Encuentros secretos (VI)

Kobo Abe

 

 

Tanto el caballo como yo estábamos gravemente heridos. Nos mirábamos frente a frente sin tratar de disimular nuestras respiraciones entrecortadas y aceleradas; el caballo estuvo de pie desde el comienzo y yo sentado en una silla. El primero en desviar los ojos fui yo, pero no lo hice con otro propósito que el de ajustar la posición de los lentes de contacto.

—Oye, ¿por qué sigues ahí de pie? Me estorbas la vista.

El caballo se aflojó el cinturón y, tras abrir la bragueta, se bajó los pantalones hasta la altura de las rodillas, levantando los bordes colgantes de la camisa. Un corsé de caucho sintético, de cinco milímetros de grosor, le cubría el cuerpo desde las costillas hasta la mitad de los muslos. Sobre la superficie del corsé corrían varios manojos de cables enrevesados, que se juntaban de punto en punto con electrodos dorados. Por la entrepierna se veía una pequeña abertura, como la de un buzón pero vertical, de la cual colgaban unos estropajos metálicos, y un pene en forma de chorizo chino, mohoso.

—¿Qué se puede hacer?

—Ya, ya, por favor, súbete los pantalones.

Se puso el cinturón de microcomputador sobre el corsé, ajustado por unos relieves y enganchado hacia la mitad inferior del cuerpo auxiliar. Esto lo logró mediante el sistema de mantenimiento de vida (una máquina portátil, ajustable, con batería para seis horas de uso), que produce, según el caballo, el incremento de las sensaciones. Cada tres días hacen un lavado completo del corsé en la sección de órganos artificiales, pero una vez puesto, ya no le queda más remedio que estar de pie o acostado, ya que él mismo no se lo puede poner ni quitar. Si algún día llegara a tener la generosidad necesaria para perdonar al caballo (esperanza remota, admito), quizá intentaría diseñar una silla especial para que pudiera descansar de pie.

El caballo dijo, subiéndose los pantalones:

—Bueno, si me lo afirmas con tanta contundencia, te voy a someter al detector de mentiras, como me has pedido.

—Cómo no.

A decir verdad, quería marcharme cuanto antes, preocupado por el estado de la niña del cuarto ocho, que ya llevaba esperándome casi cinco horas en el sótano. Aunque le dejé suficiente provisión de agua y comida, estaría aburrida y, mucho peor, desesperada por la soledad. Era posible que el asilo se inundara con esta lluvia.

Sin embargo, los cabezas rapadas, dominados por la secretaria, estarían escondidos alrededor de este edificio, pendientes de mi salida, y yo no podía estar seguro de poder despistarlos aquí, debido al escaso conocimiento que tengo de la localización. Por fortuna, la que era mujer del caballo, experta en detectores de mentiras, se hospedaba en la casa que quedaba al lado del laboratorio de investigaciones psicolingüísticas. Como el aparato pertenecía al laboratorio, me someterían a la prueba ahí mismo, en el edificio blanco rectangular, ubicado al este de la sede central, al frente del cementerio del hospital, donde hay una calle de por medio. Desprovisto de ventanas y puertas para bloquear luz y sonido, solo se podía entrar por un pasillo subterráneo. De ahí me sería fácil despistar a cualquier perseguidor, sacando provecho de la topografía del cementerio.

Desde luego, no iba a someterme a la prueba. Con cualquier pretexto echaría afuera al caballo y convencería a la señora de que le convenía suspender o aplazar la prueba.

Creo que hasta entonces yo tenía una idea distorsionada acerca de la señora del subdirector. Me habían dicho de antemano que era una mujer de una inteligencia abrumadora, a tal grado que pasó de paciente ordinaria, mecanógrafa de profesión, a investigadora de planta solo con presentar una tesis titulada: «La lógica de las mentiras: la aplicación a la estructura mediante la ceremonización». Teniendo en cuenta el hecho de que se separó del esposo con el inclemente pretexto de su impotencia, no pude dejar de imaginármela como una escuadra trajeada.

Nada más conocerla, me di cuenta de mi error. Salvo la nariz y el labio superior que parecían ágiles y obstinados, su figura era más bien holgada, cubierta sin disparidad por una capa de tejido adiposo, con los ojos pesados de melancolía como uvas maduras y una voz suave, enrarecida por la respiración. Las solapas de su bata blanca relucían con frescura de almidón a la hora avanzada de la tarde.

Cambié de plan y decidí someterme a la prueba. Creo que estaba a punto de asfixiarme en busca de que todo fuese normal, así como un ahogado que se aferra al aire. No solo estaba harto de lo anómalo que sucedía en torno al caballo, sino de la incertidumbre que me hacía dudar hasta del equilibrio de mi propia figura reflejada en el espejo.

Al fin y al cabo, podría rechazarla cuando me hicieran preguntas comprometedoras.

La conducta de la señora resultó tal como había esperado. Me reveló el motivo de su separación sin ocultar nada. El mismo día en que contrajeron el matrimonio, la pareja formalizó un extraño acuerdo que consistía en sostener todas sus conversaciones sometidos al detector de mentiras. Según la señora, fue una decisión ingenua, ajena a celos o sospechas, basada en el amor claramente confirmado. Trataron de eliminar las artes verbales de la mentira, no para reprocharse, sino para perdonarse mutuamente.

Contra toda expectativa, el resultado fue un desastre. Día tras día se fue desmoronando la intensidad entre los dos hasta quedar solo el vacío, como el de una cinta virgen.

—No es que cambiara algo sino que, como te diré… nos quedamos como unas lámparas sin luz. Sabes, me parece que el detector de mentiras congela la vida, porque divide todo entre cara y contracara: la verdad es el anverso, la mentira el reverso.

—Qué cosa tan desabrida.

—Con el computador sucede lo mismo. Sí o no, cero o uno: es todo. Esto funcionaría si no existiera contradicción entre razón y sentimiento. Pero ¿qué sería un hombre despojado de esa contradicción? Si solo nos dejaran los hechos evidentes, aniquilando verdades y mentiras…

—Tienes una manera muy lógica de pensar.

—Me produce odio lo lógica que soy.

Al perder el diálogo, la pareja también perdió el imán: sin atraerse ni repelerse, solo guardaron sus almas secas como si fuesen insectos muertos. El subdirector cayó en una impotencia incurable y la directora del laboratorio de investigaciones psicolingüísticas recetó la separación por el bien de los dos.

—Esa tesis, «La lógica de las mentiras…», ¿la escribiste a partir de esa experiencia?

—¿La leíste?

—No entendería nada…

—Sabes, existen mentiras sociales, como los casos de las parejas que denominan «boda» a la inauguración de sus actos sexuales o «luna de miel» a la ausencia temporal para dedicarse a sostener coitos desenfrenados. Esos términos borran por completo el carácter obsceno de los actos sexuales. El cerebro humano fácilmente otorga un salvoconducto al sexo convertido en ceremonia.

—Es la segunda vez que escucho esa palabra, cerebro humano…

—La escuchas otra vez y te enfermarás del corazón —se rio mientras terminaba el arreglo del aparato—. ¿Podemos comenzar?

—Adelante.

Se inició una larga serie de preguntas monótonas y tediosas. ¿Te gustan los perros?… ¿Ahora es de día?… ¿Está lloviendo?… ¿Has comido tomates?… ¿Te limpias los dientes antes de lavarte la cara?… ¿Soñaste en colores esta mañana?…

De repente me tomó por sorpresa con una pregunta inesperada.

—¿Quieres acostarte conmigo? —Al ver que me quedé mudo, la señora del subdirector examinó las ondas del papel enrollado y sonrió mordiéndose el labio inferior con sus dientes blancos—. Ahora mientes.

—No he contestado nada.

—Cualquier respuesta termina siendo una mentira.

—No seas tramposa.

—¿No ves que el adulterio es el peor enemigo del cerebro humano?

—Hazme otra vez la misma pregunta.

—¿Quieres acostarte conmigo?

—Sí.

—Qué extraño…

—¿Ves que no miento?

—Será por alguna recaída del cerebro humano. Mejor dicho, el detector de mentiras cumple la función ceremoniosa.

—¿Por qué no me haces la última pregunta?

Sin embargo, a cambio de la última pregunta, la señora apagó la máquina y retiró los cables de mi cuerpo.

—Supe desde el comienzo que no ibas a responder.

Hablaba con la garganta estrujada, como si se dirigiera a alguien que andaba lejos. Se me ocurrió que era consciente del micrófono escondido. Era probable que no suspendiera la prueba por mí, sino a modo de una apelación al subdirector para manifestar que, curada su impotencia, el caballo debía regresar de inmediato a su lado. Al imaginarme la escena en que el caballo fornicaba con el pene de repuesto, me pareció que era la pareja más lujuriosa del mundo. Y, cosa curiosa, utilizaba en este caso la palabra lujuriosa en sentido positivo, equivalente a añeja o madura.

—¿Todavía quieres acostarte conmigo?

Me quedé sin respuesta, vaya a saber por qué. ¿Sería porque se acabó la ceremonia en el momento en que me liberaron de los cables? Luego, la señora, un tanto tímida, me pidió permiso para fotografiarme y disparó unas cinco veces la polaroid desde varios ángulos para retratarme de cuerpo entero, y vestido solo con mis calzones. Sentí una pequeña desazón ante la idea de que ella, de noche, miraría embelesada las fotos cuando estuviera sola en su habitación. Me pareció un desperdicio dejar abandonado un cuerpo tan holgado, pero a la vez no pude dejar de pensar que la soledad le sentaba bien.

.

Con cierto afecto dejé a la señora a la puerta de la casa donde se hospedaba y desanduve el camino para tomar la calle que bordeaba el cementerio. Bajo los escasos faroles de mercurio, la línea recta de la vía asfaltada permanecía negra como agua de canal. Era una negrura absoluta en que un gato negro podría pasar desapercibido. Crucé despacio la calle, ganando la acera colindante con el cementerio y, tras pasar el muro de cemento que me llegaba a los hombros, me escondí entre las ramas tupidas del cerezo para mantenerme al acecho. Como esperaba, a los tres segundos, cinco siluetas cruzaron la calle en dirección hacia donde yo estaba. ¿Serían los mismos asesinos de mi antecesor o, tal vez, el cinco era el número preferido de la secretaria?

Durante un buen rato avancé pateando piedras o haciendo sonar las ramas de los setos, para atraer a mis perseguidores, y de repente me puse en carrera. Desde luego no corrí por la vereda, sino que la ignoré por completo, saltando lápidas en línea recta como lo hace el corredor de vallas. Con este clima no había peligro de toparse con las parejas de encuentros secretos. Había escampado y la media luna, asomándose de cuando en cuando entre las nubes movedizas, resaltaba los perfiles de las lápidas. Yo podía avanzar sin parar gracias a los zapatos de salto, pero la altura de las lápidas frenaría cada rato a los perseguidores que llevaban zapatos deportivos corrientes. Tarde o temprano podría dejarlos atrás. Además, las veredas eran intrincadas como un laberinto, consecuencia de la distribución arbitraria de las lápidas, y desacorde con el diseño geométrico de sus filas, que imposibilitaba su regulación en orden simétrico. ¿Qué clase de negación tendría el arquitecto de este cementerio al contacto entre los muertos? Al saltar una lápida, orientándose por su forma, ni los vivos distinguirían de inmediato hacia cuál debía enfilar para seguir corriendo en línea recta. En la medida en que yo incrementara la distancia, los cinco muchachos se dispersarían desorientados hacia rumbos diferentes y me perderían de vista, persiguiéndose unos a otros.

Seguí corriendo ágil y liviano, serenando la respiración y marcando el ritmo con las rodillas. Estaba seguro de que pronto se alejarían confundidos los pasos de los perseguidores, que ya no sabrían qué hacer; pero las cinco carreras, igual de livianas y ágiles, se me acercaban pisándome los talones como si fuesen mis propias sombras. Sin poder creerlo, aceleré la marcha, y los demás también aceleraron la marcha. Cambié de dirección, y los demás hicieron un viraje instantáneo como lo hace un cardumen en el mar. Sospeché que habían conseguido zapatos de salto por medio de algún colega mío que habría realizado alguna maniobra clandestina a mis espaldas. ¿O los habrían pedido ellos mismos? ¿Por qué no me lo hicieron a mí? Como vendedor a cargo, les habría cobrado comisión y lo habría reportado a la empresa para destacar mi rendimiento.

Poco a poco me iba quedando corto de respiración. A medida que se familiarizaban con mi método de carrera, empezaron a acorralarme en un rectángulo, como perros de caza en persecución de conejos. Cada vez que cambiaba de dirección, se me acercaba un nuevo perseguidor. En este estado de desamparo, de uno contra cinco, tarde o temprano tendría que rendirme. Pero su objetivo no consistía en atraparme sino en mantenerme en fuga hasta que me resignara, agotado, a volver a mi refugio escondido. ¿Qué sucedería si me marchara adonde fuera sin volver al lado de la niña del cuarto ocho? Desesperada por mi traición y asustada ante la presencia de un montón de ratas, empezaría a pedir auxilio con gritos desgañitados. No caería en esa trampa. Pero ya estaba metido en un callejón sin salida.

Pero, a ver, ¿acaso yo mismo no era el jefe de guardia con tres rayas negras? Estaba en condiciones de mandar a los muchachos. Quién sabe qué les habría inculcado la secretaria en la mente, pero valdría la pena lucir aquí mi autoridad. No perdería nada al probarlo.

Monté sobre una lápida (algo como una campana cayó rodando) y en cuanto me volví les ordené a viva voz:

—Alto, todos. No se muevan.

No había necesidad de repetir. Quizá lo hice en el momento más oportuno, con la mejor entonación. Los perseguidores se dispersaron en la oscuridad, hechos siluetas petrificadas. Se escuchó el canto de los grillos. Fue la primera experiencia para mí, y quizá también para ellos. Mi antecesor se habría salvado de una muerte tan patética si hubiera sabido mandar.

.

Corrí en la oscuridad, bordeando un pabellón, hasta llegar a las ruinas del hospital antiguo. Después de cerciorarme de que nadie me seguía, con los oídos agudizados en medio del coro de grillos, atravesé una alcantarilla con agua estancada y trepé por el hueco dejado por un inodoro. Avancé a tientas a lo largo de un pasillo medio tapado por las paredes desmoronadas y, solo cuando alcancé el tubo de acero saliente del cielo raso (al pegarle el oído, cosa extraña, sonaba como una construcción de vías férreas), mi punto de referencia, encendía la linterna.

Me abrí paso entre los escombros y a los pocos minutos llegué a un corredor de concreto, al extremo del cual se encontraba la puerta de madera que conducía al refugio. Creí percibir un gemido angustioso y me disparé en carrera sin tomar las precauciones debidas. Me desconcerté aún más ante la ausencia de la reacción esperada frente a mis pasos precipitados. Empujé la puerta de madera y me di cuenta de que la niña acababa de llegar al orgasmo. Fingiendo ignorancia, la abracé con fuerza, deteniendo las muñecas que se movían sin parar entre sus muslos. Tuve la sensación, quizá falsa, de que el cuerpo rebotaba de una manera extraña, alarmado ante un posible avance de la licuefacción de los huesos. Las muñecas se paralizaron y la niña se me aferró con vehemencia. Empezó a sollozar y pronto tembló con una intensidad imposible de controlar.

.

Acabo de recorrer con la mirada los supuestos locales de la fiesta de la Víspera, desde los altos de las ruinas del hospital antiguo. Todavía se ven desiertos pese a un pequeño aumento de los concurrentes, pero me he convencido de que algún evento sí va a tener lugar, dado que se montaban tiendas al aire libre, y se preparaban estufas portátiles de gas.

Trato de engañar el hambre con pan de curry y jugo de manzana. Para evitar que la niña se encoja más, le pongo el respaldar de la silla de ruedas en posición horizontal y le aplico un masaje, pero al notarle los síntomas del celo lo dejé en menos de tres minutos. Con los auriculares puestos en los oídos, la niña dormita escuchando la radio, que ahora capta mejor las ondas gracias a la antena que he armado con el conducto de ventilación.

Seguiré haciendo apuntes en el cuaderno.

Todavía no me explico bien por qué permanezco escondido en el sótano con la niña del cuarto ocho, sin abandonar la idea de localizar el paradero de mi esposa. Y no sería el único que no lo entendería, sino que todo el mundo se burlaría de mi contradicción engañosa.

Apenas anoche me enteré del posible encuentro entre el ladrón de píldoras y mi esposa. En este sentido, creo que el más imperdonable de todos es el caballo, tan traicionero que se hacía el tonto ante mi insistencia. No soltaré a la niña del cuarto ocho aunque sea solo por vengarme. Hoy, a primera hora de la mañana, llamé a la estancia de vigilantes para «ordenar» que reunieran toda la información posible sobre el ladrón de píldoras. Sí, les ordené. El efecto de una orden fue comprobado anoche. De ahí en adelante, salgo cada hora a la calle para informarme a través del teléfono público, pero todavía no me ha llegado ningún dato alentador.

¿O me lo sabotearía la secretaria? Hasta cierto punto es lícito sospechar que ella tramó el asesinato, no para hacerle un favor al subdirector que buscaba el relevo del médico de guardia, sino para callar de una buena vez a mi antecesor, al sospechar que este sabía algo sobre el ladrón de píldoras. Debería mantenerme alerta si, llegado el momento, la secretaria se decidiera a tomar todas las medidas necesarias para apresarme.

Aprovechando mis salidas, he entrevistado a varias personas, sean médicos, enfermeras, empleados o pacientes, que de ninguna manera se negaron a colaborar con aportes voluntarios de información, dóciles quizás ante la vistosa advertencia de las tres rayas negras de mi bata blanca. Sin embargo, todo lo que me contaron no fue más que simples fantasías. Y cuando no eran fantasías, me cargaron con análisis generales sobre ladrones y especulaciones arbitrarias en torno a posibles actos criminales con uso de píldoras robadas, que no me sirvieron para esbozar ningún plan de acción. Creo que, de todos modos, no se atreverían a revelar su ignorancia ante la pregunta del jefe de guardia. Por lo que veo, el ladrón (o los ladrones) de píldoras ha sabido manejar el asunto en secreto.

Pero tarde o temprano saldrán a flote, por más precauciones que tomen ahora. Inaugurada la fiesta de la Víspera, ya no habrá escapatoria que valga. Quieran o no, no les quedará más remedio que entregarse, puesto que han robado píldoras con miras al espectáculo que montarán en la fiesta de la Víspera. En los años anteriores, el subdirector subía al escenario a las cinco de la tarde para cortar la cinta de inauguración en medio del retumbar de los tambores pregoneros. Dentro de unas horas me enfrentaré con ellos, quieran o no quieran. Solo con la espera, me voy aproximando poco a poco a esos seres infames, sin que nadie me lo impida a estas alturas.

El problema consiste en que jamás me ha gustado la fiesta, ni siquiera cuando era niño. Para mí eso siempre tiene un presagio siniestro, pues más allá de la fiesta visible diviso otra fiesta en la que ciertos demonios nos observan con miradas torvas.

(Ingiero pastillas alentadoras y enciendo el cuarto cigarrillo de hoy. Me quito los lentes de contacto y me froto los ojos, haciendo supurar las glándulas lagrimales. La niña duerme con respiración tranquila. Me parece bien que duerma, pero temo que duerma demasiado. Espero que no sea un síntoma de empeoramiento).

Sí, fue en la mañana en que me nombraron jefe de guardia sin mi consentimiento. A fin de evitar que me tomaran por cómplice, al callarme tras la muerte de mi antecesor, quería hablar directamente con el subdirector para contarle lo que había presenciado y así no dejar dudas sobre mi inocencia. Al ver que no aparecía en la sede central, decidí buscarlo en el pabellón de condrocirugía.

A las ocho de la mañana es cuando los pabellones del hospital se ponen más bulliciosos y caóticos, con el ruido producido por el llanto de los niños reacios a la inyección, los pasos precipitados de las enfermeras en batas blancas, que pasan de un cuarto a otro con sus termómetros en la mano, los pacientes ambulantes con bacinillas, discusiones acaloradas entre pacientes y asistentas sobre si abren o no las ventanas, y jóvenes pacientes con sus penes erectos, pellizcados por las manos de las doctoras.

Subí derecho al tercer piso y toqué la puerta de su oficina, pero no hubo respuesta pese a la placa que indicaba su presencia. Giré el pomo y se abrió la puerta. Aunque ya no estaba el médico de guardia, había dos camas, tal como había espiado el primer día desde la mirilla de la buhardilla del cuarto ocho, con varios aparatos electrónicos y contadores apiñados en desorden. Me fijé en un escritorio pegado a la pared, situado estratégicamente como para ocultar una tabla, al parecer floja, que me llamó la atención. Seguramente me conduciría a la mirilla del cuarto ocho. Cerré la puerta y la tranqué con el pestillo. Me metí por debajo del escritorio y revisé la tabla. Manos inexpertas habían instalado una argolla de alambre en un extremo. Al tirarla, la tabla, que medía justo la anchura del escritorio, se desencajó sin resistencia. De este lado resultaba una maniobra sencilla, pero del otro lado sería más complicada.

Se colaba una luz. Metí despacio la cabeza por el hueco. El polvo oxidado me entró directo en las fosas nasales y, al tratar de retener un estornudo, sentí un dolor desgarrador en el pecho. Avancé tentando uno por uno los peldaños de la escalera y me quedé casi de cabeza, sosteniendo el peso con las rodillas sujetadas a la pared. Alcancé a ver la mitad del cuarto a través de las cortinas. La niña, desnuda, estaba acostada con la cadera elevada y las pequeñas rodillas abiertas, resollaba como un maratonista en medio de los fuertes vaivenes de la cabeza, frotándose la entrepierna con las manos delgadas. A sus pies estaba el subdirector con una mano sobre el muslo de la niña y la otra acariciándose la bragueta de los pantalones. Parecía emitir palabras, pero eran ininteligibles. Era una escena totalmente insólita a las ocho de la mañana.

Me apresuré a retirar el cuerpo y, otra vez de pie al lado del escritorio, caminé abruptamente alrededor de la tabla desencajada. Así, el subdirector, sin poder acudir al pasaje secreto, ocupado por algún sujeto desconocido, tendría que salir del cuarto y dar una vuelta por el exterior para dirigirse a su oficina, pero no podría abrir la puerta trancada por el pestillo: al cabo de varios intentos fallidos, que le tomarían al menos media hora, no le quedaría más remedio que llamar al personal encargado del mantenimiento del edificio.

Todo marchó tal como yo lo había previsto. Luego de confirmar que la puerta del cuarto ocho se abrió y cerró, dejé escapar dos bocanadas de aire y bajé por la escalera, ahora en una postura normal. La niña me vio sin sorpresa alguna, vaya a saber por qué. Le sonreí y me devolvió una sonrisa tímida, chupándose el dedo.

—Apúrate. ¿Dónde tienes tus cosas?

—No tengo nada.

—Cámbiate de ropa.

—No tengo más ropa que esta.

Levantó el pijama enrollado entre los dedos de un pie. Las piernas esbeltas y estiradas no mostraban ningún padecimiento en las coyunturas.

—Póntelo, entonces.

Sobre la cama, la niña, obediente, se puso el pijama, mientras yo hacía requisa de los estantes del costado. Dos bananas, la mitad de una papaya, un secador con su cepillo, dos bolígrafos, dos revistas para quinceañeras, encajes hechos a medias, una cartera de cuero rojo con una campana. Al tomar esta última, se me desprendió por la chapa desajustada todo el contenido: seis mil treinta yenes en efectivo, una insignia para señalar el tipo de sangre, el registro de paciente, un zorro dorado de tres milímetros de altura, un anillo de dieciocho quilates con una piedra que parecía sangre coagulada. Extendí una toalla para colocar una palangana encima y metí todo lo que cabía antes de empacarla con un nudo flojo. Así la podría cargar en el hombro, dejando las dos manos libres para ayudar a la niña.

—¿Puedes caminar?

La niña acababa de sentarse con los pantalones puestos. Ladeó un poco la cabeza y, sosteniendo el cuerpo con los brazos estirados, colocados sobre el borde de la cama, se deslizó despacio al piso. Se mantuvo de pie durante unos segundos, pero pronto se apoyó contra mí, extendiendo las manos hacia adelante. La ayudé con mi brazo, y la niña se sostuvo para recuperar el equilibrio; me sonrió contenta, mostrando dos dientes brillosos. Dio un paso, sostenida por mi cuerpo, mientras sacaba la lengua entre los dientes. Tenía una mugre seca adherida a las arrugas del lóbulo.

—Muy alto…

—¿Qué es alto?

—Como si estuviera mirando desde la ventana del segundo piso.

—¿Nunca has caminado con tus pies?

—Era muy gorda.

—Incapaz de caminar por tu cuenta.

—Me ha crecido el cuerpo con tanta rapidez que los nervios estresados no soportan los ejercicios continuos, me dijeron.

No teníamos tiempo que perder. Si había alguna otra puerta para entrar a la oficina del tercer piso, el director se fijaría enseguida en la tabla desencajada y descubriría lo que había pasado.

—Oye, ¿el interfono está encendido o apagado?

—Está apagado.

Tras colgar el equipaje improvisado, salí al pasillo con la niña a cuestas. Temí ser demasiado llamativo, pero resultó que una vestimenta extravagante podía pasar desapercibida en este hospital. De hecho, nadie nos dirigió una mirada de curiosidad. Además, quizá nos favoreció la hora temprana.

Sin embargo, no me arriesgué a utilizar el ascensor. Como casi no sentía el peso de la niña, abandonada por completo a mi espalda como si fuese una goma dócil, decidí bajar por la escalera y me detuve enseguida cuando me disponía a atravesar la sala de espera con rumbo a la salida. Vaya intuición. Entre el grupo de gente que esperaba el ascensor, distinguí a la secretaria. Seguramente me buscaba. Todos esperaban impacientes, mirando la aguja que señalaba la ubicación del ascensor. ¿Se quedaría detenido en algún piso para descargar bultos grandes? Los tacones inquietos de la secretaria contra el piso se aceleraban a medida que pasaba el tiempo. Que no se le ocurriera subir por la escalera al no soportar más la espera. Se trataba nada menos que de la cabecilla del asesinato del padre de la niña que yo llevaba a cuestas. En momentos así de críticos, la mirada en busca de un refugio funciona, al parecer, con una lógica inesperada, y se detuvo al instante en la continuación de la escalera, hasta entonces tapada por hileras de cajas de madera amontonadas, y que me llevaría al sótano dando una vuelta detrás de ellas.

Logré parapetarme con las cajas de madera y bajar la escalera con pasos sigilosos hasta llegar al sótano. El pasillo permanecía en penumbra sin más luz que la filtrada por las hileras de cajas. Corría una brisa helada y olía como el piso de un depósito viejo de herramientas.

—¿Adónde vamos?

—¿Dónde se te ocurre?

Sería un disparate contestar: «A perdernos». Me puse en marcha de todos modos.

—Vamos a comer bananas cuando estemos cansados.

—No hemos caminado nada todavía.

El pasillo giraba hacia la izquierda, sumergiéndose en una oscuridad más completa, y por más que los ojos se acostumbraran, apenas se podían divisar los pies. Parecía extenderse hasta la eternidad. Me extrañé al tratar de reconstruir la estructura del edificio en mi mente. Ya debía estar fuera del edificio. El pasillo jamás se había bifurcado ni tenía cuartos a los costados. Quizá no se trataba de un pasillo sencillo sino de una ruta subterránea para llegar a algún otro edificio.

—Quiero regresar.

—No podemos.

—Se me quedó la bacinilla.

—Pronto te compraré una nueva.

—¿Adónde vamos?

—¿Adónde quieres ir?

—A un sitio más luminoso.

—Pronto llegaremos.

Me sentía cansado. Tenía la sensación de haber caminado mucho, pero no estaba seguro. Quizá no había ganado tanta distancia a esta velocidad limitada.

—¿Dónde vives?

—En el pabellón tres… antes de que mamá se convirtiera en cobija.

—¿En qué?

—En cobija… esa cosa con que te arropas cuando duermes, rellena de algodón, ¿sabes?

—¿Cómo?

De repente la niña empezó a temblar en mi espalda y dijo en un susurro, apenas audible, que tenía dolor. Habría que cambiarla de postura. La bajé enseguida y me senté contra la pared para cargarla recostada sobre mis rodillas. Más relajada, la niña frotó la mejilla contra el dorso de mi mano posada sobre su hombro. No era nada grave. La pared de concreto sin frisar me raspaba la espalda con su superficie áspera. El piso era húmedo y desagradable. No me daban ganas de retomar el camino. No podía regresar, pero tampoco quería seguir sin saber adónde. Me sentía perdido antes de perderme.

—¿Estás mejor?

—Sí, mejor.

—¿Por qué tu madre se convirtió en cobija?

—¿Conoces una enfermedad llamada algodonosis?

—Ni idea.

—Sale algodón de los poros.

—Eso no puede ser algodón. Será algo derivado del sebo.

—Es algodón. Le hicieron un examen en el laboratorio.

—Qué raro.

—Al comienzo, en el dorso, por aquí… —dijo tomando mi mano, contra la cual frotaba su mejilla, para señalar el punto con un dedo—. Esto pasó cuando yo era pequeña, pero lo recuerdo. Como en una pesadilla, salían pedazos, uno tras otro sin parar, por más que se los limpiara… hasta que se cavó un hueco en la piel de la mano, exponiendo los huesos. Mamá decía que no le dolía, pero papá se asustó y se la untó con yodo. Como el algodón absorbía todo, no le quedaba ni una gota por más que lo gastara, y al fin la botella se vació. Parecía un guante rojo. A contraluz transparentaban los huesos con nitidez. Al día siguiente se hospitalizó, pero al parecer ya era tarde. El cuello, las nalgas, las orejas, las tetas, todo el cuerpo estaba lleno de algodón. El médico nos dijo que deberíamos quitárselo antes de que se expandiera, y papá y yo nos dedicamos durante varios días seguidos a recolectar algodón. Los brazos y las piernas se veían grotescos como si los huesos se vistieran con guantes y calcetines estirados. A medio año de hospitalizada, murió con el corazón invadido por el algodón, pobrecita. Nos dejó tres cajas repletas de algodón y decidimos hacer con eso una cobija. Yo la quería para mí, pero papá la donó al museo a cambio de un diploma, diciendo que era un objeto demasiado siniestro. Parece que todavía la exhiben en el museo, pero es mía.

En cuanto terminó de hablar, cambió el ritmo de su respiración. Se había dormido. Tuve que permanecer inmóvil, soportando la aspereza de la pared y la humedad del piso, para no despertarla.

(Acabo de hacer la sexta llamada a la estancia de vigilantes. Sin novedad sobre el ladrón de píldoras. Me enternecí sin querer cuando el chico de la florería me dijo con voz zalamera que me reportara cuanto antes para tranquilizar al subdirector y la secretaria, ambos muy preocupados. ¿O acaso era una expresión de ironía para comunicarme que ya me tenían pillado?

De regreso tomé otro camino por precaución ante los espías. Al lado del museo hay un estanque acorralado, ahora seco (seguramente antes criaban animales para experimentos), desde el cual se puede pasar al sótano. Así tengo que caminar mucho más y la ruta es tan complicada que me pierdo ante el menor descuido, pero al mismo tiempo corro mucho menos riesgo. Como pienso hacer el mismo recorrido para ir a la fiesta de la Víspera, me sirve de ensayo preliminar. En un punto el corredor estaba medio tapado por un derrumbe de la pared, y despejé la vía lo suficiente como para poder pasar una silla de ruedas.

El jardín del museo se ubica en un terreno elevado, y desde allí se puede observar el revés del escenario de la fiesta de la Víspera. No veo ningún ambiente festivo, salvo una banda de roqueros que ensayaban de mal humor bajo el mandato a gritos de su líder fervoroso. Estaban delante de la fuente del parque, al otro lado de la calle, y unos cuantos pacientes los observaban. ¿No se pondrá tan animado como pregonan? Conocí a una pareja de ancianos que venían arrastrando un puesto ambulante por la vereda del parque, desde la zona de pabellones de pacientes internos. Uno con gastritis atrófica y la otra con caquexia hipofísica, «enfermedad de Simmonds». Ambos me contaron en pretérito, con gestos distraídos de sonámbulos, el fervor y entusiasmo con que habían celebrado la fiesta año tras año.

Van a ser las cuatro. ¿Solo me envalentonaba ante un fantasma legendario, inexistente? Tenía razón al desconfiar de la fiesta).

Creo que me quedé dormido también. Me despertó la voz de la niña.

—¿Qué suena?

—Grillos.

—Me han dicho que hay bichos que comen cadáveres en el cementerio. ¿Será cierto?…

—Si ahora incineran todos los cadáveres.

—Tienes razón.

Me dolía todo el cuerpo. Las canillas cruzadas perforaban las pantorrillas. Cambié de postura. La niña gritó y me dijo con voz de adulta a modo de excusa:

—Me han dicho que mis huesos se mueven como gelatina. Cada vez que cambio de postura, cambia la gravedad, sabes. Cuando se me mueven los huesos, me aprietan los nervios, causándome un dolor intenso.

—¿Cuál es la postura más cómoda?

—No te preocupes, me acostumbro rápido a cualquier postura…

Sentí goteras en la muñeca con la que sostenía la cabeza de la niña. No supe si eran lágrimas o babas. Le deslicé la otra mano por la espalda y descubrí que tenía una curva muy distinta de la que se esperaba. No atiné a ver en qué postura se encontraba. ¿Su complexión entera habría sufrido una deformación sobre mis piernas cruzadas?

—Aguanta un poco.

Aturdido, bajé a la niña sosteniéndola de las rodillas y la apoyé cintura arriba contra la pared; lo hice con un cuidado supremo, como si tratara un muñeco desarticulado. Me pareció bastante torcida, quizá debido a la sensibilidad agudizada por la oscuridad.

—Creo que me he encogido.

—No me parece.

Miré mi reloj, pero me costó descifrar la hora. Las manillas con pintura luminosa se encimaban entre el ocho y el nueve. Serían las ocho cuarenta y cuatro. Creí haber dormido mucho, pero resultó que habían sido solo unos minutos.

Recuperé poco a poco la sensación de la realidad, como si estuviera empuñando una masa de mantequilla. No, eran las ocho cuarenta y cuatro de la noche. Había sacado a la niña del cuarto como a las ocho cuarenta. Era imposible que solo hubieran pasado cuatro minutos desde entonces. Había demorado más de media hora. ¿Habría dormido casi doce horas? El brillo débil de la pintura luminosa también indicaba un transcurso temporal bastante largo. Con razón se había deformado el cuerpo de la niña. Todo me empezó a doler con más crudeza. Los guijarros me pinchaban las nalgas y un tronco me perforaba las costillas. La niña debía de estar sufriendo aún más.

—¿Cuánto crees que hemos dormido?

—Hasta hartarnos.

—Es que no dormí nada ayer.

—Te he guardado la mitad de la banana.

—¿No quieres orinar?

—Ya lo hice sola.

Quise levantarme y me caí. Tenía la pierna izquierda entumecida, al grado de casi no sentirla. Tras tender la toalla sobre el piso, me quité la bata blanca para colocarla encima y también acomodé los pantalones y la camisa. Y ayudé a la niña a acostarse sobre ese colchón provisional. Menos mal que el piso era plano.

—Espérame, que vengo enseguida.

—Ya quiero volver.

—No podemos. Hemos logrado fugarnos.

—No quiero fugarme.

—Te buscaré una silla de ruedas.

—Me quiero bañar.

—Te baño más tarde. ¿Qué más quieres? Bueno, que no se me olvide la bacinilla. También vamos a necesitar una linterna en esta oscuridad.

—El cuerpo se me tuerce si no me acuesto en una cama.

—Te conseguiré una cobija.

—¿Qué cobija?

—Una que combine bien con la silla de ruedas. ¿Qué color te gusta?

—Quiero la cobija de mamá…

—¿La que está en el museo? Ya estará enmohecida.

—Entonces, vamos a regresar.

—Bueno, vamos por la cobija de tu madre.

—No, mejor no, porque tengo miedo.

—A ver, toca mi bíceps. De estudiante fui campeón de boxeo.

A pesar de que los dorsos de las manos de la niña estaban fríos y secos, las palmas conservaban humedad y calor. Estaría muy nerviosa. Le acaricié las mejillas con las puntas de los dedos y le alisé el cabello con palmadas suaves.

—Aquí hay pulgas.

—Vuelvo enseguida…

Me fui a la carrera, vestido solo con calzones, sintiendo la pared con una mano y tanteando la oscuridad con la otra a modo de antena.

.

Sin intención de bravuconería alguna, estoy seguro de que resultó un acierto ese acto impulsivo. Otro gallo habría cantado si no hubiera cometido el disparate de quedarme dormido durante casi doce horas.

Ese pasaje subterráneo constituía en realidad un viejo pasillo que comunicaba el edificio del hospital antiguo, ahora vuelto ruinas en medio de la maleza, con la sección de condrocirugía, ubicada antaño en la planta baja del anexo de aquel. Era un corredor muy transitado, ya que el tercer piso del edificio viejo se situaba en el mismo nivel de la sección de condrocirugía (antes cirugía general).

Según supe después, nos encontrábamos en ese momento casi al final del pasillo, faltando tan solo diez metros para toparnos con la pared del fondo, donde no nos habría quedado más remedio que subir escalera arriba hacia la izquierda o seguir el corredor que se extendía hacia la derecha. Desde luego, habríamos subido sin titubear la escalera, iluminada con una luz tenue, pues todavía no disponíamos de la silla de ruedas. Al final de la escalera, la ruta giraba hacia la derecha, llevándonos a una puerta de madera a punto de pudrirse. Si hubiera espiado por la cerradura, habría visto el césped reverdecido, reluciente bajo el cielo azul que me parecía garantizar la seguridad. Nomás derribar la puerta para salir, me habría quedado atrapado en un corral de concreto sin salida, humillado por una ráfaga de risas de quienes se apostaban sobre el muro. Se trataba de la antigua torre del reloj, que en la actualidad servía como uno de los mejores puntos de mira para seguir los pasos de los perseguidos.

Sin embargo, al cabo de doce horas de fuga, la vigilancia se había aflojado en el hospital, sobre todo en los pabellones de los pacientes internos, que habían sido inspeccionados con una minuciosidad exagerada. Pude conseguir casi todo lo que necesitaba, desde una silla de ruedas sueca, último modelo, hasta tres linternas de distintos tamaños, incluyendo una radio FM de alta calidad y un termo grande.

A la niña le encantó la silla de grandes ruedas doradas con pan de oro y el asiento mullido, de cuero negro artificial. Le resultaron muy convenientes tanto el freno que se podía manejar con un solo dedo como la manivela para el cambio de marcha de las ruedas; el mayor encanto consistía en un volante ligero para ajustar el ángulo del respaldar dentro del límite de 130 grados.

Gracias a esta silla de ruedas, que nos imposibilitó seguir escaleras arriba, ingresamos hacia el fondo del laberinto que se extendía entre las ruinas del hospital antiguo.

.

Al decir «laberinto», no exagero ni acudo a una metáfora, pues se trataba de una construcción compleja, como de tres colmenas unidas, compuesta por tres módulos cuadrados, distribuidos en forma triangular alrededor de un patio central y unidos los tres por corredores que salían desde cada uno de los costados colindantes. Para colmo, el edificio en su conjunto, que era una mezcla de ladrillos gruesos y concreto de antaño, revelaba un pastiche de partes conservadas en estado original y partes desmoronadas debajo del lodo. Me sería imposible explicar cómo desembocamos en el espacio donde estamos, aun cuando tuviera conocimiento previo de la estructura general del edificio, ni me siento capaz de rastrear el camino desde la entrada.

Ese mismo día, me aseguré primero de la ruta más corta para salir a la superficie, aprovechando la boca de la alcantarilla tras cruzar el hueco dejado por un inodoro desencajado, y luego fui explorando poco a poco zonas nuevas para ubicar otras salidas. A decir verdad, la gran mayoría eran callejones sin salida, y encontré pocas puertas que se comunicaran con el exterior. Al fin y al cabo, tuvimos la fortuna de refugiarnos en un asilo perfecto, salvo por el tufo a animal disecado, ya medio estropeado. Además, curiosamente no había pulgas.

Solo hubo dos sucesos alarmantes. La primera vez fue en la mañana de ayer, cuando la niña, durante mi ausencia para ir al antiguo campo de tiro en busca del caballo, escuchó voces humanas al otro lado de la pared. Según ella, uno lanzó un grito hacia la lejanía, al cual otro respondió con monosílabos, y al mismo tiempo otro más se alejó, dejando tras sí una carcajada burlona. Imposible. Para empezar, no existe «al otro lado» de este espacio. Al cabo de una pesquisa meticulosa puedo afirmar con absoluta certeza que esta estancia, salvo el lado de la puerta de madera, está rodeada de tierra por los tres costados. Lo único que puede haber son nidos de topos. La niña me aseguró que las voces no venían a través de la puerta de madera. No puede ser mentira, puesto que he instalado un triple sistema de alarma, hecho de alambres, en el corredor al otro lado de la puerta de madera. Quizá fuera producto de una pesadilla, algún zumbido o la brisa que corrió sacudiendo el conducto. No vale la pena preocuparse demasiado por esto.

El segundo suceso alarmante fue algo que vi hace unos minutos, cuando desandaba la ruta más larga que venía de la jaula colocada al lado del museo. En un punto muy cercano a nuestro refugio, encontré al borde del pasillo una colilla de cigarrillo, apagado luego de haber sido frotado contra algo, dejando dos centímetros desde el filtro. Ya ni fosforescía ni humeaba, pero me alarmé porque ni estaba muy seca ni muy húmeda y el papel estaba demasiado limpio. Claro, al recordar que hay momias que parecen vivas, un cigarro, que es un objeto mucho más sencillo, puede conservarse fresco durante un largo período. A la vez sentí un extraño alivio al comprobar que era Seven Star, la misma marca que yo fumaba. Dudar de mí mismo resulta mucho menos estresante. Por cierto, ¿cuándo empezaron a vender Seven Star? …

.

La tierra empezó a rugir despacio y con pausas.

Las cinco y dos…

He decidido quitar la bolsa repleta de espumas de poliestireno con que tapé la boca del conducto a la llegada. Como esperaba, se escucha el sonido de tambores. Han respetado, al menos en apariencia, el protocolo establecido. Las resonancias que repercuten en el laberinto subterráneo crean un rugido como el del mar. A estas horas el caballo estará cortando la cinta con el cuerpo endurecido en medio de escasos aplausos, para inaugurar la fiesta de la Víspera.

Por el cielorraso, recortado por el marco del conducto, pasan volando, como galletas de arroz sobrecocidas, nubes hinchadas que parecen a punto de reventar para esparcir el agua que contienen.

Creo que ha llegado la hora de despedirse de este asilo. Los cuadernos los guardaré en una bolsa plástica, sellándola con cinta adhesiva, para que no se mojen. La esconderé en ese hueco de la pared en forma de gorro de béisbol sin visera que conserva un vacío como el de un bolsillo. De momento me sirve de caja segura para guardar el dinero en efectivo, el pase para el tren y el emisor de frecuencia modulada que saqué de la pata de la silla del cuarto ocho.

Levantaré a la niña dentro de media hora.

Si fuera solo por mí, preferiría andar solo hasta recuperar a mi esposa. No tengo la menor idea de cómo la voy a ubicar ni en qué situación nos vamos a encontrar. Parece que hay un enlace con el ladrón de píldoras, pero solo dispongo de pruebas circunstanciales. No debo hacer caso de las insinuaciones del caballo. También es posible que mi esposa esté enferma, hospitalizada de verdad, sin poder comunicarse conmigo por alguna razón trivial. Desde el punto de vista de mi esposa, el desaparecido sin dejar pista alguna sería yo mismo. A lo mejor ha conseguido un empleo provisional en la biblioteca de la sede central. Por otro lado, no se puede negar la posibilidad de que un golpe propinado por el ladrón la haya dejado amnésica. En el peor de los casos, puede que se encuentre despojada de libre albedrío por algún vigilante o a fuerza de medicinas o hipnotismo.

En fin, debo tomar medidas oportunas de acuerdo con las circunstancias, sin descartar la violencia. Además de estos zapatos de salto, tendré a mi disposición bastante poder destructivo con este tubo de acero, de 25 centímetros de largo, que llevaré bajo el brazo. Últimamente no he podido realizar suficientes ejercicios, que no le gustan a la niña, pues dice que se siente encogida solo al verme saltar, pero mi habilidad innata me permitirá moverme con una presteza inigualable.

No me conviene ir con la niña a enfrentar tales dificultades. Correríamos el riesgo de caer rendidos los dos.

Sin embargo, cuanto más se me complique la situación, menos posibilidades tendré de regresar a este asilo. A duras penas me abriré paso entre los enredos para poner a salvo a mi esposa fuera de este hospital. No habrá otro camino de fuga que la cuesta abajo del lado norte hacia el pueblo, es decir, por el otro extremo de donde estamos. Si no saco ahora mismo a la niña de aquí, quedará abandonada hasta la eternidad. Podré renunciar sin problema a los cuadernos, podridos en el hueco de la pared y sin ser vistos por nadie, pero no seré capaz de hacer lo mismo con la niña.

.

Guardo las provisiones inmediatas en el baúl sujeto por debajo del asiento de la silla de ruedas: cuatro botellas de coca-cola, cinco panecillos, cuatro croquetas, dos pepinos, dos huevos cocidos, una pizca de sal envuelta en papel de aluminio, un cuarto de libra de mantequilla, una tableta de chocolate, cuatro duraznos medio pasados y un paquete de servilletas…

Con los auriculares del radio puestos en los oídos, la niña sonríe entornando los ojos. Como siempre, tiene una mano colocada en la entrepierna. Ya no le reprocharé en vano. Se duerme otra vez tras una sonrisa fugaz. Se ha encogido visiblemente. He procurado ajustarle la postura constantemente para evitar distorsiones (la silla de ruedas sueca se presta para este fin), pero los objetos blandos, sean caramelos o pasteles de arroz, siempre terminan tomando formas redondas al cabo de los incesantes manoseos. Debería admirar la habilidad del caballo, como jefe de la sección de condrocirugía, para mantener la figura original de la niña.

Al estar viéndola volverse más pueril hora tras hora, me invade la sensación de ir retrocediendo en el tiempo. Lo que no ha perdido todavía son los gestos de los ojos. Si algún encanto tiene esta niña para los hombres, serán estos ojos con los rabillos hacia abajo que no parecen reconocer nada a sus pies luego de haberse detenido tanto tiempo en la lejanía.

.¿Qué haré con la bata blanca? Quizá es útil para mezclarme con el gentío, pero al mismo tiempo me puede delatar ante los ojos de los perseguidores. Me la llevaré por si me conviene ponérmela según la situación. Igual, servirá de almohada para la niña.

No me hago a la idea de dejar tirado en la habitación de la casa destartalada el bolso que siempre usaba en mis andanzas laborales. El contenido no vale nada, pues consiste en treinta catálogos de zapatos de salto, quince solicitudes de compra y quince cupones para regalo, pero tengo un afecto especial por ese bolso italiano de cuero auténtico que me costó un ojo de la cara conseguir. A sabiendas de que puede resultar fatal un capricho nimio como ese, no llego a explicarme por qué tengo que sufrir semejante pérdida.

.

Las seis y siete…

A la marcha. Por la ruta 8484332. La he convertido en código para no equivocarme en las vueltas que tengo que dar hasta llegar al costado del museo.

—He soñado que se pudre un jabón.

—Un jabón no se pudre, niña.

—¿Por qué?

—Si se pudre, no es jabón.

.

¿Debo llevarme los cuadernos? Es más seguro buscar cómo sacarlos ahora del hospital que mandar alguien desde afuera para que los rescate, necesidad que surgirá solo en situaciones de emergencia. Los guardaré a la mano y veré qué hacer según lo que me suceda más adelante. Los meteré entre el forro del asiento y los cojines de la silla de ruedas. A nadie se le ocurrirá asomarse ahí a menos que tenga necesidad de repararla.

(Continuará…)

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