordenarse mis pensamientos, noté cómo mi corazón literalmente se paró, mi cabeza se vació, quedando ligera y desprovista de contenido sobre mis hombros. Percibí con todo mi cuerpo ese vacío vigilante en mi cabeza, me pareció verme a mí mismo completamente hueco de arriba abajo.

¡Dios mío, Dios mío!, grité con dolor, y repetí la misma exclamación muchas veces seguidas sin decir nada más.

El viento soplaba sobre las hojas secas; se acercaba una tormenta. Aún permanecí un rato sentado, mirando abatido mis papeles; luego los doblé y me los metí lentamente en el bolsillo. Empezaba a hacer frío y ya no tenía chaleco; me abotoné la chaqueta hasta el cuello y metí las manos en los bolsillos. A continuación me levanté y me marché.

¡Ojalá me hubiera salido bien tan sólo en esta ocasión! Por dos veces mi casera me había reclamado con la mirada el alquiler y yo había tenido que agachar la cabeza y deslizarme junto a ella dirigiéndole un avergonzado saludo. Sería incapaz de volver a hacerlo; la próxima vez que me encontrara con esos ojos renunciaría a mi cuarto reconociendo la verdad. De ningún modo podía seguir así.

Al llegar a la salida del parque volví a ver a ese viejo enano al que mi ira había ahuyentado. El misterioso paquete de periódico estaba abierto junto a él sobre el banco, lleno de comida de diversa clase de la que estaba dando buena cuenta. Estuve a punto de acercarme a él y disculparme por mi conducta, pero su comida me hizo desistir; esos viejos dedos que semejaban diez garras arrugadas apretaban asquerosamente las grasientas rebanadas de pan con fiambre; pasé por su lado sin dirigirme a él. No me reconoció, sus ojos me miraron fijamente, secos como cuernos, y su rostro no cambió de expresión.

Yo proseguí mi camino.

Como de costumbre me detuve ante cada periódico expuesto en mi camino para estudiar los anuncios de empleo, y tuve la suerte de encontrar uno al que podía aspirar: un tendero en Grønlandsleret buscaba un hombre que se encargara de la contabilidad algunas horas por las tardes: sueldo a convenir. Anoté las señas y rogué en silencio a Dios que me concediera ese empleo; exigiría menos que nadie por el trabajo, con cincuenta øre me sobraba, o tal vez cuarenta, eso ya se vería.

Al llegar a casa encontré sobre la mesa una nota de mi casera en la que me pedía que pagara el alquiler por anticipado o dejara el cuarto en cuanto pudiera. Que no lo tomara a mal, que era una reclamación por necesidad. Atentamente, señora Gundersen.

Escribí una solicitud al tendero Christie, Grønlandsleret, número 31, la metí en un sobre y la bajé al buzón de la esquina. Luego volví a subir a mi habitación y me senté en la mecedora a pensar, mientras la oscuridad iba creciendo a mi alrededor.

Empezaba a resultarme difícil mantenerme erguido.

A la mañana siguiente me desperté muy temprano. Aún era de noche cuando abrí los ojos, y bastante tiempo después oí dar las cinco en el reloj del piso de abajo. Quería volverme a dormir, pero me resultó imposible conciliar el sueño. Me fui despertando cada vez más y me puse a pensar en miles de cosas.

De repente se me ocurren un par de buenas frases para un esbozo, un folletín, hermosos golpes de suerte lingüísticos que jamás se me habían ocurrido antes. Permanezco tumbado repitiendo esas palabras para mis adentros y las encuentro excelentes. Al cabo de un rato llegan otras; de repente estoy despejadísimo y me levanto a coger papel y lápiz de la mesa situada detrás de mi cama. Era como si una vena hubiera estallado dentro de mí, una palabra sigue a otra, ordenándose dentro de un contexto, creando situaciones; una escena sigue a otra, las acciones y los diálogos brotan en mi cerebro y me siento invadido por una maravillosa sensación de bienestar. Estoy escribiendo como poseso, llenando página tras página sin un momento de descanso. Las ideas me llegan tan repentinamente y siguen afluyendo en tal abundancia que pierdo infinidad de cosas secundarias porque no me da tiempo a anotarlas, aunque pongo todo mi empeño. Continúan desbordándome, estoy rebosante de materia y cada palabra que escribo se me pone en la boca.

¡Dura, bendito sea! ¡Lo que dura este maravilloso momento! Tengo sobre mis rodillas quince o veinte hojas escritas cuando por fin me detengo y dejo el lápiz. ¡Si esas hojas tenían algún valor, ya estaba a salvo! Me levanto de la cama de un salto y me visto. Cada vez hay más claridad, ya casi puedo distinguir el edicto del Director General de Faros junto a la puerta, y cerca de la ventana hay ya tanta luz que podría escribir con cierto esfuerzo. En seguida me pongo a pasar a limpio mis notas.

De esas fantasías brota un denso vapor de luz y color; me quedo atónito ante tantas cosas buenas, unas detrás de otras, y me digo a mí mismo que es lo mejor que he leído jamás. Me vuelvo loco de satisfacción, la alegría me anima y me siento magníficamente repuesto de mis penas; sopeso en las manos mi escrito y sobre la marcha lo taso en unas cinco coronas. Nadie regatearía cinco coronas, todo lo contrario, se podría considerar una ganga conseguirlo por diez coronas, teniendo en cuenta la calidad de su contenido. No tenía la intención de regalar un trabajo tan singular; que yo supiera, esa clase de novelas no se encontraba en cualquier sitio. Y me decidí por diez coronas.

En la habitación había cada vez más luz, miré hacia la puerta y sin gran esfuerzo pude leer las finas y esqueléticas letras que anunciaban las mortajas en casa de la señorita Andersen en el patio a la derecha; hacía ya un rato que habían dado las siete.

Me levanto y me coloco en medio de la habitación. Pensándolo bien, la notificación de desalojo de la señora Gundersen llegaba oportunamente. En realidad esa habitación no era digna de mí; en las ventanas colgaban unas cortinas bastante vulgares, y no había muchos clavos en las paredes para colgar la ropa. Esa pobre mecedora en el rincón no era más que una caricatura de mecedora, y resultaba patética. Era demasiado baja para un hombre adulto, y tan estrecha que había que emplear un sacabotas para salir de ella. En suma, la decoración de la habitación no invitaba a llevar a cabo actividades espirituales, y no tenía intención de quedarme en ella. ¡Por nada del mundo me quedaría en ella! Llevaba ya demasiado tiempo tolerando y aguantando en ese cuchitril.

Henchido de esperanza y satisfacción, y todavía absorto en mi singular esbozo, que sacaba del bolsillo a cada instante para leerlo, quise poner en marcha la mudanza inmediatamente. Saqué mi hatillo, un pañuelo rojo que contenía un par de cuellos limpios y un papel de periódico arrugado en el que había traído envuelto un pan; enrollé la manta y cogí mis existencias de papel blanco.

Luego miré en todos los rincones para asegurarme de que no olvidaba ninguna de mis pertenencias, y al no encontrar nada me asomé a la ventana. Era una mañana oscura y húmeda; ya no había nadie en la forja incendiada, y abajo, en el patio, la cuerda se extendía muy tensa de pared a pared, contraída por la humedad. Todo me resultaba familiar. Me volví hacia dentro, me puse la manta bajo el brazo, hice una reverencia ante los edictos del Director General de Faros, y otra ante las mortajas de la señorita Andersen, y abrí la puerta.

De repente me acordé de mi casera; debería avisarle de mi mudanza, para que viera que trataba con una persona decente. También quise agradecerle por escrito los días de más que me había dejado usar la habitación. La certeza de que ahora estaría a salvo durante bastante tiempo se había apoderado de mí con tanta fuerza que incluso le prometí cinco coronas cuando pasara por allí al cabo de unos días, quería dejarle clara la honradez de la persona que había albergado bajo su techo.

Dejé la nota sobre la mesa.

Una vez más me detuve junto a la puerta y me volví. Esa maravillosa sensación de encontrarme repuesto me llenó de dicha y gratitud hacia Dios y todo el mundo, me arrodillé junto a la cama y con voz potente di las gracias a Dios por la gran bondad que me había mostrado esa mañana. Lo sabía, sabía muy bien que ese arrebato de inspiración que acababa de vivir y plasmar por escrito era una maravillosa acción del cielo en mi espíritu, una respuesta a mi grito de socorro del día anterior. ¡Es Dios, es Dios!, me grité a mí mismo, llorando de entusiasmo ante mis propias palabras; de vez en cuando me detenía un instante para escuchar si alguien subía por la escalera. Finalmente me levanté y me marché; me deslicé sigilosamente por todas las plantas y llegué al portal sin ser visto.

Las calles brillaban por la lluvia caída al amanecer. El cielo colgaba gris y bajo sobre la ciudad y por ninguna parte se vislumbraba un rayo de sol. ¿Qué hora sería? Como de costumbre dirigí mis pasos hacia el Ayuntamiento y descubrí que eran las ocho y media. Tenía, pues, unas horas por delante; de nada serviría ir a los periódicos antes de las diez o tal vez las once; deambularía por la ciudad hasta entonces y estudiaría la manera de conseguir algo de desayuno. Por cierto, no temía tener que acostarme con hambre ese día; ¡esos tiempos ya habían pasado, gracias a Dios! Era una etapa que ya había llegado a su fin, una pesadilla; ¡a partir de ahora todo iría hacia arriba!

Entretanto la manta verde se había convertido en un estorbo; no podía rebajarme a andar por ahí con un bulto semejante bajo el brazo a la vista de todo el mundo. Me puse a pensar en dónde dejarla mientras tanto. Se me ocurrió que podía acercarme a Semb y pedir que me la empaquetaran; tendría mejor aspecto y no sería una vergüenza llevarla. Entré en la tienda y expresé mi deseo a uno de los dependientes.

El hombre miró primero al bulto y luego a mí; me pareció que se encogía desdeñosamente de hombros en su interior al recibir el paquete. Eso me ofendió.

¡Dios mío, tenga usted un poco de cuidado!, grité. Ese paquete contiene dos valiosísimos vasos de cristal que van a Esmirna.

Surtió efecto, surtió mucho efecto. El hombre pedía perdón con cada movimiento por no haber intuido inmediatamente el contenido del paquete. Cuando acabó de embalarlo, le di las gracias como las da un hombre que ya antes ha enviado valiosos objetos a Esmirna; incluso me abrió la puerta al salir.

Me puse a caminar entre la gente por la plaza del mercado, manteniéndome cerca de las mujeres que vendían tiestos. Las grandes rosas rojas que ardían en la mañana húmeda, sangrientas y frías, despertaron mi avidez, me sentí tentado a robar una, pregunté su precio, sólo por tener un motivo para estar lo más cerca posible de ella. Si después me sobraba dinero iría a comprarla, pasara lo que pasara; tendría que ahorrar un poco, reducir mis gastos con el fin de recuperar de nuevo el equilibrio.

Dieron las diez y subí al periódico. El Tijeras estaba rebuscando en unos periódicos viejos, el director aún no había llegado. A petición suya le entrego mi gran manuscrito, recalcándole que es más que importante y rogándole insistentemente que se lo entregue en mano al director cuando éste llegue. Yo volvería más tarde para ver lo que había dicho.

¡Bien! El Tijeras siguió recortando sus periódicos.

Me pareció que se lo tomaba con demasiada calma, pero no dije nada. Hice un signo de indiferencia con la cabeza y me marché.

Ya no tenía ninguna prisa. ¡Ojalá aclarara el día! Hacía mal tiempo, sin viento y sin frío; las señoras llevaban paraguas por si acaso y los gorros de lana de los caballeros eran cómicos y tristes. Volví a dar una vuelta por la plaza mirando las verduras y las rosas. En ese momento noté una mano en mi hombro y me volví. El Señorita me dio los buenos días.

¿Buenos días?, contesto en tono interrogante para saber cuanto antes qué quiere de mí. No me gusta mucho el Señorita.

Mira con curiosidad el gran paquete que llevo bajo el brazo y pregunta:

¿Qué lleva usted ahí?

He ido a la tienda de Semb a comprar tela para hacerme algo de ropa, contesto en un tono indiferente; me pareció que ya era hora de librarme de este atuendo tan usado, a veces uno es demasiado tacaño con su propio cuerpo.

Me mira asombrado.

¿Cómo le va, por cierto?, pregunta lentamente.

Bien, contra toda esperanza.

¿Entonces ya tiene empleo?

¿Empleo?, pregunto extrañado, soy contable en la empresa Christie.

¡Ah, sí!, dice y retrocede un paso. ¡Dios lo ampare, de verdad que me alegro por usted! ¡Ojalá no gaste todo en limosnas! Buenos días.

Al cabo de un instante se vuelve hacia mí, señala mi paquete con su bastón y dice:

Le recomiendo mi sastre para esos trajes. No encontrará usted mejor sastre que Isaksen. Dígale que va de mi parte.

¿Qué derecho tiene a meter sus narices en mis asuntos? ¿Qué le importa a él el sastre que yo elija? Me enojé; ese hombre viejo y maquillado me exasperó y le recordé de un modo bastante brutal las diez coronas que le había prestado. Incluso antes de que le diera tiempo a contestar me arrepentí de habérselas reclamado; me sentí avergonzado y no lo miré a los ojos. En ese mismo instante pasó junto a nosotros una señora, retrocedí para cederle el paso y aproveché la ocasión para marcharme.

¿Qué haría mientras esperaba? No podía ir a ningún café con los bolsillos vacíos y no se me ocurría ningún conocido a quien poder visitar a esa hora del día. Mecánicamente me dirigí hacia la ciudad, consumí algo de tiempo entre la plaza y Grænsen, leí el diario Aftenposten que acababan de exponer en el tablero, di una vuelta por Karl Johan, volví sobre mis pasos y me encaminé hacia el cementerio de Nuestro Salvador, donde encontré un lugar tranquilo cerca de la capilla.

Permanecí un rato allí sentado, muy quieto, adormilado en el aire frío; pensaba, dormitaba, tiritaba de frío. Y el tiempo pasaba. ¿Era verdaderamente mi folletín una obra maestra de la inspiración? Dios sabe si no tenía algunos defectos. Pensándolo bien, ni siquiera estaba seguro de que lo aceptaran, ¡eso, ni lo aceptarían! Quizá se trataba de algo muy mediocre, tal vez incluso directamente malo; ¿quién me aseguraba que no se encontraba ya en la papelera?… Mi satisfacción se había quebrantado, me levanté de un salto y salí corriendo del cementerio.

En Akersgaten, miré en un escaparate y vi que eran sólo un poco más de las doce, lo que me desesperó aún más, pues había tenido la esperanza de que fuera mucho más tarde, ya que antes de las cuatro era inútil tratar de encontrar al director del periódico. El destino de mi novela me llenaba de oscuros presentimientos; cuanto más pensaba en ella, más improbable me parecía que yo pudiera haber escrito algo grande tan repentinamente, casi dormido, con el cerebro lleno de fiebre y sueños. ¡Naturalmente, me había engañado a mí mismo y había estado contento toda la mañana sin motivo alguno! ¡Claro!… Caminé a buen paso por Ullevålsveien, dejé atrás St. Hanshaugen, llegué a los prados abiertos, me adentré en las estrechas y singulares calles del barrio de Sagene, pasé por parcelas y campos y me encontré finalmente en una carretera cuyo fin no podía divisar.

Allí me detuve y decidí dar la vuelta. El paseo me había hecho entrar en calor y volví despacio y muy deprimido. En el camino me crucé con dos carros llenos de heno; los labradores iban tumbados encima de la carga cantando. Los dos llevaban la cabeza descubierta, ambos tenían la cara redonda y despreocupada. Estaba seguro de que me dirían algo, de que me lanzarían algún comentario o me gastarían alguna broma, y así fue: cuando me encontraba lo suficientemente cerca, uno de ellos me preguntó a gritos qué llevaba debajo del brazo.

Es una manta, contesté.

¿Qué hora es?, preguntó él.

No sé exactamente, alrededor de las tres, creo.

Los dos se echaron a reír y me pasaron de largo. En ese mismo instante noté la punta de un látigo sobre la oreja y mi sombrero voló por los aires; los dos jóvenes fueron incapaces de dejarme pasar sin gastarme una broma. Me toqué furioso la oreja, recogí el sombrero de la cuneta y continué andando. Al llegar a St. Hanshaugen me encontré con un hombre que me dijo que eran más de las cuatro.

¡Más de las cuatro! ¡Ya eran más de las cuatro! Me apresuré hacia el centro en dirección al periódico. ¡Quizá el director había ido hacía tiempo a la oficina y ya se había marchado! Unas veces andaba, otras corría, tropezándome con carros, adelantando a los paseantes, luchando con los caballos, afanándome como un loco para llegar a tiempo. Me lancé al interior del portal, subí los escalones de cuatro en cuatro y llamé a la puerta.

Nadie contestaba.

¡Se ha ido, se ha ido!, pensé. Empujo la puerta, está abierta, vuelvo a llamar una vez más y entro.

El director está sentado a su mesa, con la cara vuelta hacia la ventana y la pluma en la mano, listo para escribir. Al oír mi saludo sin aliento se vuelve a medias, me mira, sacude la cabeza y dice:

Aún no he tenido tiempo de leer su esbozo.

Me pongo tan contento al oír que por lo menos no lo ha rechazado que digo:

Claro, lo comprendo. Tampoco es tan urgente. Dentro de unos días tal vez, o…

Sí, veré lo que puedo hacer. De todos modos tengo su dirección.

Me olvidé de decirle que ya no tenía ninguna dirección.

La audiencia ha terminado, retrocedo haciendo reverencias y me marcho. La esperanza arde de nuevo en mi interior, aún no estaba todo perdido, al contrario, aún podía ganar. Y mi imaginación comenzó a desatarse sobre un gran consejo que estaba teniendo lugar en el cielo y en el cual se acababa de decidir que yo ganaría, ganaría, así de claro, diez coronas por un folletín…

¡Ojalá tuviera un lugar donde pasar la noche! Pienso en dónde podría cobijarme, y la cuestión me absorbe de tal manera que me quedo inmóvil en medio de la calle. Me olvido de dónde estoy, parezco una escoba solitaria en medio del mar con el agua bramando y alborotando alrededor de ella. Un vendedor de periódicos me da el Viking: ¡Es tan divertido, oiga! Levanto la cabeza y me sobresalto. Me encuentro de nuevo ante la tienda de Semb.

Rápidamente doy la vuelta, me pongo el paquete delante para esconderlo, y bajo precipitadamente por Kirkegaten, avergonzado y preocupado por si me han visto a través del cristal del escaparate. Paso por delante del restaurante Ingebret y del teatro, y giro al llegar a la altura de la Logia en dirección al mar y al castillo. Vuelvo a encontrar un banco, y de nuevo me pongo a meditar.

¿Dónde demonios podría cobijarme para pasar la noche? ¿Habría algún agujero en el que poder colarme y esconderme hasta que se hiciera de día? Mi orgullo me prohibía volver a mi habitación: jamás se me ocurriría faltar a mi palabra; rechacé esa idea muy indignado y sonreí con arrogancia para mis adentros pensando en la horrible mecedora roja. Por una asociación de ideas me encontré de repente en una habitación con dos ventanas que ocupé en otro tiempo en Hægdehaugen; sobre la mesa se veía una bandeja llena de grandes bocadillos; de repente cambió de aspecto, se transformó en un filete, un seductor filete, una servilleta blanca como la nieve, pan en abundancia y un tenedor de plata. La puerta de mi habitación se abrió y entró la casera para servirme más té…

¡Visiones y sueños! Me dije a mí mismo que si ahora volviera a comer, mi cabeza se trastornaría de nuevo, la fiebre se apoderaría de mi cerebro y tendría muchísimas ideas enloquecidas contra las que luchar. No toleraba la comida; no estaba hecho para ella; era una singularidad mía, una característica especial.

Tal vez se presentara alguna posibilidad de alojamiento más entrada la noche. No corría ninguna prisa; en el peor de los casos podría ir al bosque, tenía a mi disposición todos los alrededores de la ciudad y no estaba helando.

Y el mar se mecía en una calma pesada, barcos y vulgares y anchas gabarras surcaban la superficie gris y plúmbea, formando estrías en el agua a derecha e izquierda, deslizándose con las chimeneas escupiendo edredones de humo y los zumbidos de las máquinas resonando débilmente en el aire húmedo. No había sol, no soplaba el viento, los árboles a mi espalda estaban mojados y el banco frío y húmedo. El tiempo transcurría; me adormecí, estaba cansado y sentía frío en la espalda; al cabo de un rato noté cómo se me cerraban los ojos; los dejé cerrarse…

Cuando desperté, todo estaba oscuro; me levanté del banco de un salto, aturdido y congelado, cogí mi paquete y eché a andar. Andaba cada vez más deprisa para entrar en calor, agitando los brazos y frotándome las piernas que ya casi no sentía, hasta que por fin llegué al retén de bomberos. Eran las nueve; había dormido durante varias horas.

¿Dónde podía meterme? En algún sitio tendría que cobijarme. Me quedo mirando el retén de bomberos pensando en la posibilidad de internarme en uno de los pasillos, aprovechando el momento en que la patrulla se diera la vuelta. Subo por la escalera con el propósito de hablar con el hombre, que levanta en seguida su hacha en forma de saludo militar, a la espera de mis palabras. Esa hacha levantada con el filo hacia mí penetra en mis nervios como un corte frío; enmudezco de miedo ante el hombre armado y retrocedo instintivamente. No digo nada, me limito a alejarme cada vez más de él. Con el fin de salvar el pellejo me doy un golpecito en la frente como si hubiera olvidado algo, y me marcho sigilosamente. Cuando por fin me encontré abajo en la acera me sentí a salvo, como si acabara de escapar de un gran peligro. Y apreté el paso.

Helado de frío, hambriento y cada vez de peor humor, subí por Karl Johan y empecé a maldecir y jurar en voz bastante alta sin importarme que alguien pudiera oírme. Junto al Parlamento, justo a la altura del primer león, y debido a una nueva asociación de ideas, me viene a la mente la imagen de un pintor a quien conocía; un hombre joven al que en un momento dado había salvado de una paliza en la feria, y al que más tarde había ido a visitar. Hago chasquear los dedos y tomo Tordenskjoldsgaten, llego a una puerta en la que pone C. Zacharias Bartel en una tarjeta y llamo.

Él mismo salió a abrir; apestaba a cerveza y tabaco.

¡Buenas noches!, dije.

¡Buenas noches! ¿Es usted? ¿Pero por qué diablos viene tan tarde? No se ve bien con luz artificial. He añadido un poco de hierba y he realizado algunos cambios. Tiene usted que verlo de día, de nada serviría que lo viera ahora.

¡Déjeme verlo de todos modos!, dije. ¡Por cierto!, no me acordaba de qué cuadro estaba hablando.

¡Completamente imposible!, dijo. Todo se ve amarillo. Y además…, se acercó a mí susurrando… tengo una muchacha aquí conmigo esta noche, así que resulta completamente imposible.

Ah, bueno, en ese caso ni hablar, claro.

Me retiré y le di las buenas noches.

Al parecer no me quedaba más remedio que ir al bosque. ¡Ojalá el suelo no estuviera muy mojado! Tocaba mi manta, cada vez más reconciliado con la idea de tener que pasar la noche al aire libre. Llevaba tanto tiempo atormentándome con encontrar un lugar donde cobijarme en la ciudad que estaba ya cansado y harto de todo; sería un placer poder tranquilizarme, entregarme al ocio y pasear por la calle sin pensar en nada. Me acerqué al reloj de la Universidad y descubrí que eran más de las diez; desde allí me dirigí hacia las afueras de la ciudad. En algún lugar de Hægdehaugen me paré delante de una tienda de ultramarinos en cuyo escaparate se veían algunos alimentos. Un gato dormía al lado de un gran pan blanco; justo detrás de él había una fuente de manteca y varios frascos de arroz. Permanecí un rato mirando esos alimentos, pero como no tenía nada con qué comprar di la espalda a la tienda y seguí mi marcha. Caminaba muy despacio, dejé atrás Majorstuen, y continué durante varias horas hasta que por fin llegué al bosque de Bogstad.

Una vez allí me aparté del camino y me senté a descansar. Luego busqué un sitio adecuado, recogí un poco de brezo y enebro, hice un catre en una ladera en donde el suelo estaba bastante seco, abrí el paquete y saqué la manta. La larga caminata me había dejado agotado y me fui a la cama inmediatamente. Di muchas vueltas hasta que por fin conseguí acomodarme; la oreja me dolía un poco, se me había hinchado ligeramente como consecuencia del golpe que me había dado el hombre del carro de heno y no podía apoyarme sobre ella. Me quité los zapatos, los coloqué bajo mi cabeza y sobre ellos puse el papel que envolvía mi paquete.

La oscuridad me encubría; todo estaba silencioso, todo. Pero arriba en las colinas soplaba la eterna canción, el tiempo, ese distante zumbido sin tono que nunca se calla. Escuché durante tanto tiempo ese interminable y enfermizo zumbido que empecé a sentirme aturdido; eran las sinfonías de los mundos girando por encima de mí, las estrellas entonando una canción…

¡Qué demonios!, me dije, riéndome en voz alta para darme ánimos; ¡son las lechuzas que ululan en Canan!

Y me levanté y me volví a tumbar, me calcé, di vueltas en la oscuridad y me acosté de nuevo, luchando contra la ira y el miedo hasta el amanecer, en que finalmente logré conciliar el sueño.

Era completamente de día cuando abrí los ojos, y tuve la sensación de que sería cerca del mediodía. Me puse los zapatos, volví a envolver la manta y me encaminé a la ciudad. Tampoco ese día se veía el sol y hacía un frío de perros; mis piernas estaban muertas y me salía agua por las orejas, como si no toleraran la luz del día.

Eran las tres. El hambre empezaba ya a hacer mella en mí, me sentía extenuado y vomitaba a escondidas. Me acerqué a la casa de comidas llamada Cocina de Vapor, leí la carta y me encogí escandalosamente de hombros, como si el salpicón de carne y el tocino no fueran comidas dignas de mí; finalmente acabé en Jernbanetorvet.

Un extraño aturdimiento se apoderó de mi cabeza; seguí andando como si nada, pero me encontraba cada vez peor y finalmente me vi obligado a sentarme en un escalón. Todo mi ser experimentó una transformación, algo desapareció de mi interior, como si se hubiese corrido una cortina o se hubiera desgarrado un tejido de mi cerebro. Me faltaba el aliento y permanecí allí sentado, lleno de asombro. No estaba inconsciente, percibía claramente que me dolía la oreja y cuando pasó por delante un conocido lo reconocí en seguida, me levanté y lo saludé.

¿Cuál era esa nueva y penosa sensación que venía ahora a añadirse a las demás? ¿Sería la consecuencia de dormir sobre la tierra húmeda? ¿O de que aún no había desayunado? No tenía ningún sentido vivir de esa forma; ¡y tampoco entendía, por los santos sufrimientos de Cristo, por qué me había hecho merecedor de esa excelsa persecución! Y se me ocurrió la idea de que ya podía convertirme en delincuente de una vez por todas, e ir a empeñar la manta al sótano del prestamista. Podría empeñarla por una corona y conseguir tres comidas que me permitieran subsistir hasta que encontrara otra cosa; a Hans Pauli tendría que contarle alguna mentira. Al llegar al sótano me detuve ante la entrada, sacudí indeciso la cabeza y di la vuelta.

A medida que me alejaba, me alegraba cada vez más de haber vencido esa gran tentación. La conciencia de mi honradez se me subió a la cabeza, experimenté la maravillosa sensación de considerarme todo un carácter, un faro blanco en medio de un turbio mar de seres humanos en el que flotaban los náufragos. ¡Empeñar los bienes de otro por una comida! ¡Comer y beber buscándose la propia condena! ¡Llamarse a uno mismo delincuente y tener que bajar la mirada!… ¡Jamás! ¡Jamás! ¡Jamás había sido mi verdadera intención, apenas se me había ocurrido; uno no podía ser responsable de esos pensamientos vagos y fugaces, sobre todo cuando se tenía un espantoso dolor de cabeza y se cargaba con una pesadísima manta que pertenecía a otra persona.

¡Sin duda en cualquier momento llegaría la ayuda! Estaba el tendero de Grønlandsleret. ¿Había estado importunándolo a cada momento desde que le envié la solicitud? ¿Había ido a llamar a su puerta mañana y tarde para luego ser rechazado?

Ni siquiera me había presentado para saber su decisión. Tal vez no fuera un intento totalmente inútil, tal vez tuviera suerte esta vez; pues los caminos de la suerte eran a veces inescrutables. Y me encaminé a Grønlandsleret.

La última sacudida que me había recorrido el cuerpo me había dejado extenuado y caminaba muy despacio pensando en lo que diría al tendero. Tal vez fuera un alma clemente; tal vez se le ocurriera darme una corona como anticipo de mi sueldo sin que yo tuviera que pedírsela; a veces esa clase de gente tenía ideas así de excelentes.

Me colé en un portal y ennegrecí mis rodilleras con saliva para tener mejor aspecto, dejé guardada la manta en una caja que había en un rincón oscuro, crucé la calle y entré en la pequeña tienda.

Un hombre está haciendo bolsas con periódicos viejos.

Quisiera hablar con el señor Christie, dije.

Soy yo, contestó el hombre.

¡Ah, bien! Me llamaba Fulano de Tal, me había permitido enviarle una solicitud, y quería saber si había sido de su interés.

El hombre repitió mi nombre varias veces y se echó a reír.

¡Verá usted!, dijo, y sacó mi carta del bolsillo de la camisa. Hágame el favor de mirar cómo anda de números, señor. Ha fechado usted su carta en el año 1848. Y el hombre estalló en carcajadas.

Pues sí, era un desafortunado error, dije acobardado, un fallo inoportuno, un despiste, lo admito.

Comprenda usted, dijo, que necesito un hombre que no cometa ninguna equivocación con las cifras. Lo lamento, su letra es muy clara, y también me gustó su carta, pero…

Esperé un poco, no podía creer que ésas fueran las últimas palabras del hombre, que se puso de nuevo a trabajar con las bolsas.

Pues sí, es una pena, dije, una verdadera pena; pero naturalmente no se repetiría, y ese pequeño error no me incapacitaría para llevar la contabilidad…

No, puede que no, contestó, pero pesó tanto en la valoración que me decidí por otro candidato.

¿Quiere decir que la plaza ya está ocupada?, pregunté.

Sí.

¡Bueno, Dios mío, entonces ya no hay nada que hacer!

No. Lo lamento, pero…

¡Adiós!, dije.

Me subió por dentro una ira ardiente y brutal. Recogí mi paquete del portal, apreté los dientes y empecé a correr, tropezándome con las gentes que caminaban pacíficamente por las aceras, sin pedirles perdón. Cuando un señor se paró y me amonestó severamente por mi conducta di la vuelta y le grité al oído una sola palabra sin sentido, cerré los puños bajo su nariz y seguí andando, cegado por una rabia que no podía controlar. El señor llamó a un policía; nada me hubiera causado más placer que tener a un policía entre las manos por un momento, así que aflojé el paso para darle la oportunidad de alcanzarme, pero no llegó. ¿Había alguna razón por la que mis más esforzados y desesperados intentos se malograban? ¿Por qué había escrito 1848? ¿Qué me importaba a mí ese maldito año? Y así andaba yo, pasando tanta hambre que las tripas se me encogían como gusanos, y en ninguna parte estaba escrito que habría algo de dinero para comida ese día. Y conforme pasaba el tiempo me sentía cada vez más vacío espiritual y físicamente, cada día me rebajaba a actos menos honrosos. Mentía sin sonrojarme, no pagaba el alquiler a la gente decente, incluso luchaba contra la idea de apoderarme de las mantas ajenas, y todo ello sin arrepentirme y sin remordimientos de conciencia. Empezaron a introducirse en mi interior manchas podridas, manchas negras que se extendían cada vez más. Y arriba en el cielo estaba sentado Dios vigilando, controlando que mi perdición se llevara a cabo según las reglas del juego, regular y lentamente, sin perder el ritmo. Pero en los abismos del infierno andaban enfadados los demonios porque yo estaba tardando mucho en cometer el pecado capital, un pecado imperdonable, por el que Dios, en su justicia, tendría que enviarme abajo…

Apresuré el paso, andaba cada vez más deprisa, giré de repente a la izquierda, y agitado y rabioso llegué a un portal luminoso y decorado. No me detuve ni un segundo, pero la extraña decoración del portal penetró instantáneamente en mi consciencia; cada detalle insignificante de las puertas, los adornos, el embaldosado, estaban claros en mi conciencia ante mi mirada interior, en el momento de lanzarme escaleras arriba. Llamé insistentemente a la puerta del primer piso. ¿Y por qué me decidí justo por esa cuerda de campanilla que era la más alejada de la escalera?

Salió a abrir una joven vestida con un traje gris y adornos negros, me miró asombrada un instante, luego sacudió la cabeza y dijo:

No, hoy no tenemos nada, e hizo ademán de cerrar la puerta.

¿Por qué me había tropezado con esa mujer? Me tomó inmediatamente por un mendigo y yo me quedé de repente frío y tranquilo. Me quité el sombrero e hice una reverencia, y, como si no hubiera oído sus palabras, dije muy cortésmente:

Le pido disculpas, señorita, por haber llamado con tanta insistencia, no conocía este timbre. Por lo visto vive aquí un caballero enfermo que ha puesto un anuncio para buscar a alguien que lo saque de paseo en su silla.

Ella se quedó inmóvil durante un instante saboreando ese invento mentiroso, y pareció tener serias dudas sobre qué pensar de mi persona.

No, dijo finalmente, aquí no hay ningún caballero enfermo.

¿Ah, no? ¿Un señor mayor, dos horas de paseo al día en su silla de ruedas, cuarenta øre la hora?

No.

Ruego acepte mis disculpas de nuevo, dije, tal vez sea en la planta baja. Yo quería recomendar a un hombre que conozco y por quien me preocupo. Me llamo Wedel-Jarlsberg.

Volví a hacer una reverencia y di un paso hacia atrás. La joven se sonrojó; su aturdimiento le impedía moverse, pero se quedó mirando mi espalda mientras bajaba la escalera.

Volvía a estar tranquilo y tenía la cabeza despejada. Las palabras de la joven diciendo que no tenía nada para darme habían surtido en mí el efecto de una ducha fría. A ese extremo habían llegado las cosas: cualquiera podía señalarme en su pensamiento y decirse a sí mismo: ¡Allí va un mendigo, uno de esos seres que recibe comida de la gente por debajo de las puertas!

En Møllergaten me detuve ante una casa de comidas e inhalé el apetitoso olor de la carne que estaban friendo; tenía ya la mano sobre el picaporte de la puerta e iba a entrar sin objeto alguno, pero recapacité a tiempo y me alejé de allí. Al llegar a la plaza del mercado busqué un lugar donde descansar un rato, pero todos los bancos estaban ocupados; di vueltas alrededor de la iglesia en busca de un sitio tranquilo donde poder sentarme pero todo fue en vano. ¡Claro!, me dije amargamente a mí mismo, ¡claro, claro, claro! Y comencé de nuevo a andar. Me desvié hacia la fuente que hay en la esquina del mercado para beber un trago de agua y seguí andando, arrastrando primero un pie y luego otro, deteniéndome un buen rato delante de cada escaparate, siguiendo con la mirada cada coche que pasaba. Sentía en mi cabeza un calor luminoso y mis sienes latían extrañamente; el agua que acababa de beber me había sentado mal, e iba vomitando a cada rato por la calle. Así llegué hasta el cementerio de Cristo. Me senté con los codos sobre las rodillas y la cabeza entre las manos; en esa postura encogida me encontraba bien y no sentía ya ese pequeño roer de mis entrañas.

Junto a mí había un cantero tumbado boca abajo sobre una gran lápida de granito, grabando una inscripción; llevaba gafas azules y me recordó por un momento a un conocido mío al que casi había olvidado, un hombre que trabajaba en un banco y al que había encontrado hacía algún tiempo en el café Oplandske.

¡Si pudiera dejar a un lado mi vergüenza y dirigirme a él! ¡Decirle la verdad tal y como era, que estaba atravesando un momento de gran penuria, que tenía problemas para sobrevivir! Podría darle mi cuadernillo de bonos del barbero…. ¡Dios mío, mi abono del barbero! ¡Bonos por casi una corona! Y me pongo a buscar nervioso mi tesoro. Al no encontrarlo en seguida me levanto de un salto, prosigo mi búsqueda sudando angustiosamente, y por fin lo encuentro en el fondo del bolsillo de mi camisa junto con otros papeles, en blanco y escritos, sin valor alguno. Cuento los seis bonos una y otra vez; no me hacían mucha falta, podría ser un capricho mío el no querer afeitarme más. ¡Tendría media corona, una blanca media corona acuñada en Kongsberg! El banco cerraba a las seis, podría esperar a mi hombre a la puerta del café sobre las siete o las ocho.

Permanecí sentado durante mucho tiempo, ilusionado con esa idea. Pasaron las horas, el viento soplaba con fuerza en los castaños que había a mi alrededor y el día estaba llegando a su fin. ¿No resultaría un poco mezquino ir a ofrecer seis bonos de afeitado a un joven que trabajaba en un banco? Puede que tuviera en su bolsillo dos cuadernillos completos, con unos bonos más limpios y más bonitos que los míos, eso nadie podía saberlo. Me palpé en todos los bolsillos buscando otras cosas de las que también pudiera desprenderme, pero no encontré nada. ¿Y si le ofreciera mi corbata? Podría pasarme muy bien sin ella si me abrochaba hasta arriba la chaqueta, lo que tendría que hacer de todos modos, ya que me había quedado sin chaleco. Me aflojé la corbata, un gran lazo que me cubría medio pecho, la cepillé cuidadosamente y la envolví en una hoja de papel blanco de escribir, junto con el cuadernillo de bonos del barbero. Abandoné el cementerio y bajé hasta el café Oplandske.

Eran las siete en el reloj del Ayuntamiento. Me puse a pasear por las proximidades del café, a recorrer de un lado a otro la verja de hierro vigilando a todos los que entraban y salían. Por fin, sobre las ocho vi al joven subir la cuesta elegantemente y dirigirse a la puerta del café. Al verlo, mi corazón picoteaba en mi pecho como un pajarito, y sin saludar, dije con descaro:

Media corona, viejo amigo, a cambio de esto. Y le puse el pequeño paquete en la mano.

¡No tengo!, dijo. ¡Dios sabe que no tengo! Y puso boca abajo su monedero ante mis ojos. Anoche salí, y me quedé sin blanca. Créame, no tengo nada.

¡Está bien, está bien!, contesté, y lo creí. ¿Por qué iba a mentirme por tan poca cosa? Me pareció que sus ojos azules se humedecían cuando al hurgar en sus bolsillos no encontraba nada. Retrocedí.

¡Perdóneme, pues!, dije, es que estoy en un pequeño apuro.

Ya había bajado un trecho de la calle cuando me llamó mostrándome el paquete.

¡Quédeselo, quédeselo!, respondí, ¡bien se lo ha merecido! No es gran cosa, apenas nada, más o menos todo lo que poseo en esta tierra. Mis propias palabras me conmovieron, sonaban tan desesperadas a la luz crepuscular que me eché a llorar.

El viento refrescó, las nubes se movían furiosamente por el cielo y conforme caía la noche el frío iba en aumento. Bajé toda la calle llorando, y cada vez sentía más compasión de mí mismo. Iba repitiendo una y otra vez las mismas palabras, una exclamación que volvía a provocar mis lágrimas cuando estaban a punto de secarse. ¡Dios mío, qué desgraciado soy! ¡Dios mío, qué desgraciado soy!

Pasó una hora aproximadamente con una gran lentitud. Me quedé un buen rato en Torvgaten; me sentaba en las escaleras, me deslizaba al interior de los portales cuando venía alguien, miraba fijamente sin pensar en nada las pequeñas casetas iluminadas donde la gente se movía entre dinero y mercancías. Por fin encontré un cálido rincón detrás de un montón de tablas entre la iglesia y el mercado.

No, esa noche no iría al bosque bajo ningún concepto, ya no tenía fuerzas para ello, y el camino era demasiado largo. Pasaría la noche como mejor pudiera, me quedaría donde estaba; si hiciera demasiado frío caminaría por los alrededores de la iglesia, no tenía intención de hacer más gestiones. Me recosté y me quedé medio dormido.

El ruido disminuía a mi alrededor, las tiendas se iban cerrando, los pasos de los peatones eran cada vez menos frecuentes y por fin se apagaron las luces de todas las ventanas…

Abrí los ojos y vislumbré una silueta delante de mí; los relucientes botones que me deslumbraban me hicieron intuir que se trataba de un policía, pero no podía ver su cara.

¡Buenas noches!, dijo.

¡Buenas noches!, contesté asustado. Me levanté aturdido. El hombre se quedó un momento en silencio.

¿Dónde vive usted?, preguntó.

Por costumbre y sin pensarlo mencioné mi antigua dirección, la de esa pequeña buhardilla que ya había dejado.

Volvió a callarse.

¿He hecho algo malo?, pregunté asustado.

No, en absoluto, contestó. Pero debería irse ya a su casa, hace mucho frío para quedarse a dormir aquí.

Sí, hace fresco, lo estoy notando.

Le di las buenas noches y tomé instintivamente el camino hacia mi antigua casa. Con mucho cuidado podría llegar hasta arriba sin que nadie me oyera; eran en total once escalones y sólo los dos de más arriba crujían.

En el portal me descalcé y comencé a subir. Todo estaba tranquilo y silencioso; en el primer piso oí el lento tic-tac de un reloj y a un niño que lloriqueaba; luego no oí nada más. Encontré la puerta de mi habitación, la levanté ligeramente sobre sus goznes y la abrí sin llave, como tenía por costumbre, entré en el cuarto y cerré la puerta sin hacer ruido.

Todo estaba como yo lo había dejado, las cortinas descorridas y la cama vacía. Sobre la mesa vislumbré un papel, tal vez fuera la nota que escribí a la casera, lo que significaba que no había subido desde que yo me marché. Palpé esa mancha blanca y descubrí asombrado que era una carta. ¿Una carta? La acerco a la ventana, estudio como puedo en la oscuridad esas letras mal escritas y encuentro por fin mi propio nombre. ¡Ajá! pensé, una respuesta de mi casera, ¡una prohibición de entrar en la habitación en el caso de que quisiera volver!

Y lentamente, muy lentamente, vuelvo a salir de la habitación, con los zapatos en una mano, la carta en la otra y la manta bajo el brazo. Me hago ligero y aprieto los dientes sobre los escalones que crujen, logro llegar sin problemas hasta el pie de la escalera y me encuentro de nuevo en el portal.

Vuelvo a calzarme, tomándome el tiempo necesario para atarme los cordones, incluso me quedo inmóvil un instante después de acabar, y miro hacia arriba sin pensar en nada con la carta en la mano.

Me levanto y me marcho.

La llama titilante de una farola de gas brilla en la calle, me acerco a la luz, levanto mi paquete hacia la farola y abro la carta, todo con suma lentitud.

Una corriente de luz recorre mi pecho y me oigo dar un pequeño grito, un absurdo sonido de alegría: la carta era del director, habían aceptado mi folletín, «había ido directamente a la imprenta», «algunos pequeños retoques… corregido un par de erratas… mucho talento… se publica mañana… diez coronas».

Reía y lloraba, corría, me paraba, me golpeaba las rodillas, juraba en voz alta sin motivo alguno. Y el tiempo transcurría.

Durante toda la noche, hasta la llegada del amanecer, me paseé cantando a la tirolesa por las calles, cegado por la alegría mientras repetía: de gran talento, es decir, una pequeña obra maestra, un toque de genio. ¡Y diez coronas!

(continuará…)

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