Hambre (I)

Knut Hamsun

 

 

 

PRIMERA PARTE

Fue en aquella época cuando yo vagaba pasando hambre por Christiania, esa extraña ciudad que nadie abandona hasta quedar marcado por ella…

Estoy despierto en mi cama en la buhardilla; oigo las seis campanadas en el reloj de abajo; ya hay bastante luz y la gente comienza a moverse por las escaleras. Junto a la puerta, donde la pared de mi habitación está empapelada con números atrasados del Morgenbladet, distingo claramente un edicto del director general de Faros, y un poco a la izquierda, un grasiento y suculento anuncio del panadero Fabian Olsen, que vende pan fresco.

En cuanto abrí los ojos empecé, como de costumbre, a preguntarme si ese día me tendría reservada alguna alegría. Ante la penuria de los últimos tiempos, uno tras otro, mis objetos personales habían ido rumbo a la casa de empeños, me encontraba nervioso e irritable, y en un par de ocasiones me había quedado en la cama hasta el mediodía a causa de mis mareos. A veces, cuando la fortuna me sonreía, algún periódico me pagaba hasta cinco coronas por un folletín.

Cada vez había más claridad y me puse a leer los anuncios que estaban junto a la puerta; incluso logré distinguir las gráciles y sonrientes letras que hablaban de «Mortajas en casa de la señorita Andersen, en el patio a la derecha». Ese quehacer me mantuvo ocupado un buen rato. Oí dar las ocho en el reloj de abajo antes de levantarme y vestirme.

Abrí la ventana y me asomé. Desde donde estaba podía ver la ropa tendida en las cuerdas y un prado; muy a lo lejos se divisaba lo que quedaba de una forja destruida por el fuego entre cuyos restos había unos trabajadores limpiando. Me acodé en la ventana y miré fijamente el cielo. El día iba a ser luminoso. Había llegado el otoño, esa delicada y fresca estación en que todo cambia de color y todo perece. El ruido invadía ya las calles y me tentaba a salir; esa habitación vacía, cuyo suelo se mecía a cada paso que daba, era como un siniestro y agrietado ataúd; la puerta no tenía cerradura y no había ninguna estufa; solía acostarme sobre mis calcetines por las noches para que estuvieran un poco secos a la mañana siguiente. Lo único que tenía para distraerme era una pequeña mecedora roja en la que me sentaba por las tardes a dormitar y pensar en muchas y diversas cosas. Cuando hacía mucho viento y las puertas de abajo estaban abiertas, extraños silbidos se oían a través del suelo y las paredes y en el Morgenbladet, junto a la puerta, se abrían rajas tan grandes como una mano.

Me levanté y examiné un bulto que había en el rincón de la cama, en busca de algo que desayunar, pero no hallé nada y volví de nuevo a la ventana.

Dios sabe si alguna vez lograré encontrar una nueva colocación, pensé. Todas esas negativas, esas vagas promesas, esos rotundos rechazos, esas nutridas esperanzas que de repente se desvanecían, esas nuevas tentativas que una y otra vez terminaban en nada, habían acabado ya con mi ánimo. Últimamente había solicitado un empleo de cobrador, pero llegué demasiado tarde; además, me fue imposible procurarme un aval por cincuenta coronas. Siempre había algún obstáculo. También solicité el ingreso en el cuerpo de bomberos: nos juntamos en el patio medio centenar de hombres sacando pecho, con el fin de dar la impresión de fuerza y gran coraje. Un inspector se paseó estudiando a los solicitantes, palpándoles los brazos y haciéndoles alguna que otra pregunta; a mí me pasó de largo, movió la cabeza negativamente y dijo que se me rechazaba por llevar gafas. Volví a presentarme sin gafas, con el entrecejo fruncido y los ojos agudos como cuchillos, y el hombre volvió a pasarme de largo, sonriendo; supongo que me reconocería.

Lo peor de todo era que mi ropa estaba ya tan ajada que no podía presentarme en los sitios como una persona decente.

¡Las cosas me habían ido constantemente cuesta abajo en los últimos tiempos! Sin saber cómo, me hallaba despojado de todo, no me quedaba ni siquiera un peine o un libro que leer cuando todo se volvía demasiado triste. Durante todo el verano había estado frecuentando el cementerio o el parque del Palacio, donde escribía artículos para los periódicos, columna tras columna, sobre los asuntos más diversos, extraños inventos, caprichos, ideas concebidas por mi agitado cerebro; de pura desesperación elegía los temas más lejanos, que me exigían largas horas de esfuerzo, y nunca eran aceptados. Al acabar un artículo empezaba otro, y rara vez me dejaba afligir por el rechazo de los directores de los periódicos; me repetía constantemente que algún día lo conseguiría. Y en efecto, a veces, cuando tenía suerte y lograba hacer algo bueno, podía llegar a cobrar cinco coronas por el trabajo de una tarde.

Me retiré de nuevo de la ventana, me acerqué a la silla sobre la que tenía la palangana y eché unas gotas de agua en las relucientes rodilleras de mis pantalones para ennegrecerlas y hacer que parecieran nuevos. Hecho esto, me metí, como de costumbre, papel y lápiz en el bolsillo, y salí de la habitación. Bajé a hurtadillas y muy silenciosamente por la escalera para no llamar la atención de mi casera; hacía un par de días que le debía el alquiler, y no tenía nada con qué pagarle.

Eran las nueve. Ruidos de carros y voces invadían el aire, un terrible coro matutino mezclado con los pasos de los peatones y los chasquidos de los cocheros. Ese ruidoso tráfico por todas partes me animó inmediatamente y empecé a sentirme cada vez más contento. Nada más lejos de mi intención que darme un paseo matutino exclusivamente para respirar aire fresco. ¿Qué les importaba a mis pulmones el aire fresco? Era fuerte como un gigante y capaz de parar un carro con el hombro. Se había apoderado de mí un excelente y extraño estado de ánimo, una sensación de alegre indiferencia. Me puse a observar a las personas con las que me cruzaba y a las que adelantaba, leía los carteles de las paredes, recibía impresiones de una mirada que me lanzaban desde algún tranvía que pasaba, dejaba penetrar en mí cada detalle, todas esas casualidades que se cruzaban en mi camino y desaparecían.

¡Ojalá tuviera algo que llevarme a la boca en un día tan luminoso! La alegre mañana me causó una profunda impresión, me llenó de euforia y comencé a canturrear sin motivo alguno. Delante de una carnicería había una mujer con una cesta al brazo, sopesando si compraba o no salchichas para el almuerzo; al pasar por delante de ella me miró. Tan sólo se le veía un diente. Como en los últimos días me encontraba muy nervioso y propenso a la irritación, el rostro de aquella mujer me resultó repulsivo nada más verlo, con ese largo diente amarillo que parecía un pequeño dedo que le salía de la boca, y esa mirada, aún rebosante de salchichas cuando la dirigió hacia mí. Perdí en seguida el apetito y sentí náuseas. Al llegar al mercado me acerqué a la fuente y bebí un poco de agua; levanté la vista; eran las diez en la torre de la iglesia de Nuestro Salvador.

Seguí vagando por las calles sin preocuparme por nada, me detuve en una esquina sin necesidad alguna, y me metí por un callejón en el que nada tenía que hacer. Me dejé llevar en la alegre mañana, meciéndome felizmente de un lado para otro entre los demás seres felices; el aire se veía limpio y claro, y en mi mente no se dibujaba sombra alguna.

Desde hacía unos diez minutos, un viejo cojo caminaba delante de mí. Llevaba un bulto en una mano y andaba con todo su cuerpo, poniendo gran empeño en ir deprisa. Llegaba hasta mis oídos su forzada respiración, y se me ocurrió que podía llevarle el bulto; no obstante, no hice nada por alcanzarlo. En Grænsen me crucé con Hans Pauli, que me saludó y apresuró el paso. ¿Por qué tenía tanta prisa? No tenía ninguna intención de pedirle una corona, e incluso pensaba devolverle muy pronto la manta que me había prestado unas semanas antes. En cuanto me recuperara un poco saldaría todas mis deudas; tal vez comenzara hoy mismo un artículo sobre los crímenes del futuro o el libre albedrío o cualquier cosa, algo digno de leer, algo que me proporcionara al menos diez coronas… Y al pensar en ese artículo sentí una imperiosa necesidad de empezar en seguida y de verter algo de mi rebosante cerebro; buscaría un sitio adecuado en el parque del Palacio y no descansaría hasta haberlo acabado.

Pero ese viejo inválido seguía delante de mí, con sus mismos movimientos renqueantes. Al final empezó a irritarme el tener tanto tiempo delante a ese cojo. Al parecer, su viaje no tenía fin; tal vez había decidido hacer exactamente lo mismo que yo, y en ese caso lo tendría todo el rato ante mis ojos. En mi exasperación me parecía que en cada bocacalle disminuía ligeramente la velocidad, como esperando a ver qué dirección tomaba yo, y luego volvía a agitar el bulto en el aire mientras andaba lo más deprisa que podía, con el fin de sacarme ventaja. Voy mirando a esa impertinente criatura y siento una amargura cada vez más intensa contra él; tenía la sensación de que ese hombre iba estropeando poco a poco mi buen humor, arrastrando consigo no sólo su fealdad, sino también la maravillosa y clara mañana. Parecía un gran insecto cojo que violentamente y a la fuerza pretendía hacerse un lugar en el mundo y reservarse la acera para él solo. Al llegar a lo alto de la cuesta, ya no pude tolerarlo por más tiempo, me volví hacia un escaparate y me detuve con el fin de darle la oportunidad de desaparecer. Cuando, al cabo de unos minutos, reanudé el paso, el hombre estaba de nuevo ante mis ojos; también él se había detenido. Sin pensarlo, di tres o cuatro furiosos pasos hacia delante, lo alcancé y lo golpeé en el hombro.

Se detuvo de repente y nos miramos fijamente.

¡Una monedita para leche!, dijo por fin, ladeando la cabeza.

¡Vaya una situación! Me hurgué en los bolsillos y dije:

Para leche, sí. Hum. Escasea el dinero en estos tiempos, y no sé hasta qué punto tiene usted verdadera necesidad.

No he comido desde ayer en Drammen, dijo el hombre; no tengo un céntimo y aún no he encontrado trabajo.

¿Es usted artesano?

Sí, soy guarnecedor de calzado.

¿Cómo?

Guarnecedor de calzado. Pero también sé hacer zapatos.

Eso lo cambia todo, dije. Espere aquí unos minutos, voy a buscarle algo de dinero, algunos øre.

Bajé apresuradamente hasta Pilestrædet, donde había una casa de empeños en una primera planta; por cierto, nunca había estado allí. Al entrar en el portal me quité rápidamente el chaleco, lo enrollé y me lo puse bajo el brazo; luego subí la escalera y llamé a la puerta del prestamista. Incliné respetuosamente la cabeza y puse el chaleco sobre el mostrador.

Corona y media, dijo el hombre.

De acuerdo, gracias, contesté. Si no fuera porque empieza a quedarme estrecho, no me desharía de él.

Cogí las monedas y el recibo, y volví sobre mis pasos. En realidad, lo del chaleco había sido una idea excelente; incluso me sobraría dinero para un abundante desayuno y antes de caer la noche estaría listo mi tratado sobre los crímenes del futuro. En ese mismo instante empecé a considerar la existencia con mayor benevolencia y me apresuré a volver a donde había dejado al hombre, para librarme por fin de él.

¡Tenga!, le dije. Ha sido una suerte que se haya dirigido a mí en primer lugar.

El hombre cogió el dinero y comenzó a examinarme de arriba abajo. ¿Qué estaba mirando? Tuve la impresión de que se fijaba sobre todo en las rodilleras de mis pantalones, y tanta desfachatez acabó con mi paciencia. ¿Pensaría ese tunante que era tan pobre como parecía? ¿Acaso no estaba a punto de empezar a escribir un artículo que me proporcionaría diez coronas? Tenía tantos asuntos entre manos que el futuro no me preocupaba en absoluto. ¿Qué podía importarle a un desconocido que diera una pequeña limosna en un día tan luminoso? La mirada del hombre me irritaba y decidí echarle una reprimenda antes de alejarme de él. Me encogí de hombros y dije:

Buen hombre, es una mala costumbre ésa que usted tiene de mirar las rodillas de alguien que le ofrece una corona.

Echó hacia atrás la cabeza hasta tocar el muro y abrió del todo la boca. Su mente trabajaba tras su frente de pordiosero; seguramente estaba pensando que pretendía engañarle de alguna manera, y me devolvió el dinero.

Yo daba patadas en el suelo, instándole a que se lo quedara. ¿Se imaginaba que me había tomado tantas molestias por nada?

Al fin y al cabo, incluso podría darse el caso de que yo le debiera esa corona, yo solía acordarme de las viejas deudas, se encontraba ante una persona honrada, honrada de verdad. En suma, el dinero era suyo… No hay de qué, ha sido un placer. Adiós.

Me marché. Por fin me había librado de ese fastidioso paralítico, y nadie me molestaría ya. Volví a tomar Pilestrædet y me detuve delante de una tienda de ultramarinos. El escaparate estaba lleno de comida y decidí entrar y llevarme algo para el camino.

¡Un trozo de queso y un pan blanco!, dije lanzando mi media corona sobre el mostrador.

¿Queso y pan por toda esa cantidad?, preguntó la mujer irónicamente sin mirarme.

Por los cincuenta øre, sí, dije imperturbable.

Cogí mi compra, di cortésmente los buenos días a la vieja gorda y emprendí en seguida la subida de la cuesta del Palacio en dirección al parque. Busqué un banco donde poder estar solo y comencé a devorar el paquete de comida. Me sentó bien; hacía mucho que no comía tan abundantemente y poco a poco iba sintiendo esa tranquilidad satisfecha que sigue a un largo llanto. Mi ánimo se elevó considerablemente; ya no me bastaba con escribir un artículo sobre un tema tan sencillo y vulgar como los crímenes del futuro, que, al fin y al cabo, era algo que todo el mundo podría adivinar, por no decir leer directamente de la Historia; me sentía capaz de realizar un esfuerzo mayor, estaba de humor para superar cualquier dificultad; así que me decidí por un tratado en tres partes sobre el conocimiento filosófico. Desde luego tendría la oportunidad de rebatir sin problema algunos de los sofismas de Kant… Cuando fui a sacar mis utensilios para ponerme a trabajar me di cuenta de que no tenía lapicero; debí de dejármelo en la casa de empeños, es decir, mi lápiz se había quedado en el bolsillo del chaleco.

¡Santo Cielo, todo me salía al revés! Proferí un par de maldiciones, me levanté del banco y empecé a dar vueltas por los senderos. Reinaba una gran tranquilidad; a lo lejos, junto al Cenador de la Reina, algunas niñeras paseaban sus cochecitos; por lo demás, no se veía un alma. Me sentía muy amargado y paseaba furioso por delante de mi banco. ¡Qué mal me iban las cosas! ¡Un artículo de tres partes se iría a pique por el miserable hecho de no llevar en el bolsillo un trozo de lápiz de diez øre! ¿Y si fuera hasta Pilestrædet y pidiera que me devolvieran el lapicero? Podría adelantar bastante mi trabajo antes de que los paseantes comenzaran a invadir el parque. ¡Dependían tantas cosas de ese tratado sobre el conocimiento filosófico! ¡Tal vez incluso la felicidad de unos cuantos seres, quién sabía! Me dije que quizá serviría de gran ayuda a muchos jóvenes. Pensándolo bien, no quería atacar a Kant, podría evitarlo con una imperceptible desviación al llegar a la cuestión del tiempo y el espacio; pero del que no respondía era de Renan, ese viejo párroco… No había más remedio que escribir un artículo de un determinado número de columnas; ese alquiler sin pagar, esas miradas largas de la casera cuando me encontraba con ella en la escalera por las mañanas me atormentaban durante todo el día y emergían incluso en mis momentos de felicidad, cuando, por lo demás, no albergaba ningún pensamiento sombrío. Tenía que poner fin a esa situación. Salí rápidamente del parque y me dirigí a la casa de empeños con el fin de recuperar mi lapicero.

Bajando por la cuesta del Palacio alcancé a dos damas a las que adelanté. Al pasar por su lado rocé la manga de una de ellas; la joven alzó la mirada, tenía el rostro redondo y algo pálido. De repente se sonroja y se vuelve maravillosamente hermosa, no sé por qué, tal vez por alguna palabra que le dirige un transeúnte, o simplemente por un pensamiento que surge en su interior. ¿O fue tal vez porque yo había rozado su manga? Su pecho alto se eleva pronunciadamente un par de veces y su mano estrecha con fuerza el mango de la sombrilla. ¿Qué le sucedió?

Me detuve y dejé que me adelantara de nuevo; no podía seguir caminando, todo me parecía muy extraño. Estaba muy irascible, irritado conmigo mismo por lo que había sucedido con el lápiz y exultante en extremo por toda esa comida con que había obsequiado a mi vacío estómago. De repente, mi pensamiento toma caprichosamente una extraña dirección, se apodera de mí una curiosa inclinación a infundir temor a esa dama, a seguirla e incomodarla de algún modo. La alcanzo de nuevo y la adelanto, me vuelvo de repente y me encuentro con ella cara a cara. Me quedo mirando sus ojos azules y en ese mismo instante invento un nombre que jamás había oído, un nombre con un sonido melódico y nervioso: Ylayali. Cuando se me había acercado lo suficiente, me enderezo y digo insistentemente:

Se le está cayendo su libro, señorita.

Pude oír los latidos de mi corazón al decirlo.

¿Mi libro?, pregunta a su acompañante. Y sigue andando.

Mi malicia iba en aumento, y me puse a seguir a la dama. Era plenamente consciente de que estaba comportándome muy mal, pero no podía remediarlo; mi estado de perturbación podía conmigo y me inspiraba las ideas más enloquecidas, a las que obedecía una tras otra. De nada servía que me dijera a mí mismo que estaba haciendo el ridículo; gesticulé absurdamente a espaldas de las damas y tosí con rabia un par de veces al adelantarlas. Caminaba muy despacio, siempre con uno o dos pasos de ventaja; sentía sus ojos en mi espalda y bajé sin querer la cabeza, avergonzado por haberla molestado. Poco a poco se iba apoderando de mí la extraña sensación de encontrarme muy lejos, en otro lugar, tenía un vago sentimiento de que no era yo el que iba andando sobre el empedrado con la cabeza baja.

Unos minutos más tarde las damas llegan hasta la librería de Pascha; yo me había detenido junto al primer escaparate y, en el instante en que me adelanta, doy un paso hacia ella y repito:

Se le está cayendo su libro, señorita.

¿Pero qué libro?, dice angustiada. ¿Sabes de qué libro está hablando?

Y se detiene. Su confusión me produce un gran placer, me embelesa ese desconcierto en sus ojos. Su pensamiento es incapaz de captar mi pequeña y desesperada manera de dirigirme a ella; el caso es que no lleva ningún libro, y sin embargo busca en sus bolsillos, se mira repetidas veces las palmas de las manos, se vuelve, y observa la calle a su espalda, hace esforzarse al máximo a su pequeño y delicado cerebro con el fin de saber de qué libro estoy hablando. Su rostro cambia de color y de expresión a cada instante, respira sonoramente; incluso los botones de su vestido parecen mirarme como si fueran una hilera de ojos asustados.

No te dejes intimidar por él, le dice su acompañante tirándole del brazo; está borracho, ¿no ves que está borracho?

A pesar de que en ese instante yo era un desconocido para mí mismo, una víctima de invisibles influencias, nada ocurría a mi alrededor en lo que yo no reparara. Un gran perro marrón cruzó corriendo la calle hacia el pequeño parque, en dirección a la feria; llevaba un estrecho collar de alpaca. A lo lejos, se abrió una ventana en un primer piso y una joven con los brazos remangados se asomó y se puso a limpiar la parte exterior de los cristales. Nada escapaba a mi atención, estaba despejado y alerta, percibía todas las cosas con una nitidez luminosa, como si mi entorno se hubiera iluminado de repente. Las damas que se hallaban ante mí llevaban ambas una pluma azul de pájaro en el sombrero y una cinta escocesa alrededor del cuello. Se me ocurrió que podían ser hermanas.

Se desviaron y se detuvieron junto a la tienda de música de Cisler, mientras hablaban entre ellas. Luego volvieron sobre sus pasos, pasaron de nuevo por mi lado, giraron en la esquina de Universitetsgaten y se dirigieron directamente a St. Olavs plass. Me quedé tan cerca de ellas como me atrevía. Volvieron la cabeza y me lanzaron una mirada entre asustada y curiosa, y no aprecié señal alguna de resentimiento en sus rostros, ningún ceño fruncido. Esta paciencia para con mis tormentos me hizo avergonzarme y mirar al suelo. No quise molestarlas más, estaba tan agradecido que quería seguirlas con la mirada, no perderlas de vista, hasta que entraran en algún sitio y desaparecieran.

Delante del número 2, un gran edificio de cuatro plantas, volvieron la cabeza por última vez, antes de entrar en él. Me apoyé en una farola de gas, desde donde podía oír sus pasos por la escalera; dejaron de sonar en el segundo piso. Me alejo de la farola y miro hacia la casa. En ese momento ocurre algo muy extraño: las cortinas se mueven en lo alto, un instante más tarde se abre una ventana, asoma una cabeza y dos furiosos ojos se clavan en mí. ¡Ylayali!, dije a media voz, y sentí que me sonrojaba. ¿Por qué no pidió ayuda a gritos? ¿Por qué no me tiró una maceta a la cabeza, o mandó a alguien a que me echara de allí? Nos quedamos mirándonos a los ojos sin movernos durante un minuto; los pensamientos se disparan como tiros entre la ventana y la calle, y no se pronuncia palabra alguna. Ella se da la vuelta, una sacudida me recorre el cuerpo, siento un leve golpe en la mente; veo un hombro que se gira, una espalda que desaparece hacia el interior. Ese lento alejamiento de la ventana, la acentuación de ese movimiento con el hombro, era como un saludo con la cabeza dirigido a mí; mi sangre percibió ese sutil saludo y en ese instante me sentí tremendamente feliz. Luego me di la vuelta y me marché calle abajo.

No me atrevía a volverme y no sabía si ella se había acercado de nuevo a la ventana. Conforme especulaba sobre esa cuestión, aumentaban mi excitación y mi intranquilidad. Era probable que en ese momento ella estuviera siguiendo minuciosamente todos mis movimientos, y me resultaba insoportable saberme observado a mis espaldas. Me erguí todo lo que pude y proseguí mi camino; empecé a sentir calambres en las piernas, y a caminar de forma inestable por intentar a toda costa parecer atractivo. Con el fin de aparentar tranquilidad e indiferencia iba balanceando absurdamente los brazos, escupiendo y levantando la nariz; pero de nada servía. Seguía sintiendo en la nuca esos ojos que me perseguían y los escalofríos me recorrían el cuerpo. Por fin me adentré en una bocacalle y me encaminé a Pilestrædet con el fin de recuperar mi lapicero.

No me costó ningún esfuerzo conseguir que me lo devolvieran. El hombre me llevó el chaleco y me invitó a examinar todos los bolsillos, encontré también unos recibos de otra casa de empeños, los cogí y le di las gracias por su amabilidad. Me sentí conmovido por el trato del hombre y de repente me vi obligado a causarle una buena impresión. Me fui hacia la puerta y volví al mostrador como si hubiera olvidado algo; tenía la sensación de que le debía una explicación, una aclaración, y me puse a canturrear para llamar su atención. Cogí el lápiz y lo levanté en el aire.

Nunca se me hubiera ocurrido dar un paseo tan largo por un lápiz cualquiera, pero éste era algo diferente. A pesar de su aspecto insignificante, ese trozo de lápiz me había convertido en lo que yo era en ese momento, me había colocado en mi lugar en este mundo, por así decirlo…

No dije nada más. El hombre se acercó al mostrador.

¿Ah, sí?, dijo, y me miró con curiosidad.

Con este lápiz, proseguí con sangre fría, había yo escrito mi tratado sobre el conocimiento filosófico en tres volúmenes. ¿No había oído hablar de él?

Al hombre le sonaba el nombre, el título.

Pues si, dije, yo lo escribí. De modo que no debería resultarle extraño que quisiera guardar ese trozo de lápiz; tenía demasiado valor para mí, era casi como un pequeño ser humano, Por cierto, le estaba sinceramente agradecido por su buena voluntad y lo recordaría siempre… Sí, sí, por supuesto que lo recordaría; una promesa era una promesa, yo era así y él se lo merecía. Adiós.

Me acerqué a la puerta con la actitud de quien tiene poder para conceder un alto cargo. El buen prestamista me hizo dos reverencias antes de que me alejara y me volviera una vez más para decir adiós.

En la escalera me crucé con una mujer que llevaba un bolso de viaje en la mano. Ante mi altivo porte se apartó asustada hacia un lado para dejarme pasar. Me llevé instintivamente la mano al bolsillo para darle algo; como no encontré nada, me sentí avergonzado y pasé ante ella con la cabeza baja. Un instante después, oí que también ella llamaba a la casa de empeños; había una rejilla de alambre en la puerta y reconocí inmediatamente el sonido producido por los nudillos de un ser humano al tocarla.

El sol estaba al sur, eran alrededor de las doce. La ciudad empezaba a levantarse, se acercaba la hora del paseo y por Karl Johan la gente fluctuaba y se saludaba risueña. Apreté los codos contra los costados, me hice pequeño y pasé inadvertido ante unos conocidos que se habían apoderado de una esquina junto a la universidad para contemplar a los paseantes. Subí meditabundo la cuesta del Palacio.

Toda esa gente con la que me cruzaba, ¡con qué ligereza y alegría balanceaban sus rubias cabezas, moviéndose por la vida como si se tratara de una sala de baile! No vislumbré ni un atisbo de pena en ninguna mirada, ninguna carga sobre ningún hombro, tal vez ni un pensamiento sombrío, ni rastro de algún secreto pesar en ninguna de esas mentes alegres. Y yo, yo caminaba al lado de esa gente, joven y recién brotado, ¡y ya me había olvidado de qué aspecto tenía la felicidad! Acaricié ese pensamiento y llegué a la conclusión de que conmigo se había cometido una enorme injusticia. ¿Por qué los últimos meses me habían tratado tan mal? Ya no reconocía mi espíritu alegre y sufría de las molestias más extrañas. No podía sentarme en un banco, ni mover un pie, sin que se me vinieran encima detalles insignificantes, lamentables bagatelas que penetraban en mi mente y dispersaban mis fuerzas a los cuatro vientos. Un perro que me rozara al pasar o una rosa amarilla en el ojal de un caballero podían poner a vibrar mis pensamientos y ocuparme durante un largo rato. ¿Qué me estaba sucediendo? ¿Me había señalado a mí el dedo del Señor? ¿Por qué precisamente a mí? ¿Por qué no, por decir algo, a un hombre en Sudamérica? Meditando sobre esa cuestión se me hacía cada vez más incomprensible por qué precisamente yo había sido elegido cobaya de los caprichos de la gracia de Dios. Me parecía un método bastante extraño saltarse un mundo entero hasta dar conmigo; también estaban el anticuario Pascha y el agente naval Hennechen.

Seguía discutiendo ese asunto sin poder librarme de él, y encontré objeciones de gran peso contra esa arbitrariedad del Señor, que me hacía pagar por todos los demás. Incluso después de encontrar un banco y sentarme en él, esa cuestión seguía ocupando mi mente, impidiéndome pensar en otras cosas. Desde aquel día de mayo en que empezaron mis contratiempos, notaba una clara debilidad que iba en aumento; era como si no tuviera fuerzas para decidir por mí mismo qué dirección tomar; un tropel de alimañas había penetrado en mi interior y me había vaciado. ¿Y si Dios tenía el propósito de destrozarme por completo? Me levanté y empecé a pasear de un lado a otro por delante del banco.

Todo mi ser se encontraba en ese momento en un estado de máxima penuria; me dolían incluso los brazos y apenas podía soportar llevarlos de un modo habitual. También sentía un gran malestar por mi última y copiosa comida, estaba demasiado saturado y exaltado y me paseaba de un lado al otro sin levantar la vista; las gentes que iban y venían se deslizaban como centellas a mi alrededor. Por fin mi banco fue ocupado por dos caballeros que encendieron sendos puros mientras conversaban en voz muy alta; me enfadé tanto que estuve a punto de dirigirme a ellos, pero me di la vuelta y me fui al otro extremo del parque donde encontré otro banco. Me senté.

La idea anterior de Dios volvió a ocupar mis pensamientos. Me pareció muy irresponsable por su parte meterse en medio cada vez que solicitaba una colocación y estropearlo todo, teniendo en cuenta que lo único que yo pedía era el pan de cada día. Me había fijado en que cuando llevaba algún tiempo pasando hambre era como si el cerebro se me escapara de la cabeza a pequeños chorros, dejándome vacío. Mi cabeza se volvía ligera y ausente, ya no sentía su peso sobre mis hombros y tenía la sensación de que mis ojos miraban demasiado fijamente cuando dirigía la vista hacia alguien.

Sentado en el banco, sumido en estas meditaciones, iba sintiendo una creciente amargura contra Dios por sus continuas molestias. Si pensaba que atormentándome y poniendo obstáculo tras obstáculo en mi camino conseguiría que me acercara más a Él y me volviera mejor persona, se equivocaba ligeramente, podía asegurárselo. Y miré al cielo casi llorando de obstinación y se lo dije en mi interior de una vez por todas.

Me vinieron a la memoria fragmentos de las enseñanzas religiosas de mi infancia, el tono de la Biblia resonaba en mis oídos y yo hablaba conmigo mismo en voz baja, moviendo irónicamente la cabeza. ¿Por qué me preocupaba qué iba a comer, qué iba a beber y con qué iba a vestir ese miserable saco de gusanos que era mi cuerpo terrenal? ¿No se preocupaba por mí mi padre celestial, al igual que lo hacía por los gorriones, mostrándome su misericordia al señalar a su pobre siervo? Dios había metido su dedo en la red de mis nervios produciendo un ligero desorden entre los hilos. Y luego lo había retirado, y al parecer, en el dedo le habían quedado finos hilillos de la madeja de mis nervios. Y había un agujero abierto por ese dedo, que era el dedo de Dios, y una herida en mi cerebro de los caminos recorridos por él. Pero en el punto en el que Dios me había tocado con su dedo me dejó en paz, no me volvió a tocar y no permitió que me pasara nada malo.

Me dejó irme en paz pero con la herida abierta. Y Dios no permite que me suceda nada malo, Dios nuestro Señor por los siglos de los siglos…

El viento traía fragmentos de música desde Studenterlunden, lo que significaba que eran más de las dos. Al sacar mis utensilios para intentar escribir, se me cayó del bolsillo el cuadernillo de bonos del barbero. Lo cogí al vuelo y conté las hojas; quedaban seis bonos. ¡Gracias a Dios!, se me escapó; eso significaba que aún podía afeitarme durante un par de semanas y tener un buen aspecto. El descubrimiento de esa pequeña propiedad hizo que mi humor mejorara; alisé con mucho cuidado los bonos y guardé el cuadernillo en el bolsillo.

Pero no conseguía escribir; después de un par de líneas ya no se me ocurría nada; mis pensamientos estaban en otra parte y no era capaz de sobreponerme y hacer un esfuerzo. Todo influía en mí y todo me distraía, todo lo que veía me proporcionaba nuevas impresiones. Moscas y mosquitos se pegaban al papel y me estorbaban, y yo soplaba sobre ellos para que se esfumaran, soplaba más y más fuerte, pero no servía de nada. Las pequeñas bestias se echan hacia atrás, se hacen fuertes y resisten, hasta que se hinchan sus finas patitas. No hay manera de moverlas; se agarran a la primera cosa que encuentran, tensan los talones sobre una coma o una irregularidad en el papel y se quedan completamente quietas hasta que les entra el capricho de querer marcharse.

Esos bichitos mantuvieron ocupada mi atención durante un buen rato; crucé las piernas y me tomé mucho tiempo para observarlos. En seguida llegaron hasta mí agudos acordes de un clarinete y dieron otro empujón a mis pensamientos. Entristecido por no poder concentrarme en mi artículo volví a meterme los papeles en el bolsillo y me recliné en el banco. En este momento mi cabeza está tan despejada que puedo pensar claramente sin cansarme. En esta postura, dejando que los ojos me recorran el pecho y las piernas, me fijo en el saltarín movimiento que hace mi pie cada vez que me late el pulso. Me incorporo a medias, miro mis pies y vivo en este instante una emoción fantástica y desconocida que jamás había sentido antes; una suave y maravillosa sacudida recorrió mis nervios como si fueran recorridos por escalofríos de luz. Al dejar caer la mirada sobre mis zapatos fue como si me hubiera encontrado con un conocido o como si me hubieran devuelto una parte arrancada de mí mismo; una sensación de reencuentro vibra por todos mis sentidos, las lágrimas inundan mis ojos, y percibo mis zapatos como una suave melodía que sopla sobre mí. ¡Debilidad!, me dije con dureza apretando los puños, ¡debilidad! Me burlaba de mí mismo por esos sentimientos tan ridículos, me burlaba de mí mismo plenamente consciente de lo que estaba haciendo; me hablé con gran severidad y sensatez y apreté los ojos muy fuerte para ahuyentar las lágrimas. Como si nunca hubiera visto mis zapatos, comienzo a estudiar su aspecto, su mímica cuando muevo el pie, su forma y la piel desgastada, y descubro que sus arrugas y costuras blancas les proporcionan una expresión, les aportan una fisonomía. Algo de mi ser había pasado a esos zapatos; me daban la impresión de ser un aliento de mi yo, una parte de mí mismo que respiraba…

Estuve fantaseando con esas sensaciones durante mucho rato, tal vez una hora entera. Un anciano enjuto vino a ocupar la otra parte de mi banco; al sentarse respiró hondamente, cansado de andar, y dijo:

Bueno, bueno, bueno, bueno, bueno, bueno; ya lo creo.

En cuanto oí la voz del anciano tuve la sensación de que un viento soplaba por mi cabeza; abandoné mis reflexiones sobre los zapatos, y me pareció que ese perturbado estado de ánimo que acababa de sentir pertenecía a tiempos pasados, tal vez a uno o dos años atrás, y que estaba a punto de borrarse de mi memoria. Me puse a mirar al viejo.

¿Qué tenía que ver conmigo ese hombrecillo? ¡Nada, nada en absoluto! Lo que pasaba era que llevaba en la mano un periódico, un número atrasado con la página de anuncios hacia fuera, en el que parecía llevar algo envuelto. Me entró una gran curiosidad y me sentía incapaz de apartar los ojos de ese periódico; tuve la disparatada ocurrencia de que podía tratarse de un ejemplar singular, único en su clase; mi curiosidad iba en aumento y comencé a moverme nervioso en el banco. Podían ser documentos, peligrosas actas robadas de un archivo. Incluso pensé vagamente en un tratado secreto, una conspiración.

El hombre estaba sentado tranquilamente pensando. ¿Por qué no llevaba el periódico como cualquier persona normal, es decir, con el título hacia fuera? ¿Se trataba de alguna extraña astucia? Daba la impresión de no querer soltar su paquete por nada del mundo, ni siquiera se atrevía a confiarlo a su propio bolsillo. Hubiera apostado la vida a que había algo escondido en ese paquete.

Miré al cielo. Precisamente el que fuera imposible penetrar en ese misterioso asunto me puso fuera de mí de curiosidad. Busqué en los bolsillos algo que ofrecer al hombre como pretexto para entablar conversación con él; palpé el cuadernillo del barbero pero no lo saqué. De repente opté por mostrarme sumamente descarado; me llevé la mano al bolsillo de la camisa y dije:

¿Me permite invitarlo a un cigarro?

Gracias, el hombre no fumaba, había tenido que dejarlo por el bien de sus ojos, estaba casi ciego. Muchas gracias de todos modos.

¿Y hacía mucho tiempo que tenía problemas en los ojos? ¿Entonces tampoco podía leer? ¿Ni siquiera los periódicos?

Ni siquiera los periódicos, desgraciadamente.

El hombre me miró. Una membrana cubría sus ojos enfermos y les confería un aspecto vidrioso, su mirada era blanca y causaba una repugnante impresión.

¿Es usted forastero?, preguntó.

Sí. ¿Y ni siquiera podía leer el título del periódico que llevaba en la mano?

Difícilmente. Por cierto, había notado en seguida que yo era forastero; había algo en el tono de mi voz que lo revelaba. Aunque era casi imperceptible, él lo percibía; en general oía muy bien; por la noche cuando todos dormían podía oír la respiración de la gente que ocupaba la habitación de al lado… Pero ¿por dónde iba? Quería preguntarle dónde vive.

De repente mi cabeza había elaborado una mentira. Mentí sin quererlo, sin proponérmelo y sin segundas intenciones. Contesté:

En St. Olavs plass, número 2.

¿De verdad? El hombre conocía cada adoquín de esa plaza. Había una fuente, unas farolas, un par de árboles, lo recordaba todo… ¿En qué número vive usted?

Quise poner fin a la situación y me levanté, obsesionado por la idea del periódico. Había que descubrir el secreto, costara lo que costara.

Pero si no puede leer ese periódico, ¿por qué…?

Me ha parecido haberle oído decir en el número 2, prosiguió el hombre sin percatarse de mi nerviosismo. En mis tiempos conocía a todos los inquilinos del número 2. ¿Cómo se llama su casero?

Busqué precipitadamente un nombre para librarme de él, lo encontré al instante y lo pronuncié con el fin de que el viejo se callara.

Happolati, dije.

Happolati, ah, sí, asintió el hombre sin equivocarse en una sola sílaba de ese apellido tan singular.

Lo miré asombrado; él estaba muy serio y pensativo. Apenas hube pronunciado ese estúpido nombre, el viejo se adaptó perfectamente a él, incluso daba la impresión de haberlo oído antes. No obstante, dejó su paquete en el banco y sentí cómo vibraba mi curiosidad a través de mis nervios. Pude ver que en el periódico había un par de manchas de grasa.

¿No es marino su casero?, preguntó el hombre, sin pizca de ironía en la voz. Me parece recordar que era marino.

¿Marino? No, lo siento, usted debe referirse a su hermano; éste es J. A. Happolati, agente.

Pensé que eso acabaría con él; pero el hombre aceptó de buena gana todo lo que le decía.

Dicen que es un hombre muy capaz, ¿verdad?, dijo tanteando el terreno.

Ah sí, un hombre muy sagaz, contesté, una mente privilegiada para los negocios, agente de cualquier cosa, vende arándanos a China, trae plumas y plumón de Rusia, pieles, pasta de madera, tinta…

¡Je, je, je, qué demonios!, interrumpió el anciano muy animado.

El asunto comenzaba a ponerse interesante. Me dejé llevar por la situación y una mentira tras otra iba surgiendo en mi cabeza. Volví a sentarme, olvidándome del periódico y los extraños documentos; se había despertado mi ansiedad e interrumpía constantemente al otro. La buena fe de aquel enanito me hacía mostrarme osado, quería mentirle cuanto podía, dejarlo escandalosamente fuera de combate.

Le pregunté si había oído hablar del libro eléctrico de salmos inventado por Happolati.

¿Qué libro eléct… ?

¡Un libro con letras eléctricas que lucían en la oscuridad! Una magnífica empresa, millones de coronas en circulación, fundiciones e imprentas trabajando sin descanso, un gran número de mecánicos empleados a sueldo fijo. Había oído decir que setecientos hombres.

¡Pues sí, imagínese!, dijo el hombre tranquilamente. Y no dijo nada más; había creído todo lo que le había dicho y sin embargo no se había quedado atónito. Eso me decepcionó un poco; pues yo esperaba verlo perplejo por mis ocurrencias.

Seguí inventando disparatadas e ilimitadas mentiras; conté que Happolati había sido ministro durante nueve años en Persia. ¿No sabe lo que significa ser ministro en Persia?, pregunté. Era más que ser rey aquí, más o menos como ser sultán, si sabía lo que era eso. Pero Happolati lo había conseguido, jamás tuvo problemas. Y hablé de Ylayali, su hija, un hada, una princesa que tenía trescientas esclavas y dormía sobre un lecho de rosas amarillas; era el ser más maravilloso que jamás había visto, ¡Dios me castigue, pero jamás había visto cosa igual!

¿Tan hermosa era?, dijo el viejo mirando al suelo con aire ausente.

¿Hermosa? ¡Era maravillosa, era pecaminosamente bonita!

¡Ojos de seda, brazos de ámbar! Una mirada suya era tan seductora como un beso, y cuando me llamaba, su voz penetraba hasta mi corazón como un chorro de vino. ¿Y por qué no iba a ser así de bella? No pensaría que ella trabajaba de cobradora o de algo en el cuerpo de bomberos, ¿no? Era simple y llanamente una maravilla celestial, un cuento de hadas.

Bueno, bueno, replicó el hombre algo desconcertado.

Su calma me aburría; yo me había excitado con mi propia voz y estaba hablando completamente en serio. Se habían esfumado ya de mis pensamientos los documentos robados de algún archivo, el tratado con algún estado desconocido; ese pequeño paquete plano seguía sobre el banco entre él y yo, pero ya no tenía ninguna gana de averiguar lo que contenía. Estaba totalmente absorto en mis propias historias; por mis ojos pasaban extrañas visiones, la sangre me subía a la cabeza y mentía sin parar.

En ese momento el hombre hizo intención de marcharse. Se levantó y preguntó, para no parecer demasiado brusco:

Dicen que ese Happolati tiene grandes propiedades, ¿no?

¿Cómo se atrevía ese repugnante y ciego vejestorio a jugar con el nombre secreto inventado por mí, como si se tratara de un apellido normal y corriente de los que figuraban en cualquier placa de la ciudad? No se confundía ni una sola vez en las letras y no se comía ni una sola sílaba; ese nombre se había fijado a su cerebro echando raíces en el mismo instante. Me enojé; un profundo resentimiento comenzó a nacer en mí contra ese ser al que no había manera de desconcertar y al que nada podía hacer desconfiar.

No sé nada de eso, contesté en tono cortante; no sé absolutamente nada. Permítame decirle de una vez por todas que su nombre completo es Johan Arendt Happolati, a juzgar por sus iniciales.

Johan Arendt Happolati, repitió el hombre, extrañado por mi vehemencia. Luego calló.

Debería usted haber visto a su esposa, dije furioso; una mujer más gorda que… Bueno, ¿acaso cree usted que no es muy gorda?

Pues, sí, lo creía…, un hombre así…

El viejo contestaba tranquilamente y de buena gana a todas mis ocurrencias, buscando las palabras como si tuviera miedo de equivocarse y enfadarme.

Pero diablos, ¿acaso cree que le estoy mintiendo? grité fuera de mí. ¿Ni siquiera cree que existe un hombre apellidado Happolati? ¡En mi vida he visto semejante malicia y terquedad en un anciano! ¿Qué demonios le pasa? Quizá hasta ha pensado para sus adentros que soy un hombre extremadamente pobre, sentado aquí con mis mejores ropas sin un estuche lleno de cigarrillos en el bolsillo. ¡Voy a decirle una cosa, no estoy acostumbrado a que me traten como usted me está tratando, y sepa que no pienso tolerárselo, Dios me ampare, ni a usted ni a nadie!

El hombre se levantó. Había permanecido boquiabierto y mudo escuchando mi estallido de ira hasta que acabé; luego cogió rápidamente su paquete del banco y se marchó, alejándose casi corriendo por el sendero con pasitos de anciano.

Me eché hacia atrás y vi su espalda alejarse, aparentemente cada vez más encorvada. No sé de dónde sacaba esa impresión, pero me pareció que jamás había visto una espalda más falaz, más viciosa que ésa, y no me arrepentí de haberlo insultado antes de que me abandonara…

El día estaba a punto de terminar, se puso el sol, el viento empezó a soplar suavemente sobre los árboles y las niñeras que estaban sentadas en pequeños grupos junto al balancín se disponían a marcharse a casa con los cochecitos de los niños. Yo estaba tranquilo y de buen humor. La excitación que acababa de experimentar iba remitiendo, me sentía agotado y me entró sueño; la gran cantidad de pan que había comido ya no me molestaba. Con ese estado de ánimo me recliné en el banco, cerré los ojos y cada vez me encontraba más somnoliento; dormitaba y estaba a punto de quedarme profundamente dormido cuando un vigilante del parque me puso una mano sobre el hombro y dijo:

No puede quedarse a dormir aquí.

No, dije, y me levanté inmediatamente. De pronto se presentó ante mí otra vez y con toda nitidez mi triste situación. ¡Tendría que hacer algo, inventar algo! De nada me había servido solicitar empleos; las recomendaciones que presentaba se habían quedado anticuadas y procedían de personas demasiado desconocidas para surtir efecto; además los constantes rechazos en el transcurso del verano me habían descorazonado. Ahora mi alquiler había vencido y tenía que buscar alguna manera de pagarlo. Y todo lo demás tendría que esperar.

Sin saber cómo, tenía otra vez papel y lápiz en la mano y estaba escribiendo mecánicamente la fecha de 1848 en todas las esquinas de la hoja. ¡Ojalá me viniera como un soplo un pensamiento embriagador que me dejara las palabras en la boca! Al fin y al cabo me había sucedido antes, realmente me habían sobrevenido esos instantes y había podido escribir una larga pieza sin esfuerzo y con un maravilloso resultado.

Estoy sentado en el banco escribiendo una veintena de veces 1848; escribo esta cifra al derecho y al revés y de todas las maneras posibles, esperando que me venga una idea aceptable. Una nube de vagos pensamientos revolotea en mi cabeza, y la atmósfera crepuscular me hace sentirme abatido y sentimental. Ha llegado el otoño y todo está a punto de entrar en estado de hibernación; las moscas y otros animalitos han recibido ya el primer aviso, arriba en los árboles y abajo en la tierra se percibe el sonido de la vida en lucha, vibrante, palpitante e intranquila, obstinada con el fin de no perecer. Todos los seres del mundo reptil se mueven una vez más, asoman sus cabezas amarillas por el musgo, levantan las patas, exploran el camino con sus largas antenas y se desploman de repente, se dan la vuelta y se quedan con la panza hacia arriba. Cada planta ha adquirido un aspecto distinto con el leve soplo agonizante de la primera helada; las briznas de paja se levantan pálidas hacia el sol y las hojas caídas silban por la tierra con un sonido que recuerda a gusanos de seda en movimiento. Es tiempo de otoño, plenitud del carnaval de lo perecedero; las rosas tienen infectado su rubor, un maravilloso y febril resplandor recubre su color rojo sangre.

También yo me siento como un animal agonizante, sobrecogido por la destrucción en medio de ese universo preparado para la hibernación. Me levanté, presa de extraños miedos, y di algunos pasos rápidos por el sendero. ¡No!, grité, apretando los puños, ¡esto tiene que acabar! Y me volví a sentar, cogí de nuevo el lápiz firmemente decidido a escribir el artículo. De nada servía claudicar cuando uno se enfrentaba a un alquiler sin pagar.

(Continuará…)

 

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