Todo se derrumba (III)

Chinua Achebe

 

 

Capítulo XI

LA oscuridad de la noche era impenetrable. La luna iba saliendo más tarde cada noche y ahora sólo se la veía al amanecer.

Y siempre que la luna estaba ausente al atardecer y salía con el canto del gallo las noches eran negras como el carbón.

Ezinma y su madre se sentaron en una estera tras comerse la cena de fu-fú de ñame y sopa de hojas amargas. Una lámpara de aceite de palma emitía una luz amarillenta. Sin ella hubiera sido imposible comer; no se sabría ni dónde tenía uno la boca en la oscuridad de aquella noche. En cada una de las cuatro cabañas del recinto de Okonkwo lucía una lámpara de aceite, y cada cabaña, vista desde las otras, parecía un ojo suave de media luz amarillenta destacado en la solidez impenetrable de la noche.

El mundo estaba en silencio salvo por los gritos agudos de los insectos, que formaban parte de la noche, y el ruido del mortero y la mano mientras Nwayieke molía su fu-fú. Nwayieke vivía cuatro recintos más allá y era famosa por dejar siempre la cocina para el final. Todas las mujeres del vecindario conocían el ruido del mortero y la mano de Nwayieke. También formaba parte de la noche.

Okonkwo había comido los platos de sus esposas y ahora estaba recostado con la espalda apoyada en la pared. Buscó en la bolsa y sacó el frasquito del rapé. Lo volcó en la palma izquierda, pero no salió nada. Golpeó el frasquito en la rodilla izquierda para sacudir el rapé. Eso era lo que pasaba siempre con el rapé de Okeke. En seguida se ponía húmedo y tenía demasiado salitre. Hacía mucho tiempo de Okonkwo no le compraba rapé. El que sabía hacer buen material era Idigo. Pero hacía poco se había puesto enfermo.

Okonkwo oyó voces bajas, interrumpidas de vez en cuando por canciones, que llegaban de las cabañas de sus esposas, donde las mujeres y los niños contaban cuentos populares. Ekwefi y su hija Ezinma estaban sentadas en una estera en el suelo. Le tocaba el turno a Ekwefi de contar un cuento.

— Érase una vez —empezó— que se invitó a todos los pájaros a una fiesta en el cielo. Estaban contentísimos y empezaron a prepararse para el gran día. Se pintaron las alas de camote rojo y se hicieron unos dibujos preciosos en ellas con uli.

»La Tortuga vio todos aquellos preparativos y en seguida descubrió de qué se trataba. Nunca se le escapaba nada de lo que pasaba en el mundo de los animales; era muy astuta. En cuanto se enteró de la gran fiesta en el cielo le empezó a picar la garganta nada más que de pensar en ella. Era una época de hambre y hacía dos lunas que la Tortuga no comía bien. En el caparazón vacío el cuerpo le claveteaba como un palo seco. De manera que empezó a pensar en cómo iría al cielo.»

— Pero no tenía alas —dijo Ezinma.

— Ten paciencia —contestó su madre—. Ese es el cuento. La Tortuga no tenía alas, pero se fue a ver a los pájaros y les pidió que la dejaran ir con ellos.

»—Ya te conocemos —dijeron los pájaros cuando la oyeron—. Eres muy astuta y eres desagradecida. Si te dejamos venir con nosotros en seguida empezarás a hacer maldades.

»—No me conocéis —dijo la Tortuga—. He cambiado mucho. He comprendido que quien crea problemas a los demás acaba por creárselos a sí mismo.

»La Tortuga sabía hablar muy bien y al cabo de poco rato los pájaros quedaron convencidos de que había cambiado mucho, y cada uno de ellos le prestó una pluma con las que se hizo dos alas.

»Por fin llegó el gran día y la Tortuga fue la primera en llegar al punto de la reunión. Cuando se juntaron todos los pájaros, se marcharon en un gran grupo. La Tortuga estaba muy contenta y charlaba mucho mientras volaba entre los pájaros, y pronto la eligieron para que fuese la oradora de la fiesta, porque hablaba muy bien.

»—Hay una cosa muy importante y que no debemos olvidar —dijo, mientras iban volando—. Cuando se invita a la gente a una fiesta así, toman nombres nuevos para la ocasión. Nuestros anfitriones del cielo esperarán que sigamos la costumbre.

»Ninguno de los pájaros había oído hablar de esa costumbre, pero sabían que la Tortuga, pese a sus defectos en otros sentidos, había viajado mucho y conocía las costumbres de diferentes pueblos. De forma que cada uno de ellos tomó un nombre. Cuando todos lo tuvieron, la Tortuga también tomó uno. Se iba a llamar Todos Vosotros.

»Por fin llegó el grupo al cielo y sus anfitriones se alegraron mucho de verlos. La Tortuga con su plumaje multicolor, se puso en pie y les dio las gracias por la invitación. Su discurso fue tan elocuente que todos los pájaros celebraron haberla traído y asintieron con las cabezas para mostrar su aprobación a todo lo que decía. Sus anfitriones creyeron que era el rey de los pájaros, sobre todo porque parecía distinguirse en algo de los demás.

»Después de sacar y comer nueces de cola, las gentes del cielo pusieron ante sus invitados los platos más deliciosos que jamás había visto ni soñado la Tortuga. Trajeron una sopa caliente del fuego y en la misma olla en la que se había hecho. Estaba llena de carne y de pescado. La Tortuga empezó a resoplar muy hondo. Había ñame molido y además potaje de ñame cocinado con aceite de palma y pescado fresco. También había cántaros de vino de palma. Cuando estuvo todo puesto ante los invitados, uno de los anfitriones del cielo se adelantó a probar un poco de cada olla. Después invitó a los pájaros a comer. Pero la Tortuga se puso en pie de un salto y preguntó:

»—¿Para quién habéis preparado todo esto?

»—Para todos vosotros —respondió el anfitrión.

»La Tortuga se volvió hacia los pájaros y les dijo:

»—Recordad que ahora me llamo Todos Vosotros. Aquí la costumbre es servir primero al orador y después a todos los demás. Os servirán a vosotros cuando haya terminado yo de comer.

»Empezó a comer y los pájaros empezaron a gruñir enfadados. La gente del cielo pensó que debían tener la costumbre de darle toda la comida a su rey. De manera que la Tortuga se comió casi toda la comida y después se bebió dos ollas de vino de palma, así que se llenó de comida y de bebida y el cuerpo se le infló y le llenó la concha.

»Los pájaros se reunieron a comer lo que quedaba y a picotear los huesos que la Tortuga había dejado por el suelo. Algunos de ellos estaban tan enfadados que no quisieron comer. Prefirieron volver volando con el estómago vacío. Pero antes de marcharse cada uno recuperó la pluma que le había prestado a la Tortuga. Esta, que era una tortuga macho, pidió a los pájaros que le llevaran un recado a su esposa, pero todos se negaron. Al final, el Loro, que había estado más enfadado que los demás, cambió de pronto de opinión y aceptó llevar el recado.

»—Dile a mi esposa —dijo la Tortuga— que saque todas las cosas blandas que hay en mi casa y que las ponga por todo el recinto, de forma que pueda llegar de un salto desde el cielo y no hacerme daño.

»Y el Loro prometió llevar el recado y se echó a volar. Pero cuando llegó a la casa de la Tortuga le dijo a su esposa que sacara todas las cosas más duras que había en la casa. De forma que la esposa sacó las azadas, los machetes, las lanzas, las escopetas y hasta el cañón de su marido. La Tortuga miró desde el cielo y vio que su esposa sacaba cosas, pero estaba demasiado alto para ver lo que eran. Cuando le pareció que ya había sacado todo dio el salto. Cayó y cayó y cayó hasta que empezó a temer que se iba a pasar la vida cayendo. Y después cayó en el recinto con un ruido como el de su cañón.»

— ¿Y se murió? —preguntó Ezinma.

— No —respondió Ekwefi—. Se le hizo pedazos la concha. Pero en el vecindario había un gran chamán. La esposa de la Tortuga envió a buscarlo y él recogió todos los trozos de concha y los pegó. Por eso tiene tantos pedazos la concha de la Tortuga.

— En este cuento no hay canciones —señaló Ezinma.

— No —dijo Ekwefi—. Ya pensaré otro que tenga canciones. Pero ahora te toca a ti.

— Érase una vez —empezó Ezinma— que la Tortuga y el Gato se pusieron a pelear con los Ñames… No, no empieza así. Érase una vez que había una gran hambre en el reino de los animales. Todo el mundo estaba muy flaco, menos el Gato, que estaba muy gordo y tenía el cuerpo lustroso como si se lo hubiera frotado con aceite de palma…

Se interrumpió porque en aquel mismo momento una voz alta y aguda rompió el silencio exterior de la noche. Era Chielo, la sacerdotisa de Agbala, que hacía una profecía. Aquello no era nada nuevo. De vez en cuando, Chielo quedaba poseída por el espíritu de su dios y empezaba a profetizar. Pero aquella noche dirigía su profecía y sus saludos a Okonkwo, de modo que todos los de su familia escucharon atentos. Se interrumpieron los cuentos populares.

— ¡Agbala do-o-o-o! ¡Agbala ekeno-o-o-o-o! —llegaba la voz que cortaba la noche como un cuchillo bien afilado—. ¡Okonkwo! ¡Agbala ekenegio-o-o-o! ¡Agbala cholu ifu ada ya Ezinmao-o-o-o!

Al oír el nombre de Ezinma, Ekwefi dio un respingo, como un animal que ha olfateado la muerte en el aire. Le dio un salto el corazón.

La sacerdotisa ya había llegado al recinto de Okonkwo y estaba hablando con éste a la puerta de la cabaña. Repetía una vez tras otra que Agbala quería ver a su hija, Ezinma. Okonkwo le rogaba que volviera por la mañana, porque Ezinma ya estaba dormida. Pero Chielo no hacía caso de lo que le decía y siguió gritando que Agbala quería ver a su hija. Tenía una voz clara como el metal y las esposas y los hijos de Okonkwo oían desde sus cabañas todo lo que decía. Okonkwo seguía argumentando que la niña había estado enferma hacía poco y ya se había dormido. Ekwefi se la llevó inmediatamente al dormitorio y la puso en la cama alta de bambú.

De pronto la sacerdotisa gritó:

— ¡Cuidado, Okonkwo! —advirtió— ¡Cuidado con cambiar palabras con Agbala! ¿Osa un hombre hablar cuando habla un dios? ¡Cuidado!

Pasó por la cabaña de Okonkwo y salió al círculo del recinto y marchó directamente a la cabaña de Ekwefi. Okonkwo iba tras ella.

— Ekwefi —llamó la sacerdotisa—. Agbala te saluda. ¿Dónde esta mi hija, Ezinma? Agbala quiere verla.

Ekwefi salió de su cabaña con la lámpara de aceite en la mano izquierda. Soplaba un leve viento, por lo que ahuecó la mano derecha para proteger la llama. La madre de Nwoye, también con una lámpara de aceite en la mano, salió de su cabaña. Sus hijos estaban en la oscuridad fuera de su cabaña y contemplaban el extraño acontecimiento. También salió la esposa más joven de Okonkwo y se unió a los demás.

— ¿Dónde quiere verla Agbala? — preguntó Ekwefi.

— ¿Dónde va a ser, más que en su casa de los cerros y de las cuevas? —respondió la sacerdotisa.

— Entonces también voy yo — dijo firmemente Ekwefi.

— ¡Tufia-a! —maldijo la sacerdotisa, con voz restallarte como el rugido airado del trueno en la estación seca—. ¿Cómo osas, mujer, ir ante el poderoso Agbala por tu propia decisión? Ten cuidado, mujer, no sea que te golpee en su ira. Tráeme a mi hija.

Ekwefi entró en su cabaña y volvió a salir con Ezinma.

— Ven, hija mía —dijo la sacerdotisa—, te voy a llevar a hombros. Un niño que va a hombros de su madre no se entera de que el camino es largo.

Ezinma se echó a llorar. Estaba acostumbrada a que Chielo la llamara «hija mía».

Pero la Chielo que ahora veía en la media luz amarillenta era diferente.

— No llores, hija mía —dijo la sacerdotisa—, o si no Agbala se enfadará contigo.

— No llores —dijo Ekwefi—,que pronto volverás con ella. Te voy a dar un poco de pescado para que lo vayas comiendo —volvió a entrar en la cabaña y sacó el cesto negro como el humo en el que guardaba el pescado seco y otros ingredientes para hacer la sopa. Rompió un pedazo en dos y se lo dio a Ezinma, que se aferró a ella.

— No tengas miedo —dijo Ekwefi acariciándole la cabeza, que estaba afeitada por algunas partes para dejar un dibujo geométrico en el pelo. Volvieron a salir. La sacerdotisa puso una rodilla en tierra y Ezinma se le subió a hombros, con el puño izquierdo centrado en torno a su trozo de pescado y los ojos llenos de lágrimas.

— ¡Agbala do-o-o-o! ¡Agbala ekeneo-o-o-o! —Chielo volvió a entonar saludos a su dios. Se dio media vuelta de golpe y pasó por la cabaña de Okonkwo inclinándose para no dar en el alero. Ezinma estaba empezando a llorar muy fuerte y a llamar a su madre. Las dos voces desaparecieron en la oscuridad impenetrable.

Una debilidad extraña y repentina invadió a Ekwefi mientras se quedaba mirando en la dirección de las voces, como una gallina a la que un milano le acaba de arrebatar su único polluelo. Pronto se desvaneció la voz de Ezinma y no se oyó más que a Chielo, que iba alejándose cada vez más.

— ¿Por qué te quedas ahí como si la hubieran secuestrado? —preguntó Okonkwo al volverse a su cabaña.

— Pronto te la traerá —dijo la madre de Nwoye.

Pero Ekwefi no oyó aquellos consuelos. Se quedó inmóvil un rato y después, de repente, se decidió. Cruzó corriendo por la cabaña de Okonkwo y se fue afuera.

— ¿Dónde vas? —le preguntó Okonkwo.

— Voy a seguir a Chielo —replicó ella, y desapareció en la oscuridad. Okonkwo carraspeó y sacó el frasquito de rapé de la bolsa de piel de cabra que tenía al lado.

La voz de la sacerdotisa ya se estaba perdiendo en la distancia. Ekwefi salió corriendo al camino principal y giró a la izquierda en la dirección de la voz. Los ojos no le valían de nada en aquella oscuridad. Pero se abrió camino fácilmente en el sendero de arena bordeado a ambos lados por ramas y hojas húmedas. Empezó a correr, sosteniéndose los pechos con las manos para que no hicieran ruido al golpearle en el cuerpo. Se dio un golpe en el pie izquierdo con una raíz saliente y se apoderó de ella el pánico. Era un mal augurio. Pero la voz de Chielo seguía sonando muy lejos. ¿Iría corriendo también ella? ¿Cómo podía ir tan rápido con Ezinma a hombros? Aunque la noche era fresca, Ekwefi empezaba a sentir calor de tanto correr. Tropezaba constantemente con las abundantes hierbas y lianas que bordeaban el camino. Una vez tropezó y se cayó. Hasta entonces no se dio cuenta, sobresaltada, de que Chielo había dejado de entonar cánticos. Le latía violentamente el corazón y se detuvo. Entonces llegó un nuevo aullido de Chielo a sólo unos pasos de distancia. Pero Ekwefi no podía verla. Cerró los ojos un momento y los volvió a abrir, esforzándose por ver algo. Pero era inútil. No podía ver más allá de su nariz.

No había estrellas en el cielo porque las tapaba una gran nube. Circulaban luciérnagas con sus diminutos puntos de luz, que sólo servían para hacer que la oscuridad resultara más profunda. Entre los aullidos de Chielo la noche era algo vivo, con el zumbido agudo, de los insectos del bosque que se entretejían en la oscuridad.

— ¡Agbala do-o-o-o!… ¡Agbala ekeneo-o-o-o! — y Ekwefi avanzaba a la zaga, sin acercarse ni retrasarse demasiado. Creía que debían ir en dirección a la cueva sagrada. Ahora que podía andar más despacio, tenía tiempo para pensar. ¿Qué hacer cuando llegara a la cueva? No se atrevería a entrar. Se quedaría esperando a la entrada, totalmente sola en aquel lugar terrible. Pensó en todos los terrores de la noche. Recordó aquella noche, hacía mucho tiempo, en la que había visto a Ogbuagali-odu, una de esas terribles esencias infligidas al mundo por las potentes medicinas que la tribu había hecho en el remoto pasado contra sus enemigos, pero que ahora había olvidado cómo controlar. Ekwefi volvía del río con su madre en una noche oscura igual que ésta cuando vieron que brillaba hacia donde iban ellas. Tiraron al suelo sus cántaros de agua y se tumbaron junto al camino, esperando a que la luz siniestra descendiera sobre ellas y las matara. Aquella fue la única vez que Ekwefi había visto a Ogbu-agali-odu en su vida. Pero aunque hacía tanto tiempo de aquello, todavía se le helaba la sangre cuando recordaba aquella noche.

Ahora la voz de la sacerdotisa llegaba a intervalos más largos, pero sin que disminuyera su vigor. El aire estaba fresco y húmedo del rocío. Ezinma estornudó.

Ekwefi murmuró: «Salud.» Al mismo tiempo, la sacerdotisa decía también: «Salud, hija mía.»

La voz de Ezinma en la oscuridad tranquilizó el corazón de su madre.

Siguió adelante lentamente.

Y entonces la sacerdotisa gritó: «¡Alguien viene andando detrás de mí!», y dijo: «¡Seas un espíritu o un hombre, que Agbala te afeite la cabeza con una cuchilla roma! ¡Que te retuerza el cuello hasta que puedas ver los talones!»

Ekwefi se quedó inmóvil como una estatua. Una parte de sí le decía: «Mujer, vete a casa antes que Agbala te haga daño.» Pero no podía. Se quedó allí hasta que Chielo aumentó la distancia entre ellas y después volvió a seguirlas. Ya había andado tanto que empezó a sentir un cierto embotamiento en las piernas y en la cabeza. Después se le ocurrió que quizá no se estuvieran dirigiendo a la cueva. Debían haberla pasado hacía mucho rato. Debían ir en dirección a Umuachi, el pueblo más lejano del clan. Ahora la voz de Chielo llegaba al cabo de largos intervalos.

A Ekwefi le pareció que la noche había aclarado algo. Se había ido la nube y habían salido algunas estrellas. La luna debía estar preparándose para salir, pasado su mal humor. Cuando la luna salía muy avanzada la noche, la gente decía que rechazaba la comida, igual que un marido enfadado rechaza la comida de su esposa cuando se han peleado.

— ¡Agbala do-o-o-o! ¡Umuachi! ¡Agbala ekene unuo-o-o! —era exactamente lo que se había imaginado Ekwefi. La sacerdotisa saludaba ahora al pueblo de Umuachi. Era increíble, la distancia que habían recorrido. Al salir al pueblo abierto desde el sendero estrecho del bosque se suavizó la oscuridad y resultó posible ver la forma oscura de los árboles. Ekwefi apretó los ojos en una tentativa de ver a su hija y a la sacerdotisa, pero siempre que creía ver su silueta ésta se disolvía inmediatamente, como una masa oscura que se disuelve. Siguió andando embotada.

Ahora la voz de Chielo se elevaba constantemente, igual que cuando se habían puesto en marcha. Ekwefi tuvo una sensación de un gran espacio abierto y supuso que estarían en el ilo o parque de juegos del pueblo. Y se dio cuenta con un respingo de que Chielo ya no seguía avanzando. De hecho, se estaba dando la vuelta. Ekwefi se apartó rápidamente de su camino de vuelta. Chielo pasó a su lado y empezaron a desandar el camino que habían recorrido.

Fue un viaje largo y cansado y durante casi todo el camino Ekwefi se sintió como una sonámbula. Ya no cabía duda de que estaba saliendo la luna, y aunque todavía no había aparecido en el cielo, su luz ya empezaba a disipar la oscuridad. Ekwefi podía discernir ahora la figura de la sacerdotisa y su carga. Aminoró el paso con objeto de aumentar la distancia entre ellas. Temía lo que podría ocurrir si Chielo se daba la vuelta de repente y la veía.

Había rezado para que saliera la luna. Pero ahora la media luz de la luna incipiente le parecía más aterradora que la oscuridad. Ahora el mundo estaba poblado de siluetas vagas y fantásticas que se disolvían cuando las miraba fijamente y después volvían a reagruparse en nuevas formas. Hubo un momento en que Ekwefi pasó tanto miedo que casi llamó a Chielo para pedirle compañía y solidaridad humana. Lo que había visto tenía la forma de un hombre que trepaba por una palmera, con la cabeza hacia la tierra y las piernas hacia el cielo. Pero en aquel mismo momento volvió a elevarse la voz de Chielo en su cántico de posesa, y Ekwefi se echó atrás, porque aquello no tenía nada de humano. No era la misma Chielo que se sentaba a su lado en el mercado y a veces compraba pastas de alubias para Ezinma, a la que llamaba hija suya. Era otra mujer: la sacerdotisa de Agbala, el Oráculo de los Cerros y de las Cuevas. Ekwefi siguió adelante, debatiéndose entre dos temores. El ruido de sus pasos embotados parecía proceder de otra persona que anduviera detrás de ella. Llevaba los brazos cruzados sobre el pecho desnudo. Estaba cayendo mucho rocío y el aire era frío. Ya no podía pensar, ni siquiera en los terrores de la noche. Se limitaba a seguir trotando medio dormida, sin despertarse del todo más que cuando Chielo cantaba.

Por fin tomaron una curva y empezaron a dirigirse hacia las cuevas. A partir de aquel momento, Chielo no cesó en sus cánticos. Saludaba a su dios con una multitud de nombres: el propietario del futuro, el mensajero de la tierra, el dios que aniquilaba a un hombre cuando más dulce era su vida. También Ekwefi se despabiló y se renovaron sus temores embotados.

La luna ya estaba alta y veía claramente a Chielo y Ezinma. Era un milagro que una mujer pudiera llevar con tanta facilidad y tanto tiempo a una niña de su estatura. Pero Ekwefi no pensaba en eso. Aquella noche Chielo no era una mujer.

— ¡Agbala do-o-o-o! ¡Agbala ekeneo- o-o-o! ¡Chinegbu madu ubori ndu ya nato ya uto daluo-o-o-o!…

Ekwefi podía ver los cerros que se levantaban en la luz de la luna. Formaban un anillo circular con una apertura en un punto por el que el sendero llevaba al centro del círculo.

En cuanto la sacerdotisa entró en el círculo de cerros su voz no sólo se redobló, sino que encontró eco por todas partes. Verdaderamente era el santuario de un gran dios. Ekwefi se abrió camino cautelosa y silenciosamente. Ya estaba empezando a dudar que hubiera sido prudente seguirlas. No le iba a pasar nada a Ezinma, pensó. Y si le pasaba algo, ¿podía ella impedirlo? No se atrevería a entrar en las cuevas subterráneas. Era totalmente inútil que hubiera venido, pensó.

Mientras le pasaba todo aquello por la cabeza, no se dio cuenta de lo cerca que estaban de la boca de la cueva. Y por eso, cuando la sacerdotisa con Ezinma a hombros desapareció por un agujero por el que apenas si podía pasar una gallina, Ekwefi se echó a correr como para frenarlas. Se quedó inmóvil contemplando la oscuridad circular que se las había tragado y le brotaron torrentes de lágrimas, y juró para sus adentros que si oía llorar a Ezinma entraría corriendo en la cueva para defenderla contra todos los dioses del mundo. Moriría con ella.

Tras hacer aquel juramento se sentó en una piedra lisa y se puso a esperar. Se le había pasado el miedo. Podía oír la voz de la sacerdotisa, carente ya del tono metálico, que suavizaba el enorme vacío de la cueva. Enterró la cabeza en el regazo y esperó.

Nunca supo cuánto tiempo esperó. Debió ser mucho. Estaba de espaldas al sendero por el que se salía de los cerros. Debió oír un ruido a sus espaldas y se dio la vuelta rápidamente. A su lado había un hombre con un machete en la mano. Ekwefi dio un grito y se puso en pie de un salto.

— No seas boba —dijo la voz de Okonkwo—. Creí que ibas a entrar en el santuario con Chielo —se burló.

Ekwefi no contestó. Se le llenaron los ojos de lágrimas de gratitud. Sabía que su hija estaba a salvo.

— Vete a dormir a casa —dijo Okonkwo—. Yo espero aquí.

— Yo también me quedo. Casi ha amanecido. Ya ha cantado el primer gallo.

Mientras seguían esperando juntos, Ekwefi recordó los días en que ambos eran jóvenes. Ekwefi se había casado con Anene porque Okonkwo era demasiado pobre entonces para casarse. Dos años después de su matrimonio con Anene no pudo seguir soportándolo y se escapó para irse con Okonkwo. Se había fugado a primera hora de la mañana. Brillaba la luna. Ekwefi iba al arroyo a coger agua. La casa de Okonkwo estaba camino del arroyo. Fue a llamar a su puerta y se la abrió él. Incluso en aquella época no era hombre de muchas palabras. Se limitó a llevarla a la cama y en la oscuridad empezó a buscarle el nudo de la falda que llevaba a la cintura.

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Capítulo XII

A la mañana siguiente todo el vecindario tenía aire de fiesta porque Obierika, el amigo de Okonkwo, celebraba la uri de su hija. Era el día en que su pretendiente (tras haber pagado ya la mayor parte del precio de la novia) no sólo llevaría vino de palma para sus padres y sus parientes cercanos, sino para todo el gran grupo de parentela extendida llamado umunna. Estaban invitados todos: hombres, mujeres y niños. Pero en realidad era una ceremonia para las mujeres, y las figuras centrales eran la novia y su madre.

En cuanto rompió el día se comió a toda velocidad el desayuno y las mujeres y los niños empezaron a reunirse en el recinto de Obierika para ayudar a la madre de la novia en la tarea, difícil pero feliz, de cocinar para todo un pueblo.

La familia de Okonkwo estaba muy agitada, igual que todas las demás familias del vecindario. La madre de Nwoye y la esposa más joven de Okonkwo estaban dispuestas a ponerse en marcha hacia el recinto de Obierika con todos los niños. La madre de Nwoye llevaba un cesto de coco-ñames, una pella de sal y pescado ahumado que regalaría a la esposa de Obierika. Ojiugo, la esposa más joven de Okonkwo, también llevaba un cesto de plátanos y coco-ñames y una ollita de aceite de palma. Los niños llevaban cántaros de agua. Ekwefi estaba agotada y soñolienta tras la agotadora experiencia de la noche anterior. No hacía mucho que habían vuelto. La sacerdotisa, con Ezinma dormida a la espalda, había salido reptando del santuario, sobre el vientre, como una serpiente. No había ni mirado a Okonkwo y Ekwefi ni mostrado sorpresa alguna al encontrarlos a la salida de la cueva. Miraba recto al frente y se volvió al pueblo. Okonkwo y su esposa la seguían a una distancia respetuosa. Creían que la sacerdotisa se iría a su propia casa, pero fue al recinto de Okonkwo, cruzó por el obi de éste y fue a la cabaña de Ekwefi y se metió en su dormitorio. Puso a Ezinma cuidadosamente en la cama y se marchó sin decirle una palabra a nadie.

Ezinma seguía dormida mientras todo el mundo iba de acá para allá, y Ekwefi pidió a la madre de Nwoye y a Ojiugo que explicaran a la esposa de Obierika que iba a llegar tarde. Ya había preparado su cesto de cocoñames y pescado, peto tenía que esperar a que se despertara Ezinma.

— Tú también tienes que dormir algo —dijo la madre de Nwoye—. Tienes aspecto de estar muy cansada.

Mientras hablaban salió Ezinma de la cabaña, frotándose los ojos y estirando su cuerpecillo delgado. Vio a los demás niños con sus cántaros para el agua y recordó que iban a buscar agua para la esposa de Obierika. Volvió a entrar en la cabaña y sacó su cántaro.

— ¿Has dormido bastante? —le preguntó su madre.

— Sí —respondió—. Vámonos.

— Pero antes tienes que tomarte el desayuno —dijo Ekwefi. Y entró en la cabaña a calentar la sopa de verduras que había preparado la noche antes.

— Nosotras nos vamos —dijo la madre de Nwoye—. Le digo a la esposa de Obierika que vas a llegar tarde —y se fueron todos a ayudar a la esposa de Obierika: la madre de Nwoye con sus cuatro hijos y Ojiugo con los dos suyos.

Mientras pasaban todos por el obi de Okonkwo, éste preguntó:

— ¿Quién me va a preparar la comida de la tarde?

— Volveré yo para hacértela —contestó Ojiugo.

Okonkwo también estaba cansado y soñoliento, porque, aunque no lo sabía nadie, tampoco él había dormido aquella noche. Había estado muy preocupado, pero no lo había demostrado. Cuando Ekwefi siguió a la sacerdotisa él dejó que pasara lo que consideró un intervalo razonable y varonil y después se fue con su machete al santuario, donde creía que debían estar. Hasta llegar allí no se le ocurrió que la sacerdotisa quizá hubiera decidido hacer primero la ronda de los pueblos. Okonkwo se había vuelto a casa a esperar. Cuando creyó que ya había esperado suficiente, volvió otra vez al santuario. Pero los Cerros y las Cuevas estaban silenciosos como la muerte. Hasta su cuarto viaje no se encontró con Ekwefi, y para entonces estaba muy preocupado.

El recinto de Obierika parecía un hormiguero. Había trípodes provisionales de cocina erigidos en todos los espacios disponibles, para lo cual se reunían bloques de adobe secado al sol y se hacía un fuego en medio de ellos. Las ollas subían y bajaban en los trípodes y en cien morteros de madera se machacaba el fu-fú. Algunas de las mujeres cocinaban ñames y el cazabe, y otras preparaban sopa de verduras. Los muchachos machacaban el fu-fú o partían leña. Los niños más pequeños hacían constantes viajes al arroyo.

Tres muchachos ayudaron a Obierika a matar las dos cabras con las que se iba a hacer la sopa. Las cabras estaban muy gordas, pero la más gorda de todas estaba atada a un palo cerca de la pared del recinto. Era del tamaño de una ternera. Obierika había mandado a uno de sus parientes que fuera hasta Umuike a comprar aquella cabra. Era la que iba a regalar viva a sus parientes políticos.

— El mercado de Umuike es un sitio maravilloso —dijo el muchacho al que había enviado Obierika a comprar la cabra gigante—. Hay tanta gente que si tiras un grano de arena no encuentra sitio para volver a caer en tierra.

— Eso es resultado de una gran medicina —dijo Obierika—. La gente de Umuike quería que su mercado creciera y se tragara los mercados de sus vecinos. Entonces hicieron una medicina muy fuerte. Cada día de mercado, antes de que cante el primer gallo, se pone esta medicina en la plaza del mercado en forma de una vieja con un abanico. Con ese abanico mágico llama al mercado de todos los clanes vecinos. Hace el llamamiento por delante, por detrás, a su derecha y a su izquierda.

— Y entonces viene todo el mundo — dijo otro hombre—, los honrados y los ladrones. En ese mercado te pueden hasta quitar la falda que llevas.

— Sí —dijo Obierika—. Ya le advertí a Nwankwo que tuviera bien abiertos los ojos y los oídos. Una vez hubo un hombre que fue a vender una cabra. La llevaba atada de una cuerda gruesa que se ató él a la cintura. Pero al ir recorriendo el mercado advirtió que la gente lo señalaba como si fuera un loco. No podía comprenderlo hasta que miró atrás y vio que lo que llevaba a la espalda no era una cabra, sino un leño muy grande.

— ¿Tú crees que un ladrón puede hacer algo así por sí solo?

— No —dijo Obierika—, usan una medicina.

Después de cortarles el cuello a las cabras y recoger la sangre en un cuenco, las pusieron encima de una hoguera pata quemarles el pelo, y el olor a pelo quemado se mezcló con los olores de cocina. Después las lavaron y las despedazaron para las mujeres que estaban haciendo la sopa.

Toda aquella actividad de hormiguero iba perfectamente cuando se produjo una interrupción repentina. Era un grito en lontananza: ¡Oji odu achu ijiji-o-o! (¡La que usa la cola para espantarse se acaba de escapar!) Inmediatamente todas las mujeres abandonaron lo que estaban haciendo y se echaron a correr en la dirección de la voz.

— No podemos echarnos a correr todas y dejar que lo que estamos cocinando se quede a quemar en los fuegos —gritó Chielo la sacerdotisa—. Tienen que quedarse tres o cuatro.

— Es verdad —dijo otra mujer—. Hay que dejar aquí tres o cuatro mujeres.

Se quedaron cinco mujeres para cuidar de las ollas, y todas las demás se fueron corriendo a ver la vaca que se había soltado. Cuando la encontraron se la devolvieron a su propietario, que pagó inmediatamente la dura multa que imponía el pueblo a todos los que dejaban una vaca suelta en los campos de sus vecinos. Cuando las mujeres cobraron la multa se contaron para ver si alguna de ellas no había venido cuando se lanzó el grito de advertencia.

— ¿Dónde está Mgbogo? —preguntó una.

— Está enferma en cama —dijo la vecina de al lado de Mgbogo—. Tiene iba.

— La única que falta es Udenkwo — dijo otra mujer—, y su hijo todavía no ha cumplido los veintiocho días.

Las mujeres a las que no había pedido la esposa de Obierika que la ayudaran a cocinar se volvieron a sus casas y el resto volvió, en bloque, al recinto de Obierika.

— ¿Qué vaca era? —preguntaron las mujeres a las que se había permitido quedarse.

— Una de mi marido —dijo Ezelagbo—. Uno de los niños había abierto la puerta del establo.

A primera hora de la tarde llegaron los dos primeros cántaros de vino de palma de los parientes políticos de Obierika. Como procedía, se los dieron a las mujeres, que bebieron una o dos tazas cada una, para descansar de la cocina. Parte se destinó también a la novia y a sus damas de honor, que estaban dándole los últimos toques de afeitado a su peinado y de madera de camote a su piel tersa.

Cuando empezó a remitir el calor del sol, Maduka, el hijo de Obierika, tomó una escoba muy larga y barrió el suelo frente al obi de su padre. Y, como si hubieran estado esperando justo a este momento, empezaron a llegar los parientes y los amigos de Obierika, todos los hombres con su bolsa de piel de cabra al cuello y una alfombrilla de piel de cabra enrollada bajo el brazo. Algunos de ellos iban acompañados por sus hijos, que llevaban taburetes de madera tallada. Entre los hombres estaba Okonkwo. Se sentaron en semicírculo y empezaron a hablar de muchas cosas. No faltaba mucho tiempo para que llegara la familia del pretendiente.

Okonkwo sacó el frasquito del rapé y se lo ofreció a Ogbuefi Ezenwa, que estaba sentado a su lado. Ezenwa lo tomó, lo golpeó en la rodilla y se frotó la palma de la mano izquierda en el cuerpo para secársela antes de poner en ella un poco de rapé.

Sus gestos eran lentos, y mientras los hacía seguía hablando.

— Espero que nuestros parientes políticos traigan muchos cántaros de vino. Aunque vienen de un pueblo que tiene fama de tacaño, deben saber que Akueke es una novia digna de un rey.

— No se atreverán a traer menos de treinta —dijo Okonkwo—. Si traen menos, ya les diré yo cuatro cosas.

En aquel momento Maduka, el hijo de Obierika, sacó la cabra gigante del recinto interior, para que la vieran los parientes de su padre. Todos la admiraron y dijeron que así se hacían las cosas. Después volvieron a llevar a la cabra a la parte de dentro del recinto.

Poco después empezaron a llegar los parientes políticos. Primero venían los hombres jóvenes y los muchachos en fila india, cada uno de ellos con un cántaro de vino. Los parientes de Obierika iban contando los cántaros a medida que llegaban. Veinte, veinticinco. Hubo una larga pausa y los anfitriones se miraron los unos a los otros como diciendo «Ya te lo había dicho yo». Después llegaron más cántaros. Treinta, treinta y cinco, cuarenta, cuarenta y cinco. Los anfitriones asintieron con gesto de aprobación y parecieron decir «Ahora se están portando como hombres». En total, llegaron cincuenta cántaros de vino. Después de los portadores del vino llegaron Ibe, el pretendiente, y los ancianos de su familia. Se sentaron en media luna, de forma que cerraban el círculo con sus anfitriones. En medio del círculo estaban los cántaros de vino. Después salieron del interior del recinto la novia, su madre y media docena de mujeres y muchachas, y recorrieron el círculo dándoles la mano a todos. Primero iba la madre de la novia, seguida de ésta y de las otras mujeres. Las mujeres casadas llevaban sus mejores ropas, y las muchachas llevaban a la cintura cuentas rojas y negras y tobilleras de latón.

Cuando se retiraron las mujeres, Obierika ofreció nueces de cola a sus parientes políticos. Su hermano mayor rompió la primera, y al romperla dijo:

— Salud a todos nosotros. Y que reine la amistad entre nuestra familia y la vuestra.

— ¡Ee-e-e! —respondió la multitud.

— Hoy os damos a nuestra hija. Será para ti una buena esposa. Te dará nueve hijos, como la madre de nuestro pueblo.

— ¡Ee-e-e!

El más anciano del bando visitante respondió:

— Esto será bueno para vosotros y será bueno para nosotros.

— ¡Ee-e-e!

— No es la primera vez que mi pueblo viene a casarse con el vuestro. Mi madre era de los vuestros.

— ¡Ee-e-e!

— Y no será la última, porque vosotros nos comprendéis y nosotros os comprendemos a vosotros. Sois una gran familia.

— ¡Ee-e-e!

— Hombres prósperos y grandes guerreros —miró hacia Okonkwo—. Vuestra hija nos dará hijos como vosotros.

— ¡Ee-e-e!

Se comieron las nueces de cola y comenzó a circular el vino de palma. Cada grupo de cuatro o cinco hombres tenía un cántaro de vino en el medio. Al ir avanzando la velada se trajo comida a los invitados. Había cuencos enormes de fufú y ollas humeantes de sopa. También había ollas de potaje de ñame. Fue una gran fiesta.

Cuando cayó la noche se pusieron antorchas encendidas en trípodes de madera y los hombres jóvenes iniciaron una canción. Los ancianos se sentaron en un gran círculo y los cantantes lo recorrieron y cantaron los elogios de cada uno al llegar frente a él. Tenían algo que decir de todos y cada uno de ellos. Unos eran grandes agricultores, otros oradores que hablaban en nombre del clan; Okonkwo era el mayor de los luchadores y de los guerreros vivientes. Cuando recorrieron el círculo se sentaron en el centro y salieron del interior del recinto las muchachas para bailar. Al principio la novia no figuraba entre ellas. Pero cuando por fin apareció, con un gallo en la mano derecha, la multitud dio un gran grito. Todas las demás bailarinas le dejaron paso. Ofreció el gallo a los músicos y empezó a bailar. Le tintineaban las tobilleras de latón al bailar, y el cuerpo le brillaba de madera de camote a la luz amarillenta. Los músicos, con sus instrumentos de madera, de arcilla y de metal, pasaban de una canción a otra. Todas ellas eran de alegría. Cantaron la canción que últimamente estaba de moda en el pueblo:

Si la cojo de la mano me dice
«¡No me toques!»
Si la cojo del pie me dice
«¡No me toques!»
Pero si la cojo de la cintura
hace como que no se entera.

Ya estaba muy avanzada la noche cuando se levantaron los invitados para irse y llevarse a casa a la novia a que pasara siete semanas de mercado con la familia de su pretendiente. Al marcharse iban cantando, y por el camino hicieron visitas de cortesía a personalidades como Okonkwo, antes de salir definitivamente hacia su pueblo. Okonkwo les regaló dos gallos.

.

Capítulo XIII

Go-di-di-go-go-di-go. Di-go-go-di-go. Era el ekwe que hablaba al clan. Una de las cosas que todos los hombres aprendían era el lenguaje del instrumento de madera hueca. ¡Diim! ¡Diim! ¡Diim!, tronaba el cañón a intervalos.

Todavía no había cantado el primer gallo y Umuofia estaba sumido en el sueño y el silencio cuando empezó a hablar el ekwe y el cañón rompió el silencio. Los hombres se dieron la vuelta en sus camas de bambú y escucharon atentamente. Había muerto alguien. El cañón pareció rasgar el cielo. Di-go-go-di-go-di-di-go-go flotaba en el aire de la noche cargado de mensajes. El vago y distante lamento de las mujeres se asentaba como un sedimento de color en la tierra. De vez en cuando un gemido sonoro y atronador se elevaba sobre las lamentaciones cuando llegaba un hombre al lugar de la muerte. El hombre elevaba su voz una o dos veces en expresión de pesar viril y después se sentaba con los demás hombres a escuchar los gemidos inacabables de las mujeres y el lenguaje esotérico del ekwe. De vez en cuando tronaba el cañón. Las lamentaciones de las mujeres no se oirían más allá del pueblo, pero el Ekwe llevaba las noticias a los nueve pueblos e incluso más allá. Empezaba por nombrar al clan: Umuofia obodo dike, la tierra de los valientes. ¡Umuofia obodo dike! ¡Umuofia obodo dike! Repetía lo mismo una vez tras otra, y su frase hacía que la ansiedad fuera en aumento en todos los corazones que latían en una cama de bambú aquella noche. ¡Iguedo, el de la piedra amarilla de molino! Era el pueblo de Okonkwo. Una vez tras otra sonó el nombre de Iguedo y los hombres se quedaron esperando sin aliento en los nuevos pueblos. Por fin se nombró al hombre y la gente suspiró: «E—u—u, Ezeudu ha muerto. » A Okonkwo le recorrió la espalda un sudor frío al recordar la última vez que lo había visitado el anciano. «Ese muchacho te llama padre, le había dicho. «No tengas nada que ver con su muerte.»

Ezeudu era un gran hombre, de modo que todo el clan asistió a su funeral. Retumbaron los antiquísimos tambores de la muerte, se dispararon escopetas y cañones, y los hombres corrieron frenéticos, dando tajos a todos los árboles y los animales que veían, saltando por encima de las paredes y bailando en los tejados. Fue el funeral de un guerrero, y desde la mañana hasta la noche fueron llegando y marchándose guerreros por grupos de edades. Todos ellos llevaban faldas de rafia ahumada y tenían los cuerpos pintados con tiza y carbón. De vez en cuando surgía del mundo subterráneo un espíritu de los antepasados, o egwugwu, que hablaba con voz temblorosa de fuera de este mundo e iba totalmente cubierto de rafia. Algunos de ellos eran muy violentos y a primera hora del día se había producido una estampida en busca de refugio cuando apareció uno con un machete muy afilado y a quien únicamente se le pudo impedir que hiciera daños importantes cuando dos hombres lo dominaron con ayuda de una cuerda fuerte que le ataron a la cintura. A veces se daba la vuelta y perseguía a aquellos hombres, que se echaban a correr para que no los matara. Pero siempre volvían a la larga cuerda que arrastraba detrás de él. Y él cantaba, con una voz aterradora, que le había entrado en el ojo Ekwensu, o el Espíritu del Mal.

Peto todavía faltaba por llegar el más temido de todos. Siempre iba solo y tenía la forma de un ataúd. Adondequiera que fuese dejaba en el aire un olor repulsivo, y estaba siempre rodeado de moscas. Hasta los mayores chamanes se echaban a correr cuando se acercaba éste. Hacía muchos años otro egwugwu había osado enfrentarse con él y se había quedado paralizado en el sitio dos días seguidos. Este espíritu tenía sólo una mano en la que llevaba un cesto lleno de agua.

Pero algunos de los egwugwu eran totalmente inofensivos. Uno de ellos era tan viejo y estaba tan enfermo que se apoyaba mucho en un bastón. Fue vacilante al lugar en que yacía el cadáver, lo contempló un momento y volvió a marcharse al mundo subterráneo.

La tierra de los vivientes no estaba muy alejada del dominio de los antepasados. Entre ambos mundos había constantes idas y venidas, especialmente en los festivales, y también cuando moría un anciano, porque los ancianos estaban muy cerca de los antepasados. La vida de un hombre, desde el nacimiento hasta la muerte, era una serie de ritos de transición que lo acercaban cada vez más a sus antepasados.

Ezeudu había sido el más anciano de su pueblo, y cuando murió no había más que tres hombres en todo el clan más viejos que él, y cuatro o cinco más que pertenecían a su grupo de edades. Cuando uno de aquellos ancianos aparecía en el grupo para bailar titubeante los pasos funerales de la tribu, los más jóvenes le cedían el terreno y se apaciguaba el tumulto.

Fue un gran funeral, como correspondía a un noble guerrero. Cuando fue cayendo la tarde aumentaron los gritos y los disparos de las escopetas, el blandir de los tambores y el blandir y el chocar de los machetes.

A lo largo de su vida, Ezeudu había tomado tres títulos. Era un logro poco común. En el clan no había más que cuatro títulos, y en cada generación sólo uno o dos hombres habían alcanzado jamás el cuarto y más elevado. Cuando lo hacían se convertían en señores del país. Como Ezeudu había tomado títulos, había que enterrarlo después del anochecer, con sólo una antorcha encendida para iluminar la ceremonia sagrada.

Pero antes de aquel rito silencioso y definitivo, el tumulto se multiplicó por diez. Sonaron violentos los tambores y los hombres saltaron frenéticos arriba y abajo. Por todas partes se dispararon escopetas y saltaron chispas mientras chocaban los machetes en saludos de guerreros. El aire se llenó de polvo y de olor a pólvora. Fue entonces cuando llegó el espíritu manco con un cesto lleno de agua. La gente le abrió paso por todas partes y disminuyó el ruido. Incluso el olor a pólvora quedó sofocado por el olor repulsivo que invadió todo el aire. El espíritu bailó unos pasos en dirección a los tambores funerarios y después fue a ver el cadáver.

— ¡Ezeudu! —exclamó con su voz gutural—. Si en vida hubieras sido pobre te habría pedido que fueras rico cuando vuelvas otra vez. Pero eras rico. Si hubieras sido un cobarde, te habría pedido que trajeras valor. Pero eras un guerrero indomable. Si hubieras muerto joven, te habría pedido que trajeras la vida. Pero has vivido mucho tiempo. Por eso te pido que vuelvas otra vez de la misma forma que lo hiciste antes. Si tu muerte ha sido obra de la naturaleza, vete en paz. Pero si te la causó un hombre, que no tenga ni un momento de descanso —bailó unos pasos más y se fue. Volvieron a empezar los tambores y el baile hasta llegar a un punto febril. Se acercaba la oscuridad, y con ella el entierro. Las escopetas dispararon el último saludo y el cañón desgarró el cielo. Y entonces, desde el centro de la furia delirante, llegó un grito de agonía y chillidos de terror. Era como si se hubiera hecho un encantamiento. Todo había quedado en silencio. En el centro de la multitud yacía un muchacho en un charco de sangre. Era el hijo de dieciséis años del muerto, que junto con sus hermanos y sus hermanastros había estado bailando la despedida tradicional de su padre. Había estallado la escopeta de Okonkwo y un pedazo de hierro le había penetrado en el corazón.

La confusión que siguió carecía de precedentes en la tradición de Umuofia. Las muertes violentas eran frecuentes, pero jamás había ocurrido nada así.

Lo único que podía hacer Okonkwo era huir del clan. El matar a un miembro del propio clan era un crimen contra la diosa de la tierra, y el hombre que cometía ese crimen había de huir del país. El crimen tenía dos sexos, el masculino y el femenino. Okonkwo había cometido el femenino, porque había sido sin querer. Al cabo de siete años podría regresar al clan.

Aquella noche reunió sus pertenencias más valiosas en hatillos. Sus esposas lloraron mucho y todos sus hijos lloraron con ellas sin saber por qué. Obierika y media docena más de amigos vinieron a ayudarlo y consolarlo. Cada uno de ellos hizo nueve o diez viajes para llevar los ñames de Okonkwo a almacenar en el granero de Obierika. Y antes de que cantara el gallo Okonkwo y su familia huyeron al país de su madre. Era una aldea llamada Mbanta, justo al lado de los límites de Mbaino.

En cuanto rompió el día un gran grupo de hombres del barrio de Ezeudu irrumpió en el recinto de Okonkwo. Todos iban vestidos con atanás de guerra. Incendiaron sus casas, demolieron sus muros rojos, mataron a sus animales y destruyeron su granero. Era la justicia de la diosa Tierra y ellos no eran más que sus mensajeros. En sus corazones no abrigaban odio a Okonkwo. Entre ellos iba Obierika, su mejor amigo. Se limitaban a purificar la tierra que Okonkwo había contaminado con la sangre de un miembro del clan.

Obierika era un hombre que reflexionaba sobre las cosas. Cuando quedó realizada la voluntad de la diosa se sentó en su obi y lamentó la calamidad de su amigo. ¿Por qué tenía que padecer tanto un hombre por una falta que había cometido sin querer? Pero aunque estuvo mucho rato pensándolo, no halló respuesta. No logró más que meterse en complicaciones mayores. Recordó los dos gemelos que había tenido su mujer y a los que había echado al bosque. ¿Qué crimen habían cometido ellos? La Tierra había decretado que ofendían al país y que era necesario destruirlos. Y si el clan no imponía un castigo por una culpa contra la gran diosa, ésta descargaba su ira sobre el país y no sólo sobre el culpable. Como decían los ancianos, si un dedo se metía en el aceite manchaba a todos los demás.

(Continuará…)

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