Encuentros secretos (Final)

Kobo Abe

 

 

 

[APÉNDICE]

Al atravesar entre las rocas artificiales para salir a la superficie, cargando la silla de ruedas, me di cuenta de que la plaza al frente del museo rebosaba de coches con los que habían venido los espectadores de la fiesta de la Víspera. Llegamos al pie de la escalinata sin preocuparnos por las miradas inquisitivas.

—Es el museo. ¿Ves el asta de la bandera sobre el techo?

—Es una antena.

—Es un asta, te lo aseguro.

—Quizá funcione como las dos cosas.

De repente se escuchó una voz desde la sombra de un coche estacionado.

—No hay astas que no icen banderas hoy, es día feriado.

La voz clavó mis zapatos con pegamento instantáneo y enredó las ruedas, dejándome indefenso como un barril sin fondo. Aterrorizado, me volví despacio con la esperanza de que fuera una falsa alarma, y tuve que enfrentarme a la realidad. Era la secretaria.

Se encontraba de pie con una sonrisa rígida en el rostro, cargando una bolsa de compras en una mano. Le sentaban bien la blusa marrón claro y la falda color cacao, quizá recién estrenadas, vestimenta que le atenuaba un tanto la apariencia feroz de sus colmillos salientes.

—Están enterados de todo.

—Me atraes cada vez más, ¿sabes?

—Hemos arriesgado nuestro pellejo.

—Por eso les evité el trabajo. ¿No querían esto?…

La secretaria se mordió el labio inferior con la mirada alzada y quitó el papel de periódico que cubría la bolsa de compras. Reveló un bulto voluminoso de tela, color escarlata, enrollado con descuido. La niña se puso tensa como si tuviera un ataque de epilepsia.

—Qué horror.

—Lo puedes botar si no te gusta. Te hice el favor de robarlo, rompiendo el cristal de la vitrina…

Irritada, la secretaria cogió una rama del suelo y, tras sacar el bulto con ella, lo sacudió a ciegas. Parecía un cadáver de gato escarlata, atropellado por un coche.

—¿Es la madre con algodonosis?

—Es tan áspero como un fieltro desgastado. Con fuerte olor a naftalina para colmo. No sirve de nada a menos que te pongas una máscara antigás.

De repente la niña se agarró al bulto escarlata con la garganta ahogada por los sollozos. Ante las lágrimas y los gemidos, la secretaria retrocedió aturdida. Yo me puse celoso al ver una explosión tan frenética de emociones en la niña.

—Está jubilosa.

—Oye, te portas muy amable con la niña.

La secretaria me ayudó con desgana a tender la cobija entre la silla de ruedas y la niña. Resultó grotesco el contraste entre el color escarlata de la cobija y la belleza práctica de la silla de ruedas. La niña se aferró con fuerza a los bordes de la cobija y dijo con voz gangosa:

—Es inevitable este olor a naftalina, que sirve para espantar bichos, ¿verdad?

Empecé a sentirme cansado. Me senté al borde de la escalinata y tomé con la secretaria una coca-cola tibia. La niña estaba tan embelesada que ni siquiera se dignó mirar la coca-cola. La secretaria me frotó las canillas con sus pies desnudos, salidos de la falda.

—Parece que estamos de paseo.

El cielo estaba ennegrecido como presagiando una hemorragia interna, y estaba a punto de reventar con un aguacero. Se oyó un chillido femenino cuando tiré la botella vacía al matorral. La secretaria lanzó un grito como de réplica:

—¡Cállate!

Partimos con ánimo decaído. No se podía esperar nada positivo, ya que nos tenían pillados desde antes. Pero tampoco había marcha atrás.

Luego de atravesar la plaza frente al museo, bajamos por la vía pavimentada, bordeando el parque, y nos aproximamos por la acera a una zona ocupada por puestos ambulantes que despedían olor a gas acetileno. Optamos por entrar al parque de la puerta peatonal y lo encontramos desierto por completo. Se escuchó una explosión para lanzar fuegos florales, que dejó humo blanco en el aire.

—Creo que esta niña ha retomado la figura original, antes de la hospitalización.

—¿Puede empeorar más?

—Depende de la resistencia de los huesos para sostener la presión de las vísceras.

—¿Qué quieres decir?

—Imagínate cómo se pondría un paraguas si se derritiera de repente la varilla. Es lo mismo.

En la plaza con la fuente, una banda de roqueros vestidos con kimono veraniego, desganados todos como si estuvieran ensayando sin querer, tocaba una canción medio folklórica. Fuera de ellos, solo se veían tiendas improvisadas, una venta de peces dorados y otra de muñecos de caramelo. Una enfermera con pantalones cortos (tocada con el gorro de su uniforme, quién sabe por qué) que exponía sus muslos voluptuosos y un hombre con una sola pierna que llevaba un perro sarnoso se sentaban de lado en un banco, con los ojos detenidos sobre los salpicones ondulantes del agua revuelta.

Algo chapoteó a mis pies. Una polilla rosada del tamaño de un pájaro se metió en un charco formado por el agua traída por el viento.

—Tengo frío.

La niña temblaba. Le tapé los hombros con la cobija escarlata, que así me parecía un babero sujetado a la barbilla de una estatua de Buda, de esas que están abandonadas en algún camino de provincia. Yo transpiraba por las solapas.

Tomamos de nuevo la avenida de la puerta principal del parque.

De repente apareció un bullicio como si se hubiese reventado una piñata. A mitad de la larga cuesta se abría un pasaje comercial, como un túnel perforado a una altura elevada del barranco. En el arco coloreado con luces de neón se exhibía una placa que decía: «Feliz aniversario del hospital Ginza de Buena Vista», y la niña exclamó eso agitando las manos. Alrededor de la entrada se abandonaban centenares de bicicletas en las cuales seguramente había venido todo este gentío abigarrado en espera de alguien: hombres vestidos como oficinistas, muchachos con jeans, médicos y enfermeras en batas blancas, pacientes internos empijamados. Ante esta escena abrumadora, renové la conciencia de que no me encontraba en un pueblo común.

—¿O sea que aquí va a ser la fiesta de la Víspera?

—Ginza de Buena Vista, qué nombre tan extravagante para un pasaje subterráneo.

—Se trata de un topónimo. Desde arriba alcanzas a ver hasta el monte Fuji.

—Pero qué peligro. Perforan un poco más y terminan excavando la base del hospital antiguo.

—Imposible. La base está muy abajo.

—Pero aquí estamos aún más abajo, ¿no es cierto?

—No sabes nada. El asilo en donde te escondías se situaba en el tercer piso del hospital antiguo.

—¿Cómo?

—Según dicen, el director de entonces decidió enterrar el edificio entero, al enfermarse de algo así como una neurosis bombardeofóbica…

Gotas grandes de lluvia empezaron a rebotar contra la tierra, como para resaltar su peso. La niña abrió la boca para absorberlas y emitió en un tono impostado una frase melodiosa, que quizá de hecho era un fragmento de alguna canción:

—Aunque el clima sea malo, se vuelve agradable en la memoria…

Empujados por la multitud que se apresuraba hacia el pasaje subterráneo para protegerse del aguacero, pasamos por debajo del arco con luces de neón y avanzamos unos tramos sin ningún encanto, con faroles en forma de lirios a los dos lados. Como al parecer formaba parte del hospital, predominaban diversas tiendas, florerías, fruterías, lencerías, venta de joyas de fantasía, y se asomaban de tanto y tanto zapaterías, tiendas de óptica, librerías, jugueterías, dulcerías, papelerías, bares de soba y tabaco para llenar el espacio. Luego, se iba estrechando el pasaje pero al mismo tiempo se ramificaba con irregularidad, invitando sin cesar a los peatones hacia el fondo. Pese a unos tramos dificultosos por las escaleras, seguimos avanzando sin miramientos, pues la niña se alegraba, exaltada, y ajena por completo al dolor de su cuerpo. La secretaria caminaba parejo, sin desafinar con el ritmo de mis pasos.

El pelaje de las tiendas iba cambiando de tono según las ramas.

Tienda de accesorios para coches, tienda especializada en jeans, venta de ingredientes de medicina china, tienda de discos, oferta de aparatos electrónicos, pachinkos acompañados por un estruendo de marchas militares con ofertas de consumo ilimitado de coca-cola, bar de pollo asado. La vía estaba atiborrada de botellas vacías de cerveza. Había además una tienda de cámara y revelado, un prestalibros, un bar de arroz con curry y ensaladas, una tienda especializada en escucha clandestina, una heladería…

Compré tres helados con polvo de chocolate encima. Con una mano aún aferrada al borde de la cobija, la niña, encantada, metió la punta de la lengua en el copo de helado. A mí me sabía a tristeza, como si se me congelara el tiempo.

Distinguí una señal de baño público al otro lado de una calle estrecha, y de ahí en adelante el barrio cambiaba de fisonomía. Bajo anuncios provocativos de neón se apretujaban salas de videojuegos, cabarets y casas de striptease. Vacilé un segundo antes de atravesar ese rincón sospechoso con la secretaria y la niña en la silla de ruedas, pero intuí por olfato que ahí podía encontrar algo importante. Mi esposa solo podía estar en sitios así. Sin fundamento alguno, una firme corazonada activaba la alarma, avisando que había llegado por fin al destino.

Lo mejor sería ir solo, dejando a la niña en manos de la secretaria.

—¿Puedo confiar en ti?

—Claro, si confías en mí, sabré corresponderte.

—¿Qué quieres que te haga a cambio de la promesa cumplida?

—Piénsalo tú.

Sentí que mis pupilas se encogían, quemadas por el impacto de la ira, como si una descarga eléctrica me atravesara de sien a sien. Por más confianza que me infundiera la secretaria, no las podría dejar solas más tiempo del que tardaran en comer los helados. No correría el riesgo de descuidarme.

De repente la niña lanzó un grito:

—Mira, ahí está el doctor…

El cono de helado señalaba una tienda casi idéntica a la inmobiliaria, ubicada al otro lado de la calle, en diagonal. Las letras doradas que ocupaban todo lo ancho de la ventana de cristal decían: «Consultas sobre compra y venta de toda clase de órganos», y más abajo se exhibían listas de precios: «Extracción de sangre», «Banco de semen» y «Seguros de córneas». En la puerta colgaba un anuncio de madera, poco llamativo, que decía: «Información general sobre los entretenimientos».

A través de las listas pegadas en desorden se veía hacia el interior, todo en retazos. Al agacharme para colocar los ojos a la misma altura de la niña, me di cuenta de que había más espacio libre y que el rompecabezas se volvía legible, completando el cuadro con los dos ojos. Junto a la ventana había una mesa para visitantes, alrededor de la cual se sentaban en rueda siete u ocho médicos vestidos con bata blanca; todos tomaban cerveza. Se veían muy relajados, cada quien haciendo lo que le daba la gana: uno sacudía el cuerpo adelante y atrás, acariciándose la barba mal afeitada, otro soltaba una carcajada de tonto, mostrando los dientes más de lo necesario, y otro hurgaba la pipa con un fósforo. Creí distinguir a una mujer, pero no estaba seguro. Más allá se veía un mostrador, donde un hombre de bata blanca, con la espalda extrañamente tiesa, conversaba con una mujer sentada al otro lado. Con una frente ancha sobre las gafas sin montura y un escote profundo para resaltar el volumen de los pechos, la mujer era idéntica a Kei Mano, la mediadora que había visto antes de entrar al hospital. ¿El hombre de la espalda tiesa sería el subdirector?

Se me rompió el cono de helado, deshaciéndose como pan mojado en mi mano. Lo tiré por debajo de la silla de ruedas y, cuando me volví hacia la secretaria, lamiéndome la crema adherida a los dedos, me di cuenta de que también se agachaba para escrutar el interior de la tienda.

—¿Será el subdirector?

—Creo que sí. Los demás son médicos de planta y quizá de la sección de órganos artificiales.

—¿Qué crees que van a hacer al reconocernos?

La niña habló en voz baja, mordiendo el borde del cono:

—Creo que me van a regañar mucho.

—Qué va. No tienen derecho.

La secretaria permaneció en silencio con la mirada clavada en el interior de la tienda, haciendo cálculos rápidos, al parecer, para evaluar la situación. Debería de saber qué estaban haciendo esos médicos y con qué objetivo. Era imposible que no supiera algo que yo mismo podía imaginarme. Seguramente se callaba pensando en qué ganaría o perdería al revelar el secreto.

—Vamos a volver —dijo la niña, preocupada, al percibir nuestra tensión.

—¿Adónde?

—Adonde sea.

Le acaricié las mejillas y le quité las lagañas. Me quedó en la mano una sensación harinosa.

La secretaria, presurosa, enderezó el cuerpo y dijo, recorriendo los alrededores con su mirada:

—No pasará nada si no nos ven.

Al fin tomaría la decisión de aliarse conmigo. En la tienda los hombres de bata blanca se pusieron de pie. Arrastré la silla de ruedas para que nos escondiéramos todos detrás de la columna de la heladería, y compré tres sorbetes de naranja.

Eran siete médicos en total, incluyendo al subdirector. Tras despedirse de Kei Mano, jovial y femenina, se pusieron en marcha con pasos livianos y entraron todos al baño público del otro lado.

Y nadie salía. Ya habíamos comido la mitad de sorbete. No se justificaba esta tardanza. ¿Siete hombres evacuando juntos al mismo tiempo? El subdirector no podía hacer sus necesidades en un inodoro cualquiera, debido al corsé de caucho. ¿Les sucedería algo inesperado? Esperaría dos, no, mejor un minuto, y si no salía nadie, me asomaría ahí.

Entré al baño público, dejando a la secretaria y la niña a la espera. Vi un aviso que decía «Fuera de servicio» y un poco más abajo una tabla con huellas casi invisibles del ideograma «Hombre». No había nadie. Bajo la luz demasiado fuerte de la lámpara y en medio del olor a amoníaco, no vi ningún rincón donde pudieran esconderse siete hombres juntos. Se alineaban seis urinarios a lo largo de la pared izquierda. En el que quedaba más cerca nadaba un bicho entre las burbujas de un líquido amarillo. Al otro lado había tres cabinas para evacuar con puertas de chapa recién estrenadas, que seguramente habían puesto de manera provisional con miras a la fiesta de la Víspera. Me parecía inverosímil que se escondieran de a dos o tres en las cabinas, pero de todas maneras toqué cada una antes de abrirla y confirmé que de hecho estaban vacías.

Pero me llamó la atención el interior de la última, que carecía de inodoro. En cambio había un hueco cuadrado del que se extendía una escalera hacia un sótano penumbroso. En el techo había otro hueco, a modo de escotilla de barco de carga, del cual descendía una escalera móvil de acero. Era indudable que se habían fugado por uno de estos escapes, pero no pude detectar ni un rastro que me sirviera de pista. Debían haber demorado bastante para terminar de pasar todos. Me arrepentí de no haberlos seguido de inmediato, pues no me habría hecho falta inventar excusas para entrar al baño público.

Apenas me volví para marcharme, me enfrenté a un grito femenino:

—¿No ves que está fuera de servicio? ¿No sabes leer o qué?

Era la mujer de Mediaciones Mano. Me miraba como si me quisiera escrutar. Sin inmutarme, le devolví la misma mirada escrutadora. ¿Fuera de servicio? No podía ser, si presencié la entrada, seguramente indicada por ella, de los siete médicos. Pero era mejor evitar un debate innecesario. Lo importante era averiguar por cuál de las dos salidas se habían ido los médicos.

—Señora Mano.

En vez de relajarse, la mujer se puso más suspicaz, con el ceño fruncido.

—Te he visto en algún lado. ¿No fue en la tienda cerca de la entrada del hospital?

Ahí intervino en hora buena la secretaria, que se acercaba empujando la silla de ruedas.

—Es el nuevo jefe de guardia…

La frase surtió un efecto inmediato. Recordé vagamente que los mediadores de la entrada del hospital estaban bajo el control del jefe de guardia. La mujer mostró una sonrisa avergonzada, solo con el labio superior, y no hizo más que decir evasivas:

—Por suerte, se venden bien, ya se han agotado a pesar de que no son apuestas muy favorables. Perdone, no sabía que era el nuevo jefe. Encantada. Se acaba de ir el subdirector con seis médicos jóvenes después de comprar todos los billetes que quedaban…

—¿Adónde se fueron?

—Ya lo sabe.

—Contesta correctamente.

—Claro que sí.

—¿Arriba o abajo?

—Abajo solo hay una sala de máquinas. No cree que…

—Gracias.

.

Sin embargo, la secretaria mostró una extraña renuencia a entrar en el baño de hombres. Ante el rechazo contundente a mi argumento de que se encontraba fuera de servicio, no me quedó más remedio que borrar las huellas de «Hombres» con un tubo de acero para convencerla.

Le pedí a la secretaria que fuera arriba primero y, tras entregarle a la niña, intenté subir la escalera, cargando la silla de ruedas sobre los hombros. Podía soportar el peso, pero el hueco resultaba demasiado pequeño para pasarlo con la silla. Tuve que sujetar primero las ruedas por sus bordes y empujarla con la cabeza, manteniendo el equilibrio.

La niña empezó a llorar cuando vio que yo hacía esta operación complicada. Eran sollozos ahogados, como si se tratara de un dolor insoportable. La secretaria la atendía desconcertada. En plena batalla con la silla de ruedas, no pude saber quién molestaba a quién. No les haría ningún reproche. En adelante evitaría crear situaciones semejantes.

Nos encontrábamos en un pasillo frío con olor a tierra. Los cuartos de ambos lados estaban cerrados con chapas de madera y no se percibía ninguna presencia humana. Cada diez metros colgaba del techo una bombilla desnuda como de veinte vatios. En cada esquina había una señal roja de cinta plástica en forma de flecha que nos permitía suponer que llegaríamos a algún sitio si la seguíamos. Además, al cabo de cuatro días de vida clandestina en el asilo, podía hacerme la idea de cómo era la estructura del edificio.

Como el piso con textura de barro seco absorbía los pasos, me sentía como si anduviera con los oídos tapados. Sin embargo, hablábamos en susurros ante la fuerte resonancia que creaban las palabras, como si nos encontráramos en un pozo.

—Tú sí sabes lo que nos espera, ¿verdad?…

—Más o menos.

—¿Qué nos espera? —dijo la niña, también en susurros.

—No te preocupes —la atajó la secretaria, un tanto nerviosa—. Pronto se nos arreglará todo.

Al cabo de una larga caminata, giramos en una esquina, pero no en ángulo recto, e ingresamos, al parecer, a un módulo diferente. De repente se oyeron murmullos y el pasillo se iluminó mucho mejor. Pronto desembocamos en una cuadra bulliciosa, que era la unidad mínima de un conjunto compuesto por seis habitaciones en torno del patio. Muchos espectadores daban vueltas con pasos ceremoniosos en el sentido del reloj alrededor de la cuadra, como si se tratara de alguna exposición. Seguramente no nos habíamos topado con nadie durante el trayecto porque era una ruta privada, solo para el personal.

Nos llegó a los oídos un anuncio, emitido en un tono plano como el de un comentarista de las áreas científicas:

—De las seis que se clasificaron en la eliminatoria, dos del grupo cabeza se mantienen… ya pasaron veintinueve etapas… es la sexta vez, se mantiene arriba de nueve en promedio, en total ciento catorce segundos… no se nota ni un asomo de… tres minutos después del ingreso del tubo de refrigeración… con la garantía del grupo de médicos… la diferencia según el gráfico trazado por la predicción de la computadora…

Decidimos dar una vuelta tentativa, mezclados con los espectadores, que en realidad no eran muchos. Había unas cuantas mujeres, pero ningún niño.

Cada cuarto exhibía un tablero con la foto de una mujer desnuda, quizá la jugadora, y una placa con combinaciones de números sustituibles con magneto, algunas de las cuales estaban en proceso de modificación. No entendí su significado. Un poco más arriba en la puerta se colocaban en letras grandes y vistosas los nombres, siempre de tres ideogramas, vaya a saber por qué, como «Museo de Muñecos», «Mujer Tsunami», «Magma» y «Lago del Cisne», que seguramente serían los códigos de las jugadoras. La mayor parte del público tenía un tabloide en la mano, comparándolo con los números y códigos y haciendo apuntes. Era un ambiente idéntico al de un velódromo.

Al dejar atrás la esquina de «Mujer Tsunami» nos encontramos, justo al otro lado de la puerta de «Magma», a la entrada de una sala de descanso con venta de bebidas y comidas. Alrededor de una mesa del centro, cinco hombres de bata blanca bebían whisky mezclado con agua y acompañado de papas fritas. Probablemente se trataba de los compañeros del subdirector, puesto que no había ningún otro grupo de cinco hombres de bata blanca. Imposibilitado de sentarse en una silla ordinaria por el corsé, el subdirector estaría de pie en medio del gentío cerca de la barra.

Avanzamos con celeridad, protegidos por la multitud.

La siguiente esquina correspondía a la «Mujer Máscara», que, como indica su nombre, tenía un rostro completamente pintado de blanco. No era un blanco natural, más bien tenía una tersura parecida al polvo de perla que resaltaba el volumen, borrando por completo los gestos. La cantidad de gente aglomerada ante la puerta indicaba la popularidad de la jugadora.

—Oye, ¿no es tu esposa?

Se me ocurrió que sí, pero no estaba seguro. Mejor dicho, no quería reconocerla, si fuera posible. Además, quedaba otro cuarto. Al doblar la esquina con pasos agitados, me enfrenté a la foto de «Casuaria», que no se asemejaba en nada a mi esposa. Entonces, ¿«Mujer Máscara» era mi esposa? Me sumí en una sensación desesperante, como si innumerables arañitas salieran por todos los poros de mi cuerpo. Aunque me creía capaz de soportar cualquier desgracia, la realidad supera cualquier expectativa.

Daría otra vuelta.

«Museo de Muñecos»… «Mujer Tsunami»… «Magma»… «Lago del Cisne»… Ninguna podía ser mi esposa. Otra vez «Mujer Máscara»… De nuevo me pareció de cuerpo hermoso, de complexión bien proporcionada. Ciertamente, se parecía a mi mujer. Pero si de veras fuera mi esposa, lo habría intuido enseguida con una sola mirada rápida a la figura, aunque fuera de espaldas. Algo no me convencía del todo.

—Tiene que ser esta, ya que no hay otra.

A lo mejor tenía razón. Pero todavía no había prueba alguna de que mi esposa se encontrara entre las seis vigorosas clasificadas en la eliminatoria. No estaría de más prepararse mentalmente para lo peor.

—Qué extraño. ¿Por qué piensas tanto si se trata de tu esposa?

Claro que era extraño. Pero la esposa es algo que siempre existe como un conjunto de personalidades. Por más bonita que pareciera, lo que salía en la foto no era más que un pastiche muy elaborado de fragmentos del cuerpo, y era imposible hacerlo coincidir con mi mujer. Para colmo, la pintura espesa del blanco perla seguía impulsando una sangre ajena a las cuatro extremidades. Seguramente ya había sufrido una alteración de carácter también.

.

—Qué raro que estén los tres juntos. Oye, pásame en limpio el borrador pronto.

Sin preámbulo alguno, el subdirector estaba de pie, justo detrás de nosotros. La secretaria se puso un poco más seria, pero sin asombro.

—Hice dos copias mecanografiadas de la conferencia de mañana y mandé una a la junta… ¿Quiere que le saque unas cinco copias más?

—Suficiente.

¿No habían dejado de ser cómplices? La niña alzó la mirada hacia el subdirector, emitiendo una risa sigilosa y aduladora. Me sentí defraudado. Ante el desarrollo espontáneo del encuentro, me quedé tan desconcertado que no pude formular ninguno de los interrogantes que había preparado de antemano en forma de lista.

—Me sería de gran ayuda si me indicaras el modo de averiguar los nombres de las jugadoras.

—Bueno, ciertamente, inventaron unos códigos extravagantes. Quizá haya expertos en baño turco o poesía moderna entre los organizadores —dijo el subdirector en un tono cínico, pellizcando con brusquedad las orejas de la niña—. Te has vuelto una miseria, pobrecita…

El público se dividió en dos para dejar paso al trío de cabezas rapadas y pantalones deportivos que venían corriendo casi con las rodillas abrazadas, típica postura de carrera con los zapatos de salto. Al reconocernos, los tres se llevaron al mismo tiempo la palma de la mano a la sien y la movieron adelante y atrás como si fuesen orejas de elefante. El subdirector le habló a uno que llevaba un manojo de periódicos en el cinturón que le cruzaba sobre el pecho.

—¿Me regalas un ejemplar?

—No puedo, son para mañana.

Se fue el trío y se normalizó el flujo del público.

—Por lo que veo, estás interesado en alguna de las jugadoras.

La secretaria respondió en mi lugar:

—Puede ser su mujer.

—Ya veo —el subdirector mostró una sonrisa cínica mientras miraba la foto del tablero—. Pero sigues redactando los cuadernos todavía, ¿verdad?

—¿Qué quieres decir con ese «pero»?

—Quiero decir algo como sin embargo. ¿Quieres que nos asomemos al interior? Aquí tengo billetes de sobra. Yo también tengo un interés particular en esta «Mujer Máscara» —luego, dirigiéndose a la secretaria—: Oye, lleva a la niña a la sala de descanso y espéranos ahí tomando un café.

La secretaria me pisó con todo su peso el empeine de los zapatos de salto y dijo:

—Solo voy a esperar cinco minutos. Fíjate bien en tu reloj. Quiero que me acaricies con toda tu ternura. Creo que tengo derecho.

La niña se volvió con una mirada suplicante desde la silla de ruedas, mientras se alejaba empujada por la secretaria. No supe a quién dirigir la mirada. La niña era bizca, además de tener los ojos separados. Me sequé las lágrimas. Fue por dolor del empeine, pero el subdirector lo malinterpretó:

—Ya no te voy a reprochar. Pero, sabes, a veces hace falta cierta crueldad. Los médicos nos hacemos crueles y los pacientes nos soportan… Es la ley de supervivencia.

.

Abriéndonos paso entre el gentío que miraba con envidia nuestros billetes, empujamos la puerta del cuarto de la «Mujer Máscara» y nos encontramos en una recepción rodeada de telones negros por los cuatro costados. Levantamos un telón negro y nos enfrentamos a otro telón negro. Tras avanzar así, descorriendo uno tras otro los telones negros a diestra y siniestra, sin saber si existía algún orden en ese caos, desembocamos en un sitio con paredes de baldosines blancos, semejante a un salón de clase en gradas, donde se daría un curso de anatomía. Al frente se instalaba un tubo en forma de medialuna, cubierto por entero por espejos combinados y lo rodeaba el público que desbordaba el salón.

El altavoz emitió un anuncio con voz seca y neutral:

—Pronto se acaba el descanso de tres minutos. Tomen asiento, por favor.

El subdirector no se podía sentar, de todas maneras. Decidí seguir de pie también.

Se apagó la luz y se esfumaron los espejos del tubo, dejando una cama amplia en el centro. ¿O eran espejos? Sobre la cama se acostaba una mujer desnuda con el rostro pintado de blanco, al igual que en la foto de la puerta, estirando las piernas hacia el público. Sentí que un temblor se expandía desde el centro de mi cuerpo como ondas en el agua. Lo disimulé con el cuerpo tenso para que no se percatara el subdirector, pero a cambio me empezaron a crujir las muelas como una lavadora eléctrica.

—¿Cómo ves este espectáculo? Es flaca a simple vista, pero me han dicho que ganará por un amplio margen al «Museo de Muñecos», que ocupa el segundo lugar.

De la entrepierna medio abierta con una de las rodillas alzada salía un objeto metálico con cables. De un aparato contador, colocado en la cabecera, salían en ramas varios cables con electrodos que se sujetaban a la rodilla, la cadera y los hombros. La mujer tenía su encanto y belleza aun en esa postura de bailarina presa por un haz de marcianos.

Desde el fondo aparecieron dos médicos de bata blanca para sacar el aparato de la entrepierna y revisar el contador. Uno de ellos le pellizcó un pezón a la mujer con el cariño de un viejo amigo, diciéndole palabras alentadoras. La mujer se encogió en acto reflejo.

—Qué extraordinaria. Todo el tiempo se encuentra a punto de entrar en un orgasmo.

—¿Se puede curar?

—Se trata de una enfermedad de ciertas pacientes, originada en la renuncia a su personalidad, que a decir verdad ni siquiera es una enfermedad. No es ni objeto de tratamiento, ni creo que haya necesidad de curarla.

—Qué barbaridad.

—¿Estás seguro de que es tu esposa?

—No estoy muy seguro, no sé por qué…

—Qué hombre tan dubitativo. A propósito, tu esposa… según me han dicho en la sección de nervios sexuales, padecía de una especie de manía violatoria…

—¿Supiste en dónde la tenían?

—Mira, ¿te acuerdas de la grabación realizada en la sala de espera que hemos escuchado juntos? Ese ruido, como el de la caída de un bolso de fécula, fue producido por tu esposa al desplomarse, así lo hemos supuesto. Se desmayó con una ligera conmoción cerebral y, cuando volvió en sí, se dio cuenta de que estaba rodeada de hombres enmascarados de blanco. A pesar de que solo se preparaban para aplicarle un tratamiento quirúrgico, pensó que la iban a violar entre todos. Y enseguida entró en celo permanente. Según me han explicado, la manía violatoria no es sino un celo defensivo para protegerse del miedo a ser violada, sabes. Es decir, se trata de un celo compensatorio que mata un veneno con otro veneno.

—Tonterías.

—Oye, te has puesto bravucón —el subdirector volvió la cabeza sobre sus hombros con la espalda derecha y me miró con la cara mimética de un camello, inflando y desinflando sucesivamente el labio superior—. Tú también estuviste echando una cana al aire durante la ausencia de tu esposa. Quién sabe qué hacías todo ese tiempo con la niña del cuarto ocho en algún asilo escondido en el sótano.

—No hice nada que me avergüence.

—No grites —gritó el subdirector. Algunos espectadores se volvieron con miradas de reproche—. Puedes hacer lo que quieras con esa niña, que está a tu disposición. Bueno, todavía me da un poco de celos, pues es tan fresca y tierna como un zumo recién exprimido… Pero ya he tomado la decisión de cambiarla por otra, por la ganadora del concurso de esta noche… La mujer poseedora del récord de orgasmos y el hombre caballo… esta pareja resalta mejor mi propósito. ¿Tú qué crees? Hasta donde he preguntado, todos me han apoyado en la idea…

—Desconozco tu propósito.

—Cómo es posible. Está programado para la ceremonia de mañana. Luego del discurso inaugural del aniversario, yo, como hombre caballo, fornicaré, delante de todos los participantes, con la ganadora de este concurso. Yo mismo daré el ejemplo supremo de esta evolución retrógrada.

—No es más que un juego de monstruos.

—Oye, eres un hueso duro de roer. ¿Cuándo vas a comprender lo feo que puede resultar un cuerpo sano? Mientras la historia de los animales es un proceso de evolución, la Historia Humana no es sino una evolución retrógrada. ¡Vivan los monstruos, que son encarnaciones de los grandes débiles!

Se escuchó un timbre. Se apagó la lámpara verde de «En preparación» y a cambio se encendió una roja de «En acto». Conducido por una enfermera robusta de piel morena, un hombre de mediana edad, bajo de estatura y gordo, con la cabeza medio calva, apareció tímido por la puerta lateral. Los vellos púbicos le hacían un remolino sobre el pene erecto, tapado a medias por sus manos temblorosas. Cuando la enfermera se las quitó de un manotazo, el pene abrillantado perdió su vistosa luminosidad.

El subdirector dijo con un chasquido:

—Imbécil, está demasiado nervioso.

La enfermera untó aceite en el pene y le dio una frotada para darle bríos. El público explotó en risa al ver que el pene recuperaba el brillo. La mujer abrió las piernas ante una señal, y la enfermera se le acercó para aplicarle una lavativa, quizá algo de lubricante, al órgano de color alquitrán que tenía entre las piernas. Le corrieron unas ondas convulsas, como si fuesen bolsas de agua, desde el vientre hasta las costillas.

—¿No tienes cómo averiguar los antecedentes detallados de esa mujer?…

—¿De qué sirve a estas alturas?

El hombre de mediana edad trepó a la cama, con las nalgas expuestas a las miradas de los espectadores, y se arrodilló entre las piernas de la mujer, mientras esta torcía el cuello hacia la derecha con los puños cerrados. Se me hizo conocida esa figura, pero no podía estar seguro. El hombre ajustó con torpeza la posición de la cadera y del cuello antes de empezar a masturbarse. Al parecer el pene ya estaba fláccido. El público soltó carcajadas burlonas y la mujer levantó la cabeza para escrutar la entrepierna del hombre.

—Quizá viéndola de cerca la podría reconocer.

—Oye, ¿quieres probar? —dijo el subdirector de repente, con la voz quebrada de risa—. A lo mejor lo recuerdas a medida que el cuerpo reaccione.

La enfermera entró al escenario desde la puerta lateral, tenía una jeringa en la mano y, tras darle una palmada sonora, untó alcohol desinfectante en las nalgas del hombre intimidado. Pero ahora, yo era el centro de la atención del público. Un hombre con el cuello escayolado, sentado justo delante de nosotros, estiró el brazo hacia mi pene y gritó:

—Está erecto. Está listo para hacer la jugada.

—No inventes.

El subdirector me empujó hacia el pasillo de gradas resbalosas, de unos cuarenta centímetros, armadas con tubos de acero inoxidable, sobre las cuales apenas podía mantener el equilibrio. Alguien me tironeó de la camisa, cuyos botones saltaron desgajados. Para sostenerme de pie no me quedaba más remedio que ir bajando las gradas hacia el escenario. Me quitaron el cinturón y me arrancaron la camisa. Me abrieron la bragueta y me bajaron los pantalones, que se enrollaron a mis pies. Cuando logré sostenerme de pie a duras penas sobre el piso, me encontraba vuelto una miseria con los calzones, los zapatos de salto y solo un jirón de la camisa. Se cruzaban gritos obscenos y exclamaciones alegres, que parecían llegar desde interior de los espejos. La mujer se incorporó sobre los codos y con el rostro blanco ladeado lanzó una mirada inquisitiva al exterior a través de las piernas del hombre de mediana edad. Cuando la enfermera, perpleja, dio una señal hacia el fondo, se apagó la luz en el interior, convirtiendo el tubo de cristal en espejos combinados. ¿Cambiaría el sentido del espejo? ¿Me reconocería ella?…

De espaldas a los espejos, agarré el tubo de acero que guardaba bajo el brazo, y subí las gradas de nuevo, blandiéndolo a ciegas para espantar a los espectadores. Ya habrían pasado los cinco minutos de gracia otorgados por la secretaria. Acudiría a su lado para entenderme con ella y enseguida volvería para emprender la embestida. Al decirlo para mis adentros, estaba consciente de que no eran más que evasivas. Hubiera podido irrumpir en el interior del tubo, rompiendo los espejos. Pero opté por retroceder. No sé por qué. A lo mejor ni traté de explicarme.

Varias veces sentí rebotar el tubo y escuché unos alaridos. Atravesé los telones negros a la carrera, esgrimiendo el tubo de acero.

.

Me encontré en la penumbra, con una tenue luz reflejada sobre el cielo raso, y apenas pude distinguir las manos con los brazos estirados. Corrí golpeando de cuando en cuando los telones negros para evitar cualquier emboscada. Aunque no había señales de persecución, el espacio estaba dividido por tabiques de una forma intrincada. Avancé por un laberinto interminable, pasando por la esquina de un corral de dos metros cúbicos y pegándome contra las paredes laterales, sin atinar nunca las leyes que regulaban la distribución de los tabiques. Al recordar que el subdirector no tardó ni un minuto para dejar atrás todo esto, se me fue acumulando la impaciencia que me desorientaba aún más, dejándome en estado de confusión.

De repente se escuchó un gemido femenino que sentí profundo y triste a través de los telones negros, como un ladrar del viento. Lo asocié con el grito del ventarrón helado que cimbraba los cables eléctricos aéreos en un día despejado de invierno, produciendo unos alaridos aterradores. ¿El hombre de mediana edad recuperaría su virilidad gracias a la inyección? ¿O entraría algún otro jugador? Seguí caminado a ciegas, enrollándome y quitándome sucesivamente los telones negros. Insensible por completo, ya no quería saber si huía de mi esposa o retrocedía hacia ella. La voz se alejó de un momento a otro y me quedé frente a la puerta.

Afuera seguía el mismo bullicio. Me escudriñaron con miradas entrometidas los que no habían conseguido billetes. Tenían toda la razón para sospechar, puesto que me había fugado del sitio casi desnudo, con los ojos desorbitados, adonde cualquiera hubiera deseado asomarse a cualquier precio. Deposité el tubo de acero con sigilo sobre el piso y decidí avanzar a contracorriente, con los brazos sujetos a los costados. Con suerte me lo tomarían por ejercicios físicos.

Había menos gente en la sala de descanso. No estaba la secretaria. Miré el reloj y me di cuenta de que ya llevaba media hora de retraso con respecto a la hora prometida. ¿Se habría marchado a algún lado, aburrida de la espera? Brinqué casi hasta la altura del techo, aprovechándome de la potencia de los zapatos de salto. Al tercer intento crucé la mirada con la mujer de la blusa marrón claro, agachada en un rincón. No, no estaba agachada, sino sentada en la silla de ruedas, leyendo un periódico. Me dio mala espina. Brinqué de nuevo, pero no encontré a la niña del cuarto ocho en ningún lado. ¿La habría abandonado o entregado a alguien en venganza por mi incumplimiento? Me abrí paso con rudeza para atravesar la sala, ignorando los insultos de la gente molesta. Al reconocerme, la secretaria me recorrió de arriba abajo con una mirada hilarante y me entregó el periódico a medio leer sin pena alguna.

—Mira, el periódico de mañana.

Entre la cobija escarlata y la cadera de la secretaria reposaba un bulto rosado con textura de paté. Estaba encima de la niña. Fuera de mí por un sentimiento que oscilaba entre ira y angustia, le tiré del brazo con desesperación y la levanté con violencia. Hubo un crujido de coyuntura dislocada, y la secretaria casi se quedó en vilo, arrastrada desde el busto por la fuerza y se cayó debajo de una mesa, lanzando un chillido estridente. Tomé en los brazos a la niña en la silla de ruedas y pude comprobar que tenía pulso y dejaba escapar gemidos débiles. Estaba viva. Estiré despacio las partes que me parecían corresponder a las extremidades. Recuperaría la forma humana con un poco más de atenciones.

Desde el gentío salieron abruptamente tres jóvenes de pantalones deportivos. Uno tendió la mano a la secretaria mientras otro se me acercaba en posición de karateca. El último me lanzó un puño de costado con un silencio absoluto. Al pelo ladeé el cuerpo para esquivar el ataque y, en el mismo momento en que quise acostar a la niña en la silla de ruedas, el de enfrente se me abalanzó con un cabezazo. Logré tragarme a duras penas el vómito que me subía desde el vientre, pero la conciencia se desmoronó en la náusea. Alcancé a ver el color rojo gladiolo en los rostros de la gente que estaba congregada. Desde lejos me llegó al oído la voz cantada de la secretaria, segundos antes de que me atraparan en un bolso de caucho más grueso que el del corsé del subdirector.

—Di la tabla de multiplicar.

Alguien empezó a pronunciar una alocución fúnebre por mí:

—Dos por dos cuatro, dos por tres seis, dos por cuatro ocho, dos por cinco diez…

.

.

Recuperé la conciencia en la oscuridad. Al cabo de varios tanteos, sentí las ruedas de la silla y recordé lo que me había pasado. Me quedaba un dolor agudo por debajo de las costillas. Mientras me acariciaba el estómago, abrí la maleta colocada debajo del asiento para sacar la linterna y me cercioré del estado de la niña. Se encontraba tan distorsionada como un muñeco de caucho sobreinflado, pero percibí su respiración al acercar los oídos a la masa. Se me erizaron los vellos de todo el cuerpo como si me corriera una descarga eléctrica. Estuve a punto de lagrimear ante la emoción absurda de encontrarme al fin a solas con la niña. Metí un dedo entre los pliegues de la barbilla y la acaricié con ternura. La niña entornó los ojos y parpadeó varias veces seguidas, como enceguecida. Cuando le besé los pezones que parecían cicatrices, produjeron unos sonidos hondos, como si pisara los restos de un balón agujereado.

Exploré el espacio con la luz de la linterna. Se habían esfumado las sillas, las mesas, la barra y el amontonamiento de las botellas vacías y los vasos de papel, sin dejar rastro alguno. A cambio se extendía sobre la superficie del piso una capa gruesa de mugre acumulada desde hacía años, intacta, sin una huella siquiera, ante lo cual me inclinaba a sospechar que no había sido más que una fiesta de fantasmas la bulla de la noche anterior. Sin embargo, la distribución del espacio era tal como la recordaba, y tanto la niña casi aplastada sobre la silla de ruedas como la marca nítida del cabezazo en el estómago desmentían mi sospecha. Para colmo, encontré el mismo «periódico de mañana» estrujado, tirado al lado de la silla.

Agudicé mis oídos, pero no capté ningún sonido en ese espacio sin límites, sumergido en un silencio eterno.

Pensé en dar una vuelta por el lugar donde había sido el concurso, pero no deseaba enfrentarme al vacío absoluto al regreso, con la niña y la silla de ruedas desaparecidas, al igual que los objetos de la sala de descanso. Palpé a la niña y sentí la piel seca y polvosa. A medida que le pellizcaba por donde podía, me daba la sensación de devolverle la forma humana original, como si estuviera haciendo un muñeco de arcilla. Murmuró algo. Acerqué mi oído hasta la parte que parecía emitir el sonido.

—Tócame…

Escondidas por debajo de varias capas de carne y piel fláccidas en torno a los huesos derretidos, era imposible saber dónde estaba la entrepierna. Palpé la masa, abriendo un pliegue tras otro y seguí acariciándola durante un largo rato. Se le aceleró la respiración y se le puso húmedo el cuerpo antes de quedarse dormida.

.

Desarrugué el «periódico de mañana» para extenderlo sobre el piso. En la primera plana encontré la descripción minuciosa y detallada del coito vehemente entre el hombre caballo con dos penes y la «Mujer Máscara», poseedora del récord de orgasmos. A pesar de que se limitó al uso exclusivo del pene auxiliar sin poder dominar los dos al mismo tiempo a causa del corsé, el hombre caballo hizo una actuación impactante, suficiente para dejar admirado al público. Entre paréntesis estaba la firma de «caballo».

.

Sin embargo, no debo admitir el pasado, que no ha comenzado todavía.

.

Me puse en marcha, empujando la silla de ruedas. Me creo bastante conocedor de este edificio. Estaba en el segundo piso y tenía que buscar una salida, fuera para abajo o para arriba. Como las escaleras se encontraban demolidas casi por completo, debía encontrar el hueco dejado por el inodoro. Seguí caminando, y mientras lo hacía, tracé un mapa mental, agregando y borrando líneas. Encontré pocos baños a mis pasos, a pesar de que tenía que haber al menos uno en cada cuadra. Y en los baños que logré ubicar, los inodoros estaban bien instalados, imposibles de levantar en lo más mínimo.

.

Al cabo de docenas de horas de caminata, la luz de la linterna empezó a debilitarse. El optimismo inicial se precipitó barranca abajo, y se me convirtió en un miedo asfixiante. Encendí el micrófono escondido e hice una llamada, al principio sigilosa. Pregunté la dirección en un tono casual, sin dirigirme a nadie en particular.

Cuando me cansé, lo apagué para abrazar a la niña en secreto. A veces entraba en erección. Los pliegues de la niña se ahondaban, alejándose cada vez más de la figura humana.

.

Al fin se me acabó la pila de la linterna. Sin querer empecé a gritar contra el micrófono escondido, olvidado de todo. Me dirigía al caballo. Acepté mi estado enfermo y le seguí diciendo a voz en cuello que me haría un paciente ejemplar.

.

Sin poder ver el reloj, ya no sé cuántos días han pasado. Me he quedado sin comida ni agua. Aun así, apago el micrófono escondido para abrazar a la niña cuando me siento cansado. La niña ya casi no reacciona. Pronto se me acabará la batería del micrófono escondido y podré abrazarla a mis anchas sin preocuparme por oídos ajenos.

Muerdo la cobija hecha con los restos de la madre de la niña, lamo la gotera de la pared de concreto y me agarro a estos encuentros secretos solitarios que ya no serán objeto del reproche de nadie. Aunque no lo quiera admitir, seguiré muriéndome sin parar, con absoluta certeza en el pasado llamado mañana, dejado atrás por el «periódico de mañana». Agarrado a estos encuentros secretos, solitarios y compasivos…

(1977)

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

This site uses Akismet to reduce spam. Learn how your comment data is processed.