Todo se derrumba (Final)

Chinua Achebe

 

 

PARTE III

Capítulo XX

SIETE años eran muchos años que pasar lejos del propio clan. A uno no se le quedaba siempre esperando su sitio. En cuanto se marchaba, alguien se levantaba y lo ocupaba. El clan era como un lagarto; si perdía la cola, en seguida le salía otra.

Okonkwo sabía todo aquello. Sabía que había perdido su puesto entre los nueve espíritus enmascarados que administraban la justicia en el clan. Había perdido la oportunidad de lanzar a su belicoso clan en contra de la nueva religión, que, según le decían, había ido ganando terreno. Había perdido los años en los que podría haber ido tomando los títulos más elevados del clan. Pero no todas aquellas pérdidas eran irreparables. Estaba decidido a que su pueblo quedara impresionado por su regreso. Iba a volver como un triunfador y a recuperar los siete años desperdiciados.

Desde el primer año en el exilio había empezado a planificar su regreso. Lo primero que iba a hacer sería reconstruir su recinto en escala todavía más magnífica. Iba a construir un granero todavía mayor que el que tenía antes e iba a construir cabañas para dos esposas más. Después luciría su riqueza mediante la iniciación de sus hijos varones en la sociedad ozo. Era algo que sólo podían hacer los hombres verdaderamente grandes del clan. Okonkwo percibía con toda claridad la gran estima en que lo tendrían, e incluso se veía a sí mismo tomando el título más elevado del país.

Al ir pasando los años del exilio, uno tras otro, le pareció que ahora su chi estaba presentando sus excusas por los desastres del pasado. Sus ñames crecían en abundancia no sólo en el país de su madre, sino también en Umuofia, donde su amigo se los iba distribuyendo un año tras otro a los aparceros.

Después había ocurrido la tragedia de su primogénito. Al principio pareció que iba a ser demasiado grande para su ánimo. Pero el ánimo de Okonkwo era resistente y al final venció a su pena. Tenía cinco hijos varones más y los iba a educar en el espíritu del clan.

Envió a buscar a sus cinco hijos varones y éstos vinieron a sentarse en su obi.

El menor de todos tenía cuatro años.

— Ya habéis visto todos la gran abominación de vuestro hermano. Ya no es hijo mío ni hermano vuestro. No estoy dispuesto a tener hijos más que si son hombres y llevan la cabeza alta entre mi pueblo. Si alguno de vosotros prefiere ser una mujer, que siga ahora a Nwoye mientras todavía estoy vivo yo, para que pueda maldecirlo. Si os volvéis contra mí cuando haya muerto, os visitaré y os retorceré el cuello.

Okonkwo tenía mucha suerte con sus hijas. Nunca había dejado de lamentar que Ezinma fuera una chica. De todos sus hijos, Ezinma era la única que siempre comprendía de qué humor estaba. A medida que pasaban los años había ido creciendo un vínculo de simpatía entre ellos.

Mientras su padre estaba en el exilio, Ezinma fue creciendo y se convirtió en una de las chicas más guapas de Mbanta. La llamaban Cristal de la Belleza, igual que habían llamado a su madre cuando era joven. La muchachita enfermiza que tantos pesares había causado a su madre se había transformado, casi de un día para otro, en una jovencita sana y floreciente. Es cierto que tenía sus momentos de depresión en que gruñía a todo el mundo, como un perro enfadado. Esos malos humores le venían de repente, y sin ningún motivo visible. Pero eran muy infrecuentes y le duraban poco. Mientras le duraban no soportaba a nadie, más que a su padre.

Muchos jóvenes y hombres maduros y ricos de Mbanta quisieron casarse con ella. Pero los rechazó a todos, porque una tarde la había llamado su padre y le había dicho: «Aquí hay mucha gente buena y próspera, pero yo quisiera que te casaras en Umuofia, cuando volvamos a casa. »

No había dicho más que eso. Pero Ezinma había entendido claramente la idea y el significado oculto de aquellas pocas palabras. Y había aceptado.

— Tu hermanastra, Obiageli, no me comprenderá —dijo Okonkwo—. Pero se lo puedes explicar tú.

Aunque eran casi de la misma edad, Ezinma tenía mucha influencia sobre su hermanastra. Le explicó por qué no debían casarse todavía, y también ella aceptó. De manera que ambas rechazaron todos los ofrecimientos de matrimonio que les hicieron en Mbanta.

«Ojalá fuera un chico», se decía Okonkwo. Ezinma lo comprendía todo perfectamente. ¿Quién de sus otros hijos podía leerle el pensamiento igual de bien? Con dos hijas mayores y guapas, su regreso a Umuofia atraería mucha atención. Sus futuros yernos serían hombres de peso en el clan. Los pobres y los desconocidos no se atreverían a presentarse.

Efectivamente, Umuofia había cambiado durante los siete años que duró el exilio de Okonkwo. Había llegado la iglesia, que había inducido a muchos al error. No sólo habían entrado en ella los de baja extracción y los proscritos, sino también algunos hombres de peso. Uno de ésos era Ogbuef Ugonna, que había tomado dos títulos y que, como un loco, se había cortado la tobillera de los títulos y la había tirado para sumarse a los cristianos. El misionero blanco estaba muy orgulloso de él, que había sido uno de los primeros hombres de Umuofia en recibir el sacramento de la Sagrada Comunión, o la Fiesta Santa, como se decía en ibo. Ogbuefi Ugonna había creído que la Fiesta era una ocasión para comer y beber, sólo que más santa que las fiestas de su pueblo. Por eso, para ir a ella se había metido el cuerno de beber en la bolsa de piel de cabra.

Pero, además de la iglesia, los hombres blancos también habían traído un gobierno. Habían construido un tribunal en el que el Comisario de Distrito juzgaba los casos a su estilo. Tenía ujieres del tribunal que le llevaban a la gente a la que tenía que juzgar. Muchos de aquellos ujieres procedían de Umuru, en la orilla del Gran Río, donde habían llegado los primeros hombres blancos hacía muchos años y donde habían construido el centro de su religión, de su comercio y de su gobierno. Aquellos ujieres del tribunal eran muy odiados en Umuofia porque eran extranjeros y además arrogantes e insolentes. Los llamaban kotma, y como llevaban pantalones cortos de color gris claro, también los llamaban Culos de Ceniza. Custodiaban la cárcel, que estaba llena de hombres que habían delinquido contra la ley del hombre blanco. Algunos de los presos habían tirado a la maleza hijos gemelos y otros habían molestado a los cristianos. En la cárcel los kotma los golpeaban y todas las mañanas los ponían a trabajar en la limpieza del recinto del gobierno y en cortar leña para el Comisario y para los ujieres del tribunal. Algunos de los presos eran hombres con títulos, que debían estar por encima de esas ocupaciones viles. Estaban afligidos por la indignidad y lamentaban el descuido en que habían caído sus campos. Mientras cortaban la hierba por las mañanas, los más jóvenes cantaban al ritmo de sus machetes:

El kotma culo de ceniza
Sólo vale para esclavo.
El hombre blanco no tiene cabeza,
Sólo vale para esclavo.

A los ujieres del tribunal no les gustaba que les llamaran culos de ceniza, y daban de golpes a los hombres. Pero la canción se hizo popular en Umuofia.

Okonkwo inclinó entristecido la cabeza cuando Obierika le contó todo aquello.

— Quizá he pasado demasiado tiempo fuera —dijo Okonkwo, casi para sí mismo—. Pero no puedo entender todo esto que me cuentas. ¿Qué le ha pasado a nuestro pueblo? ¿Por qué ha perdido su capacidad para combatir?

— ¿No te has enterado de cómo arrasó Abame el hombre blanco? —preguntó Obierika.

— Ya me he enterado —contestó Okonkwo. Pero también he oído decir que la gente de Abame fue débil y tonta. ¿Por qué no contraatacaron? ¿No tenían escopetas ni machetes? Seríamos unos cobardes si nos comparásemos a los hombres de Abame. Sus padres nunca se atrevieron a enfrentarse con nuestros antepasados. Tenemos que combatir a esa gente y echarla de nuestra tierra.

— Ya es demasiado tarde —dijo Obierika con tristeza—. Nuestros propios hombres y nuestros hijos se han ido con el extranjero. Han ingresado en su religión y ahora le ayudan a mantener su gobierno. Si tratásemos de echar de Umuofia a los hombres blancos nos sería fácil. No son más que dos. Pero, ¿qué haríamos con los nuestros que siguen su camino y que han recibido poder? Irían a Umuru a traer a los soldados y nos pasaría lo que a Abame —hizo una larga pausa y después dijo—: La última vez que fui a Mbanta te conté que habían ahorcado a Aneto.

— ¿Qué ha pasado con el campo que estaba en disputa? —preguntó Okonkwo.

— El tribunal del hombre blanco ha decidido que pertenezca a la familia de Nnama, que dio mucho dinero a los ujieres del hombre blanco y al intérprete.

— ¿Entiende el hombre blanco nuestras costumbres acerca de la tierra?

— ¿Cómo va a entenderlas, cuando ni siquiera habla nuestro idioma? Pero dice que nuestras costumbres son malas, y nuestros propios hermanos que han adoptado su religión también dicen que nuestras costumbres son malas. ¿Cómo crees que podemos luchar, cuando nuestros propios hermanos se han vuelto contra nosotros? El hombre blanco es muy listo. Llegó aquí tranquilo y pacífico, con su religión. Nos reímos de sus tonterías. Y le dejamos quedarse. Ahora se ha llevado a nuestros propios hermanos y nuestro clan ya no puede actuar unido. Ha metido un cuchillo en las cosas que nos mantenían unidos y nos hemos derrumbado.

— ¿Cómo atraparon a Aneto para ahorcarlo? —preguntó Okonkwo.

— Cuando mató a Oduche en la pelea por el campo, huyó a Aninta para escapar a la cólera de la tierra. Eso fue unos ocho días después de la pelea, porque Oduche no murió de sus heridas inmediatamente. Fue el séptimo día cuando murió. Pero todo el mundo sabía que iba a morirse, y Aneto lo tenía todo listo y preparado para la huida. Pero los cristianos le habían contado el incidente al hombre blanco, y éste envió a sus kotma en busca de Aneto. Lo metieron preso con todos los jefes de su familia. Al final, Oduche murió y a Aneto se lo llevaron a Umuru y lo ahorcaron. A los demás los dejaron en libertad, pero hasta ahora siguen sin encontrar una lengua con la que contar sus sufrimientos.

Después, los dos hombres se quedaron sentados largo rato en silencio.

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Capítulo XXI

EN Umuofia había muchos hombres y mujeres que no estaban tan decididamente en contra de la nueva situación como Okonkwo. Era verdad que el hombre blanco había traído una religión para lunáticos, peto también había construido un centro comercial y por primera vez el aceite de palma y los frutos secos obtenían muy buenos precios, y a Umuofia llegaba mucho dinero.

E incluso en la cuestión de la religión, había una sensación cada vez mayor de, que quizá tuviera sus méritos después de todo, de que quizá hubiera algo vagamente con sentido en medio de toda aquella locura.

Esa sensación creciente se debía al señor Brown, el misionero blanco, que actuaba con gran firmeza para impedir que sus fieles provocaran la ira del clan. Había uno de ellos, en especial, al que era muy difícil frenar. Se llamaba Enoch, y su padre era el sacerdote del culto de la serpiente. Se decía que Enoch había matado a la pitón sagrada y se la había comido, y que su padre lo maldijo.

El señor Brown predicaba en contra de aquellos excesos de celo. Decía a su enérgico rebaño que todo era posible, pero no todo era conveniente. De manera que el señor Brown se ganó incluso el respeto del clan, porque no ofendía a su fe. Hizo amistad con algunos de los grandes hombres del clan, y en una de sus frecuentes visitas a los pueblos vecinos le habían regalado un colmillo tallado de elefante, que era signo de dignidad y de rango. Uno de los grandes hombres de aquel pueblo se llamaba Akunna, y había entregado a uno de sus hijos para que se le enseñaran los conocimientos del hombre blanco en la escuela del señor Brown.

Siempre que el señor Brown iba a aquel pueblo se pasaba horas enteras con Akunna en el obi de éste, hablando de religión por conducto de un intérprete. Ninguno de los dos logró convertir al otro, pero ambos aprendieron más acerca de las creencias mutuas.

— Dices que hay un Dios supremo que hizo el cielo y la tierra —dijo Akunna en una de las visitas del señor Brown.— También nosotros creemos en él y lo llamamos Chukwu. Hizo todo el mundo y todos los demás dioses.

— No hay más dioses —dijo el señor Brown—. Chukwu es el único Dios y todos los demás son falsos. Talláis un pedazo de madera… como ése —señalando a las vigas de las que colgaba el Ikenga tallado de Akunna— y lo llamáis dios. Pero sigue siendo un pedazo de madera.

— Sí —dijo Akunna—, claro que es un pedazo de madera. El árbol del que salió lo había hecho Chukwu, igual que pasó con todos los dioses menores. Pero Él lo hizo para Sus mensajeros, de manera que pudiéramos dirigirnos a Él por conducto de ellos. Es como lo que pasa contigo. Tú eres el jefe de tu iglesia.

— No —protestó el señor Brown—. El jefe de mi iglesia es el propio Dios.

— Ya lo sé —dijo Akunna—,pero tiene que haber un jefe en este mundo, entre los hombres. Aquí tiene que ser algún hombre como tú el jefe.

— Quien encabeza mi iglesia en ese sentido está en Inglaterra.

— Eso es exactamente lo que estoy diciendo. El jefe de tu iglesia está en tu país. Te ha enviado aquí como mensajero suyo. Y tú también has nombrado tus propios mensajeros y sirvientes. O, si no, permíteme que te dé otro ejemplo, el Comisario de Distrito. A ése lo ha enviado tu rey.

— Tienen una reina —dijo el intérprete por su cuenta.

— Tu reina envía a su mensajero, el Comisario de Distrito. Este se encuentra con que no puede hacer el trabajo por sí solo, de manera que nombra a los kotma para que lo ayuden. Lo mismo pasa con Dios, o con Chukwu. Nombra a los otros dioses para que lo ayuden, porque su trabajo es demasiado para una sola persona.

— No deberías pensar en él como en una persona —dijo el señor Brown—. Por eso te imaginas que necesita ayudantes. Y lo peor de todo es que toda vuestra adoración va a los falsos dioses que habéis creado.

— No es verdad. Hacemos sacrificios a los dioses pequeños, pero cuando no sirven y no hay nadie más a quien recurrir, vamos a Chukwu. Es lo correcto. Cuando vamos a ver a un gran hombre nos dirigimos primero a sus sirvientes. Pero cuando los sirvientes no nos ayudan, entonces acudimos a la última fuente de esperanza. Parece que prestamos más atención a los dioses pequeños, pero no es verdad. Los molestamos más porque tememos molestar a su Señor. Nuestros padres sabían que Chukwu era el Señor Supremo y por eso muchos de ellos llamaron a sus hijos Chukwuka: «Chukwu es Supremo».

— Has dicho algo interesante —dijo el señor Brown—. Teméis a Chukwu. En mi religión, Chukwu es un Padre amantísimo y quienes cumplen Su voluntad no tienen por qué temerlo.

— Pero hemos de temerlo cuando no hacemos Su voluntad —dijo Akunna—. Y, ¿quién nos va contar cuál es Su voluntad? Es demasiado grande para conocerla.

Así fue como el señor Brown llegó a conocer bastante bien la religión del clan, y llegó a la conclusión de que el atacarla frontalmente no serviría de nada. Por eso construyó una escuela y un pequeño hospital en Umuofia. Fue de familia en familia pidiendo a la gente que enviara a sus hijos a la escuela. Pero al principio no enviaron más que a sus esclavos o a sus hijos más perezosos. El señor Brown rogó y discutió y profetizó. Dijo que en el futuro los dirigentes del país serían los hombres y las mujeres que hubieran aprendido a leer y escribir. Si Umuofia no enviaba a sus hijos a la escuela, llegarían forasteros de otras partes para gobernarla. Ya podían ver lo que estaba pasando en el Tribunal Indígena, donde el Comisario de distrito estaba rodeado de forasteros que hablaban su lengua. Casi todos aquellos forasteros procedían de la lejana ciudad de Umuru, en la orilla del Gran Río, a donde había llegado el primer hombre blanco.

Al final, los argumentos del señor Brown empezaron a surtir efecto. Fue más gente a aprender a su escuela, y él los alentaba con regalos de camisetas y toallas. No toda la gente que iba a aprender allí era joven. Algunos tenían treinta años de edad o más. Por las mañanas trabajaban en sus campos y por la tarde iban a la escuela. Y no pasó mucho tiempo sin que la gente empezara a decir que la medicina del hombre blanco daba resultados rápidamente. La escuela del señor Brown producía resultados rápidos. Bastaba con pasar unos meses en ella para que lo hicieran a uno ujier del tribunal, o incluso escribiente del tribunal. Los que se quedaban más tiempo se hacían profesores, y desde Umuofia los jornaleros iban al viñedo del Señor. Se establecieron nuevas iglesias en los pueblos vecinos, y con ellas unas cuantas escuelas. Desde el mismo principio, la religión y la enseñanza fueron de la mano. La misión del señor Brown no hacía más que crecer, y dado su vínculo con la nueva administración, adquirió un nuevo prestigio social. Pero el propio señor Brown iba perdiendo la salud. Al principio no hizo caso de las señales de advertencia. Pero al final, triste y destrozado, hubo de abandonar a su rebaño.

El señor Brown se fue a su casa en la primera estación de lluvias después del regreso de Okonkwo a Umuofia. En cuanto el misionero se enteró del regreso de Okonkwo, hacía cinco meses, había ido a hacerle una visita. Acababa de enviar a Nwoye, el hijo de Okonkwo, ahora llamado Isaac, a la nueva escuela normal de magisterio creada en Umuru. Y tenía la esperanza de que Okonkwo se alegrase de saberlo. Pero Okonkwo lo había echado, con la amenaza de que si volvía a entrar en su recinto, no podría salir por su propio pie.

El regreso de Okonkwo a su pueblo natal no había sido tan memorable como él deseaba. Es cierto que sus dos guapas hijas despertaron gran interés entre los pretendientes y que pronto se iniciaron negociaciones de matrimonio, pero, aparte de eso, Umuofia no parecía haberse fijado especialmente en el regreso del guerrero. El clan había sufrido cambios tan profundos durante su exilio que apenas era reconocible. La gente no veía más que la religión y el gobierno nuevos y el centro comercial, y no pensaba en otra cosa. Todavía eran muchos los que consideraban perversas esas nuevas instituciones, pero ni siquiera aquéllos veían ni pensaban más que en eso, y desde luego no en el regreso de Okonkwo.

Y además, no era el año indicado. Si Okonkwo hubiera iniciado inmediatamente a sus dos hijos en la sociedad ozo, como había planeado, hubiera causado una sensación. Pero en Umuofia el rito de la iniciación no se celebraba más que cada tres años, y tenía que esperar casi dos años más hasta la siguiente serie de ceremonias.

Okonkwo estaba apenadísimo. Y no era sólo una pena personal. Lloraba por el clan, al que veía dividirse y derrumbarse, y lloraba por los guerreros de Umuofia, que inexplicablemente se habían vuelto blandos como mujeres.

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Capítulo XXII

EL sucesor del señor Brown fue el reverendo James Smith, y éste era una clase diferente de persona. Condenó abiertamente la política del señor Brown de avenencia y transacción. Veía las cosas en blanco y negro. Y lo negro era lo malo. Veía el mundo como un campo de batalla en el cual los hijos de la luz estaban empeñados en mortal combate con los hijos de las tinieblas. En sus sermones hablaba de ovejas buenas y descarriadas y de separar el trigo y la paja. Creía en la aniquilación de los profetas de Baal.

El señor Smith se sentía muy preocupado por la ignorancia de que daban muestras muchos de los miembros de su rebaño, incluso de cosas como la Trinidad y los sacramentos. Aquello no demostraba sino que eran semillas plantadas en terreno pedregoso. Al señor Brown no le había importado más que la cantidad. Debería haber sabido que el reino de Dios no depende de que haya grandes multitudes. El mismo Señor había insistido en que serían pocos los elegidos. Angosto es el camino y pocos son los que lo hallan. El llenar el templo sagrado del Señor con una multitud idólatra que gritaba pidiendo señales era una locura de gravísimas consecuencias. Nuestro Señor no había utilizado el látigo más que una vez en su vida: para expulsar a la multitud de Su iglesia.

Al cabo de unas semanas de su llegada a Umuofia, el señor Smith echó de la iglesia a una muchacha por echar vino nuevo en odres viejos. Aquella mujer había permitido que su marido mutilara a su hijo muerto. Se había proclamado que el niño era un ogbanje, que perseguía a su madre, para lo cual moría y volvía a entrar otra vez en su seno. Cuatro veces había hecho aquel niño su ronda de perversidad. Por eso lo mutilaron, para desalentar su regreso.

El señor Smith ardió en cólera cuando se enteró. No se creyó la historia que le contaron incluso algunos de los más fieles, la historia de niños verdaderamente malvados a los que no se lograba disuadir con la mutilación, sino que volvían con todas las cicatrices. Replicó que esas historias las difundía el Diablo por el mundo para inducir a la gente al error. Quienes creían en esas historias eran indignos de asistir al banquete del Señor.

Había un dicho en Umuofia en el sentido de que, según bailara un hombre, así se le tocarían los tambores. El señor Smith bailaba con furia, de forma que los tambores enloquecieron. Los conversos fanáticos que habían tenido que tascar el freno bajo la mano moderadora del señor Brown se encontraron con que ahora eran los favoritos. Uno de ellos era Enoch, el hijo del sacerdote de la serpiente, que según se creía había matado a la pitón sagrada y se la había comido. La devoción de Enoch a la nueva fe parecía tan superior a la del señor Brown que los de Umuofia lo llamaban El Forastero que Llora más que los Deudos.

Enoch era bajito y delgado, y siempre parecía tener mucha prisa. Tenía los pies cortos y anchos, y cuando estaba de pie o se echaba a andar se le juntaban los talones y los pies se le abrían hacia afuera, como si se hubieran peleado y quisieran marcharse cada uno por su lado. Tanto era el excedente de energía acumulado en el cuerpecillo de Enoch, que no hacía más que estallar en discusiones y peleas. Los domingos siempre se imaginaba que el sermón que se predicaba se refería a sus enemigos. Y si por casualidad estaba sentado al lado de uno de ellos, de vez en cuando se volvía hacia él y le lanzaba una mirada llena de intención, como para observarle: «Ya te lo había dicho yo.» Fue Enoch quien hizo estallar el gran conflicto entre la iglesia y el clan de Umuofia, que había venido gestándose desde que se marchó el señor Brown.

Ocurrió durante la ceremonia anual que se celebraba en honor de la deidad de la Tierra. En esas ocasiones, los antepasados del clan que se habían entregado a la Madre Tierra al morir reaparecían como egwugwu por diminutos agujeros de hormigueros.

Uno de los peores delitos que podía cometer un hombre en público era desenmascarar a un egwugwu en público, o decir o hacer algo que pudiera reducir su prestigio inmortal ante los no iniciados. Y eso fue lo que hizo Enoch.

La adoración anual de la deidad de la Tierra caía en domingo, y ya habían salido los espíritus enmascarados. En consecuencia, las cristianas que habían ido a la iglesia no podían volver a casa. Algunos de sus maridos habían salido a pedir a los egwugwu que se retirasen un rato para que pudieran pasar las mujeres. Consintieron y ya se estaban retirando cuando Enoch se jactó en voz alta de que no se atreverían a tocar a un cristiano. Entonces volvieron todos y uno de ellos le dio a Enoch un buen golpe con el bastón que siempre llevaban. Enoch se le abalanzó y le quitó la máscara. Los demás egwugwu rodearon inmediatamente a su compañero profanado, para protegerlo de la mirada impura de las mujeres y los niños y se lo llevaron. Enoch había matado a un espíritu de los antepasados y Umuofia se sumió en la confusión.

Aquella noche la Madre de los Espíritus recorrió el clan a lo largo y a lo ancho, llorando por su hijo asesinado. Fue una noche terrible. Ni los más ancianos de Umuofia habían oído jamás un sonido tan extraño y tan aterrador, y jamás se volvió a oír. Parecía que el alma misma de la tribu llorase un gran mal que se aproximara— su propia muerte.

Al día siguiente se reunieron en la plaza del mercado todos los egwugwu enmascarados de Umuofia. Vinieron de todos los barrios del clan, e incluso de los pueblos vecinos. De Imo llegó el temible Otakagu, y de Uli llegó Ekwensu, que blandía un gallo blanco. Fue una reunión terrible. Las voces fantasmagóricas de incontables espíritus, los cascabeles que arrastraban algunos de ellos, y el choque de los machetes al correr atrás y adelante para saludarse, todas aquellas eran cosas que hacían temblar de miedo todos los corazones. Por primera vez en memoria humana se escuchó en pleno día la gran carraca sagrada.

Desde la plaza del mercado el grupo furioso se dirigió al recinto de Enoch. Lo acompañaban algunos de los ancianos del clan, muy protegidos con fetiches y amuletos. Se trataba de hombres cuyos brazos estaban fortalecidos por el ogwu o medicina. En cuanto a los hombres y las mujeres del común, escucharon tras la protección de sus casas.

Los dirigentes de los cristianos se habían reunido la noche anterior en la vicaría del señor Smith. Mientras deliberaban podían oír a la Madre de los Espíritus que ululaba por su hijo. Aquella voz escalofriante afectó al señor Smith, que pareció tener miedo por primera vez.

— ¿Qué piensan hacer? —preguntó el señor Smith. Nadie supo qué contestarle, porque jamás había pasado nada así. El señor Smith hubiera enviado a llamar al Comisario de Distrito y a sus ujieres de los tribunales, pero acababan de marcharse de viaje el día anterior.

— Que quede clara una cosa —dijo el señor Smith—. No podemos ofrecerles resistencia física. Nuestra fuerza reside en el Señor.

Se arrodillaron juntos y rezaron a Dios para que los salvara.

— Señor, salva a tu pueblo —exclamó el señor Smith.

— Y bendice tu herencia —replicaron los hombres.

Decidieron que Enoch se quedara escondido en la vicaría un día o dos. El propio Enoch se sintió muy desilusionado al oírlo, pues confiaba en que fuera inminente una guerra santa, y hubo unos cuantos cristianos más que opinaron como él. Pero en el campo de los fieles prevaleció la prudencia, con lo cual se salvaron muchas vidas.

El grupo de egwugwu avanzó como un torbellino furioso hacia el recinto de Enoch y con el machete y el fuego lo redujo a una ruina informe. Y desde allí marchó sobre la iglesia, intoxicado de destrucción.

El señor Smith estaba en su iglesia cuando oyó que llegaban los espíritus enmascarados. Fue calmadamente hacia la puerta desde la que se dominaba la llegada al recinto de la iglesia y allí se quedó inmóvil. Pero cuando aparecieron los tres o cuatro primeros egwugwu en el recinto de la iglesia, casi se echó a correr. Venció su impulso y, en lugar de echarse a correr, bajó los dos escalones de la entrada de la iglesia y se acercó a los espíritus que venían hacia él.

Estos avanzaron de golpe y a su paso cedió un largo tramo de la valla de bambú que cercaba el recinto de la iglesia. Sonaron cascabeles discordantes, chocaron los machetes y el aire se llenó de polvo y de sonidos extraños. El señor Smith oyó ruido de pasos tras él. Se dio la vuelta y vio a Okeke, su intérprete. Okeke no tenía muy buenas relaciones con su patrón desde que la noche pasada había condenado decididamente el comportamiento de Enoch en la reunión de los dirigentes de la Iglesia. Okeke había llegado incluso a decir que no debía esconderse a Enoch en la vicaría, porque no iba a lograrse más que atraer la ira del clan contra el pastor protestante. El señor Smith se lo había reprendido en términos contundentes, y aquella mañana no le había pedido consejo. Pero ahora, cuando apareció y se quedó a su lado para hacer frente a los espíritus coléricos, el señor Smith lo miró y sonrió. Era una sonrisa desmayada, pero que reflejaba una enorme gratitud.

Durante un instante el avance de los egwugwu se vio frenado por la serenidad inesperada de aquellos dos hombres. Pero no fue más que una parada momentánea, como el silencio tenso que se extiende entre dos estallidos del trueno. El segundo avance fue más allá que el primero. Se tragó a los dos hombres. Después se levantó una voz inconfundible por encima del tumulto y se produjo un silencio inmediato. Se abrió un espacio en torno a los dos hombres y empezó a hablar Ajofia.

Ajofia era el egwugwu principal de Umuofia. Era el jefe y el portavoz de los nueve antepasados que administraban la justicia en el clan. Tenía una voz inconfundible, de forma que podía imponer inmediatamente la paz en los espíritus agitados. Entonces se dirigió al señor Smith, y cuando habló le salieron nubes de humo de la cabeza.

— Cuerpo del hombre blanco, te saludo —dijo, hablando en el idioma en que hablaban los inmortales a los hombres—. Cuerpo del hombre blanco, ¿me conoces?—preguntó.

El señor Smith miró a su intérprete, pero Okeke, que procedía de la distante Umuru, tampoco entendía nada.

Ajofia rió con su voz gutural. Era como la risa de un metal oxidado.

— Son extranjeros —dijo—, y son ignorantes. Pero no importa.

Se volvió a sus camaradas y los saludó, llamándolos padres de Umuofia. Clavó en el suelo su lanza vibrante y ésta tembló con una vida metálica. Después se volvió una vez más hacia el misionero y el intérprete, y dijo a este último:

— Dile al hombre blanco que no le vamos a hacer daño. Dile que se vuelva a su casa y nos deje en paz. Nos gustaba su hermano, el que estuvo aquí antes. Era tonto, pero nos gustaba, y por él no le vamos a hacer daño a su hermano. Pero hay que destruir este santuario que ha construido. Ya no vamos a permitir que permanezca entre nosotros. Ha engendrado abominaciones sin cuento y hemos venido a terminar con él —se volvió a sus camaradas—. Padres de Umuofia, os saludo.

Replicaron con una sola voz gutural. Una vez más se volvió hacia el misionero.

— Te puedes quedar con nosotros si aceptas nuestras costumbres. Puedes adorar a tu propio dios. Es bueno que el hombre adore a los dioses y a los espíritus de sus antepasados. Vuelve a tu casa para que no te pase nada. Nuestra cólera es grande, pero la hemos contenido para poder hablarte.

El señor Smith le dijo a su intérprete:

— Diles que se vayan de aquí. Esta es la casa de Dios y antes morir que verla profanada.

Okeke hizo una interpretación muy prudente a los espíritus y los dirigentes de Umuofia:

— El hombre blanco dice que celebra que hayáis venido a verlo con vuestras reclamaciones, como buenos amigos. Celebrará que dejéis el asunto en sus manos.

— No podemos dejar el asunto en sus manos porque no entiende nuestras costumbres, igual que nosotros no comprendemos las suyas. Decimos que es tonto porque no comprende nuestras costumbres, y quizá él dice que los tontos somos nosotros porque no comprendemos las suyas. Que se vaya.

El señor Smith se mantuvo firme. Pero no logró salvar su iglesia. Cuando se marcharon los egwugwu, la iglesia de arcilla roja que había construido el señor Brown era un montón de tierra y cenizas. Y, de momento, el espíritu del clan quedó en paz.

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Capítulo XXIII

POR primera vez en muchos años Okonkwo sentía algo parecido a la felicidad. Los tiempos, que habían cambiado de manera tan inexplicable durante su exilio, parecían volver otra vez a su ser. El clan que lo había decepcionado parecía estarse redimiendo.

Había hablado con violencia a los miembros de su clan cuando se habían reunido en la plaza del mercado para decidir lo que iban a hacer. Volvía a ser como en los viejos tiempos, cuando un guerrero era un guerrero. Aunque no habían aceptado matar al misionero ni expulsar a los cristianos, sí habían aceptado hacer algo importante. Y lo habían hecho. Okonkwo casi volvía a sentirse feliz.

En los dos días siguientes a la destrucción de la iglesia no pasó nada. Todos los hombres de Umuofia salían a la calle armados de una escopeta o un machete. No iban a cogerlos por sorpresa, como a los hombres de Abarre.

Entonces volvió de su viaje el Comisario de Distrito. El señor Smith fue a verlo inmediatamente y celebraron una larga conversación. Los hombres de Umuofia no hicieron ningún caso de aquello y, si se lo hicieron, decidieron que no tenía importancia. El misionero iba a menudo a ver al hombre blanco hermano suyo. Aquello no tenía nada de raro.

Tres días después, el Comisario de Distrito envió a su mensajero de lengua meliflua a ver a los dirigentes de Umuofia para pedirles que fueran a verlo en su oficina. Aquello tampoco tenía nada de raro. Los llamaba muchas veces para celebrar aquellos parlamentos, como los llamaba él. Okonkwo advirtió a los demás que fueran bien armados.

— Un hombre de Umuofia no rechaza una llamada —dijo—. Puede negarse a hacer lo que se le pide; no se niega a que se le pida algo. Pero los tiempos han cambiado y debemos ir preparados para todo.

De forma que los seis hombres fueron a ver al Comisario de Distrito armados de sus machetes. No llevaban escopetas, porque no hubiera parecido correcto. Los llevaron al tribunal, donde los esperaba el Comisario de Distrito. Los recibió con cortesía. Se quitaron del hombro los sacos de piel de cabra y se sacaron los machetes envainados, los pusieron en el suelo y se sentaron.

— Os he pedido que vengáis —dijo el Comisario de Distrito por lo que ha pasado durante mi ausencia. Me han contado algo, pero no lo puedo creer hasta que me hayáis dado vuestra versión. Hablemos del asunto como amigos y busquemos una forma de que no vuelva a suceder otra vez.

Ogbuefi Ekweme se puso en pie y empezó a contar lo que había ocurrido.

— Espera un minuto —dijo el Comisario—. Quiero que vengan mis hombres para que también ellos oigan vuestras reclamaciones y queden advertidos. Muchos de ellos vienen de lugares remotos y, aunque hablan vuestra lengua, ignoran vuestras costumbres. ¡Janes! Ve a traer a los hombres.

Su intérprete salió de la sala del tribunal y volvió en seguida con doce hombres. Se sentaron al lado de los hombres de Umuofia, y Ogbuefi Ekweme volvió a empezar a contar la historia de cómo Enoch había asesinado a un egwugwu.

Todo pasó tan rápido que los seis hombres no pudieron defenderse. No hubo más que un breve forcejeo, demasiado breve incluso para que se pudiera sacar ni uno de los machetes envainados. Los seis hombres se vieron esposados y conducidos a la sala de guardia.

— No os vamos a hacer ningún daño —dijo el Comisario de Distrito más tarde, con tal únicamente de que aceptéis cooperar con nosotros. Os hemos traído una administración pacífica para vosotros y vuestro pueblo, para que viváis felices. Si alguien os maltrata vendremos en vuestra ayuda. Pero no os vamos a permitir que maltratéis a otros. Tenemos un tribunal de justicia en el que juzgamos cada caso y administramos la justicia, igual que en mi país bajo una gran reina. Os he traído aquí porque os habéis unido pata atacar a otros, para quemar las casas de las gentes y su lugar de culto. Eso no se puede permitir en los dominios de nuestra reina, que es la gobernante más poderosa del mundo. He decidido que habéis de pagar una multa de doscientas bolsas de cauríes. Quedaréis libres en cuanto aceptéis la multa y os comprometáis a recaudar la multa entre los vuestros. ¿Qué decís a eso?

Los seis hombres mantuvieron un silencio rencoroso, y el Comisario los dejó solos un rato. Cuando salió de la sala dijo a los ujieres del tribunal que trataran a los hombres respetuosamente, porque eran los dirigentes de Umuofia. Dijeron:

— Sí, señor —y saludaron.

En cuanto se marchó el Comisario de Distrito, el ujier jefe, que además desempeñaba las funciones de barbero de la cárcel, sacó su navaja y afeitó todo el pelo de las cabezas de los hombres. Estos seguían esposados y se quedaron impasibles y tristes.

— ¿Cuál de vosotros es el jefe? —preguntaron burlones los ujieres—. Vemos que aquí, en Umuofia, cada mendigo lleva la tobillera de algún título. ¿Llega a costar ni siquiera diez cauríes?

Los seis hombres no comieron nada aquel día ni el siguiente. No se les dio agua para beber, y no podían salir a orinar ni ir al bosque en caso de necesidad. Por las noches iban los ujieres a burlarse de ellos y a darles de cabezazos los unos contra los otros.

Incluso cuando se quedaban solos, los seis hombres no encontraban palabras que decirse. Hasta el tercer día, cuando ya no pudieron soportar más el hambre ni los insultos, no empezaron a hablar de ceder.

— Si me hubierais escuchado habríamos matado al hombre blanco — gruñó Okonkwo.

— Y ahora estaríamos en Umuru esperando la horca —le dijo alguien.

— Quién quiere matar al hombre blanco? —preguntó un ujier que acababa de entrar. Nadie le respondió.

— No os basta con vuestro crimen y ahora encima queréis matar al hombre blanco —llevaba un garrote fuerte y le dio a cada hombre varios golpes en la cabeza y en la espalda. Okonkwo se atragantaba de odio.

En cuanto quedaron encerrados los seis hombres, los ujieres del tribunal salieron a Umuofia a decir a la gente que sus dirigentes no saldrían en libertad hasta fue pagaran una multa de doscientas cincuenta bolsas de cauríes.

— Si no pagáis la multa inmediatamente —dijo —el jefe—,llevaremos a vuestros dirigentes a Umuru ante el jefe de los hombres blancos, y los ahorcaremos.

La historia se difundió rápidamente por todos los pueblos y fue aumentando según se contaba. Algunos decían que ya se habían llevado a los hombres a Umuru y que los iban a ahorcar al día siguiente. Algunos decían que también iban a ahorcar a sus familias. Otros decían que ya habían salido los soldados para matar a tiros a la gente de Umuofia, igual que habían hecho en Abame.

Había luna llena. Pero aquella noche no se oyeron las voces de los niños. El ilo del pueblo, donde siempre se reunían para jugar a la luz de la luna, estaba desierto. Las mujeres de Iguedo no se reunieron en su recinto sagrado para aprender un baile nuevo que exhibir más adelante en el pueblo. Los jóvenes, que siempre salían cuando brillaba la luna, se quedaron en sus casas aquella noche. Sus voces viriles no se escucharon en las calles del pueblo mientras iban a ver a sus amigos o a sus amantes. Umuofia era como un animal asustado con las orejas enhiestas, que olfatea el aire silencioso y ominoso sin saber por dónde salir corriendo.

Rompió el silencio el pregonero del pueblo, que golpeaba su sonoro ogene. Llamaba a todos los hombres de Umuofia, desde el grupo de edades de Akakanma en adelante, a reunirse en la plaza del mercado después de la comida de la mañana. Recorrió el pueblo de un extremo al otro y en toda su anchura. No olvidó ninguno de los senderos principales.

El recinto de Okonkwo era como un hogar desierto. Era como si le hubieran echado agua fría encima. Estaba toda su familia, pero todos hablaban en susurros. Su hija Ezinma había interrumpido su visita de veintiocho días a la familia de su futuro marido y había vuelto a casa al enterarse de que habían encarcelado a su padre y lo iban a ahorcar. En cuanto llegó a casa se fue a ver a Obierika para enterarse de lo que iban a hacer al respecto los hombres de Umuofia. Pero Obierika no estaba en casa desde la mañana. Sus esposas pensaban que había ido a una reunión secreta. Ezinma se quedó convencida de que se iba a hacer algo.

A la mañana siguiente al llamamiento del pregonero, los hombres de Umuofia se reunieron en la plaza del mercado y decidieron reunir cuanto antes doscientas cincuenta bolsas de cauríes para apaciguar al hombre blanco. No sabían que cincuenta de las bolsas se las iban a llevar los ujieres del tribunal, que habían aumentado la cuantía de la multa con ese fin.

.

Capítulo XXIV

OKONKWO y sus compañeros de prisión quedaron libres en cuanto se pagó la multa. El Comisario de Distrito volvió a hablarles de la gran reina y de la paz y el buen gobierno. Pero los hombres no lo escucharon. Se quedaron sentados y lo contemplaron a él y a su intérprete. Al final les devolvieron sus bolsas y sus machetes envainados y les dijeron que se fueran a sus casas. Se levantaron y se fueron del tribunal. No hablaron a nadie ni se dijeron nada los unos a los otros. El tribunal, igual que la iglesia, estaba construido a una cierta distancia del pueblo. El sendero que los unía estaba muy frecuentado, porque también llevaba al arroyo, al otro lado del tribunal. Era despejado y arenoso. En la temporada seca todos los senderos estaban despejados y arenosos. Pero cuando llegaban las lluvias crecían las malezas a ambos lados y cerraban el sendero. Ahora era la estación seca. Mientras los seis hombres iban haciendo camino hacia el pueblo, se encontraron a mujeres y niños que iban al arroyo con sus cubos para el agua. Pero los hombres tenían una expresión tan ceñuda y terrible que las mujeres y los niños no les dijeron «nno», o sea, «bienvenidos», sino que se hicieron a un lado para dejarles pasar. En el pueblo se les fueron uniendo grupitos de hombres hasta que se convirtieron en una compañía considerable. Cuando cada uno de los seis hombres llegaba a su recinto entraba en él seguido por una parte del grupo. El pueblo se agitaba de forma silenciosa y contenida.

En cuanto llegó la noticia de que iban a poner en libertad a los seis hombres, Ezinma había preparado algo de comer para su padre. Se lo llevó a su obi. Okonkwo comió abstraído. No tenía apetito; si comía era únicamente por agradar a Ezinma. Sus parientes y amigos varones se habían reunido en su obi y Obierika lo instaba a comer algo. Nadie más hablaba, pero vieron las marcas alargadas en la espalda de Okonkwo, donde le había mordido en la carne el látigo del carcelero.

Aquella noche volvió a salir el pregonero del pueblo. Golpeó su gong de hierro y anunció que por la mañana se celebraría otra reunión. Todo el mundo sabía que por fin Umuofia iba a expresar su opinión acerca de lo que estaba pasando.

Aquella noche Okonkwo durmió muy poco. La amargura que sentía en el corazón se mezclaba ahora con una especie de excitación infantil. Antes de irse a la cama se había llevado su atavío de guerra, que no había tocado desde que regresó del exilio. Había sacudido la falda de rafia ahumada y examinado su alto tocado de plumas y su escudo. Todo estaba en estado satisfactorio, pensó.

Mientras yacía en su cama de bambú pensó en la forma en que lo habían tratado en el tribunal del hombre blanco y juró venganza. Si Umuofia decidía ir a la guerra, todo iría bien. Pero si elegían actuar con cobardía él iría a tomarse la venganza por su cuenta. Pensó en las guerras del pasado. La más noble, pensó, había sido la guerra contra Isike. En aquella época todavía vivía Okudo. Okudo cantaba las canciones de guerra como nadie. No era un combatiente, pero su voz convertía en leones a todos y cada uno de los hombres.

«Ya no quedan hombres dignos», suspiró Okonkwo al recordar aquellos días. «Isike no olvidará jamás cómo los aniquilamos en aquella guerra—. Les matamos a doce de sus hombres y ellos sólo mataron a dos de los nuestros. Antes de que pasara la cuarta semana de mercado estaban pidiendo la paz. En aquellos días los hombres eran hombres.»

Mientras pensaba en esas cosas oyó el sonido del gong de hierro en la distancia. Escuchó atentamente y apenas si logró oír la voz del pregonero. Pero sonaba muy débil. Se dio la vuelta en la cama y le dolió la espalda. Rechinó los dientes. El pregonero se iba acercando cada vez más hasta pasar al lado del recinto de Okonkwo.

«El mayor obstáculo de Umuofia», pensó Okonkwo con amargura, «es ese cobarde de Egonwanne. Tiene una lengua tan melosa que puede convertir el fuego en una ceniza fría. Cuando habla hace que nuestros hombres se queden impotentes. Si no hubiéramos hecho caso de su prudencia femenina hace cinco años, no hubiéramos llegado a esto». Rechinó los dientes. «Mañana les dirá que nuestros padres nunca combatieron en una “guerra culpable”. Si lo escuchan los dejo y planeo mi propia venganza.

La voz del pregonero había vuelto a alejarse, y la distancia había quitado aspereza a la voz de su gong de hierro. Okonkwo se volvió de un lado al otro y obtuvo una especie de placer del dolor que sentía en la espalda. «Que mañana hable Egonwanne de una “guerra culpable” y me va a ver la espalda y la cabeza.» Rechinó los dientes.

La plaza del mercado empezó a llenarse en cuanto salió el sol. Obierika estaba esperando en su obi cuando llegó Okonkwo, y lo llamó. Se echó al hombro su saco de piel de cabra y su machete envainado y salió a unirse con él. La casa de Obierika estaba junto al camino y veía a todos los que pasaban camino del mercado. Había intercambiado saludos con muchos que ya habían pasado aquella mañana.

Cuando Okonkwo y Obierika llegaron al punto de reunión, ya había tanta gente que si se tiraba al aire un grano de arena, éste no encontraría hueco para volver a caer en tierra. Y llegaba mucha más gente de todas las partes de los nueve pueblos. A Okonkwo se le calentó el corazón al ver que eran tantos. Pero estaba buscando a un hombre en concreto, al hombre cuya lengua temía y despreciaba tanto.

— ¿Lo ves? —preguntó a Obierika.

— ¿A quién?

— A Egonwanne —respondió, mientras lanzaba la mirada de un extremo de la enorme plaza del mercado al otro. Casi todos los hombres estaban sentados en pieles de cabra puestas en el suelo. Algunos estaban sentados en taburetes de madera que habían traído.

— No —dijo Obierika buscando con la mirada entre la multitud—. Sí, ahí está, bajo el árbol del bómbax ¿Temes que vaya a convencernos para que no combatamos?

— ¿Que si lo temo? Me da igual lo que te haga a ti. Yo lo desprecio, a él y a quienes lo escuchan. Si es necesario, estoy dispuesto a combatir yo solo.

Estaban gritando porque todo el mundo hablaba a voces, y era como el ruido de un gran mercado.

«Esperaré hasta que hable», pensó Okonkwo. «Después hablaré yo.»

— Pero, ¿cómo sabes que va a hablar en contra de la guerra? —preguntó

— Porque sé que es un cobarde —dijo Okonkwo. Obierika no oyó el resto de lo que dijo, porque en aquel momento alguien le tocó en la espalda y se dio la vuelta para darle la mano y cambiar saludos con cinco o seis amigos. Okonkwo no se dio la vuelta, aunque reconoció las voces. No estaba de humor para andar saludando a nadie. Pero uno de los hombres lo tocó y le preguntó cómo estaba la gente en su recinto.

— Están bien —replicó sin interés.

El primer hombre que habló a Umuofia aquella mañana fue Okika, uno de los seis que habían estado encarcelados. Okika era un gran hombre y un buen orador. Pero no tenía la voz atronadora que ha de utilizar un primer orador para establecer el silencio en una asamblea del clan. Onyeka sí que tenía esa voz, de forma que se le pidió que saludara a Umuofia antes de que empezara a hablar Okika.

— ¡Umuofia kwenu! —rugió, levantado el brazo izquierdo y empujando el aire con la mano abierta.

— ¡Yaa! —bramó Umuofia.

— ¡Umuofia kwenu! —volvió a rugir una vez, tras otra, tras otra, cada vez en una dirección distinta. Y la multitud respondió:

— ¡Yaa!

Después se produjo un silencio inmediato, como si se hubiera echado agua fría en una hoguera llameante.

Okika se puso en pie de un salto y saludó cuatro veces a los miembros de su clan. Después empezó a hablar:

— Todos sabéis por qué estamos aquí, cuando deberíamos estar construyendo nuestros graneros o arreglando nuestras casas, cuando deberíamos estar poniendo en orden nuestros recintos. Mi padre me decía: «Cuando veas un sapo que salta a la luz del día, entonces sabrás que hay algo que lo persigue para matarlo.» Cuando os he visto a todos llegar a esta reunión de todas las partes de nuestro clan, a hora tan temprana de la mañana, he comprendido que algo nos perseguía para matarnos —hizo una breve pausa y después volvió a empezar—: Todos nuestros dioses están llorando. Idemili está llorando, Ogwugwu está llorando, Agbala está llorando, y lo mismo todos los demás. Nuestros padres muertos están llorando por culpa del horrible sacrilegio de que han sido objeto, y de la abominación que hemos visto todos nosotros con nuestros propios ojos —volvió a detenerse para calmar la voz, que le temblaba—. Esta es una gran reunión. No hay ningún clan que pueda jactarse de tener tanta gente ni tan valiente. Pero, ¿estamos todos aquí? Os pregunto: ¿Están aquí con nosotros todos los hijos de Umuofia?

Un gran murmullo recorrió la multitud.

— No están —dijo—. Han roto el clan y cada uno se ha ido por su lado. Los que estamos aquí esta mañana hemos mantenido la fidelidad a nuestros padres, pero nuestros hermanos nos han abandonado y se han ido con un forastero a ensuciar su propia patria. Si combatimos al forastero iremos contra nuestros hermanos y quizá derramemos la sangre de un miembro de nuestro clan. Pero tenemos que hacerlo. Nuestros padres jamás soñaron nada parecido, jamás mataron a sus hermanos. Pero es que nunca les llegó un hombre blanco. De manera que tenemos que hacer lo que jamás hubieran hecho nuestros padres. Una vez le preguntaron a Eneke, el pájaro, por qué estaba siempre volando, y contestó: «Los hombres han aprendido a disparar sin Fallar jamás el objetivo, y yo he aprendido a volar sin posarme jamás.» Tenemos que arrancar este mal de raíz. Y si nuestros hermanos se ponen del lado del mal, también a ellos tenemos que arrancarlos de raíz. Y tenemos fue hacerlo ahora mimo. Hay que achicar el agua ahora fue no nos llega más que a los tobillos…

En aquel momento se produjo una agitación repentina en la multitud y todas las miradas se volvieron en una sola dirección. En el camino que llevaba de la plaza del mercado al tribunal del hombre blanco, y más allá al arroyo, había una curva muy pronunciada. Por eso nadie había visto la llegada de los cinco, ujieres del tribunal hasta que salieron de la curva, a unos pasos el límite de la multitud. Okonkwo estaba sentado allí.

Se puso en pie de un salto en cuanto vio de quiénes se trataba. Se enfrentó con el primer ujier, tembloroso de odio, incapaz de decir una palabra. Aquel hombre era intrépido y se quedó firme, con sus cuatro hombres formados tras él.

En aquel instante pareció que el mundo se detenía en espera. Se produjo un silencio absoluto. Los hombres de Umuofia se fundieron con el telón de fondo mudo de los árboles y las lianas gigantes, expectantes.

El primer ujier rompió el encanto, y ordenó:

— ¡Dejadme paso!

— ¿Qué vienes a buscar aquí?

— El hombre blanco, cuyo poder conocéis de sobra, ha ordenado que se disuelva esta reunión.

Como un relámpago, Okonkwo sacó el machete. El mensajero se agachó para evitar el golpe. Inútil. El machete de Okonkwo descendió dos veces y la cabeza del ujier quedó al lado de su cadáver uniformado.

El telón de fondo expectante prorrumpió en una vida tumultuosa y la reunión se interrumpió. Okonkwo se quedó mirando al muerto. Sabía que Umuofia no iría a la guerra. Lo sabía porque habían dejado huir a los otros ujieres. En lugar de pasar a la acción, habían prorrumpido en un tumulto. En aquel tumulto percibía el miedo. Oía voces que preguntaban: «¿Por qué lo ha hecho?»

Limpió su machete en la arena y se fue.

.

Capítulo XXV

CUANDO el Comisario del Distrito llegó al recinto de Okonkwo, a la cabeza de un grupo armado de soldados y ujieres del tribunal, se encontró con un grupo de hombres sentados cansados en el obi. Les ordenó que salieran y obedecieron sin un murmullo.

— ¿Cuál de vosotros es el llamado Okonkwo? —preguntó por conducto de su intérprete.

— No está aquí —respondió Obierika.

— ¿Dónde está?

— ¡No está aquí!

El Comisario se encolerizó y se le subió la sangre a la cabeza. Advirtió a los hombres que si no sacaban inmediatamente a Okonkwo los iba a encerrar a todos.

Los hombres murmuraron entre ellos y entonces Obierika volvió a hablar.

— Te podemos llevar a donde está, y quizá tus hombres puedan ayudarnos.

El Comisario no comprendió lo que quería decir Obierika al decir «quizá tus hombres puedan ayudarnos». Una de las costumbres más exasperantes de aquella gente era su amor a las frases superfluas, pensó.

Obierika, junto con cinco o seis más, abrió la marcha. Los siguieron el Comisario y sus hombres, con pus armas de fuego dispuestas. Ya le había advertido a Obierika que si él y los suyos intentaban algún truco los marcarían a todos. Y siguieron andando.

Detrás del recinto de Okonkwo había un bosquecillo. La única entrada al bosquecillo desde el recinto era un agujerito en el muro de tierra roja por la que entraban y salían las aves en su búsqueda incesante de comida. Por aquel agujero no podía pasar un hombre. Obierika llevó al Comisario y sus hombres hacia aquel bosquecillo. Rodearon el recinto manteniéndose junto a la pared. El único ruido que hacían era el de los pies al aplastar las hojas secas.

Después llegaron al árbol del que colgaba el cadáver de Okonkwo y se detuvieron de golpe.

— Quizá tus hombres puedan ayudarnos a bajarlo y enterrarlo —dijo Obierika—. Hemos mandado a buscar a forasteros de otro pueblo para que lo hagan por nosotros, pero quizá tarden mucho en llegar.

El Comisario del Distrito cambió en un instante. Su faceta de administrador implacable cedió el sitio a la de estudioso de las costumbres primitivas.

— ¿Por qué no podéis bajarlo vosotros? —preguntó.

— Va en contra de nuestras costumbres —dijo uno de los hombres—. Es una abominación que un hombre tome su propia vida. Es un delito contra la Tierra, y el hombre que lo comete no puede ser enterrado por sus compañeros de clan. Su cadáver está maldito, y no pueden tocarlo más que los forasteros. Por eso preguntamos si tus hombres pueden bajarlo porque sois forasteros:

— ¿Vais a enterrarlo como a cualquier otro? —preguntó el Comisario.

— No podemos enterrarlo nosotros. No pueden enterrarlo más que forasteros. Pagaremos a tus hombres por el trabajo. Cuando esté enterrado hacemos lo que estamos obligados a hacer por él. Haremos sacrificios para limpiar la tierra profanada.

Obierika, que había estado mirando fijamente el cadáver colgante de su amigo, se volvió de pronto hacia el Comisario de Distrito, y le dijo en tono feroz:

— Este hombre era uno de los más grandes hombres de Umuofia. Lo habéis llevado a la muerte, y ahora habrá que enterrarlo como a un perro… —no pudo decir más. Le temblaba la voz y se le atragantaban las palabras.

— ¡Cierra la boca! —gritó uno de los ujieres sin ninguna necesidad.

— Bajad el cadáver —ordenó el Comisario de Distrito al primer ujier— y llevadlo junto con toda esta gente al tribunal.

— Sí, señor —dijo el ujier con un saludo.

El Comisario se marchó y se llevó con él a tres o cuatro soldados. En tantos años como llevaba trabajando para llevar la civilización a diversas partes de África, había aprendido varias cosas. Una de ellas era que un Comisario de Distrito no debía asistir nunca a tareas tan poco edificantes como la de bajar a un ahorcado del árbol del que colgaba. Tal atención haría que los indígenas le tuvieran poco respeto. En el libro que estaba pensando en escribir iba a insistir en ese aspecto. Al volver al tribunal iba pensando en aquel libro. Cada día recogía más material. La historia de este hombre que había matado a un ujier y se había ahorcado resultaría interesante de leer. Casi se podría escribir todo un capítulo a su respecto. Bueno, quizá no todo un capítulo, pero en todo caso un párrafo bastante largo. Había muchas más cosas que incluir, y había que ser firme en cuanto a enredarse en detalles. Ya había escogido el título del libro, después de mucho pensárselo: La Pacificación de las Tribus Primitivas del Bajo Níger.

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