Todo se derrumba (II)

Chinua Achebe

 

 

 

Capítulo VI

TODO el pueblo fue al ilo, hombres, mujeres y niños. Formaron un enorme círculo y dejaron libre el centro del terreno de juego. Los ancianos y los grandes del pueblo se sentaron en sus propios taburetes que les traían sus hijos menores o los esclavos. Entre ellos se sentaba Okonkwo. Todos los demás estaban de pie, salvo los que habían llegado lo bastante pronto para conseguir sitio en unas cuantas gradas construidas con troncos alisados colocados sobre pilares en horquilla.

Todavía no habían llegado los luchadores, y los tamborileros dominaban la situación. También ellos estaban sentados frente al gran círculo de espectadores, frente a los ancianos. Detrás de ellos estaba el árbol bómbax, enorme y antiquísimo, que era sagrado. En aquel árbol vivían los espíritus de los niños buenos que esperaban a nacer. En los días de diario las mujeres jóvenes que querían hijos iban a sentarse a su sombra.

Había siete tambores y estaban ordenados por tamaños en un largo cesto de madera. Tres hombres los golpeaban con palillos e iban febrilmente de un tambor a otro. Estaban poseídos por el espíritu de los tambores.

Los jóvenes encargados de mantener el orden en estas ocasiones iban corriendo de un lado a otro, consultándose entre ellos y con los jefes de los dos equipos de luchadores, que seguían fuera del círculo, detrás de la multitud. De vez en cuando dos jóvenes con palmas recorrían el círculo y echaban atrás al público dando golpes en el suelo o, si alguien se ponía terco, le daban en los pies y las piernas.

Por fin entraron bailando en el círculo los dos equipos y el público gritó y aplaudió. El batir de los tambores se hizo frenético. La gente se echó hacia adelante. Los jóvenes encargados de mantener el orden se echaron a correr ondeando sus palmas. Los ancianos movían la cabeza al ritmo de los tambores y recordaban los días en que ellos mismos habían luchado al son de aquel ritmo intoxicarte.

El combate empezó con los chicos de quince y dieciséis años. Sólo había tres chicos en cada equipo. No eran los luchadores de verdad; sólo servían de presentación. Los dos primeros combates terminaron en seguida. Pero el tercero creó gran sensación, incluso entre los ancianos, que generalmente no mostraban sus emociones de forma tan abierta. Fue igual de rápido que los otros dos, y quizá incluso más. Pero muy pocos habían visto antes luchar así. En cuanto los dos chicos se aproximaron, uno de ellos hizo algo que nadie podía describir porque había sido rápido como un relámpago. Y el otro chico estaba de espaldas en tierra. La multitud gritó y aplaudió y durante un momento tapó el ruido de los tambores frenéticos. Okonkwo se puso en pie de un salto en seguida se volvió a sentar. Tres muchachos del equipo del vencedor salieron corriendo, lo levantaron en hombros y fueron bailando entre la multitud clamorosa. Pronto supo todo el mundo quién era el vencedor. Se llamaba Maduka y era el hijo de Obierika.

Los tamborileros pararon a descansar un rato antes de los combates de verdad. Les brillaban los cuerpos de sudor y tomaron abanicos para darse aire. También bebieron agua de unos cantarillos y comieron nueces de cola. Volvieron a transformarse en seres humanos que charlaban entre sí y con los que estaban a su lado. El aire, que había estado tenso de emoción, volvió a calmarse. Era como si se hubiera vertido agua en la piel tirante de un tambor. Mucha gente miró en su derredor, quizá por primera vez, y vio a quienes estaban de pie o sentados a su lado.

— No te había visto —dijo Ekwefi a la mujer que estaba junto a ella desde el principio de los combates.

— Y no me extraña —dijo la mujer—. Nunca he visto un gentío así. ¿Es verdad que Okonkwo casi te mata con su escopeta?

— Sí que es verdad, amiga mía. Todavía no encuentro la lengua para contar la historia.

— Tu chi está bien vivo, amiga mía. Y, ¿cómo está mi hija, Ezinma?

— Está muy bien desde hace tiempo. A lo mejor no se nos va.

— Creo que no. ¿Qué edad tiene ya?

— Unos diez años.

— Creo que no se irá. Generalmente se quedan si no mueren antes de los seis años.

— Rezo porque se quede —dijo Ekwefi con un gran suspiro.

La mujer con la que hablaba se llamaba Chielo. Era la sacerdotisa de Agbala, el Oráculo de los Cerros y de las Cuevas. En la vida normal Chielo era una viuda con dos hijos. Era muy amiga de Ekwefi, con quien compartía un puesto en el mercado. Sentía especial cariño por Ezinma, la única hija de Ekwefi, a quien llamaba «mi hija». Muchas veces compraba pastas de alubia y le daba algunas a Ekwefi para que las llevara a Ezinma. Los que veían a Chielo en la vida normal apenas podían creer que fuese la misma persona que hacía profecías cuando se apoderaba de ella el espíritu de Agbala.

Los tamborileros volvieron a coger sus palillos y el aire tembló y se tensó como un arco.

Los dos equipos se colocaron frente a frente con un espacio entre ambos. Un muchacho de uno de los equipos fue bailando por el centro hasta el otro bando e indicó con quién quería luchar. Volvieron bailando juntos al centro y luego se enfrentaron.

Había doce hombres de cada bando y el desafío oscilaba entre el uno y el otro. Dos jueces iban andando en torno a los luchadores y cuando creían que estaban empatados los detenían. Así terminaron cinco combates. Pero los momentos realmente emocionantes eran cuando caía un hombre de espaldas. Entonces la enorme voz de la multitud se elevaba hasta el cielo y en todas las direcciones. Se oía incluso en los pueblos cercanos.

El último combate era entre los jefes de los equipos. Estaban entre los mejores luchadores de las nueve aldeas. La multitud se preguntaba cuál vencería al otro este año. Algunos decían que Okafo era mejor; otros decían que no podía compararse con Ikezue. El año pasado ninguno de los dos había logrado poner de espaldas al otro, aunque los jueces habían permitido que el combate durase más de lo habitual. Tenían el mismo estilo y cada uno sabía de antemano lo que planeaba el otro. Podía volver a pasar lo mismo este año.

Se acercaba la noche cuando empezaron a luchar. Los tambores enloquecieron y los espectadores también. Se echaron hacia adelante cuando los dos jóvenes entraron bailando en el círculo. Las palmas del servicio de orden no podían contenerlos.

Ikezue levantó la mano derecha. Okafo se la agarró y entablaron el combate. Fue una lucha feroz. Ikezue trató de ponerle el talón derecho por detrás a Okafo con objeto de echarle la zancadilla al astuto estilo ege. Pero cada uno sabía lo que pensaba el otro. La multitud había rodeado y sumergido a los tamborileros, cuyo ruido frenético ya no era un mero sonido incorpóreo, si no el latido mismo del público.

Los luchadores estaban casi inmóviles, el uno presa del otro. Los músculos de los brazos y de los muslos y de las espaldas resaltaban y se retorcían. Parecía un empate. Los dos jueces ya se estaban adelantando a separarlos cuando Ikezue, desesperado, hincó una rodilla en tierra para tratar de echarse al otro hacia atrás sobre las espaldas. Fue un grave error. Okafo, rápido como el rayo de Amadiora, levantó la pierna derecha y la pasó por encima de la cabeza de su rival. La multitud prorrumpió en un rugido atronador. Sus partidarios levantaron en vilo a Okafo y se lo llevaron a casa en hombros. Cantaron sus elogios y las muchachas aplaudieron, mientras cantaban:

¿Quién combatirá por nuestro pueblo?
Okafo combatirá por nuestro pueblo.
¿Ha derribado a cien hombres?
Ha derribado a cuatrocientos hombres.
¿Ha derribado a cien Gatos?
Ha derribado a cuatrocientos Gatos.
Entonces id a decirle que combata por nosotros.

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Capítulo VII

TRES años estuvo Ikemefuna viviendo en casa de Okonkwo y parecía que los ancianos de Umuofia se hubieran olvidado de él. Crecía aprisa, como un tallo de ñame en la estación de las lluvias, y estaba lleno de fuerza vital. Ya estaba completamente asimilado en su nueva familia. Era para Nwoye como un hermano mayor, y desde el principio parecía haber inspirado un nuevo ardor en el muchacho. Le hacía sentirse adulto, y ya no se pasaban las tardes en la cabaña de la madre mientras ésta cocinaba, sino que ahora iban a sentarse con Okonkwo en el obi de éste, o lo contemplaban cuando se iba a la palma a extraer el vino de la tarde. Ahora nada agradaba a Nwoye más que el que su madre u otra de las esposas de su padre lo enviaran a buscar para que hiciera uno de esos trabajos caseros difíciles y de hombre, como partir leña o moler alimentos. Cuando uno de los hermanos o de las hermanas menores le daba uno de esos recados, Nwoye fingía irritación y gruñía en voz alta contra las mujeres y sus problemas.

En su fuero interno, Okonkwo se sentía complacido al ver que su hijo iba madurando, y sabía que se debía a Ikemefuna. Quería que Nwoye se convirtiera en un muchacho duro capaz de regir la casa de su padre cuando él muriese y fuera a reunirse con los antepasados.

Quería que gozara de prosperidad y tuviera suficientes provisiones en el granero para alimentar a los antepasados con sacrificios periódicos. De manera que siempre se alegraba cuando le oía gruñir contra las mujeres. Eso demostraba que con el tiempo sería capaz de controlar a las suyas. Por muy próspero que fuera un hombre, si no era capaz de dominar a sus mujeres y sus hijos (y especialmente a sus mujeres) no era un hombre de verdad. Era como el hombre de la canción que tenía diez y una mujeres y no tenía sopa suficiente para su fu-fú.

Conque Okonkwo alentaba a los muchachos a venir a sentarse con él en su obi y les contaba historias del país: historias masculinas llenas de violencia y de sangre. Nwoye sabía que estaba bien ser viril y violento, pero sin saber por qué seguía prefiriendo las historia que solía contarle su madre antes, y que sin duda seguía contando a sus hijos más pequeños: historias sobre la tortuga y sus astucias, y sobre el pájaro eneke-nti-oba, que desafió a todo el mundo a un combate y al final cayó derribado por el gato. Recordaba el cuento que le había contado tantas veces de la pelea entre Tierra y Cielo, hacía mucho tiempo, y cómo Cielo retuvo la lluvia durante siete años, hasta que se agotaron las cosechas y no se podía enterrar a los muertos porque las azadas se rompían en la tierra pedregosa. Por fin se envió a Buitre a exhortar a Cielo y a ablandarle el corazón con una canción sobre los sufrimientos de los hijos de los hombres. Siempre que la madre de Nwoye cantaba aquella canción él se sentía transportado a la escena remota en el cielo donde Buitre, emisario de Tierra, cantaba pidiendo piedad. Por fin Cielo se sintió conmovido hasta la compasión y le dio a Buitre la lluvia envuelta en hojas de coco-ñame. Pero al volar a casa su largo espolón rasgó las hojas y cayó una lluvia como jamás se había visto antes. Y tanta cayó sobre Buitre que no volvió a entregar su mensaje, sino que se fue volando a un país remoto, donde había visto una hoguera. Y cuando llegó a él vio que era un hombre que hacía un sacrificio. Se calentó en la hoguera y comió las entrañas.

Esos eran los cuentos que le gustaban a Nwoye. Pero ahora sabía que eran para mujeres tontas y para niños, y sabía que su padre quería que él se hiciera hombre. De forma que ungía que ya no le gustaban las historias de mujeres. Y vio que a su padre le agradaba esa ficción y que ya no lo reñía ni lo pegaba. De manera que ahora Nwoye e Ikemefuna se quedaban escuchando las historias que contaba Okonkwo sobre guerras tribales o sobre cómo, hacía años, había acechado a su víctima, la había dominado y había conseguido su primera cabeza humana. Y cuando les hablaba del pasado seguían sentados en la oscuridad o en el fulgor semiapagado de la leña esperando a que las mujeres terminaran de cocinarles la comida. Cuando acababan, cada una de ellas traía su cuenco de fu-fú y su cuenco de sopa al marido. Se encendía una lámpara de aceite y Okonkwo probaba algo de cada cuenco y después pasaba dos partes a Nwoye e Ikemefuna.

Así fueron pasando las lunas y las estaciones. Y después llegaron las langostas. Hacía muchos años que no pasaba aquello. Los ancianos decían que las langostas venían una vez por generación, reaparecían todos los años durante siete años y después volvían a desaparecer por el espacio de una vida. Se volvían a sus cuevas en un país remoto, donde estaban custodiadas por una raza de hombres raquíticos. Y después, al cabo de otra vida, aquellos hombres volvían a abrir las cuevas y las langostas volvían a caer sobre Umuofia.

Llegaban en la estación fría del harmattan después de recogidas las cosechas y se comían toda la hierba que crecía descuidada en los campos.

Okonkwo y los dos muchachos estaban trabajando en los muros exteriores rojos del recinto. Se trataba de una de las tareas más fáciles de la temporada siguiente a la recolección. Se ponía en las paredes una cubierta nueva de gruesas ramas de palma para protegerlas contra la próxima estación de las lluvias. Okonkwo trabajaba por el lado de afuera del muro y los muchachos por el de dentro. En la parte alta del muro había agujeritos que lo traspasaban de un lado al otro, y por esos agujeritos Okonkwo pasaba la cuerda, o tie—tie, a los muchachos, que la enrollaban en torno a los postes de madera y luego se la volvían a pasar a él, y así se iba afirmando la cubierta contra el muro.

Las mujeres se habían ido al campo a recoger leña, y los niños pequeños a visitar a sus compañeros de juegos en los recintos vecinos. El harmattan estaba en el aire y parecía destilar una sensación neblinosa de sueño por el mundo. Okonkwo y los muchachos trabajaban en total silencio, que no se rompía más que cuando se levantaba sobre el muro una nueva rama de palma o cuando una gallina inquieta removía las hojas secas en su búsqueda incesante de comida.

Y entonces, de repente, cayó sobre el mundo una sombra y pareció que el sol quedaba escondido bajo una nube densa. Okonkwo levantó la vista de su trabajo y se preguntó si iba a llover en un momento tan rato del año. Pero casi inmediatamente sonó un grito de alegría por todas partes y Umuofia, soñolienta en la neblina del mediodía, despertó a la vida y a la actividad.

— Están bajando las langostas —gritaban alegremente por todos lados, y hombres, mujeres y niños dejaron su trabajo o sus juegos y salieron a terreno abierto a ver aquel espectáculo tan raro. Hacía muchísimos años que no llegaban las langostas, y los ancianos eran los únicos que las habían visto antes.

Al principio fue una nube relativamente pequeña. Eran las exploradoras, llegadas para estudiar el territorio. Y después apareció en el horizonte una masa que avanzaba lentamente, como una sábana interminable de nubes negras que iban a la deriva hacia Umuofia. En un momento taparon la mitad del cielo, y ahora la masa sólida estaba rota por ojos diminutos de luz como un brillante polvo de estrellas. Era un espectáculo enorme, lleno de fuerza y de belleza.

Todo el mundo había salido a la calle y hablaba nervioso y rezaba para que las langostas pasaran la noche en Umuofia. Pues, aunque hacía muchos años que no venían las langostas a Umuofia, todo el mundo sabía instintivamente que eran muy buenas de comer. Y por fin descendieron las langostas. Se posaron en todos los árboles y en todas las briznas de hierba; se posaron en los tejados y taparon el suelo desnudo. Bajo su peso se rompieron las ramas de árboles muy fuertes, y todo el país adquirió el color de tierra parda del enorme enjambre hambriento.

Mucha gente salió con cestos a tratar de cogerlas, pero los ancianos aconsejaron paciencia hasta la caída de la noche.

Y tenían razón. Las langostas se asentaron en los arbustos para pasar la noche y el rocío les mojó las alas. Entonces salió todo Umuofia, pese al frío harmattan, y todo el mundo llenó de langostas bolsas y cántaros. A la mañana siguiente las asaron en ollas de barro y después las pusieron al sol hasta que se secaron y se pusieron corruscantes. Y durante muchos días se comió aquel raro manjar sazonado con aceite de palma.

Okonkwo estaba sentado en su obi mascando contento con Ikemefuna y Nwoye, y bebiendo cantidades copiosas de vino de palma, cuando entró Ogbuefi Ezeudu. Ezeudu era el más anciano de aquella parte de Umuofia. En sus tiempos había sido un guerrero grande e intrépido, y ahora el clan le tenía mucho respeto. Rechazó participar en la comida y preguntó a Okonkwo si podía hablar una palabra con él fuera. De forma que salieron juntos, el viejo apoyándose en su bastón. Cuando ya no los podía oír nadie, le dijo a Okonkwo:

—Ese muchacho te llama padre. No tengas nada que ver con su muerte —Okonkwo se quedó sorprendido y estaba a punto de decir algo cuando continuó el anciano:

—Sí, Umuofia ha decidido matarlo. El Oráculo de los Cerros y de las Cuevas así lo ha decidido. Se lo llevarán fuera de Umuofia, como es costumbre, y lo matarán allí. Pero no quiero que tengas nada que ver con eso. Te llama padre.

Al día siguiente llegó un grupo de ancianos de los nueve pueblos de Umuofia a casa de Okonkwo a primera hora de la mañana y, antes de empezar a hablar en voz baja, mandaron salir a Nwoye e Ikemefuna. No se quedaron mucho tiempo, pero cuando se fueron Okonkwo se quedó inmóvil muchísimo rato, con la barbilla apoyada en las manos. Más avanzado el día llamó a Ikemefuna y le dijo que al día siguiente lo volverían a llevar a casa. Nwoye lo oyó y rompió en lágrimas, ante lo cual su padre le dio una gran paliza. En cuanto a Ikemefuna, no sabía qué hacer. Con el tiempo, su propia casa se había ido convirtiendo en algo muy vago y distante. Seguía echando de menos a su madre y a su hermana y se alegraría mucho de volver a verlas. Pero sabía, sin saber por qué, que no iba a verlas. Recordaba una vez en que unos hombres habían hablado en voz baja con su padre, y ahora parecía que se repetía lo mismo.

Después, Nwoye fue a la cabaña de su madre y le dijo que Ikemefuna se iba a su casa. Inmediatamente ella dejó caer el almirez con que estaba moliendo pimienta, se cruzó de brazos y suspiró: «Pobre chico.»

Al día siguiente volvieron los hombres con un pote de vino. Todos iban vestidos de punta en blanco, como si fueran a una gran reunión del clan o a hacer una visita al pueblo de al lado. Llevaban las túnicas pasadas bajo el sobaco derecho y las bolsas de piel de cabra y los machetes al hombro izquierdo. Okonkwo se preparó inmediatamente y el grupo se puso en marcha con Ikemefuna, que llevaba el pote de vino. Sobre el recinto de Okonkwo descendió un silencio mortal. Hasta los niños más pequeños parecían saber lo que pasaba. Nwoye se pasó el día entero sentado en la cabaña de su madre con los ojos cuajados de lágrimas.

Al principio de su viaje, los hombres de Umuofia reían y hacían bromas sobre las langostas, sobre sus mujeres y sobre algunos hombres afeminados que se habían negado a ir con ellos. Pero al ir acercándose a las afueras de Umuofia el silencio también descendió sobre ellos.

El sol fue ascendiendo lentamente hasta el centro del cielo, y el camino seco y arenoso empezó a devolver el calor que estaba enterrado en él. En el bosque circundante piaban algunos pájaros. Los hombres pisaban las hojas secas que yacían en el suelo. Ese era el único ruido que se oía. Y después, a lo lejos, llegó el batir leve del Ekwe. Subía y bajaba con el viento un baile pacífico de un clan remoto.

— Es un baile ozo —se dijeron los hombres. Pero nadie estaba seguro de dónde procedía. Unos decían que de Ezimili, otros que de Abame o Aninta. Discutieron un rato y después volvieron a caer en silencio, y el baile huidizo aumentaba o disminuía con el viento. En alguna parte había un hombre que estaba tomando los títulos de su clan, con música y bailes y una gran fiesta.

El sendero se había convertido ya en una fina raya en el corazón del bosque. El monte bajo y la escasa maleza en torno al pueblo de los hombres empezó a ceder sitio a árboles gigantescos y lianas que quizá estuvieran allí desde el principio de las cosas, sin tocar por el hacha ni por el incendio de la sabana. El sol, al irrumpir entre sus hojas y las ramas, trazaba un juego de luces y de sombras en el sendero de arena.

Ikemefuna escuchó un susurro detrás de él, muy cerca, y se dio la vuelta de golpe. El hombre que había susurrado dio una voz para exhortar a los demás a que fueran más rápido.

— Todavía nos queda mucho camino —dijo.

Después él y otro hombre pasaron por delante de Ikemefuna y marcaron un ritmo más veloz.

Así siguieron caminando los hombres de Umuofia, armados con machetes envainados, e Ikemefuna, con un pote de vino de palma en la cabeza, iba en medio de todos ellos. Aunque al principio se había sentido intranquilo, ahora ya no tenía miedo. Detrás de él iba Okonkwo. Le resultaba casi inimaginable que Okonkwo no fuera su padre de verdad. Nunca había querido a su padre de verdad, y al cabo de tres años se sentía muy lejos de él. Pero su madre y su hermana de tres años… claro que ya no tendría tres, sino seis. ¿La reconocería ahora? Debía estar muy alta. Cómo lloraría de alegría su madre, y le daría las gracias a Okonkwo por haber cuidado tan bien de él y por devolvérselo. Querría enterarse de todo lo que le había pasado en tantos años. ¿Podría él recordarlo todo? Le contaría cosas de Nwoye y de su madre y de las langostas… De pronto tuvo una idea. Era posible que hubiera muerto su madre. Trató en vano de expulsar aquella idea de la cabeza. Después trató de solucionar la situación como hacía cuando era niño. Todavía recordaba la canción:

¡Eze elina, elina!
Sala
Exe ilikwa ya
Ikwaba akwa oligholi
Ebe Danda nechi eze
Ebe Uzuzu vete egwu
Sala

La cantó mentalmente y se puso a andar a su ritmo. Si la canción terminaba con el paso del pie derecho, su madre estaba viva. Si terminaba con el del izquierdo, había muerto. No, no había muerto, pero estaba enferma. Terminó con el del pie derecho. Estaba viva y con buena salud. Volvió a cantar la canción y terminó con el paso del pie izquierdo. Pero la segunda vez no contaba. La primera voz va a Chukwu, o la casa de Dios. Esa era una de las cosas que les gustaba decir a los niños. Ikemefuna volvió a sentirse como un niño. Debía ser la idea de volver a casa con su madre.

Uno de los hombres que iban detrás de él carraspeó. Ikemefuna miró hacia atrás y el hombre le gruñó que siguiera y no se quedara parado mirando hacia atrás. La forma en que lo dijo hizo que a Ikemefuna le recorriese la espalda un escalofrío de miedo. Le temblaron vagamente las manos en el pote negro que llevaba en la cabeza. ¿Por qué se había retirado Okonkwo hacia la retaguardia? Ikemefuna sintió que se le doblaban las piernas. Y le dio miedo mirar hacia atrás.

Cuando el hombre que había carraspeado sacó el machete y lo atravesó. Le daba miedo que lo considerasen débil. Ikemefuna gritaba: «¡Padre, me han matado!», mientras corría hacia él. Ciego de miedo, Okonkwo sacó el machete y lo atravesó. Le daba miedo que lo considerasen débil.

En cuanto volvió su padre aquella noche, Nwoye comprendió que habían matado a Ikemefuna, y pareció que algo se hundía en su interior, como cuando cede un arco tenso. No lloró. Se quedó impasible. No hacía mucho tiempo que había tenido el mismo tipo de sensación, durante la última recolección. A todos los niños les encantaba la temporada de la recolección. Los que eran lo bastante mayores para llevar, aunque fuera sólo unos pocos ñames en un cestito, se iban a los campos con los mayores. Y si no podían ayudar a sacar los ñames, podían ir juntos a buscar leña para asar los que se iban a comer directamente en el campo. Aquel ñame asado y empapado en aceite rojo de palma y comido en campo abierto sabía mucho mejor que cualquier comida hecha en casa. Fue al cabo de uno de aquellos días en el campo, durante la última cosecha, cuando Nwoye había sentido por primera vez una sensación interna de ruptura como la que sentía ahora. Volvían a casa con cestos llenos de ñames desde un campo distante al otro lado del río cuando oyeron la voz de un niño pequeño que gritaba en la selva. Cayó un silencio repentino sobre las mujeres, que habían estado hablando, y aceleraron el paso. Nwoye había oído decir que cuando había gemelos se los metía en cántaros de cerámica y se los tiraba al bosque, pero nunca se había encontrado con ellos. Se apoderó de él un vago temblor y pareció que se le hinchaba la cabeza, como le ocurre a quien anda solo por la noche y se encuentra en el camino con un espíritu maligno. Después algo se hundió en su interior. Esa sensación volvió a invadirlo aquella noche, cuando volvió su padre después de matar a Ikemefuna.

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Capítulo VIII

OKONKWO no comió nada durante los dos días siguientes a la muerte de Ikemefuna. Estuvo bebiendo vino de palma desde la mañana hasta la noche, y tenía los ojos rojos y enfurecidos, como los ojos de una rata cuando se la agarraba por la cola y se la aplastaba en el suelo. Llamó a su hijo, Nwoye, para que fuera a sentarse con él en su obi. Pero el muchacho le tenía miedo y se marchó de la cabaña en cuanto vio que dormitaba.

No lograba dormir de noche. Trataba de no pensar en Ikemefuna, pero cuanto más lo intentaba, más pensaba en él. Una vez se levantó de la cama y se puso a recorrer su recinto. Pero estaba tan débil que las piernas apenas si lo soportaban. Se sentía como un gigante borracho que anduviera con patas de mosquito. De vez en cuando le llegaba a la cabeza un sudor frío que le iba recorriendo todo el cuerpo.

El tercer día pidió a Ekwefi, su segunda esposa, que le asara unos plátanos. Se los preparó como le gustaban a él: con alubias y rajas de pescado.

— Hace dos días que no comes —le dijo su hija Ezinma cuando le llevó la comida—, de forma que esto te lo tienes que acabar —se sentó y alargó las piernas frente a ella. Okonkwo comió abstraído.

«Esta debería haber sido un chico», pensó mientras miraba a su hija de diez años. Le pasó un pedazo de pescado.

—Vete a traerme un poco de agua fría —dijo. Ezinma salió corriendo de la cabaña, masticando el pescado, y volvió poco después con un cuenco de agua fría de la cántara de piedra que había en la cabaña de su madre.

Okonkwo tomó el cuenco y se bebió el agua de un trago. Comió unos trozos más de plátano y dejó el plato a un lado.

— Tráeme la bolsa —dijo, y Ezinma le trajo la bolsa de piel de cabra del otro lado de la cabaña. Okonkwo buscó su frasquito de rapé en el interior. Era una bolsa muy grande y tuvo que meter el brazo casi entero. Contenía otras cosas, además del frasquito de rapé. Había un cuerno de beber, además de una calabaza de beber, y se golpeaban entre sí mientras él buscaba. Cuando sacó el frasquito dio unos cuantos golpes sobre la rodilla antes de ponerse algo de rapé en la palma de la mano izquierda: Después recordó que no había sacado la cucharita del rapé. Volvió a buscar en la bolsa y sacó una cucharita; plana de marfil con la que se llevó la materia marrón a la nariz.

Ezinma tomó el plato vacío en una mano y el cuenco vacío de agua en la otra y se volvió a la cabaña de su madre. «Debería haber sido un chico», se repitió Okonkwo. Volvió a acordarse de Ikemefuna y tembló. Si pudiera encontrar algo que hacer, podría olvidarse. Pero era la temporada de descanso entre la recolección y la siembra siguiente. El único trabajo que hacían los hombres en aquellas fechas consistía en recubrir los muros de sus recintos con tamos nuevos de palma. Y Okonkwo ya lo había hecho. Lo había acabado el mismo día que llegaron las langostas, cuando él había estado trabajando en un lado del muro e Ikemefuna y Nwoye en el otro.

«¿Desde cuándo te has convertido en una vieja lloricona?», se preguntó Okonkwo. «¿Tú, a quien se conoce en las nueve aldeas por tu valor en la guerra? ¿Cómo puede un hombre que ha matado a cinco hombres en combate caerse en pedazos porque ha añadido un muchacho a su cuenta personal? Okonkwo, la verdad es que te estás poniendo como una mujer.»

Se puso en pie de un salto, se echó la bolsa de piel de cabra al hombro y se fue a visitar a su amigo Obierika.

Obierika estaba sentado al aire libre a la sombra de un naranjo, preparando bardas con hojas de la palma de tafia. Cambió saludos con Okonkwo y le fue a abrir el obi.

— Iba a ir a verte en cuanto terminara las bardas —dijo quitándose los granos de arena que tenía pegados en los muslos.

— ¿Todo va bien? —preguntó Okonkwo.

— Sí —replicó Obierika—. Hoy va a venir el pretendiente de mi hija y espero que dejemos arreglada la cuestión del precio de la novia. Quiero que estés presente.

En aquel momento llegó de la calle Maduka, el hijo de Obierika, que saludó a Okonkwo y se volvió hacia el recinto.

— Ven a darme la mano —dijo Okonkwo al muchacho—. La forma en que luchaste el otro día me pareció estupenda —el muchacho sonrió, le dio las gracias a Okonkwo y se fue al recinto.

— Va a ser un hombre magnífico — dijo Okonkwo—. Si yo tuviera un hijo como él sería feliz. Me preocupa Nwoye. En una lucha podría vencerlo cualquier cosa, hasta un cuenco de ñame molido. Sus dos hermanos menores prometen más. Pero te aseguro, Obierika, que mis hijos no se me parecen. ¿Dónde están las semillas que van a crecer cuando muera el viejo plátano? Si Ezinma hubiera sido un chico, me alegraría. Ella sí que entiende.

— Te preocupas por nada —dijo Obierika—. Los niños son muy pequeños todavía.

— Nwoye ya tiene edad para preñar a una mujer. A su edad yo ya me defendía solo. No, amigo mío, no es demasiado joven. Al pollo que cuando crezca va a ser un gallo se le ve desde que sale del cascarón. Yo ya he hecho todo lo posible por hacer que Nwoye se haga hombre, pero se parece demasiado a su madre.

«Demasiado a su abuelo», pensó Obierika, pero no lo dijo. La misma idea se le ocurrió a Okonkwo. Pero hacía mucho tiempo que había decidido dejar en paz a aquel fantasma. Cada vez que pensaba en la debilidad de su padre y en su fracaso y se preocupaba, se deshacía de la idea pensando en su propia fuerza y sus propios éxitos. Y eso fue lo que hizo entonces. Recordó su última muestra de virilidad.

— No puedo entender por qué te negaste a venir con nosotros para matar a aquel muchacho —le dijo a Obierika.

— Porque no quería —contestó malhumorado Obierika—. Tenía mejores cosas que hacer.

— Parece como si pusieras en duda la autoridad y la decisión del Oráculo, que dijo que tenía que morir.

— No. ¿Por qué iba a dudar? Pero el Oráculo no me pidió que fuera yo quien ejecutara su decisión.

— Pero alguien tenía que hacerlo. Si todos tuviéramos miedo a la sangre, nadie lo haría. Y, ¿qué te crees que iba a hacer entonces el Oráculo?

— Sabes perfectamente, Okonkwo, que no le tengo miedo a la sangre, y si alguien dice que se lo tengo, miente. Y permíteme que te diga una cosa, amigo mío. En tu lugar, yo me hubiera quedado en casa. Lo que has hecho no va a agradarle a la Tierra. Es el tipo de acto por el que la diosa elimina a familias enteras.

— La Tierra no puede castigarme por obedecer a su mensajero —dijo Okonkwo—. A un niño no le quema los dedos el pedazo de ñame caliente que le pone su madre en la palma de la mano.

— Es verdad —convino Obierika—. Pero si el Oráculo dijera que hay que matar a mi hijo ni se lo discutiría ni sería yo quien lo hiciera.

Habrían seguido discutiendo si en aquel momento no hubiera llegado Ofoedu. Por la forma en que le brillaban los ojos era evidente que traía noticias importantes. Pero hubiera sido descortés meterle prisa. Obierika le ofreció un pedazo de la nuez de cola que había partido con Okonkwo. Ofoedu comió lentamente y habló de las langostas. Cuando terminó su pedazo de nuez de cola, dijo:

— Hoy día pasan cosas muy raras.

— ¿Qué ha pasado? —preguntó Okonkwo.

— ¿Conoces a Ogbuefi Ndulue? — preguntó Ofoedu.

— Ogbuefi Ndulue del pueblo de Ire —dijeron juntos Okonkwo y Obierika.

— Ha muerto esta mañana —dijo Ofoedu.

— Eso no tiene nada de raro. Era el más anciano de Ire —comentó Obierika.

— Tienes razón— convino Ofoedu—. Pero deberías preguntar por qué no han tocado el tambor para decirle a Umuofia que ha muerto.

— ¿Por qué? —preguntaron al unísono Obierika y Okonkwo.

— Eso es lo raro del asunto. ¿Conocéis a su primera esposa, la que anda con bastón?

— Sí. Se llama Ozoemena.

— Así es —dijo Ofoedu—. Como ya sabéis, Ozoemena era demasiado vieja para atender a Ndulue durante su enfermedad. De eso se encargaban sus esposas más jóvenes. Cuando se murió, esta mañana, una de ellas fue a la cabaña de Ozoemena y se lo dijo. Se levantó de la cama, agarró el bastón y se fue al obi. Se puso de rodillas y de manos en el umbral y llamó a su marido, que estaba tendido en una estera: «Ogbuefi Ndulue», lo llamó tres veces, y se volvió a su cabaña. Cuando la esposa más joven volvió a llamarla para que asistiera al lavado del cadáver, se la encontró tendida en la estera, muerta.

— Eso es raro, en verdad —dijo Okonkwo—. Tendrán que aplazar el funeral de Ndulue hasta que hayan enterrado a su mujer.

—Por eso no han tocado el tambor para advertir a Umuofia.

— Siempre se dijo que Ndulue y Ozoemena eran como una sola persona — dijo Obierika—. Recuerdo que cuando yo era un muchacho había una canción sobre ellos. El no podía hacer nada sin decírselo a ella.

— No lo sabía —comentó Okonkwo—. Creía que de joven había sido un hombre fuerte.

— Y sí que lo era —dijo Ofoedu.

Okonkwo meneó la cabeza en señal de duda.

— En aquellos tiempos era el jefe de Okonkwo estaba empezando a volver a sentirse como en los viejos tiempos. Lo único que necesitaba era algo que le ocupara la cabeza. Si hubiera matado a Ikemefuna durante la atareada estación de la siembra o la de la recolección no hubiera sido tan malo; habría tenido la cabeza ocupadísima con el trabajo. Pero, a falta de trabajo, lo mejor era pasar el tiempo de charla.

Poco después de que se marchara Ofoedu, Okonkwo tomó su bolsa de piel de cabra para irse.

— Tengo que irme a sajar las palmas para la tarde —dijo.

— ¿Quién te saja las palmas altas? — preguntó Obierika.

— Umezulike —replicó Okonkwo.

— A veces lamento haber tomado el título de ozo —dijo Obierika—. Me duele el corazón cuando veo a esos muchachos que matan las palmas y dicen que es por la extracción.

— Es verdad, tienes razón —afirmó Okonkwo—. Pero hay que obedecer las leyes del país.

— No sé cómo nos vino esa ley —dijo Obierika—. Hay muchos otros clanes en los que a un hombre con título no le está prohibido trepar a la palma. Aquí decimos que no puede trepar al árbol alto, pero que puede sajar los bajos si se queda en tierra. Es como Dimaragana, que no quería prestar su cuchillo para cortar carne de perro porque cortar carne de perro era tabú para él, pero se brindó a despedazarlo con los dientes.

— A mí me parece bien que nuestro clan tenga en gran estima el título de ozo —dijo Okonkwo—. En esos otros clanes de los que hablas el ozo es tan bajo que lo toman todos los mendigos.

— Estaba hablando en broma —comentó Obierika—. En Abami y Aninta el título vale menos de dos cauríes. Todo el mundo lleva la cinta del título en el tobillo y no lo pierde, aunque sea un ladrón.

— Verdaderamente han manchado el título de ozo —dijo Okonkwo al ponerse en pie para irse.

— Ya falta poco para que lleguen.

— Vuelvo en seguida —dijo Okonkwo mirando la posición del sol.

Cuando volvió Okonkwo había siete hombres en la cabaña de Obierika. El pretendiente era un joven de unos veinticinco años, y con él estaban su padre y su tío. Al lado de Obierika estaban sus dos hermanos mayores y Maduka, su hijo de dieciséis años.

— Dile a la madre de Akueke que nos mande unas nueces de cola —dijo Obierika a su hijo. Maduka desapareció en el recinto como un relámpago. Inmediatamente la conversación se centró en él y todo el mundo convino en que era más listo que el hambre.

—A veces creo que es demasiado listo — dijo Obierika, con una cierta indulgencia—. Casi nunca anda a paso normal. Siempre va a toda prisa. Si lo envías a un recado, se echa a correr antes de oír la mitad del encargo.

—Tú también eras así —dijo su hermano mayor—. Como dice nuestro proverbio: «Cuando la vaca madre rumia, las terneras le miran la boca.» Maduka te ha estado mirando la boca.

Mientras hablaba volvió el muchacho, seguido de su hermanastra Akueke, que llevaba un plato de madera con tres nueces de cola y granos de cubeba. Dio el plato al hermano mayor de su padre y después, muy tímida, dio la mano a su pretendiente y a los parientes de éste. Tenía unos dieciséis años y ya estaba lista para el matrimonio. Su pretendiente y sus parientes examinaron aquel cuerpo joven con ojos expertos, como para asegurarse de que era guapa y estaba madura.

Llevaba el pelo peinado de tal forma que terminaba en una cresta en medio de la cabeza. En la piel se había frotado un poco de madera de camote, y por todo el cuerpo tenía dibujos negros hechos con uli. Llevaba un collar negro que le daba tres vueltas justo encima de los pechos, llenos y turgentes. En los brazos llevaba pulseras rojas y amarillas, y a la cintura cuatro o cinco filas de jigida, o cuentas de cinturón.

Cuando les hubo estrechado la mano a todos, o mejor dicho, alargado la mano para que se la estrechasen, se volvió a la cabaña de su madre para ayudar en la cocina.

— Primero quítate las jigida —le advirtió su madre cuando se acercó a la chimenea para llevarle la mano de almirez, que estaba apoyada en la pared—. Todos los días te digo que las jigida y el fuego no se llevan bien. Pero nunca me escuchas. Tienes las orejas de adorno, no para escuchar. Un día de éstos tus jigida se te van a incendiar en la cintura y entonces te vas a enterar.

Akueke se fue al otro extremo de la cabaña y empezó a quitarse las cuentas de la cintura. Había que hacerlo con calma y cuidado, levantando cada tira por separado, porque si no se rompían y había que volver a enfilar las mil cuentas diminutas con que estaban hechas. Fue frotando hacia abajo cada una de las tiras hasta que le pasaron por debajo de las nalgas y cayeron al suelo, a sus pies.

En el obi los hombres ya habían empezado a beber el vino de palma que había traído el pretendiente de Akueke. Era un vino muy bueno y fuerte, pues pese a la fruta de palma colgada de la boca del cántaro para contener la fuerza del licor, salía espuma blanca que caía al suelo.

— Este vino es obra de un buen extractor —dijo Okonkwo.

El joven pretendiente, que se llamaba Ibe, lanzó una gran sonrisa y le dijo a su padre:

— ¿Has oído? —después dijo a los demás—: Nunca reconoce que me sale muy bien.

— Ha matado tres de mis mejores palmas con sus extracciones —dijo su padre, Ukegbu.

— Eso fue hace unos cinco años — dijo Ibe, que había empezado a servir el vino—, antes de que aprendiera a hacerlo bien —llenó el primer cuerno y se lo pasó a su padre. Después sirvió a los demás. Okonkwo sacó su gran cuerno de la bolsa de piel de cabra, sopló en él para eliminar el polvo que pudiera quedar y se lo dio a Ibe para que se lo llenara.

Mientras bebían, los hombres hablaron de todo excepto del asunto para el que se habían reunido. Hasta que no se vació el cántaro no carraspeó el padre del pretendiente para anunciar el objeto de su visita.

Entonces Obierika le pasó un montoncito de palillos.

Ukegbu los contó.

— ¿Hay treinta? —preguntó. Obierika asintió.

— Por fin estamos llegando a alguna parte —dijo Ukegbu, y después, volviéndose a su hermano y su hijo, dijo—: Vamos fuera a susurrar juntos.

Se levantaron los tres y salieron. Cuando volvieron, Ukegbu le volvió a dar los palitos a Obierika. Este los contó; sólo había quince, en lugar de treinta. Se los pasó a su hermano mayor, Machi, quien también los contó, y dijo:

— No habíamos pensado en bajar de treinta. Pero como dijo el perro: «Si yo caigo por, ti y tú caes por mí, entonces es que estamos jugando.» El matrimonio debe ser un juego y no una pelea; por eso volvemos a caernos —después de decir lo cual añadió diez palillos a los quince y le dio el montón a Ukegbu.

Así, el precio de novia de Akueke acabó por convenirse en veinte bolsas de cauríes. Cuando las dos partes llegaron a este acuerdo ya había caído el sol.

— Ve a decirle a la madre de Akueke que ya hemos terminado —dijo Obierika a su hijo Maduka. Casi inmediatamente llegó la mujer con un gran cuenco de fufú. Siguió la segunda mujer de Obierika con una olla de sopa, y Maduka traía un cántaro de vino de palma.

Mientras los hombres comían y bebían el vino de palma hablaron de las costumbres de sus vecinos.

— Nada más que esta mañana —dijo Obierika estábamos hablando Okonkwo y yo de Abama y Aninta, donde los hombres se suben a los árboles y les preparan el fufú a sus mujeres.

— Todas sus costumbres son muy extrañas. No deciden el precio de la novia como nosotros, con palillos. Discuten y regatean como si estuvieran comprando una cabra o una vaca en el mercado.

— Eso está muy mal —dijo el hermano mayor de Obierika—. Pero lo que está bien en un sitio está mal en otro. En Umunso no regatean en absoluto, ni siquiera con palillos. El pretendiente sigue llevando bolsas de cautíes hasta que sus parientes políticos le dicen que basta. Es una mala costumbre porque siempre lleva a peleas.

— El mundo es muy grande —dijo Okonkwo—. Hasta he oído decir que en algunas tribus los hijos de los hombres pertenecen a las mujeres y sus familias.

— Eso es imposible —dijo Machi—. Es como decir que la mujer se pone encima del hombre cuando están haciendo los hijos.

— Es como la historia de los hombres blancos, que, según dicen, son tan blancos como este trozo de tiza —dijo Obierika, levantando el trozo de tiza que todo hombre tenía en su obi y con el cual sus invitados trazaban rayas en el suelo antes de comer las nueces de cola—. Y dicen que esos hombres blancos no tienen dedos en los pies.

— ¿Y nunca los has visto? —preguntó Machi.

— ¿Y tú? —preguntó Obierika.

— Hay uno que pasa por aquí muchas veces —dijo Machi—. Se llama Amadi.

Los que conocían a Amadi se echaron a reír. Era un leproso, y la forma cortés de designar la lepra era «piel blanca».

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Capítulo IX

OKONKWO durmió por primera vez en tres noches. Se despertó una vez en medio de la noche y volvió a recordar los últimos tres días sin que el recuerdo le hiciera sentirse intranquilo. Empezó a preguntarse por qué se había sentido incómodo en absoluto. Era como un hombre que se pregunta a plena luz del día por qué le había parecido tan terrible el sueño que tuvo de noche. Se estiró y se rascó el muslo donde le había picado un mosquito mientras dormía. Otro le zumbaba cerca de la oreja izquierda. Se dio un cachete y esperó haberlo matado. ¿Por qué siempre le buscan las orejas a uno? Cuando era niño su madre le había contado un cuento al respecto. Pero era tan tonto como todas las historias de mujeres. El Mosquito, le dijo, había pedido a la Oreja que se casara con él, y ante eso la Oreja se cayó al suelo sin poder controlar la risa. «¿Cuánto tiempo te crees que vas a vivir?», le preguntó. «Ya estás hecho un esqueleto.» El Mosquito se marchó humillado y cada vez que pasaba por allí hacía saber a la Oreja que seguía vivo.

Okonkwo se dio la vuelta y volvió a dormirse. A la mañana lo despertó alguien que llamaba a la puerta.

— ¿Quién es? —gruñó. Sabía que debía ser Ekwefi.

De sus tres esposas, Ekwefi era la única que tendría la audacia de llamar a la puerta.

— Ezinma está muriéndose —le contestó, y en aquellas palabras se resumían todas las tragedias y las penas de su vida.

Okonkwo saltó de la cama, descorrió el cerrojo de la puerta y fue corriendo a la cabaña de Ekwefi.

Ezinma yacía tiritando en una estera junto al fuego que su madre había mantenido encendido toda la noche.

— Es iba —dijo Okonkwo, y agarró el machete y se fue a la sabana a cortar las hojas y las hierbas y las cortezas del árbol que hacían falta para hacer la medicina contra el iba.

Ekwefi se arrodilló junto a la niña enferma tocándole de vez en cuando la frente húmeda y ardiente con la palma de la mano.

Ezinma era hija única y el centro del mundo de su madre. Muchas veces era Ezinma la que decidía qué comida debía preparar su madre. Ekwefi incluso le daba golosinas, como huevos, que raras veces se permitía comer a los niños porque los tentaban al robo. Un día que Ezinma estaba comiéndose un huevo entró Okonkwo inesperadamente en la cabaña. Se sintió escandalizado y juró que le daría una paliza a Ekwefi si osaba volverle a dar huevos a la niña. Pero a Ezinma era imposible negarle nada. Después de la regañina de su padre se aficionó todavía más a los huevos. Y lo que más le gustaba era que ahora se los comía en secreto. Su madre siempre la llevaba al dormitorio y cerraba la puerta.

Ezinma no llamaba a su madre Nne, como todos los niños. La llamaba por su nombre, Ekwefi, igual que hacían su padre y otros adultos. La relación que tenían no era sólo la de madre e hija. Contenía un elemento de compañerismo entre iguales, que se reforzaba con pequeñas conspiraciones como la de irse al dormitorio a comer huevos.

Ekwefi había sufrido mucho en la vida. Había tenido diez hijos y nueve de ellos habían muerto en la infancia, por lo general antes de cumplir los tres años. A medida que iba enterrando a un hijo tras otro, su pena fue convirtiéndose en desesperación y, por último, en una resignación sombría. El nacimiento de sus hijos, que debería ser la mayor gloria de una mujer, se convirtió para Ekwefi en una mera agonía física carente de toda promesa. La ceremonia de ponerles el nombre al cabo de siete semanas de mercado se convirtió en un ritual huero. Su creciente desesperación encontró expresión en los nombres que ponía a sus hijos. Uno de ellos era un grito patético, Onwumbiko —«¡Muerte, te suplico!»—. Pero la Muerte no hizo caso y Onwumbiko murió al decimoquinto mes. La siguiente fue una niña, Ozoemena —«Que no vuelva a ocurrir otra vez»—. Murió en su undécimo mes, y después de ella otros dos. Entonces Ekwefi se puso desafiante y llamó a su siguiente hijo Onwuma —«Que la muerte haga lo que quiera»—. Y lo hizo.

Tras la muerte del segundo hijo de Ekwefi, Okonkwo fue a ver a un chamán que además era adivino del Oráculo Afa y le preguntó qué era lo que pasaba. Aquel hombre le dijo que el niño era un ogbanje, uno de esos niños malvados que cuando mueren regresan a los vientres de sus madres para volver a nacer.

— Cuando vuelva a quedarse embarazada tu mujer —le dijo—, que no duerma en su cabaña. Que se vaya a quedar con su familia. Así escapará a su perverso torturador y romperá su maléfico círculo de nacimiento y muerte.

Ekwefi hizo lo que le decían. En cuanto se quedó embarazada se fue a vivir con su anciana madre en otro pueblo. Allí fue donde nació su tercer hijo y donde lo circuncidaron al octavo día. No volvió al recinto de Okonkwo hasta tres días antes de la ceremonia del nombre. Era el niño llamado Onwumbiko.

A Onwumbiko no lo enterraron normalmente cuando murió. Okonkwo llamó a otro chamán famoso en el clan por sus conocimientos sobre los niños ogbanje. Se llamaba Okagbue Uyanwa. Okagbue era un hombre imponente, alto. Con una gran barba y la cabeza calva. Tenía la piel clara y los ojos rojos y ardientes. Siempre rechinaba los dientes al escuchar a quienes venían a consultarlo. Hizo varias preguntas a Okonkwo acerca del niño muerto. Todos los vecinos y los parientes que habían venido al duelo se agruparon en torno a ellos.

— ¿Qué día de mercado nació? — preguntó.

— Oye —respondió Okonkwo.

— ¿Y murió esta mañana?

Okonkwo dijo que sí y hasta aquel momento no advirtió que el niño había muerto en el mismo día de mercado en que había nacido. También los vecinos y los parientes advirtieron la coincidencia y se dijeron entre sí que era muy significativo.

— ¿Dónde te acuestas con tu mujer, en tu obi o en su cabaña? — preguntó el chamán.

— En su cabaña.

— En adelante, dile que venga a tu obi.

Entonces el chamán ordenó que no se celebrara duelo por el niño muerto. Sacó una navaja muy afilada de la bolsa de piel de cabra que llevaba colgada al hombro izquierdo y empezó a mutilar al niño. Después se lo llevó para enterrarlo en el Bosque del Mal, agarrado por el tobillo y arrastrándolo por el suelo detrás de él. Tras un trato así se lo pensaría dos veces antes de volver, salvo que fuera uno de esos tercos que volvían con la huella de su mutilación: un dedo menos o quizá una raya oscura donde los había cortado la navaja del chamán.

Cuando murió Onwumbiko, Ekwefi se convirtió en una mujer muy amargada. La primera esposa de su marido ya había tenido tres hijos varones, todos ellos sanos y robustos. Cuando dio a luz a su tercer hijo varón seguido, Okonkwo había matado una cabra adulta en su honor, como era costumbre. Ekwefi le deseaba todo lo mejor. Pero estaba tan amargada con su propio chi que no podía celebrar con todos los demás la buena fortuna familiar. Y por eso, el día en que la madre de Nwoye celebró el nacimiento de sus tres hijos varones con una fiesta y música, Ekwefi fue la única persona de toda la alegre compañía que andaba con el ceño fruncido. La esposa de su marido lo interpretó como indicio de malevolencia, como solía ocurrir con las otras esposas de los maridos. ¿Cómo iba a saber que la amargura de Ekwefi no fluía hacia afuera, hacia los demás, sino hacia adentro, hacia su propia alma, que no reprochaba a los demás su buena suerte, sino a su propio chi malvado, que se la negaba a ella?

Por fin nació Ezinma, y aunque era enfermiza, parecía estar decidida a vivir. Al principio Ekwefi la aceptó igual que había aceptado a los anteriores: con una resignación sin esperanza. Pero cuando sobrevivió hasta cumplir los cuatro, los cinco y los seis años, la madre volvió a recuperar el sentido del amor y, con el amor, la preocupación. Decidió cuidar a su hija hasta que se pusiera sana, y se entregó a ello en cuerpo y alma. Su recompensa fueron breves temporadas de buena salud durante las cuales Ezinma rebosaba de energía, como el vino de palma nuevo. En aquellos momentos parecía estar fuera de peligro. Pero de pronto volvía a dar un bajón. Todo el mundo sabía que era una ogbanje. Aquellos altibajos repentinos de salud y de enfermedad eran típicos de su especie. Pero había vivido tanto tiempo que quizá hubiera decidido quedarse. Algunos de ellos se cansaban efectivamente de aquellas rondas constantes de nacimiento y muerte o se compadecían de sus madres y se quedaban. Ekwefi creía en el fondo de su alma que Ezinma había venido para no volverse a ir. Lo creía porque aquella fe era lo único que le daba algún sentido a su propia vida. Y aquella fe se había visto reforzada como hacía más o menos un año un chamán había sacado a la superficie el iyi-uwa de Ezinma. Entonces todo el mundo comprendió que iba a vivir, porque se había roto su vínculo con el mundo de los ogbanje. Ekwefi se sintió segura. Pero tal era la ansiedad que sentía por su hija que no podía deshacerse totalmente de sus temores. Y aunque creía que el iyi-uwa extraído era verdadero, tampoco podía pasar por alto que algunos de los niños verdaderamente malvados engañaban a veces a la gente para que se extrajera uno falso.

Pero el iyi-uwa de Ezinma parecía efectivamente verdadero. Era un canto rodado envuelto en un trapo sucio que lo había extraído era el mismo Okagbue, famoso en todo el clan por su conocimiento de estas cosas. Al principio, Ezinma no había querido cooperar con él. Pero aquello era previsible. Ningún ogbanje, iba a revelar sus secretos fácilmente, y casi ninguno de ellos lo hacía, porque morían demasiado jóvenes, antes de que se les pudieran hacer preguntas.

— ¿Dónde enterraste tu iyi-uwa? — había preguntado Okagbue a Ezinma. Entonces ésta tenía nueve años y acababa de recuperarse de una grave enfermedad.

— ¿Qué es iyi-uwa? —preguntó en respuesta.

— Ya sabes lo que es. Lo has enterrado en la tierra no se sabe dónde para poderte morir y volver a atormentar a tu madre una vez más.

Ezinma miró a su madre, que tenía la mirada, triste e implorante, clavada en ella.

— Responde inmediatamente a la pregunta que te han hecho —rugió Okonkwo, que estaba a su lado. Estaba presente toda la familia y también algunos de los vecinos.

— Déjamela a mí —dijo el chamán a Okonkwo con voz fría y confiada. Se volvió otra vez a Ezinma—: ¿Dónde enterraste tu iyi-uwa?

— Donde se entierra a los niños —replicó ella, y los espectadores murmuraron en voz baja entre ellos.

— Entonces, ven a enseñarme el sitio —dijo el chamán.

La multitud se puso en marcha, con Ezinma abriendo camino y Okagbue siguiéndola muy de cerca. Después iba Okonkwo y detrás de él Ekwefi. Cuando Ezinma llegó al camino principal giró a la izquierda como si fuera al arroyo.

— Pero, ¿no dijiste que era donde se entierra a los niños? —preguntó el chamán.

— No —dijo Ezinma, cuyo sentimiento de importancia se advertía en su forma animada de andar. A veces se echaba a correr y luego se paraba de repente. La multitud la seguía en silencio. Las mujeres y los niños que venían del río con cántaros de agua en la cabeza se preguntaban qué pasaba hasta que vieron a Okagbue y supusieron que tendría algo que ver con los ogbanje.

Y todos conocían muy bien a Ekwefi y su hija.

Cuando Ezinma llegó al gran árbol udala giró a la izquierda, hacia la espesura y la multitud la siguió. Como era bajita sé abrió camino entre los árboles y las lianas a mayor velocidad que sus seguidores. La espesura hormigueaba con las pisadas en las hojas secas y los palitos caídos y al apartarse las ramas de los árboles. Ezinma siguió adentrándose y la multitud la siguió. Después Ezinma se dio la vuelta de repente y empezó a volver sobre sus pasos hacia el camino. Todo el mundo se hizo a un lado para dejarla pasar y después la fue siguiendo.

— Si nos has hecho recorrer todo este camino para nada, te voy a dar una paliza que te vas a acordar —amenazó Okonkwo.

— Te he dicho que la dejes en paz. Yo sé lo que hay que hacer con éstos — recordó Okagbue.

Ezinma los llevó otra vez al camino, miró a derecha e izquierda y torció a la derecha. De forma que volvieron todos a casa.

— ¿Dónde has enterrado tu iyi-uwa? —preguntó Okagbue cuando por fin se detuvo Ezinma al lado del obi de su padre. A Okagbue no le había cambiado la voz. Hablaba en tono calmado y confiado.

— Al lado de aquel naranjo —dijo Ezinma.

— ¿Y por qué no lo has dicho, hija malvada de Akalogoli? — juró furioso Okonkwo. El chamán no le hizo caso.

— Ven a enseñarme el sitio exacto — dijo en voz baja a Ezinma.

— Aquí es —dijo la niña cuando llegaron al árbol.

— Señala el sitio exacto con el dedo —dijo Okagbue.

— Aquí es —dijo Ezinma, tocando la tierra con el dedo. Okonkwo se quedó a su lado, gruñendo como el trueno en la estación de las lluvias.

— Que me traigan una azada —dijo Okagbue.

Cuando Ekwefi trajo la azada, Okagbue ya había puesto en el suelo su bolsa de piel de cabra y su túnica y estaba en paños menores, una tira de paño larga y estrecha enrollada en torno a la cintura como un cinturón y que luego le pasaba entre las piernas y se anudaba por la parte trasera del cinturón. Inmediatamente se puso a cavar donde había indicado Ezinma. Los vecinos se quedaron sentados y observando cómo iba ahondándose el pozo. Al cabo de poco tiempo el suelo de arriba, rojo oscuro, dejó aparecer una tierra de color rojo claro con la que las mujeres frotaban los pisos y las paredes de las cabañas. Okagbue trabajaba incansable y en silencio, con la espalda reluciente de sudor. Okonkwo se quedó al lado del pozo. Pidió a Okagbue que subiera y descansara mientras él echaba una mano. Pero Okagbue dijo que todavía no estaba cansado.

Ekwefi se fue a su cabaña a cocinar unos ñames. Su marido había traído más ñames que de costumbre porque había que darle de comer al chamán. Ezinma se fue con ella y la ayudó a preparar los tubérculos.

— Hay demasiada verdura —comentó.

— ¿No ves que la olla está llena de ñames? —preguntó Ekwefi—. Y ya sabes que las hojas se encogen cuando se cocinan.

— Sí —dijo Ezinma—, por eso mató a su madre el lagarto-serpiente.

— Es verdad —dijo Ekwefi.

— Le dio a su madre siete cestos de verduras que guisar y al final no quedaban más que tres. Y por eso la reató — dijo Ezinma.

— El cuento no acaba ahí.

— Ajá —dijo Ezinma—. Ahora recuerdo. Trajo otros siete cestos y se los guisó él. Y no volvieron a quedar más que tres. Y entonces fue cuando él mismo se suicidó.

Al lado del obi, Okagbue y Okonkwo seguían excavando el pozo para averiguar dónde había enterrado Ezinma su iyi-uwa. Los vecinos seguían sentados, observándolos. El pozo era tan profundo ya que no se veía a los que cavaban. No se veía más que la tierra roja que formaba un montón cada vez más alto. Nwoye, el hijo de Okonkwo, estaba al lado del borde del pozo, porque quería enterarse de todo lo que pasaba.

Okagbue había vuelto a hacerse cargo de la excavación después de Okonkwo. Como de costumbre, trabajaba en silencio. Ahora los vecinos y las esposas de Okonkwo se habían puesto a charlar. Los niños se habían aburrido y se habían puesto a jugar.

De pronto, Okagbue saltó a la superficie con la agilidad de un leopardo.

— Ya nos acercamos —dijo—. Lo he sentido.

Todo el mundo se puso muy nervioso, y los que estaban sentados se pusieron en pie de un salto.

— Llama a tu mujer y a tu hija —dijo Okagbue a Okonkwo. Pero Ekwefi y Ezinma habían oído el ruido y se acercaban corriendo a ver qué pasaba.

Okagbue volvió al pozo, que ya estaba rodeado de espectadores. Tras unas cuantas azadas más de tierra dio con el iyi-uwa. Lo levantó cuidadosamente con la azada y lo tiró a la superficie. Algunas mujeres se echaron a correr de miedo cuando lo sacó. Pero en seguida volvieron y todo el mundo se puso a contemplar el trapo desde una distancia prudente. Okagbue salió del pozo y, sin decir una palabra, ni siquiera mirar a los espectadores, fue a donde estaba su bolsa de piel de cabra, sacó de ella dos hojas y empezó a mascarlas. Después de tragárselas, cogió el trapo con la mano izquierda y empezó a desatarlo. Y entonces cayó el canto rodado reluciente. Lo recogió.

— ¿Es tuyo esto? —preguntó a Ezinma.

— Sí —replicó ésta. Todas las mujeres gritaron de alegría porque por fin habían terminado las penas de Ekwefi.

Todo aquello había ocurrido hacía más de un año, y desde entonces Ezinma no había vuelto a ponerse enferma. Y después, de pronto, aquella noche había empezado a tiritar. Ekwefi la había llevado junto a la cocina, le había puesto una estera en el suelo y había encendido el fuego. Pero cada vez estaba peor. Mientras se arrodillaba a su lado, tocándole con la palma de la mano la frente húmeda y ardiente, rezó mil veces. Aunque las esposas de su marido decían que no era más que iba, ella no las oía.

Okonkwo volvió del bosque trayendo un gran montón de hierba y de hojas, de raíces y de cortezas de árboles y arbustos medicinales al hombro izquierdo. Fue a la cabaña de Ekwefi, dejó su carga y se sentó.

— Dame una olla —dijo— y deja a la niña en paz.

Ekwefi se levantó a traerle la olla y Okonkwo seleccionó lo mejor que había en el montón, en las proporciones debidas, y lo fue cortando. Lo puso todo en la olla y Ekwefi puso algo de agua.

— ¿Basta así? —preguntó después de verter casi la mitad del agua del cuenco.

— Un poco más… He dicho un poco. ¿Estás sorda? —le gritó Okonkwo.

Entonces ella puso la olla en el fuego y Okonkwo recuperó su machete para volver a su obi.

— Tienes que estar muy atenta a la olla —le dijo d! irse—, y no dejar que recueza. Si se sale se le irá la fuerza —se fue a su cabaña y Ekwefi empezó a cuidar de la olla de la medicina casi como si la misma olla fuera una niña enferma. No cesaba de mirar a Ezinma, a la olla, y volver a Ezinma.

Okonkwo regresó cuando pensé que la medicina ya llevaba bastante tiempo de cocción. La miró y dijo que ya estaba.

— Trae un taburete bajo para Ezinma —dijo—, con una estera bien gorda.

Sacó la olla del fuego y la puso frente al taburete. Después despertó a Ezinma y la sentó en el taburete, encima de la olla hirviente. Puso la estera gruesa por encima. Ezinma trató de escapar del vapor que la envolvía y la ahogaba, pero no se lo permitieron. Se echó a llorar.

Cuando por fin le quitaron de encima la estera, estaba bañada en sudor. Ekwefi la secó con un paño, la puso en una estera seca y en seguida se quedó dormida.

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Capítulo X

EN el ilo del pueblo empezó a congregarse el gentío en cuanto empezó a bajar un poco el calor del sol y ya no picaba en el cuerpo. La mayor parte de las ceremonias comunitarias se celebraban a aquella hora del día, de manera que incluso cuando se decía que una ceremonia empezaría «después de la comida del mediodía» todo el mundo sabía que empezaría mucho después, cuando remitiera el calor del sol.

Por la forma en que la multitud aguardaba de pie o sentada se advertía que se trataba de una ceremonia para hombres. Había muchas mujeres, pero miraban desde fuera, como ajenas a lo que pasaba. Los hombres con títulos y los ancianos estaban sentados en sus taburetes esperando a que empezaran las pruebas. Frente a ellos había una fila de taburetes sin ocupar. Había nueve de éstos. A una distancia considerable de los taburetes había dos grupitos de gente. Estaban frente a los ancianos. En un grupo había tres hombres y en el otro tres hombres y una mujer. La mujer era Mgbafo y los tres hombres que estaban con ella eran sus hermanos. En el otro grupo estaban su marido, Uzowulu, y los parientes de éste. Mgbafo y sus hermanos estaban inmóviles como esas estatuas en cuyas caras el artista ha esculpido el desafío. En cambio, Uzowulu y sus parientes hablaban en susurros. Parecían susurros, pero en realidad hablaban a voz en cuello. Todos los asistentes estaban hablando. Era como en el mercado. A lo lejos, el ruido era como un zumbido sordo que se llevaba el viento.

Sonó un gong de hierro que despertó una enorme expectativa en la multitud. Todo el mundo miró en dirección de la casa de los egwugwu. Gome, gome, gome, gome, dijo el gong, y una flauta muy fuerte lanzó unas notas altísimas. Entonces llegaron las voces de los egwugwu, guturales y espantosas. Su ola rompió en las mujeres y los niños y se produjo una estampida hacia atrás. Pero fue momentánea. Ya estaban lo bastante lejos y quedaba sitio para echarse a correr si alguno de los egwugwu venía hacia ellos.

Volvió a sonar el tambor y a pitar la flauta. Ahora la casa de los egwugwu era un pandemónium de voces temblorosas. Los ¡Aru oyim de de de de dei! llenaron el aire cuando los espíritus de los antepasados, recién surgidos de la tierra, se saludaron los unos a los otros en su idioma esotérico. La casa de los egwugwu de la que salían estaba frente al bosque, del otro lado de la multitud, que no veía más que la trasera con los dibujos multicolores y los trazos hechos por mujeres especialmente elegidas a intervalos periódicos. Aquellas mujeres nunca veían el interior de la cabaña. No podía entrar ninguna mujer. Limpiaban y pintaban las paredes exteriores bajo la supervisión de hombres. Si se imaginaban lo que había en el interior se guardaban sus suposiciones. Ninguna mujer hacía preguntas acerca del culto más importante y más secreto del clan.

¡Aru oyim de de de dei!, resonó en torno a la oscura cabaña cerrada como si lo pronunciaran lenguas de fuego. Los espíritus ancestrales del clan habían salido.

El gong de metal golpeaba ahora continuamente y la flauta, aguda y fuerte, flotaba sobre el caos.

Y entonces aparecieron los egwugwu. Las mujeres y los niños lanzaron grandes gritos y pusieron pies en polvorosa. Era algo instintivo. En cuanto aparecía un egwugwu todas las mujeres huían. Y cuando, como ocurrió aquel día, salían juntos nueve de los mayores espíritus enmascarados del clan, era un espectáculo aterrador. Hasta Mgbafo se echó a correr y sus hermanos tuvieron que retenerla.

Cada uno de los nueve egwugwu representaba a uno de los pueblos del clan. Su jefe se llamaba Bosque del Mal. De la cabeza le salía humo.

Los nueve pueblos de Umuofia habían sido fundados por los nueve hijos del primer padre del clan. El Bosque del Mal representaba al pueblo de Umueru, o los hijos de Eru, que era el mayor de los nueve hijos.

— ¡Umuofia kwenu! —gritó el primer egwugwu, dando golpes al aire con brazos de rafia. Los ancianos del clan respondieron:

— ¡Yaa!

— ¡Umuofia kwenu!

—¡Yaa!

Entonces el Bosque del Mal clavó en tierra la punta de su báculo con cascabeles. Y el báculo empezó a agitarse y a resonar, como algo agitado por una vida metálica. Tomó el primero de los taburetes vacíos y los otros ocho egwugwu empezaron a sentarse tras él por orden de antigüedad.

Las esposas de Okonkwo, y quizá también otras mujeres, podrían haber advertido que el segundo egwugwu tenía el paso ágil de Okonkwo. Y quizá también hubieran advertido que Okonkwo no figuraba entre los hombres con títulos y los ancianos que estaban sentados tras la fila de egwugwu. Pero si lo pensaban se lo tuvieron callado. El egwugwu de paso ágil era uno de los padres muertos del clan. Tenía un aspecto terrible, con el cuerpo de rafia ennegrecida al humo, una careta enorme de madera pintada de blanco salvo los ojos redondos ahuecados y los dientes quemados que tenían el tamaño de los dedos de un hombre. En la cabeza llevaba dos grandes cuernos.

Cuando todos los egwugwu estuvieron sentados y fue bajando el ruido de tantos cascabeles y carracas como llevaban en el cuerpo, el Bosque del Mal dirigió la palabra a los dos grupos de gente que estaban frente a ellos.

— Cuerpo de Uzowulu, te saludo —dijo. Los espíritus siempre calificaban a los seres humanos de «cuerpos». Uzowulu se inclinó y tocó la tierra con la mano derecha como signo de sumisión.

— Padre nuestro, he tocado el suelo con la mano —dijo.

— Cuerpo, ¿me conoces? —preguntó el espíritu de Uzowulu.

— ¿Cómo puedo conocerte, padre? Estás más allá de nuestro conocimiento.

El Bosque del Mal se volvió entonces al otro grupo y se dirigió al mayor de los tres hermanos.

— El cuerpo de Odukwe, te saludo —dijo. Y Odukwe se inclinó y tocó la tierra.

Entonces comenzó la audiencia.

Uzowulu dio un paso al frente y expuso su caso.

— Esa mujer que está de pie ahí es mi esposa, Mgbafo. La desposé con mi dinero y mis ñames. No debo nada a mis parientes políticos. No les debo ñames. No les debo cocos. Una mañana vinieron tres de ellos a mi casa, me dieron de golpes y se llevaron a mi mujer y mis hijos. Eso pasó en la estación de las lluvias. Esperé en vano a que volvieran mi mujer y mis hijos. Por fin fui a ver a mis parientes políticos y les dije: «Os habéis llevado a vuestra hermana. Yo no la repudié. Os la habéis llevado vosotros. La ley del clan es que tenéis que devolver el precio que pagué por ella.» Pero los hermanos de mi mujer dijeron que no tenían nada que decirme. Por eso he expuesto mi caso a los padres del clan. He dicho. Os saludo.

— Has dicho bien —dijo el jefe de los egwugwu—. Vamos a escuchar a Odukwe. Es posible que también diga bien.

Odukwe era bajo y fornido. Dio un paso al frente, saludó a los espíritus e inició su narración.

— Mi pariente político os ha dicho que fuimos a su casa, le dimos una paliza y nos llevamos a su mujer y sus hijos. Todo eso es cierto. Os ha dicho que vino a recuperar lo que había pagado por su mujer y que nos negamos a dárselo. Eso también es cierto. Mi pariente político Uzowulu es un animal. Mi hermana ha vivido nueve años con él. En esos años no hubo un solo día del cielo en el que no diera de golpes a su mujer. Tratamos de resolver sus peleas incontables veces y en cada ocasión Uzowulu era culpable de…

— ¡Es mentira! —gritó Uzowulu.

— Hace dos años —continuó Odukwe—, cuando estaba embarazada le dio una paliza que le hizo abortar.

— Es mentira. Tuvo un aborto después de acostarse con su amante.

— Cuerpo de Uzowulu, te saludo — dijo el Bosque del Mal callándolo—. ¿Qué clase de amante se va a acostar con una mujer embarazada? —lo que produjo un murmullo de aprobación entre la multitud. Odukwe continuó.

— El año pasado, cuando mi hermana estaba recuperándose de una enfermedad, le volvió a dar tal paliza que si no hubieran acudido los vecinos la habría matado. Nos enteramos e hicimos lo que os ha dicho. La ley de Umuofia es que si una mujer se escapa de casa de su marido hay que devolver el precio que se pagó por ella. Pero en este caso escapó para salvar la vida. Sus dos hijos pertenecen a Uzowulu. No lo discutimos, pero son demasiado pequeños para separarlos de su madre. En cambio, si Uzowulu se recuperase de su locura y viniera como procede a pedir a su esposa que volviera, ella volvería, en el entendimiento de que si jamás vuelve a darle una paliza le cortaremos los genitales.

La multitud rugió de risa. El Bosque del Mal se puso en pie e inmediatamente se restableció el orden. De la cabeza le brotaba constantemente una columna de humo. Se volvió a sentar y llamó a dos testigos. Ambos eran vecinos de Uzowulu y ambos estaban de acuerdo en lo de las palizas. Entonces el Bosque del Mal se puso en pie, sacó el báculo de la tierra y lo volvió a clavar en ella. Dio unos pasos rápidos en dirección a las mujeres; todas ellas se echaron a correr aterradas, pero inmediatamente volvieron a sus sitios. Entonces los nueve egwugwu se fueron a consultar en su casa. Se quedaron largo rato en silencio. Después sonó el gong de metal y tocó la flauta. Los egwugwu habían vuelto a salir de su casa subterránea. Se saludaron los unos a los otros y volvieron a aparecer en el ilo.

— ¡Umuofia kwenu! —rugió el Bosque del Mal frente a los ancianos y los grandes del clan.

— ¡Yaa! —replicó atronadora la multitud, y después cayó el silencio desde el cielo y se tragó el ruido.

El Bosque del Mal empezó a hablar y durante todo el tiempo que estuvo hablando todos guardaron silencio. Los otros ocho egwugwu estaban inmóviles, como estatuas.

— Hemos oído a ambas partes en el caso —dijo el Bosque del Mal—. No estamos obligados a acusar a unos ni a elogiar a otros, sino a solventar la disputa — se volvió hacia el grupo de Uzowulu e hizo una breve pausa.

— Cuerpo de Uzowulu, te saludo — dijo.

— Padre nuestro, he tocado el suelo con la mano —replicó Uzowulu tocando la tierra.

— Cuerpo de Uzowulu, ¿me conoces?

— ¿Cómo puedo conocerte, padre? Estás más allá de nuestro conocimiento —replicó Uzowulu.

— Yo soy el Bosque del Mal. Yo mato a un hombre el día que la vida le parece más dulce.

— Eso es cierto —replicó Uzowulu.

— Ve a ver a tus parientes políticos con un cántaro de vino y ruega a tu esposa que vuelva contigo. No es valeroso el hombre que pelea con una mujer —se volvió hacia Odukwe e hizo una breve pausa.

— Cuerpo de Odukwe, te saludo — dijo.

— Tengo la mano en la tierra —replicó Odukwe.

— ¿Me conoces?

— No hay hombre que pueda conocerte —replicó Odukwe.

— Yo soy el Bosque del Mal. Soy Carne—seca—que llena—la—boca. Soy Fuego-que-arde-sin-leña. Si tu pariente político te lleva vino, deja que su mujer vaya con él. Te saludo —sacó el báculo de la dura tierra y volvió a clavarlo en ella.

— ¡Umuofia kwenu! —rugió, y la multitud le respondió.

— No entiendo por qué hay que llevar una nadería así ante los egwugwu —dijo un anciano a otro.

— ¿No sabes qué género de hombre es Uzowulu? No querría escuchar la decisión de nadie más —respondió el otro.

Mientras hablaban, otros dos grupos de gente habían sustituido a los primeros ante los egwugwu y se inició un importante caso de tenencia de tierras.

(Continuará…)

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